La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas
Part 5
--Ya ha visto usted que este caballero no me es desconocido, y por consiguiente no necesito que me lo recomiende el señor de Almendares. Le agradeceré á usted mucho que lo tome á su servicio, y si por cualquiera razon no le conviene hacerlo así, le hablaré al ministro para que sea nuevamente colocado con un ascenso.
Juanito, para cumplir los deberes que impone la buena educacion, debió dar las gracias á su rival; pero tal era su turbacion, que no pudo articular una silaba.
--Señor Gonzalez,--dijo el conde,--bien puede usted asegurar que es el hombre más afortunado del mundo. Se quedará usted á mi servicio, si es que le conviene, y yo haré por usted cuanto me sea posible. Si prefiere usted una posicion oficial, nuestro amigo Saavedra se la ofrece; pero en esta época de agitacion y revueltas políticas, ningun empleado puede considerarse seguro, aunque cumpla su deber, mientras que en mi casa tendrá usted asegurado su porvenir.
--Gracias, señor conde,--dijo por fin Juanito.
--¿Cuánto sueldo tenia usted?
--Cuatro mil reales.
--Es una miseria, y no comprendo cómo podia usted atender á todas sus necesidades. Bien es verdad, que con su buena conducta ha podido hacer milagros. Yo le hubiera ofrecido á usted doble de lo que tenia; pero ahora le ofrezco triple, es decir, cincuenta duros cada mes, porque tengo la obligacion de complacer al mismo tiempo á dos de mis mejores amigos, al señor de Almendares y al señor de Saavedra. Soy muy caprichoso, como todos los viejos, y á mi hija la sucede casi lo mismo, y para ciertos asuntos, que no tienen más importancia que la que nosotros les damos, es para lo que tenemos necesidad de los servicios de usted. Será usted, como si dijésemos, nuestro secretario íntimo, y si se pasa un mes sin que tenga usted que hacer nada, en cambio llegará un dia que trabaje usted con exceso. ¿Le parece á usted bien? Creo que sí, y por consiguiente nada tenemos que hablar. Mañana vendrá usted á las diez, se instalará en mi despacho, y luego veremos si hay algo que hacer. Lo que mi hija disponga, aunque sea un desatino, está bien dispuesta, y si yo doy una órden y ella otra contraria, hay que obedecer ante todo lo que ella mande, porque si no se enfadaria, y yo no quiero que á mi lado nadie se disguste. Ya irá usted conociendo las interioridades de la casa, y en cuanto á nuestros amigos, le advierto que el señor de Saavedra es el único verdaderamente íntimo, porque sus relaciones con nosotros tienen un carácter y un fin distinto de las relaciones con los demás.
No necesitaba Juanito más explicaciones para comprender que Alfredo amaba á Clotilde y era correspondido con conocimiento y aprobacion del conde.
Hasta cierto punto, era esto muy agradable para el infeliz pretendiente, pues le daba la seguridad de que, más ó ménos tarde, Paquita recibiria un desengaño.
Además, se le presentaba la ocasion de vengarse terriblemente, sin provocar un lance con su rival.
Las heridas abiertas en el amor propio producen vértigos.
Mucho odiaba Juanito á Saavedra; pero su ódio se encendió más y más desde que se vió humillado y representó el más triste de los papeles.
Le atormentaba horriblemente la sola idea de que el pan que habia de comer, se lo debia precisamente á su afortunado rival.
Mal que le pesase, tenia que reconocer su pequeñez en comparacion de Alfredo, y como no tenia valor para rechazar abiertamente lo que se le ofrecia, era forzoso que pensara en vengarse.
Maquinalmente pronunció Juanito algunas frases de gratitud, y prometiendo cumplir su deber como mejor pudiera, despidióse y salió.
Cuando se encontró en la calle, miró á todos lados como si no reconociese el sitio.
Su cabeza se abrasaba, y apenas podia respirar.
El infeliz tuvo que volverse á su casa para entregarse allí con libertad completa á sus amargas reflexiones.
Una y otra vez acusó á Paquita, que lo despreciaba, que no hacia justicia á sus nobles sentimientos y sanas intenciones.
Se veia despreciado por un hombre que amaba á otra.
