La guerra injusta; cartas de un español

Part 6

Chapter 63,803 wordsPublic domain

Terminó la gran ofensiva: nuestra compañía había perdido casi la mitad de sus hombres; yo había salido milagrosamente ileso y lo mismo Tabourin. Volvimos á la vida monótona y sucia de las trincheras, que recordarán con asco cuantos la hayan sufrido. Traté de estrechar un poco más mi relación con Tabourin, porque después de aquellas graves palabras que le había oído me parecía que había nobleza en su alma. Pero mis atenciones se estrellaron de nuevo contra su actitud siempre fría e irónica. Huía de nosotros como siempre; hablaba poquísimo y en un tono casi siempre despectivo, que le hacían cada día más antipático á los compañeros y odioso á los jefes.

Tabourin pasaba sus ratos de ocio á la caza de lepidópteros, estudiando con un gran cristal de aumento sus trompas y antenas y las escamas de sus alas. Algunas vez por la noche quiso cazar con una luz las mariposas nocturnas, pero se le reprendió ásperamente y tuvo que reducirse á las diurnas y crepusculares. Al principio nos reíamos de esta afición; pero concluímos por respetarla, convenciéndonos de que era un hombre de ciencia, acaso un gran entomólogo.

Un día tuvimos que hacer un reconocimiento peligroso en el terreno ocupado por el enemigo. Fuimos doce hombre con el teniente. Ocultándonos unas veces como conejos, saltando otras como cabras, recorrimos bastante espacio sin ser descubiertos. Al salir de un bosquete observamos con sorpresa que faltaba de los nuestros un hombre. Era Tabourin. El teniente, estupefacto, pues no había sonado un tiro, se detuvo, ordenó á dos soldados volver los pasos atrás y buscarlo. Al poco rato volvieron sin haberle descubierto. Seguimos con mayor cautela aun nuestro reconocimiento, pues nos hallábamos materialmente entre las filas del enemigo. De pronto, al trasponer una pequeña quebrabura del terreno, percibimos debajo de nosotros á dos soldados que hablaban animadamente. Un soldado era alemán, el otro francés. Al divisarnos el alemán se dió á la fuga. El teniente, pensando lógicamente que se trataba de un peligroso espía, ordenó que hiciésemos fuego, á sabiendas de ser descubiertos. El alemán cayó á los pocos pasos acribillado por nuestras balas.

Entonces el teniente, loco de furor, con la faz inyectada, avanzó sobre Tabourin empuñando el revólver:

--¡Maldito perro! ¡Miserable! ¡Traidor!

Tabourin dejó caer el fusil, y con sorprendente tranquilidad abrió los brazos para recibir el tiro. La misma sonrisa enigmática y sardónica contraía sus labios.

Recibió el tiro en medio del pecho. Cayó de bruces con los brazos abiertos todavía, como si fuese á besar aquella tierra que tanto amaba.

Fuimos descubiertos; se nos persiguió de cerca; perdimos tres hombres; yo fuí herido también, pero logré arrastrarme hasta nuestras trincheras, donde fuí recogido por los míos.

Algunos días después--añadió el amable inválido sonriendo--mi pobre pierna se fué á pudrir en el cementerio de la aldea, donde estaba la ambulancia, y yo me vine á París á pudrir á ustedes y á otros con mis aventuras militares.»

--¿Está usted persuadido de que Tabourin era un traidor?--pregunté yo impresionado por aquel relato.

--Estoy persuadido de todo lo contrario. Mi opinión es que el soldado alemán era un sabio entomólogo como él, y que ambos se habían encontrado persiguiendo una mariposa y se hallaban abstraídos charlando de su ciencia.

Los dos ideales

La Europa no atravesó un momento más crítico después de la caída del Imperio de Occidente. El vulgo supone que la presente es una guerra de comerciantes: no sabe que lo que está en litigio es el concepto del Estado y el concepto mismo de la vida.

