La guardia blanca novela histórica escrita en inglés
Part 24
Mientras se rehacían las fuerzas castellanas y consultaban sus jefes, aquella retirada parcial proporcionó á los ingleses que aun quedaban con vida el descanso que tanto necesitaban. Grandes habían sido sus pérdidas. De los trescientos setenta hombres que contaban al emprender la defensa de aquella altura, no quedaban en pie más de ciento cincuenta, heridos muchos de ellos. Entre los muertos se contaban ya los valientes nobles Burley, Butrón y Causton y los veteranos Yonson y Reno. Ni fué completo el respiro de los sobrevivientes, porque apenas deslindados los campos reanudaron el ataque los honderos posesionados de las cumbres inmediatas.
--Ahora más que nunca me enorgullezco de mandaros, dijo el barón contemplando con amor al puñado de héroes que le rodeaba. ¿Qué es eso, Roger? ¿Estás herido?
--Un rasguño, señor barón, contestó el escudero restañando la sangre de un tajo que le cruzaba la frente.
--Deseo hablarte, Roger, y también á vos, Norbury, dijo el barón dirigiéndose al escudero de Sir Oliver.
Los tres se encaminaron al extremo opuesto de la elevada planicie, bajo la cual se veía la roca cortada casi á pico, con algunos peñascos salientes de trecho en trecho.
--Es indispensable, continuó el señor de Morel, que el príncipe tenga noticia exacta de lo ocurrido. Podremos quizás resistir otra acometida porque no pueden atacarnos todos á la vez, pero el fin no está lejano. En cambio, la llegada de auxilios oportunos permitiría prolongar la defensa de esta posición y salvar la vida de los que aún quedasen defendiéndola. ¿Véis aquellos caballos que pastan allá bajo, entre las rocas?
--Sí, señor barón, contestaron los escuderos.
--¿Y aquel sendero que se pierde más lejos entre los árboles y parece conducir al otro extremo del valle? Un jinete resuelto podría quizás llegar hasta el campo del príncipe, ó cruzarse en el camino con las fuerzas de Sir Hugo Calverley, que no deben de estar muy lejos, y procurarnos el ansiado socorro. Hé aquí una cuerda suficientemente larga y fuerte para que uno de vosotros pueda bajar hasta los primeros peñascos de la hondonada. ¿Qué decís?
--Digo, señor, replicó Roger, que estoy pronto á obedeceros ahora mismo. Pero ¿cómo apartarme de vos en estas circunstancias?
--Para servirme mejor y quizás para salvarme, Roger. ¿Y vos, Norbury?
Por toda respuesta el escudero, no menos animoso que Roger, asió la cuerda y empezó á asegurarla firmemente en torno de una saliente roca. Después se quitó algunas piezas de la armadura, ayudado por Roger, que hizo lo propio con la suya, mientras el barón continuaba, dirigiéndose á Norbury:
--Si el príncipe ha pasado ya con el grueso del ejército, indagad como podáis el paradero de Chandos, Calverley ó Nolles. ¡Dios os proteja!
El barón y Roger, profundamente conmovidos, siguieron con la vista, inclinados sobre las rocas, el peligroso descenso del joven escudero. Llegado había éste á corta distancia y trataba de apoyar el pie en una hendidura de la roca, cuando recibió la primera descarga de los honderos enemigos. Una de las piedras le alcanzó de lleno en la sien y extendiendo los brazos cayó desplomado al abismo.
--Si Dios no me da mejor fortuna que á ese infeliz, dijo Roger al barón, hacedme la merced de decir á vuestra hija que he muerto pensando en ella y con su nombre en los labios.
