La guerra injusta; cartas de un español
Part 4
«Francia tiene un «gato»; es necesario quitárselo», decía el Príncipe de Bismarck á sus amigos. Y, en efecto, siguiendo sus instrucciones, los discípulos de hoy quisieron repetir la hazaña. Pero los franceses han guardado tan bien el gracioso animal que es ya caso imposible que aquéllos pongan la mano sobre su lomo.
¡Pobre animalito! ¡Tan dulce, tan inocente, tan rollizo! Sería triste que los bárbaros se apoderasen de él. Seguro que con su piel harían correas de fusiles y con sus mantecas engrasarían las llaves de los cañones.
No hay casa en Francia, por humilde que sea, donde no ronque en algún oscuro rincón uno de estos felinos, pequeño o grande. Conocí á un funcionario del Municipio que mantenía á su esposa, su suegra y dos hijos con un sueldo de 140 francos mensuales. Así y todo, me confesó que separaba 15 todos los meses para su «gato». El día en que no pudiese darle siquiera unos céntimos de cordilla, el francés se moriría de ictericia.
El Shah de Persia declaraba hace años á un periodista que lo que más le admiraba en Francia era el ahorro.
Yo creo que si hubiera visto á una estanquerita que vive en la rue de Clichy lo hubiera puesto en segundo lugar.
De todos modos, no ofrece duda que tiene en este país una importancia capital y que á él se debe el grado inaudito de prosperidad material á que había llegado. Es incalculable el número de Sociedades que aquí se encargan de promover y facilitar el ahorro, todas inspeccionadas y vigiladas estrechamente por el Gobierno. Esto me trae al pensamiento aquella famosa «Tutelar», de dolorosa memoria para muchos españoles. La estanquerita de la calle de Clichy nos decía ayer á un joven profesor de la Sorbona y á mi que mediante una pequeña cantidad que imponía todos los meses en la caja de dos de estas Sociedades tenía la seguridad de disfrutar en su vejez una renta de cinco francos diarios.
--¿Pero es que tendrá usted el mal gusto de envejecer?--le preguntó el joven profesor.
La estanquerita se echó á reir, ignoro si porque le «hizo» gracia la salida de mi amigo ó por enseñar unos lindos dientes sevillanos.
El ahorro francés no es sórdido ni repugnante; es prudente, metódico, sabio. Un francés no se priva jamás de lo necesario y se autoriza todos aquellos goces compatibles con él. Entre nosotros se dan casi siempre los dos casos extremos: un sujeto que despilfarra cuanto gana ó ha ganado su padre y otro que se alimenta y viste como un pordiosero poseyendo millones.
Los tenía un viejo solterón que existía hace años en mi pueblo. Para su regalo había adquirido una famosa cueva de vinos: Burdeos, Madera, Rioja, Manzanilla, Jerez; todo añejo y exquisito. Por lo menos eso se decía entre nosotros. Pues bien; este ricacho cenaba indefectiblemente todas las noches un plato de patatas guisadas. Como ya le iban cansando y le era pesado engullirlas, bajaba á la cueva antes de cenar, tomaba una botella de Jerez y la colocaba sobre la mesa delante de su plato. «El que se coma las patatas--decía--se bebe la botella de Jerez.» En efecto; se comía las patatas; pero al descorchar la botella, la miraba con enternecimiento, se apiadaba de ella y bajaba de nuevo á la cueva para colocarla en su sitio, repitiéndose la misma escena al día siguiente.
Aquí se bebería la botella de Jerez así que hubiera apartado lo bastante para comprar otra.
Es una pasión el ahorro en Francia; pero es una pasión discreta, reservada, que huye de exhibirse, como el amor en los viejos. Los franceses se entienden con los ojos en este punto. Un obrero, un pequeño empleado toma los domingos su caña de pescar, después que ha almorzado, y se va al río. En la apariencia es un recreo; él así lo manifiesta. Pero los vecinos saben á qué atenerse. «Monsieur F*** va por la cena», dicen para sí. Nadie sonríe, no obstante, ni menos se autoriza la más ligera broma.
