Part 9
"Allá va eso, decía la lengua interior; allá van ... las expondré de este modo ... no mejor de este otro ... no ... mejor del otro ... de cualquier modo ... ¡Oh! hay allí uno que se está riendo... Y otro que cuchichea. Pero qué tos les ha entrado... No les gusta lo que digo ahora ... ni esto tampoco ... ánimo. Concluiré este párrafo con una cita... allá va... ¡Ah! tampoco ha hecho efecto..."
Compréndase bien que estas frases que nadie oye y el discurso que oyen todos, guardan perfecto paralelismo.
¡Ah, qué misterios hay en la inteligencia humana, y qué fenómenos tan extraños en sus relaciones con la palabra humana!
¿Por qué fracasó el discurso del aragonés? ¿Fracasó por la reunión diabólica de mil accidentes, ajenos á la naturaleza de su notable ingenio y de su fácil palabra? ¿De quién fué la culpa, de él ó del público? Aquí hay otro gran misterio. El público y el orador tienden á fascinarse mutuamente. El primero mira y oye: no sabemos lo que es más terrible, si la mirada ó el oído. Las miles de pupilas dan vértigo. La atención de tanta gente dirigida á una sola voz confunde y anonada. El orador, por su parte, ve y oye: ve la serenidad anhelante ó desdeñosa, y oye toser. Por eso Lázaro hubiera deseado en algunos momentos de aquella noche ser sordo y ciego. Pero el orador tiene sobre el público una ventaja; tiene un arma, además de la palabra: el gesto. El también fascina, él también lleva en sus ojos aquel vértigo que confunde y anonada; él generalmente mira hacia abajo para ver al público; puede mover sus brazos y su cabeza cuando el público está como atado de pies y manos, inmóvil y viviendo sólo de atención.
Aquella noche fatal, Lázaro y el público no se fascinaron mutuamente, no se impusieron el uno al otro, no se comunicaron. Ni Lázaro persuadió al público, ni este aplaudió al orador. Un público no persuadido y un orador no aplaudido se rechazan, se repelen con energía. "Es preciso que calles," hay que decir á éste. "Es preciso que te marches," hay que decir á aquél.
El joven aragonés había tenido la peor de las tentaciones: la tentación de ser largo y difuso. Un segundo más de lo regular basta á concluir la paciencia de un auditorio y á trocar su interés en hastío. Lázaro vió pasar este segundo sin notarlo. Indudablemente no se comprendieron el uno al otro. ¿Se despreciaron mutuamente? ¿Se temieron mutuamente? Tal vez empezaron por temerse; pero es lo cierto que acabaron por despreciarse.
Lo singular es que si se hubiera preguntado á cualquiera particularmente su opinión sobre el discurso, habría dado tal vez una opinión no desfavorable; pero la opinión de un público no es la suma de las opiniones de los individuos que lo forman, no; en la opinión colectiva de aquél hay algo fatal, algo no comprendido en las leyes del sentido humano. Decididamente, Lázaro fracasaba.
Veinte veces se le ocurrió que era preciso concluir. ¿Pero cómo? No se atrevía. Iba á concluir mal. ¡Qué horror! Y para terminar mal, valía más no terminar, seguir hablando, siempre, siempre, siempre. Buscaba el final y no podía encontrarlo. ¡Y el final es tan importante! Podía rehabilitarse en un momento de inspiración. ¡Oh! la idea de concluir sin un aplauso le daba horror. Por eso temía el final y lo evitaba. Pero era preciso acabar: á las toses siguieron los bostezos, á los cuchicheos los murmullos. Buscaba sin cesar el remate; daba vueltas alrededor del asunto, procurando una salida airosa; pero no encontraba escapatoria; la palabra se deslizaba de su boca, y afluía continua, sin solución, infinita.