Las lágrimas asomaron á los ojos del noble guerrero, que poniendo ambas manos en los hombros de Roger lo besó cariñosamente. El joven corrió á la cuerda y se deslizó por ella con gran presteza; las piedras lanzadas por las hondas enemigas se estrellaban contra la roca, una le rozó los cabellos y por fin otra le alcanzó en un costado, ocasionándole vivísimo dolor. Llegado, sin embargo, al extremo de la cuerda, se dejó caer desde no pequeña altura sobre la cumbre del más alto risco, que quedaba al pie de la formidable roca donde se hallaban sitiados sus amigos. Tan alta era ésta que todavía tuvo que descender Roger más de veinte varas, por una escarpada pendiente que apenas le ofrecía punto de apoyo. Aferrándose desesperadamente á las plantas silvestres que crecían en las hendiduras de las rocas, poniendo los pies en ligerísimas depresiones del inclinado plano, ó en piedras que con frecuencia se desprendían y amenazaban arrastrarlo consigo, expuesto á morir diez veces, llegó por fin á terreno firme y saltando de roca en roca ó corriendo entre los matorrales, se vió sano y salvo en la planicie que desde arriba le había mostrado el barón y donde pacían algunos caballos. Tendía ya la mano para asir la brida de uno de ellos, cuando recibió en la cabeza fuerte pedrada que lo derribó aturdido.
El hondero autor de aquella hazaña, viendo á Roger solo y exánime y juzgando por el aspecto y traje del joven que se trataba de un caballero inglés, comenzó á bajar precipitadamente de la colina donde se hallaba apostado con otros, ansioso de despojar á su víctima y sabedor de que los arqueros habían agotado todas sus flechas. Pero no contaba con Tristán de Horla, que levantando con sus forzudas manos pesado peñasco lo dejó caer á plomo sobre el hondero, al pasar éste al pie de la roca, con tanto tino que le destrozó un hombro, derribándolo al suelo, donde empezó á dar grandes gritos. Al oírlos se incorporó Roger, miró en derredor como atontado, y de pronto vió uno de los caballos que á pocos pasos de él estaba. Un momento le bastó para ponerse en la silla y lanzarse al galope por el sendero que debía conducirlo fuera de aquel valle fatal. Pero bien pronto conoció que iban á faltarle las fuerzas; sintió en el costado un dolor atroz, nublóse su vista y haciendo un esfuerzo supremo se inclinó sobre el cuello del caballo, lo estrechó fuertemente entre sus brazos y cerró los ojos, casi insensible ya á cuanto le rodeaba.
Nunca supo Roger lo que duró aquella carrera desenfrenada. Cuando volvió en sí se halló rodeado de soldados ingleses que le prestaban solícitos cuidados. Era un destacamento de doscientos arqueros y hombres de armas mandados por el temible Hugo de Calverley, quien á las primeras palabras de Roger despachó mensajeros con dirección al cercano campamento del príncipe y poniéndose al frente de sus soldados se lanzó al galope en auxilio del barón de Morel. Con él fué también Roger, atado sobre el caballo que le conducía, casi exánime por la pérdida de sangre, los golpes recibidos y las peripecias de aquella tremenda jornada.
Llegados los ingleses á una altura que dominaba en parte el valle divisaron en la cima de la roca convertida en fortaleza la bandera castellana. El enemigo se había apoderado por fin de aquel baluarte con tanto heroísmo defendido. Pero la lucha no había cesado por completo; en un extremo de la elevada planicie oponía todavía débil resistencia un puñado de ingleses. Aquel espectáculo arrancó un grito de furor á Sir Hugo y sus soldados, que clavando las espuelas en los ijares de sus caballos se lanzaron, ciegos de ira, contra los escuadrones enemigos.
El furioso ataque sorprendió á éstos sobre manera, é ignorantes del número de sus enemigos y creyendo que los rodeaba el grueso del ejército inglés que se hallaba por aquellos contornos, dieron la señal de retirada, apresurándose á dejar el valle en busca de posición más favorable para la defensa.
Los ingleses no pensaron en continuar su ataque ni en perseguirlos. Su principal anhelo era llegar á la altura donde esperaban rescatar á algunos de sus amigos. Triste cuadro se ofreció á su vista; montones de muertos y heridos castellanos y leoneses, franceses é ingleses; y mas allá, al pie de una roca, siete arqueros, con el indomable Tristán de Horla en el centro, heridos todos pero no vencidos todavía, blandiendo las ensangrentadas espadas y saludando á sus salvadores con un grito de bienvenida.
