La gran aldea; costumbres bonaerenses

Chapter 8

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¡Cuánta mujer ideal y atrayente bajo la trama cariñosa de esas telas modernas, cómplices de la carne y del contorno que este siglo materialista teje con las alas de pájaro o pétalos de flores exóticas! ¡Cuánto ser grotesco de fealdad repugnante, de doloroso raquitismo, brincando sin gracia, marcando la nota chillona del ridículo!

¡Cuánto contraste!

¡Cuánta cara foránea, ahorcada por cuellos anticuados, encorbatada de raso tórtola, bizantinamente enfracada, con pantalón en forma de caño y botines de brasileño guarango!

¡Cuánto gallo viejo sin púas, forcejeando contra el tiempo en vano, con las armas débiles de los untos! ¡Cuánto ser insípido, abriendo la boca satisfecha y marchitando con su trato insoportable a tanta mujer linda y atolondrada que busca su ideal sin encontrarlo!

¡Cuánta mamá achatada por la gente que pasa, sirviendo de mojón en los sofás de lampás crema!

¡Cuánto marido tolerante que entrega su mujer a la garra de los halcones y que se sitúa en el buffet con el sentido práctico de un convencido!

¡Cuánto viejo fatuo, teñido de pies a cabeza, prendido como un paje, que apesta a menta desde lejos y que instala sus pretensiones intolerables ante cualquier mujer bonita, para que el mundo le cuaje el sabroso renombre de afortunado! ¡Cuánto muchacho alegre y filósofo, pollos de la aldea, que conocen la aldea y que toman la partida con el buen humor de los descreídos!

El baile estaba en su apogeo, cuando sentí en torno un murmullo. Dos mujeres del gran mundo entraban en el salón y las parejas se abrían para darles paso. Don Benito acompañaba a una de ellas, y la otra, contra la más estricta regla de nuestros salones, caminaba sola al lado. Don Benito vino derecho adonde yo conversaba con un grupo de amigos.

--¡Julio!--me dijo con la más perfecta y aristocrática urbanidad:--¡Fernanda!--Y dándose vuelta y señalando a la más joven, repitió, como toda presentación:--¡Blanca!

Me incliné reverenciosamente y al levantar los ojos, vi la imagen doble de mi compañera de teatro ¡dieciocho años ha!...

--Me parece que nosotros somos viejos amigos--me dijo Fernanda.--Y como queriéndome dar confianza, agregó:--¡Pero usted es un hombre!

--¡Señora... señorita!....

Y a una finísima mirada de don Benito, imperceptible casi, yo extendí mi brazo y Blanca se colgó de él con franco y dulce abandono.

No podía darse un retrato más semejante a Fernanda. Para mí, Blanca era una verdadera resurrección del pasado; la misma aparente frialdad de la madre, la misma palidez casi mate; los grandes y sombreados ojos de Fernanda, y un busto, que dejaba ver un escote en el que los nervios preponderaban sobre la carne. Por último, un brazo que podía ser un tanto largo, pero que, bajo fino y suelto guante de piel de Suecia, tenía yo no sé qué encanto voluptuoso, mil veces más ático y más puro que el que revela un pie bien calzado cubierto por una media de seda obscura.

El vestido de Blanca era una antítesis con su serena palidez: una pollera corta de tul de seda color fuego, estrecha, determinaba como un calco las líneas misteriosas del cuerpo, dejando ver bajo el ruedo un zapato de raso del mismo color, sumamente escotado, en el que aparecía el más bello y atractivo pie de mujer.

Una bata de terciopelo fuego encerraba apenas el misterio de su pecho, dejando adivinar las líneas audaces de sus senos altos y erguidos como los de la Venus de Milo. En la cabeza dos peinetas de oro de una sencillez irreprochable sostenían su cabello rubio mate, y fuera de las numerosas cadenas de pulseras que rodeaban sus brazos, ni una sola alhaja, ni una sola flor, ni un solo adorno, lucían en aquella mujer.

--¡Qué espléndido vals!--me dijo,--bailemos, yo no resisto...

