La Fontana de Oro

Part 25

Chapter 25 4,010 words Public domain Markdown

Doña Rosalía se levantó para marcharse, porque creía haber cumplido satisfactoriamente su misión. Entonces pasó una cosa singular: cuando la sastra se acercaba á la puerta, Batilo, el perro misántropo, que en aquella mansión había olvidado los hábitos propios de su raza, corrió tras ella, se agitó convulsivamente como quien hace un gran esfuerzo, y ladró, ladró como un mastín ante un salteador; persiguió á la mujer dando agudos aullidos, y hasta llegó á pillarle entre sus inofensivos dientes el traje y el mantón. Paz se alarmó y Salomé se tapó los oídos, como si oyera el aullido, de un chacal. Defendieron entre las dos á doña Rosalía de la agresión inesperada del animal; fuese la sastra, y las dos arpías se miraron cara á cara, comunicándose mutuamente su respectiva bilis.

Es indispensable apuntar que en su afán de llegar pronto á donde estaba Clara, se aturdieron, sin poder tomar la puerta, y al fin chocaron una con otra con gran confusión.

--Mujer, que me echas al suelo--dijo una.

--Mujer, qué cosas tienes--gruñó la otra.

Entraron en el cuarto donde estaba acostada la devota ... Esta reposaba tranquilamente, pero no dormía; tenía clavados los ojos en el techo con muestras de meditación profunda. Sentada junto á la cama estaba Clara, que hacía de enfermera y acompañante de la santa. Cuando las dos Porreñas entraron, Clara les conoció en las caras que se preparaba una escena terrible. Asustóse mucho, y se acercó más al lecho, como buscando un refugio al lado de la sagrada persona de doña Paulita.

--¡Niña!--dijo Paz con la lengua turbada y muy alterado el rostro.--Ya sabemos todas las infamias de usted. Merece usted ir á la cárcel por comprometer la honra de una casa como ésta. Si no temiera rebajar mi dignidad....

--Señoras--murmuró Clara temblando,--¿pues yo qué he hecho?

--¿Pues yo qué hecho?--dijo, remedándola con gesto grotesco, Salomé.--Miren la hipócrita, ¡qué monstruo, Dios mío! Paula, no te asustes--añadió, acercándose á la cama;--no nos des un nuevo disgusto. Ya sabemos qué clase de persona hemos recibido en nuestra casa.

--Todo se ha descubierto, niña--continuó Paz--Ya no nos engañará usted más con su cara de mosquita muerta. Pero ¡qué atrevimiento, qué iniquidad! Debiera usted morirse de vergüenza.

--Señora, yo no sé de qué habla usted--dijo Clara, perdiendo por completo la serenidad.

--¡Insolente! Y aún se atreve á disimular, después de tanta desvergüenza. ¿Cree usted que está tratando con personas como usted? ¡Miren la necia! tan necia como perversa. Ahora mismo va usted á salir de esta casa.

El primer sentimiento de Clara al oír esto, fué una repentina alegría. ¡Salir de allí! Ya había perdido esa esperanza. Pero la situación aquélla no era para alegrarse. Pronto lo conoció, y esperó resignada el fin de su sentencia.

--Dile, dile la causa--indicó Salomé, afectando gran respeto al procedimiento.

--La causa bien la sabe ella--dijo Paz;--pero no puedo contener la cólera. De veras digo que si no fuera porque soy persona ... ¡qué horror! La causa es ... no te asustes, Paula; la causa es que mientras nosotras salimos de casa á alguna visita, se entra aquí un hombre por los tejados; sí: un militar, buen mozo, alto, persona ... ¿cómo dijo? de buen porte ... pero no te asustes, Paulita: esto hay que aceptarlo con resignación.

Si no temiera asustar á su prima, que estaba enferma, á Salomé le hubiera dado un cuarto conato de vahído. Pero se contentó con mirar á la devota con ojos muy aterrados. La santa no hizo más que mirar á Clara con cierta perplejidad; y contra lo que sus parientes esperaban, no citó ningún texto latino, ni predicó ningún sermón sobre la inconveniencia é irreligiosidad de que entraran por los tejados los militares buenos mozos, altos y de buen porte. Clara, á pesar de su inocencia, se quedó aterrada como una culpable.