En Francia todo es digno de risa menos el dinero. Sucede lo mismo que en nuestras provincias de Galicia. El gallego es un ser pacífico, cortés, insinuante; alguna vez también poeta melancólico. Pero tocad el asunto del dinero; inmediatamente asomará á sus ojos la tragedia.
Cualquiera que á París venga en este momento y no conozca el carácter francés quedará estupefacto. La gente ríe, canta, se divierte como si se hallase en una Arcadia feliz y la sangre de sus hermanos no corriera á torrentes á pocos pasos de aquí. En los rostros no se pinta zozobra ni tristeza alguna: se espera la llegada de los zeppelines, como si fuera un caso de risa. Hay extravagancias que horrorizan: los negros velos de la viudez se han puesto de moda, y las solteritas se visten de viudas por coquetería. Mucho se engañaría el que juzgase por estos signos el espíritu de Francia. Bajo su aparente frivolidad, este es el país más prudente y sensato de la tierra. El francés suena los cascabeles para disfrazar su cordura, como otros se retuercen el bigote para ocultar su demencia.
¡Demasiado sensato, demasiado cuerdo! Este es su defecto capital, y no la vanidad, como generalmente se sostiene. Todos somos vanos en el mundo. Si los franceses lo son un poco más que los otros, el caso no tiene excesiva importancia. Pero sí la tiene enorme la frialdad que tanta cordura ha engendrado. Entráis en el seno de una familia y observáis con sorpresa que los hijos, así que comienzan á ganar dinero, lo colocan en las Cajas de Ahorro y sólo dan á sus padres lo que gastan en mantenerlos, como si se hallasen en un hotel. Al matrimonio que tiene más de un hijo se le mira con cierta compasión despreciativa. Le dije en cierta ocasión á una señora que dirige una tienda de bisutería:
--Uno de sus sobrinos ha venido hoy á visitarme. No sabía que tuviese siete hermanos.
La comerciante frunció el entrecejo y exclamó con amargura:
--¡Qué quiere usted, caballero! ¡Campesinos! ¡Salvajes!
En Francia se concede tal importancia al dinero, que un sujeto que posee 500.000 francos se cree en el caso de no saludar á otro que sólo posee 300.000 y éste á su vez de no mirar siquiera al que tiene 100.000. ¡Cómo contrasta esta ridícula actitud con la cordialidad y modestia que se observa generalmente en los ricos españoles!
En sus relaciones con los menesterosos se observa también cierta frialdad: los socorren, pero sin emoción. Nuestra ilustre compatriota doña. Concepción Arenal puso como lema á una de sus obras las siguientes palabras: «La Beneficencia envía al enfermo una camilla; la filantropía se acerca á él; la caridad le da la mano.» Los franceses hasta ahora se contentaban generalmente con enviar la camilla. Sin embargo, hay que reconocer que su Beneficencia era tan eficaz, tan copiosa y previsora que la nuestra, aunque más cordial, no podía comparársele. Si no tenía calor el corazón lo tenía la cocina, y esto es ya mucho.
Paseando hace unos meses por las calles de Madrid tropecé con un ciego que pedía limosna tocando el violín. Entablé conversación con él y me informé de su patria y sus desgracias. Era un minero asturiano que había perdido la vista á consecuencia de una explosión de grisú. Cuando le ocurrió este percance alguien le dijo que en París existían médicos especialistas que seguramente curarían su ceguera. Como poseía algunos ahorros, aquí se vino lleno de esperanzas. Poco tardaron en disiparse. Quedó ciego y sin recurso alguno en medio de esta gran capital. Los últimos francos los empleó en comprar un violín y aprender á rascarlo. Durante doce años recorrió, mendigando, de un cabo á otro la Francia. Cuando estalló la guerra se le hizo salir, como á todos los demás mendigos extranjeros. Así que conocí su historia me puse á hablar con entusiasmo de este país, que tanto admiro; de su organización tan perfecta, de su autoridad previsora, de la feliz distribución de sus riquezas. El ciego me replicó, suspirando:
--Sí, señor, sí; todo eso es cierto... Pero en Francia un caballero como usted no estaría ahora hablando con un mendigo como yo.
