La guardia blanca novela histórica escrita en inglés

Part 13

Chapter 133,980 wordsPublic domain

--¡Arnoldo, Renato y Jaime, á popa! exclamó enseguida el veterano. Una sangría al primer babieca que toque aquel pedrero. Trescientos cincuenta pasos, á lo sumo. Arnoldo, hijo mío, tú el primero y á ver si te luces. ¿Ves el canalla aquel con la gorra roja? Pues á ensartarlo, antes de que disparen.

Los tres arqueros nombrados, fija la mirada en la proa del barco enemigo, tendían lentamente la cuerda de sus enormes arcos, sin cuidarse ya de si los veían ó no los piratas. El numeroso grupo que éstos formaban se había apartado del pedrero, dejando solos junto á él á dos hombres encargados de dispararlo. El de la gorra roja se inclinó para apuntar, abrió los brazos y cayó de bruces con una flecha clavada en el costado. Casi en el mismo instante recibió el otro pirata un dardo en la garganta y otro en una pierna y quedó retorciéndose sobre cubierta.

Al grito de furor de los piratas respondieron las carcajadas de los arqueros.

--¡Bien, muchachos! gritó Simón. Pero ocultaos de nuevo tras la borda, porque veo que han resuelto aprovechar la lección y tienden red de malla para protegerse contra nuestras flechas. Que nadie asome. No tardaremos en oir silbar las piedras de esos jayanes.

CAPÍTULO XVI

DEL COMBATE ENTRE EL GALEÓN AMARILLO Y LOS DOS PIRATAS.

El supuesto barco mercante y sus dos perseguidores se dirigían rápidamente hacia el oeste, dejando al norte la costa de San Albano. No se divisaba otra vela en todo el horizonte. Roger permanecía cerca del timón, mirando las galeras enemigas y recibiendo de lleno en el rostro la fuerte brisa del mar que agitaba su rizado cabello rubio. Digno descendiente de tantos famosos guerreros sajones, su corazón latía con violencia y hubiera deseado llegar á las manos con los piratas sin más tardanza.

De pronto le pareció que una voz ronca le hablaba al oído, y volviéndose prontamente dirigió al timonel una mirada interrogadora. El marino, sonriente, señaló con el pie una gruesa saeta clavada profundamente en un tablón á tres pasos de la cabeza de Roger. Pocos segundos después el timonel cayó de bruces y Roger vió en su espalda el asta ensangrentada de otra flecha. Inclinóse para levantar al infeliz y oyó el ruido de los dardos que caían á bordo, semejante al que produce la lluvia de otoño sobre las hojas secas del bosque.

--¡Redes de malla á popa! ordenó el barón.

--¡Y otro hombre al timón! dijo imperiosamente el capitán.

--Tú con diez arqueros entretén á los normandos, añadió el señor de Morel dirigiéndose á Simón y que otros diez hombres de Sir Oliver hagan lo mismo con los genoveses. No quiero revelarles todavía toda nuestra fuerza.

Diez arqueros escogidos mandados por Simón se apostaron enseguida en el lado de la popa por donde avanzaba el barco normando, y los tres escuderos vieron con admiración la calma de aquellos veteranos en tales momentos y la precisión con que obedecían las voces de mando, moviéndose á la vez como si fueran un solo hombre. Sus compañeros, ocultos tras la borda, no les escaseaban las chanzas y los consejos.

--Más alto, Fernán, más alto, que todavía no suben al abordaje. Pégate al arco, Renato; no parece sino que le tienes miedo ó temes que la cuerda te manche el coleto. Ten en cuenta el viento, y no desperdicies flecha.

Entre tanto los dos pedreros enemigos habían tomado la ofensiva, bien protegidos los servidores de ambas piezas por alta red de malla. La primera piedra del genovés pasó silbando sobre las cabezas de los arqueros y cayó al mar; la del pedrero normando mató un caballo y derribó á varios soldados, otra abrió un boquete enorme en la vela del _Galeón_ y la cuarta dió en el centro de la proa y rebotando, arrojó al agua dos hombres de armas de Butrón. El capitán miró fijamente al barón.

--Se mantienen á distancia, dijo, porque nuestros veinte arqueros les han causado grandes pérdidas. Pero nos van á matar mucha gente con sus pedreros.

