La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo
Chapter 13
--¡Es fuerza vencer aquí mesmo!--se dijo. Y, empujado por irresistible movimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma columna. De esta suerte, cuando Beatriz se halló a pocos pasos y Gonzalo se adelantó a ofrecerla el agua bendita en los dedos, Ramiro mojó a su vez, brevemente, los suyos, y los alargó también hacia ella, con gesto imperioso y tranquilo. Sorprendida por aquel doble ademán, la doncella vaciló; pero, en seguida, bajando los ojos, tendió al pasar su temblorosa mano hacia la mano de Ramiro.
Los dos mancebos se miraron un instante de un modo terrible. Gonzalo tomó una expresión iracunda; mientras Ramiro, alzando la cabeza y levantando por detrás su capa con el estoque, le observaba por arriba del hombro, con una sonrisa más insultante que toda palabra.
Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo los pies en la soleada plazuela, pareciole que aquellos vecinos y forasteros, palacios y torres, cosas y seres, no eran sino el teatro aparejado por Dios para los episodios de su historia; y que él era toda la vida, y toda la vida un engendro de su alma. El demonio del orgullo levantole en los espacios sobre el hormiguero de los hombres, y, otra vez, bajo el sol embriagador, sintió en su frente el beso o la mordedura de invisible quimera.
Todo el día lo pasó vagando por la ciudad. Densos perfumes primaverales desbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las callejuelas. El se sentía también renacer con las flores y los follajes.
Aunque la herida le molestaba, salió de nuevo a pasearse después de cenar. Las constelaciones temblaban en el azul inmenso y liso de la noche. Recordó que la Iglesia festejaba anticipadamente la Resurrección y que el cuerpo de Jesús había permanecido en el sepulcro hasta la mañana siguiente, y con aquella idea, al levantar los ojos al cielo, parecíale aspirar los aromas del divino sudario y como una sagrada frescura que bajara de las estrellas.
Una vez en su estancia, y después de unos minutos de descanso, sintió en el costado el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga estaba reabierta. Al otro día el cirujano le prescribió nueva reclusión.
Para su dicha, el escudero presentose una hora después, y, habiéndole oído quejarse, se atrevió a decirle:
--Esto me recuerda un flechazo que recibí en las costas de Trípoli. Vino la gangrena y no me dejaba. Creyéndome un día curado, bajé de la flota, y dale otra vez. Por fin un amigo segoviano arrimome un caño de arcabuz bien rojo a la llaga, y poco después pude pasearme.
Propúsole el mismo remedio. El mancebo se prestó, y un candente barrote aplicado a la herida le dejó curado para siempre.
XXVII
Los días inmediatos desarrollaron para Ramiro una de esas bregas interiores que semejan la alternativa de un anciano y un mancebo. El entendimiento razona, aconseja, predice; mientras la voluntad, sintiéndose por fin reducida, se dispone a obedecer. Llega luego la acción, y no queda sino el vuelco del azar y el ardor de la sangre.
Pocos días después de la conminación de su madre, en un instante de fervor y remordimiento, había prometido a Su Divina Majestad ingresar a la Orden del Carmelo apenas terminase sus estudios, y aquel voto, lanzado en rapto de pasión, veíalo ahora suspendido a una altura inaccesible encima de su ánimo. Sin embargo, era menester cumplir. Lo contrario sería perderse para esta vida y para la otra, pues el Señor no perdonaba semejantes perjurios.
Entonces los malos espíritus emergieron como sirenas. Uno susurraba que aquel sacrificio sería inseguro y estéril, pues él no era hombre capaz de arrancarse del pecho el ansia de vivir soberbiamente, de triunfar en el siglo, de poner su garra sobre todas las presas de la voluptuosidad y del orgullo. Otro le decía con hipócrita blandura: «Tiempo habrá de vestir el sayal; pero antes precisas correr mundo y conocer todo el mal de la vida, para salir templado de ese fuego purgativo como el acero de las espadas. Sólo así podrás llegar a comprender la grandeza del sublime reverso realizado en los claustros.»
