La guerra injusta; cartas de un español

Part 5

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Después de los políticos, los literatos somos lo peor en cada país. La política es la región del interés y la vanidad; el arte solamente de la vanidad. Un artista prescindirá sin inconveniente del almuerzo si os dignáis elogiar sus obras: en el caso de que habléis mal de las de sus colegas prescindirá también de la cena. Un político necesita además «champagne» y buenos cigarros. Tratándose no obstante de adulación tiene el estómago menos delicado que el literato. Cuando yo era joven y asistía á ciertas tertulias de políticos he visto á más de uno engullir con fruición verdaderos platos de taberna.

Se habla, sin embargo, demasiado de la vanidad de los poetas; como si los que no lo son estuvieran exentos de ella. Todos los que ejecutan alguna obra en este mundo, y hasta los que no ejecutan ninguna, se juzgan dignos de ser celebrados.

Entre los grandes literatos, según dicen, el francés es el más puntilloso e insufrible. Ignoro si esto es así, porque no tengo el honor de tratar á ninguno. Pero en España existía hace años un famoso poeta á quien preguntaba en cierta ocasión uno de sus jóvenes admiradores:

--Dígame, usted, don M..., ¿quién es más grande poeta, Shakespeare ó usted?

--Te diré--respondió el poeta español gravemente, dispuesto á esclarecer el asunto.

No imagino que Víctor Hugo hubiese ido más allá.

De todos modos yo perdono á los literatos su impertinencia. Y si el lector quiere perdonarlos también fácilmente, no tiene más que hacer lo que yo: vivir alejado de ellos.

Un amigo mío, gran aficionado á los toros, me decía: «Me encantan las corridas; pero detesto á los toreros. Si yo fuese un déspota como Calígula, una vez terminada la fiesta los encerraría en la cárcel y no los dejaría salir hasta la siguiente.» De igual manera encerremos á los autores en la cárcel de sus libros y no los saquemos sino en los momentos en que sintamos necesidad de ellos. Cuando estuve en París, hace ya muchos años, pertenecían al número de los vivos Zola, Daudet, Maupassant, Renan y Taine. A pesar de la grande admiración que me inspiraban estos hombres no di un paso para ponerme en relación con ellos. En cambio anduve no pocos para visitar en el cementerio las tumbas de Alfredo Musset y de Balzac. Y puedo asegurar que me recibieron con toda cordialidad y que no tuve motivo para quejarme de su orgullo[1].

[Nota 1: Después de publicado este artículo en _El Imparcial_ he tenido ocasión de conocer personalmente á algunos eminentes escritores franceses que han sido para mi mucho más corteses y amables aun que Musset y Balzac. Queda, pues, borrado por lo que á ellos se refiere cuanto acabo de decir.]

Ni es caso de sorpresa que los artistas y literatos franceses se disputen con encarnizamiento los rayos de sol de la gloria. Esta existe realmente en Francia. Los artistas y literatos constituyen aquí la más alta aristocracia social, y sin ser precedidos de líctores y fasces el público les abre paso y les saluda con respeto. Pero en España no existe ni nunca ha existido, aunque supongo que existirá con el tiempo, porque no hemos de seguir siendo eternamente el pueblo más rústico de Europa. Cuando recuerdo aquellos desdichados y famélicos literatos nuestros del siglo XVIII, que pasaron su vida injuriándose, sin que el público advirtiese siquiera su presencia, me acometen deseos de reir y llorar al mismo tiempo.

Aquí, no sólo se disputan la gloria, pero también el dinero. Porque la literatura vale dinero, aunque no tanto como por ahí se dice. Las ganancias que realizan estos autores no pueden compararse con las que obtienen sus colegas en Inglaterra y los Estados Unidos. Sin embargo, la hay, y hay, sobre todo, mucha gloria. Por eso se lucha rabiosamente y se hacen esfuerzos increíbles por conseguirla. Estos esfuerzos llegan á veces hasta los últimos extravíos de lo ridículo. Un poeta anuncia en los periódicos que el gallo que le inspiró su comedia se ha vendido en cuatro mil francos. A este reclamo contesta otro poeta vaticinando que tal día de tal mes, á las cuatro en punto de la tarde, morirá de muerte natural en su propio lecho. Unos sonríen y se encogen de hombros al leer estas cosas; pero otros quedan estupefactos, y este es el fin que se persigue.

