La guerra injusta; cartas de un español

Part 3

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Y sin embargo, hay sujetos que así que escuchan la palabra socialismo ponen la cara larga, se espeluznan, dejan escapar odiosos sonidos guturales y algunos derraman abundantes lágrimas. Bombas que revientan sembrando el exterminio; manos negras que registran sus archivos; otras manos, más negras aun, que se introducen en su gaveta; imprecaciones; blasfemias; todo surge en temerosa visión delante de sus ojos aterrados.

No es para tanto. El socialismo, como la misma palabra lo indica, no significa en el fondo otra cosa que el deseo y propósito de organizar la sociedad de un modo más justo. Este deseo y propósito son perfectamente legítimos. ¿O es que pensamos que la sociedad humana ha llegado á la perfección?

Pero si á este deseo se mezcla el odio, todo flaquea y se derrumba. El odio es el más eficaz disolvente que existe sobre la tierra. En cuanto este dios infernal se presenta todo cambia de aspecto y se ennegrece. Y, desgraciadamente, el socialismo ha hecho su aparición en nuestros días acompañado de tan funesta deidad.

Un _leader_ del socialismo español, con quien tropecé hace años en una fonda, me decía: «Desengáñese usted; este asunto se resolverá como todos los otros de este mundo: por la fuerza.» Yo le respondí: «Está usted en un error, amigo mío; este asunto, como todos los otros de este mundo, se resolverá por el amor.»

Y el tiempo ha empezado ya á darme la razón. ¿Quién puede imaginar á la hora presente que triunfe una revolución popular disponiendo la burguesía de mercenarios con mausers, cañones de tiro rápido y ametralladoras?

Sí; el amor; esto es, el sentimiento de fraternidad, guiado por la razón, es el que se encargará de resolver este problema, limando poco á poco las irritantes desigualdades sociales. La Naturaleza no da saltos; pero la sociedad tampoco. La orilla está lejos; pero está más cerca de lo que hace algún tiempo pensábamos.

El moderno socialismo tiene su fuerza en Alemania. Esta afirmación sorprenderá y causará pena á algunos de nuestros germanófilos que no pueden imaginar que de Alemania venga otra cosa que autoridad, sumisión, disciplina. Y tienen razón, después de todo; las masas socialistas están mucho más disciplinadas en Alemania que en otras partes. Por eso son mucho más peligrosas. Esta disciplina matará la otra.

En Francia el socialismo ha sido siempre más teórico que práctico. Hubo diversas clases de soñadores. Los unos atacaron la propiedad: fueron los _comunistas_. Los otros atacaron la familia: fueron los _fourieristas_, los del famoso falansterio. Otros, la religión: fueron los _sansimonianos_. Ninguno de estos soñadores, sin embargo, logró arrastrar y concitar las masas; ninguno pudo organizar en París una manifestación de 300.000 hombres, como la que se efectuó en Berlín hace algunos años.

Si venís á Francia y recorréis las provincias os sorprenderá conocer el personal con que hoy cuenta el socialismo. Veis en un pueblo un precioso jardín cultivado con el mayor esmero, rodeado de verja; en el fondo, un soberbio hotel; hay jardineros que riegan y podan; hay criaditas, elegantemente vestidas con su delantal y su cofia blanca, asomadas á la terraza. «¿A quién pertenece esta finca?»--preguntáis--. «A monsieur F...--os responden--; jefe aquí del partido socialista.» Entráis á consultar con un médico famoso. Os abre la puerta un criado de librea; la casa está puesta con lujo excepcional; antes de pasar á su gabinete podéis echar una mirada furtiva al comedor, donde se halla reunida una familia numerosa tomando el té. Este doctor es el célebre B..., director y propietario de una revista socialista. Entráis en una iglesia á oir misa, y al salir tropezáis con un caballero que espera á su señora. Esta, vestida con suprema elegancia, con el devocionario en la mano, se acerca á él sonriente, le pasa el libro, se cuelga á su brazo y ambos se alejan departiendo alegremente. Es monsieur D..., diputado socialista por el departamento.

