La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas

Part 9

Chapter 93,987 wordsPublic domain

--Si á costa de cualquier sacrificio me es posible remediar su desgracia, ya pueden ustedes considerarse dichosas.

--Hasta hoy me he concretado á ver, oir y callar; pero ya estoy decidida á tomar parte en este asunto, y quiero escribir á ese hombre por si consigo más que mi hija.

--Pero si no saben ustedes dónde se encuentra...

--En eso precisamente consiste el favor que usted puede hacerme.

--No comprendo bien...

--Voy á explicarme.

--Sí, sepamos.

--No es posible que el conde de Romeral ignore dónde se encuentra el que, sobre ser su amigo íntimo, ha de casarse con su hija.

--Empiezo á entender.

--Y si el conde lo sabe...

--Debe saberlo Juanito, ¿no es verdad?

--Eso he querido decir.

--Y usted desea que yo...

--Le pregunte á Juanito como mejor le parezca; porque si nosotras lo hacemos...

--La comision es delicada.

--Tiene usted con Juanito mucha influencia.

--Me respeta bastante, no lo niego.

--Entonces...

--Intentaré dejarlas á ustedes complacidas, y abrigo la esperanza de conseguirlo así.

Doña Robustiana, dando una prueba de delicadeza y de nobles sentimientos, no hizo ninguna pregunta ni alusion que pudiera mortificar á la esposa de Bonacha.

Despidióse esta, y se fué tan satisfecha como podia estarlo en su situacion.

--¡Pobre Paquita!--murmuró la viuda.

Habia adivinado la verdad, porque no era difícil adivinarla.

Aquella misma noche fué Juanito algo más temprano que de costumbre, y así pudo la viuda desempeñar con más libertad su comision.

--Amigo mio,--dijo doña Robustiana,--preciso es que me dé usted otra prueba de franqueza y de generosidad.

--Dispuesto estoy.

--Acuérdese usted que tengo ya su palabra.

--Y la cumpliré.

--Quiero saber cómo puede dirigirse una carta á don Alfredo de Saavedra.

Palideció Juanito y quedó, silencioso por algunos minutos.

Le era muy fácil mentir sin que la mentira se descubriese; pero no quiso hacerlo, aunque ignoramos si al decidirse á decir la verdad lo hacia para cumplir su palabra ó con dañada intencion.

--Señora,--contestó al fin,--aunque nadie me obliga, seré franco.

--No espero otra cosa de usted,--dijo doña Robustiana.

--Don Alfredo de Saavedra está en Lóndres.

--¿Pero cómo debe dirigírsele una carta?

Por toda contestacion sacó Juanito su cartera, y con el lápiz escribió algunas líneas.

Luego arrancó la hoja, se la presentó á la viuda, y le dijo:

--Esas son las señas exactas, y si se le escribe y no contesta, la culpa no es mia.

--Gracias.

--He cumplido mi deber.

--Su generosidad tendrá algun dia la recompensa que merece.

Juanito desplegó una sonrisa amarga.

--Me parece,--añadió la viuda,--que la hija de don Pascual ódia ya á don Alfredo de Saavedra.

--¿Y por qué se afana tanto por él?

--Esto es ya una cuestion de amor propio.

--Cuestion que le costará muchos disgustos.

--Así lo creo; pero cuanto más duro sea el desengaño, más probabilidades hay de que usted, sea correspondido.

--El tiempo lo dirá.

Se presentaron otros amigos, y la conversacion fué interrumpida.

A las once de la siguiente mañana volvió la esposa de don Pascual á ver á su amiga, y esta le entregó el papel donde estaban las señas.

Sin perder tiempo escribió Paquita, suplicando, amenazando, evocando recuerdos y pintando con los más vivos colores su dolor y su desesperacion.

Esta última carta era mucho más elocuente que la que ya hemos dado á conocer.

La llevaron al correo y la certificaron, para que así no les quedase duda de que Alfredo la habria recibido.

Otra vez contaron los dias con una ansiedad inconcebible.

Apenas salian de casa.

El honrado don Pascual continuaba triste y meditabundo, y de vez en cuando hablaba de su propósito de dejar el empleo que debia al que habia engañado á su pobre hija.

¿Qué resultado produciria esta carta?

Suponemos que el mismo que las anteriores, pues desde que Alfredo dió los mil duros debieron desvanecerse todas las esperanzas de Paquita.

