La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas

Part 7

Chapter 74,055 wordsPublic domain

--Yo no soy cumplimentera, ni hago remilgos como ese talego con quien se va usted á casar, porque ha de saber usted que nací en el barrio de Maravillas y allí todo el mundo habla muy claro.

Interrumpióse Juana, porque el mozo se acercó, preguntando:

--¿Qué se ofrece?

--Café con media tostada de abajo,--dijo la sirviente.

Pocos momentos despues estaba complacida.

--Mira, Juana, á mí no me vengas con música celestial, porque yo te conozco demasiado bien. Tú necesitas hacer tu negocio; yo tengo necesidad de satisfacer mi capricho, y por consiguiente...

--Poco á poco.

--¿Te ofendes?

--No; pero...

--Hablemos con claridad, como dices que hablan los de tu barrio. En este pícaro mundo los que andan con escrúpulos de monjas.

--Entiendo.

--Todos van á su negocio, y el que no lo hace...

--Que no soy torpe.

--Voy á decir que te den una copita.

--Mire usted, me gusta; pero la señora tiene el olfato más fino que un perro.

--No quiero que te comprometas, aunque muy pronto has de dejar á doña Robustiana y cambiar de vida.

--La que paso no puede ser peor.

--No ignoras que voy á casarme.

--¡Y lo dice usted con tanto descaro!

--Sí, porque tengo la seguridad de que tú no crees que estoy enamorado de Adela.

--Me parece que ni usted ni nadie puede enamorarse de semejante mujer; pero así dormirá usted tranquilo.

--Me caso con Adela...

--Por el dinero, ¿no es verdad?

--Sí.

--¿Y con ese dinero?...

--Obsequiaré á otra que pueda satisfacer mi gusto.

--Y eso es una picardía.

--Puedes darle el nombre que mejor te parezca; pero es una cosa que me agrada, que me conviene. Una picardía parece tambien que tú busques de cierta manera el dote que necesitas para casarte con tu Manolo, y sin embargo, lo harás feliz y tú podrás ser tambien dichosa sin que la conciencia te atormente.

Juana siguió tomando el café, y aunque era muy habladora, guardó silencio.

Eduardo prosiguió así:

--Me casaré dentro de una semana, y aunque Adela quiere emprender viajes á lo gran señora, yo haré que desista de su propósito, porque la vida de Madrid me agrada mucho más que la que me espere por esos mundos de Dios. Apenas nos casemos me haré cargo de cuanto posee mi robusta suegra, y tú podrás inmediatamente dejar de servir.

--¿Y qué dirá Manolo?

--No soy adivino; pero tú eres sobradamente lista, y le harás ver que lo negro es blanco.

--Bien, eso corre de mi cuenta.

--Tendrás dinero abundante, aunque no me parece prudente que lo gastes en adornos, porque infundiria sospechas que no podrias desvanecer.

--¿Y si algun dia se descubre el negocio?

Eduardo se encogió de hombros con indiferencia, apuró el contenido de la copa, dejó escapar una bocanada de humo, y respondió:

--Mi esposa hará entonces lo que le parezca mejor, y tú te arreglarás con Manolo lo mejor que te parezca.

--Considere usted que si ya estoy comprometida...

--Jugarás el albur como yo lo juego, en la inteligencia de que no he de abandonarte, y si te decides por mí, nos reiremos de todo el mundo.

--En ese caso, lo mejor que puede hacer Manolo...

--Es arreglarse con mi mujer.

La sirviente soltó una carcajada, porque le parecia muy gracioso lo que acababa de decir Eduardo.

Este añadió:

--Los dos son tontos, y se entenderian perfectamente.

--Eso no puede suceder.

--Pero al ménos se contarán sus penas y se consolarán, mientras que nosotros pasaremos la vida lo mejor que nos sea posible. Ya sabes que á la fortuna la pintan calva, y si pierdes la ocasion...

--Es usted capaz de dar tentaciones á un santo.

--Como tú no tienes de ángel más que el rostro...

--Te veo,--replicó Juana, haciendo uno de esos mohines que caracterizan á la gente de su clase.

--¿Estamos conformes?

--Que sí.

--Me parece que ahora no te mostrarás tan esquiva, y por de pronto me tratarás con la franqueza que debe haber entre nosotros.

--Mientras estoy con doña Robustiana, es preciso que tengamos prudencia.

--Sí, mucha prudencia; pero...

