La guardia blanca novela histórica escrita en inglés

Part 20

Chapter 203,973 wordsPublic domain

Momentos después cabalgaban ambos señores y la dama entre ellos, escoltados por el joven Pleyel. Habíase retardado Roger en el mesón llamando á los arqueros, cuando oyó una voz angustiada pidiendo favor á gritos. Acercóse á la puerta de la estancia de donde procedían las voces y se halló de manos á boca con Simón y Tristán, que se reían á carcajadas y se dirigieron apresuradamente á la puerta del caserón, donde los esperaban sus monturas. Entró Roger en la habitación y quedó atónito al ver que de un fuerte garfio de hierro pendiente del techo colgaba un hombrecillo que era quien tan desaforadamente gritaba. El garfio lo tenía sujeto por el cinto y el infeliz manoteaba y perneaba como un poseído.

--_¡À moi, mes amis!_ seguía berreando, cárdeno el rostro. ¡Favor al campeón del Obispo de Montaubán! _¡À moi!_

Llegó el ventero en aquel instante, precipitóse con Roger en auxilio del colgado, para lo cual tuvieron que subirse sobre la pesada mesa de encina en la que se veían los restos del refrigerio de ambos arqueros, y no sin trabajo lograron desenganchar al campeón del obispo.

--¿Se ha ido? preguntó apenas puso los pies en el suelo.

--¿Quién?

--El gigante, el monstruo de la cabellera roja.

--¡Ah, vamos! Tristán el arquero. Sí, se ha ido, dijo Roger.

--¿Y no volverá?

--No.

--¡De buena ha escapado! exclamó el hombrecillo dando un suspiro de satisfacción. ¡Cobarde! ¡Atreverse conmigo y huir! ¡Ah, de haberme esperado hubiera hecho con él un escarmiento, como hay Dios, para ejemplo de pícaros!

--Permitidme, señor de Pelisier, dijo el ventero, que ponga á vuestra disposición mi caballejo, con el cual no tardaréis en alcanzar al descortés arquero.

--Ni pensarlo, exclamó apresuradamente el fanfarrón. Tengo estropeada una pierna desde el día en que maté á tres enemigos, en el combate de Castelnau.

--¡Pues corro á buscarlo yo mismo, para que lo castiguéis cual se merece quien de tal suerte ofende á mi buen parroquiano, el señor Oscar Reginaldo Bombardón de Pelisier!

--_¡Pas si vite, mon ami!_ Yo sabré buscarlo en su día. Imaginaos el destrozo que sufriría vuestra hacienda si ese gigante y yo trabásemos aquí descomunal combate.

En aquel momento se oyó el trote de un caballo que se detuvo á la puerta de la hostería, palideció el prudente Pelisier y se agazapó bajo la mesa, á tiempo que se oía la voz de Gualtero llamando á Roger. Dejó éste la venta con su compañero y pronto alcanzaron á los dos arqueros.

--Bonita manera de tratar al señor Bombardón de Pelisier, dijo Roger á Tristán con fingida severidad.

--No lo hice adrede... comenzó á decir el mocetón, á la vez que Simón prorrumpía en sonoras carcajadas.

--¡Por el filo de mi espada! exclamó. Fanfarrón más insoportable no espero volver á verlo en mi vida. Se negó á comer y beber con nosotros y aun á dirigirnos la palabra. Después empezó á contar sus proezas á las vigas del techo y acabó diciendo que había matado más ingleses que pelos tenía en la cabeza. Iba yo á despanzurrarlo de un puntapie, cuando este mameluco alargó su manaza y agarrando á Bombardón me lo colgó del gancho como un cochinillo ó un trozo de cecina. ¡Por vida de! ¡Ja, ja, ja!

Reíanse todavía de la aventura los cuatro amigos cuando alcanzaron á su capitán y poco después llegaron todos al castillo de Rochefort, cuyas puertas se les abrieron de par en par apenas oyeron los que las guardaban el nombre de Bertrán Duguesclín.

