La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo

Chapter 5

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--Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He ahí una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una loba hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentan haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastrados de los cabellos a aprender la doctrina, y sólo el temor les hace llevar sus hijos a nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi que llegan a sus casas, les roen la mollera con un trozo de cacharro o el filo de un cuchillo, lavándoles en seguida prolijamente para quitalles hasta el último resto de la crisma sacramental. Luego vuelven a bautizalles a su manera, con nombres moros que llevan en secreto hasta la muerte. No comen jamás de res alguna que no haya sido degollada por manos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el Oriente, hacia la Meca, hacia el _alquibla_, como ellos mesmos se expresan. No beben vino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a puerta cerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica. Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol o azulejos, donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, según su costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal con sus voceríos salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las sonajas, a los entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos de fuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el ánimo.

Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupido reciamente, prosiguió:

--En los lugares públicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro está; pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o humilladero, le hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido en las cercanías de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditos habían ido por leña a un bosque del contorno. Uno de ellos, al regresar, tuvo que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillas de roble, la clavó bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui el primer cristiano, sin duda, que atinó a pasar por aquel sitio. Viendo a mi amada cruz en tal estado, corrí por ella, e hincándola entre la raíz de una encina, me puse a adoralla. Consérvola aún celosamente, por la injuria que sufrió, como si fuera hecha de los huesos de un mártir de Roma.

El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban escueto y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y discípulo llegaron hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en dirección al mediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peñascos, el agua del Adaja despedía un resplandor de oro ígneo. Las iglesias habían concluido de tocar las oraciones, y la próxima campana de la ermita de San Segundo conservaba todavía un zumbido soñoliento.

--¿Qué hacer--continuó diciendo el canónigo--con este enemigo casero tantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso, que de día nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de noche nuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu abuelo, Ramiro, me ha dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que esos arrieros y trajineros moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al sol junto a sus botijos, llevan y traen mensajes sediciosos de Aragón a Granada y de Granada a Aragón, pasando por Castilla; y no hay ya quien ignore que la conspiración cuenta con todos los moriscos del reino.

La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo peroraba cada vez más exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la alocución solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.

--Algunos dicen que la expulsión de los moriscos traería la ruina de España. La avaricia moderna, señores--exclamó esta vez.--¡Ah! ya son contados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un grano de honra a todas las alcancías repletas del moro y del judío. Hogaño, los nobles de Aragón son los más sañudos encubridores y abogados destos perros infieles; y llena está Castilla de cristianos viejos, engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo. Piensan que con los hijos de Mahoma se iría el lucrar y el sabroso vivir, y sus tierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo, en la ciudad de los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría del Ayuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho--añadió, bajando la voz y hablando casi al oído del mancebo,--si la Inquisición, la Santa Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año de las aljamas aragonesas?

Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía animarse, sin duda, en el teatro de su imaginativa, prosiguió:

--¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la mitad la riqueza del reino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno y saludable para una república cristiana que la pobreza? Los bienes superfluos traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsada cría sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los ánimos pierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan como alfileres y se les recubre de terciopelo y pedrería para no amedrentar a las damas en los estrados. Livio afirma que la mucha prosperidad y abundancia de Roma, le acarrearon todos los males, y que por esta causa llegaron los romanos a los extremos del vicio. Si consultamos a Juvenal--volvió a decir,--él nos declara que no hay linaje de maldad en que los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. ¿Fue acaso opulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir con la opinión, dice nuestro Séneca, jamás seremos ricos; si con la naturaleza, jamás seremos pobres. Yo sé decir que nunca he visto emprestar a los usureros para comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi que el uno lo busca para caballos, el otro para galas, el otro para rameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglos de bellotas, como también se les llama. Cesen este loco rodar de carrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambas cosas hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas, la mesa parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos haga llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.

Había terminado y escupió varias veces.

Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas estaban llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendían sus candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandor anaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a la reja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, era una joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora y su pupila fosforescía de modo extraño.

Como sí aquella quietud le hubiera incitado a destapar el silo más hondo de su conciencia, el lectoral, que había dado por concluido su discurso, prorrumpió de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y más dulce:

--El ánimo compasivo sólo debemos empleallo, hijo mío, en las ocasiones privadas y menudas de la vida, según lo manda la ley evangélica. Nuestro propio instinto nos ofrece una grande enseñanza cuando nos hace salvar una mosca que se ahoga en un vidrio y otras veces pone en nuestra mano retorcido lienzo y nos las hace matar a centenares sobre la mesa y el muro. Alargue aquél su limosna al pordiosero, aunque lleve en su mano un Alcorán; compadézcase éste del huérfano y la viuda, aunque sean de la secta maldita de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, o pida de su cántaro a la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo, que todo esto lo enseña el mesmo Evangelio, que es ley individual y pan de cada día; pero, sonada la hora grande y justiciera, sepamos cumplir sin melindres los designios del Señor, porque hay otra ley, hijo mío--agregó levantando la mano y la voz como un antiguo profeta,--otra ley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde Dios mesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos, diciendo a Moisés: «Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta del Amorrheo, del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hasta quitalles la vida»; agregando: «y no tengas con ellos misericordia», _nec misereberis earum_. Y así mismo, por boca del profeta Samuel, mandole decir a Saúl que destruyera a los Amalecitas, sin perdonar hombres, ni mujeres, ni niños aunque fuesen de leche, a fin de no dejar rastro ninguno de ellos ni de sus haciendas. Nosotros debemos también, como un acto expiatorio, descepar de cuajo de nuestro suelo esta planta ponzoñosa. No echemos en olvido que somos, en los modernos tiempos, el pueblo de Dios, como lo fue Israel en los antiguos. Nada debe extrañarnos que pueblos semibárbaros como Inglaterra, Alemania, Bohemia, Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros, de quien Dios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en nuestra propia heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por el total exterminio, si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano, antes que lo hagan ellos con nosotros, el cielo nos ordena, a las claras, rematar la obra de purificación.

--El miedo a la sangre, hijo mío--prosiguió diciendo el canónigo,--es un bajo instinto del hombre. Jehová se espanta del vicio, de la impiedad, de un solo pecado, pero no de la sangre vertida justicieramente. La sangre es el riego necesario de toda buena germinación, y el Señor la hace correr a su tiempo con la misma benignidad con que escurre los nublados sobre los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo que resulta de su sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si se quieren remedios más suaves, también los hallaremos en la Escritura.

Meditó un instante y continuó:

--Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra de Efraim: «Dales a éstos, Señor... ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin hijos y tetas enjutas.» Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda que lo que se ejecutó con las gentes de Efraim lo realicemos nosotros con los falsos conversos. Su Santidad, se entiende, lo permitirá, y médicos hay que saben cómo y con qué hacer con ellos y ellas este remedio; y sería un blando acabar, poco a poco.

Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saña. El mancebo le escuchó sorbiendo sus palabras como precioso jugo de sabiduría. Habían llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El templo levantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerúlea del anochecer. Un último reflejo dorado se apagaba en sus almenas.

El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo despidiose de Ramiro, y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para decirle que el señor de San Vicente le mandaba llamar. La casa estaba a pocos pasos, en el barrio de San Gil.

XI

El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las órdenes, Comisario de la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre del Rey, recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra mano en las suyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a las puertas, preguntole con brusquedad y misterio:

--¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre seguro para una dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del reino? Advierta vuesamerced--agregó--que debe ser de harta limpieza de sangre, de mucha religión, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerte que sus idas y venidas puedan achacarse a un amorío, por ejemplo.

El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscara arrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De pronto, después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondió con viveza.

--Sí, tal. Ya le tengo.

--Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habrá escogido con acierto--replicó entonces el hidalgo, acostándose, casi, en el sillón y estirando hacia el brasero sus piernas metidas en calzas de velludo pardo.

En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los ásperos esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendo que, según recientes averiguaciones, los moriscos preparaban un levantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderles con las manos en la masa.

--Tenemos sospechas--agregó--de que en esta ciudad existe un escondite de conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos de Aragón y Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos saberlo con certeza, pues la mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, y abundan en toda España señores de título que, por no ver sus tierras abandonadas, les tienden solapadamente la mano.

Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender a su edad y a sus dolencias, aquella difícil misión, que él quería compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le pusiera en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algún vecino de la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más baja, pasó luego a explicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su agente. El mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era imposible comprenderle. Su palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo, por última vez, dobló la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.

El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechas del velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No había, tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado su breviario. Pensó entonces que no hay situación en la existencia que resista a un esfuerzo superior de filosofía y, olvidando la circunstancia y la hora, púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, había logrado fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los más influyentes personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por el Rey. Su estatura era menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, su barba rojiza. Había en todo su rostro una tristeza cómica de bufón. Su labio inferior se alargaba hacia afuera con lúbrico y tembloroso gesto.

La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de las más ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una María de La Cerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado, primer caballero de Milán, Tomás de San Vicente, llamado _el Valeroso_, y, sobre todo, Ruy López de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su nombre podían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia de Santa María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellanía del Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterrados en la parroquia de Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; en Santo Tomás el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San Vicente, en cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia sobre los asientos de la capilla mayor, según uso calificado y antiguo.

Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz del aceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las razas antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del Norte; y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en bárbaros rubios y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, como señaladas, desde entonces, por un reflejo infernal.

De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredor una voz desesperada que comenzó a gritar:

--¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!