Luchan actualmente el ideal germano y el latino. El primero nutrido en otros tiempos por el panteísmo idealista, cayendo después en el pesimismo y por fin en el monismo materialista, es hoy francamente anticristiano. Sus directores invocan, es cierto, el nombre de Dios; pero entiéndase que es un dios alemán con un Estado Mayor infalible y cañones de infinito alcance; un nuevo Jehova que se deleita escuchando los gritos de dolor de los enemigos de su pueblo.

La moral germana ha subvertido la antigua escala de los valores, de acuerdo con el pensamiento de su último filósofo, Federico Nietzsche. Los buenos son los fuertes y los malos los débiles. No hay más que un instinto primordial al cual debemos obedecer, el de aumentar nuestra fuerza. Esta es la ley fundamental de la existencia. La moral es una invención humana; Dios, el bien, la verdad, fantasmas creados por nuestra imaginación. No hay más que una realidad natural, la vida. El individuo sano y fuerte que ama la vida es el único digno de vivir. El que busca el bien y la verdad por ellos mismos y no por amor á la vida es un degenerado.

No se crea que estos principios se encuentran expuestos en tal ó cual pensador aislado de Alemania. Unas veces velados, otras ostensibles, aparecen en muchos de los libros que allí se publican de algunos años á esta parte. Léase con cuidado el manifiesto con que sus intelectuales han pretendido excusar la invasión de la Bélgica y la destrucción de sus ciudades y se verán latir dentro de él.

El concepto del Estado germano responde á este concepto de la vida. Así como el individuo debe subordinar todos sus instintos al primordial de aumentar su fuerza para que la vida sea cada vez más exuberante, así la totalidad de estos mismos individuos se debe subordinar á la vida del Estado para que esta sea cada vez más fuerte y dominadora. Resucita la idea espartana. Las naciones como los individuos, son dignas de vivir unas y otras de morir. Nosotros, los latinos, cuyo instinto vital ha disminuido, somos decadentes, impotentes, y debemos dejar el paso libre á la raza germana, cuya vida se halla en progreso y representa lo más alto y espléndido de la humanidad.

No se engañen los germanófilos españoles: Se quejan de las heridas que alguna vez les ha causado la vanidad francesa. Son celos y reyertas entre hermanos. Pero el desprecio alemán es mucho más sincero y por lo mismo más humillante. La Alemania contempla á nuestra España con la fría indiferencia con que el naturalista estudia á un insecto.

Sin embargo, no cometeré la injusticia de suponer que todos los alemanes participan de estas ideas. En Alemania tengo amigos excelentes que abominan de ellas tanto como yo; pero no puede negarse que se hallan esparcidas en su país, y sobre todo que sus directores, tanto los hombres de acción como los intelectuales, secreta ó manifiestamente las honran y las aprueban.

Estamos acostumbrados á ver la Alemania en su época gloriosa de fines del siglo XVIII, cuando era el emporio de las grandes ideas y los nobles sentimientos. Al pronunciar el nombre de esta nación acuden á nuestra memoria los nombres de Goethe y Schiller, de Lessing, de Wieland, de Kant, Fichte, Juan Pablo Richter, Schelling, etc; nos representamos aquella sociedad reducida y eminente que tanto semejó á la de Atenas. Mas, ¡ay! la Alemania actual poco la recuerda. Existen sabios muy notables, investigadores concienzudos, pero no poetas y metafísicos inspirados. La ciencia parece subordinada á la industria, la filosofía á la gloria militar.

Recuerdo que poco después de su resonante victoria sobre Francia, siendo yo casi un niño, visité con mi padre una gran fábrica española donde había algunos ingenieros alemanes. Después de comer y hallándonos de sobremesa, uno de estos ingenieros (que se llamaba Jacobi como el amable filósofo amigo de Goethe) se puso á enumerar con orgullosa satisfacción los productos que su país fabricaba y exportaba á las demás naciones. Cuando terminó su larga lista hizo una pausa y añadió sonriendo:--«Y por fin exportamos la filosofía.»

¿Que quiere esto decir si no que los alemanes ya no miran á sus grandes filósofos más que como ruinas venerables propias para excitar la curiosidad del extranjero?