--¡Tremenda lucha y defensa heróica la vuestra! exclamó Sir Hugo, contemplando con asombro aquella escena asoladora. Pero ¿qué es eso? ¿También habéis hecho prisioneros? continuó diciendo al ver á Don Diego de Álvarez desarmado entre los arqueros.
--Sólo uno, y me pertenece, respondió Tristán. Lo he custodiado y defendido cuidadosamente, porque representa mi fortuna y la de mi viejecita madre si vuelvo á verme algún día en Horla....
--Tristán, ¿dónde está el barón de Morel? interrumpió Roger ansiosamente.
--Creo que ha perecido, como casi todos. Yo ví al enemigo poner su cuerpo sobre un caballo. Estaba desvanecido ó muerto y se lo llevaron....
--¡Dios del cielo! ¿Y Simón?
--También le ví arrojarse espada en mano sobre los captores de nuestro señor, y no sé si lo mataron ó lo hicieron prisionero.
--¡Den los clarines la orden de marcha! gritó Sir Hugo con voz tonante. ¡Maldición! ¡Volvamos al campo, y os prometo que antes de tres días habremos vengado al barón de Morel! Cuento con vosotros, valientes, y desde ahora quedáis incorporados á mi escuadrón predilecto.
--Somos arqueros y pertenecemos á la Guardia Blanca, señor, se aventuró á decir Tristán.
--¡Ah, sí! ¡La famosa Guardia Blanca! repuso el gran guerrillero inglés, mirando tristemente en torno. Pero la Guardia ya no existe; la muerte se ha encargado de desbandarla. Cuidadme bien á ese valiente escudero, porque temo que no vuelva á ver la luz del sol, añadió señalando á Roger desfallecido. ¡En marcha!
CAPÍTULO XXXIV
REGRESO Á LA PATRIA
Nos hallamos en Inglaterra, en una hermosa mañana de Julio, cuatro meses después de los sucesos que quedan relatados. Por el camino que conducía derechamente á la antigua ciudad de Vinchester y á no muy grande distancia de ella iban dos jinetes, joven, apuesto y ricamente ataviado el uno, con las espuelas de oro del caballero, al paso que el otro, hercúleo mocetón, tenía más trazas de gañán que de soldado, á no revelar su profesión la formidable espada que al cinto llevaba. Sobre la grupa de su caballo veíase un saco que contenía, entre otras cosas, los cinco mil ducados que pagara por su rescate Don Diego de Álvarez. Inútil es decir que era el jinete nuestro jovial amigo Tristán de Horla, elevado recientemente á la dignidad de escudero de Sir Roger de Clinton, señor de Munster, á cuyo lado cabalgaba en aquel momento.
Roger había sido armado caballero por el Príncipe Negro en persona, con aplauso de todo el ejército que le consideraba como uno de los más brillantes soldados del reino. Aquella defensa inaudita, aquel esfuerzo supremo de la Guardia Blanca había sido referido y ensalzado en toda la cristiandad y el príncipe heredero, en nombre del soberano, había colmado de honores á los escasos sobrevivientes de tan honroso hecho de armas. Por más de un mes fluctuó Roger entre la vida y la muerte, y tan luego triunfó su juventud y cesó el delirio, supo que había terminado la guerra y que nada se había podido averiguar sobre el paradero ni la suerte del barón de Morel. Recibió las felicitaciones y alabanzas que le prodigó en persona el príncipe, y tan luego se halló en disposición de soportar el viaje á Londres se embarcó acompañado de su fiel Tristán. Inmediatamente que llegaron á aquella ciudad emprendieron el camino de Hanson, pues Roger carecía de toda noticia desde la carta del prior que le anunció la muerte de su hermano.
Tristán comentaba con admiración y entusiasmo cuanto veían en el camino, la verdura y lozanía de los campos, los matices de las flores y la hermosa apariencia del ganado.
