La gran aldea; costumbres bonaerenses
Chapter 4
Mi tía tomó asiento en lo de Bringas con el fin de esperar el anhelado boletín, y como el cadete que había ido en su busca tardase demasiado, don Narciso despachó otro dependiente más, y detrás de él salieron tres o cuatro parroquianos, cuya impaciencia por conocer las nuevas no les permitía esperar. Mi tía, que no era mujer de esperar, se puso también en marcha hasta la bocacalle y me arrastró consigo.
En una vieja casa de la vereda norte de la cuadra de Victoria entre Bolívar y Perú se agolpaba la muchedumbre, y de cuando en cuando un cohete volador que partía desde el interior de la casa, atronaba los aires.
Mi tía pujaba por abrirse paso, haciendo esfuerzos inauditos para conservar la manteleta sobre los hombros. En la puerta de la imprenta un joven de veintidós años, más o menos, parado sobre una mesa que interceptaba completamente el zaguán de entrada, repartía con dos o tres hombres el boletín de noticias que acababa de imprimirse, y contestaba vivamente a las diferentes preguntas que le hacían los parroquianos con una vocecita tiple y chillona, que en vano se esforzaba por hacer varonil.
Los compradores que conseguían obtener su boletín, salían corriendo después de haber luchado por romper la verdadera muralla humana que cerraba la calle.
Mi tía se engolfaba cada vez más en el pelotón de gente aglomerada. Caparrosa, el cadete de Bringas, un galleguito ladino y vivaracho, había conseguido treparse en una reja, y enfilando casi por una tangente al joven que vendía los boletines en la entrada, le gritaba:
--A mí, don Jacinto, a mí; me manda don Narciso. ¡Eh, don Jacinto, eh! don Jacinto, don Jacinto, soy el cadete de lo de Bringas. Uno para mí, aquí tiene el peso--y mostraba el billete hecho pelotón entre los dedos.
El interpelado, después de mucho rato, y aturdido probablemente por los gritos de Caparrosa, lo vio al fin trepado en la ventana y metiendo apenas la cabeza en dirección al zaguán y arrugando el boletín para tirárselo, le gritó:
--¡Largá el peso!
--Ahí va, don Jacinto, ahí va, agárrelo, ahí va--y Caparrosa tiró su peso con tal maestría, que don Jacinto lo cazó en el aire, ni más ni menos que un gato caza una mosca al vuelo.
Caparrosa tomó el boletín y trató de descolgarse de la ventana; pero mi tía, que ya había conseguido abrirse una brecha y tomar posiciones, le gritaba:
--No te bajes, muchacho, no te bajes, cómprame a mí otro, espera--y diciendo y haciendo, forcejeaba su ridículo que se obstinaba en no abrirse, hasta que, después de mucho forcejear, pescó un peso, y estirando todo cuanto le fue posible el brazo derecho, lo alcanzó a Caparrosa que continuaba trepado en la ventana.
--Otro, don Jacinto, otro boletín para la señora de Berrotarán: ¡Pshit, pshit, don Jacinto! ¡Otro boletín!--seguía gritando y accionando Caparrosa con la única mano libre que le quedaba en su envidiable posición de la reja.
--Largá el peso--volvió a contestar don Jacinto.
--Ahí va, ahí va el peso, barájelo--y Caparrosa tiró el peso, y don Jacinto lo volvió a cazar en el aire.
Caparrosa se descolgó por fin de la reja con sus boletines, y junto con él, mi tía y yo comenzamos a forcejear para abrirnos paso a través de la multitud.
Al cabo de unos minutos salía mi tía bañada en sudor de aquel combate; y acomodándose la gorra sobre los _bandeau_, entraba triunfante en lo de Bringas con un boletín en la mano.
--¡Triunfo completo; aquí está, véalo, léalo usted!
Don Narciso tomó el boletín, mi tía se sentó en una silla y los demás circunstantes rodearon al lector. Don Narciso leyó con voz conmovida. La victoria era completa. A la lectura de cada nombre de guerrero, las exclamaciones de júbilo de los oyentes interrumpían al lector.
De repente, la frente de don Narciso se nubla, mira a mi tía, mira a los demás circunstantes, levanta al cielo sus ojos, y, con la voz más quejumbrosa y desgarrante, exclama:
--¡El Conde romano, muerto!
