La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas

Part 3

Chapter 33,974 wordsPublic domain

--La ropa se ve,--decia,--y lo que uno ha comido nadie lo sabe. En este pícaro mundo las apariencias lo hacen todo.

No pensó Paquita que por el hilo se saca el ovillo, y que hay ciertas cosas que no pueden ocultarse á la mirada inteligente de los hombres que conocen el mundo.

Alfredo creyó llegado el instante de hacer una prueba decisiva, y al dia siguiente del en que hemos asistido á la agradable reunion de los amigos de doña Robustiana, Paquita tuvo la satisfaccion de que el hombre rico la siguiese desde el Prado por la calle de Alcalá.

--Mamá,--dijo la niña,--es preciso absolutamente hacer un sacrificio más, porque tal vez de este sacrificio depende mi porvenir.

--Siempre me pedirás algo que cueste dinero.

--Pero que hemos de disfrutar las dos.

--¿Y qué deseas?

--Entrar en el café.

--¿Y no has pensado?...

--He pensado en todo.

--Ya veo que te sigue ese hombre.

--Quiero hacer una prueba, mamá.

--Y luego tu padre...

--No hables tan alto, que todo el mundo te oye.

--Iremos al café; pero habrás de contentarte con un chico de leche merengada.

--Eso es muy ordinario, y cuando Alfredo lo vea...

--Pues, hija, el sorbete cuesta dos reales, y si además te empeñas en tomar barquillos...

--Pues es claro.

--¿Sabes cuánto dinero llevo en el bolsillo?

--Ni me importa saberlo,--replicó la jóven con aspereza.

Y luego se volvió, desplegó una sonrisa, y lanzó al calavera una mirada que hubiera podido calcinar una piedra.

Ya ves, lector, que somos justos, y reconocemos á Paquita el mérito de sus tentadores ojos.

La madre seguia refunfuñando; pero entraron en el café del Iris.

Con aire casi majestuoso atravesó Paquita el primer departamento.

Todos los hombres la miraban, pero ella no miraba á ninguno, porque suponia que Alfredo la seguia y la observaba.

Paquita llevó su severidad hasta el punto de hacer un gesto de desagrado cuando algun atrevido le decia que era bella ó que con sus ojos iba esclavizando corazones.

A la madre le desagradaba mucho que los hombres fuesen tan audaces.

Sentáronse.

Pocos momentos despues, y junto á la mesa inmediata, se sentó Alfredo.

Entonces fué cuando la madre de Paquita pudo examinar al pretendiente, y sin que ella supiese por qué, la desagradó mucho.

¿No era un hombre rico, segun ella misma ambicionaba para su hija, y además de buena educacion y distinguidas maneras?

Esta pregunta se la hizo la buena señora; pero no fué bastante para que se tranquilizara.

El instinto de madre le decia la verdad.

En los ojos de Alfredo habia algo repulsivo para la madre de Paquita.

Las miradas del seductor eran para la jóven halagüeñas hasta el último extremo: pero á la madre le producian el mismo efecto que la mirada fascinadora de la culebra.

El mozo se acercó.

Las dos mujeres pidieron helados, y mientras los saboreaban dijo la madre:

--Ese hombre no me gusta.

--¿Y por qué?--preguntó Paquita.

--No acierto á explicarlo.

--Basta que me guste á mí para que tú lo encuentres mal.

--Si estuviese aquí tu padre...

--Seria de tu opinion y de la mia, porque ya conoces su sistema.

--Sí, lo conozco demasiado bien.

--Déjame ahora, que necesito observar.

La madre se resignó y calló.

Entre Paquita y Alfredo cruzáronse miradas elocuentes, tan elocuentes que se entendieron sin necesidad de hablarse.

Así pasaron más de una hora.

Eran cerca de las diez, y determinaron volver á su casa, porque la jóven no queria mortificarse contemplando los vestidos y adornos de gran valor de doña Cecilia y Adela.

Además, la visita no tenia ningun objeto de verdadero interés, pues desde que el nuevo pretendiente se habia presentado, para nada necesitaba Paquita los buenos oficios de doña Robustiana.

Sin necesidad de esta, aquella tendria marido.

Tambien se evitaria el disgusto de que la casamentera le hablase de las grandes ventajas que le ofrecia su union con Juanito.

