La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas

Part 11

Chapter 113,944 wordsPublic domain

Don Pascual no pudo conciliar el sueño, pensando en la inocente criatura fruto de la debilidad de su hija.

CAPÍTULO XIX

El hombre bueno sigue probando que no es bonachon.

Don Pascual aprovechó la ocasion de que era domingo, y cuando salió de su casa se encaminó á la de Alfredo.

¿Qué intentaba el desgraciado?

Tal vez iba á verse tratado como su hija cuando se presentó á Clotilde.

El rostro de Bonacha estaba pálido, y su mirada era sombría.

Tampoco aquella mañana se hubiera dicho que era el hombre bonachon y cándido hasta el último grado de la candidez.

Preguntó por Alfredo, y le contestaron que este acababa de levantarse.

--Pues es absolutamente preciso que yo lo vea,--dijo don Pascual con una energía que nadie hubiera sospechado en él.

--¿Su nombre de usted, caballero?

--Bonacha.

--El criado no se atrevió á replicar; desapareció, y volvió muy pronto para decir:

--Pase usted.

--Entró don Pascual en un gabinete ricamente amueblado, y donde se encontraba Alfredo envuelto en una bata y recostado indolentemente en un sillon.

Habia creido que el desdichado don Pascual iba á exigirle que se casase con Paquita, pintándole la triste situacion de esta.

Resuelto estaba el jóven á mostrarse inflexible y aun á rechazar con dureza al infeliz padre; pero bien pronto se convenció de que se equivocaba.

Presentóse don Pascual con la cabeza erguida, detúvose un momento, y luego dijo:

--Caballero, no vengo á pedirle á usted nada, ni siquiera la honra que me ha robado, y se lo advierto así para que no se tome la molestia de calcular cómo saldrá mejor del apuro.

Tan sorprendido quedó Alfredo, que no acertó á replicar.

El anciano, con grave tono, prosiguió diciendo:

--Mi desgraciada hija ha guardado para mí el secreto de su falta; pero yo la he adivinado fácilmente, he guardado silencio, he observado, he hecho todo lo que puede hacer un espía, y así he conseguido conocer hasta el último detalle.

--Entonces nada tengo que decirle á usted.

--No he venido para que me diga, sino para que me escuche.

--¿Quiere usted echarme en cara la fealdad de mi conducta?

--No, porque para los abusos como el que usted ha cometido, no hay calificacion. Cuando un hombre hiere despues de estar seguro de la impunidad, prueba que es un cobarde.

--¡Caballero!--gritó Saavedra, poniéndose en pié como impulsado por un resorte y lanzando una mirada terrible á don Pascual.

Empero este permaneció impasible, y arrostró serenamente aquella mirada.

--Le he llamado á usted cobarde...

--Si ha venido usted para ofenderme...

--Aquí estoy para responder, porque yo, cuando ofendo, acepto la responsabilidad.

--Si ha creido usted que sus canas han de ponerlo á cubierto de mi enojo...

--Justo seria, ya que mis canas y mi triste situacion le dieron á usted antes la seguridad de que podia ofenderme sin recibir el castigo que merecia. De los ultrajes se queja usted, caballero, sin pensar que no hay ultraje mayor que el que usted ha hecho á mi honra.

--A pesar de todo eso, estoy en mi casa...

--Yo estaba en la mia, y allí fué usted para echar una mancha sobre mi honor; pero dejemos esto, porque lo que yo he querido, lo que deseo, es probarle á usted que la honra puede perderse si á uno se la arrebatan; pero que aun despues de perdida, es posible conservar la dignidad.

--No pongo en duda la de usted, caballero.

--No niego que mi pobre hija, tentada por el demonio de la vanidad, se habia extraviado; pero sus extravíos no eran criminales. Usted comprendió que era muy fácil explotar las debilidades de mi hija, y las explotó sin pensar que heria de muerte á un desgraciado, que no tenia otro patrimonio ni otra dicha que su honradez, y que, por conservar esta inmaculada, habia trabajado toda su vida, habia hecho todos los sacrificios imaginables, habia aceptado todas las privaciones y se habia resignado con todas las desgracias. Descargó usted el golpe terrible, y con la conciencia tranquila se ocupó usted en buscar la dicha por otros medios. Su víctima de usted pidió reparacion, recordando promesas y juramentos, porque no creia que fuese perjuro el que tanto se envanecia con su honor; pero usted creyó que á nada estaba obligado, porque se trataba de una pobre mujer que nada representaba en el mundo; la habia usted deshonrado, habia usted contraido una deuda, y queriendo pagarla como buen caballero, tasó usted la honra de toda una familia en mil duros... ¡Oh!...

