La Fe

Chapter 9

Chapter 94,147 wordsPublic domain

El suceso se comentó mucho y de muy diverso modo en el pueblo. Algunos aprobaban la conducta del cura. Estaba en su derecho defendiéndose de un facineroso que Dios sabe lo que haría con él después de robarle. Otros, los más, la censuraban con acritud. Un sacerdote no puede obrar como los demás en tal caso. Es un ministro de Jesucristo y debe proceder siempre con caridad aunque sea en legítima defensa. El P. Gil estaba profundamente indignado, aunque guardaba silencio. Un sacerdote, antes que ensangrentar sus manos, no sólo debía dejarse robar, sino matar. Nuestro Señor así lo había enseñado cuando San Pedro cortó la oreja al soldado que venía a prenderle. Obdulia traslució bien los sentimientos que le agitaban y le aconsejó que dejase la rectoral y se estableciese en otra casa.

--Usted ya no puede vivir ahí después de lo que ha pasado, padre. El susto que ha llevado ha sido muy fuerte, y todos los días tiene que renovarse la impresión viendo el sitio.

No era esto precisamente lo que quería decir, sino que un hombre verdaderamente cristiano y virtuoso debía de padecer mucho viviendo al lado de quien acababa de dar muerte violenta a un semejante. Pero si no lo decía con las palabras, se dejaba adivinar en la gravedad y tristeza de su continente. El P. Gil no ansiaba otra cosa hacía mucho tiempo. La compañía del párroco le era molesta, como ya sabemos. Ahora, después del _asesinato_ (así lo calificaba su conciencia), se le había hecho insoportable. D. Miguel había incurrido en la censura de la Iglesia, se le retiraron las licencias para confesar y decir misa: mientras llegase la rehabilitación pasaría una temporada. Aprovechando aquellos momentos de flaqueza del terrible cura, con la ayuda de su madrina alquiló una casita no muy lejos de la iglesia y se trasladó a ella. Una antigua criada de D.ª Eloisa vino a servirle y a ser su ama de gobierno.

Libre ya del temor al párroco, Obdulia empezó a frecuentar la nueva casa del excusador y a ejercer en ella una alta vigilancia. Enterábase de la ropa blanca, del estado de las sotanas, de los alimentos que más placían al padre, de las particularidades de su cama. Algunas veces venía a ayudar al planchado o llevaba para aplanchar en su casa aquellas cosas más delicadas, como las albas y los roquetes, recosía las medias que se habían roto, quitaba las manchas de las sotanas, etc. Éstas eran las tareas ordinarias. Pero también se ocupaba en alguna obra más fina, en bordarle un amito, o unos corporales o cualquier otra prenda de las vestiduras sacerdotales. D.ª Josefa, el ama de llaves, no aceptaba de buena gana este protectorado; pero como aún no había echado raíces hondas en la casa y observaba la estrecha amistad que aquella señorita llevaba con su amo, no se atrevía a protestar. Contentábase con murmurar de ella cuando iba a visitar a su antigua señora y llamarla entrometida y tonta. Más adelante fue tascando el freno de peor voluntad aún y concluyó por desbocarse, como ya tendremos ocasión de ver. Tampoco el P. Gil estaba tranquilo ni satisfecho en la atmósfera de atenciones delicadas, de afecto y veneración en que la joven le tenía envuelto. Por más que la profesaba viva admiración y tenía en cuenta sus consejos, sentía un vago malestar cada vez que la veía ocupándose del cuidado material de su persona. Le parecía a él que esto era rebajar el carácter de aquella amistad espiritual, formada y sostenida para mejorar sus almas, para ayudarse en el camino de la perfección. No tenía noticia alguna de que Santa Teresa repasase las medias de San Juan de la Cruz. Además, no se comprendía muy bien el desprecio de la carne, que tan bien practicaba ella, con las comodidades de que pretendía rodearle. ¿Por qué había de ser tan severa para ella y tan blanda para él? ¿Por ventura, le suponía tan débil y cobarde que no podía vivir sin tales cuidados?

El P. Gil meditaba esto, apoyado en la baranda de un corredor enrejado que su habitación tenía sobre el mar. El sol declinaba entre celajes carmesíes, envolviendo en una onda de luz tibia y rojiza el pueblo y la rada. El lienzo de rocas que la cierra allá enfrente alzaba su masa enorme sobre las aguas, proyectando ya una vasta región de sombra. Y entre aquel negror los ojos del presbítero percibían el fulgor de las olas, mostrando y apagando a cortos intervalos su blancura. El muelle estaba desierto: aún no era llegada la hora de la vuelta de las lanchas. Los pataches y quechemarines cabeceaban dulcemente, aburridos de su inacción. Una gaviota volaba en círculos concéntricos rozando con sus alas la superficie del agua. El suave lejano rumor de las olas henchía el ambiente dormido de un murmullo sordo. La pequeña ensenada sólo vivía del juego movible de la luz que la bañaba de una claridad sangrienta que se iba retirando lentamente detrás de las peñas.

