La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas
Part 2
--La que mereces.
--¿Ha venido alguien?--preguntó Paquita á la sirviente.
--Nadie todavía.
Hizo la jóven un gesto de disgusto; pero como tenia la costumbre de decir siempre lo contrario de lo que sentia, murmuró:
--Me alegro.
Y haciendo crugir la pomposa falda y balanceando la cabeza, atravesó con paso firme y altivo continente algunas habitaciones, hasta llegar al gabinete donde se encontraba doña Robustiana con su amado _Morito_.
La madre siguió como mejor pudo á la hija.
--¡Ah!...--exclamó la viuda, poniéndose en pié.
El gato levantó la cabeza perezosamente, relamióse, cambió de postura, y volvió á dormirse.
Resonaron no sabemos cuántos besos, cruzáronse las palabras más cariñosas, y las tres amigas se sentaron.
Doña Robustiana, cumpliendo su deber, principió por dirigir mil alabanzas á Paquita, hablándole además del vestido nuevo, preguntándole cuántas varas de tela habia empleado y cuánto le habia costado:
Paquita respondió á todo, mintiendo segun su antigua costumbre.
La madre se quejó del calor, de los nervios y de la imperturbable calma de su marido, y como cosa que viene de molde, habló del genio insufrible de su hija.
A tal punto llegaban de la conversacion, cuando nuevamente resonó la campanilla.
--¿Quién será?--preguntó la madre de Paquita.
--Siento que nos interrumpan,--dijo doña Robustiana,--porque ahora iba á darles á ustedes una noticia de interés.
--Tendremos paciencia, y luego será.
Otras dos señoras se presentaron: otra madre con su hija, tipos opuestos á las que hemos dado á conocer.
La primera, que apenas tendria cincuenta años, era excesivamente robusta y con formas tambien excesivamente desarrolladas.
La cara, de color rojo amoratado, era más ancha que larga, y estrecha y deprimida su frente, grande su boca, y extremadamente gruesos los labios.
La nariz casi no merecia este nombre, pues más que nariz parecia un trozo de remolacha colocado sobre la boca.
Sus pequeños ojos, de color indefinible, carecian de pestañas.
Copioso sudor corria por sus megillas.
Apenas podia respirar, y muy trabajosamente agitaba el abanico de descomunal tamaño y de vivos colores.
A pesar de su fealdad, no era desagradable, pues sin cesar sonreia como pueden sonreir los querubines, y en su semblante se revelaba una candidez y una benevolencia sin igual.
Vestia lujosamente, pues toda su ropa y adornos eran de bastante valor; pero al mirarla era preciso acordarse de la fábula de la mona que se vistió de seda.
La segunda, es decir, la hija, se parecia mucho á la madre, era tambien rechoncha, prodigiosamente desarrollada y de abultadas formas, que es lo mismo que decir que era una mujer compuesta de diversos y grandes bultos, sin que el emballenado corsé pudiese apenas contener ó disimular tan colosales protuberancias.
Esto era una desgracia de gran consideracion, porque entre otros inconvenientes, presentaba el de que sólo con mucho trabajo podia mirarse los piés la jóven.
Tambien la candidez se pintaba en su semblante.
La robustez no tiene que ver nada con la sensibilidad, y por más que el lector se sorprenda, debemos decir que la mofletuda niña era sensible como una heroina de melodrama. Hablaba poco y suspiraba mucho y con tanta languidez, que no podian escucharse con indiferencia sus tiernos suspiros.
Impresionable y tímida hasta el último grado de la timidez, era muy fácil producir en ella un trastorno, y más de una vez se la habia visto desfallecer como la mujer más delicada.
Habia leido muchas novelas del género romántico, y queria á toda costa ser una mujer sublime.
Al oirla suspirar, al ver cómo languidecia, se hubiera creido que, á pesar de su temperamento sanguíneo, era una de esas criaturas de organizacion débil, en que los nervios representan el principal papel.
No hay que decir que en su envidiable organizacion sucedia todo lo contrario.
Comia poco, muy poco, segun ella aseguraba; pero la verdad Dios la sabia.
