Part 26
--Lo que he referido á usted--afirmó Bozmediano solemnemente, es la pura verdad. No he omitido nada que me pudiera honrar, ni nada tampoco que me pudiera deprimir ó ponerme en ridículo. Es la pura verdad; se lo juro á usted por la salvación de mi madre, cuyo retrato está allí, y siempre me parece que me está mirando.
Claudio señaló un retrato que había en la habitación; y al hacer su juramento, tenían sus palabras tal entonación de sinceridad, que Lázaro no pudo contestar lo que un momento antes pensaba.
--Sin embargo--dijo Lázaro, que creía que aquella declaración no podía satisfacerle,--yo quiero que usted me dé alguna prueba positiva. Usted comprenderá que en estos asuntos no basta, no puede bastar la palabra.
--¿Que no puede bastar la palabra? No basta, es cierto, para espíritus preocupados. Hay ciertas cosas que no se pueden certificar de otro modo. A veces la afirmación de una persona es suficiente para llevar al ánimo de otra la convicción más profunda. No puedo creer que usted, si hace á Clara la acusación que á mí me ha hecho; si ella, con la serenidad de la inocencia, le contesta á usted la verdad, no puedo figurarme de ningún modo que usted no la crea. Háblele usted; rompa el silencio de aquella casa; véala usted un momento; oiga su voz, y si ante las declaraciones que ella le haga persiste usted en creerla culpable, no es digno, lo digo cien veces, no es digno de mirarla.
Lázaro no pudo resistir á la gran fuerza de estas palabras. Era imposible, según él pensó, que la ficción y la astucia dé un hombre pudieran llegar á ocultar la verdad de aquel modo. Bozmediano no mentía.
--¡Oh, calle usted!--dijo Lázaro sin poderse contener: ó es usted el histrión más perfecto, ó dice la verdad. Yo, que jamás he mentido, que no sé ni puedo fingir, siento una fuerte inclinación á creer lo que usted me ha dicho. Pero tiene el corazón unas susceptibilidades y escrúpulos de que la razón y la palabra no pueden librarle.
--Veamos á Clara--dijo Claudio con resolución.--¿Dónde?
--En casa de esos demonios. Si es posible, acogotaremos á las tres viejas.--Clara no está allí ya. La han despedido.
--¿Y por qué? ¿Dónde está?
--No lo sé--dijo Lázaro tristemente.
--Pero, ¿á dónde ha ido?
--Esa es mi duda, mi angustia. ¿A dónde puede haber ido? No conoce á nadie. Encontrándose sola en la calle, ¿dónde estará? Yo creí... francamente, creí que estuviera aquí.
--¡Aquí!
--Yo pensé que usted la había inducido á salir; que había venido en busca de usted, á quien conocía.
--¿Y aún cree usted que está aquí?--preguntó Bozmediano sonriendo.
--Ahora... no afirmo nada ... dudo.
--Y si le pruebo á usted que no está aquí ni ha venido, ¿qué creerá usted?
--Aun así no será posible arrancar la última raíz de mi recelo; aún no lograré la evidencia que necesito; evidencia que nada ni nadie me podrá dar.
--La adquirirá usted por su propio sentimiento. Hay cosas que se crean por revelación, que nada ni nadie puede destruir. Hay cosas de que no se puede dudar, porque su evidencia está encarnada en nuestro ser, y dudar de ellas es algo semejante á la muerte. Vamos á buscarla.
--¿Dónde?
--Vamos á buscarla. Por lo mismo que no conoce á nadie, es más fácil encontrarla. Estoy seguro de que la encontraremos.
--Recorreremos todas las calles, preguntaremos á la policía, nos informaremos de todo el mundo--dijo Lázaro.
--Si, sí; haremos todo eso.
--Iremos á los hospitales, á los asilos; entraremos, si es preciso, en todas las casas.
--Sí.
--Iremos á la antigua casa; preguntaremos á la portera, á los vecinos, al tendero más próximo.
--Eso es. Diga usted, ¿no había en aquella casa una criada?
--Sí, había una. No sé su nombre.
-¿Dónde estará? Si la encontramos, tal vez nos dé alguna luz. Puede ser que se haya dirigido á ella. Recuerdo que esa criada me dijo que iba á casarse con un tabernero, y que tendría una tienda. Si esa mujer tiene casa abierta y Clara sabía dónde está esa casa, es seguro, casi seguro que habrá ido allá.