Aunque este contase con recursos para vivir desahogadamente, segun él decia, no era tan rico como Alfredo, ni pertenecia al gran mundo.

¡Brillar en el gran mundo!

Esto era la suprema dicha.

Mientras Paquita lanzaba miradas ardientes al seductor, hacia lo mismo que la lechera de la fábula, y ya le parecia verse en los salones de la alta sociedad, cubierta de seda y de joyas, siendo la envidia de las mujeres y la admiracion de los hombres, y mirando con desden á todos los tertulianos de doña Robustiana.

Llamaron al mozo para pagar; pero este dijo que ya habia cobrado.

Figúrese el lector la sorpresa de las dos mujeres.

Mostráronse muy disgustadas, y la madre insistió para que el mozo cobrase.

El mozo volvió la espalda y se alejó.

No habia que preguntar quién se habia tomado la libertad de obsequiarlas.

El deber de ellas era dejar sobre la mesa el dinero y salir sin dirigir siquiera una mirada al galanteador, y revelando en sus semblantes que se consideraban ofendidas; pero les faltaba el valor para hacerlo así.

No les parecia conveniente disgustar al rico caballero, porque entonces el casamiento se hubiera desbaratado.

Así aprecian las situaciones y juzgan esta clase de mujeres. Tienen la pretension de ser grandes, verdaderas señoras en el sentido moral de esta palabra, y les falta energía para hacer lo que hacen las que tienen el verdadero sentimiento de la dignidad y del decoro.

Sentíanse turbadas bajo una influencia que no podian contrarestar.

Alfredo, como quien está seguro de lo que vale y de lo que puede, acercóse á ellas, las saludó con una finura encantadora y le dijo á la madre:

--Señora, reconozco que he cometido una gravísima falta, y le debo á usted una satisfaccion, esperando que sea indulgente y me perdone, en gracia siquiera de mi buena fe.

--Caballero,--balbuceó la madre de Paquita,--yo no sé... por qué...

--Hay momentos en que los hombres se vuelven locos ó estúpidos, y es natural que entonces, no hagan más que torpezas. Esto lo comprenderá usted fácilmente, porque tiene usted talento sobrado para comprenderlo. Yo necesitaba un pretexto para tener la honra de hablar con usted, y no me ha ocurrido otro medio que el de cometer una falta, porque así se conseguia mi deseo, siquiera fuese para pedirle perdon.

¿No era este un lenguaje completamente desconocido para las dos mujeres?

¡Y qué lenguaje tan bello!

Por primera vez en su vida se veia la madre adulada con tanta delicadeza y tan ingeniosamente.

No hay nadie invulnerable á la adulacion.

¿Cómo despedia con dureza al hombre que se mostraba tan atento y tan cortés?

Esto hubiera sido una grosería, esto era indigno de una señora.

Movióse de un lado para otro la madre de Paquita como si el asiento estuviera lleno de alfileres.

No sabia qué decir.

Quiso hablar, y la lengua no la obedeció.

Para disimular apeló al recurso de toser, sacar el pañuelo y limpiarse la boca.

Alfredo, á quien las respuestas le interesaban muy poco, siguió hablando.

No hay para qué repetir sus palabras, pues basta decir que manifestó el vivo deseo de sostener con ellas cariñosas relaciones.

Con mucha habilidad y gran disimulo hizo comprender que la desigualdad de fortunas no podia ser un inconveniente, pues él no miraba más que las virtudes, y todo lo más los antecedentes en cuanto á la clase de educacion de cada persona.

La cándida madre acabó por escuchar encantada al hábil seductor.

Paquita sintió lo que siente la paloma cuando se ve perseguida por el gavilan: estaba fascinada; pero su fascinacion era dulce y agradable hasta lo inconcebible.

Así pasaron otra hora, que fué para ellas un minuto.

Salieron los tres del café, y paso entre paso fueron hasta la calle de San Lorenzo, que era donde habitaban las dos mujeres.

La madre habló largamente de su esposo, que era un empleado antiguo, que no habia podido pasar de seis mil reales de sueldo á pesar de su aplicacion y su honradez.

--Todo eso se arregla fácilmente,--dijo Alfredo con indiferencia.

Lo cual equivalia á declararse protector del padre de Paquita.

Además del matrimonio, habia, pues, un ascenso en el horizonte.

Lo que esto es para un empleado de poca categoría, no lo comprenden sino los que lo son.