--¿Se atreve usted á negarlo?--dijo Paz, dando algunos pasos hacia ella con el resplandor de la ira en los ojos.

--Yo ... no--dijo Clara, retrocediendo con espanto.--Sí ... sí lo niego.--Después añadió, haciendo un esfuerzo por calmarse y calmar á su juez:--Óigame usted, señora: yo le contaré la verdad; le diré lo que ha sido. Yo soy inocente; yo no he permitido....

--¡Jesús, Jesús! Yo no sirvo para estas cosas--clamó Salomé volviendo el rostro.--No puedo, no puedo oír esto.

--¿Que usted no ha permitido...? ¿Todavía tiene atrevimiento para negarlo?

--Yo ... yo no niego--contestó la huérfana muy consternada.--Pero yo, ¿qué culpa tengo de que ese hombre...?

--¿También le quiere usted disculpar á él? Esto nos faltaba que ver. No puede haber perdón para tanta alevosía. ¡Pagar de este modo el asilo que le hemos dado sin merecerlo! Pero bien dije yo que de usted no podíamos sacar cosa buena.

--Señoras--dijo Clara deshaciéndose en lágrimas,--yo les juro á ustedes por Dios y por todos los santos, que por mí no ha entrado ningún hombre; que yo no soy culpable de todo eso que ustedes dicen. Yo se lo juro por Dios y por la Virgen.

--¡Insolente! Aún se atreve á disculparse.

--En verdad, esto es más de lo que puede sufrir mi débil constitución--dijo la otra arpía.--Paulita, no te asustes: procura tomar esto con indiferencia, que puedes agravarte.

--¡Dios mío! ¿Cómo lo he de decir?--exclamó Clara con la mayor amargura.--¿Qué haré, qué diré para que me crean? ¿A quién me volveré? Yo no quiero vivir así. No tengo padres, ni hermanos, ni amigos, ni nadie que me defienda y me proteja. Señora, yo se lo juro á usted. No me diga otra vez esas cosas que me ha dicho, porque yo no las merezco.

--Vamos, prepárese usted á marcharse al momento--dijo Paz con crueldad espantosa.

--¡Marcharme! Sí, me marcharé. Yo no quiero molestarlas á ustedes; pero ¡ay! esas cosas que han dicho de mí... Yo no he deshonrado la casa, yo no he deshonrado á nadie. Pero yo soy muy desgraciada; soy huérfana, pobre y sola; y como no tengo á nadie que me proteja, por eso nadie me guarda consideración y todos me tratan con desprecio. Yo no merezco eso; yo no he hecho nada de eso que usted dice; yo soy inocente.

--No sé cómo me contengo--dijo Paz.--Ni un instante más. Se marcha usted de aquí, y vaya donde quiera. Yo sé que usted se alegra. Usted no desea otra cosa que andar sola por esas calles; usted ha nacido para la calle. Vamos, pronto. Y nada me importa que don Elías se oponga ó no. Lo aprobará. El sabe que interesarse por tan despreciable criatura es cosa inútil. Váyase usted pronto.

--Señora--dijo Clara, poniéndose de rodillas junto al lecho y estrechándole las manos á la devota. Señora, usted me defenderá; usted que es tan buena, que es una santa; usted que ya me defendió otra vez. ¿No es verdad que usted sabe que yo soy inocente? Dígalo usted: me están calumniando. ¿Qué va á ser de mí si usted no me defiende?

La devota no había hablado palabra: continuaba como distraída y ajena á todo aquello. Cuando sintió las manos de la que había sido, aunque por poco tiempo, su compañera y amiga, volvió hacia ella la cara cubierta de palidez, y expresando cierta atonía, la miró, y con voz tenue y como indiferente, dijo: "¿Yo?" Calló en seguida. Salomé separó á Clara con un ademán desdeñoso del lecho de su prima, diciendo:

--Nuestra paciencia nos va á perder. Cuidado, Paz, que somos demasiado condescendientes. ¿Cómo es que está todavía aquí esta mujer?

--Al momento á la calle. Vamos, pronto--dijo Paz. Recoja usted sus bártulos, y al momento. Haga usted un lío de su ropa.