Pero él rechazaba con indignación estos discursos, reconociendo la elocuencia acomodaticia del Tentador.
En cuanto a Beatriz, no había para qué seguir pensando en ella. Lo que él buscó ya estaba conseguido. Había humillado a su rival y mostrádole que, si él lo quisiera, la hija de Blázquez Serrano sería su desposada. ¿A qué más?
* * * * *
Una tarde calurosa de fines de abril fuese a dar una vuelta por el camino exterior que corre al pie de los muros. Dejó la ciudad, como de costumbre, por la puerta de Antonio Vela. No había llovido en todo el mes. El valle, con sus panes demasiado mohínos, mostraba, allá abajo, un aspecto sediento y polvoroso. Al llegar a la esquina del Alcázar dobló hacia la izquierda, y siguió caminando sin detenerse.
Aislada entre las peñas y bañada por los últimos resplandores de la tarde, la basílica románica de San Vicente relucía cual cobrizo relicario; mientras los dos inmensos torreones de la puerta vecina se revestían de sombra cuasi nocturna. Ramiro levantó la mirada para contemplar el delgado puente de piedra que une sus almenas y que en ese instante contorneaba su arco negrusco sobre un cielo de oro y de llamas.
Al viento del Sur, que había levantado desde la mañana continuos remolinos de polvo a lo largo de las carreteras, sucedía ahora una calma de paisaje pintado. Voces largas y jubilosas resonaban a cada instante sobre las colinas. Ramiro dejose invadir por aquella languidez, por aquella holganza crepuscular que desunce los bueyes y refresca en cada cabaña la frente y el pecho de los labriegos.
Entró a la ciudad, y, al cruzar la plazuela de Sofraga, vio en torno a la fuente ocho o diez mozas de cántaro que dejaban correr la hora entre cuentos y decires, la boca llena de risa. Aguijoneado él mismo por la sed, miró como un bíblico milagro aquel fluido abundoso que, surgiendo de la sequiza muralla, empapaba los bordes del pilón y se volcaba por la calleja.
Detuvo el paso y recostose en el muro frontero.
Una de las mozas era muy blanca y garrida. Con el cántaro en la cadera, y apoyando el vientre contra el duro granito, estirose con ansia hasta recibir en la boca el largo beso del agua. Cuando se irguió de nuevo, su empapado corpiño mostró los hombros y los pechos como si estuviesen desnudos.
La hermosa mujer, con su anhelante movimiento, antojósele a Ramiro una figura de lascivia. Nunca como aquella tarde, después del larguísimo encierro, sintió de modo tan fuerte la tentación de la mujer. ¿Sería, en verdad, un soplo maldito ese incentivo que llegaba en las ondas del aire, ese almizcle indefinido de la hembra, que hacía temblar a los santos y contra el cual los conventos levantaban sus poderosas murallas sin aberturas? ¿No fue, acaso, el Divino Alfarero quien torneara con visible complacencia las formas de aquella ánfora maravillosa? ¿Cómo podía ser tan grande pecado gustar sus delicias? ¡Ah! ¿por qué tanto miedo y tanta pena? ¿Por qué no gozar de una bella criatura como del fruto de un árbol? ¿Por qué aquellas que le expresaban con cautelosa mirada su deseo no venían a ofrecérsele ingenuamente, una a una, como en los sueños? ¿Por qué tanto pavor entremezclado al más delicioso consuelo del mundo?
A lo largo de la calleja del Tostado llegaba un grupo de gente.
Instantes después, el mancebo se halló sorprendido por Beatriz y doña Alvarez. Una y otra venían en sillas de manos. El negro manto de la doncella estaba cubierto de arena blanquizca y su tez descolorida por el polvo; las pestañas, cenicientas; los cabellos resecos y como canosos. Llegaban, sin duda, de alguna finca de los alrededores.
