Part 30
--Yo respondo, señor, que de esta vez haré todo lo posible para que ese hombre no se escape. Ya otras veces se ha procurado prenderle; pero no sé cómo consigue evadirse de la Justicia, y pasea después su cinismo por todas las calles de Madrid, por todos los clubs. Esta vez no creo que se nos escape. Ya daremos con él. Precisamente esta noche, Bozmediano, que se hallaba en casa de Álava, me ha dicho que tuvo noticia del complot pocas horas antes de haber sido intentado, por un sobrino del mismo Coletilla, joven que el infame quiso poner al servicio de sus viles propósitos.
--Pues es preciso premiar á ese joven--dijo Fernando, empeñado cada vez más en disimular la agitación que le dominaba.
--Si, señor; es un joven de mérito, según me ha dicho Bozmediano, y muy buen liberal. Antes de ocurrir este lance me lo había propuesto para una plaza de oficial en el Consejo de Estado, y lo he concedido.
--Bien; me gusta que se premie esa clase de servicios.
--Mañana podré traer á V.M. un parte detallado de lo ocurrido esta noche. Además, creo que el ministro de la Guerra no tardará, y él enterará á V.M. de las precauciones que hemos tomado.
--¿Esta noche?--dijo el Rey con hastío.
--Veo que V.M. quiere descansar. Por esta noche no hay nada que temer. Puede V.M. reposar tranquilo.
--Bien; puedes retirarte.
Fuése el ministro, y es de creer que se fué satisfecho por haber dicho cosas que sólo en aquellos momentos de irritación y sobresalto se hubiera atrevido á decir al Soberano. Feliú era hombre tímido, y es la verdad que á su indecisión se debieron muchos de los lamentables sucesos ocurridos en aquel trastornado período.
Cuando Fernando se encontró solo abrió una mampara, y Elías, que estaba oculto, se presentó. La imagen del consejero áulico daba pavor. Estaba lívido; le temblaban los labios, secos por el calor de un aliento que sacaba del pecho el fuego de todos sus rencores. Crispaba los puños, y aun se hería con ellos en la frente, produciendo el sonido desapacible que resulta de la seca vibración de dos huesos que se chocan.
--¿Ves?--le dijo el Rey, encendido de furor y dando en el suelo una real patada, que estremeció la sala.--¿Ves lo que ha pasado? ¿Oíste? Vuelve á decirme que todo era cosa segura, que confiara en ti, que tú lo harías todo. ¡Ah, qué desgraciado soy!--añadió con desaliento.--¡Que no encuentre yo un hombre! ¡Un hombre es lo que yo necesito, un hombre!
--Señor--murmuró Elías, alejado del Rey como el perro que ha recibido un palo de su amo.--Señor, nos han vendido!... ¡Ese sobrino mío, ese infame nos ha vendido!
--No--dijo Fernando con repentino acceso de ira;--tú, con tu imprudente conducta, me has comprometido. Ya ves, todo el mundo sabe que eres agente mío. ¿No viste cómo con buenas palabras me lo dijo Feliú? ¡Oh, le hubiera arrancado la lengua! ¡Tú me has vendido!
--Señor--replicó Coletilla con voz en que había algo de llanto,--señor, traspasadme el corazón, pero no digáis que os he vendido. Yo no puedo venderos. Abofeteadme; escupidme, señor, antes que decirme tal cosa ... Vuestra causa ha sido siempre mi único pensamiento; á ella me he dedicado con toda la actividad de que soy capaz. Es que Dios, señor, permite ciertas cosas; Dios pone á prueba nuestro temple y nuestro valor. No me culpéis á mí, señor; yo os he servido como un perro.
En aquel momento, podemos asegurarlo, Coletilla habría quedado muy satisfecho si Fernando hubiera cogido en su cobarde mano la espada augusta de sus mayores, atravesándole con ella. Pero Fernando no hizo tal cosa. Coletilla sintió todo el menosprecio de su amo, y aquel puntapié moral le lastimó más que una puñalada. El fanático realista hubiera visto con terror, pero no con asombro, que el Deseado le mandara colgar de una almena ó le hiciera apoyar la cabeza sobre el tajo feudal para recibir el hachazo del verdugo. Acercóse al Rey, se le arrodilló delante, y dijo con gran energía:
--Señor: yo os juro, en nombre de vuestros mayores, que esta derrota aparente que hemos sufrido no es más que el preludio de la gran victoria que ha de poner remate á nuestra empresa. ¡Yo os lo juro! Despreciad las alusiones de Feliú, despreciadlo todo. Seguid; sigamos. Los leales existen; sólo falta el primer paso. ¿Tropezamos esta noche? Mañana no tropezaremos: os respondo de ello, os lo juro.
