La Fontana de Oro

Part 24

Chapter 24 3,906 words Public domain Markdown

--¿Dónde?--preguntó con vivo interés el Doctrino.

--En una plazuela; según después he averiguado, se llama de Afligidos.

--¿En la plazuela de Afligidos?--dijo el otro con asombro.--Es en la casa de Álava... ¿Y eran muchos? ¿A qué hora?

Lázaro contó detenidamente todo lo que habla visto en la citada plazuela dos noches seguidas y á la misma hora.

--No necesito más--dijo el Doctrino al oído de Pinilla.

Esto pasaba en una pequeña sala interior de la _Fontana_, donde el amo tenía algunos centenares de botellas vacías, y dos ó tres barriles, vacíos también, con gran sentimiento, de Curro Aldama. Cuando Lázaro concluyó su relato, se sintió el ruido de aplausos y las voces entusiastas que resonaban en el recinto del café. Hablaba con mucha elocuencia Alfonso Núñez. Más de doscientos jóvenes exaltados, lleno el espíritu de pasión expansiva, le aplaudían con entusiasmo. El joven orador comunicaba su indiscreta fe á aquella masa de juventud inocente y soñadora, cuando cuatro infames, á dos pasos de allí, preparaban un sangriento desastre. Estas iniquidades, proyectadas por pocos y llevadas á cabo por muchos con la sencillez propia de las turbas engañadas, son muy frecuentes en las revoluciones. El gentío obra á veces obedeciendo á una sola de sus voces, cualesquiera que sea: se mueve todo á impulso de uno solo de sus miembros por una solidaridad fatal.

La _Fontana_ estaba aquella noche elocuente, ciega, grande en su desvarío. Iba á perpetrar un crimen sin conocerlo. Su elocuencia era la justificación prematura de un hecho sangriento; y para el que conocía su próxima realización, las galas de aquella oratoria juvenil eran espantosas y sombrías.

Lázaro entró en el café: aún no se atrevió, aunque tema la persuasión de ser recibido con benevolencia, á presentarse en el centro del club. Se quedó en un rincón, dispuesto á ser simple espectador; pero algunos pidieron que hablara; Alfonso le empujó hacia la tribuna; el mismo dueño del café se lo suplicó con insistencia, y la mayor parte de la juventud, que formaba el público, le aplaudió, tributándole una ovación anticipada. No pudo eximirse: se resolvió á hablar, subió á la tribuna y empezó. Felizmente no le aconteció aquella vez lo que en la desgraciada noche de su llegada; no perdió la serenidad al encararse con las mil cabezas del público y ver abierto ante sí el abismo de tanta atención, expresada en tantos ojos. Sin dificultad ninguna encontró el asunto de su discurso, y desde las primeras frases vió desarrollarse ante su imaginación en serie muy clara todas las ideas que habían de constituir la disertación. A cada palabra sentía presentarse la siguiente; pero sin atropellarse, con la calma de la verdadera inspiración que afluye al espíritu y no se precipita. La elocuencia muda de sus horas de silencio y soledad, salía por primera vez á su boca, sorprendiéndole á él mismo, que se oía con tanto gozo como podía oírle el público. Aquellas páginas no escritas, aquellas oraciones no emitidas por voz humana, salían á sus labios con tanta facilidad que parecían aprendidas de memoria desde largo tiempo. Sin darse cuenta de ello, dejó de ser retórico aquella vez. Su instinto de orador se alejó de aquel peligro, y expresándose á veces con demasiada sencillez, no ocurrió tampoco en el desaliño ni la vulgaridad. La espontánea brillantez de sus medios oratorios, la profunda entonación de verdad y sentimiento que daba á sus afirmaciones, la habilidad con que sabía explotar la pasión y la fantasía del auditorio, le ayudaron en aquella empresa, en la cual su ingenio apareció en altísimo lugar, grande, espontáneo, robusto de ideas y formas, como realmente era.