--Señora, por Dios, no me eche usted así--dijo Clara, poniéndose de rodillas y cruzando las manos.--A estas horas ... sola ... yo no conozco á nadie ... ¿Qué va á ser de mí? ¿A dónde voy? Espere usted, por la Virgen Santísima, á que venga don Elías, que, siendo huérfana, me recogió.... El no me abandonará de este modo ... Estoy segura.

--Nada, nada. ¿Aun espera usted engañarle otra vez? Salga usted al momento de nuestra casa.

--Pero, señoras--continuó Clara,--¿adonde voy? Sola, de noche ... yo tengo miedo ... yo tengo mucho miedo ... yo no conozco á nadie....

--¿Que no conoce á nadie? ¿Y tiene valor para decir...?--exclamó Salomé, apartando el rostro y persignándose con sus afilados dedos.--¿Pues y el caballero joven, alto, buen mozo?

--Señora, espere usted, por Dios, á que venga mi protector: yo se lo ruego por la gloria de su madre.

La idea de que viniera Coletilla é impidiera la expulsión de la huérfana, puso á Salomé en grave peligro de que le diera el quinto ataque.

--¡Qué agonía!--dijo sentándose.--Francamente, nuestra excesiva benevolencia nos trae á estos extremos.

--No tarde usted un instante--dijo Paz con la satisfacción de la venganza.--Márchese usted inmediatamente.

La desventurada huérfana se dirigió otra vez, como última esperanza, á la santa, que reposaba en su lecho con la inmovilidad y la pesadez de la estatua yacente de un sepulcro. Clara tomó una de sus manos que colgaba fuera de las ropas y la besó con efusión, regándola con sus lágrimas; llanto de la inocencia provocado por la crueldad de aquellos verdugos.

--Señora, otra vez se lo pido--exclamó con voz apenas inteligible;--no me abandone usted, usted es una santa. No permita que me echen así ... á estas horas ... yo tengo miedo. No me abandone usted.

La mujer mística retiró lentamente su mano y la escondió entre las sábanas. Volvió el rostro, miró á la víctima, y sin inmutarse, dijo con la misma voz helada: "¿Yo?"

--No se puede resistir tal insolencia--afirmó Paz asiendo á Clara por un brazo y apartándolo violentamente de la cama.

--Si usted no se marcha ahora mismo de aquí, llamo á un alguacil para que le haga entender sus deberes.--Ya Salomé se había acercado á la cómoda donde Clara guardaba su escaso ajuar, y recogía todo formando un lío.

--No tengas cuidado, Paz--decía entre tanto;--yo estoy registrando su ropa, no sea que se lleve alguna cosa. No se lleva nada.

--¡Señoras de mi alma!--dijo Clara en el colmo de la desesperación.--No me echen así: yo no he cometido falta ninguna; yo no he hecho lo que ustedes dicen; yo soy inocente. Que lo diga esa señora que es una santa y me conoce. Yo estoy segura de que lo dirá.

La devota volvió á moverse, y con la voz que atribuyen á los espectros evocados, repitió otra vez: "¿Yo?".

--No me echen ustedes--continuó Clara sin saber ya á quien suplicar.--Yo no lo merezco. ¿A dónde puedo ir á estas horas sola? No conozco á nadie. Tengo miedo ... me voy á perder.

--Vamos, aquí tiene usted su ropa--dijo Salomé poniéndole el lío en la mano.

--No, no lo puedo creer. Ustedes no serán tan inhumanas. Esperarán á mañana; esperarán á que venga él.

--Ha dicho que no vendrá hasta dentro de tres días. ¿Cree usted que él no se ocupa de otra cosa que de proteger mozuelas como usted?

Diciendo esto, Paz tomaba por un brazo á Clara y la llevaba con grande esfuerzo hacia la puerta. La pobre huérfana tenía sin duda mucha fuerza de espíritu cuando no cayó allí mismo sin sentido; y sin duda era también harto angelical y delicada, cuando no contestó con injurias á las injurias de la cuménide aristocrática, baldón de los Porreños. Aun creía la infeliz que sus ruegos podían ablandar á aquellos dos energúmenos de corazón empedernido por el hastío, la insociabilidad y la amargura de una vida claustral. Aun les suplicó: otra vez se volvió á arrodillar delante de María de la Paz, y le tomó las manos, aquellas manos nacidas sin duda para un puñal. La vieja la retiró con violencia; su brazo se alzó; y á pesar de la dignidad que procuraba imprimir siempre á su carácter, á pesar de la nobleza de su raza, á que parecía deber igualarse en la nobleza de sus sentimientos, maltrató á una huérfana infeliz á quien antes había calumniado. La vieja ridícula, presuntuosa, devota, expresión humana de la mayor necedad que pueda unirse al mayor orgullo, puso su mano en el rostro de la doncella abandonada y débil, que ofendía sin duda, con su juventud y su sencillez el amor propio de aquellos demonios de impertinencia.

