La Fontana de Oro

Part 18

Chapter 18 3,917 words Public domain Markdown

Estaba inmutada. Parecía que en su espíritu y en su organismo se verificaba una crisis muy transcendental. Toda ella se dilataba, como si aquel día hubiera perdido de una vez la fuerza de concentración, la ligadura interna que la comprimía desde el nacer. No podemos explicarnos todavía nada de lo que por ella pasaba.

--Debe usted cuidarse, debe usted vivir--dijo Clara.

--Sí: debo cuidarme, debo vivir--repitió Paula en el tono de estupefacción que emplea el que oye por vez primera la solución concisa de un problema en que ha estado trabajando infructuosamente toda la vida.--¡Debo vivir!

En aquel momento sus ojos miraban en derredor, asombrados, asustados, con melancolía y vaguedad, como el que no ha visto nunca un horizonte y lo ve por primera vez.

Pero de repente la dama se levantó agitada, se dirigió á su reclinatorio, se arrodilló, abrió el libro de horas, inclinó el rostro hacia él, ocultándolo entre las manos, y allí quedó sumergida en profunda y concentrada meditación. Reposaba sin duda en el seno de Dios, que tenía reservado á su santa el goce inefable de vagorosos y celestiales deliquios.

Durante el éxtasis, ¿quién podrá saber lo que pasó en aquella cabeza? Dios tan solo.

CAPÍTULO XXV

#Virgo prudentísima.#

Visitemos á los dos huéspedes del cuarto segundo en la noche siguiente á la de su instalación. Prodigioso esfuerzo del genio doméstico de María de la Paz Jesús había podido acomodar dos camas en la habitación alta.

Lázaro acababa de acostarse en la suya, tratando de reparar las fuerzas perdidas; su tío velaba sentado en el sillón de vaqueta que junto á la cama tenía, y se ocupaba en hojear unos papeles, leyendo á ratos y escribiendo un poco algunas veces.

De repente el viejo se volvía; miraba á su sobrino, que no podía librarse de cierto temor cuando veía, dirigidos hacia él aquellos dos ojos de lechuzo. Parecía querer hablar al joven de alguna cosa importante, y no atreverse por no tener confianza en su discreción. Después de la llegada de Lázaro á la casa, tío y sobrino no habían hablado nada de política. El fanático creyó que su protegido no era capaz de tener entereza y tesón para sostenerse en sus creencias. En tanto, el exaltado liberal tuvo tanto que pensar en otras cosas, que relegó á segundo término aquella cuestión, y se acordaba poco de la apostasía que su tío le había exigido.

Lázaro cedía á la fatiga, se dormía lentamente, cuando el viejo dijo con voz fuerte:

--Lázaro, ¿duermes?

--¿Qué?--contestó el muchacho, despertando sobresaltado.

--Voy á preguntarte una cosa. ¿Conoces en Zaragoza á un liberal que se llamaba Bernabé del Arco?

--Sí, señor--contestó Lázaro, que conocía y apreciaba mucho á aquella persona, orador y escritor de nota.

--Era de los exaltados, ¿eh?--indicó el fanático con mordaz ironía.

--Sí, señor: es de los que sostienen las ideas más avanzadas--contestó el sobrino, temeroso de pronunciar una palabra que ofendiera á su tío.

--Es ... no: era, debes decir, porque pasó á mejor vida.

--Cómo, ¿ha muerto?

--Le han matado--dijo Elías con glacial indiferencia.--Mira la suerte que aguarda á los locos, depravados, ilusos y perversos. ¿Ves? ¡Así castiga el pueblo á los que le engañan! ¡Oh! Así deberían perecer los habladores.

El sobrino se calló; volvió el tío á su lectura, y no había pasado un cuarto de hora, cuando se dirigió de nuevo al lecho del joven que, vencido por el sueño, dormía ya profundamente, y gritó:

--¡Despierta, Lázaro!

Y despertó dando un salto, aterrado y convulso, como debemos despertar el último día, cuando suene la trompeta del Juicio. Aquel viejo le había de quitar también los únicos momentos de reposo que sus desventuras le permitían.

--¿Conoces aquí á un jovencito que se llama Alfonso Núñez, y á otro que se llama Roberto, conocido generalmente por el Doctrino?

--Sí, señor--contestó Lázaro atemorizado, por creer que también le iba á participar la muerte de sus dos amigos.