--¿El Conde romano? ¿Qué ha leído usted? ¡No puede ser! ¡Debe usted haber leído mal!--exclamaba mi tía sumamente afligida.
--Sí, señora, sí, lea usted, vea: «tenemos que lamentar por nuestra parte la muerte del joven Conde romano...»
--¡Ah, qué lástima de joven! ¡qué pena, qué dolor! Más de una muchacha se va a morir de tristeza: Joaquinita por ejemplo, la de Alegre, está perdidamente enamorada de él; en cuanto lo veía pasar a caballo, envuelto en su capa gris, aquella muchacha no se podía dominar y salía a la puerta de calle para verlo. ¡Pobre joven!
--Y la de Vargas, Victorita, lo mismo; aquí lo encontró una noche y no le quitaba los ojos--dijo don Narciso.
--¿Y qué será del ejército enemigo?--preguntó uno de los parroquianos.
--Se lo ha llevado el diablo, pues; eso no se pregunta.
--Deme mi boletín, don Narciso; me voy a casa a darle la noticia a mi marido, que estoy segura de que no sabe nada de lo que ha sucedido.
--Muy buenas noches, misia Medea. Ya sabe que tengo rica cinta celeste y blanca, y coco con los colores de la patria para que usted se sirva cuando regrese el ejército de campaña. Como usted ha de adornar su frente...
--¡De seguro! con usted y con toda su tienda cuento... ¡Ah! la muerte del Conde romano no me permite gozar de la noticia por completo.
--Vamos, vamos, Julio, y mi tía me indicó el camino para salir.
--¿Y este niño es de usted?--preguntó uno de los visitantes.
--No, señor, yo no he tenido nunca hijos; este muchacho es un sobrino de mi marido, hijo de Tomás, que murió hace tiempo.
--¿Qué Tomás?--preguntó a media voz el interpelante a don Narciso, sin que mi tía pudiese oírlo.
--Don Tomás Rolaz, hermano de don Ramón, aquel empleado de la contaduría... ¿no se acuerda usted, hombre?
--¡Ah! sí, ¿uno muy urquizista?
--El mismo.
--¡Ah! Adiós, amiguito--me dijo el señor curioso, que tanto se interesaba por saber de mí, tomándome del brazo y deteniéndome mientras mi tía ya pisaba la calle;--adiós... cuatro balas merecía éste como el padre--agregó en el mismo umbral de la puerta, frunciendo el gesto.
Yo me escurrí y me prendí del brazo de mi tía, llevando impresa la fisonomía de aquel señor, en quien había tenido la desgracia de levantar tanto odio y tanta pasión de venganza.
VI
Cuando llegamos a casa, mi tío, contra todos los cálculos de mi tía Medea, ya sabía la noticia de la batalla.
La casa estaba llena de gente, como de costumbre. Se repetían los comentarios que habíamos oído en lo de Bringas; la muerte del Conde romano producía entre las visitas extensas lamentaciones y tremendas protestas contra los cobardes enemigos.
Mi tía contó cómo había conseguido comprar uno de los primeros boletines.
A cada momento entraban sirvientes trayendo recados para ella: el doctor Trevexo la había mandado felicitar; los ministros habían hecho otro tanto; el señor Amador y el señor Palenque habían venido a hacerlo en persona. Mi tía rebosaba de orgullo y de entusiasmo.
Yo me retiré poco a poco de la sala y me fui en busca de los sirvientes que departían el mismo tema en las habitaciones interiores de la casa; las mulatas y negras de la servidumbre cotorreaban a destajo sobre política.
Solamente mi buen compañero Alejandro, un mulato que había estado al servicio de mi padre, guardaba silencio y mostrábase taciturno ante el alborozo de los demás.
Yo adoraba a Alejandro; tenía por él una profunda admiración; era el único en la casa que le hacía frente a la tigra, como él llamaba a mi tía. Era Alejandro un pardo alto, delgadito, enhiesto y flexible como un álamo: tenía la cabeza admirablemente puesta sobre sus hombros; entre los sirvientes tenía vara alta, como se dice; todos le llamaban don, y más de una le hacía ojos tiernos, porque Alejandro era _as_ entre la gente de color. Era cochero de mi tía, y cuando Alejandro empuñaba las riendas de la calesa de la señora de Berrotarán, los tordillos negros de mi tía, al tomar el trote largo, eran la pareja más famosa que por aquellos tiempos trotaba en la calle de la Florida y en el camino de Palermo.