¿No reconoceria Paquita su error cuando recibiese el terrible desengaño?
¿No amaria entonces al que con la mejor buena fe le ofrecia su ternura?
Así creyó Juanito que debia suceder; pero con esto no quedaba satisfecha, pues necesitaba que sufriese mucho su odioso rival.
No hay enemigo pequeño, dice el adagio, y el más pequeño es á veces el más temible.
Acordóse Juanito de la fábula del águila y el escarabajo.
Si Alfredo era el águila, Juanito podia muy bien hacer lo que el escarabajo habia hecho.
Sobre ser escasa la inteligencia de Juanito, hay que tener en cuenta que estaba profundamente trastornado.
Lo que acababa de suceder habia sido muy desagradable tambien para Alfredo.
No estaba este tranquilo, y con ansiedad aguardaba una ocasion en que poder advertirle á Juanito, que ni una palabra dijese sobre sus relaciones con la familia Bonacha.
Si el aristocrático calavera hubiese comprendido que una tempestad horrorosa agitaba el alma del jóven cursi, no habria perdido un instante para ir á buscarlo y exigirle que guardase silencio.
Empero no dió Saavedra tanta importancia al asunto, y en esto consistió su torpeza.
Llegó el dia siguiente.
A las diez en punto de la mañana entraba Juanito en la suntuosa morada del conde.
Estaba el jóven pálido y ojeroso, porque la noche anterior apenas habia dormido.
Los criados lo recibieron muy bien, y se instaló en el despacho, segun las órdenes que tenia.
CAPÍTULO VII
Juanito empieza á vengarse.
No habian trascurrido quince minutos, cuando se presentó Clotilde envuelta en una ancha bata, que si no permitia que se dibujasen muchas de sus bellísimas formas, en cambio dejaba que otras se viesen tal vez más de lo que convenia.
Acababa de salir del lecho, y su rubia cabellera estaba en desórden.
A pesar de esto, nunca habia parecido la jóven tan arrebatadora.
Saludó á Juanito como se saluda á las personas de confianza, y le dijo que se sentase, mientras ella hacia lo mismo.
No le faltaron á Clotilde pretextos para justificar su presencia allí, y con la habilidad de las mujeres del gran mundo, fué prolongando la conversacion y dándole el giro que le convenia.
Juanito estaba como fascinado y sin querer contemplaba aquellos hechizos, preguntándose más de una vez si Paquita merecia la pena de que ningun hombre sufriese por ella el más leve disgusto.
Pero estas reflexiones no podian hacerle cambiar de resolucion, sino que, por el contrario, más que nunca estuvo decidido á descargar el terrible golpe contra Alfredo, ocurriéndosele además que era posible que la hija del conde no perdonase jamás al que la habia engañado y que pensase en otro hombre.
¿Por qué Juanito no habia de conseguir algun dia interesar el corazon de Clotilde?
Así su venganza seria completa y le tocaria su vez de mirar desdeñosamente á Paquita.
Era jóven, creia que el cielo lo habia dotado de belleza personal, y le parecia que esto era suficiente para encender el corazon de una mujer.
Se equivocaba, porque no sabia que de lo que ménos se enamora la mujer es de la belleza física, y que sobre este punto sus aspiraciones y sentimientos están muy por encima de los del hombre. El talento, el valor, la gloria, la posicion social y otras circunstancias por el estilo, hacen que una mujer se enamore, más que de la juventud ó la hermosura, del cuerpo.
Su pobreza no le parecia un inconveniente á Juanito, pues sobre este punto discurria como la hija de Bonacha, recordando los ejemplos de matrimonios entre personas de fortuna muy desigual.
No hay que decir que ambos juzgaban por las apariencias, pues cuando habian visto casarse á una mujer pobre con un hombre rico, ó á una mujer rica con un pobre, no se habian tomado la molestia de examinar y buscar la verdadera causa, no habian tenido en cuenta las circunstancias de más valor.
Hacer un doble negocio, matar dos pájaros de un tiro, como suele decirse, es una cosa muy bella, y Juanito creyó que esto era lo que iba á conseguir.
Sin saber cómo, acabó Clotilde por hablar de Alfredo, y con la mayor indiferencia preguntó cómo este y Juanito se conocian.