"Es preciso concluir," decía la voz interior. "¿Concluir? No hallo el fin, y el fin ha de ser bueno ... ¡Dios mío, ampárame! Resumiré ... recapitularé ... pero ya no me acuerdo de lo que he dicho ... ¿Pediré perdón al auditorio?... No: eso es rebajarme...." Al fin le ocurrió la oración final, y la empezó; pero al llegar al final, otra oración se enlazó con ella, y con ésta otra, y otra, y otra. Su discurso era una oscilación sin término; pero el público se impacientaba. Ni un minuto más: se apoderó del último período, resucito á que fuera el último. Pronunció al fin el postrer substantivo; y después, alzando la voz, emitió con graduación los tres adjetivos que le acompañaban para darle fuerza y calló.
La postrera palabra de aquel malhadado discurso vibró en el espacio, sola, seca, triste, con fúnebre resonancia. Ni un aplauso ni una exclamación satisfactoria la recogió. Su voz había caído en el abismo sin producir un eco. Parecíale que no había hablado, que su discurso había sido una de aquellas mudas, aunque elocuentes, manifestaciones internas de su genio oratorio. Estaba en un desierto; rodeábale una noche. ¿Qué había dicho? Nada. Y había hablado mucho. Aquello fué como si diera golpes en el vacío, como si hiriera en una sombra creyéndola cuerpo humano, como si hubiera encendido un sol en un mundo de ciegos. Bajó con el alma atribulada, oprimido el corazón, ardiente y turbada la cabeza, bañado el rostro en sudor frío.
En vano Javier quiso rehabilitarle dando algunas palmadas tardías. El público, animal implacable, le mandó callar. Lázaro tuvo la presencia de espíritu suficiente para contemplar cara á cara aquellas cien bocas que bostezaban. Robespierre se desesperaba en el mostrador con suprema expresión de fastidio.
--Lo he hecho muy mal--dijo tristemente el orador al oído de su amigo.
--Ya lo harás mejor otro día. Eres un gran hombre; pero no has tocado en el _quid_. Con una lección mía estarás al corriente. Otro va á hablar: atiende ahora.
--No: yo me voy á casa de mi tío. No puedo estar aquí más tiempo. Me ahogo.
--Espera á ver lo que éste va á decir.
Un segundo orador subió á la tribuna á disipar el fastidio que la peroración de Lázaro había causado. Mientras la multitud celebraba con aplausos maquinales las frases de su orador favorito, el otro se iba sumergiendo lentamente en profunda melancolía. Nada es más terrible que estos momentos de desencanto en que el alma yace atormentada por los dolores de la caída: el tormento de esta situación consiste en cierta ridiculez que rodea todos los recuerdos de las pasadas ilusiones. Todas las frases de íntimo elogio, de profundo orgullo con que antes se regaló la imaginación, resuenan con eco de burla en la pobre alma abatida, llena de vergüenza.
"Pero es preciso intentar una rehabilitación--decía Lázaro para sí.--¿Y cómo? Todos murmuran de mí, y si mañana se ofrece hablar de mi discurso, dirán todos que fué detestable, malísimo. Correrá de boca en boca, llegará á oídos de todas las personas que me interesan. Ella lo sabrá, se reirá tal vez de mí. Todos se reirán ahora."
Lo más particular es que desde que bajó de la tribuna empezaron á ocurrirle grandes pensamientos, magníficos recursos de elocuencia, soberbios golpes de efecto, citas oportunísimas; y estaba seguro de que diciendo aquello, arrancaría grandes aplausos. Pero ya era tarde: estaba allí mudo y perplejo, cubierto su espíritu de una nube sombría.
Entre tanto, el nuevo orador divagaba á sus anchas por el campo de la historia y de la política, y, por último, expuso la necesidad de la manifestación preparada para el siguiente día. Todos se levantaron unánimes, gritando: "¡Sí!" Todos prometieron concurrir, y tres ó cuatro, encargados del ceremonial, dieron cuenta del arreglo de la procesión, se fijó la hora, se designó el punto de reunión. Los _bravos_ sucedieron á los aplausos, y los aplausos á los _bravos_, y al fin la sesión terminó.
Los socios comenzaron á salir; pero aquella fracción ignorante y turbulenta, que ocupaba siempre uno de los rincones del café, no creyó conveniente salir sin decir algo. Calleja subió á una silla y gritó, dirigiéndose á los suyos.
