La gran aldea; costumbres bonaerenses
Chapter 7
Así sucedía no pocas veces en épocas de agitaciones bursátiles, que detrás del corredor que partía a venderle sus títulos, salía por otra puerta un segundo con encargo de hacer el alza; y por la tarde, cuando uno y otro regresaban a dar cuenta de sus operaciones, don Eleazar tomaba la palabra y hablaba en el lenguaje y el acento de un varón santo y convencido:
--Así es, señor don Tomás, así es; ya que ellos lo han querido, bien empleado les esté. ¡Ya usted sabe, señor, que a mí no me gusta hacer mal a nadie! Pero ¿qué puede hacer un hombre honrado en estos tiempos de tan mala fe? ¡Es menester resguardarnos! Vea usted, señor; yo he hecho muchas obras de caridad en este país, cuando tenía cómo hacerlas; no hay uno de esos que me quieren arruinar, que no me deba todo lo que tiene. ¡Yo he sido siempre el mismo con ellos; dos fortunas he perdido por ayudarlos! Dos fortunas, señor, y sólo por necesidad me veo obligado a defenderme.
Y cuando don Eleazar llegaba al fin de su discurso, abría su caja de rapé, invitaba a su interlocutor, y en seguida sacaba de sus profundas faltriqueras un largo pañuelo de la India con el cual se sonaba las narices y se cubría el rostro, para hacer más expresivas sus lamentaciones.
En el orden interno del escritorio, don Eleazar era de una severidad que rayaba en crueldad; jamás una licencia, un respiro, un descanso para sus dependientes. Se trabajaba allí de día y de noche sin reposo, bajo la dirección inmediata de don Anselmo, el _alter ego_ de don Eleazar; un mozo español, de cuarenta años, sagaz, alerta y ladino para los negocios como un capeador para burlar el toro, y sin el cual rara vez don Eleazar celebraba conferencias sobre negocios delicados e importantes.
Don Eleazar jamás se presentaba en teatros, bailes y paseos. Venía por la mañana de su quinta en su clásico cupé tirado por dos caballos gateados, mansos y tranquilos, que volvían a conducirlo por la tarde o por la noche, si las exigencias del trabajo reclamaban su presencia en el escritorio después de comer. Pero, si don Eleazar no andaba en sociedad, su nombre y su influencia se dejaban sentir en mil formas distintas: en las elecciones formaba siempre parte en los dos bandos sin dar su nombre, y concurría eficazmente al triunfo de ambos partidos con sumas gruesas de dinero.
El sabía bien que a los que saben negociar en política, esta buena madre les devuelve el préstamo con capital e intereses compuestos; y como para él lo mismo eran los nacionalistas y los autonomistas, los porteños y los provincianos, los federales y los unitarios, con todos promiscuaba, porque en la viña del Señor tanto valía para él ser judío como cristiano.
Una noche, al retirarme tarde del escritorio, don Benito me esperaba en la puerta de la calle con evidentes manifestaciones de sobresalto.
--Y...--me dijo al verme,--¿qué ha sucedido hoy en lo de don Eleazar?
--Nada--le contesté,--el día ha sido como el de ayer, sin novedad.
--¿Sin novedad? ¿Pero usted embroma o es tonto?--me replicó mirándome fijamente al rostro.
--Mi costumbre de no bromear nunca, me obliga a confesar que soy tonto. No sé lo que sucede...
--Pero, amigo, ¿qué; no sabe usted que su patrón ha quebrado?--me preguntó.
--¿Quebrado? ¡No puede ser, imposible! ¿Quién se lo ha dicho?
--¡Pero si es voz pública!--me replicó don Benito,--no se habla de otra cosa en la ciudad.
--¡Pues, señor, yo no he notado lo más mínimo en el escritorio, y hoy ha sido sábado, se ha pagado a todo el mundo!
--¡Hombre! ¿Está usted seguro?--me repitió don Benito con asombro.
--Como que estamos hablando en este momento.