El jóven vió el cielo abierto: la ocasion se le presentaba antes de que él la buscase, y quiso aprovecharla.
Principió por desplegar una sonrisa maliciosa, y luego respondió:
--Nos conocimos en cierta casa.
--¡Cierta casa!--replicó Clotilde.--¿Y qué quiere decir eso? ¿Usted no piensa que semejantes palabras pueden traducirse de una manera nada favorable para Alfredo y para usted?
--¡Señorita!...
--Dicen que es usted un hombre de muy buenas costumbres.
--No creo haber dado motivo para que se ponga en duda.
--Cierta casa, con el tono que usted lo ha dicho, significa el lugar donde la honra no es lo que más resplandece.
--Siento mucho haber cometido la torpeza de expresarme mal.
--Cuando uno se equivoca y rectifica, nada se ha perdido.
--Hace bastante tiempo que conozco á la familia de un empleado, cuya honradez raya en la exageracion, y en casa de esa familia es donde por primera vez ví á don Alfredo de Saavedra.
--¿Y quién es ese empleado?
--Un pobre que se llama don Pascual Bonacha, y que tenia seis mil reales de sueldo, aunque ahora tiene doce mil, gracias á la proteccion que don Alfredo le dispensa.
--Si esa familia es honrada, no ha podido emplear mejor su influencia nuestro amigo.
--Vivian con bastante estrechez.
--¿Tiene muchos hijos ese don Pascual?
--Una hija que ha cumplido veinte años, y de la que algunos dicen que es bastante bella.
Por un instante palideció el rostro de Clotilde; pero acostumbrada á disimular, desplegó una sonrisa, acercóse más á Juanito y le preguntó:
--¿Usted no opina lo mismo en cuanto á la belleza de esa jóven?
--Me parece graciosa, y nada más.
--¡Graciosa!...
--Pero es algo vanidosa.
Clotilde fijó una mirada profunda y fascinadora en el jóven, y dijo:
--¿Y cómo Alfredo ha hecho relaciones con esa familia?
--Lo ignoro, aunque, segun parece... En fin, estos asuntos son muy delicados, y no quiero mezclarme en ellos.
Otra vez palideció la hija del conde; pero hizo nuevos esfuerzos para dominarse.
--Comprendo,--murmuró.
--Si usted adivina, conste que yo nada he dicho.
--Ocupando la posicion que usted ocupa en esta casa, creo que me debe hablar con franqueza.
--Es que...
--Sin embargo, no quiero averiguar vidas ajenas. Ya veo que Saavedra sostiene amorosas relaciones con la hija de don Pascual Bonacha, y que protege al padre...
--Y ha hecho en favor de esa familia más de lo que debia esperarse: ¿Puedo ser más franco?--añadió Juanito como quien se decide á dar un paso peligroso.--Deseo para don Alfredo de Saavedra la tranquilidad y la dicha; pero ustedes son antes para mí, y quiero darles pruebas de lealtad.
Así llegó la conversacion á tomar el carácter que deseaba Juanito, lo mismo que Clotilde.
Esta ya no intentó disimular.
Las explicaciones fueron interesantísimas desde aquel momento.
Juanito dijo la verdad de todo lo que habia sucedido, sin olvidarse de la elocuente circunstancia de haber cedido Alfredo su casa de campo á la familia Bonacha para que pasase allí la fuerza del calor del estío.
Despues hizo algunos comentarios con la peor intencion del mundo.
Clotilde escuchó con tanta ansiedad como angustia.
Más de una vez se tornó lívido su rostro y sombría su mirada.
Prometió no decir á nadie quién le habia dado tan graves noticias, y atormentada por los celos y trastornada por la ira, salió del despacho.
En su semblante se revelaba la borrasca espantosa que agitaba su espíritu.
Juanito empezó á sentirse poseido de terror ante su propia obra; pero ya no podia retroceder. Habia dado el primer paso, y le seria forzoso dar el último.
Algunas horas despues se presentó Alfredo de Saavedra.
No tuvo necesidad de explicaciones, pues apenas miró á Clotilde comprendió que algo muy grave sucedia, y reflexionando le fué fácil adivinar la verdad.
¡Pobre Juanito!