Líbreme Dios de imaginar que en Francia no existen muchas, muchísimas almas ardientemente caritativas, grandes y tiernos corazones. Tengo el honor de ser amigo de algunos. Lo único que afirmo es que aquí la importancia del dinero había llegado á hacerse incompatible con la importancia de las leyes morales. La ganancia era la musa inspiradora por excelencia y el comerciante, el artista y el guerrero la rendían por igual fervoroso culto.
En septiembre del año pasado vino con licencia de cuatro días, como todos los soldados, al pueblecito donde yo veraneaba M. Pierre, peluquero. Ostentaba, sobre su pecho la cruz de guerra. Se había batido valerosamente allá, en las trincheras. Se le había citado en los periódicos regionales por una hazaña admirable. Pues bien; ¿qué suponen ustedes que hizo aquel guerrero que sólo traía cuatro días de licencia? Inmediatamente abrió las puertas de su establecimiento, cerradas desde hacía más de un año; se puso en mangas de camisa y comenzó á afeitar á sus parroquianos.
Yo entré en la peluquería cuando hacía la barba á M. Despretis, el propietario más rico de la localidad. Y mientras le pasaba delicadamente la navaja por las mejillas narraba con vivos colores una de las batallas en que había tomado parte.
--Los obuses nos barrían materialmente. Filas enteras caían y los cadáveres se amontonaban delante de nosotros, cerrándonos el paso. Nuestros pies chapoteaban sangre. Pero avanzábamos siempre, y en cuanto nos pusimos en contacto con los «boches», nuestras bayonetas hicieron una carnicería espantosa: cortaban, rajaban, se hundían en el vientre de aquellos cochinos...
--¡Nom de Dieu! ¡Monsieur Pierre, me ha hecho usted daño!--exclamó monsieur Despretis, abriendo los brazos y echándose hacia atrás vivamente.
Monsieur Pierre retrocedió asustado y contempló con espanto una gotita de sangre en las cándidas mejillas de monsieur Despretis. Se puso pálido y balbució algunas palabras incoherentes.
¿Por qué se turba y empalidece aquel héroe á la vista de una gotita de sangre cuando tanta había visto verterse y él mismo había derramado? ¡Ah! Porque aquella gotita no brotaba de ninguna entraña palpitante, sino que corría de su bolsillo.
Ahora no puedo menos de preguntarme: ¿Este espíritu de economía es una virtud? Sería profanar tal nombre el llamarlo así. Cuando un hombre se priva de algún goce con el fin de atender á la necesidad de sus semejantes á ese hombre le diputamos por virtuoso. Pero si separa parte de lo que gana para proporcionarse más placeres en lo porvenir le llamamos interesado.
Es un error profundo el tomar exageradas precauciones en la vida. Una rabotada del Destino las echa á rodar en un instante. Cuando aquél llama con siniestros golpes á nuestra puerta de poco nos valen nuestros cuartos de baño y nuestro chocolate. Una pequeña dosis de fe y de energía nos será de mayor utilidad.
Tal ha sucedido con la nación francesa. El golpe ha sido rudo porque ruda había sido la infracción. Pero el genio francés no había naufragado todavía: extravió el rumbo, pero no se fué á pique. Sintióse aturdido unos instantes, pero inmediatamente reaccionó vivo y poderoso. Cien generaciones de héroes no pueden engendrar una de cobardes. Hijos son estos soldados de aquellos otros intrépidos, generosos, que pasearon sus gloriosas armas por todas las ciudades de Europa sin saquear sus palacios, sin beberse el vino de sus bodegas, robando solamente algún beso á las lindas muchachas que cruzaban por la calle.
Ahora se habrán convencido de que hacer muchos cálculos es bueno; pero es mejor no hacer ninguno. Llenar el bolsillo es extremadamente útil; pero es más útil llenar el corazón. Vivir con sobriedad y mesura, no complicar la vida, hacerla fácil para todos, rendir, sobre todo, culto al amor en todos los momentos y en todos los lugares. Este es el secreto de la dicha de los individuos y de la grandeza de las naciones. Si nadamos sobre la ola de la ley moral ella nos conducirá suavemente á puerto seguro.
