La guerra injusta; cartas de un español
Part 2
Joffre es la encarnación actual de este espíritu galo de astucia, valor, prudencia y alegría. El fué quien salvó á la Francia en un momento supremo con su táctica admirable; es él quien, paciente y enérgico, espera que el fruto madure para sacudir el árbol; él es el hombre piadoso á quien los soldados llaman «papá Joffre», porque economiza la sangre de sus hijos. ¡Loor á este galo insigne, que fué el baluarte elegido por la Providencia para salvar la civilización latina y la independencia de los pueblos débiles! El día en que su estatua se alce en una de las plazas de París iremos todos, no á clavar sobre ella un clavo como en la de Hindenburg, sino á coronarla de flores.
No se parece á los generales alemanes. Estos, no sólo han copiado fielmente la táctica de Napoleón, sino también sus procedimientos despiadados.--Señor, señor--le decía á éste el general Junott--, es imposible apoderarse de aquella batería austríaca; un fuego infernal barre á nuestros hombres.--¡Adelante!--respondía Napoleón.
--Señor, que cada regimiento que avanza es sacrificado.--¡Adelante!--repetía Bonaparte.
No quiero confundir, y me importa dejarlo bien establecido, al pueblo alemán con sus actuales directores políticos y militares. El alemán es un pueblo dotado de sólidas virtudes, es valeroso, inteligente, tenaz, laborioso, idealista. Pero como todos los idealistas, carece de espíritu crítico, y por eso es en grado sumo sugestionable. Se les ha subido la _raza_ á la cabeza y han podido decir y cometer muchos disparates. Nadie, sin embargo, dejará de admirar sus altas cualidades, sólo manchadas por la envidia que sienten hacia los ingleses. Son celos de parientes que pronto se van á resolver de un modo ó de otro.
Lo que no puede tolerarse, lo que causa penosa impresión es que Mauricio Barrés les haya llamado _raza asquerosa_. En Francia todos los hombres de sentido común reprobaron este ultraje, y no faltaron voces autorizadas en la Prensa que se alzaron contra él.
Sin embargo, el doctor Labat le apoya con argumentos medicales. Dice que el instinto de vida (¡vuelta al instinto de vida!) justifica estas atrocidades; que él ha consultado el asunto con los heridos de su hospital y que todos estaban unánimes en asegurar que Mauricio Barrés tenía razón, y que, cuando se da un bayonetazo diciendo «¡Toma, cochino! ¡Revienta, asqueroso!», la bayoneta penetra unas pulgadas más en el cuerpo del enemigo.
Confieso que tales quirúrgicas razones no me han convencido. Mi pensamiento vuela hacia aquella memorable batalla de Fontenoy, cuando el general francés, al acercarse el enemigo, se descubre y grita--¡Señores ingleses, tirad los primeros!--Quizá parezca hoy esto quijotesco; pero entre el _tirad los primeros_ de aquel general y el _toma, cochino_, de Barrés no vacilo en preferir los primeros. Se puede asegurar que el que dice «tirad los primeros» jamás, jamás volverá la espalda al enemigo, mientras que no puede afirmarse otro tanto del que grita «¡toma, cochino!»
¡Tiempos menguados los que me han tocado en suerte! En los vuestros quisiera haber vivido, hombres de honor, y no en estos de vergüenza, donde se aconseja á los soldados que ensucien sus labios para infundirse valor, y á los oficiales se les ordena que fusilen mujeres y dejen caer bombas por la noche sobre la cuna de los niños.
Meditación sobre el conflicto
Ni los gases asfixiantes que se desprenden de las trincheras alemanas ni la retórica, más asfixiante aún, con que germanos y germanófilos exaltan su moralidad lograrán sofocar á la rebelde verdad.
Esta verdad es que la guerra monstruosa á que asistimos atónitos los humanos ha sido meditada largo espacio, preparada y provocada por una nación europea con el exclusivo fin de dominar moral y materialmente á todas las demás.
Como es un hecho que salta á la vista y no hay posibilidad de negarlo, los que entre nosotros los españoles simpatizan con esta nación invocan para justificar su simpatía los agravios que en tiempos más ó menos remotos recibimos de ingleses y franceses. El lobo de la fábula invocaba también para comerse el cordero los agravios que le había inferido su padre.