Siguió hablando la madre y culpó á su marido de encontrarse tan atrasado en su carrera.

--Con su carácter,--decia,--no puede suceder otra cosa. Le prometen, no le cumplen, y él se queda impasible. Trabaja mucho, no pide nada y nunca le ocurre hablar mal de sus jefes, de lo cual resulta que ni le tienen miedo, ni lo respetan, y hasta lo miran con desden. Si yo estuviera en su pellejo, otro gallo nos cantaria. Mil veces le he dado consejos para que se meta en política, porque así es únicamente como se medra; pero ni siquiera ha querido ser miliciano, y cuando llegan las elecciones va como un borrego á votar por quien sus jefes le mandan. No sirve mi marido más que para una cosa, para una no más, para quemarme la sangre con su cachaza. Mire usted qué suerte le esperaria á mi pobre Paca si yo no estuviera en el mundo.

--Señora, no todas las criaturas tienen el talento de usted, su energía, su grandeza de alma. Si esta señorita se parece á usted...

--Es mi retrato, usted lo verá.

--No del todo, mamá,--se apresuró á decir Paquita,--porque tu carácter violento...

--Señorita,--interrumpió Alfredo,--usted confunde la rara energía de su mamá con lo que puede llamarse genio irascible, y debe usted tener en cuenta la diferencia de situaciones, de circunstancias...

--Eso es, las circunstancias,--dijo la madre.

Llegaron á la casa.

Alfredo les prometió una visita, rogando lo pusiesen á las órdenes del señor don Pascual Bonacha, que este era el nombre del padre de Paquita, y añadiendo que desde luego podian entregarle una nota en que se expresaran las vicisitudes del antiguo empleado.

Despidiéronse.

Dió Alfredo algunos pasos, detúvose, y vió cómo las dos mujeres abrian la puerta, encendian un fósforo y desaparecian.

El trastorno de Paquita habia llegado al último punto.

--¿Y qué dirás ahora?--le preguntó á su madre.

--Confieso que me habia equivocado. Es todo un caballero. ¡Y qué lenguaje tan fino! ¡Y cómo comprende las cosas á media palabra que se le diga!... Ya lo has visto, me reconoce talento, me hace justicia... Pues ¿y el ascenso?... Es un hombre como hay pocos. Te felicito, hija mia, y bien puedes hacer de manera que no te se escape, porque si pierdes esta ocasion, no encontrarás otra. Cuida mucho de ocultar los pícaros defectos que tienes, porque si se apercibe de ellos, todo se perderá.

--¿Y en qué consisten mis defectos?

--Lo sabes demasiado bien.

Don Pascual dormia profundamente como la noche anterior.

Paquita arregló su cama despues que hubieron cenado con la jícara de chocolate, segun costumbre.

¡Qué dulce debia ser su sueño!

No temia que se le escapase el novio, porque ella se creia con sobrados encantos y con habilidad sobrada para retenerlo.

A la mañana siguiente limpió y arregló la jóven el aposento como mejor pudo, y se vistió con más esmero que nunca.

Don Pascual, que era un hombre de escasa estatura, bastante grueso, de abultado abdómen y de temperamento linfático, escuchó, mientras sonreia cándidamente, el relato de lo sucedido la noche anterior.

No dió muestras de pesar ni de alegría, de agrado ni de disgusto, ni dijo más que...

--Bueno.

Semejante frialdad, segun siempre sucedia, hizo montar en cólera á su mujer; pero el buen marido, sin enfadarse, sin alterarse en lo más leve, se puso á escribir la nota, rompiendo con mucha calma la primera, porque no le pareció bien, haciendo lo mismo con la segunda y utilizando al fin la tercera.

Luego se puso su levita y su sombrero, tomó su baston, y salió para ir á su oficina á cumplir sus deberes.

¿Iria aquel mismo dia Alfredo?

Paquita suponia que sí; pero su madre lo dudaba.

La jóven acertó, pues á las dos de la tarde resonó la campanilla, abrió la madre y se encontró frente á frente con el aristocrático calavera.

El gavilan estaba ya en el nido de la paloma.

CAPÍTULO IV

Turbaciones.

La esposa de don Pascual sintió como si le hiciesen cosquillas en todo su cuerpo, y ni vió, ni oyó, ni acertó á darse clara cuenta de lo que sentia.

