La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo

Chapter 14

Chapter 143,949 wordsPublic domain

«Es de maravillarse--decía--que, siendo aquí vieja costumbre atormentar a los _nuevos_ con las más crueles invenciones, así que yo penetré en el claustro, mirando a todos muy ásperamente, la mano puesta en la guarnición de la espada y haciendo arrastrar a lo bravo la rodajilla, no hubo ninguno que osara menearse. No sé de qué suerte; pero todos conocen mi hazaña con los moriscos. Un barbudo estudiante díjome ayer que, desde que él viene a las escuelas, no tiene memoria de otro _nuevo_ que haya escapado a los gargajos.» Luego agregaba: «¿Os acordáis, madre, de aquel capitán Antonio de Quiñones, que iba a nuestra casa? A ése le vi en Castellanos y quiso llevarme consigo a perseguir corsarios. Viendo mi resistencia, me dijo: «Mire vuesa merced que no le hizo Dios para fraile, sino para soldado. Cuidado no se equivoque, que le ha de pesar. En Cartagena le espero hasta el día de San Pedro y San Pablo.»

Era todo el contenido de la carta. Algún tiempo después llegó otra más breve, en que comunicaba tan sólo que en el Colegio del Arzobispo le exigían ahora las pruebas de limpieza de sangre. «Esto--agregaba--ha sido siempre de práctica con todos los que buscaron ingresar, y eso que están allí los mejores linajes de España. Pero ¿no bastaba, acaso, con saber mis apellidos y que soy hijo vuestro y descendiente de tan claros agüelos, para excusar toda probanza? En un principio asaltome el antojo de enviar los reposteros de mis mulas para que se enterasen de nuestros blasones. ¡Pero es fuerza acomodarse a la regla!»

Doña Guiomar le envió con un criado antiguo, en buena cabalgadura, un lacónico billete diciéndole que regresara cuanto antes, porque su abuelo se hallaba muy malo. En efecto: don Íñigo, consumido por un mal misterioso, pasaba terriblemente a mejor vida, con los labios estremecidos por incesante plegaria. Aquella triste carne, manando humores, anticipaba al sepulcro su trabajo siniestro. Una sutil fetidez se extendía por toda la casa. Las dueñas y los criados se apretaban las narices al pasar frente a la puerta del enfermo. Entretanto, doña Guiomar no se apartaba un instante de su cabecera, como si quisiese ofrecer al Señor la doble tortura física y moral que prolongaba para ella aquel cerrado aposento.

Ramiro regresó lo más pronto que pudo. Al entrar a la ciudad por la Puerta del Puente, uno de los guardas le dijo:

--Vuestra merced llega tarde. Ya se llevaron al agüelo.

Don Íñigo había sido enterrado la víspera.

Cuando el mancebo penetró en las cuadras que habitaba el anciano, pareciole, a los primeros pasos, que no podría seguir adelante, tal era la hediondez que flotaba en el confinado ambiente. El lecho estaba como lo había dejado la agonía, y la almohada con la señal de lo que ya no volvería a cavilar y a soñar sobre su blandura. Los botes de medicinas, el penado, el almirez, las tazas, las vendas, todo había quedado revuelto y confundido sobre los muebles, haciendo pensar en la ansiedad de la lucha postrera.

Entró a la librería y, al mirar los volúmenes amontonados sobre el suelo y las gafas de asta marcando la página de un infolio, para continuar otro día la lectura; al ver, colgada de un clavo, la calza amarilla, donde el anciano guardaba los pinceles con que pintaba los rótulos; y más allá, hacia un rincón, el taburete para la pierna gotosa, ennegrecido por la grasa de los ungüentos, sintió en su espíritu una profunda tristeza. Aquél era el término de todos nuestros afanes. Allí estaba, en el escurrimiento de aquel ser, esa lección, ese consejo, siempre ambiguo, que incita a la vez al goce y a la penitencia.