--Pues una estratagema para que se acerquen, y el barón dió brevemente sus órdenes.

Trasmitidas que fueron éstas, los arqueros empezaron á caer como si la artillería y las flechas de los piratas causasen en ellos grandes estragos. Muy pronto no quedaron más que tres arqueros por banda y los barcos enemigos se acercaron rápidamente, con las cubiertas llenas de una turba horrible que lanzaba gritos de triunfo y blandía sables, hachas, puñales y picas.

--Acuden como peces al cebo, exclamó el barón. ¡Á ellos, soldados, á ellos! El estandarte aquí, á mi lado, y los escuderos á defenderlo. Tened las anclas listas para lanzarlas á bordo de esos condenados. ¡Suenen los clarines y Dios proteja nuestra causa!

Una aclamación unánime le respondió y las bordas del barco inglés aparecieron repentinamente cubiertas de proa á popa por una doble línea de cascos. La turba enemiga lanzó gritos de rabia, sobre todo al recibir el nublado de flechas que lanzaron los arqueros ingleses en el centro de aquella abigarrada multitud, compuesta de hombres de todas cataduras y colores, normandos, sicilianos, genoveses, levantinos y moros. La confusión á bordo de ambos piratas fué espantosa y grande la matanza, pues los arqueros lanzaban sus flechas y dardos desde lo alto del enorme _Galeón_, que dominaba las cubiertas enemigas. Además, en aquella masa compacta, pronta al abordaje del que creían ser punto menos que inofensivo buque mercante, no se perdía una sola flecha y los piratas caían á montones, muertos ó heridos. En tanto los hombres de armas destinados al efecto habían lanzado dos anclas á bordo de los buques enemigos, para impedirles la retirada y las tres naves quedaron unidas por doble lazo de hierro, cabeceando pesadamente.

Entonces empezó una de esas luchas frenéticas, sangrientas y heróicas, no referidas por ningún historiador, no cantadas por ningún poeta, de las que no queda otra señal ni monumento que una nación poderosa y feliz y una costa no devastada por las depredaciones que un tiempo la asolaran.

Los arqueros habían limpiado de enemigos la proa y popa de ambas galeras, pero los piratas éstos atacaron en gran número el centro del _Galeón_, cayendo con furia por ambos costados sobre los marinos y hombres de armas y luchando con ellos cuerpo á cuerpo, en confusión tal que los soldados y marineros situados en las cofas no se atrevían á lanzar dardos ni peñascos, temerosos de herir y aplastar á sus propios compañeros. En aquella masa confusa de hombres sólo se veía el brillo de sables y hachas que caían con ruido estridente sobre cascos y armaduras, derribando ingleses, genoveses y normandos, en medio de una gritería espantosa, de un tumulto indescriptible. El gigante _Cabeza Negra_, cubierto de hierro y con una tremenda maza, anonadaba á cuantos se ponían á su alcance; cada golpe de su maza derribaba una víctima. Por estribor se había lanzado al abordaje con no menos ímpetu el genovés Carleti, bajo de estatura, pero cuyos anchos hombros, robusto cuerpo y membrudos brazos denotaban su fuerza. Á la cabeza de cincuenta italianos escogidos y bien armados se abrió paso casi hasta el mástil del barco inglés y los marinos se vieron cogidos como entre dos muros de hierro por sus fieros asaltantes, dando y recibiendo la muerte sin pedir cuartel.

Pero en aquel instante supremo les llegó el auxilio que tanto necesitaban. El señor de Butrón con sus hombres de armas y el barón seguido de sus escuderos, de Reno, Simón, Tristán de Horla y otros veinte, se lanzaron como leones contra las turbas que por ambos lados habían invadido la cubierta y abriéndose sangriento paso llegaron á lo más recio de la lucha. Roger no se apartó de su señor un solo momento y aunque mucho había oído de sus proezas, nunca hasta entonces había tenido idea de su valor, de su calma en el combate y de la presteza de sus movimientos. Saltaba de uno á otro pirata, derribándolos de una estocada ó un tajo, parando los golpes que le asestaban con el escudo y la espada y llevando el terror entre sus enemigos. Uno de sus golpes alcanzó á Tito Carleti, hiriéndolo en el cuello y por fin el mismo _Cabeza Negra_ resolvió concluir con aquel temible combatiente y lanzándose á su encuentro alzó sobre él la pesada maza. Inclinóse el barón para protegerse mejor con el escudo, al propio tiempo que paraba los golpes del furioso genovés, pero en aquel instante resbaló en un charco de sangre y cayó sobre cubierta. Roger atacó al gigante normando, pero un golpe de la maza de éste hizo pedazos su espada y lo derribó sobre un grupo de muertos y heridos. Iba _Cabeza Negra_ á repetir el golpe, cuando sintió su muñeca cogida como con unas tenazas de hierro y vió á su lado á Tristán, el hercúleo arquero, que doblando hacia atrás el cuerpo del normando, haciendo gala de su increíble fuerza, acabó por romperle el brazo y tenderlo cuan largo era sobre las tablas del puente. Una vez derribado le puso el puñal al rostro por entre las barras de la visera y el temible pirata permaneció inmóvil, único modo de evitar la muerte que tan de cerca le amenazaba.