Levantóse lentamente; hizo una profunda reverencia, inclinándose lo más que pudo, y se dirigió á la puerta, volviendo el rostro varias veces á ver si el Rey le miraba. El Rey no le miró. Estaba muy ensimismado; de vez en cuando hería el suelo con el pie, ocultando la cabeza entre las manos sin decir palabra. Coletilla, desde la puerta, esperó una mirada del Deseado; no la consiguió, y fuése, sintiendo, al par de su concentrada rabia, dolorosa impresión de agravios y desconsuelo que le ponía en el corazón un dolor inaudito.
CAPÍTULO XLII
#Virgo potens#.
Lázaro quedó dentro de la casa de Álava durante los breves y angustiosos momentos que duró la tentativa de lucha entre el pueblo y la tropa. Sentían desde allí el rumor popular, y por instantes creyeron que había llegado la última hora de todos ellos. El objeto que allí reunía á los ilustres personajes era tratar de los medios que podían emplearse para impedir las frecuentes conspiraciones de Palacio. Pueden burlarse las cábalas de un partido, de dos; pero contra las del Soberano, símbolo de legalidad, ¿qué fuerza puede tener un Ministerio? Si hay algo más terrible que la anarquía, son las camarillas. Contra esto no hay arma eficaz, á no ser el arma de un regicida. No podemos asegurar si en aquellas reuniones se trató de poner en práctica el artículo de la Constitución; idea que después, con gran escándalo de Europa, se realizó en las Cortes de Sevilla del año 23. Pero sí podemos asegurar que aquellos hombres se ocuparon, con la aflicción y desaliento que era natural, de los rumores de intervención francesa, de las relaciones secretas de Fernando con Luis XVIII, y, por último, del ejército de observación puesto por el Gobierno francés en la frontera con el pretexto de cordón sanitario.
Volvamos á nuestro cuento. Cuando terminó el peligro y se alejó la multitud, la mayor parte de las personas permanecieron en la huerta, subiendo á la casa tan sólo los tres que habían de figurar en el reconocimiento ordenado por la autoridad. Todo se arregló de modo que en el parte del capitán general que había de publicarse al día siguiente, no figurara la existencia de reunión secreta ni cosa parecida.
Al amanecer se fueron todos custodiados por la tropa y con mucho sigilo. Lázaro, sin que nadie le custodiara, se fué á la calle del Humilladero. Clara, que había tenido noticia del alboroto de aquella noche, estaba en la mayor inquietud. A cada ruido que sonaba en la calle se incorporaba con grande agitación y sobresalto. Decíale Pascuala mil cosas divertidas para distraerla, y á cada momento le contaba las estratagemas que tuvo que poner en juego para que su Pascual no se echara á la calle, teniendo que encerrarle en la casa y esconderle la escopeta en lo más profundo del sótano. El tabernero, que en realidad era un hombre pacífico, viendo que le cerraban la puerta y le impedían ir á cubrirse de gloria en las calles, se bebió lo mejor de su comercio, y sin hacer alborotos, porque también eran pacíficas las monas que cogía, se tendió en el banco y empezó á roncar de tal modo, que parecía su voz una burla durmiente del ronquido popular que sonaba en las calles.
Esperó Clara toda la noche con mortal inquietud; pasó una hora y otra hora, y rezó todas las oraciones que sabía, sin olvidar las que le había enseñado doña Paulita. Su buen amigo no volvió hasta la mañana. Cuando ella vió que no estaba herido, que no le faltaba ningún brazo, ni media cabeza, ni tenía en el pecho ningún tremendo, sangriento agujero, como ella había soñado con horror, se quedó tranquila y en extremo contenta.
--¡Si vieras lo que he hecho esta noche!--dijo Lázaro, sentándose fatigado y sin aliento junto al lecho.--He salvado la vida á más de veinte personas, los hombres más esclarecidos de España. Iban á ser villanamente asesinados esta noche.
