La Fontana de Oro

Part 16

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El ardid amoroso que pensaba emplear Bozmediano era cosa muy común á principios del presente siglo, en que se conservaba aún la rigidez de los principios domésticos que habían hecho en tiempos anteriores una fortaleza de cada hogar.

En el siglo XVII, cuando nuestra nacionalidad vigorosa, original y profundamente característica, no había recibido influjo extranjero, los españoles se componían de otro modo: iban á su objeto por medios más violentos, más decididos, más románticos, que indicaban antes la pasión que la intriga; más bien la resuelta actitud del valor que el ingenioso intento de la astucia. Aquél fué el siglo de los raptos del convento, de las escaladas por el jardín, de las fugas, de los atropellos, de los sublimes atrevimientos. Entonces hubo un galán, según dicen (el Conde da Villamediana), que quemó su casa sólo por el placer de sacar en brazos á una dama.

La irrupción de costumbres francesas, verificada con la venida de la dinastía nueva á principios del siglo XVIII, modificó ésta como otras cosas. La sociedad que se imponía á la nuestra era menos grande, menos valerosa, menos apasionada; pero más culta, más refinada, más hipócrita. Con ella vinieron los abates, y vino la literatura clásica, fría, ceremoniosa, falsa, hipócrita también. La poesía pastoril, último grado de la hipocresía literaria, tuvo un renacimiento funesto en el siglo pasado. Al compás de los madrigales, los abates hacían el amor callandito en los salones. Los amantes, que componían versos de casto é insípido pastorileo, no podían entrar en las casas como aquéllos á quienes encubría su dignidad, y entraban disfrazados ó empleando los más extravagantes y rebuscados medios.

Con la sociedad nueva vino la moda nueva. Esta trajo las pelucas blancas, los peinados complicados é hiperbólicos; y con el artificio de estos peinados se creó el peluquero de las damas, hombre gracioso que entraba en todos los tocadores, y era tercero en toda intriguilla de amor.

Ningún siglo ha visto, como el décimoctavo, la astucia sirviendo al amor. Veíase á los amantes arrostrando la ridiculez de situaciones muy raras para poder hablar con sus damas. La casa era invadida; pero no como la invadían nuestros caballeros del siglo anterior, espada en mano, batiéndose con una turba de criados y dos docenas de alguaciles, sino astuta y solapadamente, engañando á las familias, abusando de la confianza ó encubriéndose con un disfraz ingenioso y á veces grosero.

En 1821 estos procedimientos estaban aún en boga, y Bozmediano era maestro consumado en el asunto. Conocía el resorte de los barberos, de las terceras, de los abates, siendo muy diestro en el uso de disfraces, engaños y supercherías amables, como entonces se llamaba á estas cosas. Si no pudo emplearlos en la aventura que le vemos emprender, á causa de las singulares, costumbres de las tres señoras, no fué culpa suya; y sólo á los obstáculos y dificultades que presentaba el terreno, se debió, como él decía, que empleara medios un poco más violentos.

CAPÍTULO XXI

#¡Libre!#

Ante todo, Bozmediano, guiado por un sentimiento fácil de comprender, resolvió firmemente hacer cuanto en su mano estuviera para poner en libertad al pobre Lázaro. Servir al que podía considerar como su rival, le parecía un acto que podía asegurarle la benevolencia de Clara; y esta benevolencia, bien y astutamente dirigida, podía convertirse en amor. No procedía éste como los amantes vulgares, en quienes la pasión no es más que un egoísmo un poco espiritualizado. En Bozmediano los movimientos de delicadeza y generosidad eran espontáneos y vehementes.

No le fué difícil conseguir lo que apetecía. El secretario del jefe político, informado por la policía, le dijo que el preso era un agitador, pagado por los amigos de la reacción; pero Claudio lo disculpó cuanto pudo, diciendo que era un joven sin experiencia ni juicio; y al fin, después de muchos empeños y recomendaciones, se dió la orden para ponerle en libertad.

Bozmediano se dirigió á la Cárcel de Villa. Lázaro, después de la visita de su tío, había caído en lúgubre abatimiento. Aquella fiebre angustiosa que llenaba la imaginación de alucinaciones terribles, haciéndole sufrir tan grandes tormentos, había degenerado en lento marasmo, en un letargo moral que le embrutecía. Su inteligencia, tan viva y brillante en otras ocasiones, estaba adormecida; y recostado en un rincón, con la vista fija en el ángulo opuesto, sus ojos buscaban la obscuridad como único descanso. El descuido, el abandono, la atonía y un sopor estúpido se pintaban en su actitud.