El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era un lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar de sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a arrojarse a los pies de su señor.

--¿Qué sucede?--preguntó mal despierto el hidalgo.

--Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora llega, ahí está!--agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y temblando de pies a cabeza como endemoniado.

En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y la boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdote levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil hizo centellear, en el aire, su larga espada desnuda.

El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con sonrisa agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y pinchole el rostro con el acero.

--¡Teneos, en nombre de Cristo!--gritó reciamente el canónigo, asiéndole el brazo.

El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el criado examinaba su propia sangre en los dedos.

--No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito, sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofa de mí--rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre y recorriendo a trancos la cuadra.--Vuestra es la culpa, señor, que me habéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores, las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille de joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo, la espada más rica, y gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste! Ha poco le disteis el medallón de los rubíes, luego vuestra daga de oro y un talabarte bordado, ¡y a mí nada, nada!, y me dejáis andar por la ciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festín, para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo! el mesmo vientre?

Afeminando la voz de modo burlesco, continuó:

--Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más bien en la Iglesia, y os daremos nuestra capellanía de Santa María del Castillo, en Madrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta. Sabéis harto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis asimesmo que le deje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejáis podrir sobre las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme ante mujer alguna. Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!, pero ruda y basta como es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año, señor, que os pedí un arnés para el rocín, y ni esto--exclamó, haciendo sonar la uña del pulgar en los dientes.--Agora os llega este caparazón y, despreciando mi demanda, se lo mandáis a él, que ya tiene sobrados. Todavía este puerco--exclamó señalando al lacayo--me lo enseña de lejos con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando voces.

Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin levantar la mirada.

--¡Ah, señor!--prosiguió el segundón--la postre no os sabrá tan dulce como esperáis, ¡No! ¡No!--gritó bruscamente, golpeando con el tacón en el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica manera, semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desató, dejando desnuda su pierna muy blanca y vellosa.

Esta vez el hidalgo se atrevió a decir:

--Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. En cuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la infancia.

El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y cara a cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible, volvió a gritar:

--¡No! ¡No!...

En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el joyel de la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír rumores de metal y de seda.

--Seguro estoy--dijo soberbio, increpando a su hermano, después de haber saludado al canónigo--que reñíais a nuestro padre.

--Así es verdad--contestó el hidalgo;--me reñía porque os enviaba ese caparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo.

El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estaban bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopelo turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío los arabescos de plata y de oro.

Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las personas que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. El rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu. Luego, como despertando:

--Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña--exclamó.--Peor para él si no sabe aceptar su condición.

Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo en las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus manos crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente de insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil y descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.

De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del hidalgo, apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el rostro hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra grave y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez era pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor de hierro.

--¿Qué pensará vuesamerced--exclamó, dirigiéndose al lectoral--de tamaña vergüenza?

Luego, encarándose con su esposo:

--Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta ya para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.

El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotaban nerviosamente los brazos del sillón.

Doña Urraca prosiguió:

--¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os deja volver por la honra de vuestra casa?

Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo.

--Ya os he dicho mil veces, señora--replicó levantando la frente y mostrando sus ojos humedecidos,--que mi sangre es tan clara y tan limpia como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí presente, y que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Por ventura--agregó poniéndose en pie--es cosa de nada un linaje que viene de Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta con dos condestables de Castilla?

Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremo de su boca. En seguida, y habiéndose despedido del lectoral, levantó su preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a los mancebos, díjoles con imperio:

--Vosotros seguidme.

Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los dos hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse por el corredor el golpeteo de las espuelas.

Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si podía decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado señor tardó un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la cabeza afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquella delicada misión.

Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera un viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar como una mujer.

XII

El lectoral pasó toda la noche con la pupila abierta en la obscuridad, como un búho. Imposible dormir, y en todo su cuerpo una comezón inusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas habituales. No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad, de impaciencia.

Antes del primer canto del gallo, descorrió las mantas del lecho, y en un santiamén, con verdadera brevedad eclesiástica, hallose vestido. Cogió entonces sus Horas Canónicas, y, como solía hacerlo a menudo, descendió a la iglesia para subir en seguida a la segunda plataforma del almenado _Cimborio_, que forma a la vez el ábside de la Catedral y el torreón más ancho y más fuerte de la muralla.

Era a fines de abril. El hálito del alba apaciguó en todo su ser la irritación del insomnio, como una ablución de rocio.

La niebla tomaba en torno vago irisamiento, cual si el amanecer encendiera su primer rubor en el naciente.

No se escuchaba rumor alguno. Avila dormía.

La esquila de algún convento dio un toque tímido, quedo, necesario.

El canónigo aspiraba con delicia un olor de piedra húmeda y de hierbas invisibles que sus pies hollaban al caminar.