--¿Cómo queréis que haya libertad--decía,--si unos cuantos se erigen en sacerdotes exclusivos de ella, cuando ese gran sacerdocio á todos nos corresponde y no es patrimonio de ninguna clase? Pasó el monopolio de la riqueza, de la ilustración, del predominio y de la influencia, ¿Hemos de consentir ahora el monopolio de las ideas? _(Grandes aplausos.)_ Por este camino vamos á tener aquí una cosa parecida á las castas del Oriente. _(Risas.)_ Entre los millones de ciudadanos que pertenecen á la sagrada comunión del liberalismo, vemos surgir una casta privilegiada, que se cree única conservadora del orden, única cumplidora de las leyes, única apta para dirigir la opinión. ¿Hemos de consentir esto? ¿Hemos de ser siempre esclavos? ¿Esclavos ayer del despotismo de uno, esclavos hoy del orgullo de ciento? Mil veces peor es este absolutismo que el que hemos sacudido. Prefiero ver al tirano desenmascarado y franco, mostrando su torva, sanguinaria faz de demonio; prefiero la insolencia desnuda de un bárbaro abominable, abortado por el infierno, á la hipócrita crueldad, al despotismo encubierto y disfrazado de estos hombres que nos mandan y nos dirigen escudados con el nombre de liberales, haciendo leyes á su antojo, para después obligarnos con el respeto á la ley; seduciéndonos con el nombre de libertad para después ametrallarnos en nombre del orden; llamándose representantes de todos nosotros para después insultarnos en las Cortes llamándonos bandidos. _(Aplausos.)_ No puede durar mucho tiempo el imperio de la injusticia. Felizmente aún no han puesto mordazas en todas nuestras bocas; aún no han atado todas nuestras manos; aún podemos alzar un brazo para señalarles; aún tenemos alientos en nuestros pechos para poder decir: "ese." Están entre nosotros, les conocemos. Esta gran revolución no ha llegado á su augusto apogeo, no ha llegado al punto supremo de justicia: ha sido hasta ahora un paso tan sólo, el primer paso. ¿Nos detendremos con timidez asustados de nuestra propia obra? No: estamos en un intermedio horrible: la mitad de este camino de abrojos es el mayor de los peligros. Detenerse en esta mitad es caer, es peor que volver atrás, es peor que no haber empezado. Hay que optar entre los dos extremos: ó seguir adelante, ó maldecir la hora en que hemos nacido. _(Grandes y estrepitosos aplausos.)_

Lázaro notó, mientras pronunciaba estos párrafos, que entre las mil figuras del auditorio, y allá en lo obscuro de un rincón, había una cara en cuyos ojos brillaban el entusiasmo y la ansiedad. Las manos flacas y huesosas de aquel personaje aplaudían, resonando como dos piedras cóncavas. Le miraba sin cesar mientras hablaba, y á no encontrarse el orador muy poseído de su asunto y muy fuerte en su posición respecto al auditorio, se hubiera turbado sin remedio, dando al traste con el discurso. La persona que así le miraba y le aplaudía era su tío. Aquello era incomprensible, y el joven hubiera pensado mucho en semejante cosa, si las cariñosas y ardientes manifestaciones de que fué objeto no le distrajeran mucho tiempo después de concluido su discurso.

Otro habló después de él, y al fin, después de tantos discursos, el público empezó á desfilar. Alfonso y Cabanillas se fueron á la calle, llevados por los grandes grupos en que se descompuso aquella masa de gente. Agitada fué aquella noche en todo Madrid, y es positivo que la autoridad, ordinariamente bastante descuidada y débil, tomó algunas precauciones. En la _Fontana_ quedaban á la madrugada el Doctrino, Pinilla, Lobo, Lázaro y otros.

--¡Bien lo ha hecho usted!--le decía el Doctrino á Lázaro.--Yo me lo esperaba. Esta noche nuestro partido adquiere con la palabra de usted una fuerza terrible. Don Elías, puede usted estar orgulloso de su sobrino.

--Sí que lo estoy--dijo Coletilla sonriéndose como acostumbran hacerlo los chacales y las zorras, á quienes ha puesto la Naturaleza una contracción diabólica en el rostro.--Sí que lo estoy: no creí yo que fuera este chico tan listo, que, á saberlo, ya hubiera yo hecho lo posible para que....

Lázaro comenzó á ver obscuro en aquella intrusión de su tío en las sesiones de los exaltados. Cruzó por su imaginación una sospecha horrible. Cuando se marchó á la casa iba recordando la acusación que en la noche de su expulsión le habían dirigido en aquel mismo sitio; recordó el diálogo que con su tío había tenido en la cárcel; recordó todas sus palabras, expresión del más ciego fanatismo; y cuanto más meditaba y recordaba, menos podía explicarse que su tío permitiera el ser llamado _gran liberal_. Aunque algunas sospechas vagas le atormentaron, no vió el gran abismo en todo su horror y profundidad; no presagió el movimiento á que había dado impulso con su palabra, ni comprendió el ardid tenebroso, la colisión sangrienta que de las cabezas aturdidas de la _Fontana_ y de las voluntades agitadas de algunos jóvenes, hacía su arma mas terrible.

