La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas

Part 6

Chapter 63,982 wordsPublic domain

--Eduardo queria esperar para que sus intereses estuviesen en órden, porque ya saben ustedes que es el hombre más delicado del mundo; pero como ellas no miran el interés, porque el dinero les sobra, han querido que la boda se haga inmediatamente para emprender un largo viaje antes del otoño.

--Tampoco Adela puede quejarse de la fortuna.

--Eduardo la adora; pero no es tan rico como el señor de Saavedra, ni representa en la sociedad tan brillante papel.

--¿Y qué más puede pedir la hija de un cerrajero?--replicó Paquita.

--Si es honrada, puede pedir mucho.

La jóven palideció, y su madre se apresuró á decir:

--Mi hija tambien es honrada.

--Nadie lo ha puesto en duda.

--Y es señora desde que nació, y su padre es un caballero, y por consiguiente pertenece á otra clase. Buen papel haria la hija del cerrajero entre duques y marqueses, como estará mi hija cuando se case.

--Yo deseo la dicha para las dos, y estoy satisfecha, porque me parece que las dos han conseguido lo que deseaban.

Si la esposa de don Pascual hablaba de viajes de Alfredo, era porque este habia dicho que tenia necesidad absoluta de salir de Madrid.

Esto no era un verdadero motivo de alarma, y sin embargo, Paquita empezó á perder la tranquilidad.

Doña Robustiana, con la mejor intencion, le dijo á la jóven:

--Pues los aires del campo no te han sentado muy bien, porque estás más pálida y ojerosa, y me parece que has perdido algo de tu alegría.

Paquita hizo un gran esfuerzo para sonreir.

--Me siento muy bien,--dijo.

¿Y qué pensaba de todo esto don Pascual?

Aunque parezca inverosímil, su carácter habia cambiado durante la ausencia de su familia.

Ya no sonreia constantemente: se le veia con frecuencia muy preocupado, y algunas noches dejaba de leer _La Correspondencia_, lo cual sorprendió mucho á su esposa.

Tampoco dormia tantas horas como antes, y habia disminuido considerablemente su apetito.

Sin embargo, don Pascual no estaba enfermo, aunque si hemos de hablar con exactitud, diremos que su enfermedad era moral.

Así como el instinto le habia dicho á su esposa que Alfredo no era conveniente para su hija, el instinto tambien le hacia adivinar al honrado padre grandes desgracias.

No encontraba nada malo en lo que habia visto, y sin embargo, le desagradaba mucho.

Hizo algunas indicaciones; pero su esposa y su hija le contestaron con tantos razonamientos, que el infeliz se sintió aturdido, y tuvo que callar.

Alfredo habia dicho que trabajaba para conseguir un nuevo ascenso, y tanto ascender asustaba ya á don Pascual Bonacha.

Era este de esos hombres que creen que lo que no se justifica con claridad, es sospechoso; más aún, que no puede ser bueno.

Así daba una prueba de recto juicio, que nada tiene que ver con el talento.

Si á don Pascual le hubiese tocado el premio grande de la lotería, antes de cobrar hubiera enseñado el billete á todo el mundo para que nadie dudase de que era verdad, y para que de todos fuese conocida la procedencia de aquel dinero.

Lo mismo le sucedia en cuanto á los adelantos tan rápidos y repentinos hechos en su carrera.

¿Por qué le protegia tan decididamente un hombre á quien apenas conocia?

Esta pregunta debió hacérsela el mundo, y para explicarse el efecto intentaria buscar la causa.

Para que esta fuese adivinada no era menester más que una mediana sagacidad.

Cuando Paquita estrenaba un vestido, don Pascual sufria, y tenia buen cuidado de hacer público que su hija trabajaba y ganaba cosiendo, y que el producto de su trabajo lo invertia en comprarse ropa.

Así no daba lugar á que nadie preguntase de dónde salia el dinero que valian todos aquellos moños, volantes, pendientes y otros adornos por el estilo, pues era fácil que algun malicioso creyese que don Pascual explotaba á los que iban á rogarle que despachara pronto un expediente.

El honrado Bonacha era, pues, una víctima de los extravíos de su hija, así como esta debia ser al mismo tiempo víctima de Saavedra y de sus propias debilidades.