Los alemanes no creen en sus filósofos como los japoneses no creen en sus ídolos. Los enseñan sonrientes á los turistas, los exportan al extranjero como nosotros los españoles exportamos los _cantaores flamencos_.

Los latinos, los eslavos y anglo-sajones, más retrasados sin duda en la evolución biológica, todavía no hemos alcanzado la serenidad olímpica que caracteriza actualmente á los germanos. Su emperador no se siente conmovido por los millares de hombres que todos los días envía á la muerte. Si nosotros, enfrente de esos campos de batalla donde corre la sangre á torrentes, nos sentimos atacados de una inmensa melancolía, el Kaiser semejante á Jupiter, padre de los dioses, sacude su bigote oloroso y sonríe á nuestra pueril debilidad. Sus olímpicos generales han averiguado que la guerra es una necesidad biológica y el único medio de que la raza de los efímeros no degenere.

Los anticuados latinos seguimos pensando que el bien y la verdad deben buscarse por si mismos, no para aumentar nuestra vitalidad. Entre nosotros hasta los incrédulos son cristianos, porque no hay quien dude de que la caridad es la más alta de las virtudes. Nosotros pensamos que el respeto á los débiles, la piedad y compasión no son sentimientos debilitantes si no confortantes y que lo que hace verdaderamente degenerar al nombre es el poder ilimitado. Tiberio, Neron y Domiciano, esos tres monstruos vergüenza del género humano, fueron excelentes personas antes de subir al trono.

En fin, si los germanos triunfasen el ideal cristiano no perecería, porque «las puertas del infierno jamás prevalecerán contra él» pero sufriría un eclipse.

Para sostener su hegemonía necesitaría Alemania y Austria, no sólo continuar sus armamentos y mantenerse en pie de guerra sino impedir por la fuerza que las demás naciones se armasen. Los trescientos millones restantes de europeos quedariamos reducidos al mismo estado que los trescientos millones de Chinos cuando algunas tribus guerreras de la Mongolia se apoderaron en el siglo XIII del imperio. Los emperadores mongoles respetaron las costumbres de los Chinos, pero les prohibieron las armas. Al cabo de un siglo, aproximadamente, los vencidos tramaron una conjura asombrosa, casi increíble, y en un día determinado degollaron á las pequeñas guarniciones de soldados que los mongoles sostenan en todas las ciudades del imperio.

A nosotros no nos quedaría este recurso, porque, ¿cómo hallar en Europa el disimulo y el sigilo necesarios para tamaña conspiración?

Apartemos de la imaginación estas visiones apocalípticas que jamás han de tener realidad. Pensemos más bien que Alemania con la copiosa sangria y el ayuno regenerador á que se halla sometida recobrará la razón y volverá á ser por dicha suya la nación tranquila de filósofos poetas y músicos que tanto hemos admirado siempre.

El ídolo científico

Aquella vieja historia, que aprendimos en la niñez, de un pueblo caminando por el desierto, guiado por una nube de fuego, es el símbolo representativo de la marcha de la Humanidad sobre la tierra.

¿No recordáis cuántas veces aquel pueblo, desprendiéndose del único verdadero Dios, volvió la espalda á su caudillo y se dejó caer en los brazos de una inmunda idolatría? Seguid los pasos del género humano al través de la Historia y veréis repetido constantemente el mismo triste acto de deslealtad. El fanatismo, la superstición, la idolatría nos acechan siempre en nuestra peregrinación y nos tienden lazos que no podemos evitar.

La presente guerra ha puesto de manifiesto uno de los más funestos en que ha caído nuestra pobre Humanidad.

Los admirábamos, sí; admirábamos á esos sabios que nos hablaban de las moléculas como si toda la vida hubieran bailado con ellas; que nos contaban sus secretos más íntimos y nos dejaban entrever con palabras falaces, como la serpiente del Paraíso, que se hallaba cercano el día en que sería nuestra toda la ciencia del bien y del mal.