La enlacé estrechamente y la imaginación debió traerme, como una brisa en aquel momento, el suave perfume de Fernanda. Blanca reclinó su mejilla sobre mi hombro, el muelle contacto de sus senos estremeció mi pecho, tomele la mano con fuerza y rodeando su talle flexible y admirable, la danza lasciva nos arrebató en su torbellino. Blanca bailaba como una inglesa de la vieja estirpe; sin reservas, pero también sin el grosero materialismo de una mundana; de vez en cuando, los vaivenes ondulantes del vals en que los cuerpos se deslizan con la música, nos unían involuntariamente, y yo sentía ese estremecimiento inexplicable que produce la lucha de la timidez con la audacia, cuando el cuerpo de una mujer joven y linda toca y calcina esta miserable arcilla humana de que están hechos todos los seres desde Satanás hasta San Antonio.

El vals tocaba a su término; mi compañera se me había entregado completamente. En el mareo embriagador de sus últimos giros, columbré el rostro de don Benito, que del brazo de Fernanda nos miraba con una sonrisa mefistofélica, en el momento en que el eco de los violines se apagaba, y Blanca caía fatigada voluptuosamente sobre un sofá que la sostuvo y balanceó un instante en sus muelles y flexibles elásticos.

--Pero usted valsa como nadie... Yo no podría valsar con otro después de haber valsado con usted.

--Y bien, señorita, la cuenta es muy sencilla, bailemos todos los valses...

--¡Oh! ¿Y los compromisos?...--me dijo con cierta petulancia altiva.

--Es muy sencillo: los viola usted--le repliqué con igual tono.

--¡Me cuadra! Está hecho el trato.

En ese instante nos detenía un joven grueso, de lentes, rosado, rubio y lindo como un retrato al pastel, con un ambiente de insignificancia que se aspiraba de lejos.

--Muy buenas noches, señorita. ¿Quiere usted darme el próximo vals?

--No me es posible, doctor Bello, estoy comprometida--contestole Blanca con indiferencia.

--¿La cuadrilla?...

--Me fatiga bailar cuadrillas--replicole en el mismo tono.

--¿Entonces, los lanceros?...

--Menos, doctor...

--¿Entonces que quiere usted darme?--preguntó aquel desgraciado e incómodo pretendiente.

--Nada--se apresuró a contestar don Benito que en ese mismo instante llegaba a nuestro grupo.

El joven doctor tragó saliva lastimosamente, pero Blanca, reaccionando con generosidad en su favor, le dijo:

--Pasearemos esta mazurka, y señaló la pieza perdida en el epílogo del programa que comenzaba.

Seguimos con Blanca; paseamos la pausa y atravesamos el gran salón, en dirección al salón punzó de la calle Victoria. Al entrar en él, un grupo de hombres, entre los que estaba mi tío Ramón, saludó a mi compañera con lisonjas y elogios. Blanca se detuvo.

--¡Ah! papá ¿qué haces?...--y dirigiéndose a los demás, les estrechó francamente la mano, mientras yo hacía una reverencia.

Era en efecto el doctor Montifiori, el marido de Fernanda; un ex-diplomático de un país híbrido como la Herzegovina o el Montenegro: no importa. Mientras nos detuvimos, yo lo observaba.

El doctor Montifiori era un personaje de edad reservada, pero con aire de _garçon_. Sabía llevar con cierta elegancia negligente la ropa que vestía y se conocía que el gusano había vivido siempre dentro de seda. Corríase que al casarse con Fernanda, veinte años atrás, el doctor Montifiori había enajenado su interesante personalidad en cambio de la belleza de su esposa y ocupado una legación en no sé dónde.

Corríase también que aquel _lion_, a pesar de su edad, había sido el _enfant gaté_ y el _bon papá_ de esas famosas golondrinas que vuelan en invierno a mediodía en sus carretelas por el _Bois_, custodiadas por un lacayo impertinente y acompañadas por perros microscópicos de esas razas artificiales con que el sibaritismo parisiense falsifica las nobles obras del Creador.

El doctor Montifiori se movía por el salón como una góndola con proa de ánade: tenía un abdomen formado sin duda por las golosinas de los banquetes de embajada, a los que concurría invariablemente a pesar de su retiro. Sus rubicundos cabellos y sus patillas inglesas, incluso su bigote recortado como el de los banqueros de Lombard Street, debían el brillo de su lustro a las caricias de un pan de cosmético en constante ejercicio sobre la mesa de _toilette_. No hay duda, el doctor Montifiori vivía teñido desde los pies hasta la cabeza. Como todos los viejos _dandys_, después de tragar sus píldoras de salud, entregaba su figura a los afeites milagrosos de Guerlain, y como si se sumergiera en la fuente de Juvencio, se bañaba con precauciones en agua tibia y perfumada, dormía como los donceles de César en lecho de plumas y su medio siglo largo, necesitaba después de sus encantadas _soirées_, que el edredón de los sibaritas cubriera y protegiera sus miembros fatigados como los de Júpiter, después de sus transformaciones.