--¡Señores, serenata á Morillo!
La idea fué acogida con estrépito. Morillo era el Capitán general de Castilla la Nueva. Enemigo do asonadas tumultuosas, había tomado sus medidas para impedir la procesión. Una parte del pueblo se agolpó junto á su casa en la noche del 17, atronando toda la calle con espantosa cencerrada.
--¡Serenata á Morillo!--dijo Calleja saliendo de la _Fontana_ y reuniendo toda la gente dispuesta para el caso que por allí pasaba.
No sabemos por donde vino; pero allí estaba Tres Pesetas. Nuestros tres amigos y Lázaro salieron de los últimos y se acercaron por curiosidad al grupo que Calleja había formado.
Entre tanto, el barbero pasó en dos zancajos á la otra acera, y se acercó á la puerta de su casa. Su mujer salió á encontrarle.
--Ciudadano, ¿has hablado?--le dijo.
--No, ciudadanita mía. No puede ser esta noche; pero lo que es mañana, ó hablo, ó me corto la lengua. Ya tengo estudiado el principio, y no se me olvidará una letra. Cuando hable, me los como.
--Estoy por no dejarte entrar--le contestó gravemente su mujer.--Si yo llevara calzones, ya me habían de oír. Así y todo, si me pusiera á ello, los volvía locos ... Si yo tuviera calzones, andaba por esos _clubes_ á qué quieres boca. Porque tengo más verdades aquí en el buche....
--Ya verás mañana á la noche si hablo ó no. Es que cuando voy á empezar me hace unas cosquillas la lengua ... y me trabo. Pero no tengas cuidado que los voy á dejar aturrullados.
--¡Serenata á Morillo!--dijeron cien voces.--Señores--exclamó uno de los mas célebres oradores de la _Fontana_--váyase cada uno á su casa, que estos desórdenes nos van á desacreditar. Cada uno en paz á su casa; nada de gritos.
Estos discretos consejos fueron saludados con murmullo prolongado de reprobación.
--¿Quién es ese servilón?--dijo una voz aguardentosa, que no era otra que la del sin par Chaleco.
--A casa de Morillo--repitió Calleja.--Mujer, tráeme el almirez.
El gentío aumentaba con nuevas remesas enviadas de la plazuela de la Cebada y del barrio del Salitre. Los socios de la _Fontana_ se habían marchado, cerróse el club y sólo quedaron en la calle los tres amigos y Lázaro, que se despedía para ir en casa de su tío.
--Espera un instante para ver lo que sale de aquí--le dijo Javier deteniéndole.
A la sazón una persona daba fuertes golpes á la puerta de Calleja.
--¿Qué hay?--dijo éste acercándose é interrumpiendo una patriótica y barberil alocución que había comenzado.
--Que vaya usted en seguida á sangrar á don Liborio que está muy malito.
--Demonio de enfermo: mañana le sangraré.
--No puede esperar: vaya usted pronto--exclamó el criado.
--Señores, ¿qué hago?--preguntó el barbero á sus amigos.
--No vayas, Calleja: que se sangre él solo. Esta no es noche de sangrías. ¡A casa de Morillo!
--Señores ... yo quisiera cumplir ... porque ya ven ustedes ... mi profesión. La ciencia es lo primero.
--No vayas, Calleja.
--Señores, volveré en seguida. A ver--añadió abriendo la puerta de su casa,--ciudadana, tráeme las lancetas.
La ciudadana salió muy afligida, y le dijo:
--A ver cómo le ponemos una ayuda á Joaquinito, que está muy malo. ¡Si vieras qué vomitona le ha dado! ¿Se la pongo de malvas?
--Póngasela de demonios cocidos, hermana--exclamó Tres Pesetas furibundo.
--Poco á poco, señores--contestó Calleja.--¿De malvas ó de aceite? Déjenme ustedes ver cómo se arregla eso; porque para mí ... ¿por qué lo he de negar? la ciencia es lo primero.
Lázaro insistía en dejar á sus tres amigos: tan aburrido y melancólico estaba.
--Espera, hombre--le decía Javier deteniéndole aún. Espera á ver lo que hacen estos bárbaros.