Por lo que se advierte, estos socialistas franceses no son ya muy peligrosos ni para la propiedad, ni para la familia, ni para la religión. Son microbios, cultivados que han perdido su virulencia.

¡Pero los nuestros son ponzoñosos en grado extremo!--oigo exclamar á algún conservador furioso--; Y me recuerda los viles asesinatos de Cullera, los incendios, las crueldades de Barcelona, los pillajes y depredaciones de otros sitios.

Tiene razón; por ahora nuestros socialistas son descamisados, y el carecer de camisa no ayuda mucho á la moralidad. «Si es que el pobre puede ser honrado»--decía Cervantes--. La honradez es un producto caro y, en general, sólo está al alcance de las personas de posición desahogada. El privilegio más envidiable de los ricos es que pueden proporcionarse el lujo de ser honrados.

Sin embargo, ha llegado á mis oídos que alguno de los jefes actuales del socialismo español tiene camisas de noche y de vestir, y no sólo camisas, sino también fincas urbanas, y que es un despiadado casero que envía á sus inquilinos el recibo indefectiblemente el primero de mes á la hora del almuerzo para que pierdan el apetito y se les indigesten los filetes empanados. No creo en esta leyenda negra, inventada y esparcida, sin duda, por algún malévolo reaccionario.

En todo caso, debiéramos alegrarnos de que los socialistas posean fincas urbanas. Y si adquieren algunas acciones del Banco de España, mejor que mejor. El día en que los socialistas españoles tengan jardines enverjados y lleven á sus señoras á misa, los burgueses no tienen ya que temblar por sus títulos de propiedad y sus gavetas.

Los socialistas de todos los países han añadido á su bandera en los tiempos modernos un lema seductor: «¡Abajo la guerra!», «Fraternidad universal». Está perfectamente. Yo me sentí cautivado desde el primer momento por este grito que responde á la aspiración vehemente de todo espíritu cristiano.

Fraternidad universal. ¡Qué hermosa palabra! Pero esperando esta fraternidad tan dilatada, ¿no podrían los buenos socialistas hacer uso de otra, más restringida? Porque todos los días vemos que cuando se declara la huelga en cualquier establecimiento industrial, si un desdichado obrero, acosado por el hambre, se presenta allí pidiendo trabajo, sus hermanitos se arrojan sobre él con fraternidad canina.

Nadie ha dejado de experimentar en Europa un sentimiento de simpatía al ver estampado entre los principios del moderno socialismo el desarme de las naciones y, como consecuencia, la paz entre ellas. Antiguamente se decía: «Paz, entre los Príncipes cristianos.» No debiera suprimirse la frase, porque los Príncipes cristianos han sido los principales causantes de esta guerra. Todos, hasta los más recalcitrantes burgueses, volvieron hacia ellos los ojos con afectuosa complacencia. En las tinieblas que amontonaron sobre la vieja Europa los incesantes armamentos, sembrando el pavor en todas las almas, el único rayo de luz que percibimos venía del socialismo. La diplomacia--nos decíamos--es impotente, está desacreditada; pero el socialismo es fuerte, las masas de trabajadores se encargarán de oponer una barrera á las ambiciones y soberbia de los tiranos. Si dejan caer el fusil y se cruzan de brazos, ¿quién marchará á la batalla?

Amarga ha sido la decepción. No dejaron caer el fusil; al contrario, se apresuraron todos á empuñarlo y á servirse de él con la misma inconsciencia que los soldados mercenarios.

¿Ha sido cobardía? ¿Ha sido el feroz instinto gregario que arrastra á las muchedumbres cuando se logra enardecerlas? No sé; pero es bien lamentable. Entre todas las bancarrotas que la presente guerra ha traído consigo, la más triste es la del socialismo. Hablando hace algunas horas con uno le expresé, no sin cierto calor y amargura, mi sentimiento de tristeza ante el espectáculo que en esta guerra habían dado al mundo sus correligionarios.