La notoriedad en Francia tiene tal valor, que se comprende bien lo que Alejandro Dumas (hijo) decía de su padre: «Mi padre es tan glorioso, que se disfrazaría con gusto de lacayo y se sentaría en la trasera del coche con tal de que el público pensase que iba dentro.» Un joven periodista me iniciaba estos días en el arte de adquirirla, en los secretos de esta guerra submarina que los autores necesitan llevar á cabo para bloquear y rendir á la opinión.

--Un artículo de M. D... cuesta tres mil francos--me decía--. Uno de M. L... tres mil quinientos. El de M. F... no vale más que dos mil, porque su periódico tiene menos circulación.

--¡Pero esos críticos deben vivir en la opulencia!--exclamé yo con asombro.

--Esos críticos no perciben un céntimo de ese dinero.

--¡Cómo! ¿Entonces venden su pluma por el sueldo que les tienen asignado en el periódico?

--Nada de eso. Si la vendieran perderían enteramente su crédito. No tienen otra obligación que escribir acerca del libro que el director les presenta delante. Son libres para decir lo que piensan de él, bueno o malo.

--¿De modo que hay sujeto en Francia que entrega tres mil quinientos francos porque le, llamen tonto en un periódico?

--Así es--replicó mi joven interlocutor--, porque aquí vale más ser un tonto conocido que un genio ignorado.

Entonces no pude menos de pensar con patrio orgullo en los honrados directores y propietarios de periódicos españoles que dejan el paso libre en las columnas de sus diarios á toda clase de adjetivos arrulladores sin cobrar un perro chico por la entrada.

Por estos datos podrá el lector inferir la enorme significación que aquí tiene la literatura. Todo el mundo lee, le mismo el prócer que el plebeyo, las damas y los caballeros. El número de librerías es asombroso. En una de ellas tuve que hacer cola para comprar un libro. La señorita del comercio donde compráis galletas ó corbatas os hablará de las últimas producciones literarias con acierto y sagacidad sorprendentes, y á veces tratará de nuestra literatura misma con mayor conocimiento de ella que algunos millonarios españoles. Después de la guerra, empobrecidos, agobiados por la desgracia, no les falta ni les faltará dinero para comprar libros. Mientras la Casa Nelson no ha podido continuar publicando obras españolas, aunque nosotros no tengamos que soportar hasta ahora carga alguna extraordinaria, todos los meses da á luz algunos volúmenes en lengua francesa.

Por eso, porque los literatos franceses están acostumbrados á que se les mime y festeje en demasía, á que se conozcan por todo el mundo y se transmitan á los últimos rincones sus palabras y sus gestos y hasta sus estornudos por eso de vez en cuando ahuecan la voz y dejan escapar algunas simplezas. La guerra ha sido ocasión para que se profieriesen bastantes, hay que confesarlo. En una novela de Balzac, cierto noble francés, que después de la guerra de la Vendée entra en su casa con el cuerpo y el alma transidos de dolor por el egoísmo de algunos de sus compañeros, se limita á decir con magnánima sencillez: «Todos los barones no han cumplido con su deber.» De igual modo podemos decir ahora: «Todos los escritores no han conservado su dignidad.» Se han escrito y publicado muchas ridículas fanfarronadas, amenazas, frases de mal gusto. Y es lo peor que todo esto se ha dicho sin emoción y sólo para fijar las miradas del público. Esta es la plaga de la literatura francesa. Pierden los literatos su iniciativa y la sagrada libertad, para convertirse en lacayos de la opinión. Les llevamos sobre este punto los que en España cultivamos las letras una ventaja envidiable. Que escribamos tuerto ó derecho, como ángeles ó demonios sabemos de antemano que el gran público no se cuidará de nosotros; trabajamos para unas docenas de aficionados; somos libres como el búho de Minerva.