De todos los personajes que hemos presentado, ninguno es digno de respetuosa consideracion y lástima sino don Pascual, y aun á este debemos acusarlo, porque no tuvo valor para hacer cumplir sus deberes á su esposa y á su hija.

Muchos padres hemos conocido así, y sobre haber sufrido ellos mucho, han hecho muy desgraciados á sus hijos.

«Quien bien te quiera te hará llorar,» dice el adagio.

Bonacha no habia tenido valor para hacer llorar á su hija.

Muchas veces se hace un beneficio haciendo sufrir, y esto es lo que tal vez no habia comprendido don Pascual.

El hombre que no se considera con fuerzas para sobrellevar en todos sentidos la enorme carga de la familia, no debe creársela.

Juanito no se descuidó, y apenas supo que habian regresado la esposa y la hija de don Pascual, dispúsose á proseguir su obra, yendo á casa de doña Robustiana precisamente media hora despues que habian salido la madre y la hija.

A Juanito le faltaba el valor para arrostrar frente á frente la tormenta, y buscó un camino indirecto.

CAPÍTULO IX

Las primeras lágrimas.

Juanito estaba más flaco y más pálido que un mes antes, y esta alteracion no habia pasado desapercibida para la mirada investigadora de la mujer casamentera.

Como no era la hora de la tertulia, podian hablar con entera libertad. Además, Juanito era uno de los amigos más antiguos de la casa, y la viuda le profesaba gran estimacion.

--¿No está usted bien?--le dijo ella apenas lo vió.

Una sonrisa leve y amarga fué la respuesta de Juanito.

--Vamos á ver si nos entendemos,--añadió la viuda;--siéntese usted aquí, á mi lado... Véte, _Morito_.

El pobre gato tuvo que dejar la silla que ocupaba.

--Señora,--dijo Juanito,--aseguran que la fortuna me sonrie.

--Tenia usted cuatro mil reales de sueldo y dependia su suerte de la voluntad de un ministro, y ahora tiene doce mil, que puede conservar sin otras recomendaciones que las de su honradez.

--Ciertamente.

--Pero yo no puedo equivocarme como los demás.

--Doña Robustiana, usted me conoce demasiado bien...

--No quiero acusarlo porque no tomó mis consejos oportunamente.

--Harto me pesa,--respondió Juanito, suspirando tristemente.

--No tiene usted madre, y yo quise serlo...

--Tengo mucho que agradecerle á usted, y mucho de qué acusarme.

--Lo que ya se hizo no puede deshacerse; pero tampoco debe perderse la esperanza de que se remedie el mal.

--¡Remedio!... no lo hay.

--¿Y por qué?

--Paquita se ha deslumbrado y creo que se ha enamorado ciegamente, y aun cuando no fuese así, no seria posible que rechazase á un hombre como Saavedra para casarse con un hombre como yo, ni yo tampoco he de exigirle que por mi felicidad haga semejante sacrificio.

La viuda desplegó una sonrisa irónica, y preguntó:

--¿Cree usted que don Alfredo de Saavedra se casará con Paquita?

--Al ménos así parece que sucederá.

--Es usted muy jóven, y yo soy vieja; conozco el mundo, y usted no lo conoce, aunque se ha empeñado en hacernos creer que es un hombre muy corrido y casi cansado de la vida. Si yo no tuviese del corazon humano el conocimiento que tengo, no habrian salido de mi casa con marido muchas mujeres que entraron sin él y sin esperanzas de tenerlo. Y no vaya usted á decirme que algunos de esos matrimonios son desgraciados, porque yo nada tengo que ver con eso. Si una mujer necesita marido, se lo proporciono, y á ella le toca ver si le conviene, aunque si hemos de decir la verdad, tanta razon tendrian ellos para quejarse como ellas.

--¿Adónde va usted á parar, doña Robustiana?

--Quiero convencerlo á usted de que no me equivoco fácilmente en esta clase de asuntos.

--Estoy convencido.

--Paquita no se casará con Alfredo, porque yo sé muy bien lo que una mujer tiene que hacer para casarse, y ella está haciendo todo lo contrario.

--Tiene usted el don de adivinar.

--¿Lo cree usted así?

--Lo creo, porque conozco antecedentes de mucha importancia.

--Explíquese usted, porque hoy hemos de hablar con franqueza y hemos de combinar nuestro plan de campaña.