CAPÍTULO XXVII

VISIÓN PROFÉTICA

Tristán de Rochefort, senescal de Auvernia y señor de Villafranca, había encanecido peleando contra los invasores ingleses y desde que se firmó la paz no había tenido punto de reposo, persiguiendo á las partidas de aventureros, salteadores y vagos que infestaban la comarca de su mando. De aquellas excursiones regresaba unas veces vencedor, con una docena de prisioneros que no tardaban en aparecer ahorcados sobre los muros de la fortaleza; y otras se le veía volver huyendo y perseguido de cerca por desertores y bandidos de todas razas y cataduras. Odiado por sus enemigos, lo era también por los mismos á quienes gobernaba y defendía, pues aparte de su dureza y despotismo no le perdonaban los azotes y las torturas con que les había obligado á pagar su propio rescate, las dos veces que los ingleses lo habían hecho prisionero.

Su residencia era una sombría fortaleza de sólidas murallas y con alta torre almenada en su centro. Numerosa era la guardia que nuestros viajeros hallaron á la puerta del castillo, pero la doble águila de Duguesclín ofrecía por entonces el mejor salvoconducto para viajar en aquella turbulenta región y era también llave de oro capaz de abrir todas las fortalezas de Francia. El noble veterano acudió presuroso á recibir á su amigo y compañero de armas; y fué grande su júbilo al saber que el acompañante de Duguesclín no tardaría en librar al país de aquellos endemoniados arqueros ingleses que más de una vez habían puesto en fuga á los soldados del senescal enviados contra ellos.

Una hora después tomaban asiento en torno de la bien servida mesa los tres nobles guerreros y las damas de Duguesclín y Rochefort, alegre y amable esta última y mucho más joven que su dueño y señor; otros dos huéspedes del senescal eran Amaury de Monticourt, de la orden de los Hospitalarios y Otón Reiter, caballero bohemio de gran fama, y también tomaron asiento con sus señores cuatro escuderos franceses, los dos de Morel, Roger y Gualtero y el capellán de la fortaleza. Larga y alegre fué la cena, sin que uno siquiera de los comensales se acordase de los rencorosos y hambrientos pecheros que en aquellos mismos instantes, ocultos entre la maleza, contemplaban desde lejos y con ideas de venganza y muerte las ventanas iluminadas del castillo.

Levantados los manteles, tomaron cómodo asiento los huéspedes del senescal en torno de un gran fuego, porque estaba la noche desapacible y fría. El señor de Rochefort manifestó como de costumbre el desprecio que le inspiraban los que él llamaba guardadores de cerdos y soeces villanos; defendió el bondadoso capellán á las pobres gentes del pueblo; comentóse la osadía creciente de los pecheros y su menguante respeto por los privilegios de la nobleza y en amena plática pasaron agradablemente las horas. Rato hacía que Roger contemplaba con interés y no sin alguna alarma el rostro de la noble esposa de Duguesclín, que hundida en su sillón parecía últimamente ajena á cuanto en torno suyo se decía, brillantes los ojos, fija la mirada y empalidecidas las mejillas. Notó Roger que Duguesclín observaba también á su esposa, inquieto y trémulo.

--¿Qué tenéis, esposa mía? le preguntó.

--Nada, Bertrán, dijo ella con voz apagada y sin apartar los ojos del muro opuesto en que fijos los tenía. Pero allí... una visión....

--Me lo temía, dijo el célebre guerrero francés. Os debo una explicación, señores. Mi buena esposa está dotada de una facultad profética que se manifiesta en ella de tarde en tarde y le permite predecir determinados acontecimientos futuros. Misterio es éste incomprensible para mí, pero ese poder extraordinario había hecho ya la admiración de todos allá en Bretaña, mucho antes de que yo viese por primera vez á mi Leonor en Dinán. Lo que puedo aseguraros es que ese dón suyo procede del cielo y no del espíritu del mal, que es lo que constituye la diferencia entre la magia blanca y la magia negra. Y por indicios que me son harto conocidos, comprendo que mi buena compañera se halla al presente en uno de esos momentos lúcidos. La última vez que la ví en el mismo estado, la víspera de la batalla de Auray, me predijo que el siguiente día sería fatal para mí y para Carlos de Blois. Veinte y cuatro horas después había muerto éste y veíame yo prisionero del señor de Chandos....

--¡Bertrán, Bertrán! llamó la vidente con dulce voz.

--Decidme, amada mía, qué me reserva la suerte.

--Un peligro grande te amenaza, Bertrán, en este mismo instante.

--¡Bah! Un soldado está siempre en peligro, dijo el gran campeón francés con tranquila sonrisa.