--¡Ay, ay, ay! Paz, por Dios, no te arriesgues--dijo Salomé chillando con horror, como si la inofensiva Clara tuviera un puñal en la mano.--Déjala, déjala.

--¡La mataría!--dijo Paz apretando los puños y ahogada por la cólera.

Salomé puso sobre los hombros de Clara el mantón, que al entrar en la casa había traído. Después extendió sus brazos de esqueleto y la empujó hacia la puerta con tal violencia, que la desdichada huérfana estuvo á punto de caer al suelo. En tanto decía:

--No sirvo para estas cosas. Me descompongo. Váyase usted pronto, niña. No dé lugar á que la tratemos con rigor.

Clara salió; fué arrojada por los brazos robustos de la vieja Paz, y por los brazos entecos y nerviosos de la vieja Salomé. Aún es probable que ésta, al darle el último empuje, crispó sus dedos de gavilán, haciendo presa con sus uñas en un brazo de la víctima. La puerta se cerró con gran estrépito, y las voces destempladas de los dos demonios sonaron por mucho tiempo en el interior. La huérfana bajó con el corazón oprimido; no tenía fuerzas ni voz; casi no tenía conocimiento claro de su situación. Bajó y se encontró en la calle; sola en la calle, sola en el mundo, sin asilo, el cielo encima, desolación en derredor, ni un rostro conocido, ¿A dónde iba? En el portal sintió ruido y volvió la cara: era el perro melancólico que la seguía. El pobre animal había salido de la casa por primera vez, y parecía decidido á no volver á entrar, pues saltaba y chillaba con un gozo, una travesura y un aire de expansión desconocidos en él.

CAPÍTULO XXXVI

#Aclaraciones#.

Al oír Lázaro de boca de las dos esfinges la noticia de la expulsión de su antigua amiga, sintió deseos de coger por el moño á entrambas nobilísimas damas y darles allí el castigo de su crueldad. A pesar de su agravio, y de que no conocía las razones que habían tenido para echarla á la calle, un gran interés por aquella infeliz se despertó en su corazón. Indudablemente, á él le tocaba ampararla en aquel trance, apartarla del vicio á que su soledad podía conducirla, socorrerla, en fin, porque habla sido su amiga, le había amado, y en tales casos es de corazones generosos y buenos olvidar las injurias y pagarlas con nobles acciones. Viendo que no le daban razón de su paradero, bajó y salió dispuesto á buscarla. Pero ¿dónde, dónde la iba á encontrar? Clara no conocía á nadie en Madrid. Sí: conocía á Bozmediano. Esta idea enfrió repentinamente la generosidad del joven. "Tal vez--pensaba--se marchó, porque Bozmediano la indujo á ello; tal vez ya la tenía consigo." Esto avivó los celos y el rencor del estudiante, que resolvió no descansar hasta descubrir el misterio de aquella salida y pedir cuentas á Claudio de su grande traición.

Con esta idea se dirigió á casa de éste, dispuesto á dar un escándalo en la casa si no le permitían verle. Lo probable, según él, era que Clara estuviera allí. Los celos le cegaban al pensar que aquella joven, que algunos meses antes se le había aparecido con todo el encanto de la sencillez y de la gracia, de la virtud doliente y de la tranquilidad doméstica, había cedido á las sugestiones de un libertino sin conciencia. Era preciso no dejar sin castigo aquella infamia. "Aún me interesa mucho--decía;--aún la quiero mucho para que perdone yo esta injuria, que me parece hecha á una persona mía; injuria que cae sobre mí, que iba á ser...."