--Le confiaré á usted un secreto.

--Sepamos.

--Don Alfredo de Saavedra ama á otra mujer rica y de elevada clase.

--¿Lo ve usted?

--Y esa mujer le corresponde.

--Ya pareció aquello.

--Mis noticias son exactas, puesto que...

--Sí, esa mujer amada por Saavedra debe ser la hija del conde de Romeral.

--Exactamente.

--¿Y es posible que pierda usted la esperanza?... Recobre usted la tranquilidad, que más ó ménos tarde, Paquita se verá abandonada; comparará entonces el corazon de usted con el de Saavedra, y haciéndole justicia, le amará.

--¡Ah!--exclamó Juanito, empezando á reanimarse.

--Deje usted este asunto á mi cargo, que yo lo arreglaré.

--Pero el secreto que acabo de confiarle...

--Lo explotaré con habilidad...

--Piense usted...

--Es usted un niño.

--Doña Robustiana...

--Hemos terminado.

--Pues bien; queda en manos de usted mi porvenir, mi felicidad, mi vida.

--¿Ama usted de veras á Paca?

--Con frenesí.

--Pues será usted su marido.

En el colmo del entusiasmo besó con ternura filial Juanito las redondas manos de la viuda, y esta juró una y otra vez que cumpliria lo que habia prometido.

El cumplimiento de esta promesa debia ser una nueva desgracia para Juanito.

Separáronse, y al dia siguiente la viuda fué á visitar á la familia Bonacha.

La recibieron muy bien; pero con esa benevolencia que el superior dispensa al inferior.

Disimuló doña Robustiana y dijo para sí:

--Antes de cinco minutos me habreis pagado la ofensa.

Y luego añadió en vez alta:

--No pensaba venir hoy; pero he pasado por la esquina, y me parecia un crímen no subir.

--Mucho le agradecemos á usted sus demostraciones cariñosas,--respondió la esposa de don Pascual.

Doña Robustiana miró muy atentamente á Paquita, y despues de algunos minutos le preguntó:

--¿Conoces á la hija del conde de Romeral?

--No,--respondió la jóven.

--Pero la conocerá cuando se case,--se apresuró á decir la esposa de Bonacha,--porque entonces se visitará con toda esa gente.

--En cuanto á la hija del conde...

--¿Qué?

--Nada, nada,--respondió la viuda.

Sus reticencias, el tono con que hablaba y hasta sus gestos, daban mucho valor á lo que acababa de decir, por más que al parecer no hubiese dicho nada.

Estremecióse Paquita y densa palidez cubrió su rostro.

--¿Pero por qué,--dijo,--nombra usted ahora la hija del conde de Romeral?

--Por nada, absolutamente por nada... es que me ha ocurrido... En fin, hablemos de tu próxima felicidad.

--Doña Robustiana, las palabras de usted tienen mucha intencion, y se lo digo así, porque siempre hablo con mucha claridad.

--Pues bien; ya que te empeñas me explicaré, aunque no pensaba hacerlo, porque estos asuntos son muy delicados.

--¿Qué quiere usted decir?--preguntó la madre de Paquita, que empezaba á dejarse arrebatar por la cólera.

--Digo lo que es verdad, y cuando sucede una cosa, la culpa no es mia, sino de quien la hace. Y basta con esto, porque el buen entendedor no necesita muchas palabras. Estoy mortificándote, no se me oculta; pero todo esto prueba que me intereso mucho por tu suerte. Ahora averigua, reflexiona y determina lo que te parezca mejor; pero me tomaré la libertad de aconsejarte, que no dejes pasar mucho tiempo para hacer tu boda, pues me parece mejor sistema el de Adelita. Ya sabes aquel refran que dice, que pájaro en mano vale más que ciento volando.

No es posible que se comprenda el efecto que produjeron estas palabras.

La madre y la hija hablaban á la vez y le exigian á doña Robustiana terminantes explicaciones.

¿Qué más podia decir la viuda?

Sin embargo, tan apurada se vió, que acabó por exclamar:

--¡Hablaré, hablaré!

--Ya escuchamos.