Pero al llegar á la casa esperaba á Lázaro una sorpresa que había de hacerle olvidar su discurso, á su tío y á la _Fontana_. Al entrar, ya cercano el día, encontró á doña Paz muy alborotada, á Salomé rondando la casa con luz, y á las dos tan coléricas y destempladas, que no pudo menos de reír á pesar del estado de su espíritu.

--¡Gracias á Dios que viene usted! Estamos solas--le dijo temblando la más vieja.

--¿Qué hay, señoras?

--Tememos que alguien se entre por esos tejados.

--¿Cómo, quién se va á atrever?

--¿No sabe usted lo que ha pasado, caballerito?--dijo Paz.--Esa Clarita.... ¡Qué horror, qué perversión!...

--¿Para cuándo es el patíbulo?--exclamó Salomé.--¡Un hombre, un hombre ha entrado aquí por esa niña, un seductor! ¡Y nosotras tan ciegas que la recogimos!

--¡Ay, mi Dios! ¡qué horrible atentado!

--¿Y cuándo entró ese hombre?--preguntó, comprendiendo que habían descubierto la entrada de Bozmediano.

--El domingo, aquella tarde que estuvimos en la procesión.

--Y ella, ¿dónde está?--preguntó el joven, creyendo que había llegado el momento de aclarar aquel asunto.

--¡Qué horror! ¿Y usted pregunta dónde está? ¡La hemos arrojado, la hemos echado!--dijo Paz, con expresión de venganzasatisfecha.--¿Habíamos de consentir aquí semejante monstruo?

--¡Qué degradación! ¡Y en esta casa!--exclamó Salomé, poniéndose ambas manos sobre la cara.--Señor, ¿qué expiación es esta? ¿Qué pecado hemos cometido?

--¿Y dónde está?

--¿Que dónde está? ¿Qué sé yo? La hemos arrojado.

--¿Pero dónde ha ido?

--¿Qué sé yo? Vaya á la calle, que es donde siempre ha debido estar. ¡Oh! Ella se habrá ido muy contenta por ahí.

--Si esa gente ha nacido por la calle--dijo Salomé, con un gesto de repugnancia.--¡Qué ignominia!

--¿Pero ustedes la han arrojado así...? ¿Dónde ha de ir la pobrecilla?--preguntó Lázaro, que, á pesar de su agravio, no podía ver con calma que se injuriara y se maltratara de aquel modo á un ser desvalido.

--¿Qué sé yo dónde ha ido? ¡Al infierno!--dijo María de la Paz riendo.

--Señor, ¿es posible que haya tanta infamia en el mundo? ¡Oh! Las ideas del día ...--murmuró Salomé, alzando las manos al cielo en actitud declamatoria.

Antes de decir lo que hizo Lázaro al encontrarse con tan estupenda novedad, contemos lo que pasó aquella noche en la vivienda de las tres damas. Coletilla había salido diciendo que no volvería hasta dentro de tres días, por tener que ocuparse fuera de cierto asunto; y ellas estaban comentando esta rara determinación, cuando aconteció un suceso que dió por resultado la expulsión definitiva de la huérfana.

CAPÍTULO XXXV

#El bonete del Nuncio.#

La sastrería clerical fué industria muy socorrida y floreciente en el siglo pasado. Había muchos clérigos, y además gran cosecha de abates, gente toda que vestía con primor y coquetería. Los que á tal industria se dedicaban obtuvieron pingües ganancias, y esto fué causa de que se dedicaran á explotarla muchos menestrales de ambos sexos, educados al principio en la sastrería profana. En el presente siglo la industria en cuestión estaba muy decaída, no sabemos si porque había menos clérigos ó porque había más sastres. En el quinto piso de la casa de Tócame Roque, situada en la calle de Belén, tenían su nido dos hermanas, sastras de ropas sagradas, que habían venido muy á menos. En sus mocedades habían cosido muchos manteos y sobrepellices para los canónigos de Toledo y para los clérigos de la corte; pero en la época de nuestra historia, por razones sociales que no es oportuno consignar, sólo consagraban su mísera existencia á remendar las verdinegras hopalandas de algún escolapio ó de algún teniente cura pobre y andrajoso. Hacían de peras á higos un bonete para un capellán de Palacio ó para el señor fiscal de la Rota, y nada más. Eran muy pobres, pero soportaban con paciencia la desgracia sin exhalar una queja. Sólo una de ellas decía de cuando en cuando con un suspiro, mientras revolvía los escasos trapos negros de su santa industria: "Ya no hay religión."