Alejandro, del cual yo hacía lo que se me antojaba, no parecía muy satisfecho con las noticias que corrían por la ciudad aquella noche. Yo estaba desvelado con la excitación natural producida por los sucesos, y mi cabeza no pensaba sino en batallas y soldados.
Conseguí fácilmente que Alejandro me acompañara a mi cuarto: mi tío me había regalado varias cajas de solados de plomo, entre los cuales figuraba un regimiento de caballería en cuyo jefe yo creía entrever la figura invencible y milagrosa de don Buenaventura, el general y candidato de mi tía. Los detalles del boletín leído en lo de Bringas, me quemaban los sesos. La primera vocación de un muchacho es la guerra: tener un sable, un fusil, un cañón, aunque sean de juguete, generalmente por ahí terminan los hombres entre nosotros. Tener una o varias cajas de soldados, formarlos, hacerme la ilusión de que aquello es un ejército, ese era mi ideal en aquellos días.
Alejandro, que me comprendió, se echó al suelo largo a largo en mi cuarto, encendimos dos velas, las pusimos sobre la alfombra y comenzamos a formar las dos hileras de guerreros de estaño, una frente de la otra. Por demás está decir que en el ejército de Alejandro figuraba la broza de mis cajas de soldados; el enemigo no merecía otra cosa, mientras que en el mío, las filas estaban compuestas por infanterías y caballerías recién salidas de la plomería. Frente a mi línea de batalla, cabalgando en un corcel blanco en actitud de galopar, con elástico y pluma, sable desenvainado, yo había colocado a mi general. A su turno, Alejandro, sirviéndose de un soldadito roto, había puesto el suyo al frente de su línea y para provocarme me decía:
--¡Este es don Justo, mi patrón!
--¡Muera don Justo!--le grité yo, y, sirviéndome del proyectil recíproco, que era una pelota de goma, envié la primera descarga al campo enemigo, consiguiendo derrumbar toda una hilera de la tropa de Alejandro.
--¡Allá va!--me contestó Alejandro;--y la pelota entró por mi campo, llevándose el primero por delante a mi invicto general.
Lancé una mirada furibunda a Alejandro por aquella falta de respeto y con toda la energía de mis dedos volví a parar a mi capitán sobre el campo de acción; pero Alejandro, con una pasión pueril y tenacísima, volvió a sembrar la muerte y la desolación en mi campo por medio de un nuevo pelotazo que dirigió contra mi ejército.
--¡Basta! no quiero jugar más--le dije con mal humor;--mira, Alejandro. ¿Conoces la tienda de Bringas? ¿Sabes dónde es?
--Sí, niño ¡cómo no! ¿Por qué me lo preguntas?
--Porque esta noche hemos estado allí, y un señor alto preguntó quién era yo, y al salir, me dijo que yo merecía cuatro balas, como las hubiera merecido papá... ¿Por qué me ha dicho eso ese señor?
--Porque su papá no era como usted, partidario de ese general de estaño que usted quiere tanto.
--¿Y cómo lo es mi tío Ramón?
--¡Bah! su tío Ramón es un zonzo; ni tiene opinión ni sabe dónde tiene la nariz; le tiembla a la tigra, y a usted le ha dicho eso algún tendero adulón de los de por acá que conoció a su papá.
--Pero ¡qué! ¿papá hizo algún mal a ese señor?
--Ya lo creo, no tenía la misma opinión de él.
--Pues ¿y mi tía?
--Su tía es la que da la voz y el voto aquí, menos a mí, que, al fin y al cabo, uno de estos días le voy a dar un susto haciendo desbocar los caballos y echándola a una zanja por exaltada.
--¿Entonces yo debo pelear contra don Buenaventura?
--¡Pues ya lo creo, y ahí va un pelotazo más!--Y Alejandro acabó de derribar todos los soldados de mi ejército, mientras yo, pensativo, vacilante en la bondad de mi causa, dejaba hacer, sin atreverme a tomar la ofensiva.
Aquella noche me costó dormirme; era día entrado ya, cuando me desperté en medio del sobresalto de un sueño en que me veía amarrado a un árbol, y en momentos de ser fusilado por el señor de la tienda.