CAPÍTULO XV

El último esfuerzo.

Pasaron quince dias, que era mucho más tiempo del que se necesitaba para que Alfredo recibiese la carta y contestase; pero ni habia contestado, ni la situacion habia cambiado tampoco, y antes de adoptar una nueva resolucion, la madre y la hija creyeron conveniente ir á la administracion de correos.

Esperaban que les entregasen firmado por Alfredo el sobre de la carta; pero su sorpresa fué la más profunda cuando les presentaron la carta misma intacta y con una nota en que se decia que se devolvia á su procedencia, porque no habia querido recibirla la persona á quien se habia dirigido.

Las dos mujeres miraron al empleado como si no entendieran lo que este decia, y no acertaron á pronunciar una palabra.

--Les explicaré á ustedes lo que esto significa,--dijo el empleado.--Cualquiera persona está en su derecho de no recibir las cartas que se le dirigen, y cuando así sucede, se hace lo que está usted viendo. Ya sea porque al reconocer la letra del sobre haya comprendido que no le convenia, ó por otra razon cualquiera, ello es que la persona á quien va dirigida la carta se ha negado á recibirla, y aquí la tiene usted, y puede llevársela, entregándome el recibo del certificado.

Tampoco entonces acertaron á responder las infelices.

--¿Me han comprendido ustedes?

--Si,--dijo al fin la esposa de Bonacha.

--Pues me quedo con el recibo, y aquí está la carta.

Lo que Paca sentia, no puede hacerse comprender.

Como un autómata que obedece á sus resortes, tomó la carta y la guardó en el bolsillo.

Salieron de la administracion.

La desdichada jóven no hubiera podido decir dónde sé encontraba.

Apenas podia sostenerse, todo lo veia confuso y vago.

Apoyándose en un brazo de su madre, pudo seguir hasta la calle de Atocha; pero allí se detuvo, diciendo:

--No puedo más.

--¿Te has puesto mala?

--No; pero... entremos en un coche.

Lo que sufria podia verse en su rostro, cadavéricamente pálido y desfigurado.

No pudo entonces derramar una sola lágrima.

Cuando estuvo en su casa, se sentó, inclinó la cabeza sobre el pecho, y quedó inmóvil como una estatua.

La madre fué y vino, gritando sin cesar, amenazando y haciendo comentarios sobre su situacion.

Esto no era más que un desahogo, pero no un remedio.

Así pasó casi todo el dia.

Indudablemente Alfredo habia reconocido la letra, y para evitarse disgustos no quiso recibir la carta.

Verdad es que si la hubiera recibido habria sido completamente igual el resultado.

Lo que el tiempo vale, lo mucho que puede, lo sabia muy bien Saavedra, y tenia la seguridad de que con el tiempo la desdichada jóven acabaria de perder la poca fuerza moral que le quedaba, y que se resignaria.

Debia la infeliz encontrarse en más de un apuro que la obligase á gastar el dinero que hasta entonces no habia querido tocar, cuando esto hiciese debia renunciar á todas sus aspiraciones.

Uno de los medios que hay para que las personas se aburran y se desalienten, es dejar que el tiempo pase, y en fuerza de tiempo debia Paquita desalentarse, porque hacia demasiado uso de sus fuerzas, y por lo mismo estas debian concluir más pronto.

Empero todavía no se habia resignado; todavía le quedaban alientos para luchar, y lo único que le faltaba eran los medios.

Pensó si debia arrostrarlo todo, dar á conocer su desgracia á su padre y emplear los mil duros en hacer un viaje en busca de Alfredo; pero esto presentaba el inconveniente de que el seductor iba de un punto á otro sin cesar, y antes de encontrarlo podia haberse concluido el dinero.

Además, hubiera sido preciso dar un escándalo, confesar claramente la deshonra, porque un viaje como este no podia justificarse de otro modo.

¿No era Clotilde el obstáculo?

Pues si Clotilde rechazaba enérgicamente á Saavedra, debia ser más fácil conseguir que este se casase con Paquita.

No ideaba la jóven más que locuras.

Ya lo hemos dicho: se encontraba en ese estado de trastorno en que el juicio se pervierte.

Conferenció con su madre, y al fin decidió hacer el último esfuerzo.