¡Oh, sacra libertad; jamás pagaremos bastante caras tus caricias! Yo he sentido siempre tus besos en la frente cuando trazaba los humildes libros que entregué al público; pero confieso que nunca los sentí más tiernos que allá en mis años juveniles cuando bajaba la escalera de un eminente político después de haber estado algunas horas en su tertulia. ¡Dios mío!--exclamaba, levantando mis ojos--. ¿De qué vale la gloria y el poder si es necesario pasar la vida escuchando tanta inepcia? ¡Pobre grande hombre! Yo soy un modesto emborronador de papel, pero no un esclavo como tú de la grandeza. Soy libre. Ahora mismo voy á sentarme en un banco de Recoletos ó á comer un beefsteak al café Habanero, y no me perseguirá, no, la turba de tus zorroclocos aduladores.

Los escritores franceses ponen demasiado el oído á los rumores de la calle; ensayan sus reverencias al espejo, como los reyes; no pueden pasarse sin mimos, como los niños. Necesitarían una escuela más ruda para adquirir sencillez. Sin embargo, transcurridos los primeros días, el buen sentido, que es el fondo del espíritu galo, se impuso. Hace mucho tiempo que se han desterrado de los periódicos las frases de mal gusto; hoy se escribe con mesura y dignidad.

Me hallaba uno de estos días sobre la terraza de la iglesia del Sagrado Corazón, en la colina de Montmartre. Era la hora del atardecer, la hora de la melancolía. El panorama que mis ojos descubrían es único en el mundo. La gran Lutecia extendía la techumbre de sus moradas hasta los últimos confines del horizonte. El Sol, ocultándose unas veces detrás de las nubes, otras asomándose repentinamente, jugaba con ella, bañándola de luz y oscureciéndola alternativamente. Allá una neblina azulada daba la impresión de una paz idílica; aquí una nube negra inspiraba tristeza y recelo. Las torres del Trocadero, la de Eiffel, los Inválidos, el Panteón, San Sulpicio, Santa Clotilde, Nuestra Señora, evocaban en mi espíritu los hechos más salientes de la historia antigua y moderna.

En aquel momento sentí como nunca la importancia de esta gran ciudad. Víctor Hugo ha dicho: «París es el cerebro del mundo.» No lo creo: es una de las muchas frases sonoras que ha proferido este genio enfático. París no es el cerebro del mundo; en todas partes se piensa, en todas partes hay cerebros. París es la mano del mundo. Los hombres sobre este planeta vivimos tan apartados los unos de los otros, no sólo por la distancia física, sino por otra moral mucho peor, que si no hay una mano que nos conduzca los unos hacia los otros, corremos peligro de helarnos en nuestra soledad.

¡Grande y noble destino el de Francia! Aquí venimos todos á lavarnos de nuestro exclusivismo. Es el centro donde se equilibran todas las fuerzas; es el alambique donde se destilan todos los resabios y groserías de que está plagado el mundo. La Francia entera parece un gran salón y París la señora de la casa, que con refinado tacto sabe mantener en actitud correcta hasta los peor educados de sus tertulios. Si los alemanes la hubieran vencido, tarde o temprano quedarían uncidos al yugo amable de esta encantadora Circe, como en otros tiempos los romanos lo fueron al de Atenas.

La Francia se encarga de poner en el fiel las grandezas y las pequeñeces de los hombres. Cuando entran en París, los reyes más déspotas se convierten en amables ciudadanos y los humildes obreros en hombres de buena sociedad. Todo el mundo se arregla aquí la barba y se quita las botas de montar. Los «pieles rojas» de América os pedirán perdón cuando pasan delante de vosotros.

Alguien me dirá que estas son apariencias y que lo que importa es poseer elevada inteligencia y recto corazón. Convenido; pero la cortesía es un antídoto contra el egoísmo y el comienzo de la caridad. Por los actos se llega á los sentimientos, dicen los modernos psicólogos. Pascal tomaba agua bendita para inspirarse fe. La naturaleza humana es tan viciosa que necesita todos los frenos de la educación para no mostrar su lacería.

