Part 19
--Ya se ha destruido bastante--indicó Lázaro:--hagamos lo posible por llevar aunque no sea más que una piedra cada uno al gran edificio que se ha de levantar.
--Nada de eso: sin destruir es inútil pensar en edificar. Debemos señalar al pueblo cuáles son sus enemigos, sus enemigos de siempre--dijo el Doctrino.
--Pues eso es lo que yo decía--afirmó Aldama, decidiéndose, después de grandes vacilaciones, á probar el contenido de la botella.
--Digo lo mismo--repitió Cabanillas.--Hoy estamos peor que antes: no hay otra diferencia sino algunas palabras más en nuestras bocas. Los ministros hablan de libertad, los diputados hablan de libertad, los de los clubs hablan de libertad; pero la libertad no se ve, no existe: es una farsa. Digo, señores, que prefiero á esta farsa los frailes de antes y el rey absoluto de antes.
--¿Pues eso qué duda tiene?--dijo Núñez.--No hemos conquistado más que unas cuantas fórmulas. ¿Y de eso quién tiene la culpa sino los liberales, que nos hablan del orden y vuelta con el orden?...
--¡Eso mismo decía yo!--exclamó el Curro, probando de nuevo la botella, que sin duda le había gustado.
--Enseñar al pueblo á pedir justicia; y si no se la dan, á hacerse justicia por sí mismo es lo que conviene--dijo el Doctrino.
--¡Cuánto han hablado esos hipócritas del hecho del cura de Tamajón, acusando al pueblo de que se hacía justicia por sí solo! ¿Pues qué había de hacer el pueblo, si veía que el Gobierno permitía la conspiración constante del Palacio real, y encarcelaba á los buenos liberales porque cantaban el _Trágala?_
--Es claro: lo que quieren es engañar al pueblo, infundirle miedo con su orden, y siempre con su orden....
--Mientras vivan ciertos hombres--dijo el Doctrino sombríamente,--nada adelantaremos. No conviene ahora decir quiénes son esos hombres que deban desaparecer; pero á su tiempo se nombrarán.
El Doctrino tenía algo de lúgubre, hablaba poco, y siempre con una lentitud melancólica que anunciaba en él pensamientos ocultos y un frío y siniestro cálculo que no quería dejar traslucir.
--Eso mismo digo yo--repitió Aldama, que estaba resuelto á no desairar la botella mientras tuviera dentro alguna cosa.
--Pues lo primero, señores--dijo Alfonso,--es constituirnos de cualquier modo que sea. Veremos si se encuentra un buen local donde podamos reunimos en mayor número.
--Nos reuniremos al aire libre si es preciso. Lo que nos importa es buscar gente, y de eso yo respondo. Pasado mañana nos congregaremos aquí, y yo traeré dos ó tres amigos, que es como si trajera medio Madrid. ¡Verán ustedes qué mozos!
--Pues bien, hasta pasado mañana, tú vendrás, Lázaro--dijo Alfonso.--Yo mismo iré á buscarte. Quiero que no te desanimes ni te aburras. El porvenir es para nosotros, chico. Hay que hacerse lugar, porque esto está perdido. Las ideas van en baja, y fuerza es que la juventud sea lo que debe ser: la iniciadora y la reveladora de los grandes principios.
--Vendré--dijo Lázaro con poca determinación. Levantáronse Alfonso y Cabanillas, y se despidieron.
Lázaro hizo lo mismo, y los tres se marcharon. El Doctrino y el Curro quedaban allí. No es aventurado conjeturar que, al quedarse solos, la botella, á que tanta afición había mostrado Aldama, estaba completamente vacía.
Cuando se vieron solos y sintieron bajar la escalera á los otros, el de la botella dijo:
--¿Cuánto te ha dado ayer el tío Coletilla?
--Mira--dijo el otro sacando cuatro onzas y algunos doblones de un bolsillo grasiento.
--¡Ah, marrajo!--exclamó Aldama, mirando con brillantes y ávidos ojos el oro:--dame siquiera una. Debo cuatro meses de casa y más de seis duros de prestado.
--Poco á poco: no hay que despilfarrar el tesoro del Rey--dijo el Doctrino, guardándose majestuosamente en el bolsillo el erario revolucionario.
--Vamos, Doctrinillo, dámela. Ya sabes que tengo apalabrado á Perico Tinieblas, el del Portillo de Gilimón, que es hombre pintado para estas cosas. Y lo que es en la Plaza de la Cebada, no hay chalán que no sea capaz de comerse al Gobierno á una orden mía.
--No: las cosas han da ir en regla. No puedo pagar sino á su tiempo: tengo esa orden. Pero no tengas cuidado, que cuando esta asamblea principie á dar frutos...
--Dime: ¿y Alfonso Núñez, está en autos?...
--No, no sospecha nada. Es un inocente y un visionario. Es de los que se dejan matar por las ideas. Estos son los hombres que nos hacen falta: muchachos de talento y de buena fe que hablen al pueblo y le llenen de agitación.
--¿Y ese otro bobalicón que hemos ido á buscar hoy?
--Ese es chico listo también, pero de una inocencia angelical. Tenemos muchos de éstos que son los que han de hacer la mejor parte sin costar nada. Cabanillas vale; pero ese no es tan barato: está el pobre muy mal, y hay que favorecerle. Ayer le encontré llorando en la casa; me dió mucha lástima. El trabaja con repugnancia en nuestro asunto; pero no tiene otro remedio, porque está sin un cuarto.
--Pues mira que yo estoy también....
--Verás qué bien va á salir esto--dijo el Doctrino bajando la voz.--Y para entonces ya podemos contar con fondos. Los tiempos están malos, Carrillo; y si uno no se agarra á los buenos faldones...
--Eso mismo digo yo. Pero ¿me das ó no esa oncilla?
--Espérate á pasado mañana. Tengo orden de no repartir todavía.
El Curro y el Doctrino bajaron después de haberse despedido desde la puerta y á gritos del poeta clásico.
La _Fontana de Oro_ sirvió al Rey y á la reacción más que los frailes y los facciosos, porque en ella había un cáncer que en vano trataban de cortar algunos hombres prudentes, expulsando á quien no era culpable. El cáncer de la venalidad continuó corrompiendo aquella asamblea, que no tenía un rival, sino una sucursal en la _Fontanilla_.
CAPÍTULO XXVII
#Se queda sola#.
Cuando Lázaro volvió á su casa, tembló en presencia de Coletilla. Pero bien pronto su terror se trocó en sorpresa al ver que, lejos de mostrarse indignado el viejo por haberle visto en compañía de los frenéticos de la _Fontana_, estaba un poco menos adusto que de ordinario, y hasta llegó á manifestar cierta benevolencia, que era en él cosa muy rara.
Aquella noche y á la mañana siguiente volvió Lázaro á intentar la difícil empresa de ver á Clara. Era cosa imposible, porque el sistema de clausura empleado en la joven por sus tres carceleras, por aquel Cerbero femenino de tres cabezas y tres cuerpos, era inexorable. Clara vivía peor que un cenobita, peor que esos prisioneros de que hablan las historias antiguas, sepultados en vida, cuerpos vivos para el dolor y los horrores de la soledad. ¡Dios tenga piedad de esta infeliz!
Pero si Lázaro no podía verla, el abate Carrascosa pudo aquel día, con permiso de la devota, entrar á enterarse de la salud de _su señora doña Clarita_; y al hallarse con ella, sacó un papel del bolsillo, y haciéndole señas de que callase, se lo dió á la joven furtivamente. Sin decirle una palabra, salió.
Clara se puso como la grana; su primer pensamiento fué romper la carta; pero le ocurrió que podía ser de Lázaro. Tal vez el pobre muchacho se había decidido á escribirle, no pudiendo verla, y se valió del abate, que era sin duda su amigo. Guardó en el seno la carta, y esperó.
La devota no tardó en venir, y se sentó junto á ella.
--¿No sabe usted--dijo--que vamos esta tarde á la procesión del Divino Pastor?
--¿Sí?--contestó Clara maquinalmente.
--Sí; pero usted no va. Han resuelto que se quede usted aquí, porque las jóvenes que están en penitencia no deben salir nunca de casa. ¿No piensa usted lo mismo?
--Lo mismo--dijo Clara, temblando por miedo de que le conocieran en el semblante que tenía una carta escondida.
--Vamos al balcón do una amiga nuestra, desde donde se ve todo perfectamente. Estará muy vistoso. De San Antón salen tres imágenes, y dicen que es también muy probable que salga el Cristo de las Llagas de la capilla de Santa María del Arco. Todo esto pasa por la calle de San Mateo, á donde vamos nosotras.
No dijo más. Ya estaba arreglada para salir. Su vestido era el de las grandes solemnidades, el mismo de otras veces; pero ¡cosa singular! su toca estaba plegada en la frente con cierta presunción de monja novicia, presunción que no carecía de gracia. Su mantón, cuyo velo impenetrable le cubría otras veces completamente el rostro, aparecía ahora echado hacia atrás con una franqueza que el rígido dominico de la antigua casa de los Porreños habría calificado de desenvoltura.
Si Clara hubiera estado menos preocupada en aquel momento y tenido un carácter más observador, sin duda se habría de admirar al ver á doña Paulita afectada de distracciones intermitentes; habría notado que se sonreía con frecuencia, moviéndose sin cesar; que después se ponía muy triste, permaneciendo quieta y como abstraída; que luego le daba una especie de acceso de despecho, crispaba los nervios y cerraba los ojos, erguía el cuello y parecía atenta á ruidos lejanos, no escuchados de otro alguno. Aún hay más: si Clara no hubiera tenido el rostro tan inclinado sobre la costura como de ordinario, habría reparado que la devota se levantó, y acercándose á un pequeño espejo de cristal de roca (obra admirable del siglo XVII, adquirido en Venecia por el undécimo Porreño), se estuvo mirando por espacio de tres minutos con singular atención. Hay pruebas irrecusables de que jamás en ningún tiempo había reflejado la histórica superficie de aquel espejo la faz de la dama. También sabemos que aquella no era la primera vez que se miraba; que la noche anterior y el día anterior se había mirado también, observándose, sobre todo por la noche, con gusto y calma. Es indudable que medio cerró los ojos para verse no sabemos con qué grado de luz, y que recogió después los labios, mostrando á la curiosidad insaciable del cristal lisonjero las dos blancas y nacaradas filas de sus hermosos dientes. Este fenómeno nos ha obligado á trabajar mucho para descifrar ciertos misterios, cuyo conocimiento es necesario para la continuación de esta historia.
En el otro cuarto, María de la Paz y Salomé habían exhumado de las profanas gavetas unas vetustas vestiduras de seda valenciana, que habían sido en mejores tiempos elegante ornato de sus personas. Suspendieron en sus cabezas sobre solidísimas peinetas la mantilla negra de pesados encajes, y Paz abrió una pequeña caja de cartón en figura de ataúd, que aun conservaba el perfume fiambre de las guanterías de 1790, y de esta caja sacó un abanico de doscientas varillas que, al desplegarse como la cola de un pavo real, hacía más ruido que una perdigonada. Salomé se colgó en la muñeca de la mano izquierda un ridículo, donde puso, además de sus espejuelos, un frasquito de esencia y otras baratijas.
--¿Y dejamos aquí á ese joven?--dijo Paz, mirando á su hermana con estupor.
--¿Cómo? No es posible--contestó la del ridículo con espanto.--Si queda Clarita en casa....
--¡Qué horror! Hay que llevar con nosotras á ese joven....--Pero ¿qué dirán?...
En esto entró la devota. Elías andaba por allí cerca.
--¡Qué dirán si llevamos con nosotras á ese joven!...--continuó Paz.
--¿A ese joven? ...--repitió Paulita.
--Sí: ¿qué dirán? ¡Jesús!--exclamó Salomé.
--Nada dirán--manifestó la devota, mirando para otro lado.--Es un servidor, un caballero que nos acompaña. Y, sobre todo, el mal está en las intenciones, no en las apariencias. ¿Qué pueden decir? Nosotras, es verdad que no necesitamos caballeros; pero no es indecoroso que ese joven nos acompañe. ¡Oh! No atendamos tanto á las preocupaciones del mundo.
--Pero si á ese joven le conocen por libertino--dijo Paz--y le ven con nosotras....
Ante este argumento vaciló un momento la mujer mística, y casi no supo qué contestar. Pero no era persona que se dejaba vencer fácilmente en una disputa, y tomando fuerzas, prosiguió:
--¡Oh fragilidad de las cosas mundanas!...No temamos al qué dirán. Sobre todo, yo no creo que ese hombre sea un libertino. (Elías había entrado, y escuchaba con mucha atención á la devota.) Tiene buen corazón, y si ha cometido algún error es por falta de experiencia y de guía. Pero yo le he comprendido bien, y sé que se enmendará, si ya no se ha enmendado, y está derramando lágrimas ocultamente por sus yerros pasados. Que venga.
Elías no la dejó concluir. Arrebatado de entusiasmo, alzó los brazos y gritó:
--¡Lázaro, Lázaro!
Antes que Lázaro llegara, el realista se lanzó fuera, y le trajo ó, más bien, le arrastró.
--Arrodíllate ahí--le dijo con voz fuerte, presentándolo ante la devota.--Arrodíllate delante de esa santa. Ha dicho que tienes buen corazón.
Lázaro estaba perplejo, las dos viejas absortas, la devota satisfecha y Elías entusiasmado. Que quieras, que no, el joven tuvo que hincarse.
--Híncate, hombre, híncate--dijo el tío.--Ahora bésale la mano.
Lázaro, que sin darse cuenta obedecía las órdenes violentas de su tío, besó respetuosamente la mano de la santa, y la tuvo estrechada un momento entre las suyas.
--Prostérnate ante la virtud--decía Elías;--tú, pecador indigno de ser perdonado. Ha dicho que tenías buen corazón. No, señoras: no lo tiene.
Doña Paulita hizo esfuerzos heroicos para aparecer con cierta dignidad arquiepiscopal en el momento en que Lázaro le besaba la mano, arrodillado ante ella; pero su decoro de santa fué vencido por lo mucho que empezaba á tener de mujer. Cuando sintió los labios del joven posados sobre la piel de su mano, tembló toda, se puso pálida y roja con intermitencias casi instantáneas, y una corriente de calor ardientísimo y una ráfaga de frío nervioso circularon alternativamente por su santo cuerpo, no acostumbrado al contacto de labios humanos.
Después de una pausa, principió á recobrar su aplomo y dijo:
--¡Qué locura! ¡Santa yo! Levántese usted, caballerito (no se atrevió á decir _joven_.) No he dicho más sino que confío en que tendrá buen juicio y se enmendará.
--¿Pues no ha dicho que te perdona las faltas que has cometido? ¡Qué virtud! ¡Qué heroísmo cristiano!--exclamó Elías.--¿No te anonadas? Pero, hombre, levántate: ¿qué haces ahí de rodillas?
El joven se levantó, mientras Paz ponía fin á esta vehemente y conmovedora escena, diciendo fríamente y con desdén: "Vámonos".
--Prepárate á acompañar á estas señoras--dijo Coletilla.
Al estudiante le contrarió mucho este mandato. El había oído decir en la mesa aquella mañana que Clara no iría á la procesión, y había formado sus proyectos para verla aquel día. La obligación de acompañar á las tres señoras le pareció la mayor desgracia que podía ocurrirle aquel día. ¿Pero cómo era posible resistir á las órdenes de aquel tirano? Lleno de despecho tomó su sombrero y bajó con las tres ilustres ruinas, que se llevaron una de las llaves de la casa, dejando á Clara la consigna de no salir del cuarto. Elías, que quedaba también en la casa, tenía la otra llave.
No hacía cinco minutos que las Porreñas navegaban hacia la calle de San Mateo, cuando llegó el abate Carrascosa muy presuroso y tocó á la puerta.
Elías bajó á abrirle.
--Venga usted, amigo; venga usted al momento--le dijo con agitación.
--¿Pero á donde, hombre, á donde? Está la casa sola. No puedo salir.
--¿Que no puede usted salir?-dijo el abate asombrado.--Pues buena la hace usted si no sale al momento y viene conmigo á donde yo le lleve.
--¿Pues qué hay, Carrascosa?
--Venga usted, y hablaremos por el camino.
--Hombre, la casa....
--Qué casa ni qué ocho cuartos. Cierre usted y vámonos.
--Queda aquí esa muchacha.
--Pues déjela usted encerrada y venga, porque esto no es cosa para andarse con peros....
--¿Pero qué hay? Sepámoslo.
--Hay que si usted no viene ahora mismo conmigo á la _Fontanilla_ ... ya sabe usted ... el club de esos muchachuelos.... Si usted no viene conmigo, va á haber un conflicto.
--¿Pero qué es ello, hombre?
El abate no había inventado de antemano la mentira que necesitaba emplear para salir de la casa de Elías: así es que se vió aturdido por un momento; pero su astucia frailesca no le faltó.
--Pues parece que esos chicos están alborotados, y dicen que usted les ha engañado: que usted no tiene poderes de ... de aquella persona; que usted....
--¿Que no tengo poderes?--dijo Elías.--Cuidado con los niños. ¡Liberalitos al fin!
--Y parece que quieren armar un alboroto esta noche--dijo Carrascosa, seguro ya de la mentira que había de encajarle.
--¡Esta noche!--exclamó Elías, llevándose las manos á la cabeza. ¡Esos chicos están locos! Lo van á echar todo á perder.... Pero quién les ha dicho que esta noche. ¡Vaya con los niños! Pero voy allá al momento.
--Venga usted, porque si tarda....
--Voy, voy al momento. Cerraré la puerta y me llevaré la llave. No importa. Las señoras tienen otra.
--Vamos.
El abate había conseguido su objeto, que era alejar á Coletilla de la casa aquella tarde, para que Clara se quedase sola. En tanto las esfinges se acercaban al término de su viaje, y Lázaro las seguía, revolviendo en su mente el plan que en un momento de colérica inspiración había concebido. Consistía este plan en dejar á las tres ruinas en medio de la calle, cuando ellas estuvieran más distraídas con la procesión, y volver atrás. Pero esto tenía sus inconvenientes. ¿Cómo entraba en la casa? ¿Rompiendo la puerta? ¿Y su tío que estaba dentro? Terrible era aquella situación. ¡Vivir con ella y no verla! Oir que continuamente imputaban á aquella infeliz faltas y crímenes inauditos, y no poder acercarse á ella y preguntarle. "¿Qué has hecho?".
Las tres Porreñas marchaban acompasada y pomposamente, sin proferir una palabra. Así llegaron á la casa desde donde habían de ver pasar la procesión, que era la casa de un clérigo llamado don Silvestre Entrambasaguas y de su hermana doña Petronila Entrambasaguas.
CAPÍTULO XXVIII
#El ridículo.#
Era don Silvestre un clérigo carilleno, bien cebado, grasiento, avaro, de carácter jovial, algo tonto, mal teólogo y predicador tan campanudo como hueco. Su hermana era una dueña quintañona, gruesa y muy pequeña, con la nariz del tamaño de una almendra y del color de un tomate, abultadísimo el pecho, y el talle y las caderas tan voluminosas que le daban el aspecto de un barril. Las tres ruinas aristocráticas no hubieran nunca descendido en sus buenos tiempos á tratarse con aquel par de personas de baja extracción (porque eran hijos de un tocinero de Almendralejo, y él cuidó cerdos en las dehesas de Badajoz hasta que entró en el Seminario); pero en los tiempos de decadencia podían visitarse y tratarse, aunque siempre con cierto decoro, y estableciendo tácitamente la diferencia de las antiguas jerarquías. Se habían conocido en el locutorio de las Góngoras, en cuyo convento existía una monja perteneciente al linaje de los Entrambasaguas. La amistad de las Porreñas y don Silvestre y su hermana llevaba ya cuatro años de mutuas cortesías, de mutuas fórmulas urbanas y de confianzas decorosas.
Tomaron asiento las tres, y enteraron á sus amigos de quién era aquel joven que _decorosamente_ las acompañaba. María de la Paz, en su afán de decirlo todo, expuso, con su lucidez acostumbrada, que aquel caballerito había estado en el camino de la perdición á causa de las malas compañías; pero añadió que ellas le protegían, y esperaban lograr traerlo al buen camino.
--¿De dónde eres, muchacho?--dijo el padre, que era muy brusco, muy francote, y trataba de _tú_ á todo el mundo.
--De Ateca, en Aragón.
--¿Ateca? ¡Buena tierra! ¡Buenos torreznos! ¡Buena fruta!... ¿Y no estudias, hombre, no estudias?
--Sí, señor: estudio para abogado.