Llegó el dia siguiente.

La madre y la hija salieron á las dos de la tarde de su casa, tomaron un coche, y fueron á la suntuosa morada del conde de Romeral.

Habíase puesto Paquita su mejor ropa, habíase adornado con el más cuidadoso esmero.

Esto era una torpeza, como otras muchas que habia cometido.

Si Clotilde era bella y elegante, Paquita no queria aparecer ménos seductora.

No pensó que en sus adornos estaba el sello de su modesta clase, y que, más que otra cosa, debia ponerse en ridículo.

Entró en la morada del conde, quedando en el coche la esposa de don Pascual.

Hé ahí otra torpeza.

La hija quiso evitar que su madre se dejase arrebatar por la cólera, y no pensó que debia formarse de su decoro una triste idea al presentarse sola, y con el fin que se presentaba.

Encontró muchos inconvenientes en los criados, porque era más difícil ver á Clotilde que á su padre; pero ella encareció tanto la importancia del asunto que la llevaba, que al fin uno de los sirvientes le dijo:

--Espere usted, y veremos.

Sentóse Paquita en una antesala.

A los pocos minutos se presentó una mujer jóven y bella, y bastante bien vestida.

Creyó la hija de don Pascual que aquella era Clotilde, y se puso en pié y saludó; pero era una doncella, que despues de contestar al saludo, preguntó:

--¿Cómo se llama usted?

--Soy la hija de don Pascual Bonacha.

--Mi señorita no tiene costumbre de recibir á nadie, porque como puede usted comprender...

--¡Su señorita!

--Eso he dicho.

Paquita conoció su error, quedándose avergonzada.

La doncella prosiguió diciendo:

--Pero tanto han encarecido el asunto que á usted la trae...

--Sí, es de mucha importancia, de mucha gravedad, y no creo que su señorita de usted se arrepienta de haberme recibido.

--La verá usted.

Desapareció la sirviente.

Paquita volvió á sentarse.

Trascurrieron cinco minutos, que fueron para ella cinco siglos.

Levantóse una cortina, y Clotilde se presentó vestida sencillamente y sin ningun adorno.

Su doncella la siguió, y se quedó junto á la puerta en actitud respetuosa.

La hija del conde atravesó la antesala, saludó con un movimiento de cabeza á la víctima de Alfredo, y le preguntó:

--¿En qué puedo complacerla á usted?

Lo primero que á Paquita le ocurrió pensar, fué que Clotilde era excesivamente hermosa.

Los celos la atormentaron horriblemente, y tambien se sintió trastornada, porque empezó á comprender que le seria imposible entrar en cierta clase de explicaciones, ni mucho ménos entablar una discusion en aquella antesala en presencia de la sirviente y cuando la actitud de Clotilde era una cortés despedida.

Sin embargo, ya no podia retroceder, y haciendo sobrehumanos esfuerzos para recobrar la calma y dominar su trastorno, dijo:

--Debo suponer que no le es á usted desconocido mi nombre.

--No.

--Pues bien; en la situacion en que me encuentro se hace preciso...

--Señorita,--interrumpió Clotilde,--le evitaré á usted la molestia de explicarse.

--Es que...

--No ignoro que tiene usted, ó ha tenido, relaciones de cierta clase con Alfredo de Saavedra; pero cualquiera que sea el estado de esas relaciones, le advertiré dos cosas: primera, que mi decoro no me permite escuchar el relato de historias ó sucesos de esa clase; y segunda, que hace ya algunos meses que devolví á Saavedra su más completa libertad, no habiendo entre él y yo más relaciones que las de una buena amistad. De todo esto puede usted deducir que no tengo interés alguno en los amores de Saavedra, y que no puedo influir en ningun sentido para que adopte tal ó cual resolucion. Si es que Saavedra le ha vuelto á usted la espalda, lo siento; pero la culpa no es mia, y sobre todo, como nada puedo hacer en favor de usted, no quiero saberlo.

--A pesar de esas razones...

--Repito que hablarme á mí de ese asunto es como hablar á otra persona cualquiera, y perdóneme usted que no la escuche más, porque ya le he dicho que mi decoro me lo prohibe.

Y no bien hubo pronunciado la hija del conde estas palabras, se inclinó y se dirigió á la puerta, mientras la sirviente levantaba la cortina.