En todos los tiempos y en todas las regiones del mundo habitado los pueblos combaten con sus vecinos, no con los que viven lejos de ellos. Si Berlín estuviese en Burdeos ó Lisboa, seguramente hubiéramos andado á porrazos con los alemanes como hemos hecho con franceses y portugueses. Austria y Alemania, que no sólo son vecinas sino hermanas, han luchado entre sí hasta nuestros mismos días.
Cuando se deja el terreno del odio para entrar en el de las razones, se argumenta en forma muy diversa según los casos.
Contra Inglaterra se emplea el argumento crematístico. Inglaterra posee colonias riquísimas, inmensos territorios en las cinco partes del mundo, mientras Alemania, nación altamente civilizada, tan merecedora como ella por lo menos cuenta con muy pocas. ¿Por qué?
Los que formulan con indignación esta pregunta, hombres ricos muchos de ellos y propietarios de tierras, no se dan cuenta de que emplean contra Inglaterra el mismo lenguaje que contra ellos usan socialistas y comunistas:--«Nosotros valemos tanto como vosotros. Vosotros sois ricos y nosotros pobres. ¿Por qué? ¡Soltad, ladrones, soltad esas tierras que detentáis injustamente!
Este argumento tendría valor en el caso de que Inglaterra fuese una nación sin capacidad para colonizar. ¿Serían más felices sus colonias si se hallasen en poder de los Alemanes? Preguntádselo á ellas.
Contra Francia se emplea el argumento religioso. Esa nación que ha decretado la separación de la Iglesia y del Estado y que ha expulsado de su seno á las órdenes religiosas merece un castigo ejemplar.
Suponiendo que fuese justo, no lo es ciertamente extenderlo á los que no tienen culpa alguna. En Francia la masa del pueblo es católica y actualmente, por su libre voluntad y sin necesidad del erario público, sostiene el culto católico con el mismo decoro que antes. Nadie la ha hecho responsable de los sangrientes excesos de la Convención, de los asesinatos perpetrados por Robespierre y Marat. ¿Por qué se la hace ahora de las disposiciones de un ministro anticlerical?
Se olvida ó se quiere olvidar que en esa Francia impía el pensamiento cristiano irradia una luz maravillosa que se esparce por todo el mundo, que existe allí, á la hora presente, no sólo un grupo de filósofos espiritualistas con Boutroux á la cabeza que libra en el terreno del pensamiento gloriosas batallas contra los sabios materialistas de la Alemania, los Wundt, los Hæckel y los Ostwald, sino también una falanje de eminentes apologistas católicos, muchos de ellos sacerdotes, cuyos libros sirven de consuelo á todos los creyentes de Europa. Se olvida que algunos de estos sacerdotes combaten hoy en las trincheras de la Alsacia y de Flandes y que escuchan estupefactos y doloridos los injustos reproches que contra su patria lanzan muchos que blasonan de católicos.
Contra Rusia se emplea el argumento del atraso. ¡Pobres rusos! No tienen cañones de precisión, no tienen ferrocarriles estratégicos ni gases asfixiantes; comen con los dedos; son unos salvajes. Es menester ir allá para enseñarles el manejo de las armas de fuego y el uso del tenedor.
Sin embargo estos salvajes, provistos de mazas de hierro en vez de fusiles, como aseguran los periódicos alemanes, se baten desde hace un año con todo el ejército austriaco y más de un tercio del alemán.
Por último contra Bélgica se usa un argumento sanchopancesco. ¿A esta Bélgica, quién la ha metido en tan descabellada aventura? ¿Cómo se atrevió á hacer frente al coloso alemán? ¿No sabe que es de prudentes mantenerse siempre en buenas relaciones con los poderosos? Si hubiera dejado pasar buenamente á los ejércitos del kaiser, no sufriría tanta calamidad y habría recibido un bolsillo repleto de monedas de oro, y ¿quién sabe? quizá al final de la guerra se encontraría con el regalito de una provincia francesa.