Desalentados los normandos con la pérdida de su jefe y acosados de cerca, volvieron la espalda y abandonaron el _Galeón_, saltando atropelladamente sobre la cubierta de su barco, donde empezaron á diezmarlos las flechas de los arqueros ingleses y los peñascos que desde las cofas les lanzaban los marinos. Además, unido firmemente el barco pirata al _Galeón_ por el ancla de éste, pasaron á bordo del normando el señor de Butrón y cincuenta veteranos, en persecución de los fugitivos.

Á estribor continuaba encarnizada la lucha. El genovés y sus secuaces se defendían con vigor, retrocediendo paso á paso ante los furiosos ataques del barón de Morel, Roger, Reno y sus arqueros. Carleti, ronco de ira y de cansancio y cubierto de heridas de las que manaba la sangre en abundancia, volvió á bordo de su buque con los piratas que le quedaban, sin cesar de defenderse y perseguido por una docena de ingleses que se lanzaron al abordaje de la galera. Entonces Carleti abandonó de un salto á sus compañeros, corrió á lo largo de la cubierta y regresando á bordo del _Galeón_ cortó de un tajo el cable del ancla que retenía á su barco. Hecho esto saltó de nuevo sobre la cubierta de su galera, cuyos remeros empezaron á impelirla y apartarla del _Galeón_.

--¡San Jorge nos asista! gritó Gualtero de Pleyel. ¡El barón está en la galera, peleando con los genoveses! ¡Se lo llevan!

--¡Está perdido! gritó á su vez Froilán de Roda. ¡Saltemos, Gualtero! Ambos jóvenes, de pie sobre la borda del _Galeón_, se lanzaron al espacio. El desgraciado Froilán cayó sobre los remos de la galera pirata y desapareció entre las olas; más afortunado Gualtero, alcanzó la cubierta del barco enemigo y se unió á los compañeros del barón. Roger quiso seguir á sus dos amigos en defensa de su señor, pero Tristán de Horla se lo impidió á la fuerza.

--¿Cómo has de dar ese salto de muerte, muchacho, si apenas puedes sostenerte en pie? le dijo. Tienes la cabeza llena de sangre.

--¡Mi puesto está al lado del barón! rugió Roger, forcejeando inútilmente.

--Quédate aquí, te digo, y te quedarás á las buenas ó á las malas. Necesitarías alas para llegar á la galera. Esta se alejaba gradualmente.

--¡Mirad qué valor, cómo se defienden, cómo atacan! continuó Tristán siguiendo los detalles de la lucha á bordo del pirata. Los nuestros han limpiado la popa de enemigos y adelantan, con el barón á la cabeza. ¡Bravo Simón, buen golpe! Reno se bate como un tigre. El genovés, aunque bandido, es un valiente, no hay que dudarlo. Ha conseguido reunir á su gente en la proa.... ¡Por la Cruz de Gestas, ya cayó un arquero, y otro! ¡Maldito Carleti! Pero allá va el barón, á dar cuenta de él. ¡Mira, Roger!

--El barón ha caído....

--No, una de sus tretas. Ahí lo tienes otra vez, más brioso que nunca, ¡Qué espada! El jefe pirata retrocede, cae, atravesado de parte á parte. ¡Viva, viva! Los otros huyen, se rinden. Allá va Simón. ¡Por vida de! Ya arría la bandera de la cruz roja, ya iza la de Morel, las cinco rosas.... ¡Viva!