Desde aquel momento debia contarse el hombre más desdichado del mundo.
Alfredo no se dejaba arrebatar fácilmente; estaba dotado de gran fuerza de voluntad, y sabia dominarse.
Buscar á Juanito para pedirle cuenta de su proceder, le pareció á Saavedra que era equivalente á olvidar su dignidad y á rebajarse hasta la pequeñez de su ruin enemigo; pero como tampoco queria castigarlo sólo con el desprecio, decidió á su vez vengarse cruelmente y de tal manera, que á Juanito no le quedase duda de la inmensa distancia que entre ambos habia.
Por su parte, Clotilde no pensaba tampoco entablar una lucha para disputar á Paquita el corazon de Alfredo, porque esto hubiese sido honrar demasiado á la hija de Bonacha.
No, no era posible que la hija del conde olvidase su orgullo de raza, porque antes preferia destrozarse ella misma el corazon y morir.
No habia dado á los amores de Alfredo con Paquita más importancia que la que se da á una locura de la juventud; pero que la mortificaba, porque heria su amor propio y porque podia tener muy graves consecuencias.
El conde, recostado en un sillon, ocupábase en leer un periódico, y Clotilde y Alfredo, en otro extremo de la habitacion, ojeaban distraidamente un álbum, y pudieron hablar con entero descuido.
--Nubes hay,--dijo Alfredo,--que empañan el cielo de tu alegaría, y sentiré que esas nubes entrañen contra mí una tormenta.
--Se equivoca usted, caballero,--replicó severamente Clotilde.
Saavedra hizo un gesto, como si quisiese decir:
--Mal principia la conversacion.
--De mujeres como yo,--añadió la hija del conde,--no deben temerse tormentas, porque cierta clase de arrebatos iracundos se los prohibe la dignidad á las señoras.
--¿Y qué me importa que te domines y aparentes calma, si el resultado, ha de ser para mí peor que si desahogases tu enojo con las palabras más duras?
--El resultado habia de ser el mismo siempre cuando se trata de un hombre que se olvida hasta de los deberes que le impone su distinguida clase.
--¡Clotilde!...
--He concluido.
--Necesito explicaciones.
--No las daré.
--Sin duda un error...
--El error es imposible cuando hay pruebas...
--Tal vez alguna calumnia...
--No.
--Y en último caso, creo que tengo el derecho de defenderme, y la defensa es imposible cuando ignoro de qué se me acusa.
--Yo tambien tengo el derecho de disponer de mi corazon.
--Ciertamente; pero cuando se han adquirido compromisos...
--Basta, caballero.
--Si no me das las explicaciones que necesito, acudiré á tu padre.
--Y mi buen padre le echará á usted en cara la fealdad de su proceder, y le preguntará si es un error ó una calumnia la desinteresada proteccion que usted dispensa á cierta familia que hoy ocupa su casa de recreo de las cercanías de Hortaleza.
Arrugóse el entrecejo del jóven.
Por un instante relumbraron sus ojos con fulgor siniestro.
--Está bien,--dijo con grave tono.
--¿Consiste en eso la defensa de usted?
--No me defiendo de lo que es absurdo, porque esto no lo hacen más que los estúpidos. Gente ruin ha querido herirme, suponiendo lo que no existe ni puede existir, porque para esa gente es inconcebible que se haga un beneficio sin otra mira que la satisfaccion de hacerlo.
Clotilde desplegó una sonrisa irónica.
--Yo soy el ofendido,--añadió Alfredo.
--Pues no espere usted de mí la reparacion.
--El tiempo lo pone todo en claro, y habrá que hacerme justicia.
--Pues bien; entre tanto...
--Habrá una víctima inocente.
--De seguro no será usted, caballero.
--Lo será esa honrada familia, porque me será preciso volverle la espalda para probar así la pureza de mis intenciones, y cuando de esta ya no quede duda, creo que tú misma serás la primera en proteger á esos desgraciados.
Creyó Clotilde que no debia continuar la conversacion, y fué á sentarse cerca de su padre.
Disimuló Alfredo como mejor pudo, y algunos momentos despues salió, fué á su casa, y mandó que para aquella noche se preparase su berlina, con objeto de ir á la casa de campo.