Quiso saludar al caballero, y no hizo más que tartamudear algunas palabras incoherentes; quiso dejarle el paso libre, y se lo estorbó, y pensando abrir más la puerta, la cerró violentamente y tan fuera de tiempo, que cogió uno de los faldones de la levita del calavera.

Quiso este adelantar y no pudo, porque se encontraba preso, y tuvo que retroceder y quedar inmóvil, diciendo mientras sonreia dulcemente:

--Perdone usted, señora, pero...

--¡Perdonar!... ¿Y de qué?... La visita de usted nos honra... Pase usted, pase usted...

--Es que...

--Con franqueza, pues á mí me desagradan los cumplimientos.

--A mí tambien; pero es el caso que no puedo moverme.

Cuando una persona se ofusca, es difícil hacerle recobrar la calma, y mucho más difícil devolver la lucidez á su entendimiento.

En todo pensó la esposa de don Pascual ménos en que habia cogido con la puerta el faldon de la levita del amoroso pretendiente, y suponiendo que este habia sentido repentinamente alguna indisposicion, dijo:

--Si se ha puesto usted malo, tendrá cuanto necesite.

--Estoy bien...

--Si alguna urgente necesidad...

--Señora.

--Parece que está usted violento, y la verdad, lo que más me hace sufrir es que no hable usted con franqueza, porque nosotras somos muy francas.

Difícilmente contenia su impaciencia Alfredo.

No podia volverse para abrir la puerta y quedar libre, porque su levita se hubiera roto, y no le importaba el valor de la prenda, sino la situacion ridícula en que debia quedar.

Las preguntas, contestaciones y réplicas acabaron por poner en gran cuidado á Paquita, y no pudiendo contenerse, corrió y se presentó á su amante, diciendo con voz angustiosa:

--¡Dios mio!... ¿Pero qué sucede?... Pierde usted las fuerzas, no puede negarlo...

--Lo que pierdo es la paciencia,--interrumpió Alfredo, que quiso terminar aquella escena aun á trueque de renunciar á su amorosa conquista.--Si no me muevo, es porque no puedo moverme... Abran ustedes la puerta, y se lo agradeceré como el más señalado favor.

--¡Abrir la puerta!--exclamó la madre de Paquita con acento de sorpresa profunda.--¿Pues por qué piensa usted irse apenas ha puesto el pié en nuestra pobre casa?

--Señora, estoy preso...

--¡Preso!...

--Mi levita...

--¿Qué quiere usted decir?... Aquí no aprisionamos á nadie, á nadie violentamos...

--Mire usted, mire usted,--dijo desesperadamente el calavera.

Y al mismo tiempo llevó una mano hácia el dorso de su vientre para llamar la atencion al punto que le presentaba el obstáculo.

Este movimiento se prestaba á interpretaciones que no tenemos para qué mencionar.

Paquita bajó los ojos, y haciendo un esfuerzo consiguió ponerse colorada como un tomate.

La madre arrugó el entrecejo.

Supuso que Alfredo se burlaba de ellas, llevando su audacia hasta el punto de traspasar los límites de la decencia.

Y Alfredo era digno de lástima en aquellos momentos críticos, pues de espaldas contra la pared y junto al marco de la puerta, no podia mover más que los brazos.

--¿Y qué hemos de ver ahí?--preguntó la madre con severo tono y aludiendo á las señas que el aristocrático jóven acababa de hacer.

--Mi levita, mi levita,--gritó por fin el calavera.

Aún no entendieron las dos mujeres; pero quiso la casualidad que llamasen otra vez, y abriendo la esposa de don Pascual, quedó Alfredo libre, y libre tambien quedó el paso para el aguador.

--¡Gracias á Dios ó al diablo!--exclamó el jóven.

Y enseñó arrugado y medio destrozado el faldon de su levita.

--¡Ah!--exclamó la madre.

--Eres torpe, mamá, muy torpe,--dijo Paquita.--¿Qué pensará este caballero de nosotras?... Ahora no creerá que tienes mucho talento, pues lo que acaba de suceder...

--Esto no es nada,--dijo Alfredo, que bien pronto recobró la calma.--Una casualidad... y tal vez la torpeza es mia, por no haberme explicado bastante bien.

--Jesús, estoy sofocada y...

--Olvidemos lo que no merece la pena de mencionarse.

