Part 8
El uno era un joven de familia distinguida, segundón, á quien habían mandado á estudiar Cánones y sagrada Teología en Salamanca, con el objeto de que fuera sacerdote y disfrutara unas pingües capellanías que habían pertenecido á un su tío, chantre de la catedral de Calahorra. Capellán te vean mis ojos, que obispo como tenerlo en el puño. En efecto: Javier, que así se llamaba el muchacho, hubiera sido obispo, porque su familia tenía gran influencia. Pero el chico, que no amaba los hábitos y se sentía impresionado por las nuevas ideas, hizo su hatillo, y falto de dineros, aunque no de osadía, se puso en camino, y se plantó en Madrid el mismo bendito año de 1820. Vagó por las calles solo; pero pronto tuvo bastantes amigos; escribió á su abuelita, que le concedió un medio perdón y algunos cuartos (pocos, porque la familia, aunque la más noble del territorio leonés, se hallaba en situación muy precaria); marchó después á Zaragoza, donde vivió algunos meses, figurando mucho en los clubs democráticos, y volvió después á la Corte, no muy bien comido ni bebido, pero alegre en demasía. Escribía en _El Universal_ furibundos artículos, y contento con su poquito de gloria, iba pasando la vida, pobre, aunque bien quisto. Cautivaba á todos por la amabilidad de su carácter y lo generoso de sus sentimientos. En política profesaba opiniones muy radicales, y pertenecía á la fracción llamada entonces _exaltada_.
En la misma militaba el segundo de estos tres amigos que describimos, el cual era andaluz, de veintrés años, delgado, pequeño y flexible. En Ecija, su patria, pasaba el tiempo escribiendo verbos á Marica, á Ramona, á Paca, á la fuente, á la luna y á todo. Pero todo causa, y la poesía á secas no es de lo que más entretiene: un día se encontró aburrido y pensó salir del pueblo. Pasó por allí á la sazón el ejército de Riego, y aquellas tropas excitaron su curiosidad.
Preguntó; le dijeron que eran los soldados de la libertad, y esto resonó en sus oídos con cierta agradable armonía. "Me voy con ellos", dijo á sus padres. Estos eran muy pobres, y contestaron: "Hijo, vete con Dios, y que El te haga bueno y feliz; pórtate bien, y no te olvides de nosotros."
El poeta siguió el ejército, llorando sus padres, y aun es fama que lloraron á escondidas tres de las chicas más guapas de Ecija. Al llegar á Madrid, el joven volvió á ser poeta, y entonces hacía versos al Rey cuando abría las Cortes, á Amalia, á Riego, á Alcalá Galiano, á Quiroga, á Argüelles. En su vida cortesana, este poeta, que, como después veremos, pertenecía á la escuela clásica en todo su vigor, pasó algunos clásicos apurillos; mas después, escribiendo en casa de un abogado, desempeñando funciones modestas en el periódico _El Censor_, vivía siempre alegre, siempre poeta, siempre clásico, apreciado de sus amigos, con alguna fama de calavera, pero también con opinión de joven listo y de buen fondo.
La fisonomía del tercero no era tan agradable ni predisponía tanto su favor como la de los anteriores. Sin embargo, tenía fama de buen chico; y en cuanto á opiniones políticas, no podía echársele en cara la tibieza, porque era frenético republicano. Algunos mal intencionados decían que en el fondo era realista, y que sólo por cálculo hacía alarde de aquel radicalismo intransigente. Pero aún no tenemos motivo para aceptar esta aseveración, que es quizá una calumnia. Llamábanle el Doctrino, porque había estudiado primeras letras en el colegio de San Ildefonso. No podía negarse que había en su carácter cierta astucia disimulada, y en sus modales alguna afectación bastante notoria. Era hijo natural de un vidriero, que le reconoció al morir, dejándole pequeña fortuna; pero los albaceas testamentarios, á quienes el difunto dió amplios poderes, hicieron un inventario, del cual resultaba que el vidriero no había dejado en el mundo cosa alguna de valor. El Doctrino les pedía dinero, y ellos le solían decir: "Tome usted para un semestre." Y le daban una onza.
Pero sus amigos le ayudaban á vivir, le mantenían y le compraban algún levitón de pana. Era notorio (y aun llegó á tratarse seriamente del asunto) que poco antes de la época en que esta historia comienza, el Doctrino gastaba más dinero que de costumbre; y cuando sus amigos le preguntaban el origen de aquel caudal, respondía evasivamente y mudaba de conversación.