--Pues, sepa usted, mocito, lo que no sabe--me dijo;--y tomándome confidencialmente del brazo, me llevó a su cuarto, me hizo sentar y me refirió lo siguiente, después de haber encendido un cigarro habano:
--Don Eleazar de la Cueva, como usted sabe, trae revuelta la Bolsa desde hace tres meses. Lo mismo que un general que con un ejército numeroso invade un país dilatado, él ha puesto en juego allí dos o tres millones de duros. Comenzó por comprar acciones de ***, monopolizó el mercado, se hizo dueño de todos los papeles, y conseguido esto, manteniendo siempre la demanda, trataba de vender a precios exorbitantes lo que había comprado a precio vil.
Pero don Eleazar ha encontrado la horma de su zapato; mientras sus agentes, divididos en dos bandos que operaban en sentido contrario, preparaban su golpe, él no contaba con que en esta tierra del papel-moneda, una nueva emisión es asunto de poca monta, y la cuerda tirante con que él tenía presos a sus deudores, se ha aflojado; la nueva emisión se ha hecho y he aquí que la baja más espantosa se ha operado.
En esta situación, don Eleazar ha resuelto no reconocer sus operaciones. El tiene razón hasta cierto punto; exige _fair play_, como los luchadores ingleses. En la casa de la Bolsa, todo es permitido como en la guerra; jugar públicamente al alza y clandestinamente a la baja; lanzar un _gato_, dar una noticia de sensación, asegurar que la guerra con Chile es un hecho, que nuestra escuadra está en un estado atroz, que nuestro ejército será derrotado en caso de una batalla; en una palabra, sembrar el terror sin consideración de ningún género por el patriotismo; pero jugar con armas de doble carga, no. ¡Eso no, eso nunca!... Don Eleazar en estas materias es correctísimo, y, sobre todo, cuando en vez de ser él quien apunta, acontece que es contra él contra quien se vuelven las bocas de los cañones. Pero lo peor de todo, mi amigo, no es eso. Lo peor es que don Eleazar, aprovechando su desgracia, porque es capaz de aprovechar todo y sacar de todo ventaja, ha resuelto no pagar a nadie. A él lo sitian por hambre, pero él les cercena el agua y el pan, y con la misma cuerda con que lo ahorcan, él procura ahorcar a sus adversarios.
--Quiere decir que yo me encuentro en la calle--le dije al oírle terminar su relación.
--¡Oh, no! ¿cree usted que don Eleazar es hombre de despedirlo por cosas de tan poca monta?... No. Su quiebra es una quiebra que no lo arruina ni lo lleva al tribunal; todo se resuelve para él en no pagar; las deudas de Bolsa no son deudas, y en el caso de don Eleazar ha pasado ni más ni menos lo que sucede en una casa mala de juego cuando se apagan las luces: cada jugador defiende con el puño lo que puede, y le aseguro que su patrón sabrá defender lo suyo. No se alarme: no perderá el puesto.
--No me alarmo, don Benito, por tan poca cosa--le repuse riéndome a carcajadas.--¡Soy yo quien resuelvo no volver al escritorio de don Eleazar! No me cuadran ni el hombre ni el empleo.
--Hace usted bien, amigo: eso lo honra.
--No, don Benito; ni me honra ni me deshonra; no hago una quijotada, ni tendría derecho para hacerla. Don Eleazar se ha portado bien conmigo; me ha pagado religiosamente mis sueldos y ha tenido el buen gusto de no imponerme de sus negocios.
--¿Y qué va usted a hacer?
--No lo sé, pero mañana lo sabré. Desde luego disponga usted de mi cuarto: ¡tenemos que separarnos!
--¿Separarnos? ¡Jamás!--me contestó el buen viejo irguiendo su noble cabeza y acompañando sus palabras con un gesto enérgico que denotaba el profundo sentimiento que le había ocasionado mi resolución.--¿Separarnos? ¡Nunca!--me repitió:--mire, Julio... Mira, hijo mío--agregó,--déjame que te tutee, mis canas me dan derecho para ello, ¿es cierto?
Y como yo le hiciera un signo afirmativo, prosiguió conmovido:
--Yo he respetado hasta hoy la resolución de tu tío, pero debo confesarte que he sufrido al verte en casa de don Eleazar. Ese empleo no te corresponde, y lo que no me explico es cómo Ramón te ha colocado allí...
--Mi tía, usted sabe...