Montifiori era un epicúreo, y por eso, el salón de Fernanda era renombrado por el gusto y por el eximio buen tono que perfumaba todos sus detalles. Acostumbrado a sentarse diariamente en una mesa verdaderamente ática como manifestación culinaria, Montifiori pasaba con razón por un _gourmet_ de estirpe, por un paladar maestro para catar una becasa _au madère_, servida sobre un plato de Saxe.--Y así, aquel gran vividor, acostumbrado a mirar los zafiros y rubíes de sus anillos de oro mate al través del diáfano cristal, lleno con los topacios líquidos del Sauterne, y a saborear la nube perfumada del tabaco de Cuba, debía sufrir mucho, cuando mi tía Medea, a quien frecuentaba, lo sentaba a su mesa a comer aquellos platos dignos sólo de su robusta pepsina de _ñandú_.

Montifiori, como todo hombre del gran mundo, con marcada tendencia al europeísmo, hablaba con bastante afectación el francés y murmuraba el inglés con una increíble adivinación del acento peculiar de este idioma. Estaba en todos los golpes de _petits mots_, sabía sacar partido de esas deducciones híbridas de las palabras, que los parisienses consiguen hacer con los dientes superiores y la nariz, indicando apenas las expresiones hasta casi llegar a formar una charla de monosílabos breves, rápidos, fugaces y casi eléctricos, que hacen la desesperación de todos los que han aprendido el francés por el Ollendorf.

Al lado de Montifiori contemplaban el baile dos caballeros más, el viejo Ministro de Estado doctor don Bonifacio de las Vueltas, político ducho, orador brillantísimo y eficaz, gran brujuleador de cámara y antecámara, fina inteligencia, blanca erudición, débil y bondadoso, embrollón como una modista de alto tono, pero de una intachable honradez privada. Se balanceaba a su lado con movimientos de odalisca otro personaje diminuto, que a una fisonomía árabe despejada, de ojo poético y penetrante, reunía ciertas antítesis morales y físicas que revelan un prisma de nuestra raza sudamericana. Su palabra elocuente, un tanto enfática y voluptuosa, se apretaba, al salir, entre los dientes y los labios, al mismo tiempo que llevaba ambas manos al vientre y se contoneaba delante de las señoras como un palomo que corteja a la paloma dando vueltas en el borde del mechinal. Era sin duda aquél uno de los finos artistas de la palabra y de la frase, según se decía; había caído de las más altas posiciones, y mi tía lo abominaba como todo el partido de la gran política que no le conocía sino por el apodo que se le daba y que no es del caso mencionar.

--Señorita Blanca, presento a usted mis más sumisas manifestaciones de respeto y admiración--dijo el doctor de las Vueltas, entreabriendo su boca como un pimpollo.

--¡Oh, doctor! tantas gracias--contestó Blanca.

--Es usted la reina del baile. Lleva usted mis parabienes, Blanca...¡aaah!...¡está usted espléndida... aaah!--decíale el compañero de don Bonifacio, arrullando alrededor de Blanca.

--¡Oh! déjeme, doctor, que lo felicite por su folletín de _El Nacional_; ¡qué linda, qué linda página!

--¿La ha leído usted? ¡Linda era en efecto!... ¡qué lástima que mis ex-ministros no sean capaces de juzgarla; son todos unos civilistas... aaah!--dijo el doctor, mirando al señor de las Vueltas con marcada intención.

Montifiori a su turno conversaba con el doctor de las Vueltas a propósito de un caballero de las provincias que había pasado atufado y sin saludar al grupo.

--Pero algo debe tener con usted, querido Montifiori, porque conmigo cultiva la más cordial amistad.

--En efecto--decía un gallo viejo de _monocle_ que formaba parte del grupo,--_Il a l'air bien farouche_.