¡Quién se acuerda de Dios! ¡Quién habla de la inmortalidad! Abrid cualquier libro germano de los últimos tiempos, y en medio de sus análisis minuciosos consagrados á cualquier especialidad de la ciencia os sorprenderá un ataque furioso, intempestivo, contra lo que estos sabios llaman «degradación teológica», una llamarada de odio contra la superstición teísta.

No existe más que una divinidad: la Verdad científica. Si en vez de rendirle culto y adoración corremos á postrarnos ante los altares del vetusto Dios de nuestros padres, los sabios modernos nos amenazan con la eterna condenación intelectual. El magnífico edificio de las ciencias físicas debe sustituir al ruinoso caserón de la teología. Todas nuestras creencias y nuestras esperanzas son puro subjetivismo. Hay que guardarse de la fe como de una enfermedad contagiosa. Creer algo que no sea evidente para nuestra razón es pecar abiertamente contra ella. La fe en Dios y en la inmortalidad, sin que exista prueba alguna que la justifique, es procurarse un placer culpable, es una profunda inmoralidad.

El viejo Haekel, el sabio más famoso de la Alemania moderna, nos invita á adorar el éter cósmico. De él sale todo, á él vuelve todo. Postrémonos de rodillas y cantemos: ¡Santo, Santo inmortal!

¿Por qué reirnos entonces de aquellos pobres negros que adoraban las cebollas? Dentro de una cebolla se efectúan admirables y misteriosas operaciones químicas que repiten las del éter cósmico. Mejor dicho, el éter impalpable, indivisible, se encuentra allí presente todo él.

Parece que á los hombres nos atrae irresistiblemente la embriaguez. Nos indignan los límites. Es necesario apurarlo todo, y si no es así no estamos contentos. ¿Qué fué la escolástica sino una embriaguez producida por la lógica? ¿Qué fué la revolución francesa sino una embriaguez igualitaria? ¿Qué fué el romanticismo más que una embriaguez sentimental? Pues ahora vivimos en plena borrachera científica.

Hay que buscar la técnica; ante todo, la técnica. Las matemáticas puras nos dan la técnica de la medida: la Física, la técnica de las máquinas; la Química, las prodigiosas transformaciones de la industria. El conocimiento científico de las costumbres nos dará una moral científica. La moral tradicional ha muerto; en su lugar queda la moral técnica.

De esta borrachera técnica participa hoy todo el mundo civilizado. Sin embargo, los principalmente atacados han sido los alemanes. Y han demostrado que tienen peor el vino que todos los demás.

Es un hecho bastante general que el alcohol produce una transformación del carácter. Un hombre taciturno, díscolo, suele convertirse, cuando ha ingerido una razonable cantidad de vino, en un alegre compadre tierno y afectuoso que os abraza, os soba y os deja los hombros llenos de lágrimas y baba. Por el contrario, los sujetos más tímidos e inofensivos así que lo prueban adquieren un humor guerrero, intemperante, enseñan los puños y desafían á todo el mundo.

Pues otro tanto ha sucedido ahora con las naciones. Francia, que ha sido siempre un país belicoso, bajo el influjo de la embriaguez científica se ha tornado humanitaria y pacifista. Alemania, aquella sencilla y bonachona Alemania de los comienzos del siglo XIX, que hacía derramar lágrimas de ternura á la sensible madame Stael, se ha transformado en una nación agresiva y provocadora.

Esta radical transformación me trae á la memoria el caso de un condiscípulo que tuve en el Instituto. Era en los primeros años un muchacho aplicadísimo, formal, pacífico, modelo de estudiantes. Evitaba con cuidado las disputas. Cuando algunos de nosotros veníamos á las manos se le veía ponerse serio y apartarse lo más posible del teatro de la lucha.