--Déjame en paz.

--Siento que no te atrevas á tomar una copa.

--Ya lo haré cuando nadie tenga derecho á pedirme cuenta de mi conducta.

--¿Sabes lo que pienso?

--Lo sabré si me lo dices.

--Si Manolo no fuese un estúpido, me agradeceria lo que hago en su favor, puesto que de aquí á un año será rico.

--Para que veas lo que son las cosas. Yo hago un sacrificio para favorecer al pobre Manolo, y si él supiera la verdad, se pondria hecho una fúria.

--Ya te he dicho que es un estúpido.

Así continuaron hablando hasta despues de las nueve.

No habian fijado la atencion en la comedia que se representaba, ni siquiera se habian apercibido de que de vez en cuando resonaban aplausos estrepitosos, con los que el público demostraba su agrado por lo admirablemente bien que los actores trabajaban.

--Ya es muy tarde,--dijo la sirviente.

--Pues no te detengas, que pronto nos veremos otra vez.

--¿Irás esta noche?

--Sí.

--Tambien irá tu novia, y aunque sé que no la quieres...

--¿Tienes celos?

--No, pero...

--Juana mia, deja que ruede la bola, pues al final de la funcion hemos de ser felices, y nos reiremos de todos.

Llamó Eduardo y pagó, agotando todos sus recursos; pero esto no le hacia perder la tranquilidad, porque era uno de esos hombres que tienen un tesoro de esperanzas.

Salieron del café, y junto á la puerta se despidieron cariñosamente y se separaron, tomando en opuestas direcciones.

No habia dado tres pasos Juana, cuando fué detenida por un hombre, que parecia ser un artesano.

Era el llamado Manolo.

--¿Adónde vas por aquí?--preguntó, mientras su entrecejo se arrugaba.

--Pues ya lo ves, voy á mi casa,--respondió ella.

--¿Y de dónde vienes, paloma?--replicó Manolo irónicamente.

Juana, con el fin de tomarse algun tiempo para reflexionar, dijo:

--No vengo del sermón, ya puedes figurártelo.

--Sí, me lo figuro.

--Esta tarde he paseado por la Montaña del Príncipe Pio.

--Mientras yo te esperaba en Chamberí, segun lo convenido.

--Salí tarde, porque la señora me entretuvo, y creí que ya no te encontraria.

--Y despues de la Montaña...

--Viéndolo estás.

--Pero en alguna parte te habrás detenido.

--Detenerme... ¡Pues tiene la señora buen genio para hacerla esperar!

--Juana,--replicó Manolo con tono que algo tenia de amenazador,--tú has creido que puedes burlarte de mí; pero te equivocas.

--¿Y por qué dices eso?

--Demasiado bien lo sabes.

--Mira, si tienes mal humor, puedes romperte la cabeza contra una esquina, pues no es justo que yo lo pague.

--¡Juana!...

--No puedo detenerme.

--Ahora tienes prisa, y cuando estabas en el café...

--¿Y qué?--interrumpió la sirviente, convenciéndose de que ya era inútil negar.--Tú ves visiones.

--¿Con que no sales ahora del café?

--Sí.

--Pues entonces...

--Será menester decírtelo todo.

--No necesito que me digas que has estado en conversacion con ese silbante que va de visita á casa de tu señora.

--Me ofendes, Manolo.

--Yo no hago más que decir lo que ha sucedido.

--Pues bien; he venido á buscar á ese hombre, porque mi señora me lo ha mandado así, para decirle que no falte esta noche, pues no sé lo que sucede con doña Adela, y hay miedo de que el casamiento se desbarate. Ahora,--añadió Juana, como si en realidad fuese la ofendida,--quéjate cuanto quieras, acúsame; pero no vuelvas á mirarme en toda tu vida, porque yo no puedo querer á un hombre que desconfia de mí.

Interrumpióse como si no pudiese hablar, y llevó el pañuelo á los ojos para enjugar sus lágrimas ó aparentar que las enjugaba.

--Adios,--dijo con voz ahogada;--hasta el Valle de Josafat.

Y dió un paso para alejarse.

Manolo la detuvo, diciendo:

--Espera.

--Déjame.

--¿Por qué lloras?

--Por nada, puesto que no tengo motivos para llorar... Déjame, y busca otra que te quiera más que yo, otra que sea más honrada...

--No he puesto en duda tu cariño ni tu honradez...