No tenían otro amigo que el abate don Gil Carrascosa, que, según ha llegado á nuestra noticia, tuvo en sus tiempos ciertos dimes y diretes con una de ellas. El las visitaba, les proporcionaba algún trabajo y solía darles algún rato de tertulia, contándoles las cosas de Madrid. Pero si las de Remolinos (que así se llamaban) no tenían más que un amigo, en cambio tenían un enemigo implacable, sanguinario, feroz. Este enemigo era otra sastra, que vivía pared por medio, y que, por la natural divergencia de opiniones entre los que se dedican á una misma industria, les había declarado guerra á muerte. Para martirizarla, además de sus improperios y apodos, tenía un gato, que creemos nacido expresamente para entrarse en el cuarto de las dos hermanas y hacer allí cuantas inconveniencias puede hacer el gato de un enemigo. Tenía además la doña Rosalía un amante _del comercio_, que la visitaba todas las noches, en compañía de una guitarra; y era este amante un ser creado de encargo por el infierno para cantar y tocar toda la noche en aquella casa y no dejar dormir á las dos sastras de ropas sagradas.

Doña Rosalía tenía más trabajo que sus vecinas las de Remolinos (ó las _Remolinas_, como generalmente las llamaban), y además hacía cuanto puede hacer una mujer envidiosa para quitarles á sus rivales el poco que tenían. Aconteció que un paje de la Nunciatura, feligrés antiguo de doña Rosalía, y muy admirador de su buen color, se atrevió á aspirar á no sabemos que honestas confianzas; picóse la dama, picóse más el paje, y al día siguiente, al traer el bonete del Nuncio para que le echaran un zurcido, en vez de dárselo á doña Rosalía se lo entregó á las dos hermanas.

Cuando doña Rosalía supo que el bonete de la Nunciatura estaba en manos de sus rivales, le pareció que había recibido la más grande ofensa: rompió relaciones con la Curia romana, dijo mil improperios al paje, encargó á su gato ciertas sucias comisiones cerca de las dos vecinas (comisiones que el animal cumplió con gran puntualidad), se acercó á la puerta de las dos infelices, y les dijo mil cosas estupendas, que hicieron proferir á la más vieja de las dos en su lamentación acostumbrada: "Ya no hay religión."

Pero Rosalía buscaba una venganza terrible. ¿Cómo? Mucho le asombró ver entrar al abate con un militar desconocido. La casa estaba dispuesta de tal modo, que acercándose á la puerta se oía cuanto en los cuartos inmediatos se hablaba. Todos sabemos los fines de la visita de Bozmediano á las de Remolinos. Doña Rosalía lo adivinó también, cuando, poniéndose en acecho, le vió pasar á la casa inmediata por una puerta condenada que daba al desván antiguo. Se calló y esperó. Comprendió la taimada que allí había aventura amorosa, y en esto supo hallar un medio feliz para su venganza. Vió entrar y salir á Bozmediano, y calculando que aquella entrada fraudulenta se repetiría, esperó á que se repitiera, para ir inmediatamente, y mientras el joven estuviera dentro, á la casa contigua á denunciar el hecho. El joven sería sorprendido, habría un gran escándalo, se harían averiguaciones, ella declararía por dónde habría entrado, y cátate á las Remolinas camino de la cárcel en castigo de su complicidad en aquel delito de escalamiento y abuso de confianza.

Esperó un día, dos, tres, hasta que viendo que la escena no se repetía, resolvió en su alto criterio denunciar el hecho de una vez á la familia interesada, no sea que, retardándolo, pudiera ser puesto en duda.

Pensado y hecho. Púsose un mantón, bajó, entró en casa de las Porreñas, tocó, le abrieron, y se encaró con la faz majestuosa de María de la Paz Jesús, que de muy mal talante le preguntó:

--¿Qué quiere usted?

--Venía á ver al amo de esta casa para decirle una cosa,--dijo Rosalía entrando.

--¡Qué irreverencia!--pensó María de la Paz, viéndola entrar de rondón.--Salomé, una luz.