--Bien está que te regocijes, amigo Tristán, le dijo el joven caballero, pero cuanto á mí jamás pensé volver á la patria con tanta amargura en el corazón. Lloro por mi señor y por el valiente Simón Aluardo, y no sé cómo atreverme á comunicar la pérdida del primero á la baronesa y á su hija, suponiendo que no tengan ya noticia de su desgracia.
--¡Ay de mí! exclamó Tristán dando un gemido que espantó á los caballos. Duro es el trance en que os véis y también yo lamento la muerte de ambos. Pero descuidad, que la mitad de estos ducados que aquí llevo se la daré á mi madre y la otra mitad la agregaremos á los dineros que vos tengáis, para comprar el _Galeón Amarillo_ que nos llevó á Burdeos y con él saldremos en busca del barón.
--¡Buen Tristán! dijo Roger sonriéndose. Pero ¡ah! que si el barón viviese ya hubiéramos tenido nuevas suyas. ¿Qué villa es esa? preguntó poco después.
--¡Romsey! La conozco bien. Allí está el monasterio con su vieja torre parda. Permitidme que dé una moneda al venerable ermitaño que allí véis, sentado en aquella piedra junto al camino.
Suspendió el anciano sus preces para aceptar la dádiva del arquero.
--Soldados sois á lo que veo, hijos míos, y mis oraciones os acompañarán en vuestras empresas.
--De España venimos, reverendo padre, dijo Tristán.
--¿De España decís? ¡Ah! Infortunada expedición en la que tantos bravos ingleses han sacrificado las vidas que Dios les concediera. Hoy mismo he dado mi bendición á una noble dama que ha perdido cuanto amaba en esa cruel y lejana guerra.
--¿Qué decís? preguntó Roger con vivo interés.
--Sí, una joven y principalísima dama de esta comarca, tranquila y dichosa cual ninguna pocos meses hace y que se prepara á tomar el velo en el convento de Romsey. ¿No habéis oído hablar, mis buenos caballeros, de una compañía llamada la Guardia Blanca?
--¡Oh, sí, mucho! dijeron ambos á la vez.
--Pues el padre de la dama de que os hablo era el jefe de esa valiente fuerza, y su prometido era escudero del famoso capitán. Llegó aquí la nueva de que ni un solo miembro de la Guardia había sobrevivido á una serie de cruentos combates y la pobre doncella....
--¡Acabad! gritó Roger. ¿Habláis de Doña Constanza de Morel?
--La misma.
--¡Constanza monja! ¿Qué decís? ¿Tan terrible efecto le ha causado la pérdida de su padre?
--De su padre y del gallardo mancebo de rubios cabellos á quien adoraba. La muerte de este último es la que en verdad abre para ella las puertas del claustro....
--¡Á escape, Tristán! ¡Á Romsey! gritó Roger espoleando á su caballo, que partió como una flecha.
Grande había sido la alegría de las monjas de Romsey al saber que la noble cuanto hermosa Constanza de Morel había pedido ser recibida como hermana suya, tras corto noviciado. Hechos estaban todos los preparativos para la solemne ceremonia, decorado el templo, cubierto de flores el altar y numerosos grupos de gentes del pueblo se hallaban congregados en el atrio ó se encaminaban hacia la iglesia inmediata al monasterio, ansiosos de presenciar el imponente acto. Ya habían visto pasar á la venerable abadesa con su gran crucifijo de oro, seguida de las hermanas, del clero y los acólitos con los humeantes incensarios y de unas hermosas niñas que iban alfombrando de flores el suelo, al paso de la novicia. Seguíalas ésta entre cuatro compañeras suyas, cubierta de la cabeza á los pies por el blanco velo, y centro de todas las miradas.