--Sí, que lo gobierna como a un trompo; pero esa no es una razón para que te descuide. Mira--me dijo,--desde hoy yo me encargo de ti. ¡Qué diablos! Soy viejo, pero tengo el alma joven todavía: seré tu padre y tu hermano al mismo tiempo. Tengo mala fama en el mundo: las mujeres como misia Medea me aborrecen, porque no creo en deidades políticas; y los hombres como don Eleazar tampoco me pueden pasar, porque no sé hacer negocios de los que ellos hacen. Viviremos juntos; de cuando en cuando oirás en mi cuarto alguna voz de mujer... ¡qué quieres!... Soy hombre... súfreme estos extravíos. Las mujeres me enloquecen, por eso he tenido el tino de no volverme loco por una sola: me he enloquecido por todas y no me he casado con ninguna; espero no caer en la tentación de hacerlo en los años que tengo. Soy risueño, despreocupado y franco: vivo sin misterios y tomo la vida tal como es. Allá en mis mocedades he leído mucho; pero una sola lectura me ha aprovechado de todas las que he hecho: ahí está junto a la cabecera de la cama: _Rabelais_.
Cuando tengas mi edad y hayas corrido el mundo, verás que tenía razón: es el único libro que ayuda a bien morir, por eso lo abominan los jesuitas. No tengo hijos, o más bien dicho, no sé si los tengo, porque, si lo supiera a ciencia cierta, no los negaría como padre; pero en la duda, tú bien sabes que es mejor abstenerse, porque esto de tomar como propias las obras de otros, es un poco grave. Y yo huyo del ridículo sobre todo. No tengo ningún amigo de mi edad: mis amigos son los jóvenes de la tuya, vivo con ellos, enamoro con ellos y escandalizo también con ellos este salón porteño en que hay muchas mujeres lindas y tanto tonto que se las lleva.
Y, al terminar, don Benito me estrechó fuertemente en sus brazos y contra su pecho, y yo no pude contener las lágrimas que me saltaron a los ojos.
Al día siguiente me presenté en lo de don Eleazar, de mañana. El patio estaba lleno de gente que cuchicheaba y accionaba con animación: las puertas del escritorio cerradas. Me acerqué y golpeé los cristales: al abrirme don Anselmo, que me reconoció, dos o tres de las personas del patio se arrojaron sobre la puerta del escritorio con la pretensión de entrar.
--Perdonen ustedes, no pueden ustedes entrar...--les dijo don Anselmo, y les dio casi con la puerta en las narices.
Y pude ver que uno de ellos levantaba el puño de la mano en actitud amenazante.
En dos palabras di cuenta a don Anselmo de mi resolución de abandonar la casa.
--Vaya, vaya, ¿a usted también lo ha picado la tarántula?
--A mí no me ha picado ninguna tarántula; ni quiero, ni tengo nada que ver con los que protesten afuera ni contra los que se encierran adentro, vengo a agradecer a don Eleazar el honor que me ha hecho y a comunicarle mi resolución. ¿Me quiere usted anunciar?
--No se si podrá recibirlo a usted...--me dijo don Anselmo moviendo la cabeza.
--Vea usted si puede... quiero cumplir lo que yo considero un deber.
Don Anselmo pasó a la habitación contigua, que era la de don Eleazar, y después de un rato regresó.
--Dice don Eleazar que puede pasar--me dijo.
Yo entré resueltamente. No olvidaré nunca el cuadro que se presentó a mi vista. Casi en el medio de la habitación, junto a un escritorio elevadísimo, donde don Anselmo acostumbraba a escribir bajo el dictado de don Eleazar, sentado sobre un esqueleto de silla, estaba éste, desayunándose, delante de una mesita muy poco más grande que el plato en que comía. Un sirviente gallego le servía sin pausas, plato tras plato, y don Eleazar comía con la gravedad de un oso que devora su ración. En un rincón de la pieza, de pie, tres hombres presenciaban esta colación matutina en completo silencio.
--Entre usted, señor don Julio, ¿también nos abandona usted en los días de prueba?...