--¿Valía la pena--le dije--de que ustedes estuvieran tantos años predicando la paz y la fraternidad internacional, oponiéndose sistemáticamente á los armamentos, para que terminasen siendo tan feroces guerreros como los demás?

He aquí los términos en que respondió á mi interpelación:

«Para todos, lo mismo burgueses que socialistas, han llegado tiempos bien duros. Cuando se grita ¡fuego! en una casa, los más estoicos saltan de la cama, y cuando se grita ¡ladrones!, el mayor santo echa mano al cuchillo de la cocina. Ser pacifista teniendo á su lado un enemigo que acecha vuestros movimientos para arrojarse sobre vosotros al primer descuido, es un verdadero crimen. Sí; nosotros los socialistas franceses hemos cometido ese crimen, y debemos expiarlo derramando profusamente nuestra sangre. Nos hemos opuesto á los gastos militares; hemos maltratado á nuestros bravos y previsores generales, pensando que allá abajo nuestros hermanos harían lo mismo. Algo hacían; pero ahora vemos que todo era comedia, que en el fondo eran cómplices de los tiranos y lo mismo unos que otros estaban de acuerdo para lanzarse sobre nosotros y arrancarnos el fruto de nuestro trabajo. Todas las leyes, lo mismo las humanas que las divinas, ceden ante el derecho de legítima defensa. ¿No os defendisteis vosotros con brío en Zaragoza y Gerona cuando nosotros invadimos vuestro territorio? Y, sin embargo, vosotros sabíais bien que no llevábamos propósito de apoderarnos de vuestro bolsillo. El caso era bien distinto que ahora. Los franceses penetramos injustamente, lo reconozco, en el territorio de otras naciones; fué un movimiento de vanidad explotado por un hombre de genio; antes nuestra República había sido atacada por ellas. Pero los franceses llevábamos algo que daros. Llevábamos en el orden político los sagrados derechos del hombre, desconocidos y hollados entonces en Europa; llevábamos en el orden civil un Código que todos después habéis copiado. Ibamos á sustituir un régimen despótico por otro liberal, á cambiar simplemente un rey por otro. Después de todo, franceses eran ambos; el uno; hermano de Bonaparte; el otro, nieto de Luis XIV. La prueba de que no éramos unos bandidos es que los hombres más eminentes que entonces poseíais se pusieron de nuestra parte, los Moratín, los Silvela, los Meléndez Valdés, los Hermosilla, etc. Y en otras naciones acaeció lo mismo. Goethe, el más alto espíritu que la Alemania ha tenido hasta ahora, fué injuriado en su país por suponérsele amigo nuestro.

«Pero Alemania, ¿qué es lo que trae de nuevo y de bueno á la Europa? Ni tiene más inspirados poetas, ni más profundos filósofos, ni sus leyes son más sabias, ni sus costumbres más puras. Tiene algunos hombres de ciencia eminentes. Otros existen, tan grandes como ellos, en Francia, en Inglaterra, en Italia y en Rusia. Los más sorprendentes inventos modernos no se deben á ellos, sino á Edison y Marconi. En vez de un régimen más liberal y humano traen consigo la autocracia militar. Ellos son los que han impuesto á toda Europa esa moderna esclavitud que se llama servicio militar obligatorio. Ellos son los que se han opuesto á la generosa iniciativa del Zar Nicolás II proponiendo el desarme. Ellos son los que han hecho fracasar la Conferencia de La Haya. Ellos son los que mantenían la alarma y la zozobra en todo el mundo. ¿Qué les debemos pues, en resumen? Un poco más de química y mucho menos sentido moral.»

Dejo á mi vehemente interlocutor la responsabilidad de estas razones que, aunque exageradas, guardan un fondo de verdad.

Franceses y Españoles

Discurro que es este un punto bien delicado. Se necesita ser un equilibrista maestro para no caer en lamentables equivocaciones. Hablar de las relaciones entre franceses y españoles en los actuales momentos sin herir á los unos ó á los otros es empresa que debiera hacerme retroceder por lo peligrosa. _¡Callad! ¡Desconfiad! ¡Los oídos enemigos os escuchan!_, se lee hoy en París por todas partes: en las estaciones de los ferrocarriles, en los tranvías, en los cafés, en los comercios. No quiero seguir el consejo. Para lanzarme al espacio sobre esta cuerda tirante poseo un balancín, del cual me he servido siempre con buen éxito. Este balancín se llama _sinceridad_.