Relumbraron como dos carbunclos los ojos de don Pascual, y temblando convulsivamente á impulsos de la ira, acercóse más á Saavedra, y añadió con sarcástico tono:

--Sí, pagando la deuda no tenia nadie derecho á poner en duda que es usted un hombre bien nacido, un caballero, y que abriga usted un corazon grande y noble.

Alfredo, á pesar de toda su audacia, no se atrevió á levantar la cabeza.

El anciano, con voz ahogada por el coraje, prosiguió diciendo:

--Y el miserable que hace eso con una mujer indefensa y con un viejo débil, el que así escarnece la virtud, abusa de la inocencia, explota las debilidades y se burla de todo lo que es más respetable, de todo lo que es sagrado; el miserable que mancha el honor de una familia para satisfacer un capricho, un impuro deseo; el que se atreve á tasar el valor de esa honra y el reposo, y hasta la vida de un honrado padre, se ofende luego, y se levanta airado y amenazador porque le llaman cobarde.

--¡Oh!...

--Poco viviré, porque la herida ha sido mortal; pero quiero que mi conciencia esté tranquila; quiero probar que si la cobardía de usted me ha deshonrado, no he perdido el noble sentimiento de la dignidad.

--Basta, basta;--murmuró Alfredo con voz ronca.

--Hoy mismo quedará hecha la renuncia de mi empleo.

--Pero...

--Y en cuanto al precio de la honra de mi hija, que es mi honra... ¡Oh!...

El infeliz don Pascual sacó los mil duros en billetes, y con fuerza convulsiva los arrojó al rostro de Saavedra.

Rugió este como el leon cuando se siente herido.

Volvió á ponerse en pié.

Centellas se escaparon de sus ojos.

Sus mejillas habian enrojecido como si fuese á brotar la sangre.

--Yo,--gritó don Pascual,--el infeliz que nada representa en el mundo y que nada vale, el anciano débil, he tenido bastante valor para sellar las mejillas del miserable que manchó mi honra.

--¡Salga usted, salga usted!--exclamó Alfredo, sin poder apenas contenerse.

Empero don Pascual cruzó los brazos, irguió la cabeza y dijo:

--Aquí estoy... Puede usted vengarse... Aquí estoy, porque el valor me sobra para aceptar por completo la responsabilidad de mis acciones... ¿Por qué se detiene usted?... Le he ofendido gravemente, está usted en su casa, y tiene derecho hasta para matarme... ¡Oh!... pero en estos momentos es usted el que ha de temblar, porque á mí no hay nada, absolutamente nada que pueda infundirme terror. Cuando la vida es un tormento insoportable, no es posible tener miedo. Usted espera gozar, y yo no espero más que sufrir... Una sola cosa habia que me hiciese agradable la existencia: la satisfaccion de mi propia honradez, el amor de mi pobre hija... ¡Ah!... cuando sea usted padre...

El infeliz anciano empezaba á perder las fuerzas, y tuvo que interrumpirse.

Despues de algunos momentos, y con voz que parecia llevarse tras sí el alma, exclamó:

--¡Pobre hija mia!... Yo no tenia en el mundo más que mi hija, y usted abusó de su inocencia; la colocó usted en la pendiente que ha de llevarla hasta el fondo del abismo, y ya no hay poder humano que la detenga, porque dado el primer paso dará el último, porque la desesperacion la ha trastornado... ¡Pobre hija mia!... ¡Hija de mi alma!...

Desapareció la ira de Alfredo, y empezó á sentirse conmovido.

No, no era posible mirar con indiferencia el dolor de aquel padre infeliz.

Ya que otra cosa buena no hiciese, quiso Saavedra dirigir algunas palabras dulces y cariñosas al anciano; pero este, recobrando por un momento la energía, retrocedió y dijo:

--Hemos concluido... Ahora duerme la conciencia de usted, pero algun dia despertará.

Y haciendo grandes esfuerzos para sostenerse, salió.

Largo rato pasó antes de que Alfredo pudiera desaturdirse.