--Buenos chicos, ¿eh?--dijo Elías, riéndose como deben reír los brujos en el aquelarre.

El sobrino no contestó, contentándose con encomendar mentalmente á Dios á su buen amigo Alfonso Núñez.

--¡Tengo un plan!...--añadió el fanático con cierta satisfacción de sí mismo,--plan soberbio. Si supieras, Lázaro. Pero tú eres muy tonto y no puedes comprender esto. Son buenos chicos esos que te he dicho, ¿no? Así ... muy exaltados, muy amigos de embaucar al pueblo y pronunciar discursos ... pues, así como tú.

Lázaro su asustó más y comprendió menos.

--Esos chicos valen mucho. ¡Si supieras qué útiles son! Amantes de la libertad, habladores, impetuosos, entusiastas. ¡Ah! No temo yo á éstos ... Lo harán bien. ¡Plan magnífico!

Después, como si se arrepintiera de haber dicho demasiado, apartó la vista de su sobrino, murmuró algunas voces incoherentes, y volvió á hojear sus papelotes, escribiendo algo y gruñendo siempre, sin dejar de gesticular como si hablara con alguien.

Lázaro miró un buen rato la lívida faz del viejo realista, que, iluminada de lleno por la luz, ofrecía fantástico é infernal aspecto. Las orejas se le transparentaban, los ojos parecían dos ascuas, y el cráneo le lucía como un espejo convexo. Los singulares objetos que le rodeaban, ó los que cubrían las paredes de la habitación, aumentaban el terror del estudiante. Aquel sillín de vaqueta, testigo mudo del paso de cien generaciones; aquellos cuadros viejos; los muebles de talla, exornados con figuras grotescas y de rarísima forma, daban á la decoración el aspecto do uno de esos destartalados laboratorios en que un alquimista se consumía devorado por la ciencia y las telarañas.

Después de cerrar los ojos, entregado por fin al sueño, el joven Lázaro continuó viendo á su tío con los objetos que le rodeaban. Representáronsele además las siniestras figuras de las señoras de Porreño; y en su soñar disparatado, lo parecía que aquellas tres figuras crecían, crecían hasta tocar las nubes y ocupaban todo el espacio: Salomé como una columna que sustentaba el cielo; Paz, como nube gigantesca que unía el Oriente con el Ocaso. Después le parecía que menguaban, que disminuían hasta ser tamañitas: Paz como una nuez, Salomé como un piñón, Paula como una lenteja. Oía la frailuna voz de la devota; veía extraños y complicados resplandores, partidos de la lámpara del viejo; veía la rojiza diafanidad de sus orejas como dos lonjas de carne incandescente; veía la enormidad de su calva iluminada como un planeta; y por último, todos estos confusos y desfigurados objetos se desviaban, dejando todo el fondo obscuro de las visiones para la imagen de Clara que, no desfigurada, sino en exacto retrato, se le representaba, alzando la vista de una labor interrumpida para mirarle. En tanto le parecía escuchar siempre una voz subterránea que clamaba: "Lázaro, ¿duermes? Despierta, Lázaro."

A la madrugada su sueño fué más profundo. Despertó á las ocho, y en los primeros momentos tuvo que recoger sus ideas y meditar un poco para saber dónde estaba y qué cosas le habían sucedido. Su tío había salido. Levantóse y se vistió. No sabía qué hora era; pero el hambre le hizo comprender que era hora de almorzar. Abrió la puerta, dirigiendo una mirada á lo largo del pasillo y á lo profundo de la escalera, y el primer objeto que encontraron sus ojos fué la figura de doña Paulita que subía lentamente.

--¿Ha descansado usted?--le preguntó con voz menos nasal é impertinente que de ordinario.

--Sí, señora: muchas gracias.

--¿No le falta á usted algo?

--Nada, señora.

--Pero querrá usted comer alguna cosa. Aquí acostumbramos desayunarnos á las siete. Es lo mejor. Pero son las ocho; mi tía es muy rigorista, y ha dicho que, puesto que usted no estuvo á las siete en la mesa, no puede almorzar. Esto es una disciplina necesaria. Bien sabe usted que sin disciplina no puede haber orden. Ahora no puede usted tomar cosa alguna hasta las dos de la tarde.