Tan absorto estaba, que D.ª Josefa necesitó llamarle tres veces desde la puerta para conseguir que se volviese.

--¿Qué hay?

--Una señora está abajo preguntando por usted. Dice que necesita hablarle en seguida.

--¿Una señora?--replicó el P. Gil abriendo mucho los ojos.--Será la señorita Obdulia.

--No, señor, no es ésa--replicó el ama haciendo con los labios un gesto de desdén.--La señora que aguarda abajo es mucho más guapa y elegante.

--¿No la conoce usted?--preguntó algo acortado por la intención que advertía en las palabras de D.ª Josefa.

--No, señor, es forastera.

--Pues hágale usted subir.

Tardó pocos segundos en aparecer una linda joven como de veinticuatro años, rubia, de rostro blanquísimo y facciones delicadas, vestida con elegancia peregrina. En su vida había visto el P. Gil, ni aun en Lancia, una dama tan distinguida. Su traje era sencillo, de viaje, pero tan original el corte y con tal lujo y esmero en los pormenores, que se echaba de ver inmediatamente la elevada calidad de la persona. Despedía de ella un perfume suave que vino a herir su nariz así que puso el pie en el cuarto. Mirola con sorpresa, que se convirtió en estupefacción al ver que la dama avanzó con resolución hasta él, y sin decir palabra se dejó caer de rodillas a sus pies sollozando.

--¡Señora... por Dios... levántese usted!--dijo aturdido.

La dama no se movió.

--Señora, levántese usted--repitió de nuevo cogiéndola suavemente por un brazo.

La forastera se levantó en silencio y se dejó caer en una silla, alzó el velito del sombrero que le tapaba los ojos y se los enjugó con el pañuelo. El P. Gil, en pie frente a ella, aguardaba a que se explicase. Y como no daba señales de hacerlo, antes se tapaba el rostro cada vez más, aventurose a decir:

--Señora, desearía saber en qué puedo servirla...

Todavía tardó unos instantes en responder. Al cabo dijo, sin apartar el pañuelo de los ojos:

--Soy la esposa de D. Álvaro Montesinos.

El excusador dio un paso atrás involuntariamente.

¿Cómo? ¿aquella dama era la mujerzuela despreciable que había hecho la desgracia de D. Álvaro, de quien su madrina D.ª Eloisa hablaba siempre con horror? Por ésta conocía la triste historia del aquel matrimonio. El heredero de la casa de Montesinos se había enamorado como un loco de una joven de buena familia, pero sin dinero; una de esas chicas que suelen verse en Madrid en todos los teatros y en todos los saraos a la caza de un marido rico. Aun con serlo Montesinos, Joaquinita Domínguez (que así se llamaba) le dio cordelejo una temporada, esperando tal vez que llegase otro con la misma hacienda y mejor figura; porque la del mayorazgo de Peñascosa era, cierto, de lo más raquítico y desgraciado que pudiera verse. Mas como no llegaba, resolviose un día a enamorarse perdidamente de él y se lo demostró de un modo que no daba lugar a dudas. «Todo el Madrid elegante» recordará a una linda rubia abonada al turno primero par del teatro Real, que se pasaba la noche charlando con un caballero flacucho y pálido sentado en la fila de atrás; que en el teatro de la Comedia y en el de Apolo no le quitaba los gemelos de encima desde su platea; que lo llevaba de remolque en el paseo del Retiro, y hasta por las mañanas, cuando iba de tiendas, se la veía con él, escoltados por la mamá. Enteramente convencido de su amor, el hidalgo la pidió en matrimonio, y la obtuvo no sin algún trabajo, pues a la mamá costole muchas lágrimas entregarle aquella joya, que era la alegría de la casa. En los primeros cuatro meses gastó D. Álvaro la renta de todo el año. Joaquinita quiso coche y palco en los teatros, y dio reuniones y saraos. Pero estaba tan hermosa y su marido la encontraba tan alegre, que con el amor frenético que la profesaba no le hubiera rehusado ni la sangre del corazón si un día se la pidiera después de un beso de amor largo, oprimido, espasmódico, como los que le daba cuando tenía que pedirle una _rivière_ de brillantes o una _sociable_ de doble suspensión.