Estos tres jóvenes eran inseparables, sin que alteraran la paz las desventuras pasajeras del uno, ni las ganancias fortuitas del otro. La onza semestral del Doctrino perecía en _Lorencini_ ó en la _Fontana_ en dos días de café, chocolate y jerez; pero después Javier escribía un artículo tremendo sobre la soberanía nacional para comprarle unas botas al poeta clásico, y el mismo Doctrino sacaba de un misterioso bolsillo un doblón de á cinco para atender á las necesidades amorosas de Javier, que tenía pendiente cierta cuestión con la hija de un coronel de caballería, hombre atroz y fiero como un cosaco.
Estos tres jóvenes vagaron juntos por las calles, acercándose á los grupos, preguntando á todos, contando noticias fraguadas por la fecunda imaginación del poeta, hasta que, llegada la noche, se dirigieron al parador del _Agujero_, sito en la calle de Fúcar, á esperar á unos amigos de Javier, que llegaban aquella misma noche de Zaragoza.
Ni en la arquitectura antigua ni en la moderna se ha conocido un monumento que justificara mejor su nombre que el parador del _Agujero_ en la calle de Fúcar. Este nombre, creado por la imaginación popular, había llegado á ser oficial y á verse escrito con enormes y torcidas letras de negro humo sobre la pared blanquecina de la fachada. Un portalón ancho, pero no muy alto, la daba entrada; y esta puerta, cuyo dintel consistía en una inmensa viga horizontal, algo encorvada por el peso de los pisos principales, era la entrada de un largo y obscuro callejón que daba al destartalado patio. Este patio estaba rodeado por pesados corredores de madera, en los cuales se veían algunas puertas numeradas.
En lo alto residía el establecimiento patronil de _La Riojana,_antonomasia imperecedera que se conservó por tres generaciones. Allí se servía á los viajeros, recién descoyuntados y molidos por el suave movimiento de las galeras, algún pedazo de atún con cebolla, algún capón, si era Navidad ó por San Isidro, callos á discreción, lonjas escasas de queso manchego, perdiz manida, con valdepeñas y pardillo. Esta comida frugal, servida en estrechos recintos y no muy limpios manteles, era la primera estación que corría el viajero para entrar después en el _vía crucis_ de las posadas y albergues de la villa.
Dos veces al día un ruido áspero y creciente aumentaba la normal algarabía del barrio. Se oían las campanillas, el chasquido del látigo y un estrépito de ruedas que de bache en bache, de guijarro en guijarro iban saltando. La máquina llegaba frente al portal, y aquí era donde se probaba la habilidad náutico-cocheril del mayoral: la máquina daba una vuelta, los machos entraban en el portalón, y tras ellos el vehículo, siendo entonces el ruido tan formidable, que la casa parecía venirse al suelo. El navío daba fondo en el patio, los brutos eran desenganchados, el mayoral bajaba de lo alto de su trono, y los viajeros, que aún se mantenían con la cabeza inclinada, y muy agachados, resabio de cuando atravesaron el portal, notaban al fin que no tenían el techo en la corona, se admiraban de verse con vida, y descendían también.
Aquí, si había parientes esperando, empezaban los abrazos, los besos, las felicitaciones. Era propinado con algún real mal contado el cochero, y cada cual se iba por su camino, siendo costumbre tomar allí mismo, en los aposentos de la Riojana, un preámbulo estomacal para poder subir la calle de Atocha, que era entonces algo más inaccesible que ahora.
Esta vez, cuando la nave hizo su parada definitiva en el patio, hubo una aclamación general. El Doctrino abrazó á sus amigos.
--¡Javier!
--¡Lázaro!
Y se abrazaron con efusión. Después de los monosílabos de alegría y sorpresa, el segundo dijo al primero:
--¿Tú en Madrid? ... al fin! ¿Vienes de Ateca?
--Sí.
--Bien. No podías llegar más á tiempo. ¿Y los amigos de Zaragoza? ¿Pero de dónde vienes? ... ¿Y el club ... y nuestro club? ...
--Ya sabes que nos lo disolvieron. Hace seis meses que estoy en Ateca.
--¿Y estarás mucho aquí?