Era desgraciada, y su desgracia consistia en la ruda franqueza de su madre, que aunque con la mejor buena fe del mundo queria complacer á su hija y representar la comedia, olvidábase con frecuencia de su papel y hablaba de los tiempos en que vivia su esposo y ella bajaba al obrador y vigilaba para que los trabajadores cumpliesen su deber.
Cuando la madre decia esto ó cosas por el estilo, su hija, que no se separaba de ella un instante, le tiraba del vestido á guisa de advertencia y le dirigia miradas angustiosas.
Llamábase la madre Cecilia, y á la hija le habian puesto el sublime nombre de Adela.
El padre de esta, que ya no existia, habia tenido un gran taller de cerrajería, y habia conseguido hacer una respetable fortuna.
La viuda y la hija del cerrajero podian, por consiguiente, gastar mucho y presentarse con verdadero lujo.
Aspiraba la niña á casarse con un gran señor, ó por lo ménos con un hombre que algo tuviese de aristócrata, y algo tambien de romántico, borrando ella así sus plebeyos antecedentes.
En los paseos, en los teatros, en los cafés y en todos los sitios públicos, veíase siempre á la sensible Adela en compañía de su madre; pero hasta entonces no habia conseguido su objeto, si bien abrigaba la esperanza de conseguirlo, porque habia fijado en ella sus miradas cierto caballero de ilustre cuna, que la semana anterior habia sido presentado á doña Robustiana del Peral, y que ya formaba parte de la tertulia.
Como se ve, Adela y Paquita eran dos tipos opuestos. La primera aspiraba á la realizacion de sublimidades, y la segunda queria á toda costa un esposo rico, que pudiera gastar mucho dinero, engalanarla, llevarla en coche, emprender viajes los veranos y otras cosas por el estilo.
Cruzáronse nuevos saludos, y otra vez cambió el gato de postura, y se entabló conversacion sobre los baños, lo cual dió á doña Cecilia ocasion para decir:
--Cuando vivia mi Mateo, las costumbres eran distintas. Todas las tardes bajábamos al rio...
Interrumpióse, porque sintió que Adela le tiraba del vestido.
--¡El rio!--exclamó Paquita con acento de repugnancia.--¡Jesús!
--Papá era caprichoso,--dijo entonces la jóven mofletuda.
--Sí, mucho debia serlo.
--Pero era un hombre muy honrado,--replicó doña Cecilia.
--¿Y quién ha puesto en duda su honradez?--dijo la escuálida madre de Paquita con su natural acritud.
Doña Robustiana creyó conveniente tomar parte en la conversacion, y dirigiéndose á la sensible Adela, le dijo:
--Creo que esta noche no se olvidará de nosotras Eduardo.
Púsose Adela colorada como un tomate, y exhaló un lánguido suspiro.
Paquita desplegó una sonrisa burlona.
Por tercera vez sonó la campanilla.
Pocos momentos despues se presentó un hombre sencillamente vestido, y cuya raida levita revelaba una situacion demasiado triste.
Era alto, muy delgado, moreno y de mirada viva y penetrante; pero al entrar dió á su rostro una expresion melancólica muy profunda.
Era el que poco antes habia sido nombrado por doña Robustiana.
No se le conocian á Eduardo bienes de fortuna, ni habia seguido ninguna carrera ni aprendido ningun oficio.
Aseguraba él que vivia con el escaso producto de algunos bienes que habia heredado de sus padres, y se resignaba con su pobreza, aunque esta debia tener un término, pues un tio suyo, ricachon avaro que vegetaba en las montañas de Galicia, tenia otorgado testamento legando toda su fortuna á su sobrino.
Si esto era verdad, Dios lo sabia.
Eduardo habia leido mucho, decia que era un hombre de corazon, miraba con desprecio los bienes mundanos, no habia tenido más amor que el de las musas, y sabia suspirar tan lánguidamente como Adela.
A esta le habia dedicado algunos versos, donde se hablaba del espíritu, del corazon, de las regiones etéreas, del aroma de las flores, de los resplandores de la luna, de los pensiles, de las suaves auras de la noche y de la eternidad.
Eduardo era, pues, un hombre sublime, espíritu puro, que apenas se concebia cómo podia vivir en el inmundo lodazal de pasiones y ruindades de este valle de lágrimas.
Y si no era así, por lo ménos así lo habia creido Adela.