--Ja, ja, mis buenos amigos; es el doctor Escañote, de Corrientes, un incorruptible, me detesta, ¿y saben ustedes por qué? Una noche en París este señor, que se había instalado con toda su prole en un mal hotel de cuarto orden, hacía la cola en la boletería de _Variétés_ donde se daba la _Femme à papá_, una mononería de cosas _cochonas_ en que Judie hace caer la baba. El buen señor, sin conocer las reglas de la cola, pretendió saltar su turno y pasar para romper la muchedumbre el muy _sot_; ¡claro! se armó un alboroto. Ese pobre señor tenía la desgracia de no hablar una palabra en francés, e interpelado por los _agents de ville_, contestaba con el acento peculiar de su provincia:

«¡No me lleven así!... ¡soy forastero, correntino, de la República Argentina!...» y qué sé yo qué otras cosas.

De repente, _malheur_ me divisa, me conoce entre la ola de la muchedumbre y me grita:--«¡Señor Montifiori, paisano, compatriota, venga a salvarme, me quieren llevar a la comisaría!» Figúrese usted, doctor, yo iba en aquel momento nada menos que del brazo de ese espléndido _Prince de Trois Lunes, un homme charmant, comme cicerone_! Salíamos de Bignon, era imposible codearme con aquel _rastaquère_ guaraní! El Príncipe notó sin embargo mis señas y me decía:--_Comment! c'est un de vos compatriotes qui vous appelle, n'est-ce pas_?--¿Qué podía yo contestarle?...--_Bah! non pas, mon cher prince, c'est un parvenu, je ne le connais pas._

--¿Y cómo concluyó el incidente?--preguntó el señor del _monocle_.

--Pero muy sencillamente: cenando nosotros en el _Café Anglais_ y mi correntino durmiendo en la comisaría.

--¡Ja! ¡ja!--y todos a una reían de la espiritual aventura de Montifiori.

--¿Y qué es de tu mamá, Blanca? no la veo--le preguntó a su hija.

--Ahí anda, con don Benito...--contestole su hija haciendo un gracioso movimiento de cabeza.

--¡Joven y linda como la hija! _Mater pullchra, filia pullchrior!_--exclamó el doctor, esbozando en su rostro moreno una sonrisa afectada y contoneándose siempre con las manos sobre el vientre.

--Bien, jóvenes--díjoles Blanca,--yo tengo sed, quiero tomar un helado; señor don Ramón,--agregó dirigiéndose a mi tío,--lléveme usted a tomar un helado. ¿Me permite usted, que lo abandone por su tío?

--Con tal que el próximo vals sea mío...--le contesté.

--¡Oh, bien claro! tenemos un compromiso formal--me contestó, y soltándome el brazo, lo entregó coquetamente a mi tío Ramón y ambos se retiraron del grupo.

--¿No es cierto que mi hija es _charmante_?--dijo el doctor Montifiori al verla retirarse.

--Es una señorita, mi querido doctor, llena de atractivos, y usted me permitirá que le reitere mis más entusiastas felicitaciones y plácemes sinceros--contestole el doctor de las Vueltas, empleando el tono más melifluo de su voz.

--Es una nereida, una verdadera hurí, tiene la hermosura de Dido y el paso de una diosa...--exclamó el otro doctor entusiasmado.

--Nosotros no tenemos papel que desempeñar en este baile... Mucha mamá _demodada_; y no es posible _glisarles_ nada a las jóvenes sin que se ofendan. Por eso, mi querido de las Vueltas, es que yo amo a la mujer fácil... _¡Variedades!_... Anoche _Fleur d'Eglantier_ estuvo apetitosísima en la _chansonette_... _¡Quelle chatte!_...

--¿Sí, y qué cantaba?

--_Oh, mon cher_! cantaba _Mon Oscar_!... estábamos en el _avant-scène_, con los _attachés_ de la legación turca, y la muy ricotona me cantaba a mí solo todos los _couplets_... la sala ardía de envidia!... Yo estaba irreprochable... mis zapatos barnizados, mis guantes amarillos, un sobretodo de cuellos de _silkskin_... en fin, ¡espléndido! Subimos en mi cupé clarence y cenamos en el café de París soberbiamente... unas armoricains y un _homard_, que sólo ese Sempé es capaz de proporcionar en esta tierra imposible! ¡Qué mujer tan _flirtante_!... ¡Me llamaba _Mon petit Pichonot_!

