La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo
Chapter 11
Seguidamente, uno y otro, se dirigieron al estrado. Ya un crecido número de visitas rodeaba a don Íñigo. Don Pedro de Valderrábano, hidalgo viejo y socarrón, se paseaba solo, observando maquinalmente los muebles y mirando las figuras de los tapices. Otros señores hablaban, en pie, junto a las vidrieras, por donde entraba una luz opaca y mortecina. Ramiro, después de cumplir con los saludos de ceremonia, sentose junto a un ancho brasero, en torno del cual se parlaba de guerra.
Don Enrique Dávila juzgaba la táctica de Farnesio, mientras alzaba en su mano un vaso de plata con una piedra bezoar incrustada en el borde. Un criado escanciábale el vino de San Martín con demasiada frecuencia. Estaba ricamente vestido de terciopelo morado, con ropilla de lo mismo, forrada de pieles.
Su intemperante condición respondía a su estatura gigantesca. Cuando quería dominar alguna congoja, reventaba uno o dos caballos a fuerza de locas carreras por el camino de Villatoro. El juego era la única pasión que lograba punzarle. Peinaba sin crencha, hacia atrás. Su tez era barrosa y trasnochada. Sus ojos pequeños.
Ramiro no escuchó sino el final de su discurso:
--Diga, vuesa merced, que una vez que Farnesio hubo dejado las provincias para penetrar en Francia, debió librar batalla campal al Bearnés, desbaratalle en seguida, quitalle las vituallas, adueñarse de París e decir luego a nuestro rey: «Señale agora Su Majestad la persona que ha de sentarse en este trono.» De esta suerte, aunque exponiendo a Flandes, hubiéramos extendido el poder de nuestras armas y limpiado a aquella monarquía de la pestilencia luterana.
--¡Qué brava guisa de guerrear!--dijo don Pedro Valderrábano, con tono amistoso y burlesco.--En un quítame allá esas pajas desbarata vuesa merced un ejército, le coge las vituallas, cae de sopetón sobre una poderosa ciudad y se la adueña. Piense vuesa merced, señor don Enrique, que no hay batalla que no se gane desde una silla de vaqueta, cabe el brasero.
El regidor Gaspar González Heredia, queriendo amortiguar el picante de aquella fisga, agregó con seriedad, dirigiéndose a don Enrique:
--Quizá el ejército del Duque no era suficiente para tamaña empresa, y hay quien presenta al Bearnés como hombre de mucho ardid y coraje, que pelea a la cabeza de sus soldados.
--Con eso--le replicó el licenciado Daza Zimbrón, que alardeaba de táctico--no demostraría ese mucho ardid que dice vuesa merced; pues el jefe de un reino poderoso, como apunta a serlo el Bearnés, ya que ha de dar la batalla, no debe hallarse en la refriega, entre sus soldados; que si él mesmo fuere muerto o vencido, el reino todo se pierde, como aconteció a los persas y medos, vencidos por Alejandro, muerto el rey Darío, y en España muerto el rey don Rodrigo, y en Hungría, en nuestros tiempos, muerto el rey Ludovico, en la batalla que dio temerariamente a los turcos.
Prodújose un rumor de admiración.
--¿Y vuesas paternidades habéis recibido nuevas cartas de Francia?--preguntó don Alonso al padre Jaime Rodríguez, de la Compañía de Jesús.
--Casi todas se quedan por el camino. Este mes sólo una ha logrado llegarnos. Trae algunos pormenores de la primera acometida del Bearnés sobre París, en diciembre pasado.
--Sepamos, sepamos.
--Parecer ser que el Bearnés se acercó, ya pasada la media noche, cuando todos los vecinos dormían; pero, por un caso, en que se echa de ver la mano de Dios, los herejes apoyaron sus escalas en la Puerta Papal, donde se hallaban a la sazón algunos religiosos de nuestra Compañía. Al asomar los primeros asaltantes, nuestros hermanos dan repetidas voces de alarma. Los vecinos despiertan, tócase a rebato, y el hereje se retira desengañado.
--Grande gloria para vuestra religión--dijo alguno.