Cuando todo se hubo serenado y el solar cayó de nuevo en su muda monotonía, doña Guiomar llamó a solas a su hijo y le declaró, en breves palabras, el estado en que don Íñigo les dejaba el antiguo patrimonio. Estaban completamente arruinados. Se había vivido, hasta entonces, demorando el derrumbe final a fuerza de expedientes extremos, empeñando a los genoveses, uno a uno, todos los bienes, y vendiendo, por último, en montón, platería, joyas, tapices. El mayordomo flamenco, que era, según ella, la única persona que conocía en la casa el manejo del patrimonio, y que hubiera ingeniado tal vez nuevos arbitrios, acababa de marcharse para su país, a recoger una herencia. No les quedaba sino el solar, empeñado casi por entero, y algunos escudos guardados en un cofre, que pronto se agotarían. Era forzoso, pues, vender el caserón y resignarse a vivir en alguna casa modesta de los arrabales.

--De todos modos--añadió doña Guiomar--ya no precisas de muchos dineros. La santa Iglesia demanda bienes más puros; y agora pienso que puedes cursar la Teología en el mesmo seminario de esta ciudad.

Ramiro escuchó a su madre con verdadero estupor.

¡Arruinados! ¿Era posible? ¿Y todos los cuantiosos caudales que venían hasta ellos, por incontables alianzas, desde los más remotos antepasados, todas aquellas mercedes de los Reyes, todos aquellos señoríos de Segovia, todas aquellas casas y heredades en Avila y su tierra, que aparecían mentados a cada paso en sus pergaminos?

En otras circunstancias no le hubiese importado la pobreza; sabía que la falta de hacienda empujaba a las aventuras heroicas. Pero, ahora, su instinto presentía un amoroso desastre, a causa de aquellos bienes perdidos. Bajó la cabeza en silencio y, después de un instante de meditación, declaró de lleno a su madre algo que él mismo no había determinado todavía: la intención de casarse con Beatriz; y, sin que su voz se alterase, díjola también el gran delito que sería seguirla esperanzando con su falsa vocación eclesiástica.

Doña Guiomar no pestañeó siquiera; pero sus manos restregaron nerviosamente los brazos del sillón en que estaba sentada. Entonces Ramiro, doblando ante ella la rodilla, tomole con frenesí ambas manos, y mirándola fijamente en los ojos, la pidió que ayudase sus designios y que, por amor de Dios, no vendiera el solar; que pensase en la impresión que produciría en el ánimo de don Alonso y de su hija aquel acto menguado.

--Yo trataré con los ginoveses--agregó;--algo quedará que entregalles; aún restan muebles y mi daga de piedras; pero, ¡por mi honra!, no vendáis el solar, madre, ¡no vendáis, no vendáis el solar!

Ella se levantó lentamente, la mano izquierda sobre el pecho:

--Con lo que acabas de decir--repuso--mi vida en el siglo ha terminado. Eres agora el señor. Ordena, y que Su Divina Majestad te perdone.

Su expresión era extraña. El demasiado dolor la hacía sonreír. Caminó hacia la mesa. Removió la mecha del velón, la limpió, la retorció debidamente. Luego, sin pronunciar un vocablo, salió de la estancia.

SEGUNDA PARTE

I

El rey don Felipe Segundo era llamado, con razón, _el Prudente_.

Grandes fueron los tumultos y demasías de Aragón; sin embargo, a fines del año de 1591 todo pareció terminar en paz y concordia bajo la simulada clemencia del Monarca. Los señores rebeldes, perdido el recelo, volvían a Zaragoza y ofrecían su mesa a los oficiales del ejército castellano. Había llegado el momento de la regia venganza.

Cierta mañana, el Justicia Mayor, don Juan de Lanuza, al subir las gradas de la Catedral, hallose arrestado en nombre del Rey. Un capitán de arcabuceros le esperaba desde temprano, fingiendo examinar las estampas de una tienda de libros.

«Prenderéis a don Juan de Lanuza, y hacedle cortar luego la cabeza», tal era la orden manuscrita de Felipe Segundo.--¿Y quién me condena?--había preguntado el Justicia al oír la lectura de la sentencia.--El Rey mismo--le respondieron.--Nadie puede ser mi juez--replicó--sino Rey y reino juntos en Cortes.