--Efectivamente--dijo Lázaro.--Vamos á ver si averiguamos dónde está esa mujer.
Salieron y se encaminaron á la calle de Válgame Dios. Preguntaron á la portera de la antigua casa si se había alquilado de nuevo el cuarto segundo. Dijo la portera que no. Preguntáronle el nombre de la criada y si sabía su paradero.
--Se llama Pascuala--contestó:--está casada con un tabernero llamado Pascual; pero no sé dónde viven. El tabernero de la calle del Barquillo debe saberlo, porque es compadre suyo.
Este hombre les dijo que los Pascuales vivían en la calle del Humilladero, y los dos jóvenes se dirigieron inmediatamente allá.
CAPÍTULO XXXVII
#El "vía-crucis" de Clara.#
Mucho horror inspiraba á la huérfana la casa de las de Porreño, aunque no tenía otra. Así es que su primer impulso al verse en la calle fué huir, correr sin saber á dónde iba, para no ver más tan odiosos sitios. Anduvo corto trecho, dobló la esquina y se paró. Entonces comprendió mejor que antes lo terrible de su situación. Al ver que no podía dirigirse á ninguna parte, porque á nadie conocía, le ocurrió esperar cerca de la casa á que entraran Elías ó su sobrino. Pero el primero había dicho que no volvería hasta dentro de tres días, y el segundo, que sospechaba tan mal de ella, sería capaz de confirmarse en su creencia al verla arrojada de la casa por las señoras. Ella necesitaba, sin embargo, ver á Lázaro y contarle todo. Si él daba crédito á su explicación, ¿qué harían los dos, tan desamparado el uno como el otro? Decidió, sin embargo, esperarle allí, apoyada en la esquina; pero le daba tanto miedo... Parecíale que iba á salir por la reja cercana una gran mano negra, que la cogería llevándosela dentro: ¡qué horror! De repente sintió al extremo de la calle fuerte ruido de voces. Eran unos hombres que venían borrachos profiriendo horribles juramentos, atropellando y riendo desenfrenadamente como una turba de demonios regocijados. La joven sintió tal sobresalto, que no pudo permanecer allí un instante más y echó á correr con mucha ligereza. Los hombres corrían también, y ella se figuraba que le tocaban la espalda, y creía sentir junto á sus propios oídos las infernales palabras de ellos. Corrió mucho por toda la calle del Barquillo, seguida del perro misántropo, y al fin, fatigada y sin aliento, se detuvo: las risas resonaban muy lejos ... ya no la seguían ... respiró porque no podía dar un paso. Después siguió andando lentamente; no se atrevía á volver, porque las risas habían cesado y se oían terribles imprecaciones. Algunas piedras, lanzadas por mano vigorosa, cayeron junto á ella. Batilo se volvió lleno de despecho y ladró como nunca había ladrado, con verdadera elocuencia canina.
Después de esto, avivó Clara el paso y llegó á la calle de Alcalá. Miró á derecha é izquierda, sin saber qué camino tomar. Subió hacia la Puerta de Sol; pero no había llegado á San José cuando vió que por la calle abajo venía gente, muchísima gente: ella no había visto nunca tanta gente reunida. La calle le parecía tan grande, que no conocía distancia alguna á que referirla, pues para ella las casas hacían horizonte, y aquella gente que venía se le representaba como un mar agitado sordamente, y avanzando, avanzando como si quisiera tragarla. Sin deliberar volvió atrás y bajó hacia el Prado. El gentío bajaba también: sordo rumor resonaba en la calle. La muchedumbre traía algunas luces, y de cuando en cuando una voz pronunciaba muy alto un _viva_, contestándole otra tremenda y múltiple voz. La gente bajaba, y Clara bajaba delante. Aquello le dió más miedo que los borrachos; pero cuando se encaró con la Cibeles, cuando vió aquella gran figura blanca en un carro tirado por dos monstruos blancos, se detuvo aterrada. Había visto alguna vez la Cibeles; pero la oscuridad de la noche, la soledad y el estado de excitación y dolencia en que se encontraba su espíritu, hacían que todos los objetos fueran para ella objetos de temor, todos con extrañas y