Llegó á la casa de Bozmediano y esperó, paseando en la calle, á que avanzara el día. Cuando sintió las ocho, entró y preguntó al portero. Este, que ya le conocía de verle allí los días anteriores, no le puso tan mala cara como antes, porque recordó cierto diálogo que con su amo había tenido á propósito de aquella visita. Le había dicho que un joven vino á preguntar por él sesenta veces seguidas. Al amo picóle la curiosidad, y quiso saber las señas; dióselas el portero con mucha exactitud, y sospechando Bozmediano que podía ser Lázaro, advirtió al doméstico que si volvía estando él allí, le introdujera inmediatamente. Claudio sospechaba á qué podía venir el joven, y lejos de rehuir la visita, la deseaba.

Pero el portero, á pesar de lo terminante de la orden, creyó que era un desacato recibir á aquella hora á un joven que no era militar, ni venía en coche, ni traía botas á la _farolé_. Hízole esperar un buen rato, y por fin le introdujo, después de avisar para que despertaran al señorito. Este tardó un cuarto de hora en salir de su cuarto.

--Ya debe usted suponer á lo que vengo--dijo Lázaro sin saludarle:--usted me conoce, usted me dió la libertad. Yo creía que desde entonces podía haber entre nosotros la amistad que á mí me imponía la gratitud; pero usted no ha querido; usted ha seducido y deshonrado á una pobre muchacha, á quien considero yo como mi hermana. Si usted me sacó de la cárcel para hacer más grande la injuria que he recibido, hizo usted bien, por mi parte, porque estoy libre para pedirle cuenta de su acción, que es la acción más infame que puede cometer un hombre.

--Yo no cometo acciones infames. No le dejo pronunciar una palabra más sin que antes se apresure á desdecirse. Sí, usted se desdirá. Todo eso es una calumnia. Yo no he seducido ni he deshonrado á joven alguna. Usted está ciego de furor y extraviado por la pasión. Le han engañado á usted, y solo por saber que está usted engañado, tolero las palabras que he oído. Pero me será muy fácil sacarle á usted de su error.

--Eso es lo que quiero--dijo Lázaro.--Si usted me convenciera de lo contrario ... Pero no podrá usted convencerme. Yo le he visto á usted, le he visto salir como un ladrón de la casa en que Clara estaba recogida. Usted ha entrado allí por ella, ha entrado llamado tal vez por ella.

--¡Oh, no!--exclamó Claudio, interrumpiéndole.--Siéntese usted; hablemos con calma. No anticipe usted juicios temerarios. Yo los voy á desvanecer.

--Hable usted. No habrá palabras, no habrá nada que pueda desvanecer el juicio que se forma al ver á un hombre que penetra á hurtadillas en la casa en que una joven está sola, y mucho más cuando estos juicios están formados después de antecedentes muy claros. Yo no he venido aquí á que usted me explique nada. No tengo duda, sino certidumbre, de la infamia que usted ha cometido. He venido tan sólo á tener el placer de decirle á usted que es un mal caballero y un hombre corrompido; á sufrir las consecuencias de esta acusación, porque yo no temo á adversario ninguno, por temible y fuerte que sea, cuando me creo obligado á vengar un agravio.

--Pues yo, que jamás he tratado de evadirme de las consecuencias de un asunto semejante--dijo Bozmediano con mucha energía;--yo, que no me dejo castigar de nadie, ni he permitido que jamás hombre alguno pronuncie contra mí una voz injuriosa, una reticencia, una alusión cualquiera, voy ahora á explicarme con usted en esta cuestión, esperando que se convenza y retire todo eso que ha dicho usted al entrar aquí. Todo lo comprendo, es natural: por lo mismo lo olvido hasta ver si, después de lo que yo digo, insiste usted en repetirlo.

--Hable usted: yo lo deseo.

--Yo no he visto á Clara más que tres veces--continuó Bozmediano.--Ella no sabe ni cómo me llamo, ni quién soy. Me ha visto poco, y le soy tan indiferente, que puedo asegurar que ocupo en su corazón el mismo lugar que una persona desconocida. Un día encontré á ese malhadado viejo fanático en la calle: le llevé á su casa, y vi á Clara por primera vez. Me habló; y con la sencillez propia de su carácter y la franqueza que da la necesidad de expansión y trato, me contó algunas cosas de aquella casa. No le negaré á usted que desde entonces me interesó muchísimo; que pensé en que nada podía satisfacerme tanto como sacarla de la prisión, darle alegría y librarla de la tutela de aquel hombre sombrío, capaz de poner triste á la misma felicidad.