Pero el citado esparcido letrerito se presta á algunas consideraciones. Desde luego hace ostensible que el carácter francés es expansivo. En Berlín no hará falta, ciertamente. Y si mis casi paisanos los gallegos se hallasen en guerra (que no se hallarán) con alguna otra potencia europea, tampoco.

Tenía yo un amigo de esta región con el cual tropecé en la calle después de larga ausencia.

--¿Cuándo ha llegado usted?--le pregunté.

--Hace tres días--me respondió.

Y arrepentido inmediatamente de haber dejado escapar la verdad, añadió:

--Y algo más.

Maestros como éste hacen falta, por lo visto, en Francia.

Hablemos sinceramente de nuestra amistad con los franceses. Es manifiesto que en España no son todos amigos y admiradores de la Francia. Antiguos resentimientos, cóleras, despechos; esto es lo que sale á la superficie en cuanto se remueve un poco el estanque.

Es la historia de todos los vecinos. Cuando vivimos largo tiempo en estrecho comercio con una persona, las pequeñas molestias, desatenciones, injusticias, que nuestro congénito egoísmo arrastra consigo, se van depositando lentamente en lo que los psicólogos llaman «conciencia subliminal». La educación, el amor á la tranquilidad, la pereza, también retienen prisioneros todos aquellos elementos de discordia. Pero llega un momento en que cualquier acontecimiento imprevisto les abre la puerta y entonces salen furiosos, brutales, con los ojos inyectados.

Hay que convenir en que los franceses no se han preocupado mucho hasta ahora de ganar nuestra simpatía. La Prensa particularmente no ha vacilado en zaherirnos y en manifestarnos su desprecio en más de una ocasión. Cuando el actual presidente de la República nos hizo el honor de visitarnos, algunos de los periodistas que con él vinieron no estuvieron exageradamente amables con nosotros. En una de sus correspondencias leí con estupefacción que las calles de Madrid eran lóbregas. Es sencillamente ridículo, porque en todas las capitales de Europea hay calles más lóbregas que en Madrid. Un francés me dijo en cierta ocasión que le bastaba 25.000 hombres para conquistarnos.

Sabido es que en todas partes existen groseros y necios; pero no hay que maravillarse de que estos alfilerazos repetidos lleguen á producir el efecto de una puñalada. Son pocas las personas de sangre fría capaces de asignar á las cosas su verdadero valor. Hay un teorema en la Etica de Spinosa, que dice: «Aquel que imagina que es odiado por otro y no cree haberle dado ningún motivo de odio, le odia á su vez.»

Todo esto, repito, procede de la vecindad. Si los vecinos de una casa supiesen lo que los otros dicen de ellos en voz baja, pronto se convertiría aquella mansión en un campo de Agramante. Cuando uno es bastante estúpido, para decirlo en voz alta, es cuando estallan esas reyertas de Montechi e Capuleti que todos conocemos.

Por lo demás, no creo que si tuviésemos cerca á los alemanes fueran más piadosos con nosotros. Recuerdo que hace ya bastantes años vino á visitarme un periodista germano. Estaba encantado de nuestra nación; todo le interesaba, todo le conmovía; recorría los pueblecitos de la provincia de Madrid, y se pasaba semanas enteras con los labriegos y aprendía unas canciones bárbaras, que repetía de un mondo que me hacía estallar de risa. Sin embargo, yo abrigaba algunas vagas sospechas de que aquella admiración por España no era de buena ley. Un día vino él mismo á confirmarlas.