En este instante mi tío Ramón regresaba con Blanca del _buffet_.

--Comienza nuestro vals, señorita, y yo lo reclamo. Tío, usted se queda con sus amigos y me devuelve la compañera, ¿no es así?--le dije a mi tío Ramón.

--Te la entrego, siempre que ella lo consienta--me contestó, y como Blanca se desprendiera sonriendo de su brazo, mi tío la dejó hacer y nos alejamos de nuevo de aquel grupo, que formaba uno de los más interesantes cuadros del salón.

El vals recomenzaba; entramos en el gran salón y nos perdimos en el mar de danzantes. Blanca había pasado de su interesante palidez a un encarnado suave, que revelaba la excitación involuntaria que provocan en la mujer la música y el baile.

El último vals lo había bailado con un ímpetu y un ardor de veinte años. Sus ojos claros, melancólicos y un tanto extáticos por lo general, se habían alumbrado con un fuego intenso; su boca entreabierta delataba esa seductora molicie que invade todo el organismo delicado de la mujer en las horas fugaces de la fiesta.

Nos sentamos en un sofá al concluir la pieza que habíamos bailado, y como yo tratara de guardar cierta distancia respetuosa, dejándose caer sobre el respaldo del asiento, e inclinando la cabeza graciosamente, me dijo:

--¿Por qué tan lejos? Acérquese usted más... tome mi abanico, deme aire, me sofoco...

Obedecí maquinalmente, y al acercarme rocé con suavidad su rodilla, que se adivinaba a través de la veste y sentí su contacto tibio y carnal.

--Más cerca, abaníqueme usted... así... ¡oh, ahora se respira!...--y suspiró con toda el alma, y, al suspirar, las curvas de su seno se desprendieron un instante del tul que las cubría y volvieron a dibujar su sobrio pero voluptuoso busto.

Yo me había acercado a mi compañera todo lo que el buen gusto permite.

Felizmente en aquel momento se organizaba una cuadrilla, y la fila compacta de las parejas nos cubría de las miradas de todo el mundo. Hay veces que un baile es más solo que un desierto. La música rompía en seguida y Blanca y yo, en nuestro sofá, gozábamos de la ventaja de que nadie se preocupara de nosotros.

--¿Y su padre? ¿hace mucho que murió?...--me preguntó con un acento lleno de ternura.

--Veintidós años, cuando yo era un niño...--le contesté.

--Es triste sin padre y sin madre, tan joven...

--Muy triste, Blanca.

--Y tanto más, cuanto que usted no tiene fortuna y la fortuna es hoy indispensable en Buenos Aires. Sin fortuna la vida debe ser abominable. Al menos, yo no la concibo.

--¿No cree usted en el amor?...

--¿Solo?--me observó vivamente.

--Sí--le dije mirándola con fijeza.

--¡No!--me contestó ella con indiferencia...--¿quiere ser mi amigo? ¿Quiere guardarme una confianza?... Yo soy una mujer rara, extraña. Yo no he amado nunca y no sé si lo que he sentido alguna vez, puede llamarse amor; pero jamás, aun amando mucho, me casaría nunca con un hombre pobre. Tengo horror, miedo, por la pobreza...

--Es triste--le repliqué;--ser de un hombre a quien no se ama, debe ser algo terrible en la vida...

--No lo creo. Se puede amar al marido, amarlo como a un amigo... al fin el marido no es otra cosa a la vuelta de diez años. ¿Cómo concibe que don Ramón, su tío, esté enamorado de misia Medea? ¡Imposible!

--¡No, Blanca! Pero, si usted se casa con un hombre a quien no ama, ¿cómo puede cerrar su alma para siempre, usted flor del mundo al fin?...

--¡Pero, no cerrándola, amigo mío!... Yo no sé si algún día me enamoraré, pero si tal cosa sucediera, soltera o casada, yo seguiría el imperio de mis pasiones...

--¿Casada, también?...--le pregunté, aproximándome todo lo más posible.

--¡Casada, también!--me contestó, y su aliento me embriagó el rostro. Aquella mujer estaba enloquecedora en aquel momento.