Anochecía, y con la obscuridad no podía la dama ver claramente el rostro de la que la visitaba. Salomé trajo un quinqué á la sala, donde las dos se personaron.

--¿Qué se le ofrece á usted?--preguntó Paz, midiendo con una mirada el cuerpo de doña Rosalía.

--¿Quién es el amo de esta casa?

--Yo soy--dijo Paz un poco alarmada con el misterio que parecía envolver aquella inesperada visita.

--Pues vengo á decirla á usted ... ¿usted no sabe lo que pasa?

--¿Qué pasa?--dijo Salomé, creyendo que se hundía el techo.

--No se asuste usted, señora, porque al fin y al cabo, sabiéndolo, se puede evitar que vuelva á suceder.

--¡Por Dios, explíqueme usted, señora!--dijo Paz, en el tono de la impaciencia y la superioridad.

--Pues han de saber ustedes--dijo con misterio doña Rosalía,--que esta casa... Pues ... les diré á ustedes: yo vivo en la casa de al lado en el cuarto piso, y soy sastra, con perdón de ustedes, y coso toda la ropa de casa del señor Nuncio del Papa, y la del Patriarca de las Indias; coso á todo el arzobispado de Toledo, y á veces coso á la capilla de Palacio.

Esta relación de las altas jerarquías que servía la aguja de doña Rosalía, le dió cierta importancia á los ojos de María de la Paz Jesús.

--Yo vivo allá arriba y he visto... ¿Pero ustedes no han caído en ello?

--¿En qué?

--En ese hombre que ha entrado aquí.

--¿Qué hombre? ¿qué dice?--exclamaron á una las dos ruinas en el tono del que siente estallar un volcán.

--Pues yo venía á avisárselo á ustedes para que evitaran que otra vez pasara. Es el caso que en la buhardilla de la casa en que yo vivo hay una puertecilla que da á la buhardilla de esta casa.

La cara que pusieron las Porreñas no cabe en ninguna descripción.

--Sí--continuó la sastra--y un joven militar se metió una tarde por esa puerta de que hablo; se metió aquí... Yo me malicié, cuando le vi, que habla aquí alguna jovencita.

--Pero señora--dijo Paz, poniéndose en pie--¿está usted segura de lo que dice? ¡Un hombre ha entrado aquí ... aquí, en esta casa!

--Sí, señora: yo lo he observado. Se coló por el cuarto de unas vecinas ... amigas mías. Yo lo he visto.

--¿Cuándo? preguntó Salomé tomando aliento, porque ya el aliento le faltaba.

--El domingo por la tarde.

--¿A qué hora?

--A eso de las cinco.

--¡Cuando estábamos en la procesión! ¡Qué escándalo! Esa niña desvergonzada ... esa muchachuela.... Bien me lo sospechaba yo--dijo Paz, con las manos puestas en la cabeza y paseándose por la sala como una loca.

--¡Ay! no sirvo para estas cosas... ¡Yo me descompongo!--balbució Salomé, inclinándose sobre el sofá con muestras de experimentar un vahído.

--Pero, señoras, no se alarmen ustedes--dijo doña Rosalía, queriendo calmar á las dos damas.--¿Tienen ustedes alguna hija?

--No, señora: nosotras no tenemos ninguna, hija--contestó con mucho enfado María de la Paz:--es una mozuela, una loca que admitimos aquí por compasión, esperando que se corrigiera; pero ... ya me lo sospechaba yo. ¡Qué alhaja! ¿Ves lo que yo decía? Dios mío, ¿para qué admitimos aquí á semejante mujerzuela?

--Señora--manifestó Salomé, oprimiéndose el estómago y rehaciéndose de su vahído.--Cuente usted, aclare usted eso. ¡Ay! Es demasiado horrible. Nosotras no estamos acostumbradas á esas cosas, y tales hechos nos confunden; yo, sobre todo, no puedo soportar....

--Pues no lo duden ustedes. El joven se coló en la casa el domingo por la tarde, y estuvo aquí como una hora. Averígüenlo ustedes y verán cómo es cierto.

--Si parece increíble--dijo Paz, sentándose otra vez. Esta casa, esta honrada casa ... ¿Y cómo existe esa puerta? ¿Cómo es posible...?

--Existe de muy antiguo, sólo que estaba condenada. Si ustedes quieren verla pueden subir á la buhardilla, y examinando bien, la encontrarán.