La muerte de Tito Carleti puso fin á toda resistencia y su galera, cambiando de bordada, se dirigió de nuevo hacia el _Galeón_, saludada por los gritos de entusiasmo de los soldados. El barón y Sir Oliver no tardaron en reunirse sobre la cubierta del barco inglés, y retirada el ancla que lo aferraba á la galera del normando, se hicieron las tres naves á la vela, á corta distancia una de otra. Roger, más débil á cada momento que pasaba, oyó con admiración la voz tranquila del capitán que seguía mandando la maniobra con tanta calma como lo había hecho durante el combate.

--No deja de tener averías bastante graves nuestro pobre _Galeón_, dijo Golvín al señor de Morel apenas pudo hablarle. La borda destrozada, la vela mayor hecha trizas. ¿Qué dirán los armadores cuando me presente con su barco en tan triste estado?

--Lo triste sería, dijo el barón, que fueseis vos á sufrir por causa mía, sobre todo después de la faena de hoy y de vuestro brillante comportamiento. Nada, os lleváis esas dos galeras como prueba de la jornada y que las vendan los armadores. Con el importe se reembolsarán de los perjuicios que haya sufrido el _Galeón Amarillo_ y el resto que lo guarden hasta mi regreso, para distribuirlo entre todos. No os quejaréis de vuestra parte. Por la mía, debo á la Virgen del Priorato una imagen de plata de diez libras por haberme otorgado la merced de vencer y matar al pirata genovés, cuyo valor y pericia en el manejo de las armas soy el primero en reconocer. ¿Y tú, Roger? ¿Herido?

--No es nada, dijo el doncel con voz débil, quitándose el casco que conservaba claras señales de la poderosa maza del normando. Pero apenas se hubo descubierto, la sangre inundó su rostro y cayó desvanecido.

--Pronto volverá en sí, dijo el noble después de examinarlo atentamente. He perdido hoy un valiente escudero y mal puedo perder otro. ¿Cuántas bajas hemos tenido, Simón?

--Nueve arqueros, siete marinos, once hombres de armas y vuestro escudero el joven señor de Roda.

--¿Y el enemigo?

--Sólo queda con vida el jefe normando. Ahí está, bien agarrotado. Vos dispondréis de él, señor barón.

--Ahórcalo sin tardanza. Hice el voto y hay que cumplirlo. Pero cuélgalo de una verga de su propio barco, que tal fué mi promesa.

_Cabeza Negra_, aunque herido y con un brazo roto, se había mantenido de pie junto á la borda, entre dos arqueros. Al oir las palabras del barón se estremeció y su rostro se contrajo violentamente.

--¿Ahorcado, yo? exclamó en francés. ¿Muerte de villano, á mí?

--Pues según noticias, dijo el señor de Morel, vos ahorcabais á cuantos caían vivos en vuestras manos, sin distinción de nobles ó plebeyos. Además he hecho voto de colgaros.

--Soy señor de Andelys y corre por mis venas sangre real....

--Sois un pirata desalmado, replicó el barón volviéndole la espalda, á tiempo que dos marineros asían á _Cabeza Negra_ y le echaban el dogal al cuello.

Al sentir la cuerda hizo el jefe pirata un esfuerzo supremo y rompió las ligaduras que ataban sus manos, derribó á uno de los arqueros que le guardaban y asiendo por la cintura con su único brazo sano al marinero que sujetaba la cuerda, lo levantó y se arrojó con él al mar.

--¡Se ha escapado! gritó Simón, corriendo hacia el punto de la cubierta por donde había desaparecido _Cabeza Negra_.

--Decid más bien que ha muerto, repuso el capitán. Ambos se han hundido en las aguas como un plomo.

--No me pesa, dijo el barón; que si bien no he podido cumplir mi voto, el tal pirata se ha portado como valiente en la lucha, ha muerto como tal y hubiera sido lástima ahorcarlo cual si se tratara de uno de esos menguados que lo acompañaban.

CAPÍTULO XVII

EN LA BARRA DEL GARONA

Por dos días navegó el _Galeón Amarillo_ á velas desplegadas, impelido por vientos favorables del nordeste, dejó atrás á Ouessant, punto más occidental de Francia y al tercer día pasó frente á Bella Isla y avistó algunos transportes que regresaban á Inglaterra. Los dos nobles hicieron colgar sus escudos de armas al costado del barco y observaron con el mayor interés las señales con que respondían los transportes y que les indicaban los nombres de aquellos caballeros á quienes las enfermedades ó las heridas hacían regresar á sus hogares en tan críticos momentos.