--Don Alfredo de Saavedra está enamorado, ó por lo ménos es novio, de la hija del conde de Romeral, y ella lo ama, y el padre aprueba esos amores, y el casamiento es asunto tratado muy formalmente. Este compromiso no puede romperse sin producir un escándalo, y como las personas de cierta clase tienen al escándalo más miedo que á la muerte, debe suponerse que la hija del conde se casará con Saavedra aunque se odien.

La madre y la hija quedaron anonadadas.

La primera apenas podia respirar, y tal fué su trastorno, que tuvo que acudir á su remedio favorito de beber agua y vinagre.

Paquita tambien temblaba; pero no á impulsos de la ira, sino del terror.

Habia inclinado sobre el pecho la cabeza, y no se atrevia á arrostrar la mirada de la viuda.

¡Infeliz!

Algunos dias antes le hubiera sobrado valor para soportar el golpe.

¿Qué seria de ella, si Alfredo de Saavedra la abandonaba?

Nosotros, que conocemos el terrible secreto de su amor, podemos apreciar sus mortales angustias.

Doña Robustiana no creyó conveniente prolongar aquella visita, y se dispuso á salir.

La jóven, que pocos minutos antes se habia mostrado tan orgullosa, se acercó á la viuda, la cogió las manos, se las estrechó cariñosamente, y le dijo con humilde tono:

--Doña Robustiana, usted me quiere casi tanto como mi madre.

--Creo que sí.

--No puede usted desear que yo me vea en ridículo.

--Me parece que no tengo un alma tan depravada.

--Pues bien; yo le suplico...

--De lo que hemos hablado nada sabrá Adela ni ninguno de los amigos que me visitan.

--Gracias.

--Hago excepcion de Juanito, porque ya sabes que este...

--Sí, esta empleado en la misma casa del conde de Romeral, y supongo que por él habrá usted tenido esas noticias.

--¡Si lo vieses!... El pobre está que pueden ahogarlo con un cabello.

Paquita suspiró tristemente.

--Te ama como no puede amarte ningun hombre.

La esposa de don Pascual volvió á tomar parte en la conversacion, y dijo:

--Lo que tiene Juanito es rábia porque mi hija no lo ha querido, y para vengarse se ocupa en llevar y traer chismes y cuentos.

--Si es verdad que Saavedra y la hija del conde se aman, lo que á consecuencia de esto pueda suceder no es culpa de Juanito.

Despidióse y salió doña Robustiana, dejando en aquella casa el gérmen de profundos trastornos.

Cuando la madre y la hija quedaron solas, entregáronse á todos los trasportes de la desesperacion.

La madre amenazaba terriblemente.

La hija juraba que no cederia con facilidad, que disputaria palmo á palmo el terreno, y que antes consentiria morir que declararse vencida.

No habian trascurrido dos horas, cuando Alfredo se presentó.

Lo mismo que le habia sucedido algunos dias antes en casa del conde, le sucedió al entrar en la vivienda de Bonacha, es decir, que al primer golpe de vista comprendió que algo muy grave sucedia.

La esposa de don Pascual, con pretexto de atender á sus faenas, fué y vino, dejando á los dos enamorados en libertad completa para que hablasen.

No era posible que Paquita se encerrase en su dignidad y se mostrase reservada lo mismo que Clotilde.

Habia entre ambas grandísima diferencia, y sobre todo la hija de Bonacha habia perdido su fuerza moral, y su situacion la obligaba á colocarse en otro terreno y á seguir distinto sistema.

Fijó en Alfredo una mirada, que más que severa era dolorosa, y le dijo:

--¿Recuerdas todo lo que ha sucedido desde que tuve la debilidad de amarte ciegamente?

--No lo he olvidado,--respondió Saavedra con una frialdad espantosa.

--Pues bien; es preciso que yo sepa lo que debo esperar.

--Debes esperar que yo te ame siempre.

--Eso es muy vago.

--¿Pues qué más deseas?

--Lo que exige mi honor, que he sacrificado por tí.

--Paca, te aconsejo que dejes ese tono trágico, porque...

--Me engañas, Alfredo,--interrumpió la jóven sin poder contenerse.

--¡Que te engaño!...

--Amas á otra.

--No es verdad.

--Tengo pruebas.

--Todo lo adivino... ¡Oh!... ese mozalbete estúpido se ha empeñado en que yo me rebaje hasta el punto de darle una leccion durísima. No te pido explicaciones, porque no las necesito.

--No he visto á Gonzalez hace ya mucho tiempo.