Cuando pasó el dia sin que nadie lo hubiese molestado, empezó á tranquilizarse Juanito, suponiendo que Alfredo no habia podido adivinar de dónde habia partido el golpe.
Ahora lector, si bien te parece, iremos á la casa de campo para conocer la verdadera situacion de la infeliz Paquita.
CAPÍTULO VIII
Cómo se llega al fondo del abismo.
La esposa y la hija de Bonacha habian estado tres ó cuatro dias como el que recibe un fuerte golpe en la cabeza.
Grandes esfuerzos tenian que hacer sus facultades intelectuales, para darse cuenta de su nueva situacion.
Se habian encontrado con tres ó cuatro sirvientes, que las agobiaban en fuerza de respeto y de toda clase de consideraciones, y en todo se vieron atendidas como no era posible que siquiera imaginasen.
Para el que no tiene la costumbre de mandar, los criados son un estorbo, una gran molestia.
La esposa de don Pascual hubiera preferido estar sola con su hija; pero ésta, mintiendo como siempre, aseguraba encontrarse muy bien.
No hay que decir que los criados conocieron bien pronto que aquellas dos mujeres no se habian visto nunca en situacion igual, pues no se atrevian á dar órdenes, como quien está acostumbrado á hacerlo así, y particularmente al comer cometian muchas torpezas.
Al dia siguiente se presentó Alfredo para saber si sus buenas amigas habian descansado, y los dias siguientes les hizo tambien una visita, ya por la mañana temprano ó al oscurecer.
Cuando Alfredo iba se paseaban por el jardin, y si la madre se cansaba y se sentaba á la sombra, los dos jóvenes iban y venian hablando de su amor, cruzando miradas de fuego y permitiéndose algunas sencillas libertades, que para Paquita no tenian ninguna importancia.
Algunos dias almorzó allí el calavera, y cuando pasó una semana le dijo á la jóven que era un martirio insoportable hablar siempre en presencia de un testigo.
¿Cómo podia remediarse esto?
Para Saavedra era muy fácil, puesto que á las diez ó las once, hora en que la madre dormia, la hija podia muy bien asomarse á la ventana de su dormitorio, que daba al jardin, y allí, aspirando el aire puro y fresco de la noche, contemplando el purísimo cielo y dejando que la imaginacion se remontase en alas de las más risueñas ilusiones, podian pasar dos ó tres horas de incomparable delicia.
Para entrar Alfredo en el jardin, no encontraria ningun inconveniente, puesto que aquella era su casa.
Paquita hizo alguna resistencia; pero se dejó vencer.
La ventana estaba á tres piés del suelo, y bajo la misma habia un banco de piedra, de manera que los dos amantes se encontrarian bien cerca el uno del otro.
Paquita, para acallar sus escrúpulos, se hizo el siguiente razonamiento:
--Si es peligroso hablar con el hombre á quien se ama, igual es el peligro estando á solas que con un testigo cualquiera. Cuando mi madre nos acompaña, no sabe lo que Alfredo me dice, y por consiguiente de nada sirve su presencia. Lo que Alfredo exige de mí nada tiene de particular, y mientras yo quiera guardarme, es inútil toda vigilancia, así como tambien lo seria si yo me propusiera olvidar mis deberes.
A las diez de la noche estaba Paquita puesta á la ventana, y Alfredo en el jardin, en pié y junto al asiento de piedra.
Una hora despues, que á la jóven le habia parecido un minuto, Alfredo se colocó sobre la piedra.
Así podian hablar más bajo y evitaban que algun curioso los escuchase.
¿Qué se decian?
Lo que se dicen siempre los enamorados.
Era más de la una de la madrugada cuando se separaron.
Saavedra dijo que pensaba volverse á Madrid; pero no se tomó semejante molestia, pues se quedó allí en su dormitorio, y á la mañana siguiente representó el papel de que acababa de llegar para hacer su visita de costumbre.
Tres noches despues, los dos enamorados pasaban sin sentir el tiempo, con las manos entrelazadas y cruzando frases de inmensa ternura.
Luego se quejó Alfredo del cansancio consiguiente á permanecer en pié y parado tres ó cuatro horas, mostrando deseos de sentarse y que hiciese lo mismo á su lado Paquita.