--Un venturoso accidente en verdad--respondió el padre Rodríguez.
Entonces el dominicano fray Gonzalo Jiménez, Guardián del Convento de Santo Tomás y Calificador del Santo Oficio, díjole con aparente mansedumbre:
--Ya tenéis blasón para hacer labrar a la puerta de vuestras casas.
--¿Cuál sería, según vuesa Reverencia, señor Guardián?
--_Anseres Capitolini_, los famosos gansos del Capitolio; y no se dirá que os falta añejo abolengo.
Todos sabían la enemistad que separaba a aquellas dos religiones; pero nadie esperaba una ofensa semejante; así que las palabras del padre Rodríguez: «Aún no sería bastante humilde para nosotros», se perdieron en un murmullo de estupor. Formáronse entonces pláticas diversas. Una predominó y todos acabaron por escuchar. El capellán de la Iglesia-Hospital de la Anunciación, Miguel González Vaquero, hablaba con el dominico Crisóstomo del Peso, de los milagros de doña María Vela, monja de Santa Ana. El capellán gozaba fama de santo. Su palidez cenicienta hacía pensar en terribles austeridades, y a la vez, sus grandes ojos claros emanaban conmovedora dulzura.
--Son tan grandes--decía--las mercedes que Dios la hace y tan apegadas sus razones al amor divino, que no cabe dudar.
--De su humildad y otras virtudes dígame cuanto quiera vuesa merced, señor capellán; pero de sus revelaciones muy poco, porque soy menos inclinado a creellas.
--Igual cosa oí decir a vuesa Paternidad, en cierta ocasión, de la madre Teresa de Jesús.
--En verdad, muchas veces dije: esperemos a ver en qué para esta monja, que no es bueno dar fe tan presto a sus virtudes y revelaciones; no tanto porque dudase de ella, cuanto por juzgar que así conviene para mujeres. Pero ahora declaro que la dicha Teresa ha dado a entender ser posible en ellas la perfección evangélica.
--Y así mesmo doña María, padre Crisóstomo. Harta experiencia tengo de su caridad y oración para saber si hay lazo o engaño de Satanás.
--Me dicen que fue vuesa merced--preguntó el licenciado Zimbrón, dirigiéndose al capellán--quien aconsejó administralla el santo Viático para hacella aflojar las mandíbulas.
--No, no; fue el padre Julián, el padre Julián.
--¿Vuesa merced presenció el milagro?
--Cuando yo entraba en la celda, ya doña María tenía abierta su boca hacia el divino remedio; toda la faz encendida como una lámpara. Más de nueve días pasó con los dientes tan apretados, que el hombre más fuerte no hubiera logrado separárselos y sin que fuera posible hacella pasar una gota de caldo.
La conversación recayó, como de costumbre, en la crónica de los asombrosos milagros que se realizaban de continuo en aquella ciudad.
Otra monja de Santa Ana oía todas las noches una voz que le denunciaba las asechanzas del Demonio en torno de la celda de tal o cual religiosa. En el convento de San José, Catalina Dávila, presa de súbito arrobamiento, habíase levantado varios palmos del suelo al leer una anotación de mano de Teresa de Jesús, en los Morales de San Gregorio. Sor Angela de la Encarnación era estrujada y abofetea la por Satanás a la vista de todas sus compañeras, y, últimamente, arrojada por él, desde lo alto de una galería al jardincillo del convento, no recibió daño alguno. Además, todos los lunes, que es el día que corresponde a la Oración en el Huerto, sudaba a imitación de Nuestro Señor, tanta sangre de toda su piel, que era preciso mudarla dos o tres túnicas al día.
Al hablar de aquellas cosas, las voces temblaban de modo extraño y los semblantes más recios se ablandaban y palidecían como oreados por un soplo divinal.
La ciudad entera, odorífera de santidad, parecía haberse levantado hasta una región convecina de Dios y flotar en pleno prodigio, entre el vuelo cuasi visible de los ángeles. Las almas ardían como los perfumados carbones de aquel místico brasero, hurgoneadas por la penitencia, atizadas por el aleteo de la incesante plegaria. El milagro estaba en todas partes. Posábase aquí y allá, a modo de un ave inverosímil y familiar. Se hablaba de él con regocijo, pero sin espanto.