--Pero él habrá hecho llegar hasta tí sus mentiras, porque está desesperado, y como el valor le falta para disputarme tu amor, hace lo posible para desunirnos. Ya se ha ocupado de tí en casa del conde de Romeral, y ciertamente no te favorece mucho lo que ha dicho. Lo he despreciado y lo he perdonado; pero ahora veo que mi generosidad lo alienta, y me será preciso adoptar otra resolucion.

--Todo el mundo dice que es convenido tu casamiento con la hija del conde.

--Todo el mundo puede decir lo que quiera; pero la verdad es que no pienso casarme.

--Pues dame una prueba de tu amor, una prueba de la rectitud de tus intenciones; una de esas pruebas que no dejan lugar á dudas y que me tranquilice para siempre.

--¿En qué puede consistir esa prueba?--dijo Alfredo mientras encendia un cigarro.

--Nuestros amores no pueden tener más que un término: unirnos con lazos indisolubles...

--Paca,--interrumpió Saavedra,--asuntos tan graves no pueden tratarse ligeramente.

--Ahora no tenemos que hacer otra cosa,--repuso Paquita.

--Te equivocas, porque esta misma noche debo partir.

--¡Te vas!...--exclamó Paquita con acento de terror.

--Pero volveré, descuida.

--¡Te vas!...--volvió á decir la jóven.

--He recibido una carta que me obliga á ponerme en camino inmediatamente.

--¿Y mi honra, Alfredo, y mi honra?--gritó desesperadamente la infeliz.

--De todo eso hablaremos oportunamente, pues debes pensar que irse de Madrid no es irse del mundo.

La calma de Alfredo atormentó á la desgraciada jóven como no puede imaginarse.

Sintió la infeliz que le faltaban las fuerzas.

Un raudal de lágrimas se escapó de sus ojos.

Saavedra hizo un gesto de disgusto, y se puso en pié, diciendo:

--Si así te dejas arrebatar, jamás nos entenderemos.

--¡Estoy perdida!...

--Te dejas dominar por la primera impresion; pero cuando reflexiones recobrarás la calma.

--¡Dios mio!...

--No he venido para oirte llorar.

--¡Oh!...

--Adios... Creo que dentro de pocos dias volveré; pero si mis asuntos me obligan á detenerme, no pierdas por eso la tranquilidad, puesto que ya comprendes que más ó ménos tarde he de venir.

La jóven quiso hablar, y no pudo.

Sentíase medio ahogada.

Acudió la madre á tomar parte en la conversacion, porque era imposible que permaneciese mucho tiempo callada.

--¿Pero qué es esto?--dijo.--Me parece, don Alfredo, que un hombre de la clase de usted...

--Señora, puede usted evitarse la molestia de darme lecciones que no estoy dispuesto á recibir; y en cuanto á lo demás, ya he dado explicaciones á su hija de usted, y todo quedará arreglado.

Quiso la madre replicar; pero Alfredo no escuchó, y salió sin dar tiempo á que le dirigiesen nuevas reconvenciones.

--Ya lo ves,--dijo la madre;--este hombre no me gustaba... Seria la primera vez que yo me hubiese equivocado.

Paquita guardaba silencio y lloraba.

Su madre no podia comprender todavía todo lo horrible de la situacion.

Bien puede decirse que la suerte de la jóven estaba decidida.

A quien más compadecemos es al honrado don Pascual.

CAPÍTULO X

Dos bribones que se entienden.

Tenemos que presenciar una escena que en nada se parece á las que ya hemos pintado, porque es preciso que el lector se convenga de que Eduardo era un mozo que valia mucho, y que, como decirse suele, servia lo mismo para un barrido que para un fregado.

No hemos tenido ocasion de verlo más que en la vivienda de doña Robustiana, ni de oirlo más que cuando hablaba sublimemente con la sensible Adela.

Era Eduardo uno de esos hombres que tienen habilidad para hablar á cada uno en su lenguaje y para dar á su rostro la expresion, ahora cándida, luego picaresca, ya triste como un entierro, ya alegre como una boda.

Por esta razon tenemos que reconocerle el mérito que se reconoce á un actor consumado.

Lástima era que un hombre dotado de tan clara inteligencia se hubiese extraviado hasta el punto de llegar á ser un miserable, tan digno de compasion como de castigo.