--¡Jesús!--exclamó Pascuala, llevándose las manos á la cabeza.--¡Qué me alegro de que mi Pascual no hubiera salido! Si sale, me lo asesinan.
--Una infernal maquinación estaba preparada para matarlos en un sitio en que estaban reunidos. Todo por ese hombre malvado ... ¡Si vieras qué tumulto!
--¡Ah, no salgas, por Dios!--dijo Clara.
--Es preciso salir. Sé que tratan de prender á mi tío, que tratan de hacerle justicia. Lo merece, es cierto; pero yo que hice cuanto pude para impedir la realización de sus inicuos planes, trataré también de salvarle á él. Es hermano de mi madre. Si avisándole que tratan de prenderle se salva, y no le aviso, mi conducta es criminal. Es un infame, con vergüenza lo confieso; pero si no impido su persecución y su muerte, tendré remordimientos toda mi vida.
La huérfana no pudo resistir un sentimiento de lástima y piedad hacia aquel hombre excéntrico que, sin dejar de ser su tirano, había sido su protector y el amparo de su niñez.
--Sí, sí; ve--dijo.--¡Pobre hombre! ¿Qué ha hecho? Pero no vayas tú; ¿no podrías mandarle un recado?
--Yo mismo debo ir. Volveré pronto; no temas nada. ¿Qué me puede suceder?
--¡Ay, Dios mío! Todavía me parece que siento aquellos gritos de anoche ... ¿Y si se enfada contigo y te riñe?
--¿Quién?
--¡Él! Ese hombre, que debe estar más rabioso que nunca.
--No me importa. Hoy será la última vez que le vea.
--¿Y si vas á la casa y encuentras á las dos señoras, y doña Salomé te dice algo que te ofenda, y te habla de mi diciendo que soy incorregible?
--Si me dice algo que me ofenda, me importará poco; pero si me habla de ti, pienso que será la última vez que se atreva á pronunciar tu nombre.
--¿Y si descubren que estoy aquí y vienen las tres á atormentarme diciéndome que soy muy mal educada? ¡Oh!, si las veo entrar, me muero.
--No vendrán--indicó Lázaro sonriendo.--Y si vienen, estaré yo aquí.
--Ve entonces--dijo Clara con una melancolía que detuvo al aragonés un momento y quebrantó un poco su resolución irrevocable.
--Adiós ... es preciso. Volveré pronto.
No quiso esperar más tiempo; salió y dirigióse á la inquisición de la calle de Belén. Las ocho serían cuando entró en casa de las nobilísimas damas. Paz y Salomé no estaban allí, porque habían salido á buscar casa. Cuando la devota abrió la puerta y vió á Lázaro, su sorpresa y su turbación fueron tales, que permaneció buen rato sin decirle palabra, mirándole bien, como si creyera que aquella imagen era el efecto de una visión.
--¡Ah!--exclamó, cerrando la puerta, una vez que Lázaro estaba dentro.--Yo creí que no le vería á usted más.
Sintió el joven un alivio cuando supo que las dos arpías estaban fuera. Doña Paulita le inspiraba respeto y gratitud, pues no había oído jamás la menor recriminación en su boca, ni Clara le había dicho que tuviera queja ninguna de ella. El recuerdo de la escena y diálogos misteriosos ocurridos algunas noches antes, le puso muy pensativo. Sin saber por qué, cuando se vió solo en aquella casa sombría, en compañía de aquella mujer pálida, con la vista extraviada y el rostro enflaquecido por tres días de delirio y calentura; cuando notó sus ligeras convulsiones, su agitada respiración, su mirada viva, sin saber por qué, lo repetimos, tuvo miedo.
--¿Está mi tío?--preguntó.--Tengo que verle.
--No está; desde ayer no parece.
--¡Qué contrariedad! Tengo que verle hoy mismo.
--Tal vez venga á la hora de comer.
--No quisiera esperar; he de verle antes. Además, yo no como aquí; yo no vuelvo acá, señora ... Ahora me despido de usted para no volver más.
Doña Paulita se quedó mirando al joven como si oyera de sus labios la cosa más inverosímil y más absurda.
--¡Para no volver!--dijo cerrando los ojos.--No, no lo puedo creer; no es cierto.
---Sí, señora; es cierto. Yo no puedo estar en esta casa ni un día más. Adiós, señora.