Cuando le notificaron que estaba libre, tardó mucho en adquirir la completa noción de aquel cambio. Rehaciéndose un poco, creyó que á su tío debía semejante favor, con lo cual la persona de Elías ganó momentáneamente su afecto. Pero al salir encontró á Bozmediano que le saludó con mucha cortesía, repitiéndole que estaba libre y podía retirarse á su casa.

Sintióse conmovido ante la generosidad desinteresada de aquella persona; pero pronto empezaron las dudas y la confusión. ¿Quién era aquel joven? ¿Le había favorecido por generosidad ó por miras ocultas? No le conocía. ¿Por dónde sabía su nombre y que estaba preso?

Lázaro no pensó mucho en esto. Hablaron al salir, y le pareció que Bozmediano era bueno y honrado, dispuesto á la amistad y á las buenas acciones. Cuando marchaban juntos por la calle de Atocha, el aragonés escuchaba las palabras de su desconocido favorecedor con la tranquila atención de la inferioridad; admiraba sus maneras, su entendimiento, su fisonomía, su modo de expresarse, y en aquel momento le pareció el más cumplido caballero que había visto. Comprendió también que era un joven distinguido, rico é influyente, y su admiración tuvo mucho de respeto.

--¿Pero á qué circunstancias debo este gran favor que usted me ha hecho?--decía Lázaro.--Quiero saber cómo podré pagar....

Claudio, que quería eludir el verdadero motivo de aquel acto, divagó, dando á Lázaro una porción de señas que aumentaron su confusión: le habló de don Elías, de su pueblo, del club de Zaragoza, de la _Fontana_.

--En fin--dijo, decidido á salir del atolladero:--no quiero llevarme el mérito de una acción que no debe usted agradecerme. Cada cosa en su lugar. Yo le he puesto á usted en libertad, pero no he sido más que un intermediario.

Lázaro comenzó á ver obscura la situación. Paráronse, y se miraron. La sonrisa que en aquel momento se dibujó en los labios de Claudio, le pareció al otro cosa de muy mal agüero, y empezó á bajar á su favorecedor del alto pedestal en que le había puesto.

--Sí--continuó el militar:--no es á mí á quien debe usted este favor; es á una persona que debe de querer á usted mucho, según las apariencias.

Lázaro iba á pronunciar el nombre de Clara; pero se contuvo, porque multitud de pensamientos que se le agolparon á la imaginación, le hicieron detener un buen rato fija la vista en el militar. Aquel tropel de pensamientos fué una serie de rapidísimas nociones que se borraban unas á otras, sucediéndose con precipitado vértigo. Ella le conocía, le había visto; Bozmediano era una agradable persona: éste le había puesto en libertad; ella se lo rogó tal vez; ella le tenía lástima; él quiso complacerla. ¿A qué precio? ¿Con qué fin? ¿Desde cuando?...

Por fin el aragonés se atrevió á preguntar quién era la persona á quién debía su libertad.

--Vamos--dijo Bozmediano con cierta vocecilla impertinente.--Bien sabe usted lo que quiero decir. No es necesario pronunciar fu nombre. Es natural que se haga usted el desentendido. Como halaga tanto su amor propio el ser querido por persona de tanto mérito.... No sea usted ingrato, joven, que ella no lo merece.

--No sé lo que quiere usted decir--manifestó Lázaro en el tono de un examinado desaplicado que se hace repetir la pregunta por retardar la contestación que no sabe.

Bozmediano habló más; pero vino á decir lo mismo. A Lázaro le parecía un agravio inferido á Clara el publicar su afecto, el depositar tan honesta y delicada confidencia en el conocimiento de un intruso, sí, porque Bozmediano era un intruso, que se había metido á darle libertad sin que nadie se lo pidiese.

--Bien sabe usted á quien aludo--dijo Claudio, dándole una palmada en el hombro con llaneza y confianza;--pero como usted está tan orgulloso con ser novio de esa joven, se da usted ese tono.