La verdad la sabemos nosotros. Eduardo era un bribon consumado, que vivia de las farsas y que sabia representar admirablemente todos los papeles.
Comprendió que Adela era una mina de oro, y se propuso explotarla.
Si para conseguirlo era preciso casarse, se casaria, pues nada le importan los lazos y compromisos al que no tiene intencion de respetarlos.
Si lo hubiésemos visto cinco minutos antes, no lo habríamos reconocido.
Saludó cortésmente, y pareció turbarse cuando estrechó la robusta mano de Adela.
Ella se estremeció, y no hay que decir que los estremecimientos no puede disimularlos una criatura de las formas de la romántica niña que nos ocupa.
Eduardo dijo que estaba sofocado, que era insoportable la atmósfera de Madrid y que no deseaba ser rico más que para vivir largas temporadas en el campo, en la callada soledad, á la sombra de los frondosos árboles, á orillas de los murmuradores arroyos, contemplando el puro horizonte, escuchando los armoniosos cantares de los inocentes pajarillos, y amando y siendo amado, y pudiendo así olvidar al mundo egoista con todas sus pasiones y debilidades.
Suspiró Adela.
--Pues, hijo,--replicó doña Cecilia,--yo estoy acostumbrada á la animacion, y no podria vivir así.
--Hay almas que nacen para la soledad, para el misterioso silencio.
--Es verdad,--repuso tímidamente la mofletuda niña.
--Está usted muy sublime esta noche,--dijo Paquita.
--Hay criaturas que mueren sin que el mundo las haya comprendido,--murmuró tristemente Eduardo.
Y dirigió una mirada elocuente á la sensible Adela.
Esta se ruborizó y bajó los ojos.
Doña Robustiana creyó la ocasion oportuna, y le dijo al truhan.
--Eduardo, tenemos que hablar, y lo haremos en la primera ocasion.
Presentóse otro tertuliano.
Era un jóven imberbe, pálido y enteco, que apenas se atrevia á moverse por temor de que se estropease su ropa.
Llevaba corbata de vivos colores, grandes botones en la camisa, guantes amarillos y un baston muy delgado con puño reluciente y que sin cesar le servia de entretenimiento.
No queria este aparecer sublime, ni pobre, ni tímido; sino todo lo contrario, pues tenia pretensiones de hombre de mundo, de calavera, de desalmado, y con frecuencia hablaba de orgías, de aventuras amorosas, de desafíos y de otras cosas del mismo jaez.
Vivia con el producto de un modesto empleo; pero él aseguraba que recibia de sus parientes cantidades de consideracion, que se disipaban sobre el tapete verde y en otros excesos.
Llamábase Juan, y por su desgracia no tenia derecho al apellido de Tenorio, sino al de Gonzalez.
No era posible que el imberbe Juanito engañase al mundo, pues ninguna habilidad tenia para representar su papel.
Ni siquiera habia sospechado que al hacerse el calavera se ponia en ridículo, sino que, por el contrario, creia firmemente que todos lo miraban como puede mirarse á un verdadero don Juan.
A pesar de esto, escuchaba humildemente las órdenes que sus jefes le daban, no se atrevia á faltar á la oficina, y con la mayor prudencia evitaba cualquiera cuestion que pudiera tener un término desagradable.
A Juanito le sucedia lo que desgraciadamente le sucede á muchas criaturas, empeñándose en ser todo lo contrario de aquello para que han nacido, con lo cual resulta que no se llega á ser nada.
Los que tienen el buen talento de aprovechar sus disposiciones naturales, consiguen más ó ménos tarde hacer su fortuna.
El jóven era débil, y se empeñaba en ser fuerte; era tímido, y queria aparecer valeroso; tenia un corazon sensible, y se esforzaba para obrar como descorazonado.
¿Qué habia de conseguir en el mundo?
Empeñarse en ir contra la naturaleza, es una estupidez ó una locura.
Despues de Juanito fueron otras personas.
Casi todas ellas llevaban el bolsillo, vacío y la cabeza llena de tonterías.
El piano se abrió para que tocase un jóven que hacia sus estudios en el Conservatorio, y que tenia pretensiones de artista.
Despues de muchos ruegos se dignó Paquita cantar, moviendo mucho la cabeza y poniendo los ojos en blanco.