Paquita quedó anonadada.

La vergüenza la hizo enrojecer.

La ira produjo en ella el más profundo trastorno.

Clotilde atravesó el umbral, y cayó la cortina.

La doncella quedó inmóvil.

La desdichada hija de don Pascual se oprimió el pecho.

Dejó escapar un grito desgarrador.

Sintió que repentinamente renacian sus fuerzas.

Quiso seguir á la hija del conde pero la sirviente se lo estorbó, y le dijo:

--Tranquilícese usted, señorita... Ya veo que sufre usted mucho; pero debe usted considerar que la culpa no es de nadie más que de don Alfredo. Todos los hombres son lo mismo, y si quisiera usted tomar mi consejo, no le pesaria: engañe usted al primero que se la presente, y así se vengará sin que le remuerda la conciencia por aquello de que paguen justos por pecadores, pues repito que todos ellos son iguales y merecen la misma pena. Cuando se tranquilice usted y reflexione, se convencerá de que usted hubiera hecho lo mismo que mi señorita.

Por fin el llanto corrió por las mejillas de Paquita.

--¿Viene usted sola?--preguntó la doncella.

--No.

--Me alegro, porque está usted muy agitada... la acompañaré hasta la puerta.

Paquita siguió maquinalmente á la criada, entrando en el coche y dejándose caer pesadamente.

El vehículo se puso en movimiento.

Entre tanto, la hija del conde se preguntaba:

--¿Cómo esta mujer se atreve á dar este paso?

Y luego pensó que por Juanito le seria posible obtener explicaciones y hacerse bien cargo de su situacion.

Ya sabemos que Juanito no podia descubrir el terrible secreto, porque lo ignoraba y ni siquiera lo sospechaba.

Sin embargo, Clotilde podia hacer algunas deducciones, y adivinar lo que no se le decia claramente.

Por de pronto, tenia ya una prueba de que Alfredo habia abandonado á la hija de don Pascual, y esto halagaba el amor propio de Clotilde y facilitaba una reconciliacion con su antiguo amante.

¿Cómo habia de suponer Paquita que iba á favorecer á su rival?

Y así lo habia hecho.

Y lo peor de todo era que contra su voluntad, y poco á poco, iba ella misma publicando su deshonra.

Cuando la madre y la hija estuvieron en su casa, exclamaron:

--¡Ya no hay esperanza!

No so equivocaban: Alfredo no se casaria con la hija de don Pascual.

La infeliz jóven habia hecho el último esfuerzo.

Ya le era forzoso resignarse.

En vez de emplear el tiempo en lo que no habia de producirle ningun buen resultado, debia invertirlo en poner á cubierto su honor en cuanto era posible que lo pusiese.

Le convenia salir de Madrid; pero esto presentaba muchas dificultades: su padre y el dinero.

En cuanto á lo segundo, ¿por qué no habian de hacer uso de los veinte mil reales?

Si de todas maneras no habian de conseguir otra cosa de Alfredo, al ménos con aquella cantidad podian más fácilmente poner en práctica cualquiera resolucion.

Pensaba la madre que tan deshonrada quedaba su hija tomando los mil duros como devolviéndolos.

No hay que decir que esto era un error.

Paquita mostró algunos escrúpulos; pero al fin se convenció.

Veinte mil reales son tentadores para los que de la verdadera dignidad no conocen más que el nombre.

Otra idea le ocurrió á la esposa de don Pascual.

--Me parece,--dijo,--que debes tomar al pié de la letra el consejo que te dió la doncella de tu rival. Los hombres todos son iguales, y ninguno merece compasion. Salgamos ahora de este apuro, y que luego Juanito pague lo que hizo Alfredo.

--Pero eso...

--Tú has sido demasiado crédula, has sido tonta y han abusado de tu buena fe, lo cual prueba que para los crédulos no hay compasion. ¿Por qué has de tener escrúpulos cuando no los han tenido para engañarte? Además, engañando á Juanito lo harás dichoso, porque te ama, mientras que al engañarte á tí te han hecho sufrir mucho. Y para que no te quede duda de que todos los hombres son iguales, piensa lo que le ha sucedido á la pobre Adela, que se casó con un hombre que parecia un santo, que no tenia que comer, mientras que ella es rica, y antes de un mes ya enseñó las uñas, y hoy lo tienes hecho un perdido, sin hacer caso de su pobre mujer y gastando el dinero de ella en divertirse y en obsequiar á otras.