Esto es lo que se escucha acá. Allá en Alemania se desdeñan las razones: penetramos en el teatro de la voluntad rugiente y el automatismo. De allá no viene más que una palabra: «¡Queremos!» Y á este _queremos_ responden en todas las regiones del mundo los hombres donde predomina la voluntad sobre la razón:--«Puesto que vosotros queréis, nosotros queremos también».
Es un caso de disgregación mental en que el psiquismo inferior, el centro del automatismo rompe su engranaje con la libre razón y se entrega pasivamente á todos los caprichos del hipnotizador. Los hipnotizadores del pueblo alemán son los magnates de la política y del ejército prusianos secundados por la cobardía de algunos intelectuales. Ellos son los que le han impuesto no sólo la guerra sino la ferocidad en la guerra. Les han dicho:--«Guardaos de vuestro corazón como de un enemigo; fusilad sacerdotes, destruid monumentos, violad mujeres; asfixiad niños, no perdais medio alguno de aterrar á nuestros enemigos». Y aquellos honrados ciudadanos, aquellos bondadosos padres de familia que todos hemos conocido, fusilan, violan, saquean, asfixian. Si les dicen:--«Sacrificad á los prisioneros» los sacrificarán.
Semejante estado de miseria moral infunde más compasión que odio. Son hombres dormidos y tales horrores no deben imputarse á ellos sino á sus magnetizadores.
¿Pero á quién enviaremos la cuenta de la dispersión que se ha operado en los centros cerebrales de algunos de mis compatriotas? Porque hay entre nosotros sujetos que así que se les insinúa la idea de que los teutones no han hecho bien en entregar al pillaje la ciudad de Lovaina y en fusilar algunos sacerdotes, enrojecen, se espeluznan, cada seso se les va por su lado y gritan que ellos harían eso y matarían más sacerdotes aún y se los comerían con salsa tártara.
Hasta he oído, estremecido, á algunas señoras acoger con satisfacción la noticia del hundimiento del _Lusitania_ y las hazañas de los zepelines.
Aterrador es el hundimiento del _Lusitania_, pero es más aterrador todavía este naufragio del alma femenina...
Como todo lo que araña un instante la corteza del menguado planeta que habitamos, esta guerra pasará también. La espesa nube que cubre hoy toda la Europa se disolverá al cabo en la atmósfera azul. La madre tierra beberá la sangre, tragará los huesos y en su seno fecundo la vida inmortal proseguirá su trabajo misterioso. Las praderas volverán á esmaltarse de flores, los árboles agitarán otra vez dulcemente sus copas al soplo de la brisa de la tarde, los pájaros de Dios con suaves trinos bendecirán la llegada de la aurora.
¿Y de todo esto que quedará? Una gran vergüenza y un gran remordimiento.
Un gran remordimiento, sí.
Llegará un día, y el Cielo lo traiga pronto, en que esos autómatas asesinos de mujeres y niños, saldrán de su estupor hipnótico y horrorizados de sí mismos caerán de rodillas delante de sus hijos y les pedirán perdón de haberles escandalizado tanto, de haber ultrajado ante sus ojos infantiles el honor del género humano, de haber querido arrancarles del corazón aquello por lo que solamente el hombre puede vivir y debe morir.
La Estrategia de Napoleón
Ayer pasé el día en Marly y la Malmaison. Es placentero para el cuerpo reposarse del ruido de la metrópoli y gozar unos instantes del sosiego y la frescura de los campos. Lo es más aun para el espíritu huir de la realidad cuando es enfadosa y refugiarse en el pasado. Los dramas más dolorosos, cuando se contemplan de lejos y están ya sepultados en el abismo del tiempo, recrean nuestra alma en vez de atormentarla. No es otro el secreto del Arte. El mundo, como pura representación, nunca hace daño.
En Marly no hay rastro de la Corte fastuosa que lo habitó. Es una plácida aldea donde se oye el mugir de los ganados y los crujidos de la guadaña. Así y todo recorrí sus bosques y praderas con respeto, evocando la figura del Rey Sol, que tanto se placía en aquellos lugares. Su amor excesivo á Marly fué occasión para que uno de sus cortesanos le dijese en un arrebato de adulación que «la lluvia de Marly no mojaba». Luis XIV tenía el esófago ancho, pero no pudo tragar este bocado.