--Lázaro--murmuró la devota, asiéndose al brazo derecho del joven como un náufrago que encuentra una tabla en momentos desesperados.--¡Usted se va ... se va! Y yo me quedo aquí para siempre. ¡Oh!, quiero morirme mil veces primero.
El joven estaba confundido. Aterrábale la actitud dolorida de la mujer mística, sus labios trémulos y secos, la expresión de su rostro, que anunciaba la más grande desesperación.
--Yo soy una muerta, yo no vivo--dijo ella.--Yo no puedo vivir de esta manera ... Ya le dije á usted que no era santa, y ¡cuán cierto es! Hace tiempo que me he transformado ... Puedo nacer á la verdadera vida, puedo salvarme, puedo salvar mi alma, que va á sucumbir si permanezco de este modo. Yo espero vivir.... Al ver que usted tardaba, la esperanza comenzó á faltarme; pero usted ha venido. ¿No puedo creer que Dios me lo ha enviado? Hay cosas que nosotras no podemos decir; pero yo las digo, porque me siento destrozada interiormente. Ha llegado para mí el momento de dejar una ficción que me mata; yo no sé fingir. Creí que Dios me reservaba para una vida ejemplar, de continua devoción y tranquilidad; pero Dios se ha burlado de mi, me ha engañado, me ha hecho ver que la virtud con que yo estaba tan orgullosa no era otra cosa que una farsa, y aquella aparente perfección un desvarío. Yo no había vivido aún, ni me había conocido. No puedo estar más aquí; porque esto sería prolongar este engaño, que antes fué mi mayor placer y ahora mi mayor martirio.
--Señora--dijo Lázaro, que comprendió al fin toda la profundidad del nuevo carácter de la devota, y vió claro en lo que antes era para él un misterio.--No se agite usted sin razón. Sea usted libre y no sacrifique su felicidad á exigencias de familia. Las dos señoras que viven con usted son muy intransigentes.
Quería el joven evadirse, con esta salida, de la contestación enojosa que las palabras y la actitud de la santa parecían exigir.
--No me importa su carácter--dijo ésta.--Yo las quiero, son mis parientas y compañeras de toda mi vida. Después que yo tome una resolución irrevocable, poco me importa lo que ellas puedan decir ó hacer. Yo estoy decidida, Lázaro.
Y en vano buscaban sus ojos en el semblante del joven indicios de los sentimientos que con tanta ansiedad le pedía. El hacía esfuerzos por permanecer inmutable ante aquella santa mujer, agitada por las alternativas de un arrebato místico; y no sabiendo qué decir, dió un paso hacia la puerta.
--No--dijo la devota, deteniéndole con más fuerza. ¿Marcharse usted? ¡Qué idea! ¿Qué va á ser de mi? ¡Sola para siempre! La muerte lenta que me espera es peor que si ahora mismo me matara usted ... ¡Y decía que era agradecido! Usted es la misma ingratitud. Siempre lo he creído. Hay personas que no merecen recibir la más ligera prueba de afecto. Usted es uno de ésos. Y, sin embargo, por una fatalidad que nos cuesta tantas lágrimas, siempre van dirigidos los más grandes tesoros de amor á las personas que menos los merecen.
--No, por Dios; no me llame usted ingrato respondió Lázaro, viendo que era ya imposible evadirse á las declaraciones que la teóloga exigía de un modo tan apremiante.--Yo no soy ingrato, y menos con usted, que tan bondadosa ha sido conmigo.
--Si usted olvidara eso, sería el más infame de los hombres. A pesar de todo, siempre creí que no era usted tan malo como decían. Usted será bueno; la felicidad hace buenas á las personas. Yo también espero serlo ... ¡Ah! ¿No sabe usted en qué he pensado? He tenido estos días llena la cabeza con unas ideas ... No lo puedo contar. ¿Sabe usted? Pienso que estoy destinada á largos días de paz y felicidad, de que disfrutará alguien conmigo.
--¿Qué es eso?--preguntó Lázaro, algo tranquilizado por la esperanza de que aquella nueva idea apartaría la conversación del fastidioso tema por que había empezado.