--Siempre!
--Bien. Aquí la juventud, la vida. Y si he de decirte la verdad ... hacemos falta.--Sí ... ¿oh?
--Señores, aquí tenéis á mi amigo, al grande orador del club de Zaragoza, mi amigo y compañero.
Los demás jóvenes, tanto viajeros como visitadores, rodearon al aragonés.
Expliquemos. Cuando Javier estuvo en Zaragoza, trabó amistad muy íntima con Lázaro. En el club propagaron ambos las ideas democráticas (democracia de 1820)que entonces cundieron rápidamente por aquella noble ciudad. Privadamente estos dos jóvenes, afines por carácter y temperamento, se miraban como hermanos, tenían una misma bolsa, comían en un mismo plato, y confundían en un común sentimiento sus pesares y alegrías. Desde la salida de Lázaro para su pueblo no se habían visto.
--Cuánto me alegro de que vengas acá!--dijo Javier, abrazándole otra vez.--Hacen falta jóvenes como tú. La juventud de ayer se va corrompiendo: unos se enervan, otros retroceden y algunos se venden por falta de fe.
--Señores, vamos á _Vicentini_--dijo el Doctrino, llevándose á sus amigos.
--¿Qué _Vicentini_? A _La Cruz de Malta_. Allí hay muchos aragoneses, todos son aragoneses.
--Este no viene sino á la _Fontana_--dijo Javier, señalando á su amigo.
--Viva la _Fontana_, el rey de los clubs!
--Y el club de los reyes--dijo uno que se escurrió como si hubiera dicho una imprudencia.
--¿Quién ha dicho eso?--exclamó el Doctrino furioso.
--No hagas caso: es uno de los que creen esas calumnias--indicó Javier.--Vamos, señores: esta noche hay gran sesión en la _Fontana_.
--Mañana me llevarás allá--dijo Lázaro á su amigo con empeño.
--¿Cómo mañana? Esta noche misma, ahora mismo. ¿Vas á perder la más importante sesión que se ha visto ni verá?
--¿Pero cómo puedo ir esta noche? Si acabo de llegar. Tengo que ir á casa de mi tío.
--¿Tienes aquí un tío? ¿Es liberal?
--Presumo que sí: no le conozco.
--¿Y ahora vas allá?
--Naturalmente.
--¡Qué disparate! Déjate ahora de tíos. Vente á la _Fontana_. Son las ocho: ya va á empezar. A la salida irás á tu casa.
--Hombre ... eso no me parece bien--dijo Lázaro suspenso.
--¿Pero cómo vas á perder esta sesión? Habla Alcalá Galiano, Romero Alpuente, Flórez Estrada, Garelli y Moreno Guerra. No habrá otra sesión como ésta. ¿Qué más da que vayas á tu casa ahora ó á las doce? Tu tío creerá que no ha llegado la diligencia.
--Hombre, no. Estoy cansado. Me esperan tal vez en su casa.
--No seas tonto. Vente á la _Fontana_. No hay más remedio sino que vas. ¿Dónde vive tu tío?
--Calle de Válgame Dios.
--¡Jesús, qué lejos! No vayas allá ahora.
Lázaro tenía un vivo deseo de llegar pronto á casa de su tío: ya se comprenderá por qué. Pero le era humanamente imposible, porque su cariñoso amigo le llevaba casi por fuerza al club. Además, las razones con que disculpaba aquella determinación tenían también algún peso en su mente. Aquel recibimiento caluroso, la noticia de aquella gran sesión de la célebre _Fontana_, estimularon el entusiasmo á que siempre propendía su carácter, y se dejó llevar.
Quién sabe si había algo de providencial en aquella extemporánea visita á la _Fontana_. Sería cosa de ver que sin sacudir el polvo del camino (esto pensaba él) le acogieran con aplauso en el club más ilustre y célebre de la monarquía. Tal vez le conocían ya de oídas por sus brillantes discursos de Zaragoza. ¿Cómo tal vez? Sin duda le conocían ya. A estos pensamientos se mezclaba el orgullo de que á oídos de Clara llegara al día siguiente su nombre llevado por la fama. Una apoteosis se le presentaba confusamente ante la vista. ¿Por qué no? Sin duda aquello era providencial.
Así es que la resistencia que al principio opuso fué disminuyendo á medida que se acercaba á la _Fontana_. No le tengáis por loco todavía.