VII
Una tarde del mes de enero entró mi tío Ramón a casa con la noticia de que al día siguiente desembarcaría indefectiblemente el ejército vencedor por el muelle de pasajeros. Hacía días que se venía anunciando el regreso de las tropas, y mi tía, cuya casa estaba situada en una de las principales cuadras de la calle de la Victoria, aceptando la oferta de su gran amigo correligionario don Narciso, tenía ocupadas a todas las sirvientas de la casa en coser piezas y piezas de coco blanco y azul para adornar los balcones con ellas y con una gran cantidad de banderas y gallardetes de toda clase que le había prestado, según ella contaba, un comisario de policía, gran amigo suyo.
Mis tíos habían invitado a todas sus relaciones para ver pasar las tropas desde los balcones, y Alejandro, bastante mal humorado por cierto, pasó toda esa tarde y parte de la noche en invitar por recado a todas las amistades de la familia.
Al día siguiente reinaba en la ciudad un inmenso entusiasmo; hombres y mujeres hervían en el puchero porteño, como diría el autor del _Diablo Cojuelo_. Todas las elegancias, todo el caudal de las modas habían sido reservadas para aquel día. Muchas matronas de peso, que hoy han trepado la cima de los cincuenta, eran criaturas adorables entonces y esperaban con las manos llenas de flores y coronas el desfile de sus guerreros predilectos, hoy maridos vichocos o solterones embalsamados, que purgan el delito de su inconstancia en el Club del Progreso reflexionando sobre una mesa de dominó.
Me habían vestido de nuevo aquel día, y mi tía, que participaba de la alegría general y gozaba por consiguiente de un buen humor excepcional, me había trazado un programa deslumbrador, cuya primera parte consistía en que yo no ocupara un sitio en los balcones, porque no había lugar, en cambio de ir al Bajo a ver las tropas con Alejandro y por la noche al teatro con mi tío. Yo bailaba de júbilo. Ir a la fiesta solo, con Alejandro, era una dicha; el mulato reacio y voluntarioso, se había obstinado en no salir y, encerrado en su cuarto, se negaba a complacerme; pero fueron tantas mis súplicas y mis empeños, que al cabo cedió, y muy de mañana nos pusimos en marcha para el muelle. La ciudad estaba completamente embanderada; yo seguía absorto de la mano de Alejandro, que, caminando con desdeñosa indiferencia, procuraba quitarle la vereda a todo aquel en quien él creía encontrar un transeúnte alegre. Entramos a la plaza Victoria; frente a la Policía se levantaba un arco adornado con banderas patrias y grandes palmas de sauce llorón. Yo quise ver el arco, como era natural, a pesar de la resistencia de Alejandro.
--¡Vamos, vamos, llévame--le decía.
--¡Bonita cosa quiere ver! no pierda el tiempo en ver mamarrachos; vámonos.
Pero tanto hice, que el mulato tuvo que ceder, y llegamos al arco que a mí me pareció colosal.
--Vamos, pues, niño; vamos.
--Aguárdate, vamos a leer lo que dice allí--y yo, que no era muy fuerte para leer de corrido, me puse a deletrear los motes de los bastidores:--«_Men-gua y bal-dón a los cobar-des que aban-do-na-ron a sus herma-nos en la ho-ra del pe-li-gro_».
--¡Mengua para ellos!--me contestaba Alejandro, taimado.
--Demos vuelta, vamos a ver lo que dice del otro lado del arco.
--Si no debe decir nada--me replicaba Alejandro...
--Sí, sí, vamos--y obligándolo a dar vuelta, me encontré con otro letrero.--No ves, porfiado,--le dije,--como aquí también han escrito.--¿A ver lo que dice?--Y después de mucho esfuerzo, deletreé:--«_Se-pul-cro del úl-timo de los ti-ranos.--Des-truc-ción de los úl-ti-mos res-tos de la maz-horca_».
--¡Ah, perros! ¿Eso han puesto?
--Eso, sí, ¿y qué tiene de malo? ¿Por qué te enojas?
--Porque todo eso es mentira, niño; es puro papel pintado, como todo lo que manda hacer el doctor Trevexo.
--Pues estás equivocado; ese letrero no lo ha puesto el doctor Trevexo, sino mi tía Medea: ella lo escribió el otro día y yo le oí decir que era para que se pusiera en uno de los arcos de la plaza.