--¡Qué es eso de bárbaros!--exclamaron con furia los que más cerca estaban, volviéndose hacia los amigos con tanto interés, que hasta el mismo Calleja dejó la ciencia por salir en defensa de la Corporación.--¿Qué es eso de bárbaros, caballeriles?
--¿Quiénes son esos pelandingues?--dijo uno.
--Este es el aragonés que nos rezó el rosario esta noche. ¡Qué modo de hablar!
--Si parecía un sermón de Viernes Santo....
--El diablo me lleve si no les acaricio las muelas á esos catacaldos--dijo Tres Pesetas, dispuesto á hacer lo que decía.
Javier, el Doctrino, el poeta clásico, vieron una tempestad sobre sus cabezas; pero el poeta clásico, que era el mismo enemigo, no se acobardó y tuvo el antojo de llamar _rapista_ al grandioso Calleja. La chispa saltó, y la lucha era inminente; pero tan desigual, que los cuatro mozos no quisieron arriesgarse á ella, volvieron las espaldas y apretaron á correr, unidos siempre, dirigiéndose á la calle de la Victoria. Muchos de los contrarios les siguieron dando voces y arrojándoles piedras; pero los fugitivos andaban muy ligeros y lograron refugiarse en la calle de la Gorguera, metiéndose en el portal de la casa en que uno de ellos vivía. Cerraron cuidadosamente por dentro. Un enorme canto, lanzado por las robustas manos de Tres Pesetas, chocó en la puerta tan fuertemente, que si hubiera cogido á alguno le hace añicos. Felizmente los jóvenes estaban seguros, y los de fuera, al ver que la presa se les había escapado, retrocedieron, marchándose todos á dar una armoniosa cencerrada al Capitán general de Madrid.
CAPÍTULO XI
#La tragedia de los Gracos.#
Luego que sintieron alejarse á sus perseguidores, los amigos subieron. Allí vivía el poeta clásico.
--¿Tienes que cenar?--le preguntó el Doctrino.
--Un magnífico festín--contestó el poeta.--Un cuarterón de queso manchego y una botella de Cariñena. Mandaremos por unos buñuelos á la taberna de la esquina.
Lázaro tenía un hambre espantosa. Desde las nueve de la mañana no había probado cosa ninguna, y el cansancio del camino, los esfuerzos mentales y la gran fatiga moral de aquella noche le habían rendido hasta el punto de que no podía tenerse. Subió con los demás, sin fuerzas para emprender á aquella hora el viaje á casa de su tío. La comitiva, guiada por el poeta clásico, se internó en la escalera.
No hay viaje al polo Norte que ofrezca más peligros que una escalera angosta de casa madrileña cuando la obscuridad más completa reina en ella. Comenzáis dando tumbos aquí y allí; de repente tropezáis con la pared: chocáis con una puerta, y el ruido alarma á la vecindad. Dais con el sombrero en un candil que, aunque extinguido por falta de aceite, tiene lo bastante para poneros como nuevos. Y todo esto es llevadero cuando no se encuentra al truhán que baja ó al galán que sube, cuando no sentís el retintín de la ganzúa que intenta abrir una puerta, cuando no resbaláis en las substancias depositadas por los gatos sobre los escalones, cuando no tropezáis con la amorosa conjunción de dos estrellas que pelan la pava en el último tramo.
Por fin la expedición llegó á las regiones boreales de la casa, á la elevada zona en que el poeta había hecho su nido. Tocaron, y abierta la puerta, nuestros amigos se encontraron frente á frente de una mujer que, con soñolientos ojos y rostro avinagrado, alzaba la mano sosteniendo un candil, próximo á imitar la sabía conducta de los de la escalera. Este candil comunicó su luz á otro mejor acondicionado que había en el cuarto donde entraron los cuatro jóvenes. La dama echó el cerrojo á la puerta de la escalera, y dando las buenas noches con entonación de un responso, se fué. No había andado cuatro pasos cuando volvió, y arrebujándose bien en su manto, con honestos y recatados ademanes, dijo:
--Por Dios, don Ramón, no hagan ustedes ruido, que está alborotada la vecindad con la algarabía que se arma aquí todas las noches. Porque, ya ve usted ... Una es comidilla de las gentes de abajo. La encajera ha ido diciendo que esto era una taberna, y que no se podía vivir en esta casa. Ya ven ustedes ... como una es mujer de opinión....