--Pero él, ese monstruo, ¿por dónde pudo llegar?

--La tal puerta--continuó doña Rosalía--da al cuarto de unas costureras amigas mías. Las pobrecillas no cosen más que á sacristanes y curas de aldea¡ y cosen mal. Ellas quieren darse tono, y dicen que cosen á la catedral de Segovia; pero es mentira. No las crean ustedes.

--Y él, ¿entró por ese cuarto?

--Sí: es un militar, alto, buen mozo.

--¡Jesús, qué horror! Yo no puedo oír esto--exclamó Salomé, estirándose, con muestras de un segundo ataque. Les dió dinero á esas mujeres--continuó doña Rosalía--porque ellas están muy pobres: no ganan nada. Como lo hacen tan mal ... No cosen más que al teniente cura de San Martín.

--Es preciso tomar una determinación, Paz; una determinación pronta--dijo Salomé volviendo en sí.--Porque si no, la honra de la casa está comprometida.--Señora--añadió, volviéndose á doña Rosalía--no extrañe usted esta congoja; no estamos acostumbradas á golpes de esta clase. Nosotras, por nuestro nacimiento, nuestra educación y nuestra religiosidad, hemos estado siempre por encima de todas esas miserias. ¡Ay! nosotras hemos tenido la culpa por nuestra excesiva caridad. Figúrese usted que acogimos sin recelo á una víbora en nuestra casa, aunque teníamos malos informes de su conducta; la acogimos creyendo que se enmendaría. ¡Pero ya ve usted qué almas tan perversas! ¡Qué sociedad! ¡Qué siglo! Bien me lo figuraba yo, á pesar de lo que decía mi sobrina, que es una santa, y se empeñaba, guiada por su buen corazón, en que esa muchacha se iba á corregir. ¿Cómo puede corregirse un monstruo semejante? ¡Qué deshonra, qué vilipendio! ¡Ay! yo no sirvo para estos casos; me confundo, me descompongo y no puedo tomar ninguna determinación.

--Sí, hay que tomar una determinación--afirmó con mucho encono María de la Paz.--Si no, ¿qué va á ser de la honra de nuestra casa? Hay que poner inmediatamente á la puerta de la calle á esa mozuela, sin consultar á don Elías. El ha de aprobarlo; y sobre todo, aunque no lo apruebe. ¿Pues no se ha atrevido á decirnos esta mañana que su sobrino se enmendará? ¡Si está una viendo unos horrores! ... ¡Qué siglo, qué costumbres! ¡Hasta él...!

--Haz lo que quieras, Paz--dijo Salomé, afectando mansedumbre y cierta postración, que ella creía sentaba muy bien en su nervioso cuerpo.--Haz lo que quieras, sin reparar en lo que pueda opinar ese señor mayordomo, que él nada tiene que mandar aquí. Despide á esa muchacha; que se vaya con las de su calaña. ¡Oh! No quiero recordar lo que esta señora ha contado.

Hasta el perro, que no ladraba; el melancólico Batilo, estaba consternado. Habíase plantado frente á doña Rosalía, y miraba, con la atención de un can preocupado, el buen color de la costurera que había traído la desolación á aquella casa.

--Señora--dijo Paz con un poco de cortesía,--le agradecemos á usted el aviso que nos ha dado, mostrando, como es natural, su celo é interés por la honra de nuestra casa. Cuando despidamos á esa muchacha, nos mudaremos de aquí. ¡Ay, y yo que le había tomado cariño á este santo retiro! Aquí vivíamos tranquilamente y en paz, no con la comodidad que en nuestra antigua casa; pero, en fin, tranquilas y ... Señora, usted nos ha librado de la deshonra, porque ¿qué hubiera sido de nosotras, solas aquí y expuestas á las asechanzas alevosas de ese militar? ¡Oh! no lo quiero pensar.

--Es un militar joven, alto, buen mozo, y parece ser persona muy distinguida.

--¡Joven, buen mozo y de buen porte!--dijo Salomé disponiendo su cuerpo para el tercer paroxismo.

--¡Joven, buen mozo y de buen porte!--exclamó Paz en el colmo de la indignación.--¿Es esto creíble? ¡Qué circunstancias tan agravantes!

--¡No siga usted, por Dios!--dijo Salomé ya medio desmayada.

--No siga usted, que mi sobrina es muy impresionable y no puede oír ciertas cosas. Estamos acostumbradas....