La noche, aunque de julio, era tibia, y los balcones que dan a la calle del Perú, estaban entreabiertos: nosotros estábamos sentados cerca del tercer balcón. Una pareja de esas que se forman con una mamá aburrida y un acompañante de compromiso, vino a sentarse a nuestro lado y nos consagró una mirada de indiscreta curiosidad. Yo aproveché la ocasión para invitar a Blanca a que abandonásemos el campo al enemigo y ella aceptó. Al pasar junto a la puerta del balcón, exclamó:

--¡Qué espléndida noche!--y se detuvo un instante sobre el marco de la puerta;--¡hace un calor tan insoportable en la sala!

--En efecto, la noche es soberbia--le dije;--¿salgamos al balcón?--agregué acompañando mi palabra con una ligera presión en el brazo que tenía enlazado con el mío.

--Nos criticarán...--me repuso.--Este mundo no ve tan bien estas cosas... pero a mí no me importa nada de él, salgamos;--agregó resueltamente, y tomando ella misma la hoja de la puerta, la abrió y juntos entramos en el balcón.

Eran las tres de la mañana, la luna en menguante ya, iluminaba los techos de la ciudad dormida, la calle estaba solitaria, los faroles de gas, con su luz roja, titilaban, formando desde la esquina del club hasta el Retiro una senda que parecía alumbrada por candilejas.

Al entrar en el balcón, alguna pareja nos había entrecerrado de nuevo las puertas y desde afuera, donde imperaba la sombra, hacía un contraste raro aquella sala profusamente iluminada en la que las diferentes tintas de los trajes, la música y el bullicio, producían un movimiento variado y constante.

--Nos han encerrado--me dijo Blanca...--¡es original!...

--¿Tiene usted miedo de estar sola conmigo?...--le pregunté.

--¡Miedo yo! jamás lo he tenido... ¿qué podría temer de usted?...

--¿De mí?... nada, sino que la admiración que usted me inspira me hiciera aprovechar este momento para cometer una locura.

--¿Qué locura?--me dijo, echándose para atrás con una sonrisa llena de voluptuosidad.

--Esta...--le contesté, y avanzando sobre el espacio del balcón hasta el rincón en que termina la reja, la impulsé suavemente, le saqué en un segundo uno de sus guantes, le tomé la mano, la llevé a mi boca, la rodeé con mis brazos el cuello y la cubrí de besos mudos e intensos que ella rehuía apenas, riendo entrecortadamente con cierta frialdad irritante.

El reloj del Cabildo golpeó en aquel momento las tres de la madrugada, y el eco de la campana se extinguió en el silencio de la noche.

--Sabe que tengo un hambre devoradora y que siento frío--me dijo,--entremos--y su rostro, al pronunciar estas palabras, no reflejaba la más mínima impresión por lo que acababa de suceder.

--Blanca--le dije,--¿me ama usted?...

--No lo sé--me repuso.--¿Para qué quiere saberlo? ¡Aunque lo amara, no me casaría con usted!...

--¿Por qué?

--Porque usted no tiene nada. Yo soy una mujer que amo mucho el mundo y el lujo... Necesito un marido que sea capaz de proporcionarme todos mis gustos... Deje que se presente, y, entretanto, ámeme, siga amándome, le daré todo mi corazón--añadió riendo a carcajadas. Y cambiando de tono y como adoptando una resolución, añadió:--tengo hambre, ¿lo oye usted? ¡lléveme a cenar!

Salimos del balcón y entramos de nuevo en la sala. Yo tenía la sangre en la cabeza, pero aquella mujer estaba fría como una lápida. En la escalera del comedor encontramos a don Benito que paseaba a Fernanda todavía.

--¿Qué tal, hijita mía--le dijo Fernanda pasándole la mano por la cara,--te diviertes?

--Ah, mucho, mucho, mamá--replicole Blanca.

--¿Y usted, señor don Benito?... Sabe que tengo que darle las gracias por el compañero. Es un maestro; baila el vals admirablemente...

--¿Nada más que el vals?--preguntó con sorna don Benito.

--¡Oh, nada más! Ninguna mujer chic baila otra cosa... ¿No es verdad, mamá?

--¿Por qué no?... Las cuadrillas son de regla en un baile.

--¡Para nosotros no! Nosotros hemos pasado las últimas en el balcón...

--¿Que dices, Blanca?--preguntó Fernanda con un acento de sorpresa.

--¡Sí, mamá, en el balcón!