--Es--continuó la santa con una amabilidad forzada que la hacía más lúgubre,--es que yo he pensado que no puede existir perfección mayor que la que ofrece la vida doméstica con todos los deberes, todos los goces, todos los dolores que en sí lleva la familia. ¡Ay!, meditando sobre esto he comprendido la esterilidad de mis rosarios, de mis rezos. ¿Qué estado puede igualarse por su dignidad y nobleza al estado de la esposa, de cuya solicitud penden tantas felicidades, la vida de tantos seres?
--Efectivamente, señora--dijo Lázaro muy confuso;--eso es cierto. Pero las personas que, como usted, se elevan tanto por la meditación y la abstracción; que se libran de las flaquezas humanas por su fortaleza, son mucho más perfectas.
--¿Perfectas? ¡Qué loco es usted! ¿Y qué ha dicho usted de flaquezas? ¿Llama usted flaquezas á la verdad de nuestra naturaleza, que se manifiestan como Dios las ha criado?
El aturdimiento del joven no tuvo límites.
--Aspirar á hacer la felicidad--continuó ella--de muchos seres por el amor y los lazos de la familia, ¿es eso lo que usted llama flaquezas?
--No, señora; eso no.
--¡Oh! Usted se va á asustar de lo que le voy á decir. No lo creerá usted; es inconcebible.
Lázaro, que creía ya que doña Paulita Porreño no podía decir nada más inconcebible, tembló ante la promesa de nuevas y más extrañas confidencias.
--Para realizar la felicidad y la paz con que yo he soñado, no basta el amor; es decir, que para evitar mil irregularidades y disgustos es necesaria además otra cosa. Cuando en la vida ocurren dificultades, el mutuo amor se ve diariamente acibarado. Tiembla el uno por el otro; tiemblan los dos por los hijos; la felicidad se ve comprometida á cada instante; asusta el día de mañana; se tienen remordimientos de haberse unido. Yo he comprendido esto á fuerza de imitación, y también me parece que lo he leído en no sé qué libro.
--Es verdad, señora; yo comprendo lo que usted quiere decir--observó Lázaro, admirado de tanta sabiduría.
--Pues yo voy á decir á usted una cosa que le sorprenderá mucho, Lázaro--dijo Paulita, dirigiendo hacia el joven toda la melancolía y el suave interés de su mirada. Voy á decirle á usted una cosa que le sorprenderá sobremanera: yo soy rica.
Efectivamente, Lázaro se quedó absorto.
--Sí--continuó ella,--yo soy rica. Usted se maravilla. Conociendo la vida que llevamos ... Este es un secreto que sólo confío á quien debo confiarlo: á usted, única persona que ... El uso que yo pienso hacer de esa riqueza, ya usted lo ha comprendido. Yo no debo hacer declaraciones innecesarias. Nosotros nos hemos comprendido, hemos confundido nuestros propósitos en uno sólo, ¿no es verdad?
--Sí, señora--dijo Lázaro, por contestar de algún modo á aquella profundísima y grave pregunta.
--Yo soy rica. Hace poco hubiera dejado perder mi fortuna sin cuidado ninguno. Siempre he despreciado todo eso. Pero hoy no; hoy pienso en ese tesoro como un medio de vida. Para mí nada quiero; pero los hombres que tienen ambición necesitan todo eso. Lo necesitamos, ¿no es cierto?
Lázaro, después de un momento de angustiosa vacilación, dijo otra vez:
--Si, señora.