Yo expliqué las causas de mi renuncia, procurando convencerlo de que ella era completamente extraña al reciente desastre comercial; pero don Eleazar, conmovido, a pesar del apetito con que devoraba sus viandas, se daba maña para lamentarse con palabras que partían el corazón.
--Bien, joven, puesto que usted lo ha resuelto, separémonos; pero usted me hará justicia algún día... ¡Vea usted la situación a que me veo reducido! ¡Todo lo he perdido! Desde hoy vivo de la caridad de mis parientes; sí, señor, de la caridad de la familia... Aquí me tiene usted preso; ¡yo preso en este país que he colmado de beneficios! ¡No ve usted, señor, que hasta la autoridad se complota en mi contra! ¡Vea usted, señor, todos esos hombres que se acercan a los vidrios y que me amenazan, me son completamente desconocidos! ¡Yo nunca he tenido trato con ellos! ¡No los conozco! ¡Y me persiguen, señor, me persiguen a muerte! ¡Vean ustedes a lo que estoy reducido! ¡A no poder comer estos bocados en mi casa, porque son hasta capaces de envenenarme! ¡Y si no fuera por mi fiel Juan (exclamaba mirando expresivamente al gallego que le servía el almuerzo), si no fuera por él, quién sabe lo que habría sido de mí!
Pero yo te recompensaré algún día... tú sabes que todo lo he perdido, que no tengo nada, que me es imposible por consiguiente satisfacer mis compromisos! ¡Dilo, Juan, a todos; es posible que a ti te crean!... ¡Dígalo usted, joven, asegúrelo, usted sabe mis negocios, todos son claros, tan públicos, tan legítimos!... ¡Ustedes lo saben, señores... yo he sido víctima de gente (agregaba encarándose con don Anselmo que le contestaba con un signo afirmativo) sin ley ni principios!... ¡Usted lo sabe, don Anselmo, usted sabe todos mis negocios, conoce mi casa!... ¡No me es posible cumplir, y no lo siento tanto por mí, sino por tanta persona excelente a quien tendré que perjudicar, contra todos mis sentimientos!... ¡Vean ustedes, vean ustedes cómo amenazan esos hombres! ¡Se creería que yo me he quedado con algo de ellos!... ¡Gracias, Juan, gracias, hijo mío, sírveme el té, no tengo apetito!... ¡pruébalo tú primero, mira si tiene mal gusto!... ¡Ah, señores, yo tengo la conciencia tranquila!...
Y mientras don Eleazar se lamentaba, todos lo oíamos en silencio, como consternados por la horrible desgracia de ese hombre providencial que engullía como un tiburón, en medio de la catástrofe de su fortuna. Fueme necesario cortar de un golpe aquella eterna elegía y despedirme para siempre de ese antro en que había estado ocho meses.
¡Lo que es el mundo de malo! Al salir, los acreedores del patio, que echaban espuma por la boca, decían que don Eleazar había realizado quinientos mil duros de ganancia y que ellos se quedaban en la calle. ¿Quién podía creerlo?
XI
Rigurosamente encorbatado de blanco, con un frac de Poole y un par de _pumps_ de Thomas, don Benito penetraba una noche en mi cuarto, elegante y joven como un muchacho de veinticinco años.
Yo me vestía lentamente; aquella noche hacía mi estreno en el club. ¡El club!... No es necesario decir que es el Club del Progreso de que hablo, y que el baile en perspectiva es un baile de julio: la gran _attraction_ de la _season_ porteña.
--¿Todavía en ese estado?...--me dijo al verme complicado en los preparativos de la camisa;--¡es la una casi!...
--¡Ah! ¿qué cree usted? Es cosa seria preparar una camisa... recuerde usted que me estreno.
--¡Ca! un hombre elegante no se fabrica; nace... Mírame--me dijo--cuadrándose en el medio del cuarto.
--Bueno, tenga paciencia, yo no soy usted... yo no soy elegante...
--Sí, pero te cuadra Blanquita, ¿no?... Y no supongo que te prenderás como un tendero para enamorarla, mira que es mujer tan suelta y ligera como la madre... y quiero que la conozcas.
--No embrome con Blanquita, ya sabe que Blanca no me cuadra y que yo tengo una novia en...
--Está bien, cásate con aquélla, pero enamora a ésta... no seas tonto...