La Malmaison fué para mi un desengaño. El palacio está cerrado desde el comienzo de la guerra. Guardas y _ciceroni_ han ido á combatir. Hube de reducirme á largos paseos por el parque, evocando la figura del vencedor de Austerlitz.
Luis XIV y Napoleón. Dos monstruos de orgullo y egoísmo. Saint-Simon ha analizado con maravillosa sagacidad el orgullo del primero y Taine el egoísmo del segundo. ¡Quien sabe! Yo he conocido una costurera tan egoísta como Napoleón y un limpiabotas más orgulloso que Luis XIV.
Es mi humilde opinión que si tomásemos en la calle á cualquier transeúnte y le infundiésemos el valor y la inteligencia de Bonaparte sería un nuevo Napoleón: por el egoísmo no quedaría. Y si le dotásemos del poder de Luis XIV sería otro Luis XIV; tampoco quedaría por el orgullo. Egoísmo y orgullo son congénitos en nuestra naturaleza, y los que se libran de tal poder, seres excepcionales ante los cuales debemos caer de rodillas.
¡Cuántos recuerdos guarda esta morada de la Malmaison! La graciosa figura de la Emperatriz Josefina parece sonreiros detrás de cada macizo de flores. Aquí fué dichosa; aquí, después, la más infeliz de las mujeres; aquí rindió el último suspiro aquella dulce y simpática criatura, víctima del egoísmo implacable de su marido. Todos los idilios, en este mundo miserable, terminan con lágrimas.
Surgen en mi memoria los dramáticos días en que Bonaparte llega á París con la secreta decisión de repudiar á su esposa. Principia por mostrarse con ella más frío y ceremonioso; cierra después la comunicación entre sus habitaciones; por último se lo hace saber por medio de diplomáticos emisarios.
¿Qué pasaría por el corazón de aquella noble criatura al averiguar que su marido idolatrado, aquel hombre que con su amor le había dado el trono más alto de la tierra, iba á romper el tierno y sagrado vínculo que los unía y compartir su lecho y su gloria con otra mujer? Tengo por seguro que en aquellos días se firmó en el cielo la sentencia de Napoleón. ¡Ay del que maltrata á un niño ó estruja el corazón de una mujer! Los ángeles no tardan en tomar venganza de él.
Alguien pensará que esto es una bobería. ¡Quién sabe, no obstante, si en la balanza divina una lágrima pesará más que un Imperio! El mundo no es otra cosa que el símbolo de una realidad más alta. Una palabra vertida por un pobre carpintero en Nazareth ha estremecido á la Creación. Caballos, batallas, cañones, son nada; los Imperios, sombras; las estrellas, apariencias; la gloria, un sueño. Pero la palabra de un hombre bueno queda para la eternidad.
No todos los millares de seres que Bonaparte sacrificó á su ambición depondrán contra él en el juicio final. Muchos eran tan ambiciosos y ávidos de gloria. Si ellos perdieron la vida, él también exponía la suya á cada instante, porque nunca guerreaba de lejos, al estilo moderno. Pero cuando suene la hora de la justicia suprema se alzará la Emperatriz Josefina leyendo entre sollozos ante el Consejo la renuncia de sus derechos y Bonaparte quedará irremediablemente condenado.
Napoleón era un hombre de presa. Repito que todos lo somos cuando se nos provee de garras adecuadas. Se dejó empujar por la ley de ascensión que impera en esta vida, por lo que hoy se llama «voluntad de poder».
Dentro de cada hombre hay un tirano que utiliza sus recursos como un automóvil la gasolina para correr y atropellar. Es el Destino de los antiguos. Es la fatalidad de los modernos. Napoleón creía en ella ciegamente. «La política, he aquí la fatalidad», decía á Goethe en la breve entrevista que con él tuvo. Y sus ojos, al pronunciar esta frase, expresaban la tristeza y la inquietud. Todos los hombres, hasta los más grandes, tiemblan cuando hablan del Destino, porque ni el genio, ni el valor, ni la prudencia, pueden nada contra él. Tan sólo hay un ser en el mundo que lo desprecia; es el santo. Que hablasen á Santa Teresa ó á San Vicente de Paúl de la fatalidad, y se echarían á reir.