El nombre de Teresa de Jesús, la religiosa andante, la garduña de almas, la pícara sublime, reaparecía con frecuencia en los diálogos. Muchos de los que allí se reunían eran sus parientes, algunos habían parlado y chanceado con ella en los locutorios de la Encarnación y de San José; otros, más ancianos, la conocieron muchacha, con harto amor a las galas y a los olores y poniendo motes a los galanes. Referíanse con el mismo entusiasmo sus prodigios que sus gracejos, y todos se complacían en hablar llanamente de un ser que los ojos del alma veían ahora en la gloria del Paraíso.
--Grande injusticia ha sido llevarnos la gran reliquia de su cuerpo--dijo Alonso de Valdivieso, al terminar la narración de una graciosa entrevista que tuvo con ella en Medina del Campo.
--Esa trapacería se la debemos al Duque de Alba--replicó el señor de Navamorcuende.
Entonces, aprovechando del vocerío que suscitaron aquellas palabras de don Enrique, un padre carmelita refirió en voz baja a Ramiro que, no hacía mucho, temiendo que se llevasen nuevamente de rondón el cuerpo milagroso, una hermana lega del convento de Alba de Tormes, en medio de una noche de tempestad, habíase dirigido al sepulcro de la madre Teresa, y descubriendo el cadáver, abriole el pecho con un filoso cuchillo, metió la mano por la herida y arrancó el corazón. Luego, aquella sobrehumana mujer, poniendo la reliquia entre dos platos de roble, se lo llevó consigo a la celda. Al siguiente día, el inconfundible perfume que embalsamaba los claustros, denunció el sublime sacrilegio.
Enfebrecido por el confuso rumor de los diálogos y el aire denso de la sala, Ramiro tuvo que reconcentrarse un momento, sintiéndose penetrar hasta el fondo del ser por la pasión que exhalaban aquellos últimos relatos. Acababa de comprobar una vez más que, a la primera mención de los prodigios de una humilde enclaustrada, todos los otros temas decaían; y los más recios hidalgos, orgullosos de sus linajes, de sus caudales, de sus cicatrices, inclinaban la cabeza como empequeñecidos ante la sublimidad de la gloria penitente.
Y de nuevo, la voz ajena y sosegada que solía susurrar en el fondo de su conciencia, le habló de esta manera:
Abandona la brega de los hombres. No hay vida más heroica, más fuerte, vida más vida que la de aquel que, desnudándose por entero del vano ropaje mundanal, sigue la senda de Cristo Nuestro Señor. Ese acrecienta como ninguno las potencias del alma, y, en un mismo día, asedia o se defiende, toma castillos o levanta cestones y palizadas, libra grandiosos combates, pone en fuga legiones inmensas, conquista mundos ignorados y maravillosos. Sólo aquél tiende su vuelo por los espacios de la eternidad, logra sus simientes, conoce la verdadera gloria y vence la vanidad, la brevedad y el terreno dolor.
Sí, sería religioso y quizás ermitaño. Estaba resuelto. Bajando los párpados, soñó, entre el murmullo creciente de la asamblea, en su futura santidad.
* * * * *
Un vocerío en la calle, un clamor áspero y bronco, que hizo retemblar las vidrieras, desgarró su visión.
--¿Qué es esto?--exclamaron algunos.
Ramiro, que se hallaba próximo a una de las ventanas, se puso en pie, abrió las maderas y miró. Un grupo de villanos avanzaba hacia el solar cruzando la plazuela. A la humosa llamarada de las antorchas, Ramiro pudo reconocer, en medio de aquel golpe de gente, la enhiesta facha de Bracamonte. Nueva exclamación estalló:
--¡Viva don Diego!
Los pasos de la turba resonaban sobre las losas de modo acompasado y solemne.
--Son algunos vecinos que vienen acompañando a don Diego de Bracamonte--exclamó Ramiro en voz alta, volviendo el rostro hacia el concurso.