fantásticas formas. Los leones de mármol le parecía que iban corriendo con velocísima carrera, galopando sin moverse de allí. La pobre miró atrás, y vió que la gente avanzaba siempre, haciendo más ruido: no quiso ver más aquello, y tomando hacia la derecha, entró en el Prado. Este sitio le pareció tan grande, que creía no llegar nunca al fin. Jamás había visto una llanura igual, campo de tristeza, de ilimitada extensión; los árboles de derecha é izquierda se le antojaban fantasmas negros que estaban allí con los brazos abiertos; brazos enormes con manos horribles de largos y retorcidos dedos. Anduvo mucho, hasta que al fin vió delante de sí una cosa blanca, una como figura de hombre, de un hombre muy alto, y sobre todo muy blanco. Se fué acercando poco á poco, porque aquella figura se le representaba marchando con pasos enormes. Era el Neptuno de la fuente, que en medio de la obscuridad proyectada por los árboles se le figuraba como otro fantasma. La infeliz tenía muy extraviados los sentidos á causa del terrible trastorno de su espíritu. Torció á la derecha, por evitar que llegara hasta ella aquel figurón blanco, y encontró enfrente la Carrera de San Jerónimo. Empezó á subir; pero estaba tan fatigada, que la pendiente de la calle le parecía inaccesible. Subió, pero con mucha lentitud, porque apenas podía andar: en la parte correspondiente á los Italianos creía ella ver la cumbre de una montaña; y cuando medía con la vista aquella eminencia, pensaba que en toda la noche no iba á llegar arriba.
No pudo avanzar más, y se sentó en el hueco de una puerta. Sentía gran postración en todos sus miembros, y además un frío intenso que, creciendo por grados, llegó á producirle una convulsión dolorosa. Arropóse lo mejor que pudo, y pensó en el medio de volver á la casa para esperar á Lázaro en la puerta. Entonces le ocurrió súbitamente la idea de dirigirse á casa de Pascuala. Ella recordaba muy bien el nombre de la calle donde vivía el tabernero con quien la criada se había casado. Sabía que la taberna estaba en la calle del Humilladero; pero ¿cómo iba á la tal calle? Resolvió preguntar á algún transeúnte, y si daba con la casa, allí pasaría la noche, aplazando todo lo demás para el siguiente día. Segura estaba de que Pascuala la recibiría con los brazos abiertos. Pero ¿dónde estaba la calle? Instintivamente oró á la Virgen, pidiéndole que estuviera cerca de la calle del Humilladero. Pero la Virgen no la oyó, porque la calle estaba muy lejos. Resuelta á preguntar, se levantó; vió venir á un hombre, pero no se atrevió á detenerle; pasó otro, algunos más, y Clara no preguntó á ninguno. Tenía miedo de aproximarse á ellos. Por último, se acercó una mujer, la joven la detuvo y respetuosamente la hizo su pregunta.
--¿La calle del Humilladero?--dijo la mujer, que era una vieja arrugada y con voz gangosa.
--Sí, señora.
--¿Le parece á usted que está bien detener á las personas honradas de este modo?--contestó la vieja muy incomodada.--Ya sé lo que quieren estas bribonas cuando detienen á una; que no van sino á meterle la mano en los bolsillos cuando está una más descuidada, contestando: "Váyase noramala la muy piojosa, y si no llamo á un alguacil."
Antes que concluyera la vieja, se apartó Clara, y fué tal su angustia al pensar que todos la tratarían de igual modo, que casi estuvo á punto de abandonarse á su desesperación, dejándose morir allí de hambre, de frío y de dolor. Pero la desventura infunde valor; recobró algún ánimo y se dispuso á seguir preguntando, cuando vió llegar á una mujer andrajosa que traía un niño de la mano y otro en brazos. A Clara le pareció que aquella mujer debía ser persona muy generosa y compasiva, y que le había de responder á su pregunta. Pero antes de ser interpelada, la mujer andrajosa habló á Clara en estos términos:
--Una limosna, señora, por amor de Dios, que tengo mi marido en cama, y estos dos niñitos no han probado nada en todo el santo día... Siquiera un _chavito_.