Pero no es solamente distinguida y encantadora esta ama de casa: es, además, culta como ninguna. Otras naciones la han sobrepujado en ciertos lujos: Inglaterra posee una literatura más rica; Alemania, una filosofía más alta; Italia, un arte más espléndido. Sin embargo, tomada en conjunto, Francia es la nación que sobresale. Su literatura en el siglo XVII es admirable. Los nombres de Corneille, Racine, Bossuet, Fenelon, Mme de Sévigné, Molière, La Fontaine, La Rochefoucauld rivalizan con los más grandes de otros países. En el siglo XVIII hay colosos como Voltaire, Diderot, Rousseau y exquisitos escritores como Mariveaux, Prevost, Beaumarchais y Chamfort. El XIX es maravilloso. Al mismo tiempo han alentado aquí hombres como Lamartine, Alfredo de Musset, Víctor Hugo, Chateaubriand, Balzac, Michelet, Jorge Sand. Y al lado de éstos algunas docenas de escritores notables como ninguna otra nación puede ostentar.

Y si pasamos á la Ciencia, aun es mejor. Alemania la vence en sus aplicaciones industriales; pero en la ciencia pura los franceses han sido y continúan siendo los maestros. Descartes, Mallebranche, Pascal, Laplace, D'Alembert, Lavoisier, Lamarck, Champollion, Ampère, Gay-Lussac, Buffon, Cuner, en tiempos antiguos, lo demuestran. En los presentes, Pasteur, Comte, Claudio-Bernard, Quatrefages, Charcot, Taine, Brown-Sequard lo pregonan igualmente.

No hay en estos últimos años un sabio naturalista que pueda compararse á Pasteur, ni un matemático á Enrique Poincaré, fallecido recientemente, ni metafísico á Bergson, vivo aun para gloria de su nación. En los momentos actuales trabajan aquí brillantemente sabios como Le Dantec, Bichat, Bontron, Dastre, Pierre Janet, Grasset, Richet, Durkheim, Le Bon y otros muchos que me es imposible nombrar.

Cuando repaso tantos nombres ilustres, cuando observo esta juventud tan ávida de instruirse y contemplo el trabajo eficaz y armónico que realizan aquí, lo mismo los sabios naturalistas que los pensadores, los sacerdotes que los militares, los obreros que los literatos, no puedo menos de volver los ojos hacia esa patria que tanto amo. El corazón se me aprieta y una ola de amargura llega á mi garganta y quiere ahogarme.

Ese pueblo español se me representa como un hombre bien dotado, de fuerte musculatura, de inteligencia penetrante, pero dormido. Quisiera que un genio poderoso, un nuevo Ariel, fuese allá y le sacudiese rudamente y le gritase al oído: «¡Despierta, despierta! ¿No escuchas el canto de la alondra? ¿No ves al sol enfilando ya sus rayos sobre la tierra? La obra es larga. ¡Apresúrate! La Humanidad espera todavía mucho de quien ha engendrado á Cervantes y ha descubierto nuevos mundos. Quien no avanza en la marcha del progreso, retrocede. Si continúas durmiendo, el polvo formará costra sobre ti, los ratones y las arañas treparán encima y los carneros imprimirán su pezuña sobre tu rostro.»

Quizá el dormido despierte, quizá se restregue los ojos y después de vacilar le responda: «¡Para qué!» Y se vuelva del otro lado para seguir durmiendo.

Acaso tenga razón. ¿Qué es lo que vería al ponerse en pie? Campos desecados, hombres hambrientos, el nepotismo dictando órdenes, la injusticia erigida en sistema, la frivolidad soltando carcajadas estúpidas, una política mezquina envenenando las inteligencias más altas y los más nobles caracteres...

¡Duerme, pueblo español, duerme! Vale más vivir dormido que despierto y desesperado.

El Krishna de las trincheras

La repetición es la ley de la vida. Se repiten los hechos y también los pensamientos. Lo que pensaron nuestros más antiguos progenitores cuando comenzaron á pensar, eso es lo que ahora pensamos nosotros.