Estar sentados ó en pié le pareció á la jóven completamente igual, y se atrevió á salir de la casa, haciendo compañía en el jardin á su amante.
Llegó un dia en que se cansaban tambien de estar sentados, y paseaban cuando la luna esparcia sus nacarados resplandores.
Paso tras paso se llega sin sentir á la cumbre de la montaña que nos parece inaccesible, ó al fondo del abismo que habíamos mirado con horror.
Ninguna mujer se pierde en un solo dia, porque su perdicion es una obra lenta, de cuyos adelantos ella misma no se apercibe.
Si desde el primer momento se le dijese adónde paso á paso habia de llegar, retrocederia espantada; pero no se le exige más que un paso, uno solo, y cuando ha dada el primero se le ruega que dé el segundo, y así concluye insensiblemente por llegar adonde le parecia un imposible.
Cuando comprende su verdadera situacion se horroriza y quiere retroceder; pero ya es tarde.
La que no evita el primer paso, da el último.
¿Se comprende ahora la triste situacion de Paquita?
No habia llegado al último punto de su perdicion, pero llegaria.
En la casa de recreo debia dejarse todas sus ilusiones, todas sus esperanzas, y algo más, que más que las esperanzas valia.
Lo que sabemos ya que Juanito habia hecho para vengarse, acabó de decidir al desalmado Alfredo.
Si antes se habia detenido por algunos escrúpulos, estos desaparecieron, y exclamó:
--¡Bonito papel represento!... Guardar consideraciones á esta clase de gente, es una estupidez.
Y decidido á no reparar ya en nada, fué aquella noche á la casa de campo.
Paquita le salió al encuentro en el jardin.
No comprendia la desdichada que su reputacion estaba ya perdida en opinion de los criados; no comprendia que un hombre como Alfredo, si podia casarse con la que hubiera olvidado sus deberes, no se casaria jamás con la que olvidaba su decoro.
Dice el adagio, que no basta ser buenos, sino que es menester parecerlo tambien.
A la mujer se la perdona todo, ménos el escándalo.
Hay cierta clase de faltas que á la mujer le hacen más ó ménos mal, segun se cometen.
Una inconveniencia es á veces para una mujer mucho peor que la deshonra.
El mundo es muy celoso de su dignidad, y no perdona á quien se olvida de cierta clase de consideraciones.
De lo que aquella noche sucedió nada podemos decir, puesto que el resultado es lo que nos interesa, y hemos de verlo muy pronto.
Alfredo volvió á las cinco de la madrugada á su casa de Madrid, y se acostó.
Cuando Paquita salió aquella mañana de su dormitorio, estaba triste y preocupada.
Alfredo no fué aquel dia, ni tampoco al siguiente, sino á las once de la noche.
Una semana despues se habló del regreso á Madrid, porque el señor Bonacha decia que se encontraba muy mal sin los cuidados de su esposa.
La madre y la hija volvieron, pues, á la calle de San Lorenzo.
Su antigua habitacion les parecia horrible.
No hay nada peor que subir, si despues ha de descenderse.
Todo les parecia muy malo allí.
Determinaron tomar una criada, porque ya no comprendian que sin criados pudiera vivirse. Además, sus recursos habian triplicado, gracias á la proteccion de Alfredo y á los ahorros que hizo don Pascual mientras vivió solo.
Fueron á visitar á doña Robustiana; pero ya Paquita no parecia envanecerse con el amor de Saavedra.
La viuda preguntó cuándo se verificaba el matrimonio, y la esposa de don Pascual respondió:
--Veremos, porque ahora tiene Alfredo necesidad de hacer un viaje para arreglar asuntos de mucho interés, y no volverá hasta el mes de Octubre.
--Bien me parece eso,--repuso doña Robustiana,--muy bien, con tal que ese hombre cumpla sus promesas.
--Si usted lo conociese, no dudaria.
--Pues, hija, puedes decir que eres muy afortunada, si bien es verdad que tú mereces eso y mucho más.
--¿Y Adela?--preguntó la esposa de Bonacha.
--No tardará quince dias en casarse, pues ya están arreglando los papeles.
--¡Tan pronto!...