Aquella solemne procesión llegó á las puertas del templo y se disponía á entrar en él cuando se notó súbita confusión en uno de los ángulos de la plaza, de donde pronto partieron grandes clamores. La multitud osciló primero y abrió luego paso á un jinete, á un joven caballero cubierto de polvo, que sin miramientos lanzaba su corcel sobre la compacta masa del pueblo. Era el mensajero de la juventud y del amor, que llegaba á tiempo de arrancar al claustro una vida que por ningún concepto le estaba destinaba. Llegado á los escalones que conducían al atrio saltó de su caballo, y apartando bruscamente á la sorprendida abadesa, dirigióse el doncel al punto donde se hallaba la novicia y extendiendo hacia ella sus brazos, exclamó con amoroso acento, en el que palpitaba profundísima emoción:
--¡Constanza!
--¡Roger!
La novicia iba á caer desvanecida, pero Roger la recibió en sus brazos y la estrechó amorosamente, con gran escándalo de la abadesa y con no menor admiración de las veinte monjas y novicias que presenciaban tan inesperado desenlace. Pero Constanza y Roger no se daban cuenta de lo que en torno de ellos sucedía, perdidos como estaban en mutua contemplación, embriagados con la felicidad inmensa de verse reunidos después de una separación que ella había creído eterna. Tras los amantes quedaba el obscuro arco de entrada del templo; frente á ellos la vida entera, llena de luz, de alegría y felicidad. Su elección quedó hecha en un momento y se dirigieron, entrelazadas las manos, hacia la luz, en busca del amor, abandonando ella para siempre el claustro, olvidados ambos por el momento de sus pasadas tristezas.
El anciano padre Cristóbal bendijo poco tiempo después su unión en la iglesia del Priorato de Salisbury. Los únicos testigos de la tierna ceremonia fueron la baronesa, Tristán de Horla y una docena de arqueros y servidores del castillo. La animosa señora de Morel, tras largos meses de ansiedad y amargos sufrimientos, dudaba todavía de la muerte del barón; parecíale imposible que habiendo regresado de tantas y tan mortíferas campañas, hubiese sonado para él la hora suprema en aquella última expedición, lejos de su hogar, privado del amor de los suyos y de los solícitos cuidados de su amante esposa. Desde luego manifestó el deseo de ir á España en persona y agotar todos los recursos para averiguar el paradero del barón. Disuadióla Roger de su proyecto, convenciéndola de que á él le tocaba emprender aquel viaje, debiendo quedarse ella acompañando á su hija y al cuidado de los múltiples intereses que suponía la administración de las vastas propiedades de Munster, unidas á la del castillo de Monteagudo y sus dependencias.
Fletó Roger el _Galeón Amarillo_, mandado por el mismo valiente capitán Golvín, y un mes después de su boda partió el joven señor de Munster para Sorel, acompañado de su fiel Tristán, á fin de averiguar si había llegado de Southampton el para ellos inolvidable galeón. Poco antes de llegar á Sorel se detuvieron en Dalton, pueblecillo de la costa, donde notó Roger la presencia de una pequeña galera recienllegada, á juzgar por el número de botes y lanchas que la rodeaban para conducir á tierra su cargamento.
Á un tiro de ballesta del pueblo había un pequeño edificio, entre mesón y taberna, hacia el cual se dirigieron los dos viajeros. Á una ventana del primero y único piso de la casita se asomaba un individuo que parecía contemplarlos con curiosidad. Mirándole estaba Tristán cuando salió corriendo del mesón una robusta moza, riéndose á carcajadas y perseguida de cerca por un truhán que muy pronto desapareció, lo mismo que la muchacha, entre los árboles del huerto. Echando pie á tierra los jinetes, ataron sus caballos á la cerca y apenas tomaron por el sendero que á la casa conducía se detuvieron atónitos, contemplándose en silencio, presa de profunda emoción.
--¡Ah, _ma belle!_ decía una voz sonora. ¿Con que así tratas á un viejo soldado que hace tiempo no ha visto tan siquiera una buena moza inglesa? ¡Por el filo de mi espada! aguarda un poco y en lugar de un beso te daré media docena....