Pues bien; cierto día, minutos antes de entrar en clase, el peor que teníamos en ella, un chico turbulento y díscolo, á quien todos temíamos, comenzó á burlarse de él con la mayor ferocidad. Y no sólo le prodigó los sarcasmos más soeces, sino que llegó á propasarse á vías de hecho derribándole el sombrero cada vez que se lo ponía. Nosotros presenciábamos la escena, con pena unos, otros con regocijo, según el corazón de cada cual. El pobre chico, silencioso y pálido, recogía su sombrero del suelo y trataba de apartarse de aquel sitio. Pero el otro no se lo consentía, repitiendo su chiste con creciente alborozo. Al fin le vimos ponerse tan pálido que daba miedo, y repentinamente se arrojó sobre su agresor con ímpetu irresistible, le volcó en tierra, se montó luego sobre él y le aplicó tantos y tan buenos puñetazos en el rostro que no tardamos en verlo ensangrentado.

A los pocos días de realizada esta hazaña, sin motivo aparente, desafió á otro de los más pendencieros y le venció igualmente. Desde entonces aquel muchacho, tan dócil y simpático, sin dejar de aplicarse al estudio, se convirtió en un insufrible bravucón de quien todos huíamos.

Algo semejante les ha ocurrido á esos sabios con gafas de la Alemania. No hay nada más repulsivo que un pacífico transformado en matón de la noche á la mañana.

No hace muchos días se produjo cierta alarma en esta tranquila región. Corrió por el pueblo la noticia de que un hombre sospechoso venía atravesando el bosque en bicicleta, y se dijo que era un prisionero evadido. Comenzó á funcionar el teléfono entre estas aldeas. Por fin, de una de las más próximas se notificó su paso, y un grupo de vecinos, salió de aquí con ánimo de detenerle. Así acaeció punto por punto.

El fugitivo era, en efecto, un oficial alemán, venía en mangas de camisa, gastaba gafas (¿cómo no?) y tenía una fina cabeza inteligente.

Se dejó detener sin hacer resistencia alguna, se le condujo al Ayuntamiento y allí fuimos á verle muchos, empujados por la curiosidad. Hablaba correctamente el francés y bastante bien el español. Le dirigimos la palabra, mientras llegaban los gendarmes enviados á buscar, y nos respondió con la fría altivez y el tono de superioridad tan frecuente hoy entre los germanos. Porque éstos han llegado á persuadirse de que no existe ciencia, ni cultura, ni siquiera sentido común, más que en Alemania. Uno de los señores que allí se encontraban se atrevió á entrar con él en explicaciones acerca de los fines de la guerra. El prisionero no titubeó en decirnos que la victoria de Alemania era cierta, y con ella ganaría mucho el género humano.

--¿En qué se funda usted para suponer esto último?--le pregunté yo, picado de curiosidad.

--Me fundo--respondió--en que Alemania es el único país organizado actualmente. En los demás existen elementos de cultura muy valiosos, es cierto pero dispersos. Les falta esa eficaz unidad, sin la cual la mayor parte de las veces permanecen estériles. Lo mismo en la guerra que en la paz, lo mismo en la ciencia que en el arte, necesitan ustedes una cohesión, una disciplina que sólo la preponderancia de Alemania es capaz de dar. No pueden ustedes ver las cosas de una manera continua é intelectual, ni dar de ellas la explicación verdaderamente científica, porque trabajan ustedes desordenadamente. Son esfuerzos aislados, subjetivos, producto de la iniciativa individual que sólo engendran resultados superficiales.

--Esos esfuerzos aislados--le repliqué--han producido, sin embargo, toda la ciencia y todo el arte que han existido y existen sobre nuestro planeta. Ni Platón, ni Aristóteles, ni Shakespeare, ni Cervantes, ni Kepler, ni Galileo han necesitado de vuestra férrea organización para arrancar de este mundo tesoros de verdad y belleza. ¿Qué significa esa disciplina científica? ¿Por ventura quieren ustedes poner uniforme á los sabios y los poetas? Yo no veo ventaja alguna en que Pasteur se hubiera puesto á realizar sus experiencias á toque de corneta ó que Anatole France necesite para escribir sus libros tomar la orden del comandante general de la región.