--Ayer--me dijo--he tropezado con un amigo y compañero de Leipzig que desde hace unos días está en España. El pobre hombre se queja de todo, se queja de los ferrocarriles españoles, se queja de los hoteles, de los servicios públicos, del correo, del pavimento de las calles, de la Policía, del alumbrado... Yo le he dicho:--Hombre, eres un tonto. A España no se viene á buscar buenos hoteles, ni buen pavimento, ni Policía, ni Correos, sino por otras cosas muy distintas.

Confieso que me subieron los colores al rostro. Aquel joven periodista nos tomaba por africanos y hablaba de Madrid como si estuviera en Mequinez.

Aparte de estas antipatías dispersas, engendradas por el despecho, existen en nuestra nación poderosos elementos que en la presente contienda se han puesto del lado de los germanos. Se puede decir, sin temor á equivocarse, que de los tres estamentos, clero, _milicia y estado llano_, sólo el último simpatiza con los aliados. Los dos primeros, más o menos ostensiblemente, se han colocado de parte de los Imperios centrales. Veo el fundamento que tiene para mantenerse en su actitud el segundo. Siendo Alemania un Imperio esencialmente militar, es lógico que todo aquel que profese las armas en Europa se sienta inclinado hacia él. Si en vez de los explosivos y los líquidos inflammables predominase en Alemania el dulce de almíbar, y la fábrica Krupp, en vez de cañones, fabricase mantecadas, todos los confiteros españoles serían germanofilos.

No encuentro tan justificada la actitud del primero. ¿De dónde ó de qué procede ese amor que nuestro clero regular y secular manifiesta hacia los alemanes?

--No es el amor por los alemanes lo que les impulsa--me decía un amigo--. Es el odio hacia los franceses.

--¡Imposible!--le respondí--. En la doctrina cristiana la palabra odio no tiene beligerancia. Un ministro del Crucificado está obligado á proceder por amor en todos y en cada uno de los momentos de su vida. Además, es posible odiar á una persona ó á una docena de ellas; pero monstruoso y absurdo, aborrecer á cuarenta millones de seres humanos.

Hablando con la sinceridad que he prometido, diré que me inclino á creer en la existencia de alguna revelación sólo conocida de religiosos y sacerdotes y oculta para la mayoría de nosotros. Es más que probable que alguna monja, en uno ú otro convento de España, haya tenido una visión celestial como las de Santa Teresa o su discípula la beata Marina de Escobar, en que Nuestro Señor le revelase que debiéramos colocarnos resueltamente del lado de los germanos y turcos. En ese caso juzgo vituperable que no se haga pública, á fin de que no vivamos en pecado mortal los fieles cristianos que en España hemos tomado parte por los aliados.

Comprendo, no obstante, que ciertos católicos se hayan dejado extraviar por la ley de asociación en los sentimientos de que también habla Spinosa. Cuando una persona ó cosa nos ha causado una impresión desagradable, todo lo que se relaciona con aquella persona ó cosa nos la produce igualmente. Quiero decir que hacen extensiva á todos los franceses la aversión que les han inspirado unos pocos.

El sectarismo había llegado á hacerse odioso en Francia. Era un terrorismo blanco remedo de aquel otro rojo del 93, del cual aun guarda en su memoria el género humano la imagen espantosa. No se cortaban cabezas, pero sí carreras y bolsillos. Eran sacrificios incruentos con desastrosas consecuencias para las víctimas y sus familias. El Poder central, como en tiempo de Robespierre, tenía delatores en todos los pueblos de la República. A las oficinas del ministerio del Interior y de la Guerra llegaban noticias de los funcionarios civiles y militares. Era una Inquisición invertida. Había una lista de las personas que confesaban y comulgaban; otra de las que asistían solamente á misa los domingos; otra, por fin, de los que acompañaban á sus señoras hasta la iglesia y se quedaban á la puerta. ¿No es verdad que esto hace reir? Parece imposible que los franceses, tan finos, tan avisados, con tanto instinto de lo cómico, hayan podido sufrir tamañas ridiculeces.