Al pasar junto a la fuente, Beatriz no pudo reprimirse, e inclinado su cuerpo, pidió con el gesto a las mozas que la alargasen un cántaro. Luego, echando el velo hacia atrás y pegando su boca al barro humedecido, diose a beber como una zagala. Entonces doña Alvarez, levantando su bastón, dejolo caer sobre el cacharro, diciendo con voz baja y severa:
--La hija de un Blázquez no bebe en la rúa.
La niña obedeció, y sonriendo a su antiguo galán, que se acercaba haciéndose encontradizo, murmuró dulcemente:
--El otro domingo vuelve mi padre de la corte. Vaya vuesa merced a saludalle.
XXVIII
Llegado que fue el próximo domingo, Ramiro se engalanó como nunca y, a las tres de la tarde, fuese a visitar a don Alonso. La sangre, la imaginación, el orgullo tiraban en un solo sentido como los trapos de una barca en el viento. Además, no le faltaron razones para demostrarse a sí mismo que aquel paso era del todo oportuno, pues si había de partir en breve, no hallaría mejor ocasión para desligar a don Alonso de la promesa del hábito y declarar al padre y a la hija el objeto de su viaje.
Cuando Ramiro penetró en la cuadra de las pinturas, Blázquez Serrano regalaba a sus amigos con la sorpresa de un nuevo cuadro adquirido en la corte.
--Algunos--decía--lo atribuyen a Rafael de Urbino, y a mi fe, yo veo patente en este lienzo su sabio colorir y su consumada maestría de los perfiles.
La mueca de muda admiración, la mano que se encartucha como un anteojo, la que requiere las gafas y las va distanciando lentamente para volver a acercarlas, y toda suerte de frases e interjecciones de contagioso entusiasmo alternaban en derredor del caballete de taracea.
El docto señor de Mújica exclamó por último:
--Es digno de Apeles y de Parracio.
Ramiro hubiera querido también expresar su parecer. Estaba convencido de que a la mayor parte de aquellos señores se le alcanzaba muy poco del arte de la pintura. Sin embargo, todos manifestaban el mismo delirio y exaltaban a los grandes maestros como no lo hicieran con los héroes y los santos. Consideró entonces el privilegio de aquella gloria que nadie quería desconocer; acordose de los famosos pintores adulados por reyes y pontífices, y pensó que él mismo, ejercitando su asombrosa vocación, hubiera llegado muy pronto a la fama universal, al placer, a la riqueza, con sólo un haz de pinceles. Pero él no habría hecho aquella pintura alfeñicada y femenina, aquella pintura sin contraste y sin misterio. Sentía desde niño la fruición de los interiores sombríos, donde las pupilas descansan de la refracción implacable de las tierras y un solo rayo de sol revela bruscamente el color y la forma. Para él la pintura debía seguir también ese anhelo, consolar el sentido y tornar más fuerte y más hondo el ensueño, como el claroscuro de las estancias.
Don Alonso, al advertir que Ramiro se acercaba, tomole afable las manos y, después de un momento, preguntole en voz baja:
--¿Quiere vuesa merced pasar al estrado? Allí encontrará a mi hija Beatriz con algunos galanes y amigas que ella ha reunido. Toda gente moza y danzante.
Ramiro se inclinó, y el caballero le condujo en persona a lo largo de las galerías; pero antes de entrar en el estrado le detuvo un momento para decirle:
--Quería comunicar a vuesa merced que el negocio del hábito habrá que olvidallo por un tiempo, pues Su Majestad...
--Mejor así, señor--interrumpió Ramiro,--pues yo mesmo no sé agora si lo aceptara.
--¿Y qué diría vuesa merced--continuó don Alonso--si le nombraran regidor, como al hijo de San Vicente?
--¿Regidor? Si yo no hubiera de tomar el camino que presumo, algo más alta sería mi ambición. ¡O César o nada!--agregó Ramiro sonriendo.
Hallose abandonado de pronto en medio de una cuadra tenebrosa, sin distinguir rostro alguno. Hizo entonces una pausada reverencia, adivinando, por detrás de la barandilla, doncellas y galanes que acababan de enmudecer. Por fin una voz exclamó:
--Lléguese vuesa merced a la tarima.