Por la tarde se notaron señales de próxima tempestad que alarmaron profundamente al capitán Golvín, pues no sólo había perdido la tercera parte de sus marineros sino que la mitad de los restantes estaban á bordo de las dos galeras apresadas; y unido esto á las averías sufridas por su propio barco, lo ponían en muy malas condiciones para arrostrar las tempestades de aquella peligrosa costa. El viento sopló con violencia toda la noche, imprimiendo al pesado transporte fuertes balances. Roger, aunque debilitado por la pérdida de sangre, subió sobre cubierta al despuntar el día, prefiriendo que lo mojaran las olas á continuar encerrado en los estrechos y obscuros camarotes, nauseabundos y llenos de ratas. Asido á una driza, contempló con emoción el espectáculo del mar alborotado, cubierto de innumerables olas y reflejando el negro color de las nubes. Las dos galeras apresadas seguían al _Galeón_ á corta distancia, luchando también con el viento y las olas. Á la izquierda, entre la bruma, se veía la tierra de Francia, aquella tierra donde sus antepasados habían derramado su sangre y conquistado imperecedera gloria; Francia, patria de tantos famosos caballeros, de tantas beldades, teatro de altos hechos inolvidables y asiento de los grandes monumentos, del arte, el lujo y la riqueza. En presencia de aquella costa francesa besó Roger el preciado velo que le diera la bella Constanza de Morel, y besándolo hizo el juramento de conquistar con su valor fama digna de tan noble dama, ó perecer en la demanda. Sacóle de sus meditaciones la ronca voz del capitán, que dominando el tumulto de los elementos, le gritó:

--Mal gesto tenéis, señor caballero, y no me extraña, que yo mismo con haber navegado desde la infancia, no recuerdo haber visto nunca promesa tan segura de una tempestad deshecha. Mal día y peor noche nos esperan.

--Otros eran mis pensamientos, dijo el escudero, muy ajenos á la tempestad que nos amaga.

--Disponed de mí, si en algo puedo serviros. Pero hablando de pensamientos, no son menos negros los que me asaltan al figurarme las dificultades de mi viaje de vuelta; vientos contrarios, la vela mayor partida en dos, muertos la tercera parte de mis marineros, y el barco con averías y boquetes por todos lados. Creo que antes de llegar de nuevo á Southampton hemos de vernos convertidos en arenques salados, á juzgar por la cantidad de agua que espero embarcar en cuanto ponga la proa á Inglaterra.

--¿Y qué dice á ello mi señor?

--Abajo está, ayudando á su amigo á descifrar blasones. Lo único que me contesta es que no le hable de tales pequeñeces. ¡Pequeñeces! Pues ¿y Sir Oliver? En cuanto le digo que me faltan marineros me contesta que los guise á todos con salsa de Gascuña. Me dirigí á los arqueros. ¡Que si quieres! Allá se están las horas muertas jugando á los dados, presididos por el sargento Simón y Reno, y el gigantón cabeza roja que le rompió el brazo al pirata. "Mirad que el _Galeón_ éste se va á hundir de un momento á otro," les digo. Y maldito lo que se les importa. "Esa es cuenta vuestra, mal capitán," me dice uno. "Seis y blanco," gruñe otro. Y ese Simón que Dios confunda acaba por mandarme al demonio. ¡Desde aquí se les oye, manada de tiburones!

En efecto, á pesar del rumor del viento y de las olas, llegaba hasta ellos el eco de los juramentos y las carcajadas de los jugadores que llenaban la proa.

--Si yo puedo ayudaros... propuso Roger.

--Bastante tenéis que hacer con cuidar vuestra averiada cabeza, ó lo que de ella os queda gracias al capacete que aguantó lo mejor del golpe. Pero cuanto puede hacerse por ahora está hecho; tapada con velas y cables entrelazados la brecha de estribor, sólo falta ver lo que sucederá cuando cambiemos de rumbo para evitar las rocas y bajíos de la costa, á la cual nos vamos acercando demasiado. Aquí viene el barón y á fe mía que llega á tiempo.