Una exclamación de alegría se escapó de los labios sonrientes de Roger y Tristán. ¡Era Simón, no cabía duda! Simón bueno y sano, que apenas puesto el pie en tierra volvía á las andadas. Iban á precipitarse en su busca, á llamarle á gritos, cuando oyeron otra voz que partía de la ventana.
--¿Qué ocurre, Simón? decía. Si me necesitas, no pido cosa mejor que empuñar la espada y desentumecer un poco el brazo, metiendo en cintura al primero que se desmande y nos busque pendencia, aunque sea en tierra propia.
Apareció Simón al oir la voz de su señor y en un instante se vió asido por los formidables brazos de Tristán, de los que pasó á los de Roger. No había vuelto de su sorpresa el buen Simón cuando se presentó en la puerta el barón de Morel, espada en mano y guiñando más que nunca sus ojillos, en busca de imaginario enemigo. Renováronse entonces los abrazos, que el barón y el veterano no tardaron en devolver con creces, poseídos de inmensa alegría.
Durante el viaje de regreso oyeron sus amigos el relato de sus portentosas aventuras. Hechos prisioneros ambos en la homérica lucha, allá en España, viéronse cautivos de un noble aragonés, que tras largo viaje los condujo á la costa, donde los embarcó con rumbo á unas posesiones que por allí tenía. Sorprendida su embarcación en alta mar por los piratas berberiscos, se acrecentaron sus sufrimientos bajo el yugo bárbaro de su nuevo amo; pero llegados á un puertecillo africano, el indomable barón halló modo de matar al capitán pirata en la barca que á tierra los conducía y arrojándose después al agua seguido de Simón ganaron á nado la tierra y tras mil penalidades lograron embarcarse en la galera que acababa de llevarlos á Inglaterra, no sin rico botín arrebatado con astucia á sus crueles enemigos. Inútil es hablar de su recepción en el castillo de Monteagudo, y de la inmensa ventura que llenó aquel dichoso hogar, poco antes tan agobiado por la tristeza y el dolor.
El barón León de Morel vivió todavía largos años, colmado de honores, tranquilo y feliz. La dicha de Roger de Clinton y su esposa adorada fué también completa. Dos veces guerreó él en Francia, conquistando preciados laureles y altísima fama. Concediósele distinguido puesto en la corte y por muchos años ejerció brillantes cargos en los reinados de Ricardo y de Enrique IV, quien le confirió la orden de la Jarretiera y le honró como á uno de los primeros caballeros y más valientes campeones de su tiempo.
Cuanto á Tristán de Horla, se casó con una linda muchacha de Dunán y allí se estableció definitivamente, gozando del prestigio que le daban sus proezas y los cinco mil ducados tan briosamente ganados allá en tierra de España. Él y su inseparable amigo Simón animaron frecuentemente con su presencia y su alegría perenne las bulliciosas veladas del _Pájaro Verde_. Simón acabó por ofrecer su amor y su nombre á la buena ventera que tan fielmente le guardara su botín de anteriores campañas. Así vivieron aquellos hombres, rudos si se quiere, como la época que los vió nacer y morir, pero francos, honrados y valientes, dejando á las generaciones venideras un ejemplo digno de imitación y aplauso.
FIN.
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I.
_=La Geografía Científica.=_ Un tomo de 171 páginas, con mapas y diagramas; encartonado y uniforme con nuestra serie de Cartillas de las cuales forma parte. Precio, 30 centavos.
La Cartilla que hemos publicado bajo este título, por GROVE, es la primera de su clase en los países españoles é hispanoamericanos. No es la geografía de este ó de aquel país, ó de tal ó cual estado, sino la geografía propiamente dicha, la Geografía como ciencia; y bajo este punto de vista, no está lejano el día en que se comience á enseñar á los jóvenes LA GEOGRAFÍA CIENTÍFICA. Sin el conocimiento de los rudimentos de esta ciencia, ¿cómo se podrá jamás llegar con provecho al estudio y menos aún, al conocimiento de la geografía patria ni de la universal?
II.
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III.