Al otro día el primer magistrado de Aragón era degollado por mano de verdugo. De este modo el Rey «ajusticiaba la justicia» y desgarraba para siempre los fueros de varios siglos. Otros señores y, entre ellos, don Diego de Heredia, barón de Bárboles, y don Juan de Luna, señor de Purroy, habían de seguir igual suerte, después de soportar feroces tormentos. El duque de Villahermosa y el conde de Aranda perecieron misteriosamente en sus prisiones. Algunos rebeldes, que no gozaban del señoril derecho de morir descabezados, fueron arrastrados por las calles, en un serón de infamia, hasta el garrote.

Así quedó vengada la defensa de Antonio Pérez y roto para siempre el brío de aquel soberbio Aragón, que sólo cada tres años se dignaba arrojar en las arcas del Rey su arrogante limosna.

De igual modo los pueblos de Castilla habían sido escarmentados años antes por el Emperador, cuando el alzamiento de las Comunidades; pero todavía solía advertirse en ellos uno que otro conato levantisco, como el que hace erguir sobre las patas traseras a los rocines castrados. No ya los señores, sino que también los pecheros comenzaban a vociferar. Era premioso repetir el ejemplo. Una altanera ciudad acababa de ofrecer la ocasión.

El 21 de octubre, a la vez que el ejército real, de paso para Francia, penetraba en Aragón, aparecieron en Avila, pegadas a las puertas o paredes de la Iglesia Mayor, del templo de San Juan, de las Carnicerías Nuevas, de la casa de los Valderrábano y en otros sitios públicos de la ciudad, siete copias de aquel sedicioso pasquín que Ramiro y el Canónigo oyeron leer una tarde a don Enrique Dávila en el piso bajo del caserón.

Al día siguiente, el Corregidor don Alonso de Cárcamo despachó un correo al Escorial. La respuesta de Su Majestad fue tan sólo un negro puñado de ministros para que formasen la causa. Se esperaba un castigo leve, y los más chocarreros componían letrillas y jácaras sobre el asunto.

El día 14 de febrero de 1592 fueron publicadas las sentencias. A don Diego de Bracamonte, a don Enrique Dávila y al licenciado Daza Zimbrón se les condenaba a ser degollados. El cura de Santo Tomó Marcos López sufriría privación del sacerdocio y beneficio, confiscación de la mitad de sus bienes, diez años de galeras y destierro _ad vitam_; el escribano de número Antonio Díaz, azotes, diez años de galeras y el mismo destierro.

Para muchos la intervención de la Providencia era patente, y a su amparo el príncipe, extrayendo de cada ocasión un ejemplo, completaba su obra. Nada de albedríos diseminados, nada de figurerías ni arrogancias que estorbasen el poder. La unidad era el primer precepto de su Arte Real, la unidad invulnerable y absoluta, a imagen y semejanza de aquella otra unidad que gobernaba los orbes. No más voluntad que la suya, no más pensamiento que el suyo, no más fe que la que él mismo profesaba. El soberano del moderno Israel debía revestirse de las tres potencias tutelares: la ley, la espada y el efod, y ser a un tiempo el Moisés, el Josué y el Aarón de su pueblo. Todos los tronos y las sedes le servirían de escala para elevarse hasta los cielos y recibir él solo la consigna del Altísimo. Su sombra cubriría las comarcas y los mares; y las naciones le mirarían como al nuevo arcángel, armado del hierro y la llama, vencedor de Satán.

Entretanto España se consumía. La fiebre de aquel monstruoso delirio le secaba los miembros. El Rey pedía, exigía sin tregua, hidrópico de tributos; y, a veces, su mano, al escurrir la ubre enjuta de los pueblos, no sacaba sino sangre. No era posible dejar sin paga a los ejércitos y abandonar el cohecho de los príncipes y cardenales; y la bancarrota crecía, se envedijaba, se enmarañaba cual inmensa madeja de pasadilla. Las deudas tenían aliento de fiebre, la real hacienda jadeaba; cada año se gastaban los ingresos de cinco años venideros.