--Señora, no importa: yo ...--dijo Lázaro, que era cortés, aunque estaba muerto de hambre en aquel momento.

--Pero no tema usted--continuó la devota, bajando la voz y mirando á todos lados.--Yo conozco que está usted desfallecido, y es preciso darle de comer. No salga usted de su cuarto.

Dicho esto, bajó muy ligera, procurando no ser vista. El joven sintió más encendida su gratitud hacia aquella señora, que ya había hablado en su defensa la noche anterior.

Al poco rato volvió la devota trayendo un desayuno que, aunque escaso, bastó para reponer al hambriento.

--Mi hermana no lo llevará á mal--dijo;--pero no se lo diga usted. Yo hago esto por usted, porque comprendo que en un cuerpo débil no tiene fuerzas el espíritu.

--Señora, no sé cómo pagarle tantos favores--contestó el mancebo sin mirarla.

A las siete de aquella mañana, mientras Lázaro dormía rendido de cansancio, se suscitó una gran cuestión en el comedor, sobre si sería conveniente y disciplinario llamarle para almorzar. María de la Paz decía que no; Salomé dudaba, y la santa opinaba que sí. Las razones de la primera eran: que puesto que prefería el sueño á la comida, era preciso hacerle el gusto, con lo cual se iría acostumbrando á la disciplina. En vano quiso oponerse Paulita con gran copia de razones teológicas y morales, fundadas en el principio de _mens sana in corpore sano_: todo fué inútil. Sus palabras, oídas con respeto, no produjeron efecto. Elías decidió la cuestión, diciendo que su sobrino, además de liberal, era holgazán, y que había de renunciar á hacer de él nada bueno. Todos callaron y comieron. Clara no era admitida á la mesa común.

Volvamos arriba. Lázaro se comía la ración con gran apetito. La dama le hacía mil preguntas, y él le contestaba procurando ser lo más cortés que el hambre le permitiera. Las preguntas eran de esta clase:

--¿Creyó usted que no almorzaría hoy?

--¡Ah, señora! no....

--Porque yo no me olvidaba de que usted estaba sin comer.

--Yo le doy á usted las gracias.

--Pero usted no se lo figuraba--decía Paulita, ansiosa de apurar aquella cuestión hasta el fin.

--No, señora; de ningún modo ... yo ... sí.... Pero ... ya.

--Y su tío se opuso á que almorzara.

--¡Ah! mi tío--dijo Lázaro, dejando de comer,--es un.... No: es un excelente hombre.

--¡Oh, sí--dijo la devota mirando al cielo,--es un hombre ejemplar, un santo.

--Si, sí: un santo.

Lázaro, nuevo en aquella casa, no había tenido ocasión de penetrar el carácter de la persona que tenía delante en el momento de su desayuno. Por este motivo nada le llamó la atención; por eso no supo que nunca sus bellos ojos habían tenido un resplandor tan vivo, ni que jamás voz de monja alguna entonó salmodias con tan melodioso timbre como el de la voz de Paula al decir: "¿Usted creyó que no almorzaría hoy?" En ella, sin embargo, había gran naturalidad; y no es aventurado afirmar que en ningún tiempo se cruzaron sus manos blancas y finas con menos afectación, á diferencia de aquellos crispamientos de dedos que usaba tanto para acompañar y adornar sus peroraciones.

--Aquí no será permitido que le hagan á usted daño alguno--dijo en el tono de quien hace una importante revelación.--No tema usted. Si ha cometido alguna falta...

--¿Falta?--dijo el joven con tristeza.

--¿Pues no decían que era usted un gran pecador?

--¡Yo un gran pecador, señora!

--No será tanto como dicen...--continuó doña Paulita, con una sonrisa tan mundana, que no parecía puesta en boca de una santa.

---No--replicó el joven con efusión;--no es tanto como dicen, es verdad. Y si he de decirlo todo....

--Acabe usted--dijo la otra con mucho interés.

--Yo no sé qué falta he cometido--añadió Lázaro con melancolía.--Pero sí, faltas he cometido, no lo puedo negar....

--¿A ver, á ver, qué faltas?--preguntó con mucha ansiedad la favorita de Dios.

--Le diré á usted...--repuso él, preparándose á confesar.

--Comprendo: algún extravío de joven. La juventud está llena de peligros, y los jóvenes, si se les deja solos....