Bozmediano contó después la segunda entrevista con Clara, recordando hasta algunas palabras de sus diálogos con ella. El otro joven oía con mucha atención aquel relato, hecho con toda la veracidad posible.

--Yo seré franco, y no ocultaré á usted mis sentimientos, mis primeras intenciones--continuó--para que pueda usted juzgarme mejor. Al principio vi en Clara el objeto de una aventura; y á pesar de que me inspiraba mucha lástima y un verdadero interés, no podía menos de proceder con cierta ligereza en la formación de mis planes. No lo negaré: yo no pretendo desfigurar los hechos; esta confesión es igual á la que haría un moribundo ante un sacerdote. Pero ó las circunstancias ó ella torcieron mi plan primitivo. Ella tiene un carácter angelical. Llena de bondad y sencillez, es capaz de vencer las sugestiones de todo hombre que no sea un vil ó un libertino. Le confieso á usted que, por último, fué tal la fuerza que en mí tomó el primer sentimiento afectuoso y compasivo que me había inspirado, que concluí por amarla. No puedo negar que, á pesar de haberme infundido este amor verdadero, yo persistía en mi propósito de sacarla de allí violentamente, de llevármela como una cosa mía. No consideraba esto como un agravio, y hubiera matado á cualquiera que, interpuesto entre ella y yo, me la hubiera quitado. Yo supe--no me lo dijo ella--que existía una persona á quien quería mucho. Esto me desconcertó. Supe que estaba usted en la cárcel, y no vacilé un momento. Comprendí que si ella le quería á usted verdaderamente, la mejor acción que en mí cabía era ponerle á usted en libertad, devolvérsele. ¡Qué complicación! De este modo pensaba yo ganar en su concepto. No se asombre usted: yo me he creído siempre práctico en estas cuestiones; y dado el carácter de Clara, es seguro que más le amaría á usted cuanto más durara su prisión. Pero yo no contaba con otros muchos tesoros de bondad de aquel carácter. Usted vivía con ella, y la vigilancia, la crueldad de tres señoras ridículas y de un viejo extravagante impedían que la viera, que la socorriera, librándola de tantos martirios. Usted vivía allí, y no le hablaba, no le consolaba, no aparentaba quererla. "He aquí mi ocasión--dije yo.--Lázaro aparece á sus ojos como un ingrato: ¿no será posible que ella le desprecie? Su situación en aquella casa fúnebre, la tristeza en que vive y se consume, ¿no serán causa de que desee libertad, vida, afectos, todo lo que allí no tiene, ni puede, ni sabe darle ese joven indiferente, ocupado por la pasión política? Confiese usted que la situación era la más á propósito para que yo aspirara á merecer de ella algo más que gratitud. Resolví sacarla de allí, llevármela. Fui tan ciego, que no preví su resistencia, su fidelidad, su grande afecto al primer amigo; afecto más fuerte que todos los martirios y todas las privaciones. Dispuse entrar en la casa cuando estuviera sola, y entré por donde usted sabe. Ella, al verme, se asustó tanto, que casi me arrepentí de haber dado aquel paso. Me suplicó que saliera, me lo pidió de rodillas; yo le dije que no esperara nada, que usted no podría ni sabría salvarla del poder de aquella gente cruel. Nada, no me oyó. Su propósito era inquebrantable. Conocí que su fidelidad era la más grande de sus virtudes; y creyendo que era imposible arrancarle la primera imagen, la imagen que nada puede borrar, desistí de mi intento. Ella no quería escucharme; se desesperaba al comprender cuánto podía comprometerla mi entrada en la casa; me pedía llorando que la dejara entregada á su tristeza, á su soledad. Confieso que nunca me he visto tan pequeño como entonces, en presencia de aquella criatura débil, incorruptible, no sólo á las promesas del amor de un joven, sino aun al soborno de la libertad, de la posición, de la felicidad. Al marcharme, sentí que alguien entraba en la casa. No sé quién era; yo huí por no comprometerla; huí aterrado por la idea de que, á pesar de mis precauciones, alguien de la casa había descubierto mi entrada."

--Era yo--dijo Lázaro:--yo le vi salir á usted por la buhardilla.