Después, observando que Clara no tenía aspecto de persona que da limosna, sino más bien de mujer desvalida y enferma, se figuró que pedía también _chavitos_, y variando de tono, le dijo:
--Oye, chica: ven conmigo y le sacaremos un duro al tío gordo de la esquina.--¿Qué?--dijo Clara, confusa ante aquella proposición. --¿Apostamos á que no _tan dao_ ni un bendito _chavo_ esta noche? Yo he _sacao_ ya un _rial_: mira. Pero hay en aquella tienda un _mardito_ pañero que es muy caritativo. Ayer le _ije_ que tenía una hija enferma en cama, y me dió una peseta. Si _quiés_ que le saquemos más, ven conmigo esta noche, chica, y verás. Entramos: tú te haces que te vas cayendo, y te pones un pañuelo _atao_ á la cara, y empiezas ó dar unos _chillíos_ que partan el corazón. Oye, así: ¡ay! ¡ay! ¡ay!
Y dió unos cuantos quejidos tan lastimeros, que Clara tuvo angustia de oírlos. Después siguió:
--Mira, ven; entramos: yo le digo que eres mi hija y que no has comido un _bocao_, y que el _méico_ te ha recetado una cosa que cuesta un duro. Tú dices que no la _quies_ tomar, y que si saco el duro, compre pan _pa_ estos niños que se están muriendo. Yo digo que sea el duro _pa_ la _meicina_; tú que sea _pa_ los niños, y así ... verás cómo se ablanda... y _pué_ que nos dé dos... partiremos: te daré á ti dos _riales,_ y.... Anda, ven: ponte este pañuelo en la cara.--Señora, yo tengo que hacer, no puedo--dijo Clara, que creía no deber darle otra razón menos cortés. ¿Sabe usted dónde está la calle del...?
--¡Qué calle de los _dimonios_!--dijo la mujer; y viendo que pasaban dos caballeros se acercó á ellos, diciéndole al chico que llevaba de la mano:--Muchacho, cojea.
El muchacho cojeó, y se acercaron á los caballeros, repitiendo su muletilla. Clara se retiró entonces; anduvo á buen paso, y llegó, por último, á la plazuela del Espíritu Santo; subió más, hasta que se encontró en la esquina de la calle del Prado, y por allí pensó seguir, porque veía en ella bastantes personas, y creía encontrar allí quien la informara bien.
Batilo iba delante. Un perro vivaracho y pequeño, descarado, ratonero, de éstos que pasean su vanidad por las calles de Madrid, se acercó al can melancólico, y le dió una embestida con el hocico. Batilo era muy tímido; pero sintiendo herido su amor propio, ladró. El ratonero, que no deseaba sino provocación, ladró también, atreviéndose á dar un mordisco al pobre faldero. Este te defendió como pudo; y á poco rato vino un porrazo que, con terribles aullidos, empezó á perseguir al ratonero. Luego vino otro perro, y otro, y otro: en dos segundos se reunieron allí doce perros, que armaron espantosa algarabía. Luchaban unos con otros, cayendo y levantándose en revuelta confusión, mordiéndose, saltando y atropellando entre los movimientos de su horrible contienda á Batilo y al ratonero, que, revueltos entre las patas de los contendientes, recibían los ultrajes de todos. Al ruido se detuvieron algunas personas; el amo de uno de los perros terció en la pelea, y dijo ciertas frases injuriosas al amo de otro. Clara, al ver que se reunía tanta gente, y que algunos mozos la miraban con atención impertinente, avivó el paso; tomó la calle arriba para huir de aquellas miradas. Pero los mozos la siguieron, y ella quiso ir más á prisa; ellos también; ella más aún, hasta que se decidió á correr, y corrió con toda la velocidad que podía. Entonces una mujer gritó desde una puerta con voz chillona y angustiada: "¡A esa, á esa, á esa!" Un hombre la detuvo por el brazo; muchas mujeres la rodearon, y se formó en un momento un grupo de más de treinta personas en torno á ella. La huérfana estaba tan trémula y aterrada, que no dijo palabra, ni trató de huir, ni lloró siquiera. Creyó tener en derredor un círculo de asesinos.
--¿Qué ha hecho? ¿qué hay?--dijo uno.
--Que ha _robao_ ese lío que lleva bajo el brazo.
--Muchacha, ¿donde has tomado ese lío?--dijo el que la tenía asida.
Clara no contestó
--A la cárcel con ella--dijo uno de los presentes.
--¿Dónde has tomado ese lío, muchacha?