--¡Despues de tanto tiempo y tantos sacrificios!...

--Que la gente nos mira.

--Pues déjame.

--No creo que he cometido ninguna gran falta; pero tú tienes un genio:...

--Si á tí te ofendiesen, veríamos.

--No hablemos más de este asunto: mis quejas son siempre de cariño... Se acabó... Te acompañaré, si es que mi compañía no te desagrada.

Se limpió Juana los ojos y envolvió á su amante en una mirada ardiente.

Siguieron por la calle de la Magdalena, y entraron en la del Ave-María.

Cuando llegaron á la vivienda de la viuda, estaban los dos amantes reconciliados y se hablaban más cariñosamente que nunca.

Despidiéronse y se separaron.

Ya empiezas á comprender, lector, hasta qué punto era afortunada la sensible Adela; pero su desgracia puede decirse que era obra de ella misma.

Quiso casarse á toda costa con un hombre de cierta clase, y aceptó el primero que se le habia presentado.

Ni la madre ni la hija se cuidaron de averiguar si aquel hombre era lo que parecia.

Era un marido, y con esto tenian bastante.

Todo esto será demasiado desagradable, tal vez horrible; pero desgraciadamente es verdad; pues no lo hemos inventado, sino que nos hemos concretado á referir lo que hemos visto más de una vez.

Las novelas más interesantes se encuentran en la vida real, y basta copiarlas para hacer un libro.

Volvamos á la familia Bonacha.

CAPÍTULO XI

Lo que para algunos hombres vale la honra de una mujer.

Con una ansiedad indescriptible aguardaba Paquita carta de Alfredo; pero habia trascurrido una semana, y la carta no llegó.

Durante este tiempo tuvo la jóven motivo para comprender en toda su extension su desgracia.

Esperó otros cuatro dias, y como la situacion era la misma, decidió escribir á su amante.

Hé aquí la carta de Paquita:

«Mi querido Alfredo: Cuento los dias, cuento los minutos.

»¿Por qué no me escribes?

»¿Te ha sobrevenido alguna desgracia?

»¿Te has olvidado de mí?

»No quiero creerlo, porque mi situacion es demasiado horrible.

»Mis presentimientos se han realizado, y bien pronto me será imposible ocultar mi deshonra.

»Respetables intereses deben haberte obligado á salir de Madrid, y esos mismos intereses te detendrán; pero hay algo que vale mucho más que todos esos intereses, más aún que toda tu fortuna, y ese algo es mi honor.

»Preciso es que de todo te desentiendas, de todo te olvides, para acudir á salvar mi honor, que debe ser el tuyo; para poner á cubierto nuestras debilidades y la suerte de una criatura inocente, y que algun dia puede pedirnos cuenta de nuestra conducta.

»No te hablo de mi amor, porque has visto ya que no he reparado en sacrificios, y que para satisfacer hasta tus más leves deseos, he olvidado todos mis deberes y mi propia conveniencia.

»Ha llegado tu vez, y ahora espero de tí las pruebas; ahora estás tú obligado á consumar todos los sacrificios sin vacilaciones.

»No te exijo que olvides el honor ni quiero que eches sobre tu conciencia la carga enorme de graves faltas; sino que, por el contrario, lo que quiero es que cumplas tus promesas, lo cual es honrarse, y que evites que tu conciencia te acuse algun dia.

»El dolor me trastorna.

»Desde que nos separamos, el sueño huye de mis ojos.

»Lloro noche y dia.

»¡Cuánto sufro, Alfredo, cuánto sufro!

»Si no cumples tu deber, ¿qué será de mí?

»Y cuando mi honrado padre conozca la deshonra de su hija, ¿qué le sucederá?

»No podrá el infeliz soportar golpe tan terrible.

»Con todo se ha resignado; lo mismo con la pobreza que con los infinitos sinsabores de la vida. Estaba tranquila su conciencia y esperaba en la eternidad los goces que en este mundo le negaba la fortuna; pero con lo que no se hubiera resignado, con lo que no se resignará, es con la deshonra.

»Somos pobres; pero, no lo dudes, tenemos el sentimiento del honor como los ricos, y quizá más aún, porque es lo único que tenemos.

»Si nos arrebatan el honor, ¿qué nos queda?

»Tú me has arrojado al fondo de un abismo, y tú eres la única persona que puede salvarme.

»Alfredo, salva mi honor y quítame despues la vida.