--Parece--dijo Valderrábano,--que de algunos días a esta parte, apenas le advierten por esas calles, se ponen a seguille, y le van regalando todo el tiempo con sus vítores, que güelen peor de lo que suenan.
--Quiera Dios no le empujen a alguna demasía--agregó con lenta modulación el Canónigo lectoral.
Ramiro notó que algunas miradas descendían gravedosas, mientras otras escudriñaban, uno a uno, los semblantes. Entretanto, don Enrique Dávila respondía a la frase del Canónigo con injuriante risa haciendo saltar entre sus dedos el joyel que pendía de su cadena.
--Don Enrique: «Las barajas excusallas»--dijo entonces el Lectoral.
--Señor Canónigo: «Comenzadas acaballas»--replicole el señor de Navamorcuende, completando el conocido lema que llevaban las armas de su familia.
Minutos después entraba Bracamonte.
--¿Qué nueva?--preguntole don Enrique, dejando el asiento.
A la vez que un lacayo le quitaba de los hombros la negra capa salpicada de nieve, Bracamonte repuso:
--Que se pretende dar parte al Santo Oficio en la causa de Antonio Pérez, para burlar de esta suerte los Fueros de Aragón.
Tras un candelabro, y con todo el rostro iluminado por el resplandor numeroso de las bujías, el Guardián de Santo Tomás prorrumpió:
--¿Hay, por ventura, fuero más fuero que el de la Santa Inquisición? Allá se las arreglen, señor don Diego, que aquí estamos en Castilla.
Bracamonte, reconociendo al pronto la voz, replicó sin vacilar:
--Ya sabe vuesa Reverencia que, según los antiguos, la pendiente de la tiranía todo está en empezalla; y si a tal se atreven con Aragón, que tan celosamente ha guardado hasta aquí sus libertades, ¡qué no osarán luego con nosotros, que estamos ya harto desplumados y listos para la olla!
Ramiro sintió que le apretaban el brazo.
--Salgamos, que es tiempo--murmurole al oído el Lectoral.
Algunos tertulios se retiraban; don Alonso entre ellos.
* * * * *
Cuando maestro y discípulo bajaron a la cuadra del piso bajo, conducidos por Casilda, ya era de noche.
--Cae nieve--dijo la muchacha mirando hacia el patio.
Casilda no había soñado ni mentido. Después de un largo lapso de espera, comenzó a escucharse, a través de las tablas de la alhacena, cavada a medio grueso en el muro divisorio, el rumor de los que iban penetrando en la estancia vecina. No había rendija alguna por donde se pudiese atisbar; pero Ramiro y el Canónigo reconocían fácilmente a los congregados, aun cuando todos bajaban la voz con evidente cautela.
--Las nuevas cartas--dijo Bracamonte--son del Barón de Bárboles, de Miguel de Gurrea y del señor de Purroy.
Leyolas. Las dos últimas referían los sucesos recientes de Aragón y la agitación popular de Zaragoza. La de don Diego de Heredia, señor de Bárboles, entre otras cosas decía: «Hoy somos los aragoneses los amenazados, mañana lo seréis vosotros. Prestémonos fiel ayuda, hermanos de Castilla, que nuestra Patria se pierde; pues aquellos que son tenidos por sus padres y jueces, son malos padrastros y prevaricadores della.»
--Sí; la república se pierde--agregó con brusquedad Bracamonte, comunicando a su voz una resonancia imprudente.--¿Y, por ventura, debemos asombrarnos, cuando España, regida ayer por sus más claros varones, es hoy la presa de ávidos pecheros, que, no sólo buscan por todo medio acrecentar la propia hacienda, aunque perezca la pública, sino que pretenden, a más, empobrecer y destruir a la más antigua nobleza del reino, no dejándola, como sabemos, regentar los negocios, e inventando contra ella, cada día, nuevos pechos y humillaciones? Si el puntilloso honor de nuestra casta no se hubiese trocado, agora, en acoquinamiento y bajeza, ¿quién osara tales atrevimientos? ¡Ea!: mostremos que de algo vale aquella sangre delicada que heredamos de nuestros mayores. Es tiempo ya de resoluciones varoniles. Perdamos, si es preciso, la vida en la demanda, antes que la honra. Aragón sólo espera nuestra señal para arrojarse; Sevilla bulle y se revuelve, Valladolid, Madrid y Toledo vendrán a la zaga, apenas nosotros marchemos.