En presencia de la necesidad ineluctable, acosado por los rigores de la Naturaleza, el hombre se refugia en su propia alma y adopta un estoicismo fatalista que le emancipa del dolor. Toda la filosofía del Oriente se halla impregnada de tal estoicismo; la griega lo hizo suyo en el Pórtico; los hombres más grandes de la antigüedad le rindieron culto. Y en nuestros mismos días, cuando la fe cristiana no endulza nuestra amargura, cada hombre lucha con el dolor poniendo su alma de punta á los sucesos y entregando su pensamiento al oráculo de la fatalidad.

De todos los oráculos fatalistas el más famoso y el que más profundamente impresiona es el que se expresa en el episodio del Mahabharata indio, conocido con el nombre de Bhagavad-Gita. Los ejércitos de los Pandavas y de los Curavas se encontraban el uno frente al otro en una llanura inmensa. Suenan los cuernos de guerra, los tambores redoblan, los carros se precipitan, las flechas silban. Krishna, encarnación humana del dios Wishnú, consiente en servir de cochero al tercer hijo de Pandú, su discípulo y favorito Ardjuna. Este, á la vista de todos aquellos hombres que van á degollarse, se siente cogido por una desesperada melancolía. Contemplando esta muchedumbre de amigos y enemigos que el odio divide y que la muerte va á reunir, siente que sus manos tiemblan, su boca se seca, sus cabellos se erizan, su piel arde, sus fuerzas desmayan, el arco se escapa de sus manos. Se deja caer sobre el pescante de su carro, pálido, acobardado, el alma transida de dolor. Entonces es cuando Krishna le revela quién es y comienza á doctrinarle sobre la vanidad de las cosas terrestres y el carácter insignificante de todos nuestros actos. El verdadero sabio no debe inquietarse ni por los vivos ni por los muertos: el cuerpo no es más que la envoltura de una inteligencia inmortal que cambia de forma como si fuese un vestido. Morir ó matar es cosa en absoluto indiferente, etc., etc.

Allá en las trincheras de la Champagne se repitió esta escena, no entre dioses, sino entre dos pobres soldados de infantería. He aquí cómo llegó á mi noticia:

No hace muchos días entré en un café del boulevard de los Italianos con un amigo. Antes de sentarnos divisó éste en el fondo á uno de sus conocidos, y se apresuró á ir á saludarle. Observé que aquel sujeto tenía á su lado dos muletas, y desde luego colegí que era un inválido de la guerra. Mi amigo me hizo una seña de que me acercase, me presentó á él; y nos sentamos á su misma mesa. Era un joven de agradable aspecto, de fisonomía abierta y bondadosa. Le habían cortado una pierna hacía pocos meses; era hijo de un banquero del boulevard Haussmann, y disfrutaba, al parecer, de una brillante posición social.

La conversación rodó, como es natural, sobre la guerra. Monsieur Gardiel, que así se llamaba aquel simpático joven, nos entretuvo largo rato describiéndonos la vida de las trincheras, contándonos alguna de sus aventuras guerreras. Aunque todo era vulgar y descrito mil veces en los periódicos, yo le escuchaba con interés. Lo vulgar se hace interesante cuando está narrado con ingenuidad por la persona misma que lo ha vivido. Pero uno de los episodios de su amena charla salió repentinamente de lo ordinario y me causó profunda sensación. Lo contaré en breves palabras.

«Entre los soldados de la compañía á la cual yo pertenecía--nos dijo--había un muchacho que se distinguía por lo feo. La Naturaleza se había excedido á sí misma en este joven. Pienso que era el hombre más feo de Francia. Se le llamaba entre nosotros «la Merode», en recuerdo de una belleza que sonó mucho hace años. Lo moral respondía bastante bien á lo físico. Callado, brusco, indiferente á lo que pasaba á su alrededor, se había captado la antipatía de todos nosotros. Lo que más repelía en él era su sonrisa; una sonrisa sardónica, maligna, que no se le caía de los labios. Le hubiéramos visto destrozado por una granada sin pesar alguno.