La joven se repuso un poco, y con voz tenue, dijo:
--Es mío.
--¿Qué es suyo?--dijo una de las mujeres.--Si la vi yo correr como una _desalación._ Apuesto á que lo cogió en la casa del número 15.
--No, que venía de más abajo--dijo otra.
--Apuesto que es de casa de la _sa_ Nicolasa, la pupilera de ahí enfrente--dijo otra mujer.
--Usted miente, señora--dijo un hombre alto, que parecía ser persona del toreo, á juzgar por su vestido y el rabicoleto que tenía en la nuca.--Usted miente: esta señora no ha salido de casa de la pupilera, ni del número 16; venía de más abajo.
--¡Miren ese pelele!--gritó la mujer.--¿_Poz_ no dice que yo miento?
--Usted miente, señora. Esa muchacha no ha _robao naa_, que venía de abajo, y corrió porque la venían siguiendo esos lechuguinos. Yo lo he _oservao_, y si hay alguno que me desmienta, aquí estoy yo, que soy un hombrera _pa_ otro hombre.
--Tanta bulla _pa naa_--dijo, soltando á Clara, el que la tenía asida.
--Pues que si lo ha robado, si no lo ha robado ... Cuando yo digo una cosa.... Si estuviera aquí mi Blas, se vería si hay un hombre _pa_ otro hombre--murmuró, volviendo la espalda, la promovedora de aquel alboroto.
--Vamos, señores, aquí no se ha _robao naa_--dijo el majo con decisión.--Aquí están ustedes de más. Largo el camino.
El público (llamémosle así) encontró muy convincentes las últimas razones del hombre de los toros, y aún más las insinuaciones que hizo con un tremendo palo de puño de plomo que llevaba en la mano, y empezó á desfilar.
---Vamos, prendita, no tenga usted miedo--dijo el hombre del rabicoleto, cuando se quedó solo con Clara.--Venga usted conmigo, y no tenga reparo, que yo soy un hombre _pa_ otro hombre. ¿Pero se _pué_ saber á dónde iba la personita? Yo la llevaré á usted, porque soy un hombre _pa_....
--Voy á la calle del Humilladero.
--Del Humilla ... ¿que?
--Del Humilladero.
--Ya sé ... ¿pero _pa_ qué va usted tan lejos? Si usted se echa á andar ahora, llegara allí _pasao_ mañana por la noche. Con que no tenga usted prisa....
--Sí, señor, tengo prisa; y aunque esté lejos, he de ir en seguida ¿Quiere usted hacerme el favor de decirme por dónde debo ir?
--_Miste_: coge usted esta calleja arriba, siempre _pa_ arriba ... pero yo la voy á llevar á usted. Aunque, _pa_ decir verdad, más valía que se viniera conmigo. ¡Ay! ¡Jesús, qué guapa es usted! _Poz_ no había reparado ... Venga usted.
--No puedo detenerme, _señor caballero_--dijo Clara con mucho miedo.--Dígame dónde está esa calle, y yo me iré sola.
--¡Sola! ¿Y yo podía ser tan becerro que la iba á dejar ir sola por esas calles, esta noche que hay _rivolución_...? Bueno soy yo _pa_ ... Venga usted conmigo. Le _igo_ que no lo pasará mal: yo conozco aquí cerca un _colmao_ donde hacen unas magras que....
Diciendo esto, el torero tomó á Clara por un brazo y quiso internarla por la calle del Lobo.
--Suélteme usted, caballero--dijo Clara desasiéndose:--tengo que hacer; por Dios, suélteme usted.
--Pues es lo _mesmo_ que un puerco-espín. ¡Bah! Si es usted muy guapa para ser tan picona. Le _igo_ que ... Pero, en fin, yo la acompañaré á esa calle.
--No: dígame usted por dónde debo ir. Yo iré sola.
--¿Sola? si hay _rivolución. ¿_Pa_ que le peguen á usted un tiro y me la _ejen_ frita en _mitá_ la calle?...
--Yo quiero ir sola--dijo ella separándole.
La compañía y la solicitud impertinente de aquel hombre le inspiraba mucha desconfianza. Su intento era huir de él y preguntar á otro. Pero aunque avivó mucho el paso, él seguía siempre á su lado diciéndole mil cosas. Un incidente feliz (algo feliz había de pasar aquella noche) vino á librar á Clara de aquel moscón. Iban por la plazuela de Santa Ana, cuando sintieron detrás gritos de mujer. El majo no volvió la cara; pero tuvo buen cuidado de embozarse bien en su capa para no ser conocido.