--Es verdad.

--Cuénteme usted. Yo quiero que usted se corrija. Tal vez la falta es mucho menos grave de lo que usted mismo piensa. Tal vez no pasa de ser una ligereza trivial dijo con más ansiedad é interés Paula.--Dígame usted; yo le daré consejos.... Cuénteme usted.

Lázaro permaneció pensativo un instante, y ya abría la boca para formular una contestación ó una excusa, cuando Elías se presentó en la puerta. La devota se turbó un poco; pero un momento le bastó para reponerse. El realista se quedó muy sorprendido al ver á la dama y al observar los restos del almuerzo, mientras su sobrino se avergonzaba de haberlo probado.

--Pase usted, señor don Elías--exclamó ella con su unción acostumbrada;--pase usted: aquí estoy suplicando por amor de Dios á su sobrino que no le dé más disgustos. ¡Oh! Pero él se va arrepintiendo ya de los errores de su juventud. ¿Qué extraño es que la juventud peque, entregada á sí misma, sola por espinosos caminos? Le estoy recomendando la moderación, la cortesía, la prudencia. Pero veo que usted se admira de que le haya traído de comer. ¡Ah! confieso mi falta. Pero no he podido resistir los impulsos de la compasión. He sido débil; no he nacido para el rigor, y confieso que no tengo carácter, como debiera, para sostener la rigidez de la disciplina. Si he cometido una falta, perdóneme usted.

Elías estuvo un rato sin saber qué contestar; pero tenía muy alta idea de la cristiandad de aquella señora para vacilar en probar cuanto hacía. Aquel acto le pareció una sublime prueba de caridad.

--¡Señora, qué buena es usted!--dijo.

--No es bondad, es debilidad. Conozco que hice mal.

--¡Señora, usted es una santa! Aunque él no merece lo que usted ha hecho, esto sirve para hacer resaltar más las virtudes de usted.

--¡Oh!--exclamó la elegida del Señor,--confieso que mi deber era seguir el dictamen de usted; pero no he podido resistir á un poderoso impulso de indulgencia. ¡Oh! si siempre pudiera una salir victoriosa de sí misma....

--Mira, aprende--dijo Elías, volviéndose hacia Lázaro;--mira á esa santa; aprenda lo que es nobleza, generosidad, virtud.

--No--dijo ella bajando los ojos.--Que no tome por modelo á esta pecadora.

--Aprende, Lázaro--exclamó con exaltación el fanático.--Aquí tienes á la misma virtud.

La santa hizo una gran reverencia y se marchó, dejando solos al tío y al sobrino.

CAPÍTULO XXVI

#Los disidentes de la Fontana#.

Aquella mañana no ocurrió más incidente que el que hemos descrito. Lázaro subió y bajó varias veces furtivamente y con pasos de ladrón, tratando de ver á Clara; pero le fué imposible. Esperaba verla en la comida; mas también, como el día anterior, se frustraron sus deseos.

Pusiéronse á las dos los manteles, y cada cual ocupó su sitio. La mesa era para doce cubiertos: ocupó un extremo María de la Paz, teniendo á su derecha á Salomé y á su izquierda á Elías, mientras la devota estaba erigida á la derecha de su prima. Al joven le pusieron enfrente, á tanta distancia del grupo principal, que para alcanzar su ración tenía que descoyuntarse los brazos. Sirvióse primero una sopa que, por lo flaca y aguda, parecía de Seminario; después siguió un macilento cocido, del cual tocaron á Lázaro hasta tres docenas de garbanzos, una hoja de col y media patata; después se repartieron unas seis onzas de carne que, en honor do la verdad, no era tan mala como escasa, y, por último, unas uvas tan arrugadas y amarillas, que era fácil creer en la existencia de un estrecho parentesco entre aquellas nobles frutas y la piel del rostro de Salomé. Terminó con esto el festín, durante el cual reinó en el comedor un silencio de refectorio, excepto cuando Elías dijo que tanta esplendidez le parecía dispendiosa, y elogió la sobriedad como fundamento de todas las virtudes.