--No toméis á desaire mi distracción, maese Golvín, dijo el caballero, andando con dificultad á consecuencia de los balances del barco. Estaba muy preocupado con una difícil cuestión heráldica, sobre la cual quisiera oir vuestra opinión, Roger. Se trata de los cuarteles del escudo perteneciente á la familia de Sosire, cuyo jefe Sir Leiton es mi tío, casado con la viuda de Sir Enrique Oglander, de Nunvel. La delimitación de esos cuarteles ha sido cuestión muy debatida entre cuantos entienden de blasones. ¿Qué tal vamos, capitán?

--Me preocupa el estado de la nave, señor barón. Tendremos que orzar muy pronto y en cuanto lo intente empezará el pobre _Galeón_ á embarcar agua.

--¡Que llamen enseguida á Sir Oliver! gritó el barón.

Poco después llegaba á popa el obeso caballero, resbalando á cada paso, agarrándose á la borda, á las drizas y á cuanto se le ponía á mano, abotargado el rostro y maldiciendo su suerte.

--¿Qué barco es éste, señor capitán, exclamó entre dos balances, en el que un honrado caballero no puede dar un paso sin exponerse á partirse el alma? Si ha de continuar mucho tiempo esta danza, ponedme á bordo de uno de esos piratas, que más saltarines que vuestra nave no pueden ser, á buen seguro. Cuando ya no podía tenerme de debilidad, me senté ante un frasco de malvasía y un jigote de carnero, y al primer bandazo se me vino encima el frasco, poniéndome de perlas ropilla y calzas, y el guiso fué á dar con salsa y todo en el santo suelo. Allá quedan mis pajes corriendo tras él, como lebreles en seguimiento de una cierva. ¡Rayos del cielo, qué galera ni qué tarasca!... Pero ¿me habéis llamado, amigo Morel?

--Para oir vuestra opinión, desgraciado y hambriento caballero. Aquí tenéis á maese Golvín temeroso de que si vira de bordo el _Galeón_ empezará á hacer agua.

--Pues que no vire, la cosa es clara. Y con vuestra venia, barón, me vuelvo á ver qué hacen aquellos tunantes de pajes....

--Pero es que si no viramos iremos á dar en las rocas antes que os sentéis de nuevo á la mesa, dijo el capitán.

--Pues entonces, virad, con mil de á caballo, gruñó el señor de Butrón. ¿Permitís, amigo barón?

En aquel instante se oyó la voz de los vigías: "¡Rocas á proa!" En el centro de una ola enorme, á cien varas de distancia, aparecieron las obscuras piedras de un arrecife, cubiertas de espuma. El capitán se lanzó al timón y comenzó á dar voces de mando, los marineros practicaron las maniobras sin perder momento, giró el botalón con prolongado chirrido y el galeón cambió de rumbo, á cortísima distancia de los amenazadores peñascos.

--No creo poder salvarlos á tiempo, rugió el capitán aferrado al timón. ¡San Cristóbal nos valga!

--Pues en tan gran peligro estamos, quiero que ondee mi pabellón sobre cubierta, dijo el barón tranquilamente. Id á buscarlo, Roger, y clavadlo aquí.

--Y yo, exclamó Sir Oliver, prometo á mi excelso patrón Santiago de Compostela visitar su santuario allá en España, si me saca en bien de este trance, y comerme una carpa más cada día de vigilia, durante un año. ¡Cómo ruge el mar! ¿Qué decís, capitán?

--¡Pasamos, pasamos! gritó Golvín, fija la vista en las rompientes más inmediatas á la proa. ¡Á la buena de Dios!

Siguieron unos momentos de espera y luégo se sintió en todo el barco el roce de la quilla sobre las rocas. Una de éstas, cuya punta proyectaba oblícuamente, raspó con fuerza el costado del casco, arrancándole largas astillas. Un momento después el _Galeón Amarillo_ completaba su evolución, el viento hinchaba las velas y escapaban todos al gravísimo peligro, huyendo de la amenazadora costa, entre las aclamaciones de marineros y soldados.

--¡Dios sea loado! exclamó el capitán enjugando el sudor que le bañaba la frente. No volveré á Southampton sin ofrecer un cirio de cinco libras al buen San Cristóbal en la capilla del convento.