¿Qué expediente, qué arbitrio quedaba por ensayar? En un tiempo apañó las remesas de oro y de plata que llegaban de las Indias para particulares; mercó las hidalguías, los juros, los empleos; invitó a los clérigos a legitimar sus hijos sacrílegos mediante un puñado de reales; gravó la exportación de la lana; impuso contribución sobre el pan y sobre el vino, antes libres; se apoderó de la sal; confiscó los maestrazgos del mar; dobló el almojarifazgo, y triplicó en poco tiempo la terrible alcabala. Los pueblos desmolados se echaban a morir. Avila, Toro, Córdoba y Granada se negaron a aceptar el encabezamiento de 1576. En las naciones extrañas el solo nombre de Felipe Segundo hacía palidecer a los banqueros. Los Fugger dieron por fin un nudo a la bolsa y volvieron la espalda. Otros no sabían si continuar o romper para siempre, como el judío que ha prestado a un tahúr de luenga espada. Los genoveses, entretanto, se defendían con la usura. A partir del año 1590, el desbarajuste fue pavoroso para la hacienda del Rey. Las Cortes, corrompidas por el Monarca, habían exigido a las ciudades ocho millones de ducados.

Y la pobreza y el hambre arreciaban como flagelos de Dios. Un hechizo maléfico parecía esterilizar los terruños, parar los molinos, los tornos, los telares, descoyuntar el brazo del menestral. Muchos no sabían ya cómo ganar el sustento y salían a hurtarlo donde lo hallasen. Se vivía en la incertidumbre del bocado; el pan se hizo una presa. Las trapacerías del hambre formaron una arte honrosa y sutil, que tuvo su romancero y sus manuales, sus poetas y bachilleres. El mal atacaba más duramente a los hidalgos de patrimonio extinguido, cuya estirpe clara y antigua no les permitía infamar sus manos en los oficios. Más de uno comía del mendrugo que hurtaba su paje, y suspiraba con digna tristeza, bajo la capa, al aspirar, de paso, el sabroso calor de las pastelerías. El estudiante imitó, para vivir, los ardides perrunos. Sus piernas de lebrel eran el terror del comercio. Fue entonces el glorioso tiempo de la olla común. Los conventos se hincharon de monjes; sus porterías, de sopistas. El hospital y la cárcel fueron buscados como refugios venturosos, donde se comía regularmente y como de milagro. Millares de infelices se fraguaban pústulas sangrientas o perpetraban delitos para ser alimentados. Las calles estaban llenas de limosneros fingidos; los campos, de falsos anacoretas; los puertos, de famélicos hidalgos que venían a pedir una plaza en los galeones.

A esta angustia de las entrañas se agregaba la zozobra del ánimo, la honrosa inquietud de verse marcado por la sospecha, tan sólo, del Santo Oficio, o de atraer el castigo del poder sobrehumano del Rey. Y entretanto parecía que el mismo viento murmurase calumnias y que la delación se agazapara bajo el lecho en que se dormía, entre los pliegues de las antepuertas, en el rincón de los oratorios. Muchos, como don Alonso, recelaban de sus propios labios durante el sueño, y evitaban adormirse en los sillones, entre el paso de la servidumbre.

Toda altivez era funesta y el mismo silencio no era seguro. _Ne contumax silentium, ne suspecta libertas._ La idea temblaba en el cerebro, y no hubo pluma que osara estampar lo que el alma ocultaba en su cripta más honda. En cambio se hablaba con delicia de los países lejanos y de la inviolable paz de los claustros.

No faltaba, sin embargo quien amase, de veras, al Monarca, sintiendo triunfar o sufrir en él su propio orgullo fanático; la mayoría, bajo la pavorosa coerción, acababa por encomiarle.

La virilidad pareció resumirse entonces en la propia sangre atosigando las vísceras, y el antiguo valor tomó la forma del estoico desdén de todos los males. Era el encantamiento inexplicable de las tiranías. Más de uno repugnado de su propio servilismo, a una simple señal del Monarca, se hubiera abierto impasiblemente las venas, como Séneca o Petronio.

El humor español se hizo reservado y sombrío. Una verdadera peste de melancolía se propagó por todo el país como un vaho de purgatorio, inficionando las almas.

Los hidalgos vestían de luto; la madera al uso era el ébano. Jamás fue tan lúgubre el aparato de la muerte.