Pero no veo motivo para odiarles. Es una de tantas consecuencias de la cobardía social, como en todas las épocas y en todos lo países se registran. Un demagogo logra encaramarse y siembra el terror en la nación, no por medio de la guillotina como sus antiguos colegas, sino por la cesantía y la postergación. ¿Tiene esto algo de sorprendente? Figurémonos que en aquellos desdichados tiempos en que nuestra España se hallaba entre las garras de una minoría grosera y anárquica, cuando se ponían restricciones al culto católico, cuando se insultaba en la calle á sus ministros, cuando en el Congreso de los diputados se proferían blasfemias repugnantes; figurémonos que existiese á nuestro lado una nación timorata que en vista de tales excesos nos dedicase un odio mortal y se alegrase de cuantas desgracias nos cogiesen; ¿no clamaríamos inmediatamente contra tal injusticia? Francia se encuentra, con respecto á España, en este caso á la hora presente.

Con razón ó sin ella se halla aquí esparcida la opinión de que los españoles les somos hostiles. Se sienten heridos y se irritan, y esta irritación se traduce en frialdad aparente, por lo menos. Algunos españoles, lo mismo señoras que caballeros, se me quejan de que en ciertos sitios se les recibe con descortesía; que en los comercios donde realizan sus compras escuchan, aunque pronunciadas en voz baja, palabras desagradables. Yo les respondo: «Señoras y caballeros, no debe sorprenderles mucho que esto suceda. Es fácil olvidarse de que el amor no se halla esparcido entre la Humanidad tan copiosamente como fuera de desear. Cuando un perro forastero entra en un pueblo, todos los demás se ponen á ladrarle sin motivo. Entre personas que se hayan tratado largo tiempo y que parecen estimarse, una nada determina el rompimiento y el odio. Cuando un criado nos insulta en la calle aborrecemos á su amo, que no se ha movido de casa. Mi padre tenía un perro que no podía entrar en cierto caserío cuando íbamos de paseo, y se veía obligado á volverse por tener allí un enemigo formidable de su misma raza. Aconteció que el dueño de este perro vino un día á visitarnos; el nuestro, con gran sorpresa de todos, porque era muy pacífico, se arrojó sobre él furiosamente y costó gran trabajo impedir que le despedazase. Así es el mundo de los perros y de los hombres. Nosotros pagamos aquí los vidrios que allá, en Madrid, rompen los germanófilos.»

Esto no obstante, me cumple declarar que ni yo ni las personas que me acompañan hemos escuchado hasta ahora ninguna palabra que pudiera molestarnos, antes por el contrario, nos vemos acogidos en todas partes con irreprochable corrección. Acaso sea todo aprensión y bobería de estos buenos españoles.

Pero aunque existiese cierta hostilidad en el vulgo no debe esto desconcertarnos. ¿Qué significa el vulgo? Lo que nos importa aquí y en todas partes es la gente que piensa, lo que ahora ha dado en llamarse clase intelectual. París es algunos millares de personas, y Madrid algunos cientos. Estos son los que gozan de permanencia en sus sentimientos, y, por lo tanto, dignos de respeto. La masa se inclina de un lado o de otro al más ligero soplo; lo que hoy ama mañana lo aborrece; la roca Tarpeya en todas partes ha estado cerca del Capitolio. Recuerdo que cuando vine por primera vez á París, hace más de veinte años, me recomendaban que hiciese lo posible porque no me tomasen por italiano á fin de evitarme molestias. Hoy me convendría afectar el acento toscano ó napolitano.

Los intelectuales franceses están de nuestra parte han recibido con gratitud el manifiesto que el año anterior les han enviado los nuestros; saben estimar nuestras cualidades, y si he de confesar la verdad, nos aprecian á veces más de lo justo. En un estudio sobre la literatura española publicado recientemente por el sabio catedrático de la Sorbona Ernesto Martinenche leo las siguientes palabras: «De todas las literaturas extranjeras, la española es quizá la que ha ejercido en Francia la acción más profunda y continua.» Es falso, pues, que nos desprecien los únicos capaces de apreciar y despreciar. Y como éstos son, en definitiva, los que guían la opinión y dirigen el mundo, debemos estar seguros de la amistad de la Francia.

El ahorro francés