Eduardo habló con Adela.
Doña Cecilia se ocupó de la honradez de su difunto marido.
La madre de Paquita murmuró sin cesar, y por fin se decidió jugar á la lotería.
Esto les pareció muy bien á los unos y muy mal á los otros; pero todos se colocaron al rededor de la mesa, y sobre esta se extendieron los cartones.
No queremos describir con todos sus detalles esta escena.
Doña Robustiana los observaba á todos con disimulo y atencion profunda, no para coartar la libertad de nadie, sino para recoger datos que podian serle de mucha utilidad.
Más de una vez viéronse las mejillas de Adela rojas como si fuese á brotar la sangre.
Eduardo, como todo hombre pensador, se distraia muy á menudo y dejaba de apuntar, con perjuicio de sus intereses.
Paquita, excesivamente nerviosa, arrugaba con frecuencia el entrecejo, palidecia, hablaba con voz insegura, y habia momentos en que parecia que era presa de un malestar inexplicable.
El jóven que estaba á su lado se turbaba tambien.
Y doña Robustiana, que se habia puesto sus lentes, continuaba imperturbable sacando bolas y diciendo números.
Combináronse ambos y ternos, ganaron los unos y perdieron los otros, y como el calor era sofocante, todos acabaron por languidecer y el juego terminó.
Otra vez se abrió el piano.
Doña Robustiana aprovechó entonces la ocasion para hablar en voz baja con Eduardo, ponderando las cualidades de Adela.
A las doce de la noche se disolvió la reunion.
Al salir Eduardo dirigió á la criada picantes galanterías.
Cuando estuvieron en la calle, suspiró Adela y exclamó:
--¡Ay, mamá!
--¿Qué te sucede?--preguntó doña Cecilia.
--¿No le parece á usted que Eduardo es un hombre sublime?
--Sí; pero habla de una manera que no lo entiendo.
--Su elocuencia no puede estar al alcance de usted.
--Ya ves, hija mia, yo me he criado entre otra clase de gente.
--Es preciso que olvide usted eso, mamá.
--Tú has pasado bien la noche, y esto es lo que me importa.
--Sí, muy bien... ¡Qué noche!... No la olvidaré jamás.
Y Adela suspiró, no suavemente, sino pon toda la fuerza de sus vigorosos pulmones.
Entre tanto, Paquita y su madre sostenian un diálogo de muy distinto género.
--Te advierto,--decia esta con tono de muy mal humor,--que no quiero que te distraigas cuando juegas.
--No sé si me he distraido.
--¿Y qué te decia el señor de Montalban cuando temblabas?
--Mamá, yo no he temblado.
--Paca, hay ciertas cosas...
--Déjame en paz.
--Tendré paciencia como siempre.
--Yo tambien necesito mucha.
--¿De qué puedes quejarte?
--De mi pícara suerte, porque paso el dia trabajando y sufriendo tu genio, y cuando llega la hora del descanso se me presenta esa tonta de Adela cargada de joyas para recordarme mi pobreza; pero poco he de poder, ó tomaré venganza.
--Si tienes esperanza en la lotería lo mismo que tu padre...
--La tengo en mi talento.
--Entiendo, Paca, entiendo: lo dices por ese buen mozo que antes nos ha seguido.
--No ha sido esta noche la primera vez.
--¿Pero quién es ese hombre?
--Un capitalista.
--¡Un capitalista!
--Y Dios mediante, no se me escapará.
--Siempre estás soñando con el dinero.
--¿Quieres que me resigne á vivir como vivo?
--Me parece que tienes que comer, que te presentas decentemente...
--Sí, con un vestido de relumbron, con algunos lazos que no valen una peseta...
--Pero...
--Y poco ménos que sin camisa, pues ya sabes que no me queda más que una, y para lavarla tengo que pasar una noche sin dormir.
--Más vale pobreza con honra, que riquezas con deshonra.
--No me parece deshonra el casarse con un hombre rico.
--Si lo consiguieras...
--Allá veremos.
--Por de pronto tenemos que pensar...
--Sí, en el casero, que no nos deja vivir; en el carbonero, que se desvergüenza cada dia, y en el aguador, que armará veinte escándalos.