Llegaron. La puerta estaba obstruida por un inmenso gentío. Pero el Doctrino con los suyos, y Javier con Lázaro y el poeta, tuvieron medio de entrar por un patio interior. La sesión era muy agitada. Un orador acusaba al Gobierno de la destitución de Riego. Contó lo que había pasado en Zaragoza, y acusó á los habitantes de esta ciudad por no haber defendido á su General.
--Poner la mano--decía--en un héroe como Riego, es la mayor de las profanaciones. ¿Y qué ha hecho Zaragoza? ¡Oh! la ciudad en que tal cosa ha pasado permaneció muda y permitió que su Capitán General fuera destituido; dejó que un vil esbirro manchara la sagrada investidura de la autoridad, despojando de ella á Riego. _(Grandes aplausos.)_ Se ha dado el pretexto de que Riego fomentaba el desorden en todo Aragón. Esto no es cierto: es una mentira fraguada en esos obscuros conciliábulos de cierto palacio que no quiero nombrar. _(Rumores y risas.)_ Se le manda de cuartel á Lérida como un sospechoso, y se entrega el mando al jefe político. ¿Quién es ese jefe político? Siempre fué enemigo de la libertad. Todos le conocéis: es un enemigo encubierto de la libertad. ¡Abajo los disfraces! _(Aplausos.)_ Lo que se quiere bien lo conocéis: es ir apartando poco á poco de los cargos públicos á los buenos liberales, para poner en ellos á esos hipócritas que se llaman nuestros amigos, y nos detestan en el fondo de sus corazones corrompidos. _(¡Sí! ¡sí! ¡sí!)_ ¿Qué se pretende? ¿A dónde nos conducen? ¿Qué va á resultar de esto? ¡Ay de la libertad que hemos conquistado! Mucha atención, ciudadanos. No os descuidéis. Estad alerta, ó si no, ¡ay de la libertad! _(Bien, bien.)_
Pero lo repito, señores: ¡de quien tengo más quejas es del pueblo de Zaragoza, de ese pueblo que yo creí el más grande de la tierra y que no lo es!... ¡No, no lo es! _(Rumores.)_ ¿Por qué permitió que Riego fuera destituido? ¿Por qué le dejó marchar? ¿Y es ésta la ciudad de 1808? No, yo diré á esa ciudad: no te conozco, Zaragoza. Tú no eres Zaragoza. Ya no sabes levantarte como un solo aragonés. Has dejado atropellar á Riego. ¡Tú nos salvaste en otro tiempo; pero hoy, Zaragoza, nos has perdido! _(Grandes y continuados aplausos.)_
Un joven se levantó (era aragonés).
--Protesto--dijo con la mayor energía--contra las acusaciones lanzadas á mi patria, á la noble capital de Aragón, por ese señor, cuyo nombre no sé ... ni quiero saberlo. _(Una voz dice: Alcalá Galiano.)_ Mi patria no ha olvidado su honor. ¿Qué queréis que hiciera contra lo mandado en un decreto del Gobierno constitucional?...
--Desobedecerlo--gritaron varias voces.
--Señores, dejadme continuar.
--¡Que siga, que siga!
--Protesto en nombre de mis paisanos, y afirmo que es Zaragoza el pueblo de España que más ha hecho en todos tiempos por la libertad. ¿No se le acusa de ser un foco de exaltación republicana? ¿No se ha dicho que de allí salen las ideas más disolventes, que allí se elabora una conspiración para sostener la República?
--Hechos quiero y no palabras--dijo el primer orador.
--Pues hechos tendréis. ¿No sabéis que existe en Zaragoza un club, cuya influencia y prestigio alcanzan á todo Aragón? Ese club, llamado _democrático,_ ha sido en dos años la más entusiasta y eficaz asamblea de la nación. Lo que allí se ha predicado bien lo sabéis. Las voces elocuentes que allí han resonado bien autorizadas son. La propaganda que allí se ha hecho ha llegado hasta aquí. _(Rumores.)_
--No sabemos lo que es ese club. Siempre nos hablan ustedes los aragoneses del club de Zaragoza, y aun hoy no sabemos lo que es eso. ¿Qué es eso? Mucho discurso democrático, pero ningún acierto para hacer propaganda y formar un partido. Pero en último resultado, ¿cuáles son las teorías de ese club tan decantado? Yo desconfío de él. ¿Quién habla de ese club? Conozcamos á sus hombres. Creo que la mayor parte de los que estamos aquí reunidos miran á esa insignificante reunión con el desdén que merece. _(Voces y algazara.)_
Muchos aragoneses se levantaron apostrofando al orador. Lázaro escuchaba todo, inmutándose por grados. Sus amigos le decían en voz baja que defendiese al club de Zaragoza. De repente un aragonés se levantó en medio de la sala, y señalando al sitio donde se hallaba Lázaro con los demás llegados aquella noche, dijo:
--Presentes están algunos señores que han pertenecido á ese club.