--¿Y si no me hace caso?
--¡Qué no! La madre te adora y la madre es la protectora de esa criatura.
--¡Oh! Fernanda me conoce desde muchacho: tenía veinticuatro años cuando yo tenía diez o doce, pero la hija...
--La hija es igual a la madre; ambas son mujeres de coraje y de avería, lindas como unas tórtolas y peligrosas como dos lobas.
--Esta noche estarán radiantes, serán las reinas del baile, el señor Montifiori hará brillar su legación vacante.
--¡Montifiori!... ¿Qué clase de hombre es Montifiori?...
--Te lo diré después... vamos, átate la corbata pronto.
--¿Va bien así? Muy grande el moño, ¿no?...
--No; está bien, las mujeres no se fijan en eso; el pescuezo de los hombres les es indiferente. Bueno, ponte el frac; ¡excelente! Estás hecho un lord. ¡Si yo tuviera tu cuerpo y tus años y tú mi experiencia!...
--¡Siempre el viejo proverbio, don Benito!... ¡Ah! no hay nada completo en el mundo.
Di una vuelta por mi cuarto, tomé mis guantes, puse el gas a media luz y salimos yo y mi viejo compañero. Hacía un frío de todos los diablos, pero el cupé de don Benito estaba a la puerta; nos encerramos en él y empezamos a deslizarnos sobre los rieles del tranvía a todo trote. En cinco minutos estábamos en la cuadra del Club del Progreso: tuvimos que esperar algunos minutos más para que le llegara a nuestro carruaje el turno de acercarse, y por fin bajamos en la puerta entre un grupo de hombres y mujeres que subían apresuradamente la escalera muellemente tapizada y adornada con flores y guirnaldas verdes.
¿Quién no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es por cierto la entrada del palacio del Elíseo y la escalera no es una maravilla de arquitectura.
Sin embargo, para el viejo porteño que no ha salido nunca de Buenos Aires, o para el joven provinciano que recién llega de su provincia, el Club es, o era en otro tiempo, algo como una mansión soñada cuya crónica está llena de prestigiosos romances y en el cual no es dado penetrar a todos los mortales.
Don Benito conocía la casa desde su fundación y gozaba en ella de una influencia única. Al entrar, jóvenes y viejos lo saludaron con cariño como un antiguo amigo.
El buen viejo, poniéndome el brazo izquierdo sobre la espalda, me condujo al quiosco de cristales donde nos sacamos los paletós y nos consultamos un momento la figura sobre los espejos.
En aquel momento la orquesta tocaba la última parte de las cuadrillas de _Carmen_...
Toreador, toreador en garde...
y la música de Bizet, saturada, por decirlo así, en la sangre misma de Merimée, distribuía al cuerpo de las mujeres que formaban los cuadros, los tonos calientes con que el joven maestro ha rimado ese extraño poema de amores plebeyos y bajas venganzas.
El salón, híbrido, y en el cual el gusto refinado de un _clubman_ de raza tendría mucho que rayar, desaparecería ante la masa compacta de hombres y mujeres que lo llenaban.
Mi viejo amigo me dio el brazo y entramos juntos a ocupar nuestro lugar en aquel _bouquet_ porteño que julio forma todos los años con la exactitud con que se celebra un aniversario.
Es en un baile del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapas treinta años de la vida social de Buenos Aires: allí han hecho sus primeras armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del año 52 fundó ese centro del buen tono, esencialmente _criollo_, que no ha tenido nunca ni la distinción aristocrática de un club inglés ni el _chic_ de uno de los clubs de París. Sin embargo, ser del Club del Progreso, aun allá por el año 70, era _chic_, como era _cursi_ ser del Club del Plata, con perdón previo de sus socios.
La entrada era cosa ardua: no entraba cualquiera: era necesario ser crema batida de la mejor burguesía social y política para hollar las mullidas alfombras del gran salón o sentarse a jugar un partido de _whist_ en el clásico salón de los retratos que ocupa el frente de la calle Victoria.