Eduardo no tenia corazon, y sin embargo era débil alguna vez; cuando se trataba del bello sexo, estaba sujeto á caprichos, y estos le habian producido ya más de un disgusto; pero cuando se trata de las pasiones, la criatura no escarmienta, ni es posible que se corrija, porque la causa está en su propia organizacion.

Se recordará que el futuro esposo de Adela se permitia ser demasiado galante con la criada de la viuda, y sobre este punto vamos á dar explicaciones.

Juana era bonita, bastante bonita para llamar la atencion de cualquier hombre, y bien podia suceder que alguno se enamorase de ella, si no ciegamente, con interés sobrado para cometer alguna locura.

En este caso se encontraba Eduardo, y como á Juana, contra su costumbre, le pareció bien mostrarse esquiva, avivóse más lo que no sabemos si llamar pasion del amante de Adela, quedando así probado que los inconvenientes y los obstáculos encienden el deseo, son combustible añadido á la hoguera.

Empeñóse el truhan en satisfacer su anhelo, y como Juana se empeñó en resistir, defendiéndose heróicamente en la antesala, los pasillos y la escalera, lo que primero fué un capricho sin importancia, llegó á ser una cuestion grave, hasta de amor propio.

No era posible que Eduardo se resignase á verse derrotado cuando se trataba de una fregona; pero no le ocurrió pensar que al empeñarse en aquella lucha iba á quedar preso en las redes que él mismo tendia.

Ablandóse al fin Juana, aunque poco, y permitió ciertas franquezas, que del caso no son, cuando bajaba á las doce de la noche para abrir la puerta de la calle al truhan, llevando en una mano la luz y en la otra la llave.

Tenia Juana su novio, como ya sabemos, que la queria con las mejores intenciones y la mejor buena fe; pero ella no queria privarse de divertirse cuanto pudiera, porque decia que la juventud dura poco, y es preciso aprovecharla.

Cuando era ya cosa convenida el casamiento de Eduardo, creyó este que podia arriesgar algunas promesas deslumbradoras, puesto que dinero habia de sobrarle para cumplirlas con el dinero de su mujer.

La sirviente necesitaba un dote, y para reunirlo no era bastante lo que ahorraba de su salario, resultando de todo esto que acabó por escuchar al tahur y le dió una cita para poder hablar despacio y tranquilamente.

Cada quince dias gozaba Juana de completa libertad por algunas horas, y esta libertad la aprovechó para el arreglo del asunto que nos ocupa.

Las ocho acababan de dar, y el café del Sur, situado en la Plaza del Progreso y esquina á la calle de Lavapiés, estaba ya ocupado hasta el último rincon.

En el café del Sur se representan comedias, se baila, se canta, se fuma mucho tabaco virginia, se bebe mucho aguardiente, se oye un lenguaje que puede ruborizar á un coracero y se respira una atmósfera pesada y nauseabunda, capaz de resentir los pulmones más firmes.

Esto no mengua en nada el crédito de que goza el café del Sur, pues precisamente se ha establecido para hacer comedias que diviertan á los concurrentes y para que allí se beba y se fume, sin que á nadie deba hacerse responsable de la mala calidad del tabaco, á nadie más que al gobierno, que no lo vende mejor.

Junto á una de las mesas encontrábase Eduardo.

Habia bebido ya una copa de ron, y empezaba á beber la segunda, en tanto que aspiraba con verdadera delicia el humo del tabaco que en su pipa se quemaba, pipa que se habia guardado muy bien de sacar en presencia de su futura.

Juana entró en el café.

Se habia puesto su mejor ropa, y aunque el vestido era de percal, tenia mucho que ver cómo arrastraba una larga cola, que producia un ruido bastante desagradable, en tanto que con la mano izquierda levantaba la falda para no pisarla y lucir sus botas de color azul celeste, y con la diestra abria, cerraba y agitaba el abanico.

Una lluvia de piropos cayó sobre la sirviente; pero ella, sin tomar en consideracion tales atrevimientos, atravesó el café y fué á sentarse frente á Eduardo.

--Ea,--dijo,--aquí me tiene usted, y ahora veremos si puede convencerme de lo que no se convenceria la más tonta. ¿Lo entiende usted?

--Ante todo, es preciso que digas lo que quieres tomar.