--La culpa la tiene tu padre con su cachaza. Como á él nadie le molesta...
--La culpa la tiene la pobreza con honra que á tí te parece tan bella.
--Cuidado, Paca...
--Antes que seguir representando el papel que represento, prefiero la muerte.
Paca y su madre llegaron á su casa.
Abrieron, encendieron un fósforo y subieron hasta el cuarto piso.
No tenian criados, y en cambio Adela tenia tres.
Entraron en su pobre habitacion, cuyo miserable aspecto contrastaba con los volantes, puntillas y lazos que adornaban á la jóven.
El padre cachazudo, que se habia quedado en casa, dormia ya profundamente y con la tranquilidad de las almas justas.
Una jícara de chocolate sirvió de cena á la madre y á la hija.
Esta se desnudó, arregló su cama con un pobre colchon en el suelo, y se acostó para soñar con el dinero del capitalista buen mozo.
Despues de sueño tan agradable, la realidad debia ser bien triste, debia parecerle doblemente horrible.
Entre tanto, Adela y su madre habian devorado un trozo de jamon y dos chorizos, y se habian acostado en mullidos lechos, para roncar estrepitosamente.
Si Adela soñaba, veia al sublime Eduardo junto á una mesa y escribiendo sentidos versos.
En cuanto á la mesa, no se debia equivocar la sensible jóven, porque efectivamente, Eduardo se encontraba entonces junto á una mesa, entre una docena de tahures, viendo cómo los naipes caian sobre el tapete y esperando la ocasion de _levantar un muerto_, que le permitiese almorzar al otro dia.
El fingido calavera habia dicho que pensaba ir al casino y pasar allí jugando el resto de la noche; pero se fué á su pobre morada, desnudóse, se santiguó devotamente y se acostó, para poder levantarse al otro dia á la hora de ir á su trabajo.
La verdad es, que si Juanito se hubiese casado con Paquita, tal vez habrian sido dichosos; pero ella queria un hombre rico y él soñaba con novelescas aventuras, cuyo término fuese el amor de alguna ilustre dama.
Doña Robustiana cenó en compañía de su gato, y trazó su plan para que al ménos Adela consiguiese casarse con el sentimental Eduardo.
Todo esto, que parece poco, entrañaba mucho y debia producir las más graves consecuencias.
¿Qué suerte estaba reservada á las dos jóvenes en quienes particularmente hemos fijado la atencion?
Ambas estaban, como suele decirse, fuera de su centro, se habian empeñado en realizar un absurdo, y no debian esperar nada bueno.
En cuanto á Juanito, era tambien digno de compasion, porque sus estúpidas pretensiones debian producirle más de un sério disgusto.
CAPÍTULO III
La paloma y el gabilan.
El buen mozo de quien habia hablado Paquita, era efectivamente dueño de una gran fortuna, que habia heredado y que disfrutaba, ó más bien disipaba para sostener toda clase de vicios, para satisfacer todas sus pasiones.
Se habia educado, como por desgracia se educan en España muchos de los que nacen en la opulencia, acostumbrándose á la ociosidad y sin contrariarse una sola vez en su vida.
Pertenecia á una familia ilustre, estaba relacionado con lo que se llama el gran mundo, y representaba, en fin, un papel deslumbrador.
Todo esto significa que era uno de esos calaveras de buen tono, que por más que hayan llegado al último punto de la depravacion, como son ricos, son respetados por todo el mundo, y fácilmente consiguen, no sólo la indulgencia de la sociedad, sino el perdon absoluto de sus criminales extravíos.
Si el capricho de muchas mujeres le habia obligado á derramar el oro á manos llenas, los caprichos suyos habian hecho derramar muchas lágrimas á otras infelices.
--Así se compensa todo,--decia indiferentemente el aristocrático calavera,--pues lo que me cuestan las unas me lo pagan las otras, y si me acusan las que han sufrido por mí, yo tengo el derecho de acusar á las que me han explotado, y tal vez me arruinen algun dia.
No es menester decir más para dar á conocer con toda exactitud al opulento jóven.
Por lo demás, sus ideas eran las del más perfecto caballero del siglo XVI, y creia que el hombre no se deshonra sino uniéndose á una mujer de plebeyo orígen.