»No me importa morir; pero que mi padre no conozca la horrible desgracia.

»Toda su vida ha sido un mártir, y ya que no otra cosa, que pueda al ménos morir tranquilamente, que no me maldiga, porque sólo Dios sabe lo que la maldicion de mi padre produciria en mi alma.

»No eres, no puedes ser un miserable depravado: tienes sentimientos generosos, y si no por cariño, por compasion, Alfredo, siquiera por compasion, corre, ven, sálvame, y luego huye de mí, si es que mi presencia te enfada, que yo devoraré en silencio mi dolor y mis amarguras, y no turbaré tu dicha con la importunidad de mis quejas, sino que te dejaré en completa libertad para que goces y seas dichoso.

»No puedo más, Alfredo, no puedo más... Ven y salva á tu víctima infeliz, compadece á mi padre, piensa que tú tambien eres padre, y haz por tu hijo lo que por mí no harias.»

El sentimiento habia sublimado la inteligencia de Paca.

Nadie hubiera esperado semejante carta de la hija de don Pascual; pero el sentimiento, cuando llega á cierto grado, iguala todas las inteligencias.

No habia meditado Paca para escribir.

Las elocuentes frases de su carta se habian escapado de su alma sin que ella misma pudiera apreciar todo su mérito en ningun sentido.

¿Era posible que Alfredo leyese la carta con indiferencia?

¿Era posible que abandonase á la mujer que todo se lo habia sacrificado?

Sí era posible, por más que no lo parezca.

Alfredo tenia que cumplir otro compromiso, que aunque no tan sagrado, era para él de mucha importancia.

Además, parecíale horroroso casarse con Paquita, á quien él mismo, en presencia de sus amigos, habia hecho objeto de las más sangrientas burlas.

No, Saavedra no podia ser esposo de la hija de don Pascual, no podia serlo sin deshonrarse, segun él mismo creia.

Y entre su deshonra y la de aquella infeliz, no era dudosa la eleccion, tratándose de un hombre de sus circunstancias y carácter.

Alfredo debia luchar, debia sufrir; pero al fin triunfaria su vanidad, su amor propio, su orgullo desmedido y su perversion moral.

Debia pensar Alfredo que cuando se casase con Paquita, Clotilde lo miraria con profundo desden, y que en los círculos de lo que se llama gran mundo se aguzaria el ingenio para inventar epígramas.

Lo repetimos, el demonio de la vanidad debia decidir la cuestion.

Una vez escrita la carta, encontróse Paquita con que no sabia cómo dirigirla.

¿Qué hacer para salir de este apuro?

Consultó con su madre, y despues de discurrir largamente, resolvieron ir á la casa de Saavedra para preguntar á los criados del mismo.

Hiciéronlo así.

Nunca lo hubieran hecho, porque fueron recibidas con mucha frialdad, casi con desden, á pesar de que el mayordomo de Alfredo las conocia.

--Ahora,--dijo el criado, que debia estar bien instruido por su señor,--se encuentra el señor don Alfredo en Santander; pero no estará allí más que tres ó cuatro dias, porque asuntos de interés lo llaman á Francia.

Volvieron á su casa la madre y la hija, y aquel mismo dia quedó la carta en el correo.

Otra vez contaron los minutos con angustioso afan; pero el tiempo pasó sin que recibiesen ninguna carta.

Volvieron á ver al mayordomo de Alfredo.

El criado dijo:

--Cuando el señor de Saavedra sale de Madrid no nos escribe sino en caso de absoluta necesidad, porque no cree que está obligado á dar cuenta de sus acciones á su servidumbre.

--¿Pero dónde se encuentra?--preguntó Paquita.

--No lo sabemos con seguridad, aunque suponemos que debe estar en Paris ó en Lóndres.

--¿Y cuándo volverá?

--Tampoco el señor de Saavedra dice eso á sus criados.

Todas las preguntas, observaciones y razonamientos fueron completamente inútiles.

¿Habia recibido Alfredo la carta?

Debia suponerse que sí, pero esto no era más que una suposicion.

Despues de quince dias de mortal angustia, el mayordomo de Alfredo se presentó á las señoras de Bonacha, diciéndoles:

--El señor de Saavedra me escribe desde Lóndres, y me manda entregar esto á ustedes y advertirles que recibió su carta.

Y al mismo tiempo presentó el criado un pliego, que aunque no muy voluminoso, lo era más que una carta cualquiera.