Quiso la madre de Paquita remediar la falta, y corrió en busca de un cepillo para quitar el polvo que habia quedado en la levita.

Alfredo se dejó limpiar, porque estaba convencido de que era lo mejor que podia hacer.

Entraron en la sala, donde no habia más muebles que una mesa con tapete de hule, algunas sillas con asiento de paja y un pequeño espejo.

Paquita, que era de esas criaturas nécias hasta el punto de avergonzarse de la pobreza, como si la pobreza fuera un crímen, cometió la insigne tontería de decir que si la casa se encontraba en tan humilde estado, consistia en que se estaba renovando el mueblaje y los adornos, y se habian puesto provisionalmente aquellas sillas.

Con toda su alma estaba convencida la jóven de que Alfredo creeria que aquella pobreza era transitoria, interina, pudiera decirse.

Aseguró el calavera que él tenia su habitacion amueblada, poco más ó ménos, lo mismo, y con esto quedaron las dos mujeres completamente tranquilas.

Dióse principio á la conversacion, hablando Paquita de lo desagradable que le era pasar el verano en Madrid, y quejándose de su padre, porque no queria pedir un par de meses de licencia para llevarla siquiera á San Sebastian, ya que no fuese á Biarritz ó las pintorescas montañas de Suiza.

--Yo pasaria la vida viajando,--decia la jóven con tono sentimental.--En unos sitios admiraria la naturaleza, en otros estudiaria el arte, y por donde quiera se me presentarian ocasiones para observar y apreciar las costumbres.

--¿No le agrada á usted la vida de Madrid?--preguntó Alfredo.

--En invierno, no más que en invierno.

--¿Es usted aficionada á la música?

--¡Ah!... ¡La música!... Es el lenguaje del alma... Y los grandes artistas... Verdi, Rossini... La Penco, Tamberlikc...

--¿Te olvidas de Arderíus y Caltañazor, que nos han dado tan buenos ratos?--interrumpió la madre.

--Mamá, tú no entiendes de eso.

--¡Que no entiendo!... ¿Pues no tengo ojos para ver todo lo que hacen en la _Bella Elena_ y en los _Dioses del Olimpo_? ¿Y la zarzuela _Por seguir á una mujer_? ¿Y la otra de _Los Magiares_, donde sale aquel soldadote que no habla, y Caltañazor se presenta vestido de fraile? Pues tú bien te reias, y luego estabas á todas horas aturdiéndome con la cancion de _la punta del pié_.

Paquita hubiera querido ser basilisco para aniquilar á su madre con una mirada.

--Perdone usted,--le dijo Alfredo;--pero yo tengo el mismo gusto que su mamá, y por una vez que voy á la ópera, voy diez á los bufos.

--Lo único que me desagrada,--repuso la esposa de don Pascual,--son los trajes de las suripantas.

--A mí tambien; pero no las miro, y así todo se remedia.

--Pues yo,--añadió Paquita,--tengo pasion por la música alemana, y por eso hablo de Verdi y de Rossini.

Mucho tuvo que esforzarse Alfredo para no soltar la carcajada al oir á Paquita; pero si esta decia desatino tras desatino, no era por eso ménos interesante su belleza, pues sus palabras nada tenian que ver con sus miradas de fuego y los demás hechizos con que habia querido dotarla la naturaleza.

Si era tonta, mucho mejor, y si nécia, bien merecia duro castigo por su culpa.

Lo mismo que de música, habló la jóven de comedias, de novelas y hasta de política, y no hay que decir que de su boca salian tantos disparates como palabras.

Despues de media hora, pidió el calavera la nota relativa á la situacion de don Pascual.

Se la entregaron, la leyó y la guardó.

Llamaron otra vez.

--Con permiso de usted,--dijo la madre de Paquita.

Y salió para abrir.

--Ayer mismo se fué la criada,--dijo la jóven,--y esperábamos una que no ha venido.

¿Quién visitaba á las señoras de Bonacha?

Era Juanito, que se presentó, saludó como mejor pudo y se sentó.

Paquita cumplió su deber, haciendo la presentacion mútua de los dos caballeros.

A los pocos minutos despidióse el seductor, prometiendo ocuparse del asunto que expresaba la nota, y como luego Juanito mostrase extrañeza por haber encontrado allí á una persona de tan elevada clase, la esposa de don Pascual le dijo ásperamente:

--¿Pues qué habia usted creido, que no conociamos más que gente pobre, como la que hace la tertulia á doña Robustiana? Pues se habia usted equivocado.