Chispearon de cólera los ojos del prisionero, como si le hubieran pinchado, y en términos no muy corteses me dió á entender que yo no estaba autorizado para contradecirle, «mucho menos siendo español».

Siguió platicando con los otros señores, que no lograron irritar sus nervios tanto como yo. No obstante, como uno de ellos reprocharse á los alemanes las crueldades que habían cometido en Bélgica y en el norte de Francia, le replicó con sonrisa sarcástica:

--Ese reproche indica que no existe todavía en Francia un espíritu verdaderamente científico. Para determinar el bien y el mal de las cosas es necessario huir de los conceptos _à priori_ y comprender que todo, absolutamente todo, depende de los resultados experimentales. La disciplina científica nos obliga á pensar que sólo una sistematización de los hechos nos dará la verdad exacta, nunca las especulaciones de la imaginación individual. La guerra es, para ustedes, una aventura; para nosotros, un teorema. Miramos al resultado y lo desenvolvemos inflexiblemente. La guerra más cruel es necesariamente la más corta.

--¡Me alegro muchísimo--exclamé yo--de no ser hombre de ciencia! Es preferible morir en una crasa ignorancia á llevar la conciencia cargada con actos de crueldad. Los aquí presentes somos cristianos, y en cada uno de nuestros semejantes vemos la imagen de Dios, no carneros ó bueyes que deben sacrificarse para que existan los otros. Y el más grande filósofo que ustedes han tenido, Emanuel Kant, ha dicho admirablemente que «jamás debemos tomar un ser humano como medio, sino como fin».

--Son sutilezas de filósofos, antiguallas metafísicas, en las cuales ningún espíritu positivo puede ya creer--replicó sin dejar de sonreir--. Nuestros actos de crueldad han sido y son absolutamente necesarios, como los términos de un teorema, y tienen una explicación satisfactoria porque es científica.

--¿Quiere usted decir qué son asesinatos científicos?

Me dirigió una larga mirada de ira y desprecio y me volvió la espalda.

No sentí por ello escozor alguno. Lo único que sentiría en este mundo es que me volviesen la espalda los hombres honrados y compasivos.

De esta conversación, como de todo lo que vengo leyendo y averiguando he sacado la convicción de que los aliados nada adelantarán arrancando á estos hombres sus cañones si no les arrancan antes sus ideas.

La religión de Francia

La irreligión de la Francia es el tópico que más se beneficia hoy por sus enemigos. Un fraile á quien yo daba cuenta en España del gran movimiento religioso que aquí se ha operado con motivo de la guerra me decía:

--Sí; se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.

--¿Por ventura en España se acuerdan los hombres de ella cuando el cielo está azul?--le respondí--Porque yo observo que la gran mayoría de ellos no piensa en el otro mundo sino cuando va á despedirse de este, cuando las mujeres de su casa ó de la vecindad le meten un sacerdote en la alcoba y le dicen con más o menos circunloquios:

--Prepárate, que vas á morir.

--¡Oh! en España se llenan los templos de gente que es cosa para alabar á Dios.

--Sí, de mujeres. Cuando voy por la mañana á la iglesia advierto que sólo un hombre se acerca á tomar la comunión por cada treinta o cuarenta mujeres. Parece como si los españoles encomendásemos á la mujer el negociado de la religión, como le tenemos encomendada la cocina y el planchado de la ropa.

Verdad que lleva á cabo aquella tarea con una diligencia y perfección que no suele poner en ésta. Es verdaderamente asombroso el ardor con que muchas señoras acuden al templo á todas horas del día. He llegado á imaginar que para ciertas almas timoratas Dios es un Luis XIV que constantemente necesita ser adulado. Corren á la novena y á las Cuarenta Horas como los cortesanos de Versalles se apresuraban á ir al «dîner du roi» y al «coucher du roi». Hay señora que va á comulgar con tres o cuatro escapularios colgados al cuello, y si por casualidad se le olvida alguno en casa, se acerca temblorosa á la sagrada mesa temiendo que Nuestro Señor se enoje porque no se presenta con todas sus condecoraciones.