Este joven, que se llamaba Tabourin, era, según me dijeron, profesor en un colegio de Lyon. Su vocación científica se revelaba á nosotros claramente porque aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para cazar insectos y mariposas y fijarlas en unos cartoncitos que llevaba curiosamente guardados en su mochila. Esto mismo nos lo había hecho más antipático aun. Su glacial indiferencia era repugnante. Cuando nos oía quejarnos de la humedad, del hambre ó de algún dolor, sus ojos atravesados parecían brillar con una mirada más sarcástica. El jamás profería una queja.

Vino la gran ofensiva de Septiembre. Los horrores del infierno imaginados por la mente calenturienta de algún devoto histérico no darían una idea de lo que aquello fué durante unos días. Tanta sangre habíamos visto correr, tantos miembros esparcidos, tantos gritos de dolor habían llegado á nuestros oídos, que yo concluí por hallarme en un estado de estupor difícil de describir.

Una noche, tendido en el fondo de la trinchera, á pesar de hallarme fatigado hasta el desmayo, me era imposible dormir. Oía la respiración de mis pobres compañeros, pensaba en lo que nos aguardaba á la mañana siguiente, quizá aquella misma noche; pensaba en sus madres, pensaba en la mía y me sentía triste hasta la muerte. No lloraba, porque en la guerra se pierde, por fortuna, la facultad de llorar; pero me sentía fuertemente agitado y no podía menos de suspirar de vez en cuando.

--No puedes dormir, ¿verdad?--murmuró una voz en mi oído. Era la de Tabourin.

--No--respondí secamente.

--¿Estás triste?

--Sí--respondí con la misma sequedad.

--¿Quieres un poco de éter que aun me queda en el frasco?

Me sorprendió la dulzura de aquella voz, que formaba contraste con el aspecto repulsivo del sujeto. Rehusé el ofrecimiento; pero no pude menos de agradecerlo y le dije:

--No estoy triste por lo que pueda ocurrirme mañana; lo mejor tal vez sería que me matase una bala ó una bayoneta. Lo que me contrista es ver á estos pobres compañeros durmiendo tranquilamente y pensar en lo que aun les queda que sufrir, pensar en los seres que los aman, en las lágrimas que vierten y verterán.

Guardó silencio unos instantes, y al cabo profirió suavemente, acercando su boca á mi oído:

--La sangre es nada; las lágrimas son menos aun. ¡Qué importa morir! Yo creo que debe ser un placer inmenso reposar en el seno de la gran Naturaleza. ¡Qué seguro se duerme bajo unas cuantas paletadas de tierra! La muerte, amigo, no existe en realidad: la chispa vital que nos anima no se extingue con cada uno de nosotros: marcha á encender otro fuego. Los campos, los mares, los hombres, los animales, los soles que lucen en el cielo, todo lo que se mueve y respira, todo nace y todo muere, todo cae y todo renace. Sólo el gran poder de la Naturaleza no se extingue jamás, sólo él es inmortal. Este gran poder silencioso y tranquilo es lo único que existe realmente: nosotros no somos más que apariencias, imágenes del gran cinematógrafo. ¿Por qué nos horroriza la destrucción? Esta no es más que aparente también. ¿No ves las hormigas? Enfiladas atraviesan el camino cumpliendo su tarea. El pie de un transeúnte aplasta un centenar de ellas; las demás prosiguen impasibles su tarea sin dar importancia al suceso. ¿Por qué la concedemos nosotros tan grande á la muerte de un centenar de los nuestros? Lo mismo ellas que nosotros caemos en el seno fecundo de la madre tierra. Jamás el Destino nos podrá privar de este regazo maternal. El secreto de la fuerza de las cosas reside en nosotros como en todos los demás seres. No hay vacío en el Universo. Los límites entre el mundo inanimado y el mundo de la vida son imaginarios... Consuélate, amigo mío; la muerte no es una puerta de horror y tinieblas para nadie; al contrario, es el paso de una hora sombría á otra más clara. Sometámonos alegremente á la voluntad de la Naturaleza y no veamos en ella una enemiga, sino una tierna aliada que nos emancipa de la insufrible tiranía de la vida.

No me consolé, naturalmente; pero desde entonces guardé respeto á aquel compañero, que era muy otro de lo que yo y todos los demás nos habíamos figurado.