--Todo eso está bien; pero papá...

--Descuida, que á tu padre tambien le haremos ver lo negro blanco.

--Es imposible.

--Para esto nos ayudará tambien doña Robustiana.

--No sé cómo.

--Tengo mi plan, y triunfaremos.

CAPÍTULO XVI

La honradez y el corazon de don Pascual.

Doña Robustiana debia dar una prueba más de su buen corazon y de su ingenio, y sobre todo era preciso que se cumpliera su propósito de ser ella la que casase á Paquita.

Preciso era ya confesarle claramente lo que habia sucedido á consecuencia de los amores de Alfredo, y la esposa de don Pascual dijo un dia:

--Pecho al agua.

Y sin más ni más fué á ver á la viuda.

Como era consiguiente, la conversacion recayó sobre la conducta de Alfredo de Saavedra, y cuando doña Robustiana dijo que nada de lo sucedido le sorprendia, exclamó la madre de Paquita:

--¡Ay!... pues no lo sabe usted todo; pero es usted nuestra mejor amiga, y ya no queremos ocultarle la verdad...

Interrumpióse, empezando á llorar.

Suspiró tristemente la viuda, y dijo:

--He adivinado lo que ustedes ocultaban, y por consiguiente no se mortifique usted en decírmelo. La desgracia es horrible; pero como ya no tiene remedio, lo que debe hacerse es ver cómo se repara. Nadie está libre de un momento de debilidad, y Paquita es digna de compasion más que de castigo.

--La pobrecita, tan inocente, tan crédula... ¡hija de mi alma!

De crédula ni de inocente habia tenido nada Paquita, y la causa de su perdicion habian sido sus necedades.

--Pues veamos,--repuso la viuda,--en qué puedo yo ayudarles á ustedes, pues aún quedan muchos recursos para evitar que la falta sea conocida.

--Nos ha ocurrido que un viaje seria lo mejor, y aunque puede justificarse para el mundo con la falta de salud, las dificultades son en cuanto á mi marido...

--Y que les seria á ustedes preciso estar por lo ménos tres ó cuatro meses fuera de Madrid.

--A Dios gracias, contamos con recursos bastantes en estos momentos.

--No es poco, pues con el dinero todo se consigue.

--Tambien mi marido es crédulo, y representando nosotras bien el papel, creo que todo se conseguiria.

--Déjeme usted reflexionar.

Guardó silencio y meditó la viuda.

--Hé aquí mi plan,--dijo despues de algunos minutos.

--Veremos si le ha ocurrido á usted lo mismo que á mí.

--Paquita se ha desmejorado bastante.

--Como que apenas duerme ni come.

--Desde hoy debe quejarse á todas horas, ya de dolores de cabeza, ya de malestar, y cuando pasen algunos dias se levantará tarde, se acostará temprano, y no querrá salir, asegurando que le faltan las fuerzas.

--Muy bien.

--Entre tanto, yo hablaré á todos los amigos del triste estado de Paquita, y diré que me parece que tiene mala enfermedad y que temo que se desenvuelva una tísis, lo cual á nadie debe sorprender, porque Paquita es de pocas carnes y de organizacion débil, y ya sabe usted que los que están robustos no creen que pueden vivir los que están flacos.

--Prosiga usted.

--Irán todos los amigos á visitar á Paquita, y la encontrarán pálida y ojerosa. Ella tendrá buen cuidado de estar siempre mal vestida y despeinada, porque los enfermos no tienen ganas de adornarse.

--Tiene usted mucho talento, doña Robustiana.

--Suspirará tristemente, hablará muy poco y de vez en cuando toserá, que yo le aseguro á usted que apenas la hayan oido toser, han de darla por muerta.

--No se equivoca usted.

--Don Pascual querrá que á su hija la vea un médico; pero ella se resistirá, y yo entre tanto habré ponderado el talento y la ciencia de cierto médico que ha hecho prodigiosas curaciones de esa clase de enfermedades.

--¿Y ese médico?...

--Es persona de mi más completa confianza, y además debe usted tener entendido que cuando se trata de estos asuntos, no hay médico que no sea honrado y reservado, siquiera por egoismo.

--Tiene usted razon.