--¡Ah, tigra! Sólo ella es capaz de tanta rabia--dijo Alejandro contemplando con ira el arco y levantando el puño en señal de amenaza.
Atravesamos la plaza y descendimos al Bajo por la calle de Rivadavia. Una inmensa turba, compuesta de gente de todas menas, llenaba la vereda y la calle, y se agolpaba contra la baranda de hierro de la muralla que da sobre el río.
Todos miraban el horizonte. El río estaba en bajante, y mucha gente curiosa ocupaba la playa, donde un enjambre de pilluelos saltaba y retozaba por las toscas. No faltaban personas graves que, armadas de anteojos de teatro, escudriñasen el río y consultasen con sus vecinos los puntos más remotos que se dibujaban en el límite del agua con el cielo.
--¿No le parece, señor, que han de venir por allí?--decía un hombre a otro que, valido de un pequeño anteojo de larga vista, interrogaba el horizonte con majestad.
El interpelado no contestaba nada, y parecía resuelto a emplear la más estudiada reserva con su interlocutor, que se mostraba sumamente interesado en trabar relación con él.
--¿Es telescopio ese?--insistió el oficioso.
El dueño del anteojo no contestó nada. Semiavergonzado el preguntón, mironos a todos los que rodeábamos al señor del anteojo, con cara de cretino como un individuo que se confiesa en una posición falsa.
Pero nuestro hombre no era individuo de ceder a dos tirones y reincidió.
--¿Me quiere dejar mirar un momento?
El dueño del anteojo tampoco contestó esta vez.
--¡Eh, señor!--repitió tocándole tímidamente sobre el brazo--¿me quiere dejar mirar?
El del anteojo sacó los ojos del vidrio, dio vuelta para ver quién le hablaba y contestó secamente:
--¡No!
El desairado trató de forjar una sonrisa para disimular.
Entretanto, había ganado posiciones junto a la reja del murallón donde estábamos, una señora gorda, con un peinado de bananas sobre el cual colgaba una mantilla española de chapa, metiendo codo a todos los obstáculos que había encontrado a su paso; la cara, iluminada por una capa de colorete recientemente aplicada, distribuía una sonrisa perenne por todas partes; y metida dentro de un vestido de moirée verde, inflado por un miriñaque movedizo y oscilante, parecía un montgolfier en el momento de elevarse.
Un lunar con pelo en la parte inferior de la cara daba a nuestra recién llegada un aire picaresco de coqueta retirada.
Acompañábanla dos muchachas de aspecto poco distinguido, pero llenas de arrumacos y perendengues, con unos cuerpos bien trazados, y unos bustos en los cuales la Naturaleza o el arte habían abusado con cierta insolencia de una inclinación marcada a la exuberancia. Las dos muchachas, oriundas del barrio de Monserrat seguramente, rayaban en los 20 o 22 años y penetraron en nuestro grupo, que ya se iba estrechando, metiendo una algarabía inusitada de gritos y risotadas cuyas causas no me podía explicar.
--Mira, mamá--dijo la mayor,--este caballero es tan amable, que te va a dejar mirar por el anteojo.
--¡Por Dios, Raquel! no molestes a ese señor... ¡qué va a decir de nosotras!--contestaba con un tono de aparente reproche la señora.
--¡Señor, señor! ¿quiere dejarnos ver por ahí?--insinuó la otra joven.
--¡Ah, no, por Dios, no se incomode usted!... Judit, por Dios, cállate--repetía la madre con un contoneo de cabeza continuo.
El del anteojo continuaba impasible como una estatua, como si nadie le hablase.
--Allá se ve un humo, allá vienen--gritó uno por allí cerca. La ola humana se agitó y se hizo un remolino; la gente se agrupó en la baranda; todos querían ver. Yo, prendido de Alejandro, trepado sobre sus hombros, dominaba la altura.
--¡Ay, que me arrugan!--- gritaba la madre de Raquel y de Judit, sin que el miriñaque la ayudara a subir.--¡Ay, mi vestido, que me lo estropean todo! ¡No veo a Judit! ¡Judit, Judit, Judiiit!
Judit, que estaba allí cerca, y a quien la madre no podía encontrar, conversaba con un joven de sombrero gacho, levita negra de lustrina y pantalón blanco almidonado, sin guardar distancias, es decir, unida a él por una proximidad inusitada.