--Pero tus enemigos se ocultan, se arrastran, te rodean en este momento. ¡Ah, Bertrán! ¡Guárdate!

Tal expresión de terror manifestaban sus facciones descompuestas y los ojos desmesuradamente abiertos, que Duguesclín miró rápidamente en torno de la sala, clavó la vista por breves instantes en los tapices que cubrían las paredes y luégo en los anhelantes rostros de sus amigos.

--Esperaré ese peligro si él no me espera á mí, dijo. Y ahora, Leonor, habla. ¿Cuál será el término de la guerra de España?

--Apenas puedo ver lo que allí sucede. Espera.... Grandes montañas y más allá una extensa y árida llanura, el chocar de las armas, los gritos del combate. El fracaso mismo de tu misión en España te dará el triunfo en definitiva....

--¿Qué decís á eso, barón? Amargo y dulce á la vez, ó como si dijéramos, un favor y un disfavor. ¿No queréis hacer vos mismo alguna pregunta?

--Si me lo permitís. ¿Os place decirme, señora, qué sucede allá en el castillo de Monteagudo?

--Para contestar á esa pregunta necesito posar mi mano sobre una persona cuya memoria y cuya mente estén fijas de continuo en ese castillo de que habláis. ¿Vuestra mano? No, barón; otra persona hay aquí cuyo pensamiento permanece fijo en Monteagudo aun con más insistencia que el vuestro....

--Me asombráis, noble señora, balbuceó Morel.

--Acercáos, joven de los rubios cabellos rizados, dijo doña Leonor extendiendo la diestra en dirección de Roger. Poned vuestra mano sobre mi frente. Así, esperad. Una niebla espesa de la cual se destaca enorme torre cuadrada; la niebla se disipa, ya veo las murallas, la fortaleza toda, en una verde colina, con el río á sus pies, las olas del mar á distancia y una iglesia á tiro de ballesta de las almenas. Junto al río se alzan las tiendas de los sitiadores.

--¡Los sitiadores! exclamaron á la vez el barón, Gualtero y Roger.

--Sí, que asaltan los muros con vigor. Ya plantan las escalas y disparan un nublado de flechas. Allí su jefe, alto y hermoso, con luenga barba rubia, lanza á sus soldados contra la maciza puerta. Pero los del castillo se defienden valerosamente. Una mujer, sí, una heroína los manda. Dos, dos mujeres sobre la muralla animan á las gentes de Morel, que devuelven golpe por golpe y lanzan grandes piedras sobre sus enemigos. Cayó el jefe de éstos y sus soldados retroceden, huyen, todo se obscurece, nada más veo ya....

--¡Por San Jorge! exclamó el barón. Apenas puedo creer que Salisbury y Monteagudo sean teatro de tales escenas; pero habéis hecho tan exacta descripción del terreno y la fortaleza que me llenáis de asombro y de temor.

--Aprovechad los momentos si algo más queréis saber, dijo Duguesclín.

--¿Cuál será el resultado de esta larga serie de luchas entre Francia é Inglaterra? preguntó uno de los escuderos franceses.

--Ambas conservarán lo que es suyo, contestó la dama.

--¿Luego nosotros seguiremos dominando en Gascuña y Aquitania? preguntó el señor de Morel.

--No. Tierra francesa, sangre y lengua francesas. De Francia son y ella las reconquistará y conservará.

--¿Pero no Burdeos?

--Burdeos es también Francia.

--¿Y Calais?

--También Calais.

--¡Negra estrella la nuestra si tal sucede! exclamó el barón. ¿Qué le quedará entonces á Inglaterra?

--Permitid, barón; y vos, señora, decidme antes ¿cuál será el porvenir de nuestra amada patria? preguntó lleno de júbilo Duguesclín.

--Grande, rica y poderosa. Á través de los siglos véola al frente de las otras naciones, pueblo rey entre todos los pueblos, grande en la guerra pero más grande aún en la paz, progresiva y feliz, sin más monarca que la voluntad de sus hijos, una desde Calais hasta los azules mares del sur.

--¿Oíslo, señor de Morel? exclamó triunfante el caudillo francés.

--Pero ¿qué de Inglaterra? preguntó tristemente el barón. La profetisa parecía contemplar con profunda sorpresa un cuadro insólito, un espectáculo para ella inesperado.