La hija de don Pascual exhaló un grito de alegría.

Por fin Alfredo contestaba, y tal vez se justificaba y aun anunciaba su regreso.

El criado añadió:

--El mismo dia que el señor don Alfredo me escribió, debia salir de Lóndres para Francia y Alemania; de manera, que ignoro dónde se encuentra en estos momentos.

No bien hubo pronunciado estas palabras, salió.

Paquita daba entre sus manos vueltas al pliego, como si tuviese miedo de abrirlo.

Sus manos temblaban convulsivamente.

--Acaba,--le dijo su madre.

La jóven rompió al fin el sobre.

No era una carta lo que este contenia, sino cinco billetes de cuatro mil reales, es decir, mil duros.

La madre dejó escapar una exclamacion de sorpresa.

La hija exhaló un grito desgarrador, y perdió el conocimiento.

No se necesitaban explicaciones.

Alfredo habia tasado en mil duros el honor de la hija de don Pascual, y pagaba la deuda.

Esto no necesita comentarios.

La última esperanza se habia desvanecido.

CAPÍTULO XII

Otro celoso que quiere vengarse.

¡Qué feliz era Adela!

El sacerdote acababa de bendecir la union de la jóven con Eduardo, con el hombre sensible, cariñoso y tierno, con el hombre sublime hasta el último grado de la sublimidad.

Eduardo habia conseguido que le prestasen algun dinero, y pudo presentarse con ropa nueva, llevando su audacia hasta el punto de poner en uno de los ojales de su frac una cruz de Isabel la _Católica_.

--¿Qué es eso?--le preguntó Adela.

--Una de las condecoraciones que tengo.

--Yo no sabia...

--Ya me conoces,--repuso el tahur,--y sabes que no soy vanidoso.

--Pero si tienes esas distinciones...

--Hago uso de ellas en ciertas solemnidades y nada más, y aun eso, más que para dar importancia á mi persona, para cumplir exigencias sociales, y sobre todo para que se vea que te has casado con un hombre que algo representa en el mundo.

Lo que sintió Adela no puede explicarse.

¡Casada con un hombre que tenia una cruz!

No sospechaba la infeliz que debia ser crucificada.

Se casaron al amanecer, descansaron hasta las once, y á esta hora fueron á almorzar á la fonda del Cisne.

Muchos de sus amigos habian sido convidados, y casi todo el dia se pasó alegremente.

Adela se sentia tan orgullosa, que no se hubiera cambiado por una reina.

La esposa y la hija de Bonacha, aunque invitadas tambien á la fiesta, no asistieron, porque no era posible que Paquita quisiera presenciar la dicha de Adela, ni mucho ménos exponerse á que le preguntáran cuándo se casaba ella.

Ocho dias antes habia recibido la infeliz los mil duros con que le pagaban su honor, y fácil es comprender el estado de su ánimo.

¿Habia aceptado el dinero?

No; pero tuvo que guardarlo, porque al dia siguiente fué á devolverlo al mayordomo, y se encontró con que este habia partido para ir á reunirse á su señor.

Conservó Paquita aquellos billetes para hacer de ellos el uso que exigia su dignidad; pero le era preciso esperar hasta que volviese Alfredo.

No más que una semana trascurrió, despues de haberse casado Adela con Eduardo, cuando una mañana tuvo Juana por conveniente maltratar á _Morito_.

--¿Qué significa esto?--dijo la viuda con acento colérico.

--Significa,--respondió la sirviente,--que yo estoy aquí para servirla á usted; pero no para aguantar las impertinencias de un gato.

--Pues si no quieres sufrirlas, tendrás que buscar nuevo acomodo.

--Ahora mismo, porque ni un minuto quiero estar en una casa de donde me echen.

--Puedes hacer lo que te parezca mejor.

--Pues déme usted la cuenta, y tal dia hará un año.

Cruzáronse algunas frases más, todas ágrias hasta el último grado de acritud.

Doña Robustiana pagó á su sirviente, y esta se fué.

Aunque ya sabemos lo que significaba su despedida, diremos que el dia anterior habia recibido mil reales de Eduardo y debia irse á vivir con una amiga suya.

El tahur habia satisfecho así todos sus deseos, y se consideraba el hombre más dichoso del mundo.