Un coro ardoroso de aprobación respondió a la arenga de Bracamonte. Luego, en medio del silencio que sobrevino, una sola voz resonó, adusta, inconfundible.
--Que no se diga que la vejez, enflaqueciendo mis fuerzas, ha destemplado mi corazón. Sepan vuesas mercedes que toda mi hacienda queda puesta desde hoy al servicio de esta demanda. Y si el caso lo pide, hareme subir en silla a la muralla, que aún puede mi diestra disparar un venablo.
Al escuchar aquella voz, el Canónigo y Ramiro se buscaron uno a otro en la obscuridad.
--¡Don Íñigo! ¡Válame Dios!--exclamó el Lectoral asiendo del brazo a su discípulo.
--¡Sí; él es!--dijo, tan sólo, el mancebo.
Escuchose entonces un rumor de interjecciones y frases entreveradas.
--Es un tirano--dijo alguien claramente.
--Su confesor--agregó el cura de Santo Tomé--ha de arder en el infierno, porque le absuelve.
Otros exclamaron:
--Que se lea el cartel que ha de pegarse en los muros.
--Es harto tarde.
--Que se lea, y partiremos.
Oyose entonces un ruido claro de papeles, y don Enrique Dávila leyó el histórico pasquín.
«Si alguna nación en el mundo debía por muchas razones y buenos respetos ser de su Rey y señor favorecida, estimada y libertada, es sólo la nuestra; mas la cobdicia y la tiranía con que hoy se procede no da lugar a que esto se considere. ¡Oh, España, España, qué bien te agradecen tus servicios esmaltándolos con tanta sangre noble y plebeya; pues en pago de ellos intenta el Rey que la nobleza sea repartida como pechera! ¡Vuelve sobre tu derecho y defiende tu libertad, pues con la justicia que tienes te será tan fácil; y tú, Felipe, conténtate con lo que es tuyo y no pretendas lo ajeno y dudoso, ni des lugar y ocasión a que aquellos por quienes tienes la honra que posees, defiendan la suya, tan de atrás conservada y por las leyes de estos reinos defendida.»
El vítor sordo que estalló en la estancia vecina hízoles comprender al lectoral y a Ramiro que los conjurados eran numerosos.
--Bien puesto, bien puesto, señor don Enrique--exclamaron algunos.
--Que se fije mañana mismo en los muros de la Iglesia Mayor y en los portales del Mercado.
--Dejemos escoger la ocasión a don Enrique y a don Diego, que, llegado el caso, todos estamos dispuestos a fijarlo por nuestras manos en el sitio que convenga.
Las sillas resonaron. Todos se levantaban para marcharse.
XXIII
Tan pronto como el Canónigo se halló de nuevo en el aposento de su discípulo, exclamó con profético vozarrón:--Todo esto habrá de concluir sobre un cadalso.
Ramiro, dejándose caer en una silla, junto a la pequeña mesa aderezada ya para la cena, fijó su mirada en el blanco mantel, que resplandecía bajo las llamas del candelabro, y después de largo silencio, repuso:
--Aunque así fuera, es menester seguilles. Ellos son los valientes y los honrados. Yo he de mostrar--agregó, levantando el rostro hacia la lumbre y golpeando con el puño sobre la mesa--que aún quedan en la nobleza castellana ánimos capaces de mostrar la vieja valentía.