--¡Bueno está eso!--dijo el clérigo con risa brutal. ¡Abogado! ¿De qué sirve eso? ¿Por qué no estudias Teología y Cánones?
--Algo de eso estudié en Zaragoza.
--¡Zaragoza! ¡Buena tierra! Buen carnero, buen lomo; pero no como en mi tierra, en Extremadura ... porque yo soy extremeño. Dime, ¿por qué no has estudiado para cura?
--Porque no tengo vocación para esa carrera.
Doña Paz hizo un gesto de sorpresa y reprobación, como si el joven hubiera dicho una gran irreverencia. Después, acumulando en su rostro todos los rasgos de desdén y acritud de su gran repertorio, dijo:
--¡Ah! señor don Silvestre, con mucha razón le sorprenden á usted los despropósitos de este joven; pero no tiene usted en cuenta que ha vivido hasta hace poco en el más lamentable extravío. Ya se corregirá; hay una persona que ha tomado á cargo su educación, y creemos que logrará el intento.
--¡Que no tenía vocación!--exclamó Entrambasaguas con voz de trueno:--eso es una irreverencia.
El estudiante bajó los ojos aturdido ó indignado. Después miró como único consuelo á la devota, por ver si, como otras veces, salía á defenderle; pero la devota, que miraba también con atención contemplativa, pensaba en otra cosa que en defenderlo.
--Mi señora doña Paulita--dijo el clérigo dirigiéndose á la _rosa mística,_--¿sabe usted que he leído el libro _De albigensium erroribus_, y estoy conforme con lo que dice el Padre Paravicino, que _pietas in pietate contra ecclesia nulla contemnere pios?_ ¿Qué le parece á usted esta opinión? Porque _a doemonio numquam salus inveniatur_. Vamos, diga usted que es gran teóloga.
Paulita no contestó; y otro menos bruto que el Padre Silvestre hubiera comprendido que aquella extemporánea consulta teológica la contrariaba mucho en tal momento. El instinto femenino se sublevó allí contra toda la unción consuetudinaria de la santa. No contestó, y ¡cosa singular! la que siempre se había ruborizado cuando en presencia de los curas le hablaban de cosas mundanas, se ruborizaba ahora porque la hablaban de Teología.
--Yo no sé ... yo no entiendo ... yo no he leído ese libro--contestó al fin, viendo que el majadero de Entrambasaguas repitió su pregunta, adornada con dos ó tres festones más de latín.
--¿Pues no me lo recomendó usted aquel día que hablamos en el locutorio de las monjas con el obispo de Calahorra, cuando dijo usted aquello de San Dionisio Areopagita, que empieza ...? ¿A ver cómo empieza? ¿No se acuerda?
--Yo no--dijo la devota, muy colorada y muy inquieta, por no hallar pretexto para mudar de conversación.
--¿Pero no me recomendó usted ese libro _De albigensium erroribus?_ Si me dijo usted que era lo mejor que se había escrito ...--insistió el majagranzas del clérigo.
Un rumor popular y el áspero tañido de los fagotes vinieron á sacar de apuros á nuestra amiga anunciando la procesión. Se dispuso ocupar inmediatamente los dos balcones: en uno se colocó el clérigo con María de la Paz y Salomé; en otro se colocó la gorda, doña Paulita y Lázaro. Un enorme tiesto, donde crecía con extraordinaria lozanía una adelfa, estorbaba la comodidad de estas tres personas. La gorda estaba en medio, y era imposible acomodarse con holgura á causa de doña Petronila y de la adelfa. Pero al fin, después de mil cumplimientos, la devota se encontró en medio, teniendo á la derecha á Lázaro y á la hermana del clérigo á la izquierda.
La procesión empezó á desfilar. El clérigo hablaba por los seis, y hablaba tan fuerte, que los transeúntes se quedaban mirando á los balcones. Algunos de los curiosos notaron en el rostro de doña Paulita una muy grande agitación, y el autor de este libro, que era uno de los que pasaban, notó con sorpresa (porqué conocía de oídas su carácter) que entre la frente de la dama y los cabellos del joven, no había otra cosa que algunas hojas y una flor de la adelfa criada en el balcón. Lázaro no atendía al gentío ni á los santos ni á nada. El despecho por encontrarse allí mal de su grado le ocupaba todo.