Todos miraron á aquel sitio.
--Bien--dijo el orador.--Si están ahí esos señores, que hablen, que nos digan lo que es ese club y qué ha hecho. Queremos oírles: que hablen.
--¡Aquí está el orador más notable del club democrático de Zaragoza!--dijo en voz muy alta Javier, señalando á su amigo.
--¡Sí, sí!--dijeron todos los aragoneses que había en el recinto, reconociendo á su compatriota.--Defiéndanos usted, defiéndanos.
Todas las miradas se fijaron en Lázaro. ¡Cosa singular! En aquel momento una súbita transformación se verificó en el ánimo del joven. Se sintió turbado, se esforzó en saludar, quiso decir algo y no pudo. Pero le impelían hacia la tribuna, y no había remedio. Si no hablaba, ¿qué dirían de él? Lázaro había brillado en Zaragoza por su elocuencia; había aprendido á dominar la multitud, á sobreponerse á ella, á manejarla á su antojo. Pero en aquella ocasión se encontraba novicio, se desconocía, tenía miedo.
--¡Que hable, que hable!
--Abrid paso--exclamó uno de los diputados más notables de las Cortes de entonces.
Lázaro tuvo una inspiración. El recuerdo de su joven y amable amiga le fortalecía; y á la manera de aquellos caballeros antiguos, que invocaban el auxilio soberano de su dama antes de entrar en combate, procuró evocar todas las imágenes de gloria y felicidad que le habían dado estímulo. Ensanchado el pecho con esto, subió á la tribuna. Desde arriba miró aquella multitud de cabezas apiñadas, y recibió de un golpe las miradas curiosas de tantos ojos.
Aquello le pareció un abismo. Su rostro, encendido por la turbación, se puso bruscamente muy pálido. Hubiera querido hablar con los ojos cerrados. Aquellos diputados, aquellos escritores, aquellos políticos eminentes que veía en torno suyo, le daban miedo. Pero él tenía mucho corazón, y logró dominarse un poco. ¿Pero cómo iba á empezar? ¿Qué iba á decir? En un supremo esfuerzo de inteligencia recogió sus ideas, formuló mentalmente una oración, miró al auditorio... El auditorio le miró á él, y observó que estaba pálido como un cadáver. Lázaro tosió; el auditorio tosió también. La primera palabra se hacía esperar mucho; por fin el orador tomó aliento, y desafiando aquel abismo de curiosidad que se abría ante él, comenzó á hablar.
CAPÍTULO X
#La primera batalla#.
Lázaro era un poco retórico en la augusta cátedra del club democrático de Zaragoza. Parece que allí tenían buena acogida ciertas fórmulas del decir que nuestro joven había aprendido con su maestro de Humanidades de Tudela, varón docto de la escuela pura de Luzán. El joven tenía, sin embargo, el instinto de la elocuencia tribunicia, seca, rotunda, incisiva, desnuda. La _Fontana_, por desgracia en aquella ocasión, era enemiga declarada de la retórica, y más enemiga aún de las frases hechas, de los lugares comunes y de esos preámbulos oficiosos, neciamente corteses y en extremo fastidiosos de la oratoria académica.
Lázaro tuvo la mala tentación (porque tentación del demonio fué sin duda) de empezar con aquella de _su pequeñez en presencia de tantos grandes hombres_, y lo _escogido é ilustrado del auditorio_, siguiendo después lo de su _confusión_ y su _necesidad de indulgencia_, sus _escasas fuerzas_, etc., etc. El exordio fué largo: otra desventura. Algunas voces dijeron: "Al grano, al grano."