--¡Oh!... Ese hombre... me ha impresionado no sé cómo... Pero nada puedo hacer... Me amenaza con mi propia conciencia... ¿Pues es mia la culpa, si su hija ha sido débil?... Me parece que doy á este asunto una importancia que no tiene. ¿Qué es esto más que una calaverada como otra cualquiera?... Digno es de consideracion y lástima el padre; pero bien sabe Dios que no he querido hacerle mal alguno, sino, por el contrario, beneficios. ¿Quién habia de creer que tuviese la energía que ha demostrado?... Y asegura que va á dejar el empleo, y como no puede dejarlo á medias, es decir, como no puede renunciar la parte que á mí me debe, se quedará sin nada, y tras la deshonra sufrirá la miseria... ¡Oh!... eso no, eso no, pues á pesar de mis calaveradas, no soy un miserable, como me ha dicho, no lo soy, pues algo noble queda en mi alma.

Llamó Alfredo á su mayordomo, y le dijo:

--Recoge esos billetes, y ahora mismo corre y entrégalos al gobernador para que los distribuya como mejor le parezca en los establecimientos de beneficencia, y ten cuidado de no pronunciar mi nombre, porque no quiero que se sepa quién hace la obra de caridad.

El criado obedeció.

Entonces le ocurrió á Saavedra decir:

--¿Y mi hijo?... Porque supongo que ya soy padre... Ni siquiera lo ha nombrado don Pascual... ¡Oh!... no, no abandonaré á esa criatura inocente, que debe la existencia á mis locuras.

Nos parece que las locuras de Alfredo habian acabado, pues por más que él se esforzase para desentenderse de su conciencia, no era posible que esta dejase de atormentarlo.

CAPÍTULO XX

Bonacha se explica con su mujer.

Don Pascual cumplió su propósito, y renunció el destino.

La renuncia, como era consiguiente, fué aceptada.

Cuando ya no tenia remedio, fué cuando Bonacha dijo á su familia que se habia quedado sin empleo.

Mostrando tanta firmeza, compensaba la debilidad de toda su vida.

Su esposa, dejándose arrebatar por la ira, acusó y reconvino con las más duras palabras al pobre anciano.

La hija tambien puso el grito en el cielo, porque abrigaba la esperanza de casarse con Juanito, y que este viviese á costa del suegro mientras otro recurso no habia.

La situacion era en verdad bien crítica.

Cesante el padre, cesante el futuro marido, ¿qué iba á suceder?

Si al ménos uno de los dos hubiera contado con el recurso del empleo, no se habrian apurado tanto, ni la madre ni la hija.

Esta podia otra vez trabajar; pero cosiendo diez ó doce horas diarias, apenas ganaria una peseta, con cuya cantidad no habia ni para cubrir la sexta parte de las atenciones, y eso contando vivir muy modestamente, con esa modestia que se parece mucho á la miseria y que casi no es vivir.

--¿Te has propuesto,--decia furiosa la esposa de Bonacha,--te has propuesto matar de hambre á tu familia?

Don Pascual sonrió; pero no con la candidez que lo hemos visto sonreir otras veces, sino con una expresion indefinible.

--¿No has pensado que tienes la obligacion de mantener á tu familia?

--Sí.

--Pues ahora veremos cómo se hace el milagro.

--Muy sencillamente.

--Me picas la curiosidad, y quiero conocer el secreto.

--Muriéndose, no es preciso comer,--dijo don Pascual.

--¡Pascual, Pascual!...

--Todas las necesidades,--dijo con dulzura el hombre bonachon,--concluyen en la sepultura.

--Si no te has vuelto loco, quieres hacernos perder el juicio.

--¿Os infunde miedo la muerte?

--Más vale que calles, porque se me apura la paciencia...

--Te probaré que no estoy loco,--repuso Bonacha.

--Si la prueba consiste en alguna de tus necedades...

--Puesto que te empeñas, será. Toda mi vida, y particularmente contigo, he sido débil: ahora me habia propuesto demostrar energía; pero por una sola vez, hoy no más, seré débil como siempre lo he sido.

--No te comprendo, y en cuanto á tu debilidad...

--Ten alguna paciencia, que voy á explicarme.

--Lo deseo.

Don Pascual le dijo á su hija:

--Véte.

--¡Que me vaya!...

--Sí, yo te lo mando.

--¿Y por qué ha de irse?

--Porque no quiero que oiga lo que voy á decir.

--Pero...

--Paca, te he mandado salir,--replicó imperiosamente don Pascual.

Su hija tembló y obedeció.

Arrepintióse la madre de haber provocado aquellas explicaciones, porque comprendió lo que debia suceder.

Cuando marido y mujer quedaron solos, el rostro del primero cambió, volviendo á ser el mismo hombre á quien hemos visto ya frente á Saavedra, y provocando la cólera de este.

--Pascual,--dijo tímidamente la esposa,--tú estás trastornado...

--Tal vez.

--Sin duda tu salud...

--Es buena.

--No quiero que te incomodes, porque si caes enfermo será peor. Reconozco que me he dejado arrebatar; pero es tan triste nuestra situacion...

--Calla y escúchame.

--Te veo tan alterado que...

--No perderé la calma, descuida.

--Mañana hablaremos...

--Ha de ser ahora.

--Obedezco y te escucho.

--Si toda tu fortuna, tu dicha, tu porvenir, consistiese en una joya que con ciega confianza depositases en manos de un amigo íntimo, de un pariente...

--Pascual, Pascual,--interrumpió temblando la descuidada madre.

--Y si esa persona, en vez de guardar cuidadosamente el depósito...

--Basta, basta.

--Mi hija era mi única felicidad; mi honra, era mi único tesoro...

No se necesitaban más explicaciones.

La esposa de don Pascual, anonadada, cayó de rodillas, cruzó las manos y exclamó:

--¡Perdóname, perdóname!...

--Yo te he perdonado; pero es menester que tambien te perdone Dios y que te perdone tu hija.

--¡Compadéceme, esposo mio!...

--Ahora levanta la voz, pregúntame por qué he dejado ese empleo que debia á la proteccion del miserable que nos ha deshonrado; pregúntame con qué hemos de cubrir las necesidades de la vida, y por último, díme si todavía te espanta la muerte.

Un raudal de lágrimas corrió por las mejillas de la esposa de don Pascual.

La infeliz no pudo articular una sílaba.

--Si no tenemos que comer, moriremos sin exhalar una queja, que ya que hemos perdido la honra, debemos siquiera conservar la dignidad. Hace tres dias que arrojé al rostro del miserable seductor los mil duros con que habia querido pagar nuestro honor, con que habia querido cicatrizar las heridas abiertas en mi alma. Y le llamé cobarde y le hice temblar, y volví á mi casa con la conciencia tranquila.

--¡Mátame, Pascual, mátame!...

--Te matará la conciencia con tormentos los más horribles.

--¡Dios mio!

--Ahora quiero saber lo que habeis hecho con la criatura inocente que debia su existencia á vuestras debilidades.

--Esa criatura ha muerto.

--¡Que ha muerto!

--Mira.

La esposa sacó una carta, que aun no hacia dos horas que habia recibido, y en la que le participaban que la tierna criatura habia dejado de existir, á pesar de los cuidados de su honrada nodriza.

--¡Hé aquí con cuánta facilidad,--murmuró don Pascual,--resuelve la muerte las situaciones más difíciles! Dios lo ha dispuesto así; pero... ¡ah!... siento no haber podido estampar un beso en la frente pura de ese ángel, porque al fin era el hijo de mi hija; era...

No pudo proseguir, porque la voz se ahogó en su garganta.

Trascurrieron algunos minutos, durante los cuales no se percibió otro ruido que el de los sollozos de la esposa de don Pascual.

Este rompió al fin el silencio para decir:

--Nuestra hija piensa casarse con un hombre honrado, quiere engañar al que de buena fe le ofrece su ternura y deposita en ella su honor...

--Exageras, Pascual.

--¡Que exagero!...

--Mientras nuestra hija sea una esposa fiel, de nada podrá quejarse Juanito. Lo pasado pasó, y así como ella no le pide cuentas de lo que ha podido hacer antes de casarse...

--No prosigas.

--Reflexiona bien...

--Nuestra hija va á cometer otra falta, quizá más grave que la primera; pero no le pondré obstáculos, porque no quiero ser responsable de su suerte.

--Ya que se le presenta esa proporcion...

--Hemos concluido.

Y no quiso escuchar más el desgraciado Bonacha, sino que tomó el sombrero y salió.

No necesitó preguntar Paquita para saber lo que habia sucedido, pues curiosa en demasía, habia estado escuchando.

Con el rostro lívido y descompuesto se presentó la jóven á su madre.

--¡Todo lo sabe!--exclamó esta.

Paquita no quiso seguir la conversacion.

Ya ves, lector, de lo que es capaz un hombre como Bonacha.

Esas criaturas que parecen débiles, son las más fuertes en ciertas situaciones.

CAPÍTULO XXI

Alfredo se empeña en hacer algo bueno.

Un mes habia pasado.

Eran las tres de la tarde.

Disponíase á comer doña Robustiana, cuando sonó la campanilla y se presentó su sirviente, diciéndole:

--Un caballero quiere verla á usted.

--¿No lo conoces?

--Dice que se llama don Alfredo de Saavedra.

--¡Don Alfredo!...

--Y es muy guapo y muy elegante...

--Que entre, que entre,--dijo la viuda sorprendida.

Alfredo se presentó, saludando con la delicadeza que á su clase convenia, y diciendo despues:

--Señora, hay situaciones en que es preciso apelar á supremos recursos.

--Caballero...

--Ante todo le pido á usted perdon, y le suplico...

--Si en algo puedo serle útil...

--Para pedirle un favor he venido.

--Pues ya escucho.

--Supongo que conoce usted los secretos de la familia Bonacha.

--Sí, conozco todas las desgracias de esas criaturas.

--Así me evito el disgusto de entrar en explicaciones enojosas, tanto más enojosas para mí, cuanto que tengo que reconocer que soy culpable; pero crea usted que estoy bien castigado con mi propia conciencia, y que ya no puedo ser completamente dichoso.

--Aún tiene remedio el mal.

--En su menor parte.

--La infeliz Paca...

--Ya sé que piensa casarse, y yo, sin mengua de mi honor, no puedo dejar de ser esposo de la hija del conde de Romeral.

--Pues si acaso intenta usted indemnizar con dinero á esa pobre familia...

--No, porque ya una vez con el dinero ha tenido valor para azotarme el rostro ese anciano que tan débil parece.

--Entonces...

--Don Pascual dejó su empleo, y yo he sido causa indirecta de que se quede tambien sin recursos para vivir ese jóven que ha de casarse con Paquita.

--Si les ofrece usted un destino...

--No se lo ofreceré; pero lo necesitan, y si usted quiere ayudarme, hará á esos desgraciados un gran beneficio y tranquilizará mi conciencia en cuanto es posible que se tranquilice.

--No comprendo...

--Está usted bien relacionada.

--Es cierto.

--Nada tendria de particular que encontrase usted á uno de los que fueron amigos de su difunto esposo.

--Y algunos de ellos han hecho gran fortuna,--dijo doña Robustiana.

--Ese amigo imaginario pudo deber la vida á su esposo de usted.

--Ahora entiendo.

--Es agradecido...

--Sí, pone á mi disposicion su influencia, y yo le pido un empleo para Bonacha y otro para Juanito.

--Y será usted la madrina, y el regalo consistirá en las dos credenciales...

--No necesito más explicaciones.

--¿Puedo contar con el auxilio de usted?

--Sí, caballero, porque para hacer un beneficio no debe nadie vacilar.

--Gracias, señora, gracias.

--Por supuesto, que es menester que no se sospeche la verdad, porque mi amigo Bonacha...

--Lo conozco demasiado bien.

--Estamos de acuerdo.

--Ahora si usted quisiera decirme...

--¿Qué?

--¿Y mi hijo?

--Hay un ángel más en el cielo.

--¡Oh!

--Dios lo ha dispuesto así.

La conversacion no podia prolongarse.

Revelando en el semblante profunda tristeza, púsose en pié el jóven, ofreció la diestra á la viuda, y le dijo:

--Señora, no habian exagerado al hablarme del noble corazon y de la clarísima inteligencia de usted.

--Caballero...

--Si se me presentase la ocasion de prestarle á usted algun servicio, me consideraria feliz.

--Nada valgo, nada puedo...

--Vale usted mucho, señora,--dijo Alfredo.

Y saludando como hubiera podido saludar á una duquesa, salió.