Estaba dotado de muy clara inteligencia, era fecundo su ingenio, y en cuanto á su valor lo habia probado muchas veces con la más fria serenidad, y ante el peligro de perder la existencia.
Batirse era para él una cosa muy sencilla, y la disputa de ménos importancia la hacia cuestion de honor.
¡Pobre Paquita!
¿Qué debia sucederle con un hombre así?
El calavera, hijo mimado de la fortuna, para que nada pudiese desear, estaba dotado de una belleza varonil nada comun, y que en ciertas situaciones debia ejercer grandísima influencia en las mujeres.
Jóven, hermoso, rico y valiente, ¿cómo habia de resistirle ninguna infeliz?
Tenia la guerra declarada á las mujeres de cierta clase, á esas que se empeñan en salir de su centro, en aparentar que son lo que ni siquiera pueden ser, y que están mal avenidas con la modestia, que las sublimaria si ellas tuviesen bastante entendimiento para hacer uso de la belleza de las virtudes.
Ya hemos dicho que á esas infelices se las conoce al primer golpe de vista. No hay más que verlas en la calle, examinar su atavío, fijar la atencion en sus gestos y en sus ademanes, y si esto no es suficiente, cualquier hombre hará la última prueba diciéndolas una galantería, quedándose detrás y observando cómo vuelven la cabeza, suben y bajan los hombros y se mueven como si estuviesen atacadas de una enfermedad nerviosa.
¿Pues y las sonrisas?
¿Y el abrir y cerrar los ojos y volverlos y revolverlos en sus órbitas como si estuviesen mal avenidos con encontrarse allí aprisionados?
Otra señal: nunca hablan en voz baja, apuran el diccionario de las palabras más cultas y su acento no se parece á ninguno.
Lo que todo el mundo conoce, claro es que habia de conocerlo el ilustre calavera.
Encontrábase este alguna vez en los corrillos que en sitios determinados de la córte y á ciertas horas forman los desocupados; pasaba una de esas mujeres tan dignas de compasion, y alguno de aquellos vagos decia:
--Una _cursi_.
Nuestro jóven la miraba con insolencia, la dirigia frases ingeniosas y agradables, y si estaba de buen humor la designaba como una de sus víctimas.
Paquita fué una mañana al Prado á ver una formacion de tropa, porque la tropa le encantaba, y para ella la música más agradable era la de los figles, los serpentones y las trompetas.
Iba y venia mirando á los soldados que por lo ménos tenian el empleo de capitan, y el calavera, que paseaba á caballo, dijo para sí:
--Es graciosa.
Más le hubiera valido á la desgraciada Paquita quedar allí muerta bajo la cureña de un cañon.
El calavera hizo que su cabalgadura se encabritase y caracolease, y cuando hubo llamado la atencion de la jóven, le dirigió una mirada ardiente, se alejó, entregó á su lacayo el hermoso cuadrúpedo, y volvió al sitio donde Paquita se encontraba.
La madre de esta tosia, y el calavera aprovechó aquellos momentos para decir á la morena blanqueada.
--Ahora comprendo que algunos hombres pierden el juicio por las mujeres.
Paquita bajó los ojos como si se avergonzase; pero bien pronto los levantó para mirar frente á frente al que por ella sentia trastornado el juicio.
¡Cómo palpitó el corazon de Paquita!
El calavera, que hemos olvidado decir que se llamaba Alfredo de Saavedra, averiguó fácilmente quién era la niña de los hermosos ojos.
Varias veces la encontró como por casualidad, la siguió y le dijo con las miradas mucho más de lo que hubiera podido decirle con los labios.
Entre tanto, Paquita tuvo ocasion de averiguar tambien quién era su galanteador, y cuando supo que era rico, acabó de perder la cabeza, discurriendo así:
--¿Por qué no ha de quererme de buena fe? ¿Acaso no se ven todos los dias casamientos de hombres ricos con mujeres pobres? El verdadero amor no repara en estas pequeñeces. Yo soy jóven, bella y elegante, y esto es todo lo que necesito.
Desde que estas reflexiones se hizo Paquita, triplicó el número de sus adornos, porque creyó que así su belleza seria más interesante, y algunos dias disminuyó considerablemente su alimento para poder comprarse una cinta ó cualquiera bagatela por el estilo.