El espíritu se empeñó en extraer sus ideas primordiales del sepulcro mismo y de sus terribles podredumbres.

* * * * *

Ramiro llegó de Salamanca el domingo 16 de febrero de 1592, dos días después de publicadas las sentencias. El Canónigo fue a visitarlo y enumerole una a una las condenaciones. No pareció muy satisfecho al decirle que a don Enrique Dávila y al licenciado Daza les habían otorgado la apelación. En cuanto a don Diego, sería ajusticiado al siguiente día.

--Ya veis, hijo mío--agregó,--que vuestro abuelo se ha marchado a tiempo. Bien se dice que en una buena olla puede hacerse un mal cocido. Cuidad vos agora, hijo mío, las palabras, y teneos muy quedo, por un espacio.

--¿Y quién ha dado los nombres?--preguntó Ramiro.

--Alguno será--replicó el lectoral--que no quiso ver a España destrozada otra vez por la revuelta, como en tiempos del Emperador.

Contó en seguida, sin dar lugar a otra pregunta, que los agentes de Su Majestad habían sospechado de don Alonso, y que, durante la ausencia del caballero, entraron de rondón en su casa, revolviendo hasta la última gaveta y llevándose un gran fajo de papeles.

--¿En dónde será ajusticiado don Diego?--volvió a preguntar bruscamente Ramiro. Su mirada pensativa parecía inmovilizada por algún pensamiento dominador.

--En el Mercado Chico--replicó el Canónigo.--Ayer le fue notificada la sentencia, hoy debe haberse confesado para recibir el Santísimo Sacramento, y mañana le sacan de la Alhóndiga, a mediodía, para llevarle a degollar. Ya es cosa convenida que ningún noble ha de ir a saludalle, y que, fuera de los villanos, que siempre han sido golosos de esta clase de espectáculos, veranle sólo en la mula las gentes de ley y las Comunidades y Cofradías.

Al escuchar aquel sañudo lenguaje, Ramiro declaró con vehemencia que si los nobles avileses no iban a despedirse de Bracamonte, en aquel trance final, eran todos unos malos caballeros.

--Nadie ignora--exclamó--que el don Diego, a más de su antiguo y glorioso linaje, ha sido siempre un hombre de mucha honra, y que, sin duda, su trágico fin lo debe a la alteza de su ánimo. De mí puedo decir que he de ir en pos de él hasta el pie del cadalso, sin pensar en mi propio interés ni en la razón o sin razón de su condena.

Pronunció estas palabras con tal arrogancia, que su confesor y maestro creyó necesario arrugar el sobrecejo y levantar la cabeza antes de responderle.

--Haced lo que os plazca--le dijo;--pero cuidad que vuestra inadvertida juventud no os enderece por donde tal vez no queréis caminar. Don Diego será, como decís, harto infanzón, aun que de cepa gabacha y no española, sea dicho de paso; pero lo cierto es que ha sido agora traidor y aleve con su Rey.

--Don Diego--repuso Ramiro con el rostro demudado--es gran caballero y no pudo ser jamás aleve ni traidor como dice vuesa merced.

--Pues yo repito--replicó de mala manera el lectoral, mostrando los dientes y golpeando dos veces en la mesa con el puño--que don Diego es traidor y cobarde.

--¡Y yo digo que miente vuesa merced!--gritó Ramiro, ebrio de cólera.

El Canónigo dio un paso hacia adelante con la diestra en alto y pronta a asestar el bofetón; pero el terrible ceño de Ramiro le contuvo. Balbuceando, entonces, palabras entrecortadas, llevose ambas manos al rostro. Aquellos instantes fueron solemnes. El insulto flotaba irreparable, y parecía hacerse oír, otra y otra vez, en el silencio. El Canónigo musitaba, gemía, suspiraba, con el rostro cubierto. Por fin, bajando las manos, embozose con furia, y, después de buscar la salida como un ciego a lo largo del muro, desapareció de la cuadra, dando con el pie, hacia atrás, un terrible portazo.

Ramiro sintió que todo su maquinal apegamiento hacia aquel hombre acababa de trocarse en súbito rencor. La crispada y hostil actitud, que aún conservaba, suscitábale nuevos impulsos de odio contra su víctima.