Las mujeres y la guerra
Paseando hace ya bastantes años por el bosque de Bologne con un español recién llegado como yo á París, acertamos á ver una linda pareja de jóvenes que hacia nosotros venía graciosamente abrazada. Cruzaron á nuestro lado con perfecta tranquilidad, sin importarles nada, al parecer, de que les viésemos de aquel modo enlazados. Mi compañero se escandalizó profundamente porque venía dispuesto á escandalizarse.
En Madrid es proverbial la corrupción de París. En Madrid todas las cosas son proverbiales. Quiero decir que lo que opina el uno lo opina el otro, y así sucesivamente.
Dice un amigo mío, muy inclinado á la paradoja, que en España existen 240 personas que piensan por sí mismas. Las demás piensan por cuenta del vecino, exceptuando aquellas que no piensan de manera alguna, que es la clase más numerosa.
Esta cuchufleta no está desprovista por completo de verosimilitud. Los españoles, que hemos sido audaces aventureros por mar y tierra, cuando nos lanzamos á navegar por el océano de las ideas nos tornamos encogidos marineros. Un viajero americano afirma que en Inglaterra exigen á cada uno que se atreva á tener opinión propia que perdonan fácilmente á todo el que rompa con las convenciones sociales si lo hace con ingenio. En ello ven una garantía de la fuerza y progreso de su nación. Pues en España acaece lo contrario. Aquí se mira con malos ojos á cualquiera que diga ó ejecute una cosa no dicha ó ejecutada antes por otro. Alemania es, según dicen, el país de los uniformes; España, igual; pero lo llevamos dentro.
Volviendo á mi compañero de paseo diré que rugió de indignación y exclamó:
--¡Qué desvergüenza, qué cinismo! ¡Hay que venir á París para ver estas cosas!
--No hay que hacer un viaje tan largo--le respondí--. Se conoce que no pasea usted por las avenidas del Retiro.
La capital de Francia, en lo que á las relaciones de los dos sexos se refiere, no está más corrompida que Londres, Berlín y Nueva York. Téngase presente que en París existía antes de la guerra una población flotante mucho más numerosa que en ninguna otra ciudad. Todos los alegres compadres de Europa y América se daban aquí cita para divertirse.
Fuerza es confesar que la mala fama de las francesas se la han dado los franceses. Son sus mismos padres, esposos y hermanos los que las han deshonrado á los ojos del mundo. En el teatro y la novela no se hallará de cincuenta años á esta parte otra cosa que las ruindades y picardías cometidas por las mujeres francesas con sus maridos. La liviandad es la única musa de los autores modernos; el adulterio, su único argumento. De tal modo, que el que se sature de esta bazofia literaria (que no otro nombre merecen las producciones que ven á diario la luz en París) pensará que en toda Francia no existe una esposa fiel ni una soltera con pudor.
Es una infame calumnia. Saliendo de París hallaréis en todas las provincias de Francia las mismas costumbres que en España. Yo, que desde hace tiempo habito parte del año en una de ellas, no he observado aquí mayor inmoralidad. Hay alguno que otro divorcio, es cierto; pero las damas francesas miran de través y con menosprecio á la mujer divorciada, lo mismo que sucedería en una provincia española. Por otra parte, ¿no habría divorcios entre nosotros si la ley los consintiese?
Pero tiene la mujer francesa tanto en su abono, que podría perdonársele un suplemento de coquetería. Tiene la gracia, el ingenio, la elegancia, la cultura; tiene, sobre todo, el inquebrantable propósito de hacerse amable. La decantada cortesía francesa no reside en los franceses (y que me perdonen los buenos amigos que aquí tengo), sino en las francesas.