Pero á Lázaro le fué un poco difícil dar con el grano, lo cual no es de extrañar, porque no estaba preparado, ni había vuelto aún de la sorpresa. En vano hizo una sinécdoque de las más expresivas; en vano quiso dominar al público con cuatro litotes y dos ó tres metonimias: no era aquel su camino. Dijo algunas generalidades que á él le parecían muy nuevas, pero que en realidad eran viejísimas, y concluyó un párrafo con dos ó tres sentencias plutarquianas, que á él le parecían encajar como de molde, pero que no produjeron sensación ninguna. El esperaba un aplauso: nadie aplaudió.
Lázaro estaba acostumbrado á oír aplausos desde el principio: esto le daba estímulo. La frialdad que notaba en el auditorio en aquella ocasión, le desanimó. Quiso pensar en esto, y casi estuvo á punto de no saber qué decir. Y, sin embargo, él tenía fijos en la imaginación algunos magníficos pensamientos; pero ¡cosa singular! no los podía decir. Le parecía verlos escritos delante; pero por un misterio, natural en aquellos momentos, no encontraba la forma oratoria para expresarlos. ¡Qué contrariedad! Poco á poco hasta la voz se le enronqueció. Sin duda había en el espíritu de nuestro amigo una influencia maligna. Hablaba con frialdad unas veces; notábalo él mismo, y al querer corregirlo, gritaba demasiado. Las ideas le faltaban, las imágenes se le desvanecían, las palabras se le atropellaban en la boca.
¡Ah! ¿Dónde estaban aquellas peroraciones internas, llenas de vida, de vehemencia, persuasivas como una voz divina? ¿Dónde aquella lógica terrible que en la profundidad de sus deliquios oratorios hervía en su cerebro, el cual parecía pequeño para tantas ideas? ¿Dónde estaban los pensamientos sublimes, la facundia descriptiva, la facultad pintoresca, la sentencia concisa y profunda? Sí: él sentía bullir todo eso allá dentro; dentro de aquel Lázaro solitario y apasionado que hablaba á la Naturaleza en el silencio de la noche, que hablaba á la Sociedad en lo profundo de un sueño. Las ideas, las formas, el lenguaje, todo lo tenía, todo lo sentía dentro de sí; pero no podía, no podía de ningún modo expresarlo.
En todo orador hay dos entidades: el orador, propiamente dicho, y el hombre. Cuando el primero se dirige á la multitud, el segundo queda atrás, dentro, mejor dicho, hablando también. Dos peroraciones simultáneas son producidas por un mismo cerebro. Una es verbal y sonora: dejémosla al público. Otra es profunda y muda: examinémosla. Lázaro describía, apostrofaba, rebatía, exponía, declamaba. Interiormente, la otra voz parecía decir esto: "¡Qué mal lo estoy haciendo! ¡No me aplauden! ¿Qué debo decir ahora?... ¿Trataré éste punto?... No lo trato.... ¿Y aquella idea que antes me ocurrió?... ¡Se me ha escapado!..." Y al mismo tiempo no interrumpía su oración; continuaba defendiendo el club de Zaragoza, explanaba un sistema democrático, y hacía además una breve historia de la República. Pero la voz de dentro seguía de este modo: "No sé qué hacer... ¿Por qué no me aplauden?... No me conozco... Yo tenía tantos argumentos... ¿Dónde están?... ¡Ah! Voy á emitir esta gran idea... Ya la he dicho.... No ha hecho efecto... Procuraré ser esmerado en la frase... Esta oración va bien... ¿Como la terminaré?... ¡Qué apuro!... No doy con el adjetivo... ¡Demonio de adjetivo!... ¡Ahí terminaré con un apostrofe ... allá va.... No ha hecho efecto ... no me aplauden."
Así hablaba el alma atribulada de Lázaro, mientras con los medios exteriores se dirigía al auditorio en un discurso, confuso, tortuoso, desigual y falto de lógica.
Empezaron las toses. Dicen los oradores que al oír las toses en las pausas de sus discursos, se les hiela la sangre. Lázaro las oyó repetidas y comunicadas á todo el auditorio, y resonaron en su corazón como siniestros ecos. El tosió también. ¡Ah! la tos le concedió cuatro segundos de descanso: hizo un esfuerzo desesperado, tomó algunas ideas en aquel depósito que tenía en la mente, se apoderó de ellas con firmeza, y prosiguió hablando: