La Fontana de Oro

Part 23

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--Sí: á la noche siguiente, fué una persona á casa de Feliú á preguntar por él, y le dijeron que no estaba. Quedóse por aquellos alrededores; pero no le vió entrar ni salir en toda la noche. Yo sospechaba que Toreno, Martínez de la Rosa, Valdés, Alavá y Bozmediano entraban en aquel cotarro, y después de las diez mandé á sus casas personas que preguntaran por ellos con cualquier pretexto: ninguno estaba. He sabido que Quintana, que va al Príncipe con frecuencia, ha salido antes de las diez; he sabido que Bozmediano y su hijo, que asistían á la tertulia del marqués de las Amarillas, se marchaban á eso de las diez los tres juntos. Esto se ha repetido varias noches.

--¿Y no se les sigue para saber dónde van?

--Sí; y se ha observado que cada uno entra en su casa: esto lo hacen para desorientar al que los sigue. Algunas noches se les ha visto dirigirse á otros sitios; pero nunca se ha notado que todos vayan á uno mismo. Pero ya lo averiguaremos, descuide usted.

--Pues si esa reunión es cierta--dijo el Doctrino,--es un _complot_ sin duda: ¡qué ocasión!

--¡Y quería usted dejarla pasar! Es preciso que esa gente aparezca á los ojos del pueblo como urdiendo un plan de golpe de Estado contra la Constitución. El pueblo es fácil de engañar.

--El pueblo creerá eso y todo lo que sea preciso.

--Vamos, ¿y qué ha hecho usted esta mañana?--preguntó Coletilla.--¿Ha hablado usted á los de _Lorencini_?

--Estamos de acuerdo.

--Y los _Comuneros_ ¿se deciden á marchar con ustedes?

--Ya vió usted lo que dijo el otro día el jefe de los exaltados allí. Estamos convenidos.

--Bien--dijo Elías.

--Grandes turbas de gente obedecen ciegamente nuestro mandato. Eso bueno tienen las ideas exaltadas: que es muy fácil llevar al pueblo al terreno de los hechos, incitándole con ellas. El pueblo se deja llevar, y le gusta que le lleven.

--¡Bendita la nación!--dijo Elías con una mirada igual á la del demonio cuando tentó á Jesús;--bendita la nación que tiene un pueblo tan impresionable y dócil, porque si bien puede extraviarse, puede también servir de instrumento para volver al buen camino, y luego con un sistema de represión el pueblo no volverá á ser impresionado por nadie.

Apenas había pronunciado Coletilla estos terribles aforismos, cuando se sintió ruido en la escalera. Eran algunos jóvenes socios del club naciente.

--Escóndase usted ahí--dijo el Doctrino á Coletilla. Estos no le han de ver.

Escondióse el realista en una alcoba inmediata, y entraron Alfonso Núñez, Cabanillas y otro que hasta hoy no conocemos, y era Juan Pinilla, gran orador de los _Comuneros_, apóstol de las ideas más disolventes y extravagantes. Estaba ya en autos con el Doctrino; ambos servían á Coletilla mediante respetables sumas y la promesa, solemnemente asegurada, de un destino en las Intendencias de Cuba ó Filipinas. Otros muchos entraban en el infame complot, y entre ellos una gran parte sin interés, guiados sólo por patriotismo mal entendido, por la ignorancia ó la ambición. Estos eran los más desdichados.

--¿Qué hay?--dijo Núñez.--¿Te has convencido ya de que esto no puede retardarse? Mañana será tarde. He tenido ocasión de ver cómo están los ánimos perfectamente preparados para nuestro objeto. Los ministros, los diputados de la fracción _sensata_, son detestados: la tempestad ruge sobre sus cabezas. Hay que hacerla estallar. Salvamos la libertad, ¿sí ó no?

--La salvamos--dijo el Doctrino.--Cuando contamos nuestras filas y vemos que la mayoría de España está con nosotros, ¿no hemos de tener confianza?

--Eso mismo digo yo--manifestó Aldama, que en presencia de Coletilla no hablaba nunca; pero sabía recobrar, cuando él no estaba, el uso de su muletilla.

--¿No ha venido Lázaro?--preguntó el Doctrino á Alfonso.

--No estaba en su casa. Tal vez venga más tarde.

--Esta noche vendrá Jorge Bessieres, el gran republicano francés--dijo Juan Pinilla, comunero y republicano.

Era Pinilla un hombre de gran talla, casi tan corpulento como el barbero Calleja, pero de más claridad en la mollera. Abogado sin pleitos, más por la violencia é informalidad de su carácter, que por falta de talento; era gran terrorista, y su mayor afán era desempeñar el papel de acusador el día en que la Junta de salud pública decretara el exterminio de una gran porción de ciudadanos, empezando por el Rey. Fernando estaba ya sentenciado en los papeles de Pinilla, con otros menos dignos que él de la guillotina. Poco después de este furibundo demagogo, otro personaje entró en escena.

--¿Quién será?--dijo el Doctrino sintiendo los pasos.--Apuesto á que es el mismo Lobo en persona.

Un hombre alto, flaco y vestido de negro entró en la habitación. Era don Julián Lobo, célebre republicano que después fué faccioso y uno de los más sanguinarios chacales del absolutismo. No es fácil decir si en la época en que lo presentamos era verdadero demagogo ó simplemente un absolutista disfrazado, como otros muchos. Lo cierto es que hacía alarde de las más exageradas opiniones, y sus discursos, pronunciados en _Lorencini_, eran elocuentes y fanáticos. Conspiró mucho con los liberales exaltados contra el gobierno Feliú, y después contra el gobierno de Martínez de la Rosa. Hay quien asegura que tomó parte en las primeras facciones con Misas y el Trapense, y es indudable que al fin de los tres años constitucionales se presentó descaradamente con una partida en Moncayo, donde hizo estragos. Entronizado de nuevo el absolutismo, se ordenó de mayores (ya lo era de menores antes de 1821); obtuvo el arcedianato de Ciudad-Rodrigo con asiento en el coro de Salamanca, y lo disfrutó muchos años.

--Señores--dijo con mucha solemnidad--albricias: la _Fontana_ es nuestra.

--¿Qué hay? Cuente usted--dijeron todos con gran interés.

--Que nos han dejado libre el campo. Los últimos que quedaban del partido _tibio_ se han marchado, viendo que la opinión se va tras nosotros. Anoche le han dado una silba horrible. Han acordado marcharse todos, y el amo del café, Grippini, ha venido á decirme que si queremos continuar nosotros las sesiones....

--¿Pues no hemos de continuar? Esta noche misma--dijo Alfonso con entusiasmo.

--Bien por la _Fontana_. La _Fontana_ es nuestra--gritó el Doctrino.

--Lo mismo ha pasado en _Lorencini_. Se han marchado esos señores con su _orden_ y su _cordura_.

--El campo en nuestro. Convocar á la gente para esta noche.

--¡Todo el mundo á la _Fontanal_!

--A la _Fontana_, á las diez.

En la sesión preparatoria de la _Fontanilla_ no ocurrió nada de notable. Los principales cabecillas del complot se dieron cita para una conferencia secreta que tendría lugar aquella noche en el salón interior de la _Fontana_, á las nueve, y se despidieron para retirarse, quedando allí Aldama y el Doctrino. Cuando se vieron solos, llamaron á Elías que apareció con cara de júbilo, la cual en aquel hombre era la cara más diabólica y repulsiva del mundo.

--¿Qué le parece á usted?--dijo el Doctrino.

--Bien, bien.

--Vamos á echar un trago--añadió el joven, tomando de manos de Aldama una botella que éste habla sacado, no sabemos de dónde, al desaparecer los compañeros.

--Yo no bebo, no--dijo Elías tomando la botella y echando vino en el vaso de los otros dos.--Yo no bebo.

--Esta noche en la _fontana._ ¿Va usted?

--Sí, iré... pues no--respondió Coletilla con mucha ironía.--Yo también soy liberal.

CAPÍTULO XXXIII

#Las arpías se ponen tristes#.

Mucho le asombró á Lázaro lo que pasó en la casa de la calle de Belén el día después de su excursión á la plazuela de Afligidos, que fué el día mismo de la sesión que hemos referido. Serían las tres de la tarde cuando entró su tío; las dos arpías se abalanzaron hacia él, y con la hiel propia de sus caracteres emponzoñados, le dijeron, disputándose á cuál hablaba primero:

--¡Ah, señor don Elías: no sabe usted lo incomodadas que nos tiene este mozalbete! ¿No sabe usted á qué hora entró anoche? ¿Lo creerá usted? ¡A las doce!... ¡Qué escándalo! ¡En una casa como ésta, en una casa de paz, de decoro, de virtudes! A las doce entró este caballerito, que sin duda pasó la noche en alguno de esos _clubes_, como dicen, alborotando y aprendiendo todas esas herejías que andan ahora por ahí. ¿Qué le parece á usted? ¿Pero no se irrita usted, señor don Elías? Y lo peor es que entró haciendo un ruido con esos taconazos ... y dando unas voces.... Porque como está Paulita tan mala, es el caso que se alteró con el ruido y quiso salirse de la cama. ¡Ay qué hombre! Crea usted que ya nos tiene consumidas su sobrinito, señor don Elías, y es preciso que tome usted una determinación, porque esta casa ... ya ve usted ... esta casa....

Todo lo dijo casi en su totalidad Paz, aunque á Salomé pertenecieron algunas palabras. Pero viendo las dos que la filípica no hacía efecto ninguno en Coletilla (y esto era lo que asombraba á Lázaro), tomó la palabra Salomé sola para decir:

--¿Y no sabe usted que este ... joven es de los más mal educados que he visto? Pues el otro día estuvimos en casa de don Silvestre Entrambasaguas, y se portó tan groseramente que nos dió vergüenza de ir en su compañía. Luego por la calle andaba con unas carreras... En fin, si usted no se decide á sacarlo de los _clubes_....

(Advertimos, para que el lector no extrañe la singularidad de este plural, que la dama, para explicarla, aseguraba que no decía _clubs_, por lo mismo que no decía _candils ni fusils_, en lo cual no andaba del todo descaminada.)

Lázaro sintió impulsos de agarrar por el moño á uno y otro basilisco, y dar allí un ejemplo del vejamen que podía sufrir la aristocracia histórica en la ilustre familia de los Porreños, pero su indignación se calmó al observar que su tío, lejos de escuchar con ira aquellas acusaciones, se sonrió, y pasándole la mano por el hombro casi cariñosamente, si es permitido usar esta palabra, dijo:

No se incomoden ustedes por tan poca cosa. Si llegó tarde, fué sin duda porque tuvo alguna ocupación: eso no tiene nada de particular. Lázaro se porta bien: yo se lo aseguro á ustedes.

--¡Jesús, señor don Elías!--exclamó Salomé como si oyera una obscenidad.--¡Jesús, señor don Elías: yo esperaba de usted algún miramiento para con nosotras!

--Pero, señoras, digo tan sólo que si mi sobrino llegó tarde, fué porque tuvo algo que hacer.

--No esperaba yo de usted semejantes palabras--indicó Paz, poniendo los ojos, la boca y la nariz en la misma disposición compungida que si fuera á llorar.

--No sé en qué podemos nosotras haber faltado--observó Salomé, poniéndose verde y haciendo también un gran esfuerzo para hacer creer que si no lloraba era por no faltar á las conveniencias sociales.--No sé en qué podemos nosotras haber faltado para que usted nos diga eso. --Como está una en desgracia...--murmuró Paz bajando la cara para que se creyera que devoraba una humillación.

--Pero, señoras--dijo Coletilla con mucha seriedad,--yo no he agraviado á ustedes; he disculpado á mi sobrino solamente....

--Como está una en desgracia...--añadió la dama continuando la queja interrumpida,--ya no se nos guardan ciertas consideraciones, y se nos desmiente cuando afirmamos una cosa.

--¡Yo, señoras mías!--balbució Elías.--En otro tiempo--dijo Salomé, respirando fuerte y acumulando en la mirada todo el desdén de su carácter,--en otro tiempo no pasaba así. Cada persona se mantenía en su lugar, y el que estaba obligado á acatarnos, no llegaba nunca hasta nosotros sino con el mayor respeto y cortesía. Hoy todo ha cambiado.

--¡Hoy todo ha cambiado! ¡Cómo ha de ser!--exclamó Paz, que después de incalculables esfuerzos consiguió su objeto, el cual consistía en que una lagrimita rodara por sus mejillas atomatadas.

--Adiós, señor don Elías--dijo Salomé, hecha un veneno porque el realista no se arrodilló á sus plantas como esperaba.

--Adiós, señor don Elías--repitió Paz, viendo que su lagrimita no ablandaba el duro corazón del antiguo mayordomo.

--Pero vengan ustedes acá, señoras.... Las dos volvieron rápidamente.

--Yo estoy confuso; no sé por qué toman ustedes ese tono. No sé en qué puedo haberlas ofendido. ¿Qué he dicho?

--Ha dicho usted lo que no quiero recordar--dijo Paz, limpiándose la consabida.

--Ha dicho usted que su sobrino se enmendará. ¡Oh! no puedo creer que usted...--exclamó Salomé.--Adiós, señor don Elías.--Adiós, señor don Elías. Se fueron. El fanático volvió pronto de su estupor, y después, dando poca importancia á aquel asunto, se dirigió á su sobrino y dijo:

--Vamos, Lázaro: esta noche se reúnen tus amigos en la _Fontana_. Hay gran sesión: no faltes. Yo no me opongo á que cada cual manifieste sus opiniones; tú tienes las tuyas: yo las respeto. Sé que tienes talento y quiero que te conozcan. Ve á la _Fontana_, ve esta noche.

Lázaro se quedó absorto, y apenas creía que lo dijera aquello el hombre intransigente que tantas recriminaciones le había hecho por sus ideas liberales; pero acostumbrado ya á las cosas raras é inverosímiles, no se preocupó mucho.

Llegó la hora de comer, y la santa ceremonia del pan de cada día fué tan silenciosa, que aquella casa parecía de duelo. Baste decir que á Salomé se le olvidó pasarle los garbanzos á Lázaro, y que este, por no dar lugar á un nuevo conflicto, ni los pidió ni los tomó. Tampoco en la ración del realista estuvo muy pródiga doña Paz, pues se le olvidó ponerle carne, en lo cual aquel grande hombre, que sólo vivía de espíritu, no hizo alto. La otra vieja hizo cuanto en ser humano cabe para dar á entender que no tenía apetito; pero de todos los medios que se conocen para probar tal cosa, dejó de emplear el mejor, que es no comer. A tanto no llegaron sus esfuerzos. Paz dió algunos suspiros entre bocado y bocado. El único suceso importante que turbó la calma de aquella comida melancólica y callada, fué una ligera disputa suscitada entre las dos arpías, porque Salomé decía que el estofado se quemó por culpa de Paz, y ésta aseguraba lo contrario. Al concluir, Elías dió tregua á sus meditaciones para preguntar:

--Pero ¿no está mejor doña Paulita? ¡Bah! supongo que no será nada.

Salomé se apresuró á llevar á la boca una uva, que tenía entre sus delicados dedos, para poder decir:

--¿Que no será nada? Crea usted que está bastante grave.

Al decir esto, los movimientos de la delgada piel y los huesos angulosos de su gaznate indicaron que la uva había pasado.

--¿Pero es cosa de gravedad?--dijo Elías.

--¿Qué, tanto le interesa á usted?--preguntó con mucha hinchazón María de la Paz, que sentía renacer en sí todas las fuerzas de su antigua habilidosa elocuencia de salón.

--¿Pues no me ha de interesar?--dijo Elías sintiendo herido su amor propio de mayordomo.--Pero voy, si ustedes me permiten, á verla.

--No puede usted ahora, porque está durmiendo.

--La va usted á molestar.

Las dos se sonrieron satisfechas de la humillación que creían arrojar sobre Elías, retirándole momentáneamente su confianza.

--Pues si no puede ser, me retiro.

--Vaya usted con Dios.

--Si se ofrece algo, señoras ...--dijo el realista.

Y contra lo que ellas esperaban, el realista se marchó, dejándolas muy contrariadas.

--¡Ay!--exclamó Salomé,--¿será posible?

--¿Qué?--dijo Paz alarmada.

--Que las ideas del día hayan también....

--¿Será posible?...

--¡También él!...

El ámbito del comedor resonó con la vibración de dos suspiros que eran dos poemas. Pero ningún suceso grave resultó de aquel singular estado de sus caracteres, á no ser que quiera considerarse como tal el gran puntapié que se llevó el perrito Batilo sin motivo serio que lo explicara.

CAPÍTULO XXXIV

#El complot.--Triunfo de Lázaro.#

Lázaro no pudo tampoco aquel día encontrar á Bozmediano. Su deseo de hablarle, de pedirle cuenta de su infamia, de demostrarle la lealtad de su conducta y de castigarle sin lástima ninguna, aumentaba á cada hora. Buscóle con afán, porque ciertos agravios dan una paciencia y una tenacidad que las más grandes empresas inspiran rara vez al hombre.

En la casa le decían constantemente que no estaba; paseaba de largo á largo la calle sin verle aparecer; llegó la noche, y á eso de las diez vió salir á las mismas tres personas de la noche anterior. Eran ellos. Bozmediano, padre é hijo, y el otro militar salieron por una puerta que se abría á un callejón obscuro, y se encaminaron á la plazuela de Afligidos, dando un gran rodeo. Apostóse el joven Otra vez detrás de la esquina de la calle de las Negras, y les vió entrar en la propia casa. Al poco rato entró otra persona, después tres, después dos; en fin, los mismos de la noche anterior. Reflexionando entonces Lázaro que su grande objeto, hablar y confundir á Bozmediano, no lo podía conseguir, viendo entrar desconocidos en una casa desconocida, se retiró, dirigiéndose á la _Fontana_ para asistir á la gran sesión de que su tío le había hablado.

Desde el anochecer estaban en el café de la Carrera de San Jerónimo el Doctrino, Pinilla, Aldama y otros dos individuos de los que más trato tenían con el bolsillo del intendente revolucionario Elías Orejón.

--No hay otro medio mejor que el que Coletilla nos ha propuesto--decía el Doctrino.--Indudablemente ese zorro tiene talento.

--Pero es preciso tomar antes buenas medidas--indicó Pinilla--porque esos golpes, si salen mal, son terribles.... Escojamos buena gente, y que todos nos sigan y vayan al mismo objeto sin decir nada hasta no estar sobre ellos. Que sólo sepan la verdad del objeto treinta ó cuarenta hombres probados.

--Eso ha de ser así: yo respondo de ello.--Ellos también parece que ven venir la lucha y se preparan para la defensa. Hoy lo dijo Toreno en las Cortes--observó Pinilla.--Pero les va á ser difícil escapar. El pueblo está irritado contra ellos; el pueblo quiere libertad, y ha de atropellar á los que intentan no permitirle llegar hasta el fin.

--La gran dificultad consiste en no poderles coger reunidos en un solo punto. Lo bueno sería invadir el Congreso; pero el de la casa grande no quiere tal cosa. Hay que ir cazándoles guarida por guarida, y esto hace más difícil y complicado el asunto... Pero concretemos. En resumen, ¿qué es lo que se debe hacer?

--La cuestión es muy sencilla--dijo el Doctrino, echándose atrás el sombrero y bajando la voz.--Todo se reduce á lo siguiente: Hay un partido, unos cuantos hombres que se llaman liberales sensatos, que predican el orden y el respeto á las leyes. Todo esto es muy bueno. Pero el pueblo ha cobrado gran odio á esa gente, que es, según cree el Rey, el apoyo de la Constitución. El pueblo ha llegado tras largas sugestiones á desear vivamente, con razón ó sin ella, la ... desaparición de esos hombres. Bien: conduzcamos al pueblo al logro de su deseo. El pueblo lo quiere, cúmplase la voluntad nacional. Después de estas irrisorias y diabólicas palabras, el Doctrino se detuvo para leer el efecto de su exposición en las caras de los oyentes.

--Bien--continuó:--hay veinte ó treinta hombres señalados ya en la opinión como víctimas.

--¿Cómo víctimas?--interrumpió Pinilla.

--Sí, ha de haber un atropello. Hasta dónde llegará este atropello, es lo que no puedo decir á ustedes. Ya sabemos lo que es este pueblo.

--¿Pero ese atropello parará en una matanza?--preguntó uno de los dos desconocidos.

--Eso es lo que no sé. Atropello ha de haber. Las personas que lo han de sufrir están aquí apuntadas en mi cartera. No son sólo los ministros.

--Y después, ¿qué pasará?--dijo el otro.--Verificado el hecho (y supongo que llegue al último extremo, á un sacrificio horrible), ¿qué tendremos? Se apoderará del poder el partido exaltado; tendremos un período de dictadura, de terror y represalias espantosas. ¿A donde iremos á parar? A la anarquía más horrible.

--No importa--dijo el Doctrino.--El Rey cuenta con eso, y lo desea. De esa anarquía ha de salir triunfante un absolutismo, que es su objeto. Y lo conseguirá; eso es indudable.--¿Y contra quiénes se dirige el motín?

--Contra muchos: ya conocéis quiénes son. Los políticos que se llaman de talla, los que guían la marcha de las Cortes, los influyentes. No se olvidará al presuntuoso Argüelles ni al célebre, más que célebre, Calatrava.

--Hombre, sentiría que se escapara el bueno del consejero Bozmediano, que tuvo la desfachatez de decir en las Cortes que si el Gobierno no tenía á raya á los exaltados, peligraba la libertad y la Patria.

--¿Cómo se había de escapar ese pez? Ese es de los primeros. Pues si es el que inspira al Gobierno... ¿Quién clama todos los días porque se cierren los clubs? El. ¿Quién es el autor de aquellos decretos sobre imprenta? El. ¿Quién indujo al Gobierno á la destitución de Riego? El.

--¡Pues no digo nada de su hijito el señor don Claudio Bozmediano, que al principio era socio de la _Fontanal_ dijo uno de los desconocidos.

--¡Oh!--exclamó vivamente el señor Pinilla, como si sintiera una herida en el corazón.--¿Ese perro habla de escapar? Le odio, le detesto, no le tendría compasión aunque le viera asado en parrillas. Sólo por acabar con ese condenado, entraría yo en la conspiración.

--¿Pues que te ha pasado con él?--le preguntaron.

--¿Qué me ha pasado?--dijo Pinilla, lívido de cólera. Hace algún tiempo iba ese señor á _Lorencini_. Una noche hablaba yo en contra del absolutismo y de los frailes: todos me aplaudían, y él también. Después dije no sé qué cosa contra los militares: el calló; pero al concluir mi discurso, vino á hablar conmigo y me expresó con algunas palabras su disgusto. Yo no esperé más: hacía tiempo que me cargaba aquel hombre, le tenía ojeriza sin saber por qué; le dije que me importaba poco su opinión. Me contestó, le contesté yo más fuerte, hasta que al fin, de palabra en palabra, le dije cierta cosa, sabida de todo el mundo, respecto á su madre, que fué muy levantada de cascos. El no esperó más, y de repente ... no lo puedo contar, porque se me sube toda la sangre al rostro. El puso su pesada mano en mi cara, y la imprimió con tal fuerza, que desde entonces la siento siempre aquí ... aquí ... quemándome como un hierro candente. Reñimos: él es mucho más fuerte que yo, y me venció. Después nos desafiamos, y me hirió; he vuelto á tener otro altercado con él, y me volvió á ... En fin, le odio de muerte. Uno de los dos tiene que destruir al otro: no hay remedio.

--Pues no escapará, ni su padre tampoco.

--Lo mismo digo yo--exclamó Aldama, que estaba muy pesaroso porque el amo del café no le había querido fiar una botella de Málaga.

--Chitón, que viene alguien. ¿Quién es? ¡Ah! Lázaro Lázaro entró y saludó á su amigo.

--Buenas noches, buena pieza--le dijo el Doctrino.--Ya estamos otra vez en la _Fontana_; ya somos dueños del club, de nuestro club; ya se fué aquella horda de necios. Esta noche hablará usted y será aplaudido. Sabrán apreciar lo que usted vale.

--¡Ah! yo no hablo más--replicó Lázaro con cierta amargura, porque se había llegado á convencer de que no había nacido para la tribuna.

--Mire usted--dijo Pinilla al Doctrino, continuando la conversación interrumpida,--ese Bozmediano es además un hombre inmoral, de detestable conducta; un libertino, como lo fué su padre, escándalo de la corte de Carlos III.

Lázaro prestó mucha atención.

--No se ocupa más que en seducir muchachas. ¡Cuántas familias son hoy desgraciadas á causa de sus hazañas! ¡Oh! los bandidos de esta clase deben ser quitados de entre los hombres.

--Hablan ustedes de una persona que me ocupa mucho en estos momentos--dijo Lázaro.--¿Usted le conoce? ¿Usted sabe cuáles son los hábitos de ese malvado?

--¿Pues no lo he de saber?--manifestó Pinilla.

--Yo le he buscado ayer--dijo Lázaro;--le he buscado hoy sin poderle encontrar, porque tengo que ajustar ciertas cuentas con él. Yo le encontraré aunque tenga que andar toda la tierra.

--Cuidado, joven, que ese maldecido maneja bien las armas. Tiene una mano admirable.

--No me importa: ya nos arreglaremos.

--¿Y le ha buscado usted?

--Si: no le he podido encontrar; es decir, sí le he encontrado, le he visto; pero no en disposición de hablar con él. Iba con dos más, al parecer á una reunión secreta, á que concurrían otros hombres, que aparecían sucesivamente y entraban en una casa.