A Juanito no se le ocultó que Paquita y Alfredo se miraban con cierto interés, y entonces se arrepintió de no haber seguido los consejos de la viuda casamentera.

Si Paquita tenia novio, tenia un atractivo más.

¡Sabrosa fruta del cercado ajeno!

No estaba Juanito enamorado de Paca, y sin embargo sintióse despechado y muy cerca de los celos.

Derrotar al jóven aristócrata era un imposible.

¿Cómo habia de competir un pobre diablo con un capitalista?

Y sobre todo, en caso de rivalidad era posible que el capitalista se enfadase y que quisiese llevar la cuestion á un terreno que á Juanito le hacia temblar.

Disimuló el pobre como mejor pudo, tragó saliva, dirigió algunas frases irónicas á la jóven, y se fué.

No le quedaba más consuelo, más desahogo que la murmuracion, y apenas llegó la noche fué á casa de la viuda, y en plena reunion dió la noticia de los amores de Paca.

Hiciéronse comentarios que no queremos repetir.

Doña Robustiana acarició su gato mientras decia:

--No me agrada ese asunto.

Doña Cecilia, agitando el abanico como si estuviera sofocada, exclamó:

--¡Quién habia de pensarlo!... Verdad es que Paquita, como tiene el pico tan suelto y mueve los ojos con tanta habilidad... En fin, ya lo ves, Adela, para que una mujer haga fortuna, es menester que sea desvergonzada.

--¡Jesús!--murmuró la niña mofletuda.

Y bajó los ojos, aunque bien pronto los levantó para cruzar con Eduardo una mirada tiernísima.

Al tahur le pareció conveniente dar aquella misma noche el paso decisivo, y si dudó algunos momentos, sus vacilaciones terminaron al decirle doña Robustiana:

--Deje usted pasar algunos dias, y se quedará á la luna de Valencia, lo mismo que Juanito.

--Antes la muerte,--respondió Eduardo con trágica entonacion.

--Y para que no peque usted de ignorancia, le advierto que hay moros en la costa.

--¡Señora!...

--Lo dicho.

--Esta misma noche pasaré el Rubicon, y si no triunfo como César, moriré como el caballero Bayardo, sin volver la espalda al enemigo.

--No entiendo eso; pero me parece bien, y puesto que está usted tan decidido, le proporcionaré la ocasion, haciendo que los unos se distraigan con la música, y entreteniendo yo á doña Cecilia.

--¡Cuánto le debo á usted, doña Robustiana!

--Recompensada me consideraré si consiguen ustedes ser dichosos.

Dispuso la viuda que se tocase el piano y ella se sentó al lado de doña Cecilia, mientras que por una hábil maniobra, y perdónesenos la palabra, quedaba Eduardo al lado de Adela.

Podian hablar los dos jóvenes con todo descuido, puesto que su voz debia quedar ahogada por el ruido del armonioso instrumento.

Adela pareció temerosa de no encontrarse junto á su mamá, aunque la verdad es que aquella evolucion le habia parecido muy agradable.

Bajó los ojos, fijando la mirada en el abanico, y esperó sin articular una sílaba y como el reo que en presencia de su juez aguarda la sentencia.

Eduardo quiso probar una vez más que sabia representar admirablemente su papel, y despues de exhalar tres suspiros, que gradualmente fueron más lánguidos, exclamó:

--¡Adela, Adela!...

Hubiérase dicho que la voz se ahogaba en su garganta, ó lo que es igual, que se le atragantaba el amor y que no podia salirle del pecho para comunicarlo á la sensible jóven.

Esta se estremeció, y bajando más la cabeza, murmuró dolientemente:

--¡Eduardo!...

--Si todo lo que se siente pudiera expresarse, si cuando el corazon, abrasado y destrozado, y el alma... ¡Oh!... perdone usted, Adela... estoy trastornado, estoy loco.

--¡Ay!...

--Sufro mucho, Adela.

--¡Que sufre usted!--replicó la robusta jóven, levantando al fin la cabeza y mirando al tahur.

--¿Es posible que usted no lo haya comprendido?

--¡Ay!--volvió á decir Adela.

--No puedo más, no puedo más...

--¡Eduardo!...