El poder de la mujer francesa es infinito. Nadie resiste á su influencia. Sin belleza, muchas veces; sin alta posición social, sin ricos trajes, sin sólida instrucción, sabe, no obstante, arreglárselas para fascinar primero y sujetar después á cuantos á ella se acercan. Si leéis la correspondencia de Voltaire os causará asombro la inmensa variedad de frases ingeniosas que aquel hombre tenía á su disposición para lisonjear á sus corresponsales. Pues todas las francesas son pequeños Voltaires. Cuando penetráis en un círculo de damas francesas estad seguros de oir muchas frases que halaguen vuestro amor propio pronunciadas con tal arte, con una sencillez tan refinada, que no os dais cuenta de que os adulan. Y esto constituye un verdadero peligro, porque salís de aquella reunión haciendo la rueda como un pavo real.
Es una particularidad digna de notarse que la mujer francesa, cuanto más envejece, más amable se hace. Así como las inglesas, al decir de viajeros y novelistas, se tornan agrias con la edad, la francesa concentra su dulzura y se escarcha como las mermeladas. Entonces es cuando desplegan los recursos todos de su arte. En Francia no es fácil sostenerse contra una joven: imposible resistir á una vieja.
Días pasados espero la llegada de un tranvía. Ignoro que hay que arrancar un papelito, con un número, de cierta columna donde están fijados. Una señora de pelo gris observa mi descuido y me dice:
--Monsieur, vaya usted á tomar su número, porque de otro modo no conseguirá entrar en el coche.
Otro día entro en una iglesia y dejo olvidado sobre el reclinatorio donde había estado arrodillado mi gabán. Cuando ya estoy cerca de la puerta, siento detrás de mí una respiración jadeante y oigo una voz que me dice:
--Monsieur, tome usted su gabán que ha olvidado.
Era una dama también de cabellos blancos. ¿Cómo es posible dejar de adorar á estas buenas viejas francesas?
Otra curiosa particularidad es que en Francia no existen como en España provincianas. Todas son parisienses. El mismo gusto para vestirse, el mismo ingenio, la misma cortesía, la misma distinción de modales. En una aldea, al aire libre, he visto bailar un rigodón á unas pobres labradoras, con tal elegancia y majestad, que si repentinamente una hada trocase el percal de sus vestidos por seda y el mísero violín que las acompañaba por una orquesta, se creería uno entre princesas. Vamos paseando y oímos detrás la voz de algunas personas que se saludan con frases ceremoniosas y entablan una conversación en que se cambian finos conceptos. Volvemos la cabeza: son unas domésticas que han tropezado con un obrero de los tranvías. Hasta he presenciado una reyerta fragorosa entre dos mujeres que vinieron á las manos, sin abandonar por completo toda cortesía.
--¡Oh, madame!--gritaba, una dando á la otra un arañazo.
--¡Oh, mademoiselle!--gritaba la otra respondiendo con un estirón de pelos.
Vengamos ahora á la política. En Francia casi todos los hombres son republicanos; pero las mujeres casi ninguna. Por lo menos, cuantas señoras be tropezado me han preguntado por nuestro Rey, por la Reina, por los Príncipes e Infantes, con tanto interés y afecto, que revelan sentimientos monárquicos acendrados. Es un interés vivísimo el que sienten por conocer las particularidades de la vida y costumbres de nuestra familia Real. En vano les digo que yo no puedo satisfacer su curiosidad porque no soy cortesano ni voy jamás á Palacio. Ellas se obstinan, quieren sacar de mí algún pormenor atractivo, alguna noticia ó anécdota. Entonces me acuerdo de que soy novelista y les cuento una historia que las enternece.
Su actitud al declararse la guerra no ha podido ser más admirable. Las he visto confiadas, serenas, resueltas como el hombre; pero con más dignidad aun.
Algunos hombres, completamente enloquecidos, estallaron delante de mí en denuestos contra sus enemigos, profirieron frases de mal gusto. Las mujeres no descienden á la injuria grosera. Ellas, tan comunicativas ordinariamente, permanecían graves y silenciosas; pero en sus ojos, en todo su cuerpo, se leía la inquebrantable decisión de ayudar á sus esposos y hermanos hasta morir.
¡Y vaya si lo han cumplido! La mujer es cobarde en una guerra de agresión y de conquista. Para marchar necesita ir acompañada de la justicia. Pero cuando la siente á su lado entonces es más intrépida que el hombre. Acordaos, españoles, de aquel baluarte de Gerona defendido por nuestras heroicas abuelas, donde se gritaba: ¡Ni damos ni queremos cuartel!