--¡Dios mío! exclamó por fin. ¿De dónde proceden esos vastos pueblos, esos estados poderosos que ante mí se levantan? Y más allá otros, y otros, allende los mares. Ocupan continentes enteros en los que resuenan los martillos de sus fábricas y las campanas de sus iglesias. Sus nombres, muchos, son ingleses y también la lengua que hablan. Otras tierras, cercadas por otros mares y bajo diverso cielo, pero son también tierras inglesas. La bandera de San Jorge ondea por todas partes, así bajo el sol de los trópicos como entre las nieves del polo. La sombra de Inglaterra se extiende al otro lado de los mares. ¡Bertrán, Bertrán! ¡Nos vencen, porque el menor de sus capullos es más hermoso que la mejor y más perfumada de nuestras flores!

La profetisa dió una gran voz, alzóse del asiento y cayó desvanecida en brazos de su esposo, que dijo conmovido:

--¡Ha terminado la visión, la hora sagrada y misteriosa que revela el secreto de lo porvenir!

CAPÍTULO XXVIII

ATAQUE Y DEFENSA DEL CASTILLO DE VILLAFRANCA

Muy tarde era cuando Roger pudo retirarse á descansar, no sin dejar antes cómodamente instalado al barón en la habitación que le había sido destinada. La suya, situada en el piso segundo de la feudal morada, contenía un pequeño lecho para él y tendidos en el suelo dos colchones en los que al entrar Roger dormían y roncaban Simón y Tristán. Rezaba el joven sus oraciones cuando oyó un discreto golpe dado á la puerta y casi en seguida entró Gualtero con un candil, pálido el rostro y temblorosas las manos.

--¿Qué ocurre, amigo? le preguntó prontamente Roger.

--Apenas sé qué decirte. Me asaltan los más tristes presentimientos y tiemblo sin saber por qué. ¿Te acuerdas de Tita, la hija del artista de Burdeos? Yo la requerí de amores allá en la calle de los Apóstoles y le dí una sortija de oro que me prometió llevar siempre en recuerdo mío. Al despedirnos me dijo que su pensamiento me seguiría en las guerras y que mis peligros serían también los suyos propios.... Pues acabo de verla.

--¡Bah! Estás sobreexcitado con las profecías y los espasmos de mi señora Duguesclín y se te antojan los dedos huéspedes.

--Te digo que la he visto ahora mismo, al subir la escalera, tan distintamente como veo á esos dos arqueros dormidos. Tenía los ojos anegados en lágrimas y sus manos se adelantaban como para protegerme....

--Mira, Gualtero, es tarde y necesitas descansar. ¿Dónde está tu cuarto?

--En el próximo piso. Queda precisamente sobre éste. ¡La santa Virgen nos proteja!

Oyó Roger las pisadas de su amigo en la escalera, y dirigiéndose después á la ventana contempló el paisaje iluminado por la luna. Por aquella parte del castillo se extendía una ancha faja de terreno cubierto de menuda hierba y algo más lejos dos bosquecillos separados por un espacio descubierto en el que sólo crecían algunos matorrales, plateados por los rayos de la luna. Mirábalos Roger distraído, cuando vió que un hombre salía lentamente de entre los árboles de la derecha y cruzando con rapidez el claro, inclinándose como si quisiera ocultarse, desapareció en el bosquecillo de la izquierda. Tras él pasó otro y después otro, y luego muchos más, solos ó en grupos, llevando no pocos de ellos unos grandes bultos asegurados á la espalda. Absorto quedó el joven escudero por un momento, pero muy pronto se inclinó y tocó ligeramente el hombro de Simón.

--¿Quién va? exclamó el arquero levantándose de un salto. ¡Hola, _mon petit_! Creí que nos sorprendía el enemigo. ¿Qué me quieres?

Llevóle Roger á la ventana y díjole lo que acababa de ver.

--Mira, mocito, fué la contestación del veterano; en este endemoniado país yo ya no me admiro de nada. Á bien que hay en él más tunantes que conejos en los sotos de Hanson, gentes desalmadas todas, que se pasean de noche porque si lo hicieran de día no tardaría en echarles mano el verdugo. ¡Mala centella los parta y á dormir se ha dicho! Pero antes no estará de más correr este cerrojo, que estamos en casa extraña. Acuéstate y duerme.