--Por el hábito que tengo--replicó el Canónigo,--si estoy por decir que ha entrado en esta casa alguna legión de demonios invisibles que os van a todos revolviendo la sangre. ¿No comprendéis, hijo mío, que ese sandio y tahúr de don Enrique y esa bestia furiosa de Bracamonte no hacen sino vomitar en palabras el hondo despecho de no haber merecido honor alguno en su vida? ¿Y no se os alcanza también que, así como fijen ese alevoso pasquín que leyeron, serán uno y otro degollados por mano de verdugo, con algunos incautos que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro, concluir como ellos sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, o iros a remar en alguna galera bajo el corbacho del cómitre ¡adelante!; y así figuraréis en las crónicas como el vil descendiente que arrojó semejante baldón sobre su casa preclara y antiquísima.
--¿Soy, por ventura, niño o mujer para dejar a otros la guarda de nuestros derechos antiguos? Mi bisagüelo, Suero del Aguila, arriesgó la vida por ellos.
--Malaventurado yo--replicó el Lectoral--si he de cosechar esa espiga. ¿No será, ¡vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo, fuente de tantos yerros y desgracias, lo que os hace desvariar de esta suerte?
Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra, en uno y otro sentido, comenzó a decir, con la entonación grandiosa y el ademán vasto y pulpitable que usaba en ciertas ocasiones:
--¿Dónde está el tirano? ¿Dónde la sinrazón? ¿Hasta cuándo abusaréis de la real paciencia? ¿Quién que no sea un mentecato puede decir que la república se pierde? ¿Hubo, por ventura, en los siglos otra nación más temida y envidiada que lo es hoy día la española? Somos los amos de la tierra firme y del mar; tenemos asido al mundo de las greñas. El tercio de Flandes o de Italia han hecho palidecer la fama de la falange macedónica y de la romana cohorte; y al solo rumor de unas espuelas españolas tiemblan por doquiera los populachos. ¡Oh, necios! ¿Conociose jamás un monarca que fuese a la vez tan justiciero y tan grande como Felipe? Seguro estoy de que en los venideros tiempos, para formar un trasunto de su vida, tendrán que juntar la piedad de David con la sabiduría de Salomón, los triunfos de Alejandro con la prudencia de Marco Aurelio. Además, ¿cómo olvidar lo que ha hecho y hace diariamente por descepar del mundo la herejía? ¡Y aún hay descontentos en España! ¡Aún quedan malos vasallos que buscan el modo de trabar el paso a este príncipe ungido por el Señor! ¿Si pensarán los muy bellacos y avarientos que tanta grandeza no merece el nombre de tal si se les toma a ellos una hilacha tan sólo del capotillo?...
Siguió hablando de esta guisa, yendo y viniendo. Ramiro le escuchaba atentamente, seducido por la inesperada emoción de aquella catilinaria que, con decir todo lo contrario de lo que vociferaba en sus discursos Bracamonte, exaltábale, asimismo, de modo heroico y soberbio.
Un criado trajo la primera vianda. El Canónigo se sentó, y, apenas se hubo llevado a los dientes un grueso bocado de pernil, vio penetrar en la estancia a la madre de Ramiro. Parecía más animada que de costumbre. Habló casi con júbilo, empleando uno que otro gracejo místico al suplicar a su hijo que no hiciese esperar demasiado al Señor, y que, así como se hallase con fuerzas, montara, luego luego en el cuartago, camino de Salamanca.
--A vuesa merced, señor Canónigo, toca agora dar a esta alma el empellón que ha menester--agregó con inusitada sonrisa, al retirarse.
Cuando quedaron solos, el mancebo, enmudecido por las tumultuosas impresiones que jugaban con su ánimo, levantose nerviosamente y, acercándose a la ventana, abrió las maderas. Avila, recubierta de nieve, resplandecía bajo el mágico claror de la luna como una ciudad de encantamiento.
Ramiro ordenó al lacayo que se llevase las candelas.
Los rincones de la estancia se llenaron de sombra; pero, al mismo tiempo, la claridad sideral traspasó la polvorienta vidriera y quedó suspendida en el ambiente a modo de un velo soñado y alucinador.
Ramiro admiró el fantástico arminio que revestía las techumbres y las almenas en la noche diáfana; ¡y soñó en cosas del Cielo, en claras armonías del Paraíso, en el alma de Teresa de Jesús gozando de Dios, entre la innumerable blancura de los serafines!