La señora que tan celosa se mostraba de la opinión de su casa era doña Leoncia Iturriabeytia, vizcaína, como es fácil conocer por su apellido; patrona de aquel establecimiento, mujer de bien, como de cuarenta años mal contados, de buen aspecto, robustas formas, alta estatura cara redonda y carácter bonachón y más que sencillo.
--Señora, déjenos usted en paz--le contestó Javier.--Si viniera don Gil con nosotros, no se incomodaría usted.
--Vaya, ya empieza usted con sus bromas, don Javier.
--¿Y cuándo se casa usted doña Leoncia?
--¿Yo casarme? ¿Yo?--dijo doña Leoncia con mal disimulada satisfacción.
--Pues sepa usted que se lleva un buen mozo. Don Gil es hombre que hará carrera ... está en buena edad....
Una carcajada de los otros dos y una sonrisa forzada de la patrona acogieron aquellas palabras. La vizcaína tenía un pretendiente, y éste era don Gil Carrascosa, aquel individuo que fué lego, abate covachuelista y cuanto hay que ser. Corrían por la vecindad rumores alarmantes respecto á la existencia de cierta buena concordia, parecida á la familiaridad, entre el poeta clásico y doña Leoncia, la vizcaína. No penetremos en lo sagrado de estos clásicos y patroniles secretos.
Doña Leoncia notó la presencia de un desconocido, y quiso darse tono. Se puso seria, y reprendió á los estudiantes por su poca formalidad. Después hizo un pomposo ademán, algunas cortesías, y se marchó.
--Adiós Ariadna, Antígone, Sofonisba, Penélope--dijo cuando la vió fuera el poeta, que gustaba mucho de aplicarle aquellos nombres heroicos.
Poco después de esta despedida se sintieron ronquidos muy broncos y prolongados. Era Ariadna, Antígone, Sofonisba, Penélope, que dormía en el interior. ¡Cuán felices son las semidiosas!
Javier y el Doctrino tomaron en competencia posesión de la cama. Lázaro se acomodó lo mejor que pudo en una silla de tres pies y medio, y el poeta continuó en pie haciendo los honores del sotabanco. Del cajón de la cómoda sacó un pedazo de queso envuelto en un papel, que se había hecho transparente. Un cuchillo, una botella y un plato, en que había panecillo y medio, salieron de otro rincón, y el festín fué preparado en la mesa, para lo cual se hizo preciso apartar á un lado dos tragedias en verso heroico, un retrato de mujer roído de ratones, un ejemplar de la Constitución, un tintero de cuerno y una babucha, dentro de la cual había unas tijeras, una caja de obleas y medio tomo del teatro de Crebillon.
El cuarto aquel era curioso. La cama se ostentaba lo más horizontal que le era posible sobre dos banquillos, cuyas tablas sostenían un jergón de tan tortuosa superficie, que el durmiente rodaba en él de cima en cima antes de poder conciliar el sueño. Una estera de esparto, finísima en los tiempos de Carlos III, cubría las dos terceras partes del piso, siendo inútiles todos los esfuerzos de doña Leoncia para estirarla hasta cubrir lo que faltaba. Inmenso baúl alternaba con la cama, y á juzgar por lo corroído del cuero y la suciedad acumulada entre él y la pared, los ratones habían tomado por su cuenta la empresa de colonizar aquel recinto. Adornaban las paredes algunos cuadros: el más notable era un trabajo de pluma hecho por el tío del cuñado del abuelo de la vizcaína, que había sido insigne calígrafo, y toda la lámina estaba llena de rasgos, líneas, letras raras, rúbricas y floreos de pluma, trabajo ilegible por ser tan excelente. Por otro lado pendía de la pared un cuadrito de marco ex-dorado, que encerraba las habilidades juveniles de la abuela de doña Leoncia, bordadora de lo más fino. Al lado de estos monumentos de familia estaban un par de figurines del Directorio y una Virgen del Pilar, simplemente pegada en la pared con cuatro obleas.