Era Beatriz. Había que avanzar y avanzó; pero después de algunos pasos felices, llevose por delante una bandeja de metal donde vidrios y porcelanas se entrechocaron terriblemente. Oyose una risa tenue como un céfiro. Fue a caminar en opuesto sentido, y una jícara que había rodado sobre el tapiz crujió bajo su pie como una nuez aplastada. Alguien hizo sonar por mofa la cuerda de un rabel. La risa aumentó.
Estaba trémulo, y quizás la misma emoción hízole distinguir bruscamente a las doncellas sentadas a la morisca, sobre almohadas de terciopelo, y a los sonrientes galanes que las atendían, doblando la rodilla sobre el corcho. Ramiro, después de los saludos, fue a postrarse junto a Beatriz. Su confusión era enorme. La niña le preguntaba por los suyos, y él respondía como aturdido, no pudiendo pensar en otra cosa que en su grotesca aparición. Vergüenza mayor no había pasado jamás. ¿Qué gesto, qué palabra podría hacerle recobrar su apostura?
Todos pedían a Beatriz que danzara, y ella se excusaba débilmente. Sus ojos fosforecían como luciérnagas, y la extremada blancura de su tez vencía la obscuridad, semejante al lirio en la noche. Galanes y doncellas hablaban en lenguaje artificioso. Cada pareja escurría un concepto con apurada exquisitez; el sol, la luna, las estrellas servían para expresar, de modos innumerables, las excusas, las querellas, los rendimientos. Se templaban guitarras y vihuelas y oíase un murmullo preparatorio.
De pronto, Beatriz se levantó. Ofreciósele de compañero el alférez Antonio de Castro, recién llegado de Nápoles y que juraba _¡per Baco!_ a cada instante, para hacer reír a las niñas.
Todos pedían danzas diferentes: la pavana, la alemana, el pie del gibao, la gallarda. El alférez dijo, a su vez: ¡_per Baco_: la gallarda!, y, tomando la mano de Beatriz, interpuso entre sus dedos y los de ella un pañizuelo perfumado.
Dieron cinco pasos y después los perdieron. Los instrumentos sonaban con anticuada languidez y el lucido soldado conducía majestuosamente a la niña con la pompa señoril de aquella danza de los abuelos. Ella le miraba embebecida; ora ofreciéndose como una criatura del aire levantada por la onda de las vihuelas; ora evitándole con apicarado temor en algún apresuramiento del ritmo. Su embeleso embriagaba, enloquecía. Un lacayo acababa de abrir las maderas de una ventana, y la niña pasaba ahora, de la sombra a la claridad, como una visión, arrastrando en pos de sí la bruma de los sahumadores. A cada gesto picante, a cada mudanza difícil, estallaba en la tarima una brusca aclamación. Ramiro sentíase reducido, anonadado por aquel triunfo. Era un sentimiento imprevisto. Parecíale por momentos que su alma toda se iba también en pos de aquel faldellín, como el humo rastrero.
Concluida la gallarda, todos pidieron, a una, el baile del polvillo. Beatriz fuese a mirar por la rendija de una puerta, temiendo que su padre se presentase; y, después de apostar en aquel sitio al alférez, adelantose hacia la ventana, de modo que toda la hojuela de oro y el abalorio de su vestido rebullese en la luz. Entonces, recogiéndose apenas la falda con ambas manos, y mirándose ella misma los pies, púsose a repicar sobre el tapiz oriental un loco chapineo, tan recogido que hubiese podido bailarlo en un plato.
Ella cantaba:
Pisaré yo el polvico tan a menudico,
y los que estaban en la tarima contestaban a un tiempo, al son de las guitarras:
Pisaré yo el polvó tan a menudó.
--_¡Per Baco! ¡Per Baco!_--gritaba el alférez, punteando el compás con las palmas.
Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el almohadón de terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más intenso. Leocadia se le acercó de rodillas, ofreciéndola el chocolate en una jícara de oro.