--Desde el momento en que amenace un peligro á Paquita, Juanito, que la ama, la adorará, y aquí está el punto grave de la cuestion.

--Juanito es bueno.

--El médico asegurará que su hija de usted no puede salvarse si no pasa los rigores del frio en un clima más templado, como el de Valencia ó Andalucía, y es imposible que don Pascual se oponga al viaje.

--¿Y si intenta pedir una licencia para acompañarnos?

--La licencia no han de dársela para tanto tiempo como ustedes han de estar fuera de Madrid.

--Capaz es de dejar el destino.

--No lo dejará, porque es el único recurso con que cuenta para atender á la curacion de su hija.

--¿Y dice usted que Juanito?...

--Convencido de que ya Paquita no ama á don Alfredo de Saavedra, hará su declaracion formal.

--Y se escribirán...

--Y cuando Paquita salga de su apuro y vuelva á Madrid saludable y alegre...

--Comprendo, comprendo.

--Pues si le parece á usted bien...

--Sí, sí.

--Manos á la obra, que Dios nos protegerá.

--Hoy mismo empezaremos.

La esposa de don Pascual y doña Robustiana se abrazaron y se dirigieron las palabras más cariñosas.

Aquel mismo dia, cuando don Pascual volvió á su casa, se encontró acostada á su hija.

--¿Qué es esto?--preguntó.

--Me duele mucho la cabeza; pero no es nada de cuidado,--respondió la jóven.

Hizo Bonacha un gesto de disgusto, y guardó silencio.

Paquita apenas tomó alimento, asegurando que la comida le repugnaba.

Cuando llegó la noche, la viuda habló á sus tertulianos de la enfermedad de Paquita.

Esta supo representar admirablemente su papel.

Fueron á visitarla sus amigos, y antes de una semana todos decian que la jóven no podia vivir.

Don Pascual se concretaba á preguntar á su hija si se sentia mejor; pero ni siquiera nombró á los médicos.

¿Cómo se explicaba esto en un hombre tan cariñoso, y que siempre habia llevado hasta la exageracion los cuidados por su hija?

Era inexplicable su conducta.

Otra semana pasó, y como don Pascual no parecia dispuesto á cambiar de sistema, su mujer le dijo:

--¿En qué piensas?

--En trabajar lo mismo que siempre,--respondió Bonacha.

--Nuestra pobre hija está cada dia peor.

--Ya lo veo.

--¡Y lo dices con esa calma!...

--Sufro y me resigno, porque Dios lo manda así.

--Pero resignarse no es abandonarse.

--¿Y qué quieres decir?--replicó don Pascual, mientras tomaba el sombrero para salir.

--Quiero decir, que es preciso que á nuestra hija la vea un médico.

--¡Un médico!--exclamó Bonacha con acento de profunda sorpresa.

--Sí.

--¿Y qué ha de hacer el médico?

--Curarla.

Cambió de expresion el rostro de don Pascual.

No era en aquellos momentos el hombre cándido y bonachon.

Fijó una mirada profunda en su esposa, y despues de algunos momentos dijo:

--Me parece que el médico nada puede hacer.

Tembló la esposa de Bonacha y bajó los ojos, como si no se atreviese á arrostrar la mirada de su marido.

Este se puso el sombrero, tomó el baston y dijo sencillamente:

--Hasta luego.

¿Sospechaba la verdad?

Su mujer hubiera querido averiguarlo; pero no se atrevió á provocar explicaciones sobre este punto.

Pasaron otros tres dias, y ya todos los amigos mostraban extrañeza porque á la jóven la tuviesen en tal abandono, sin acudir á los socorros de la ciencia.

--Viéndolo estás,--dijo la mujer al marido;--la gente murmura, y tiene sobrada razon.

--Si es preciso llamar á un médico para que el mundo no se ocupe de mi hija, que el médico venga.

Y segun se habia convenido, fué á visitar á la enferma el médico amigo de doña Robustiana.

El honrado don Pascual continuó encerrado en su reserva.

Al cabo de una semana declaró el médico que era imposible que Paquita se salvase si no pasaba algunos meses bajo la influencia del clima benigno de alguna de las provincias del Mediodía, y designó los puntos que le parecian más convenientes.

No se opuso don Pascual al viaje, ni mucho ménos pensó en pedir licencia para acompañar á su familia.