--Era yo muy niña--continuó la dama;--había muerto mi tío; reinaba en la casa la mayor desolación; nos preparábamos á mudar de habitación; ya éramos pobres. Mi tía y mi prima estaban llorando; pero al mismo tiempo muy ocupadas en la mudanza y en recoger los pocos muebles que nos quedaron después del embargo. En un viejo reclinatorio de nogal había hecho yo un altar, donde rezaba mucho. Teníalo cerrado por las noches, y al abrirlo por las mañanas, al ver mis santos y mis imágenes, me parecía tener allí un pedazo de cielo. Aquel día fué muy triste para mí, porque tuve que desclavar mi altar del sitio donde estaba, y muchos santos se me rompieron, dejando en el mueble el pedazo por donde estaban pegados. En esta operación sentí que cedía bajo mi mano la tabla del fondo, y quedaba descubierto un hueco. En este hueco había una cajita muy bella de madera labrada. Traté de abrirla y la abrí sin esfuerzo: estaba llena de dinero, casi todo en onzas muy antiguas. Cerré la caja; ajusté la tabla que cubría el hueco, dejándola cuidadosamente como estaba, y me callé. Trajeron el mueble á esta casa, y en mi cuarto ha estado hasta hoy. Al principio miré aquello como un juguete, como una reliquia. De noche, en el silencio de esta casa, lo abría, contemplando con estupor las hermosas monedas que dentro había. Varias veces traté de revelarlo; pero me detenía un recelo supersticioso. A veces soñaba con fundar algún día una obra piadosa. No he tocado nunca aquel dinero, y á pesar de la estrechez con que hemos vivido, jamás me atreví á gastar ni un solo doblón. Me parecía que debía guardar aquello para otros dias, que yo esperaba sin saber por qué. Por instinto lo conservaba intacto, aunque pensaba que jamás cambiaría de estado. El tesoro existe en el mismo sitio en que lo encontré. Ha llegado el momento de usarlo para las necesidades de nuestra vida. Es mío; ¿puedo dudarlo? Pertenecía á alguno de mis parientes, que lo depositó allí para tenerlo seguro. A mí me pertenece ahora; á mí, que lo encontré. Daré, sin embargo, la mitad á mi prima y á mi tía, y si me acusan de no haberlo mostrado antes, les diré que, á no haberlo conservado, me sería hoy imposible labrar las felicidades que pienso labrar, y dar á mi vida y á la vida de otros la expansión que necesitan. Lázaro no quiso agravar la situación, y repitió:
--Sí, señora.
La devota entró en su cuarto y volvió al poco rato con una cajita que mostró al joven, diciendo cariñosamente:
--Aquí está. Es mía, es nuestra.
Y al decir esto se acercó á él con la caja, sostenida en las dos manos y apoyada en el seno. La caja tocaba al pecho de Lázaro, y éste sentía el empuje con tanta fuerza, que, por no caer, tuvo que dar un paso atrás y extender los brazos hasta tocar los hombros de la santa.
--Hace usted bien--dijo el aragonés.--¿De qué sirve guardar ese dinero, que puede ser útil á usted y á otros?
--Si--contestó Paulita con efusión.--Es nuestro. Ya no sabía Lázaro qué partido tomar. Se decidió á concluir de una vez aquella penosa situación.
--Señora--dijo,--yo me retiro. Es preciso que me retire....
--Sí--contesta ella,--y yo también. Vamos. Nos iremos juntos.
--¡Usted, señora, usted...!--exclamó Lázaro descompuesto.
--Sí, los dos. Vamos.
--Señora, usted delira. Eso es imposible.
--¡Imposible, imposible! No podemos quedarnos aquí.
--Es preciso que nos separemos, señora. Otra cosa sería una inconveniencia y una desgracia tal vez.
--¿Qué dices?--balbuceó la santa con extravío. Su aspecto en aquellos momentos infundía temor. Asemejábase á los enfermos atacados de epilepsia cuando están á punto de caer en un angustioso paroxismo. Una contracción, producida, al parecer, por el hábito de la sonrisa; una tensión violenta de los párpados, como quien expresa el último grado del asombro; palidez mortal, interrumpida por súbitas inflamaciones de rubor; voz semejante á un quejido fatigoso y animada de repente con vibración desentonada, eran los caracteres de su dolencia, próxima á llegar al período de mayor exacerbación.
--¿Qué dices?--repitió después de una pausa.
--Usted está enferma, muy enferma, señora--dijo Lázaro, que empezó á creer que doña Paulita deliraba ó estaba loca.
La mujer mística sonrió de un modo inefable mirando al cielo y estrechando contra su pecho la caja del tesoro, como si fuera la persona del mismo Lázaro. Después tomó al joven por el brazo, y atrayéndole suavemente, dijo:
--Vamos, no entraremos más en este sepulcro.
--Usted no debe salir, no puede salir. ¿Qué dirán esas señoras? Cálmese usted, por Dios, y reflexione....
--Vamos.
--¿Adonde hemos de ir? ¡Los dos! ¿No ve usted que eso es imposible? ¿Para qué? ¿Para qué nos vamos juntos?
Al oír esto, la devota se conmovió de pies á cabeza. Como si toda la pasión acumulada y oculta en tantos años brotara en ella de una vez con violenta sacudida, exclamó con fuerza:
--¡Necio!, ¿no ves que te adoro?