Ramón echaba vino en un vaso que iba corriendo de mano en mano; el queso fué distribuido, y el pan desapareció en poco tiempo. Lázaro no se mostraba parco en comer, porque la verdad era que tenía buen apetito y se sentía desfallecer por momentos.
--Vamos, Ramoncillo--dijo el Doctrino--léenos un poco de esa tragedia para llorar, que llamas _Petra_.
--¿Qué Petra ni Petra?--replicó el poeta.--No seas bárbaro: _Fedra_ querrás decir.--Lo mismo me da Fedra que Pancrasia.
--Ya he dejado ese asunto ... eso no es nuevo. Ahora lo que conviene es un asunto patriótico.--Eso me gusta.
--Al fin me decidí por los gracos.... Amigos, qué hombres eran aquellos!
--A ver--dijo el Doctrino.--Léenos algo de esos grajos. Debe ser cosa graciosa.
--Pero ven acá, loco--dijo Javier:--¿por qué no haces una tragedia de cosas del día en que salgan hombres como éstos de ahora?
--No seas tonto--dijo el poeta riendo con la mayor buena fe:--ahora no hay héroes.
--Majadero, ¿pues cómo llamas á Churruca, á Alvarez y á Daoiz?
--Sí; pero eso son héroes de casaca.
Ramón tenía talento y facultades de poeta; pero había nacido en una época funesta para las letras. El frío clasicismo agostaba en flor los ingenios, que educados en la retórica francesa, y siguiendo los principios del prosaico Montiano, del rígido Luzán, del insoportable Hermosilla, no atinaban á utilizar los elementos poéticos que en aquel tiempo nuestra sociedad les ofrecía.
El pueblo, alimentador de los teatros, no comprendía el alto ditirambo de griegos y romanos; y al mismo tiempo, ningún poeta acercaba á poner héroes españoles en la escena. Nasarre en tanto llamaba bárbaro á Calderón, y _La vida es sueño_ no era más que delirio. Aquella restauración clásica fué fecunda para la comedia, porque produjo á Moratín hijo. Pero el drama, la fábula patética que retrata las grandes conmociones del alma, y pinta los más visibles caracteres de la sociedad, no existía entonces.
Se hacían algunas tragedias, obras pálidas y sin vida, porque no eran animadas por la inspiración nacional, ni nuestro pueblo vivía en ellas, ni nuestros héroes tampoco. "Ya sabemos lo que son esos héroes tiesos, acartonados, de las tragedias clásicas: siempre los mismos. No se concibe el amor á la libertad sin _Bruto_, ni el odio al imperio sin _Cinna_. ¿Cómo puede haber pasión sin Fedra, y fatalidad sin _Edipo_, y parricidio sin _Orestes_ y rebelión sin _Prometeo_, y amor á la independencia sin _Persas_? En tiempo de nuestro amigo Ramón, los jóvenes creían esto; y había algunas personas graves que encontraban á Crebillon más inspirado que Lope, y Rotrou más grande que Moreto."
El poeta de que hablamos escribió su correspondiente _Alceste_, con algún acto de un _Bellerofonte_ y varias escenas de tragedia bíblica, también de cajón entonces. Tuvo una inspiración después, y quiso dejar tan trillado camino. Ideó un _Subieski_, un _Solimán,_ un _Arnoldo de Brescia_, y, por último, un _Padilla_; pero no bien había escrito algunos versos, retrocedió por miedo á la antigüedad, y se fijó en los _Gracos._ Dió principio á la obra, y la remató poco antes de las escenas que estamos refiriendo.
Ya le tenemos sentado sobre la mesa, con el manuscrito en la mano y alumbrado por el candilejo. El Doctrino y Javier se disputaban la causa con nuevo furor, y Lázaro, que estaba sentado en la silla, había cedido al cansancio, y apoyado en la misma cama, esperaba la primera escena de los Gracos.