Empero no bien habian pasado otros cuatro dias cuando sentia la necesidad de nuevas emociones, y se acordó de su antigua vida, suspirando tristemente y pensando que era insoportable la monotonía de su nueva existencia.

Siempre Adela á su lado, siempre su suegra frente á él, y si conseguia dejarlas por espacio de una hora y con cualquiera pretexto, era para ver á Juana.

Juana y Adela debian, por consiguiente, constituir el martirio de Eduardo.

Un hombre como él, no podia vivir así.

Ya era dueño absoluto del dinero de aquellas dos infelices, dueño de una gran parte de la fortuna que poseian.

¿Por qué habia de seguir guardando consideraciones?

Creyó que representaba un mal papel.

Si encontraba á sus amigos, se le burlaban, llamándole esposo manso y otras cosas por el estilo.

Y Adela se mostraba cada dia más exigente para que le guardasen cierta clase de consideraciones, porque ella se habia casado para verse halagada en su amor propio, y no para otra cosa necesitaba un marido.

Por fin, una tarde, despues de haber comido, dijo Eduardo que tenia que hacer, y salió.

Su esposa pensaba haber ido á paseo, luego al café, y por último al teatro ó á la tertulia de doña Robustiana.

--¿Tardarás mucho en volver?--le habia preguntado Adela á su marido.

--No lo sé,--respondió él;--pero haré lo posible para venir pronto.

--Te aguardaré vestida.

--Como quieras.

--Si ya no es hora de ir á paseo, iremos desde luego al café ó al teatro.

Llegó la noche, y Eduardo no habia vuelto.

Adela y su madre se vistieron cubriéndose de adornos, y determinaron pasar la noche en el café.

Pero dieron las nueve y el infiel esposo no se presentaba.

--¡Dios mio!...--exclamó la jóven.--¿Le habrá sucedido alguna desgracia?

Doña Cecilia se contentó con hacer un gesto de disgusto.

A las nueve y media estaba la esposa profundamente abatida, y á las diez se quitó los guantes y las flores y los lazos que adornaban su cabeza.

La madre seguia callada; pero no por prudencia, sino porque queria reunir toda la cantidad de bilis posible, para dejarla escapar de una vez.

A las diez y media perdieron las esperanzas.

Adela cambió su lujoso vestido por una bata, dejóse caer en un sillon y empezó á llorar.

--No tengas cuidado,--le decia entonces su madre,--que ninguna desgracia le habrá sucedido. Luego lo verás entrar bueno y sano, y diciendo que sus negocios no le han permitido volver antes; pero si esto sucede otra vez, la culpa será tuya. Te he dado consejos que no has querido seguir. A los hombres es menester tenerlos muy sujetos, porque si se les deja en libertad abusan. La cabra tira siempre al monte, y tu marido será como todos. Si yo me hubiese descuidado, ¡pobre de mí! pero me mantuve siempre firme, y así conseguí que tu padre anduviese siempre derecho. Si te muestras indulgente, puedes considerarte perdida. Verdad es que aquí estoy yo, que no permitiré que tu marido se burle de tí.

--Tal vez...

--Si le hubiera sucedido una desgracia, ya lo sabríamos.

--Sus quehaceres...

--¿Y qué negocios tiene tu marido? Ningunos, porque no se ocupa más que en comer y en pasear, y la buena vida que lleva te la debe á tí, puesto que tuyo es todo cuanto hay en la casa. No digo que Eduardo no te quiera; pero la verdad es que ha hecho un gran negocio al casarse contigo.

--Piensa que no es ningun descamisado.

--¿Pues qué tiene? Las esperanzas de heredar á su tio, y si éste vive cien años y quiere dejar á otro su fortuna, ni aun eso tendrá. Luego has de pensar que lo del tio gallego es una cosa muy oscura, pues parece natural que se le hubiese dado parte de vuestro casamiento, y que él hubiera contestado poniéndose en relaciones contigo.

Adela suspiró tristemente.

Empezaba á comprender una verdad horrible.

--Tarde ó temprano todo se descubre,--prosiguió diciendo la madre,--y sabe Dios lo que al fin resultará.

Haciendo estos y otros comentarios, siguieron la conversacion.

Ya habian dado las once cuando sonó la campanilla y entró Eduardo, dejándose caer en una silla, limpiándose el sudor que corria por su frente, y diciendo:

--¿Cenamos ya?

Era de ver el semblante de las dos mujeres.

--Yo no quiero cenar,--dijo Adela.