--¡Oh! no--replicó el sobrino de Coletilla avergonzado.--La verdad es que no sé quién es esa persona que usted dice.

Bozmediano estrechó la mano del joven aragonés y le hizo muchos ofrecimientos y protestas de amistad. El otro estaba tan aturdido, que lo contestó mal y con poca cortesía.

--Sé dónde usted vive--dijo Claudio retirándose:--nos veremos. Y si no en la _Fontana_, á donde voy con frecuencia.

Y se separó. Cuando estuvo á alguna distancia, Lázaro sintió impulsos de correr hacia él para darle las gracias con mayor respeto; pero en él luchaban el orgullo y los celos. Le dejó marchar sin decir nada.

Bozmediano iba diciendo entre sí con mucha satisfacción:

--Muy vulgar, muy vulgar....

CAPÍTULO XXII

#El "vía crucis" de Lázaro#.

Lázaro continuó andando sin dirección fija. Su brusca y misteriosa salida de la cárcel, el conocimiento de Bozmediano y el aturdimiento producido por sus palabras, le impidieron por algún tiempo darse clara cuenta de su difícil y rarísima situación. Pero cuando se vió solo y anduvo un buen rato, empezó á comprender que no tenía á donde ir, ni á quién dirigirse, ni con quién vivir. Las palabras dichas por el viejo no le dejaban duda respecto á su carácter. Era un realista fanático, un ciego amante de la tiranía. Con los ojos encendidos de cólera y el habla venenosa y fuerte, le había dicho que no fuera á su casa mientras no cambiara de ideas, ¿Qué hacer? Era imposible vivir con aquel hombre misántropo y cruel, melancólico y feroz como un fanático musulmán. ¡Cuán contrarias las ideas de uno y otro! ¿Qué podía hacer? ¿Fingir y ser hipócrita? ¿Aparentar un amor á la tiranía que le parecía criminal? "No: eso no puede ser", pensaba Lázaro. Además, en la agitación actual de los partidos, fingir semejantes ideas era peor que profesarlas. El viejo no podía admitirle en su casa. Entonces, ¿qué determinación debía tomar? ¿Adónde iba? ¿Volvería á Ateca? ¿Y Clara?

Al acordarse de su infortunada compañera, los pensamientos del joven tomaron otro sesgo. La idea de los pesares de aquella infeliz, condenada á vivir con un ser tan antipático, principió á atormentarle. Era preciso ir allá y ver lo que pasaba en la casa. ¿Pero cómo, si era imposible visitar á su tío?

¿Iba ó no iba? La necesidad le apremiaba. Estaba solo, agobiado de extenuación, hambriento y desnudo. Doce cuartos era toda su fortuna; porque en el camino había perdido un doblón, y los gastos de viaje consumieron el otro. Entre tanto se acercaba la noche y no tenía dónde dormir. Si acudía á casa de sus amigos, temía no encontrarlos tan benévolos como la noche anterior. Además, eran pobres, tan pobres como él, y no podían darle agasajo.

Era preciso ir. También se le ocurrió tomar el camino de su pueblo y volverse allá. Conocía un arriero en el parador, que le llevaría de fiado. Pero ¿y Clara?

Estos eran sus pensamientos cuando acertó á pasar por la _Fontana_. Sintió gran algazara, paróse maquinalmente y tuvo intenciones de entrar. "No--dijo dominándose--no entraré." Y al mismo tiempo dió un paso hacia la puerta.

Sin embargo, atracción fatal le arrastraba hacia aquel recinto, abismo de sus primeras y más bellas ilusiones.

Los sonidos que allí dentro se oían retumbaban en su cerebro como ecos infernales de singular fascinación.

Retrocedió, volvió á avanzar, se consultó, discutió mentalmente, y al fin, uniéndose la curiosidad á su instintivo deseo de entrar, no dudó más y entró.

Estaban en una discusión muy acaloraba. Por todas partes se alzaban voces, lo mismo en la región turbulenta del público que en la del club. El que estaba en la tribuna logró dominar el ruido y pudo hacerse oír; pero bien pronto los gritos ahogaron de nuevo su voz. Trataba de la vergonzosa derrota que habían sufrido los exaltados ante la autoridad de Morillo, y algunos habían llevado esta cuestión á un terreno personal. Celosos del decoro de la sociedad y del buen nombre del partido, algunos oradores denunciaban _á los infames que, disfrazados con el nombre de liberales, iban á corromper á aquella asamblea, á hacer vergonzosos tratos en nombre del Rey, á comprar la elocuencia exaltada y á promover alborotos que no tenían otro objeto que desprestigiar el liberalismo y dar armas á la reacción._

--¡Lobos--decía el orador--disfrazados de cordero, que vienen aquí fingiendo un amor á la libertad que no tienen! ¡Ofrecen oro á los oradores en pago de un discurso que exalte los ánimos de la multitud ignorante!

--Sí: esos infames--decía otro orador--son los que preparan las asonadas y los que apedrean las casas de los Ministros. El objeto de esta asociación es sostener una cátedra permanente de las buenas ideas, dirigir los sufragios; pero nunca patrocinar el libertinaje, ni el escándalo, ni la anarquía.

--No--gritó otro orador, en quien se fijaban las miradas de todos, y que se levantó lleno de ira á protestar contra las palabras anteriores.--No: aquí no hay traidores. Los que tal hacen no pertenecen á la raza de los humanos: no creo en ellos, y si los hay, que se digan sus nombres. Sepamos quiénes son; conozcámonos.

--¡Que se digan los nombres!--repitieron cien voces.

--Es preciso--decía el primer orador--purificar esta noble asamblea. Merced á los infames que la han corrompido, corren por la corte injuriosas calificaciones de nosotros y de nuestro club. ¡Que esos infames salgan de aquí!

--¡Que se digan sus nombres!--respondió la multitud con un rugido.

--No--decía otro:--esa especie de hombres no existe.

--Sí existe--exclamó exasperado el primero.--Frecuentan este sitio personas que vienen á pagar con el oro del rey el frenesí oratorio que enloquece al pueblo.

--¡Quién! ¡Quién!

--¿Quién de nosotros--continuó el orador--no conoce al llamado Coletilla? Es un realista fanático, un malvado agente de la _casa grande_. ¿No le conocéis? Este hombre es una culebra que se desliza entre nosotros para corromper á los oradores jóvenes. Yo sé que muchos han recibido dinero en cambio de discursos muy calurosos. Las asonadas absurdas que vemos todos los días, ¿á qué se deben? No lo dudéis: ¡abrid los ojos, ciegos! Se deben al oro de Fernando de Borbón, al oro repartido por ese hombre insidioso, por ese Coletilla.

--¿Quiénes son los venales? Sepámoslo.

--Desconfiad de los autores de asonadas.

--Ese es algún amigo del Gobierno--exclamó señalando al orador un individuo que estaba en la parte del público.

--¿Amigo del Gobierno?--dijo el orador indignado.--¿Por qué? ¿Porque amo la libertad sin licencia, la petición sin escándalo? Vosotros amáis la anarquía y cedéis á la venalidad. Me dirijo á los aragoneses, que este sitio se distinguen por su lenguaje procaz y su amor á los alborotos.

--¿Qué se atreve usted á decir?--exclamó Núñez levantándose como una furia y apostrofando al primer orador.

--¡Qué injuria dirige usted á mis amigos, á mi!

--Sí, señores--gritó el otro:--desconfiad de los aragoneses. Un aragonés agitó las turbas el día de la procesión del retrato.

Algunos miraron á Lázaro que, mudo y helado, presenciaba aquella escena.

--Y no lo dudéis--continuó el orador.--El que habló en aquella ocasión era un vil instrumento de los agentes del Rey.

--¡Es éste! ¡Aquí está!--exclamó uno, señalando á Lázaro á la atención de toda la asamblea.

--Sí: el sobrino de Coletilla.

--¡Sobrino de Coletilla! ¡Sobrino de Coletilla!--repitieron muchas voces.

Tumulto espantoso resonó en todo el ámbito. Todos se levantaron y miraron á Lázaro.

--¡El que habló la otra noche excitando á la rebelión!

--¡Alborotador de la Plaza Mayor!

--¡El sobrino de Coletilla!

Estas últimas palabras eran el mayor padrón de deshonra. Núñez se levantó á defender á su amigo; pero no pudo: su voz no fué escuchada. Muchos que temían verse acusados, en cuanto vieron el aluvión que sobre Lázaro caía, descargaron sobre él toda su ira.

--¿Cuánto te dieron por los gritos del día de la procesión, prendita?--exclamó desde el rincón el augusto Calleja.

--¡Afuera con él!

--¡Fuera los traidores, fuera!

--¡A la calle, á la calle!

Lázaro trató en aquel momento supremo de desesperación de reunir todo su aplomo para hablar, para defenderse, para gritar, para decir á todos que era inocente, que era un infeliz, un pobre diablo, el último de los seres. No le escuchaban. No podía hablar, ni para defenderse, ni para despreciarlos: se doblegó bajo el peso insoportable de tanta mirada y de tanta cólera. La multitud redobló su furia al ver el estupor y la postración de su víctima, y tras las palabras vinieron los movimientos: le mandaron salir, le empujaron hacia la puerta, le echaron. El círculo en que le tenían se estrechaba cada vez más; el desdichado joven vió cien manos sobre su cuerpo; se sintió cogido, como si una culebra se le enroscara echándole fuertes nudos y apretándole en sus robustos anillos. El vocerío, el calor, la angustia, la vergüenza, le aturdieron hasta el punto de hacerle perder la claridad del conocimiento. Sintióse arrastrar sin ver quién le arrastraba; fuerzas descomunales tiraban de sus puños, le golpeaban la espalda, le impelían hacia fuera, sintió abrirse la puerta con estrépito, sintió que su cuerpo recibía una fuerte sacudida, sintióse arrojado y libre de aquellos brazos terribles; cayó al suelo. El ruido continuaba en torno suyo, formado principalmente de carcajadas infernales; pero al fin el ruido se alejó poco á poco: el infeliz comenzó á experimentar el dolor de la caída y el frío de la tierra. Estaba en la calle.

Permaneció en el suelo algunos minutos sin darse clara cuenta de aquél hecho, y el sudor que le cubría su rostro le produjo una impresión glacial. Entonces adquirió conocimiento exacto de su situación, y vió que estaba en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, inclinada la frente, caído y revuelto el cabello. El sombrero rodaba á su lado, su ropa estaba desgarrada y sentía un dolor agudísimo en el codo izquierdo, duramente estropeado en la caída. El ruido de la _Fontana_ resonaba como enjambre lejano: á los gritos se unían las palmadas, y una voz agitada y sonora se elevaba á ratos sobre aquella tempestad de entusiasmo.

Lázaro vió en torno suyo á tres pilletes que le contemplaban con burla, y uno de ellos atisbaba una ocasión oportuna para quitarle el sombrero. Los transeúntes principiaron á formar corro, y alguno llegó á inclinarse con curiosidad para ver si el caído estaba difunto ó simplemente desmayado. Levantóse, porque aquella curiosidad impertinente le molestaba tanto como el rumor que de la _Fontana_ salía, y se alejó de allí, dirigiéndose á la Puerta del Sol. Los gateras le seguían, acompañados de algunos más; los serenos le dirigían de lleno la luz de sus linternas, y los transeúntes se paraban mirándole alejarse, seguros de que no era difunto ni estaba desmayado, sino simplemente borracho.

Subió la calle de la Montera, y preguntó por la calle de Válgame Dios, porque había resuelto dirigirse á Casa de su tío. Ya no dudaba: su determinación era fija, y en aquel angustioso trance, la casa del fanático, en cuya puerta había de dejar sus creencias, sus sentimientos, le pareció un refugio de paz.

Después de todo, los pocos días pasados en Madrid habían sido continuado martirio, y la idea de la apostasía que en casa del realista se le obligaba á hacer, no le molestaba tanto. Estaba herido de muerte en la imaginación, es decir, flaqueaba por su parte más poderosa. Ya no era aquel joven ardiente que se creía destinado á grandes fines; era un pobre desheredado sin vigor de espíritu, sin esperanza y sin ideas. No sabía lo que pensaba, no podía medir la inmensidad del trastorno que su pariente le exigía, no estaba resuelto sino á echarse en brazos del primero que fuera capaz de consolarle.

Llegó por fin, después de preguntar mucho, á la calle de Válgame Dios. Vió el número de la casa, miró á las ventanas del segundo piso y había luz en las habitaciones. Sin duda estaba allí Clara cansada de esperarle, desconfiada de verle otra vez. Entró en el zaguán y subió la escalera tan agitado y palpitante, que al llegar á la puerta se detuvo porque apenas podía respirar. Después de algunos segundos, en que trató de reponerse, alargó la mano, tomó el cordón de la campanilla y tiró muy suavemente, porque le parecía que iba á incomodar á su tío y á alarmar á Clara si tocaba más de lo necesario para hacer constar en el interior la presencia de un forastero. Pero la suavidad con que tiró su mano temblorosa fué tal, que la campanilla no sonó. Quiso hacerlo con más energía, y como estaba tan nervioso, tiró tanto que la campana atronó la casa. Lázaro se asustó, creyendo que Elías iba á salir hecho una furia, clamando contra el que así alborotaba. Largo rato pasó sin que nadie abriera; pero al fin distinguió alguna claridad al través del ventanillo; sintió pasos; una mano descorría la tabla, abrióse el agujero y aparecieron dos ojos.

No eran los de Clara.

--¿Quién?--dijo desde dentro la voz de Pascuala.

Lázaro preguntó por su tío.

--Sí pero no está.

--¿Vendrá pronto? Soy su sobrino.

Pascuala abrió la puerta y Lázaro dió un paso hacia adentro sorprendido de no oír la voz de Clara.

--No vendrá ni pronto ni tarde, porque se ha _mudao_--contestó la alcarreña.

--¿Cómo?

--Como que se ha _mudao_ hoy mismo. Yo estoy aquí todavía, porque quedan algunas cosillas y el ropero grande, y estoy aquí _pa_ cuidarlo; pero mañana me voy.

--¿Y á dónde se ha mudado?

--Aquí cerca, en la calle de Belén, en casa de unas señoras que llaman de Porreño, que le han _cedío_ el cuarto segundo _pa_ que viva solo.

--¿Y Clara?--preguntó Lázaro con mucha ansiedad.

--Ésa hace ocho días que está allá viviendo con las señoras. El amo la puso allí porque se _enfaó_ con ella.

--A ver, á ver, ¿qué es lo que dices?

--¡Ah! ¿Pero usted es sobrino del amo?

--Sí.

--Usted es aragonés. Dígame: ¿conoce por casualidad en Cariñena á Ventura Palomino, hermano de Jusepe Palomino, que casó con Colasa Sanahuja?

--No--contestó Lázaro impaciente:--no soy de Cariñena.

--¿Y sabe usted si ha _parío_ la mujer de Antón Telares, hermano de mi novio Pascual, con quien me voy á casar la semana que entra, si Dios me ayuda?

--No sé, hermana; no conozco á esa gente. Pero diga usted, ¿por qué ha ido Ciara á vivir con esas señoras?

--¡Ah!--dijo la alcarreña riendo con mucha gana:--no me acordaba de que era usted su novio. El amo la mandó allá, porque decía que no la podía aguantar ... pues ... le diré á usted ... el amo es así, un poco ... Decía que era una niña como las del día, que era muy sardesca ... Pero ella es muy buena, y no sé cómo la pobre no se ha _podrío_ de tristeza en esta casa.

--¿Y salió con gusto de aquí?

--A la verdad, caballero ... el amo tiene un genio, así ... vaya. Las dos nos quedábamos muertas de miedo siempre que le veíamos entrar. No nos hablaba nunca, y de noche, después de acostarnos, le sentíamos dando unas patadas.

--¿Y por qué la mandó á casa de esas señoras?

--Vea usted, yo le voy á decir la verdad porque es de la casa. Había un _melitarito_ que se metió un día en casa, porque vino acompañando al amo, que fué _herío_ en la calle. Después pasaba todos los días por ahí, y siempre que me encontraba en la calle me paraba _pa_ preguntarme por doña Clarita. ¡Ay! un día me vió mi Pascual hablando con él, y por poco ... mi Pascual tiene un genio del demonio, y cuando se _enfaa_ ... usted no supo cómo le pegó de cachetines al carnicero de ahí enfrente ... Luego, como es una así ... tan guapetona.

--Siga lo que iba contando: después sabremos lo que hace el señor Pascual--dijo Lázaro, impaciente por las digresiones de la criada.

--Pues decía que el _melitarito_, ofreciéndome dinero, quería colarse aquí.

--¿Y entró?...