Cuando comenzó a serenarse, dijo en voz alta, sentándose en el sillón:

--¡No he menester de él, ni de nadie!

II

Pocos días para Avila más tristes que aquel lunes, 17 de febrero de 1592. La ciudad despertó en una expectativa siniestra. El horror del suplicio inminente parecía flotar por todas partes mezclado a la niebla de la mañana.

En medio del Mercado Chico se levantaba un gran cubo negro, el cadalso; y las ráfagas del Norte sacudían contra el esqueleto de pino la bayeta patibularia. Fúnebres ministros de justicia se agitaban en derredor. A eso de las diez trajeron el bufete, los candelabros, el crucifijo. Más tarde los mozos del verdugo vinieron con el tajo y las dos negras almohadas para el reo. La llovizna caía por momentos, fina, glacial.

El tráfago de todos los días comenzaba; pero los vecinos iban y venían más graves que de costumbre, coceando la nieve de la víspera. Algunos hablaban misteriosamente al encontrarse; otros discutían en los mesones con insólita nerviosidad sin alzar demasiado la voz, pero arrufando el hocico y tomándose a veces las partes viriles con toda la mano, para dar más vigor a sus bravatas y juramentos.

Con sus puertas y ventanas sin abrir, los caserones de la nobleza tenían el aspecto de rostros patéticos y enmudecidos. Aspirábase en el aire ese espanto, ese asco de muerte judicial que anonada la razón; y una sombra de infamia envolvía a Avila entera. El más altivo de sus caballeros iba a ser ajusticiado en nombre del Rey. No hubiera sido mengua mayor arrasar las ochenta y ocho torres, que esperaban ahora, con extraña lividez, la rotura de aquella cerviz, donde parecía haberse encarnado la fiereza de la muralla.

Corrió la voz de que, a las dos de la tarde, don Diego sería sacado de la Alhóndiga. Aquel edificio correspondía como prisión a los nobles y se levantaba entre la torre del Homenaje y la del Alcázar, por la parte de afuera, frente al Mercado Grande. Cuando Ramiro llegó ante el blasonado frontis, los empleados de la justicia regia y comunal se aglomeraban y zumbaban como moscas a uno y otro lado del portalón y en torno a la fuente; mientras las cofradías y las órdenes esperaban, en larga hilera, desde la plaza del Mercado hasta más allá del convento de Santa María de Gracia. Los monjes rezaban. No se llegaba a percibir de sus rostros sino los raspados mentones, por debajo de las capillas; sus manos cruzadas por dentro de las mangas, dejaban colgar los rosarios. Todas las voces, todos los balbuceos de franciscanos, dominicos, agustinos, jerónimos, teatinos, carmelitas, se unían en un coro uniforme, que aumentaba la pavura, cual dolorosa plegaria de otro mundo. La persistente llovizna escarchaba los hábitos y parecía embeber todas las cosas en su tristeza. Algunas mujeres plañían.

Más de una hora pasó Ramiro codeandose con el vulgacho. No había sino gente baja, curiosos de la ciudad, mujeres del mercado con los brazos desnudos, muchachos arrabaleros, algunos gañanes de la dehesa, harto morisco, y una que otra ramera de manto amarillo y medias coloradas.

Por fin un portero sacó del zaguán de la Alhóndiga una mula cubierta de fúnebre gualdrapa con dos redondos agujeros ribeteados de blanco a la altura de los ojos. Se produjo un movimiento general. Tres alguaciles montaron en sus caballos.

Ramiro miraba hacia uno y otro lado por ver si hallaba algún conocido, cuando una brusca exclamación brotó de la multitud y fue a rebotar contra la inmensa muralla. Don Diego de Bracamonte acababa de aparecer en la puerta de la prisión. Caminaba a su izquierda el Guardián de los descalzos, fray Antonio de Ulloa.

Lo primero que hería la mirada era la palidez plomiza de su semblante, acentuada por la negrura del capuz que le habían echado sobre los hombros. El bigote y la barba habían encanecido del todo. Avanzaba tieso, indómito, solemne, mirando hacia las nubes y pisando con fuerza, como el que marcha entero en la honra.