--¡Ay, mi hija, mi hija! ¿dónde está mi hija? ¡Se me ha perdido mi hija! ¡Judit, Judiiit!--exclamaba la señora prolongando el grito.
--Aquí estoy, mamá, no alborote, aquí estoy--contestó por último Judit, haciendo lo posible por soltar la mano de su galán, que retenía con fuerza para que no se marchara.
--No te muevas de acá, bribona; no te me separes. Ven tú también, Raquel. ¡Ay, Jesús! ¡bien me decía tu padre! No té metas mucho entre la gente con las muchachas, Donata; mira que no faltan atrevidos que las manoseen en los entreveros y que a ti también te han de manosear: ¡Qué gente, por Dios; qué gente! ¡qué falta de respeto con las señoras! ¡Cuánto mejor no hubiera sido ir a los altos de Colón!...
Pero la muchedumbre en movimiento lo arrastraba todo. Cargado por Alejandro, que con el brazo libre que le quedaba, se abría paso como un Hércules, avanzábamos a tomar otra posición.
Yo, desde los hombros elevados de mi conductor, veía a la pobre misia Donata y a sus dos bíblicas criaturas, víctimas del pronóstico de su marido y manoseadas por aquella turba indisciplinada, entre la cual había mocitos que le pirateaban las hijas y groseros que le deshacían las bananas y le arrancaban su espléndido vestido color cotorra, admiración suprema del barrio de Monserrat en la misa de una.
--¡Ya han fondeado, ya han fondeado los buques!--gritaban a nuestra alrededor.--Vea, señor,--le decía un negro a un caballero petizón, que en vano se empinaba para poder ver;--vea, allí, allí--y apuntaba con el dedo índice.
--¿Adonde? ¿adonde?--interrogaba el otro impaciente, parado sobre la punta de los pies.
--Allí están; ahí ha fondeado el Salto, allí el Pampero, más atrás el Hércules; aquel que viene andando todavía es el Pintos, y los otros dos barcos de la izquierda son de vela, el San Juan Bautista y el Río Bamba.
--¡Ché! y vos cómo sabés los buques--le dijo Alejandro.
--¡Oh! no ve que soy del Bajo, amigo--contestó el negro.--Mire--agregó,--allá van las falúas a buscar la oficialidad, y las balleneras para desembarcar la tropa. ¡Bomba! ¡Pas! Ese es el Córdoba que hace salvas.
Y, en efecto, una repentina nube blanca envolvió los costados del barco y el eco del cañonazo se dilató retumbando sordamente por los espacios.
Eran las tres de la tarde de aquel día sofocante; las iglesias echaban a vuelo sus campanas, los cohetes y las bombas estallaban en el aire sin interrupción. A medida que la tropa desembarcaba, los batallones iban formando en el muelle la columna. Mientras esta operación tenía lugar, Alejandro y yo contemplábamos desde lejos, recostados sobre la reja, porque no nos habían dejado pasar de los quioscos, de la entrada para adelante.
En la playa, y al pie mismo del murallón donde nosotros estábamos, varios carreros del Bajo, en traje de fiesta, se habían congregado para oír a dos de ellos que, armado el uno con una guitarra profusamente encintada de blanco y celeste, y el otro con un acordeón, cantaban coplas patrioteras en una de esas tonadas características del compadrito de Buenos Aires.
--¡Que cante el virola!--gritaba uno de los oyentes.
--¡Tu madrina!--contestole el guitarrero, que en efecto tenía los ojos más torcidos que una encrucijada.
--Cantá ché lo que has arreglao pa la Guardia Nacional.
El de la guitarra con el del acordeón atacaron un aire vulgar, pero cadencioso, antepasado en línea recta de la milonga del día, y detrás del aire, el virola dijo con voz nasal y chocante la siguiente copla:
Nuestra Guardia Nacional en Cepeda y en Pavón, con bravura sin igual, se lanzó sobre el cañón del cobarde federal.
--¡Lindo, don Polibio! Si a carrero y a verseador naide le gana. Hasta a los gringos de las balleneras se les cae la baba cuando canta usted.
Los resuellos chillones del acordeón habrían seguido, junto con los gemidos de la guitarra, si las músicas militares no hubiesen anunciado que la columna, formada ya, se ponía en marcha a lo largo del muelle.