El arte de la guerra necesitaba un maestro; todas las artes lo han tenido. Alejandro, César, estaban ya muy lejos; su estrategia no servía para el mundo moderno. Llegó Bonaparte y lo encontró todo preparado: hombres como los romanos, poseídos de su grandeza y un exceso de sangre en las venas; pólvora y fusiles.
He estudiado con cariño la historia de este gran seductor de la juventud y no he podido ver en ella los magnos propósitos que se le atribuyen y que él quizá se atribuyese engañándose á sí mismo: la resurrección del poderío romano, del Imperio de Carlo Magno, etc., etc. No he logrado percibir más que un gran _amateur_, un hombre enamorado de la espada, como Miguel Angel del escoplo, Rubens del pincel y Balzac de la pluma. Cincelaba, pintaba y esculpía en el campo de batalla. La guerra no era para su cerebro un medio, sino un fin. Sacaba de ella su felicidad, y por eso no quiso abandonarla cuando era tiempo y se perdió.
El culto de Napoleón, como el de Budha, no echó profundas raíces en el suelo donde había nacido. Algo también parecido acaeció á nuestra religión cristiana, que germinó y se propagó, no en Oriente, sino en Occidente. En Francia, muertos ó dispersos los veteranos que le siguieron en sus románticas expediciones, comenzó la hostilidad. De todos los puntos, no sólo de los altos sitiales conservadores, sino de la misma juventud generosa, de los ignorantes y los intelectuales, partieron dardos que fueron á clavarse en la estatua del gran hombre. No eran clavos de oro como los de la estatua de Hindenburg, sino flechas envenenadas. Con el desarrollo de las ideas pacifistas y humanitarias en Francia, el menosprecio se hizo aún más ostensible. De este menosprecio la expresión más aguda fué el libro de Taine «Orígenes de la Francia contemporánea». Aquí el héroe maravilloso queda reducido á un aventurero afortunado, á un _condottiere_ sin sentido moral, sin grandeza ni poesía.
Encontrando ya pocos fieles en Francia el culto de Napoleón, se refugió en Alemania. Los alemanes que poseen muchas y grandes cualidades, no brillan por la originalidad. No es pueblo de invención, sino de adaptación, como los japoneses. Apenas ninguno de los grandes inventos modernos se les debe; pero han sabido utilizarlos y llevarlos todos á una singular perfección. Los ingleses y franceses tienen más genio inventivo; pero como manipuladores, los germanos les sacan ventaja.
Si hemos de conceder á algún pueblo sobre la tierra la palma de la invención, es al inglés. Son inventores, no solamente de métodos y ventajas en las artes industriales, sino en los usos mismos de la vida, en las costumbres, en los placeres y los juegos. Han conseguido imponer su manera de vivir y hasta sus caprichos más extravagantes al mundo entero. Esto se debe al respeto que allí ha inspirado siempre la iniciativa individual. En Francia también existe una natural aptitud que no se acumula en algunos gigantes, sino que vive esparcida por todos los entendimientos y todas las manos. Es cosa sabida que por lo general un francés puede hacer las veces de otro.
Pero en Alemania apenas existe la iniciativa individual; su fuerza la sacan de la disciplina y la paciencia. Tácito decía de los germanos: «Capaces sólo para los grandes esfuerzos, sin tener paciencia para trabajos continuos». El gran Tácito no ha dado aquí en el blanco; la paciencia es la que les caracteriza. Un profesor de colegio alemán me decía hace algunos años que los niños españoles se hallan por lo común mejor dotados que los alemanes, pero que al cabo de algún tiempo éstos les vencen por la constancia del esfuerzo.