En esta última sala, larga y fría como un zaguán, que ha sido empapelada cien veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumido cincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido una generación de la cual van quedando muy escasos representantes. Allí ha mordido la maledicencia urbana a los jugadores trasnochadores, a los maridos calaveras, a la juventud disoluta y disipada, y cada mordisco de mamá indignada ha hecho los estragos de la viruela en el retrato moral de las víctimas. La maledicencia de la gran aldea es como la calumnia del _Barbero de Sevilla_: del _venticello_ pasa al huracán y ¡ay de aquel que se encuentre envuelto en la ráfaga!
El Club del Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres públicos que han estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fácil que se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez; ¡y a mí, no sé por qué, se me ocurre que algunos de los retratos de los hombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores, hacen una mueca cada vez que un pollo acompaña un discurso sobre la libertad del sufragio con un golpe que asienta sobre el damero una reina jaqueada por la chusma de los peones sobrevivientes!
¡Falta allí el retrato del padre Castañeda! ¡Y sobre todo, falta el espíritu! ¡También veinte, treinta años, de hacer lo mismo!
Hasta hace muy poco, la biblioteca no era muy copiosa que digamos. Mucha _Memoria_, mucho _Registro Oficial_, pero a condición de no encontrarse nunca cuando se pedían; y en la mesa de lectura, todos los diarios porteños, vacíos y estériles como sábanas de monja, luciendo el artículo editorial al frente, extenso riel de plomo en que, para valerme de una figura bíblica, se fatigan los caballos de la imaginación. En la mesa de lectura el _Illustrated London New_ y la _Revue_ (casi sería inútil agregar _des Deux Mondes_, si no habláramos en el club); la _Revue_ en que M. de Mazade produce el artículo burgués que en un tiempo firmaron Forcade y Lanfrey y algunos diarios franceses que casi siempre sirven de adorno, como esos ramos secos que se pudren en las salas por olvido de los sirvientes. A pesar de esto, cualquiera creería que allí se lee... ¡nada de eso! Allí se conversa: en el grupo de muchachos alegres y espirituales, que entra a las 12 de la noche repitiendo la última nota de Tamagno, no falta un ejemplar de denso burgués pantagruélico, gastrónomo noctámbulo, engordado y enriquecido por el vientre libre de sus vacas, que se hace servir allí mismo un chorizo por noche, mientras que, con el profundo desdén del bruto feliz, descuidado el traje, pelado a la _mal-content_, mira todo lo que le rodea con satisfecha apatía, llevando la mano al renegrido cabello y dragándose la caspa de aquella mollera inerte con la uña afilada del índice.
No falta tampoco el idiota de la aldea, magín descompuesto, candidato de pillos, víctima de las bromas aldeanas, enloquecido con ideas sobre filantropía, abriendo la boca de admiración y pestañeando con un ojo que sufre de perlesía intermitente, mientras la pupila del otro se le sale como el carozo de un durazno prisco.
Ni el Tenorio de suburbio que no se modifica; que se viste hoy como ayer, con abalorios de altar mayor y prendas de precio fijo; sano, insulso, inofensivo, olvidado por los buenos y mortificado por los que todavía creen que es de buen tono zaherir o burlarse de los inocentes.
Y entre esta sociedad híbrida e incolora como la Memoria de un ministro, mi amigo don Benito, cuya acrisolada y noble honradez se confunde por el positivismo contemporáneo con el sueño de un iluso, solía de repente estallar con noble sarcasmo, sintiendo probablemente cuán estériles han sido las desgracias del pasado y cuán injustamente ha repartido el destino sus favores en el presente.
Pero el club es el club, y aquella noche, los violines, riendo bajo la cuerda de los arcos, transmitían la alegría y el entusiasmo singular de la música a todos los semblantes.
De pie, delante de la puerta que da paso a la gran escalera del comedor, yo seguía el vuelo espiralado de las parejas impelidas por el soplo caliente de un vals de Metra. No sé por qué, esos valses fascinadores, de cumplidas y ondulantes frases, que parecen dibujadas en el éter por la batuta mágica del maestro, me produjeron una profunda melancolía, trayéndome al recuerdo unos versos en que Hugo contempla, a través de los cristales empañados por el frío de la noche, el cuerpo de su amada enlazado por el brazo de un rival feliz.
¡Pero qué variado espectáculo!