--_Arrastrao, endino_--dijo la mujer, que era alta, gruesa hombruna y con voz aterradora y aguardentosa.--Espera, espera, que te voy á sentar los cinco en esa cara de documento.
Al decir esto, tiro al majo de la capa, y con mano más pesada que una maza de batán, cogió á Clara por un brazo y la detuvo.
--Si no fuera porque está aquí esta señora--dijo el chulo, cuadrándose ante la jamona--ahora _mesmo_ te volvía las narices al revés.
--¡_Arrastrao_!--dijo la maja cuadrándose y moviendo la cabeza--¿tengo yo cara de cabrona? ¿Te _paece_ que por una cara de escoba como esta voy yo á consentir?...
--¡Calla!--exclamó el otro--ó te _ejo_ sin piernas.
--Mira, Juan Mortaja, que voy á sacarle los ojos á esta rabuja si ahora _mesmo_ no vienes conmigo. ¿Le parece á usted que á una mujer como yo se la...? Juan Mortaja, cuando _igo_ que vamos á tener que....
--No haga usted caso--dijo el torero, dirigiéndose á Clara, que estaba sin aliento, oprimida por la mano de la jamona, como la tórtola en las garras del gavilán--No haga usted caso, niña, que ésta suele rezarle un Padre nuestro á _san cuartillo_.
--_¡Reendino!_--exclamó con trágico furor la maja, soltando á Clara y echando rápidamente mano á la cintura, de la cual sacó una navaja, que esgrimió con el donaire y la presteza de un matutero.
--¡Saco _e_ demonios!--dijo el otro, enarbolando el palo.
No sabemos cómo concluyó la pendencia, porque hemos de seguir á Clara; y ésta, en cuanto se vió libre de la zarpa de la dama de Juan Mortaja, se escapó ligeramente, y á buen paso, seguida siempre de Batilo, llegó á la plazuela del Ángel. La desventurada no sabía ya qué partido tomar; se horrorizaba al pensar que entre los miles de habitantes de este enjambre no había uno que le dijera el nombre de la calle donde estaba el único asilo que podía acojer á la huérfana abandonada, sola, injuriada, medio muerta de miedo y dolor. Creyó que Dios la abandonaba ó que no había Dios; que su destino la obligaba á optar entre la inquisición espantosa de las dos Porreñas, y aquel abandono, aquel vagar por un desierto, repelida por todos ó solicitada por la depravación ó el vicio.
Se decidió á hacer otra tentativa. Detúvose ante un hombre que, con un farol y un gancho, revolvía escombros, y le hizo su pregunta.
--¿La calle del Humilladero?--dijo el trapero, incorporándose y haciendo con el gancho ciertos movimientos semejantes á los que hace con su varilla un director de orquesta.--Esa calle está ... Voy á darle á usted una receta para que la encuentre en seguida. Pues eche usted á andar ... y vaya mirando con atención los letreros de todas las calles. ¿Sabe usted leer?
--Sí, señor--dijo Clara.
--Pues cuando usted vea un letrero que diga así: "calle del Humilladero", allí _mesmo_ es.
El trapero se quedó muy satisfecho de su apotegma, y volviendo á inclinarse, enterró su gancho investigador en el montón de inmundicia que delante tenía. Clara se retiró muy angustiada; y principiando á perder ya el conocimiento exacto de su desventura, hallábase próxima á entrar en ese período de atonía que precede á las grandes enajenaciones. Dirigió de nuevo mentales súplicas á Dios y á la Virgen para que la sacaran de aquella situación; y aún rezaba, cuando vió llegarse hacia ella á una persona que le inspiró mucha confianza. Dió algunos pasos hacia aquella persona, que era un clérigo de más que mediana edad, gordo y pequeño. Venía con su rosario en la mano y la vista fija en el suelo. La huérfana respiró con tranquilidad, porque aquel personaje venerable que tenía ante sí debía de ser un santo varón, de esos cuyo fin en la tierra es consolar á los afligidos y ayudar á los débiles.
CAPÍTULO XXXVIII
#Continuación del "vía-crucis".#