Una vez convencidas las francesas de que su patria había sido atacada injustamente, desplegaron, para aliviar la suerte de los suyos, los maravillosos recursos de su naturaleza. En el campo tomaron sobre sus hombros, la pesada carga del cultivo, aquí, en París, desempeñan con igual éxito los oficios de los hombres, lo que engendra un problema que ya preocupa á éstos. Un obrero me decía, no ha mucho, con cierta inquietud y amargura:
--Vea usted, señor; las mujeres en estos momentos lo invaden todo: son los cobradores de los tranvías, los mozos de café, los dependientes de los comercios, los cocheros, los obreros en nuestras fábricas, hasta en las de municiones... ¿Qué va á pasar cuando la guerra termine? Los hombres hallarán ocupados sus puestos y será difícil que puedan recuperarlos. La mujer se contenta con la mitad del salario de un hombre. Como es natural, los empresarios y los propietarios de establecimientos comerciales preferirán que ellas sigan. Será un grave conflicto, puede usted creerme.
Sí lo creo; pero no he podido menos de preguntarme: ¿Cuál es la causa original de este conflicto? Las mayores necesidades de los hombres, y si hablásemos con toda claridad, pudiéramos decir sus vicios. La mujer no necesita alcohol ni tabaco; es más sobria en la alimentación; no exige placeres costosos. La única manera de resolver el problema será que los hombres se hagan más sobrios y morigerados y puedan vivir con igual salario. Con esto ganarían ellos mismos, su nación y la raza entera.
Millares de jóvenes en brillante posición abandonaron el regalo de su hogar y partieron al frente para servir en las ambulancias; otras permanecieron en los hospitales creados hasta en los más apartados rincones del territorio para recibir á los heridos; otras, en fin, recorren el país haciendo todo lo que humanamente es posible para arbitrar recursos.
Fuí testigo y lo soy de sus trabajos en estos hospitales. No se limitan á cuidar á los heridos, á curar sus llagas, á velar su sueño; hacen mucho más. Como saben que la alegría es el medicamento más eficaz que se conoce, capaz por sí sólo de realizar curas maravillosas, se esfuerzan en proporcionársela á sus enfermos. Lo primero que hacen es instalar un piano, y si les es posible, un cinematógrafo. Según las circunstancias y el estado de los heridos, dan conciertos vocales o instrumentales, representan comedias, leen novelas, les divierten con juegos de prestidigitación y, sobre todo, ríen y charlan y los tienen embelesados.
Inútil es decir que el dios alado hijo de Venus y Marte acude á estos recintos, que debieran ser de dolor, y lo son muchas veces de regocijo. Y con inaudita crueldad remata la obra de los alemanes disparando sobre aquellos infelices heridos, no ya flechas de oro como antiguamente, sino flamantes granadas de mano con gases asfixiantes. Algunos de ellos van á convalecer á la sacristía de la parroquia; otros se marchan al frente, prometiendo á sus enfermeras venir pronto otra vez heridos.
Hace pocos días visité el famoso colegio Rollin, soberbio edificio, transformado, como otros muchos, en hospital. A una de estas simpáticas enfermeras le pregunté:
--¿Son ustedes aquí todas voluntarias?
--Hay algunas profesionales; pero las más somos voluntarias.
Ella fué la que me contó la siguiente tristísima anécdota:
Existe en París un comerciante inmensamente rico llamado Vilmorin. El hijo de este comerciante quedó, á consecuencia de uno de los combates, _sin piernas y ciego_. De éstos hay varios. Cuando su padre fué á verle por primera vez al hospital, el hijo le preguntó:
--Padre, ¿me quieres todavía?
--Infinitamente más que antes, hijo mío.
--Pues voy á pedirte un favor.
--Cuanto tú quieras. Hasta mi último franco está á tu disposición.
--Mátame.
--¿Qué es lo que estas diciendo?
--Sí, mátame; dame un veneno; nadie lo sabrá.
Que cada cual se represente lo que habrá experimentado aquel padre.
Autores y libros