--Lo cortés no quita á lo valiente,--dijo la viuda cuando estuvo sola.--Este hombre ha hecho una cosa muy mala; pero hay que reconocer que es muy fino, que tiene mucho talento y... ¡qué bella figura!... ahora no me sorprende que Paquita perdiese la cabeza por él, porque, la verdad, si yo me hubiese encontrado en el lugar de Paquita... ¡ay!...

Suspiró la viuda, y se consoló pasando la mano por el lomo á _Morito_.

Desde aquel mismo dia empezó doña Robustiana á preparar el terreno, y lo hizo con tanta habilidad, que nada sospechó el señor de Bonacha, aunque vivia muy sobreaviso.

Siguió la viuda dando noticias del estado del asunto, y repitiendo las palabras de su imaginario amigo.

Despues de quince dias volvió Alfredo á presentarse á la viuda, y le entregó dos credenciales que daban derecho al mismo sueldo, á doce mil reales, la una para don Pascual y la otra para Juanito.

--Señora,--dijo Saavedra,--más hubiera pedido por mi voluntad y más me hubieran dado; pero he temido infundir sospechas.

--Ha procedido usted con mucho acierto.

--Cuando pasen algunos meses, podrá usted acudir nuevamente á su amigo, y se mejorará la suerte de esa familia, en la inteligencia de que mientras yo represente algo en la sociedad y usted quiera ayudarme, irá ascendiendo el esposo de Paca hasta ocupar un puesto distinguido. No puedo hacer más.

--A pesar de la falta que ha cometido usted, hay que reconocerle nobleza de sentimientos y una delicadeza bien rara.

--Usted nada necesita; pero si tiene algun otro amigo á quien favorecer, aproveche usted la ocasion, pues ahora los ministros me servirán en cuanto yo les pida, y no sabemos lo que podrá suceder mañana si hay cambio político.

Así doña Robustiana, sin saber cómo, se encontró hecha mujer de gran influencia.

Si el mundo hubiese visto cómo la trataba Alfredo, no habria podido adivinar la causa.

Los agraciados recibieron las credenciales.

Juanito quiso casarse inmediatamente.

¡Infeliz!

EPÍLOGO

Habia trascurrido un año desde los últimos sucesos que hemos referido.

Juanito se consideraba el hombre más dichoso del mundo, y la verdad es que no tenia motivo para quejarse de su esposa.

Esta cumplia sus deberes con religiosa exactitud, y creemos que los cumpliria siempre, pues en realidad no era mala.

Tambien Juanito era un excelente esposo, que se parecia algo á su suegro.

Tenian un hijo, y esto lo consideraron una nueva felicidad, y además del hijo habian conseguido un ascenso, gracias á la proteccion de doña Robustiana del Peral.

Don Pascual Bonacha no habia vuelto á recuperar la alegría; su salud seguia quebrantándose, y parecia que habian trascurrido diez años, segun lo que se avejentaba. No debia vivir mucho, porque el tiempo no calmaba su dolor.

La herida que habia recibido era mortal, y forzosamente habia de sucumbir.

Su esposa estaba tranquila y gozaba, porque la bondad del marido de su hija permitió á la madre constituirse en jefe de todos. Ella disponia sin contradiccion, y no necesitaba más para encontrarse bien.

Lo único que le desagradaba era que sus amigos le preguntasen por su nieto, que era lo mismo que llamarle abuela.

La esposa de don Pascual, segun ya hemos visto, creíase todavía jóven, y si no tenia pretensiones de enamorar, parecíale que aún podia ser mirada con agrado.

Continuaban yendo á la tertulia de doña Robustiana, y esta presentaba siempre como modelo de esposos á Paquita y á Juanito.

No sucedia lo mismo con la desgraciada Adela, pues Eduardo habia dado fin al importe de todos los títulos de la deuda que tenia en su poder, y quiso luego que se vendiese la casa.

Era forzoso que esta situacion llegase, y llegó.

No hay que decir que en las casas de juego habia quedado la mayor parte de aquella fortuna, adquirida en fuerza de tanto trabajo, de tanta honradez y hasta de muchas privaciones.

Por de pronto, quiso el tahur justificar su conducta, diciendo que habia emprendido algunos negocios, y que en todos ellos habia sido desgraciado, ya porque las circunstancias no le favorecieron, ya porque habia sido víctima de la mala fe de criminales especuladores.

Empero siempre resultaba lo mismo, es decir, que habian desaparecido muchos miles de duros, que producian una renta respetable.