Después se rezó un poco, y las señoras se retiraron. María de la Paz había adquirido en el período de la decadencia el hábito de dormir la siesta, y ya durante los últimos _Agnus Dei_ del rezo estaba haciendo cortesías con los ojos cerrados. Lázaro subió con el mayor desconsuelo, por no haber logrado tampoco aquella vez el objeto de su constante afán. Aventuróse á bajar sin ser visto de su tío, recorrió lleno de zozobra y ansiedad el pasillo; pero nada consiguió. Todo estaba cerrado y en silencio, y sin duda los habitantes de la casa estaban sumergidos en el agradable sopor de la siesta ó en el letargo espiritual de la contemplación religiosa. Solamente Batilo, el melancólico perro, que había perdido los hábitos de su raza y no sabía ni ladrar, estaba paseando su hastío por el comedor, rasguñando de vez en cuando la puerta de un armario, donde probablemente yacían los exiguos despojos de la carne servida en la mesa aquella tarde.

Subió Lázaro desesperado, pero al ver á su tío medio dormido en un sillón, no pudo resistir á la influencia letal que en todos sus habitantes ejercía aquella región del fastidio; preparóse también á dormir, y se tendió en su cama. No habían pasado diez minutos, cuando sintió fuertes campanillazos en el piso de abajo, y después la voz de Salomé unida á otras voces de hombre, entre las cuales creyó reconocer alguna. Levantóse y se asomó á la escalera.

Eran cuatro personas que le buscaban, y la dama las dirigía al piso alto con muy mal humor. El joven reconoció entre aquéllos á su amigo Alfonso y al Doctrino. Estos y otros dos, que Lázaro no había visto nunca, subieron. Coletilla les había sentido en su sueño de lechuzo, y despertando súbitamente se adelantó hacia la puerta.

--¡Hola, ustedes!...--exclamó de repente; pero mudando de tono en un instante brevísimo, dijo con afectada frialdad ó indiferencia:--¿Qué se les ofrecía á ustedes?

Como Lázaro estaba puesto de espaldas á su tío, no vió que éste; puso el dedo en la boca é hizo una imperceptible seña al Doctrino. Después dijo haciendo un esfuerzo para aparecer complaciente:

--Ya comprendo: ustedes venían en busca de mi sobrino.

El joven estudiante tembló al pensar cuánto irritaría á su protector verla en compañía de aquellos exaltados.

--¿Por mi?--preguntó, estrechando la mano de su amigo.

--Sí--contestó el Doctrino, que comprendía lo que debía hacer.

--Sí: veníamos por ti--dijo Alfonso.--Tenemos una reunión esta tarde, y queremos que vengas á ella. Es la reunión de los disidentes de la _Fontana_.

Lázaro creyó que su tío se iba á poner hecho una furia al oír hablar de las reuniones de fontanistas. Pero contra lo que esperaba, le vió tan sereno como si oyera hablar de un concilio ecuménico. Tampoco tuvo la suficiente perspicacia ni la suficiente memoria para hacerse cargo de que podía haber alguna relación entre las preguntas que el fanático le había hecho la noche anterior, y la visita de aquellos amigos.

--Sí, que vaya; ve--dijo Elías.

La confusión de Lázaro aumentó; pero antes que saliera de su estupor, Alfonso le tomó del brazo, le condujo á la escalera, y poco después estaban en la calle.

Los otros dos jóvenes, nos son hasta ahora desconocidos, si bien es probable que les hayamos visto en el departamento bullicioso de la _Fontana_, precisamente en la noche fatal en que Lázaro fué arrojado del club. El uno de ellos, nacido en Algodonales, era de los contertulios más asiduos del barbero Calleja; y no es aventurado afirmar que intervino en la cuasi-trágica escena que en el primer capítulo referimos. Se llamaba Francisco Aldama, y por ser andaluz y bastante aficionado al trato de los lidiadoras de toros, se le llamaba Curro Aldama, ó el Curro. Doña Teresa Burguillos, feliz consorte del barbero, era un poco torpe para la pronunciación de los nombres propios, y solía llamar _Aldaba_ al amigo y comilitón de su esposo. Era Curro Aldama ó Aldaba exaltado fontanista, de crasa ignorancia, y con aquella osadía que acompaña siempre á los necios. Se la echaba de gran patriota, y no sonaba cencerro en Madrid sin que él tomara parte en la danza.