Con esto se tendió el arquero en su jergón y á los dos minutos dormía profundamente. Imitóle Roger, pensó que serían ya cerca de las tres de la mañana y dormitando se hallaba cuando le pareció que alguien empujaba y hacía crujir la puerta del cuarto, procurando en vano abrirla. Púsose á escuchar sobresaltado y oyó pasos cautelosos que se alejaban de su puerta y continuaban escalera arriba. Poco después resonó algo como un grito ahogado, como un lamento de agonía y cuando Roger se disponía á saltar del lecho, dirigió la vista á la ventana y quedó casi paralizado de terror. Un cuerpo humano se balanceaba lentamente ante el hueco de la ventana y de la parte exterior del muro. Pendía de una cuerda anudada al cuello y fija evidentemente por el otro extremo en la ventana del piso superior. Una atracción irresistible obligó á Roger á saltar del lecho y acercarse, á tiempo que la luz de la luna daba de lleno en el rostro del ahorcado. Era Gualtero de Pleyel, cobardemente sorprendido y asesinado. Al tremendo grito de sorpresa y de dolor que lanzó Roger se despertaron sobresaltados los dos arqueros.

--El pedernal y la yesca, pronto, dijo Tristán con reposada voz. Esta luz de luna es cosa de espectros. Aquí está el candil y ahora nos veremos las caras.

--Es el pobre Pleyel, no hay duda, gruñó Simón. ¡Pero que me aspen si no le ajusto yo las cuentas á este senescal de los demonios por la manera que tiene de tratar á sus huéspedes!

--No, no, Simón, los asesinos son aquellos bandidos ocultos en el bosque de que te hablé antes. Y el barón, sabe Dios qué suerte le habrá cabido. Vuelo á su lado....

--Un momento, camarada, que yo soy perro viejo y sé cómo se hacen estas cosas. Lo primero es poner mi casco en la punta del arco. Tú abres la puerta lentamente y yo presento el cebo á esos canallas, si por ventura están ahí esperando degollarnos.

Así lo hicieron, y no bien se abrió la puerta y asomó por ella el almete, recibió éste un tremendo tajo y estallaron los gritos de los asesinos. Pero antes de que pudieran repetir el golpe brilló la espada de Simón, y uno de sus enemigos cayó atravesado de parte á parte.

--¡Adelante! ¡Seguidme, y á ellos! gritó Simón, y abriendo de par en par la puerta se lanzaron los tres ingleses fuera del cuarto, atropellando violentamente á dos hombres que hallaron á su paso y bajando las escaleras á toda prisa.

Los gritos partían del piso inferior, cuyo vestíbulo iluminaban vivamente algunas antorchas clavadas en los trofeos que adornaban sus paredes. Frente á una de las tres puertas que daban al vestíbulo veíanse los ensangrentados cadáveres del senescal y de su esposa, ésta con la cabeza separada del tronco y aquél atravesado el cuerpo por una pica. Junto á ellos, muertos también, tres servidores del castillo, destrozados é informes como si hubiera caído sobre ellos una manada de lobos. En la puerta inmediata, Duguesclín y el barón de Morel, á medio vestir y mal armados, tenían á raya á los asesinos; en los ojos de ambos guerreros brillaba con luz siniestra el fuego del combate y ante ellos se amontonaban los cadáveres enemigos. Un numeroso grupo de hombres andrajosos, con horrendos visajes y armados de picas, hoces y chuzos, arremetía de nuevo contra los dos caballeros, que hacían prodigios de valor y destreza, en el momento en que les llegó el refuerzo de Roger y los dos arqueros, cuyas espadas abrieron sangriento camino en la vocinglera turba. Retrocedió ésta con gritos de rabia, uniéronse y adelantáronse los cinco defensores del castillo y no tardó en quedar libre de enemigos el vestíbulo. Tristán se apoderó de los dos últimos y los lanzó escaleras abajo, sobre las cabezas de sus compañeros.

--¡No los sigáis! gritó Duguesclín. Si nos separamos estamos perdidos. Poco me importaría morir matando, pero tengo que proteger á mi pobre esposa. ¿Qué nos aconsejáis, barón?

--Para consejos estoy yo, que todavía no sé á qué viene ni qué significa esta matanza.