--No, tráeme un barro--la dijo Beatriz.
La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla, los destrozos de un búcaro de Méjico que acababa de romper. La niña cogió un casquillo de aquella tierra comestible y, llevándoselo a la boca, comenzó a devorarlo, haciéndolo rechinar entre sus dientes. Otras amigas la imitaron.
Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las cortesanías y alabanzas de los demás; sentíase receloso de cada palabra. Púsose a hablarla de sí mismo, de ellos mismos, recordando los días de la niñez. A una pregunta de la doncella, confiola rápidamente el compromiso que había contraído con su madre de partir en breve para Salamanca, a fin de completar sus estudios.
--Tengo por seguro--díjole entonces Beatriz--que vuesa merced ha de llegar a ser un gran sabio; pero no le alabo la afición; más bien sentara a su bizarría alguna guerra. Para mí, digo yo, un soldado vale mil bachilleres.
--Gloria no pequeña procura así mesmo el saber--repuso Ramiro.
--¿Cuál más grande para un galán que haber matado muchos turcos o franceses con la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en una gran batalla en la mar. Mire vuesa merced al alférez que ha peleado mucho, pero mucho, y agora viene a danzar con nosotros, como si tal... Así quisiera ver a vuesa merced y aún mejor.
--¿Tanto admiráis al alférez?
--Es harto gracioso y valiente.
Tres doncellas y dos mancebos tañían ahora vihuelas de arco, un rabel y un clavicordio. Era una música que se entraba en las almas.
Ramiro sentíase como embriagado por vicioso licor y todo extraño, todo ajeno a sí mismo. Sus sentimientos familiares habían huido muy lejos, dejándole a solas con una imperiosa pasión surgida de pronto de algún silo del alma y ante la cual todos los instintos corrían a someterse cual humilde servidumbre. El no sabía lo que pensaba ni lo que iba a decir, y por eso mismo, palpó mejor que nunca ese obscuro fondo del ser, encima del cual, lo que él llamaba su sentimiento, su albedrío, su conciencia, no eran sino burbujas de un profundo hervor incomprensible. Dejose llevar.
La palabra de Beatriz le sorprendió:
--Cuán pensativo hase quedado vuesa merced. ¿Sufre malencolías?
Ramiro no quiso contestar.
--¡Ah! no. Será la herida aquella que harale daño a las veces.
--Esa ya cerró, Beatriz--replicó entonces el mancebo;--otra es la que agora vase reabriendo y haciéndome morir.
--¿Morir?
--Un regalado morir que es vida, pues si ansí no me matara, yo muriera.
--¡Ingenioso!...
--Exquisita llaga que me punza con sabrosos recuerdos.
Beatriz suspiró. La música exhalaba ilusoria frescura como un volar de espíritus ideales. Ramiro entreabrió sus labios con una sonrisa voluptuosa. De pronto, con voz muy queda, e inclinando el cuerpo hacia ella, prosiguió:
--Acuérdome agora de cuando me asomaba de noche a mi ventana, allá en la heredad. Todos en vuestra casa dormían, y vos mesma. Yo pensaba entonces que el escuro perfume de los jardines era vuestro aliento, ¡y mis pupilas, fijas en la altura, querían adivinar lo que sabían y aun saben de nosotros las estrellas!... ¡Yo os adoro, Beatriz!...
La niña suspiró otra vez, y Ramiro sintió que su manita buscaba la suya. Sus dedos se entrelazaron, se ciñeron apasionadamente.
--¡Cuán dichoso me siento!--balbuceó entonces Ramiro.--Decidme que apagaréis mis enojos y me amaréis de veras. ¡Ah! ¡Cuándo será que pueda llamaros mi esposa, mi Beatriz, mía! ¡toda mía!
Su aliento buscó la mejilla cándida de la doncella.
En este instante alguien nombró a Gonzalo de San Vicente y Beatriz oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro Valdivieso refería que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en nombre de Su Majestad, el nombramiento de Regidor.
Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho candelabros encendidos y un momento después llegaba el dueño de casa con algunos señores. Doncellas y galanes se levantaron. Don Alonso llamó a su hija para que hiciese la reverencia a su pariente el señor Márquez de las Navas.
XXIX
Dos días después, Ramiro recibió de una vendedora de rosarios un favor de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevió a ponerlo en su gorra, como lo hacían otros galanes amartelados; pero decidió llevarlo consigo entre el jubón y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de un intermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le repugnaba. Hizo llamar a Casilda.
La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes e íbase a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llevó también una sortija de diamantes y trajo una muy señoril, con florentino sello burilado en una crisólita. Casilda fue excelente recadera, y, según andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos, aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo de San Vicente hablaban a menudo con doña Alvarez; y que Pedro, el hermano menor, apenas se embriagaba en alguna taberna, poníase a gritar, dando puñetazos sobre las mesas, que así que Gonzalo llegara a casarse con la hija de don Alonso, él les daría, a uno y otro, de puñaladas, la misma noche de la boda.
* * * * *
Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria, debía Ramiro salir para Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas, comunicaría a su madre las disposiciones de su ánimo. Quizás al hallarse en aquella ciudad asombrosa, «pasmo del orbe», entre los vivientes dechados de piedad y sabiduría, su corazón le empujara irresistiblemente hacia la gloria espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era así, si su vocación no se revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otra senda. Un cuantioso patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en sus manos.
El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz. Rondaba en torno de su casa por la mañana y por la tarde. Veces veíala aparecer detrás de las vidrieras; veces, conviniéndose de antemano por intermedio de Casilda, salía de la ciudad e iba a sentarse sobre un canto, frente al lienzo de muralla que correspondía a su mansión, hasta verla asomar entre almena y almena.
La víspera de la partida Ramiro pasó más de una hora en aquel sitio, esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gran silencio. El galán no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo pie la roca granítica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el embate de un mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un papel, un billete, comenzó a descender en el aire con vacilante ondulación. ¿Qué signos preciosos traerían para él aquellas alas mensajeras? ¿Cuál habría sido el acento escogido por su amada para poner un pedazo de su alma en la solemne despedida? Recibió el papel en el sombrero y lo abrió. Decía:
«Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca, me escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano, una gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego, por medio de algún viajante, pues tengo harta necesidad. Dícenme que el cura de San Juan debe volver esta semana.
»Dichoso viaje, mi señor bachiller.
Beatriz.
»Hago escrebir este papel por la dueña, pues me he lisiado ayer un dedo, jugando en el huerto con los amigos.»
Doña Guiomar había puesto en movimiento a la numerosa servidumbre. Al día siguiente, de mañanita, todo estaba aparejado; y, llegada la hora, sacáronse a la calle, por la puerta principal, las acémilas cargadas, el cuartago para Ramiro y el macho rucio para el Canónigo, quien debía acompañarle hasta Castellanos de la Cañada.
Ramiro subió a despedirse de su abuelo. Don Íñigo se dejó besar la diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído de pronto sobre él, enfriando para siempre el último calor de su intelecto. Su chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los limones que se resecan.
A su vez, doña Guiomar abrazó a su hijo esforzándose en sonreír bajo las lágrimas; y, para poder seguirle con la mirada, subió con sus doncellas a la torre del caserón.
XXX
«Hijo mío: Tardo eres ya en contestar a una madre que te quiere más que a sí. Hasta hoy, que es día de Pentecostés, no me han llegado otras nuevas que las que trajo de palabra el licenciado Carmona.»
Así comenzaba la segunda carta de doña Guiomar a su hijo.
Por fin, cierta mañana, un religioso carmelita, de regreso de Alba de Tormes, sacó ante ella, del hueco de la manga, el ansiado papel. Ramiro contaba primero su entrevista con el Rector del Colegio del Arzobispo, en cuyas propias manos había dejado todas las cartas que llevaba. Luego refería su previo ingreso a las Escuelas Menores.