El otro era de muy diversa condición y figura. Sus aficiones literarias le habían hecho amigo del poeta clásico que hemos conocido habitando en el olimpo de doña Leoncia, la semidiosa de la calle de la Gorguera. Allí conoció á Alfonso Núñez, con quien trabó amistad; v bien pronto, aunque las musas le fueron propicias (se estrenó en la cruz, con buen éxito, un sainete pastoril suyo, titulado _Anfriso y Cenobio_), dejó las musas por la política, escribió en _El Universal_ y en _El Labriego_, charló en los clubs, y se decidió por el partido exaltado.

Tenía mucho ingenio, dotes de orador y periodista, pero muy poca instrucción y una ligereza invencible. Frecuentaba la tienda de Calleja y el club de la _Cruz de Malta;_ pero últimamente se aseguraba que pertenecía á la tenebrosa sociedad de los _Comuneros_, aunque él lo negaba. Lo cierto es que en la _Fontana_ sospechaban de él, no sabemos si con fundamento. Se decía que era de los alborotadores pagados por la reacción; hasta que una noche, viendo que se le miraba con desconfianza, y aun se le hicieron alusiones picantes, desertó para no volver. Este era Cabanillas, joven de educación y talento, á quien no se podía ver sin repugnancia alternando con hombres desalmados como Tres Pesetas, Chaleco y el Matutero, que hemos tenido el gusto de conocer al principio de esta puntual narración.

--Chico--decía Núñez,--¿sabes que hemos reñido con los de la _Fontana_? El lance de la otra noche nos ha obligado á romper con esa canalla. Estamos agraviados: también á nosotros nos han querido acusar como á ti; pero hemos alzado el vuelo y estamos fuera. Vamos á formar otro club.

--Me calumniaron--exclamó Lázaro:--yo no sé qué demonio me tentó á mí para hablar aquella noche.

--Si son unos mentecatos. Nada: allí se han figurado que no hay más liberales que ellos--afirmó Núñez;--y á los que defendemos la libertad verdadera y completa, nos llaman exaltados, alborotadores, y dicen que estamos vendidos.

--Ya les arreglaremos las cuentas--dijo el Doctrino.

--Pues oye--continuó Alfonso,--nosotros vamos á fundar otro club, el verdadero club revolucionario. A esos necios de la _Fontana_ les ha dado ahora por predicar el orden. ¡Qué orden ni qué ocho cuartos! Nosotros predicaremos la violencia, porque sin violencia no hay revolución; sin extirpar los obstáculos y arrancarlos de raíz, no se puede transformar este pueblo. Nosotros vamos á predicar la democracia; vamos á proclamar la soberanía suprema, absoluta del pueblo, á combatir el trono y á señalar los que en la gran purificación que se prepara deben ser arrancados de raíz, exterminados y concluidos. Tu vendrás á nuestro club, ¿no es verdad?

--Veremos--contestó Lázaro muy preocupado.

--Nuestra idea--continuó Alfonso,--es combatir á esos republicanos tibios que van á las Cortes y á los clubs para sermonear sobre el orden y la moderación. Exterminio á esa canalla, á esos hipócritas.

--Sí--dijo el Curro,--porque si uno se deja dominar por esos tibios, se queda uno atrás; y no están los tiempos para quedarse uno atrás. Mucho tino, que el que ahora no saca algo....

Con esta conversación llegaron á la calle de la Gorguera y á la casa de doña Leoncia; subieron al cuarto del poeta, que era el punto designado para las reuniones preparatorias del naciente club. Conoceremos el cuarto del poeta con el nombre de _La Fontanilla_, calificación oficial con que le designaron aquellos jóvenes.

Acomodáronse como pudieron en las tres sillas y en la cama del poeta, mientras éste se hallaba en el interior de la casa, al lado de doña Leoncia, poco atento á la política. El Curro se sentó junto á la mesa y mostró desde el principio gran deferencia hacia una botella que allí había, puesta sin duda por la previsora mano del poeta clásico.

--Vamos á ver--dijo Alfonso desde la presidencia, que era la cama:--á ver qué hacemos con esos liberales que nos calumnian y dicen que somos ebrios y agentes ocultos de la reacción.

--Combatirles con razones--observó Lázaro;--demostrar que no somos agentes de la reacción. ¿Pero en qué se diferencian sus ideas de las nuestras? ¿No son ellos liberales? ¿No aman la Constitución?

--Pero la aman á medias--dijo el Doctrino,--porque no aman el verdadero sacerdocio de la revolución, que es destruir.