--Son esos perros bandidos del bosque, la ralea peor que se conoce en la tierra. Se han apoderado del castillo. Mirad por esa ventana.

--¡El cielo me valga! Hay más de un millar dentro de la fortaleza y sobre las murallas. En aquel grupo con antorchas están descuartizando á un arquero. Allí arrojan á otro desde el muro. Por las abiertas puertas entran ahora muchos con grandes haces de leña y ramaje....

--Justo, para pegar fuego al castillo.

--¡Quién me diera ahora mi Guardia Blanca! Pero ¿dónde está Gualtero?

--Ha sido asesinado, señor.

--¡Dios acoja su alma! Y ahora, á defendernos y sobretodo á defender á una dama que necesita de todo nuestro esfuerzo. Aquí llega quien quizás pueda servirnos de guía por estos corredores y aun conducirnos fuera de la fortaleza.

--En la cual no tardaremos en morir asados si no la dejamos pronto, agregó Duguesclín.

Los que llegaban bajando los escalones de cuatro en cuatro eran un escudero francés y el caballero bohemio, con una herida en la frente el último.

--Habla, Godofredo, dijo Duguesclín al escudero. ¿Conoces alguna salida libre?

--La única es el subterráneo secreto que da al campo y por él han entrado esos bandidos con el auxilio de algún traidor dentro de la fortaleza. El caballero hospitalario, que venía delante de nosotros, cayó muerto allá arriba de un hachazo en el cráneo. La servidumbre y la guarnición han sido pasadas á cuchillo. Somos los únicos que han escapado con vida hasta ahora. En mi opinión el único recurso es refugiarnos en la torre, cuyas llaves véis allí, pendientes del cinto de mi infortunado señor. Una vez en ella podremos defender con más ventaja la estrecha escalera; los muros de la torre son gruesos y el fuego tardará mucho en consumirlos. Con tal que podamos conducir á la dama....

--Iré yo misma, se oyó decir á la noble señora, que apareció pálida y grave á la puerta de la habitación que con su esposo ocupara aquella noche fatal. Estoy acostumbrada á los azares de la guerra, y si vuestra protección, valientes caballeros, fuese insuficiente, jamás caeré viva en manos de esos malvados.

Al decir esto, mostró en su diestra agudísima daga.

--Leonor, dijo Duguesclín, os he amado siempre, pero en este instante más que nunca. Si la Virgen nos permite protegeros, hago voto de ofrecer una corona de oro á Nuestra Señora de Rennes. ¡Adelante, amigos!

Los asaltantes, cansados de matar, se dedicaban al saqueo. Sólo un grupo bastante numeroso atizaba el fuego y observaba en silencio los progresos del incendio. Al pie de la escalera tortuosa por donde los guió el escudero francés hallaron los fugitivos á un desarrapado centinela, de quien dió pronta cuenta una flecha disparada por la segura mano de Simón. Pequeña puerta los separaba del gran patio del castillo y al otro lado de ella se oían las voces y carcajadas de multitud de enemigos, ebrios de sangre y enloquecidos con su triunfo. Aun el hombre más animoso hubiera vacilado antes de salvar aquella frágil barrera, pero Duguesclín puso fin á toda indecisión abriendo de golpe la puertecilla.

--¡Hacia la torre, á la carrera! gritó. ¡Los dos arqueros delante, mi esposa entre los dos escuderos y los señores de Reiter y Morel á retaguardia, para contener á esa gentuza!

Así lo hicieron y con tanta rapidez que habían recorrido ya la mitad del gran patio del castillo, antes de que los sorprendidos villanos comenzaran á atacarlos. Los arqueros derribaron en un abrir y cerrar de ojos á los pocos que se pusieron en su camino, y los que llegaron á perseguirlos de cerca mordieron el polvo, atravesados por las temibles espadas de los tres nobles. Llegaron sin tropiezo á la puerta de la torre y el escudero francés, que procuraba abrirla, lanzó de repente un grito de angustia y desesperación.

--¡Esta no es la llave! exclamó, y fuera de sí dió dos pasos en dirección del ala del castillo que acababan de dejar, como si quisiera ir á pedir al cadáver de su señor la llave salvadora.

En aquel momento un hercúleo campesino lanzó contra él enorme piedra, que le dió de lleno en la cabeza y lo tendió sin sentido á los pies del barón.