No es maravilla, pues, que así como han perfeccionado el vapor, la electricidad y la aviación, hayan progresado asombrosamente en el arte de la guerra. Para estudiarlo acudieron á la más pura y abundosa fuente, á la estrategia napoleónica. Bonaparte fué en este orden el maestro más grande que ha existido y tal vez exista jamás. La guerra no tenía para él secreto alguno. En su cerebro se acumulaba tal suma de penetración, de resolución y, sobre todo, de sentido común, que lo hacían invencible.
Porque la gran estrategia ha sido y será siempre cuestión de sentido común, y no puede evolucionar. El mariscal alemán Schlieffer, jefe del Estado Mayor, ha escrito un libro demostrando que la batalla de Cannas, librada por el cartaginés Aníbal, ha sido el modelo ó el ideal de todas las batallas habidas y por haber. En todas ellas el fin perseguido por un ejército es y será siempre el envolvimiento del enemigo.
Durante la segunda mitad del siglo XIX los estratégicos alemanes se dedicaron con ahinco al estudio de las guerras napoleónicas. Es incalculable el número de libros y artículos de revista que sobre este tema han visto allí la luz pública, la serie de conferencias que se han pronunciado. Aprendieron las batallas de memoria, penetraron hasta los más recónditos pliegues del pensamiento del maestro. En la guerra de 1870 han aplicado con feliz éxito el sistema de convergencia ó concentración de fuerzas que Napoleón empleó en sus primeras campañas, sobre todo en la de Italia. En la actual, por virtud de las circunstancias, no han podido desarrollar en grande este método; pero en cambio, apelan al mismo que Napoleón hubo de apelar en la campaña de 1813.
La situación de los ejércitos alemanes en los presentes momentos es casi exactamente la misma que ocupaban en aquella fecha los de Bonaparte. Este, rodeado por los aliados de entonces, se apoyaba con el núcleo más escogido y fuerte de su ejército en el centro de Alemania, cerca de Dresde. Tenía en el Norte un ejército llamado de Berlín para oponerse al de su antiguo subordinado Bernadotte; al Este, otro llamado de Silesia, para resistir al mandado por el mariscal Blucher, y por fin, otro al Sur, para combatir á los austriacos y prusianos mandados por el mariscal Schwarzenberg. Su táctica consistía en movimientos de vaivén, en lo que ahora se llama _juego de lanzadera_. Añadía repentinamente sus fuerzas á las de uno de los ejércitos de la perifería, y después á otro, según le convenía. La táctica de los aliados se limitaba á retirarse cuando el Emperador acudía á un sitio y avanzar al mismo tiempo por el otro.
Este movimiento de vaivén, este _juego de lanzadera_ es el que ejecutan actualmente los germanos con medios desmesuradamente más eficaces, trasladando sus fuerzas de Oriente á Occidente, y viceversa. Napoleón ejecutaba estos movimientos con marchas forzadas á pie, mientras ahora se utilizan las líneas férreas. Napoleón los dirigía por sí mismo, mientras ahora existe un Estado Mayor que, obedeciendo al plan del general en jefe, se encarga de dirigirlos.
Los aliados consiguieron al fin estrechar círculo y reducir á Bonaparte á librar la batalla de Leipzig, donde fué derrotado y por milagro pudo salvar su ejército y trasladar el teatro de la guerra á Francia. ¿Lograrán los aliados de ahora estrechar el círculo alemán y obligarles á aceptar batallas con fuerzas inferiores? Es un secreto de lo porvenir. La Inglaterra así lo tiene calculado y previsto. Desarrolla contra Alemania el mismo plan y sistema que empleó tenazmente para hacer sucumbir á Napoleón.
Pero si los alemanes lograrán vencer en esta guerra (caso ya imposible), los franceses tendrían la satisfacción y el disgusto á la vez de ser vencidos por el mismo caudillo que tantas veces les llevó á la victoria.
Los socialistas franceses
No hay hombre con el corazón en su sitio que no se haya sentido alguna vez socialista. Al bajar á una mina; al tropezar, saliendo del teatro, con el bulto de un mendigo, helado por el frío y el hambre, estalla la cuerda de nuestros razonamientos habituales y nos damos cuenta de que todos somos un poco estafadores y que caminamos sobre un terreno movedizo y falso.