A los seis meses justos se le antojó a la joven esposa viajar por Europa, un viaje largo que había de durar un año o más; visitar toda Francia, Italia, subir luego a Inglaterra, pasar a Alemania y correrse hasta San Petersburgo. El enamorado Montesinos no puso obstáculos a este deseo, aunque debiera ponerlos. Necesitábase un capital respetable para realizarlo, atento a las comodidades y boato con que Joaquinita pretendía viajar. Pidió a préstamo sobre algunas de sus fincas 30.000 duros y salieron de Madrid. En Hendaya vieron en la fonda del ferrocarril tomando chocolate a Federico Torres, un sietemesino madrileño hijo de un ministro del Tribunal de Cuentas. A Joaquinita siempre le había sido muy antipático, sin saber por qué.

--¿Adonde irá este títere?--preguntó por lo bajo, después de corresponder fríamente a su saludo.

Montesinos alzó los hombros con indiferencia.

--¡Qué pelea le tienes a este chico! Yo le encuentro fino y agradable.

--¡Qué horror!--exclamó ella riendo.

En Pau volvieron a verle en la estación, y ya no le vieron más. En Marsella pensaba el matrimonio detenerse cuatro o cinco días; pero al tercero, viniendo D. Álvaro de la estación de arreglar el asunto del sleeping-car para el día siguiente, con gran sorpresa no encontró a su esposa en casa. La sorpresa convirtiose en horrible estupor al observar el desorden de la habitación. El gran baúl mundo de su mujer había desaparecido. Había diferentes prendas de ropa por el suelo. Los criados le dijeron que la señora había hecho trasportar el baúl después de irse él para facturarlo en doble pequeña, según decía. Luego había salido y no había vuelto. Montesinos, aturdido, horrorizado de la idea que le cruzaba por el cerebro, abrió con mano convulsa el secreto del cofre donde guardaban el dinero. Ni un céntimo había allí ya. Comprendiendo de una vez toda su desgracia, cayó al suelo como herido por un rayo. Estuvo algunos días entre la vida y la muerte. Cuando recobró el conocimiento, hizo telegrafiar a su cuñado D. Martín, el cual se presentó inmediatamente y le condujo a Peñascosa. No tardó en saberse que Joaquinita se había escapado con Federico Torres, y que viajaban alegremente por Europa con el dinero del hidalgo.

Ésta era la mujer que tenía delante el P. Gil. Después de aquel primer movimiento de repulsión, se rehizo y dijo:

--Serénese usted un poco, señora, y dígame en qué puedo favorecerla.

--Acabo de llegar de Madrid--articuló con trabajo la dama,--y me he dirigido a casa de mi marido, con quien hace tiempo estoy reñida... Deseaba reconciliarme con él... que concluyese esta separación tan fea y tan escandalosa... Un criado viejo que tiene... ¡un bruto!... no me permitió verle... me cogió por el brazo... me arrojó de casa a empellones... ¡sí, a empellones!

Aquí la dama volvió a estallar en sollozos, y se tapó de nuevo el rostro con el pañuelo.

El clérigo esperó a que continuase; pero viendo que no lo hacía, tomó de nuevo la palabra.

--Siento mucho ese percance, señora... Pero no creo que haya motivo para tal desconsuelo. Las ofensas que se perdonan no se sienten. Perdone usted a ese pobre criado que ha obrado sin saber lo que hacía, y dígame qué es lo que puedo hacer en su obsequio.

Secose los ojos la esposa infiel. Volvieron a humedecérsele y volvió a secarlos.

--Según me han dicho ahí en la posada, usted es la única persona que visita a mi marido... Yo le suplico, por lo más sagrado, ya que es usted su amigo, que intervenga para que termine nuestra separación. Lo deseo hace mucho tiempo con ansia... Confieso que no he sido buena para él...

--Sí, sí; lo sé todo--interrumpió el clérigo con impaciencia.

La dama se puso fuertemente colorada.

--Confieso que le he ofendido gravemente... Fue un momento de obcecación... una tentación del demonio... Pero yo siempre le he querido... y le quiero... No tengo inconveniente en humillarme, en pedirle perdón de rodillas... Ya ve usted, padre, si no le quisiera no me humillaría... ¡Me horroriza la idea de no obtener su perdón, de morir lejos de él sola, maldita! ¡Ah, qué porvenir tan espantoso!... Si mucho he pecado, crea usted que mucho he padecido en estos últimos tiempos...

--Señora, ya puede usted comprender si yo tendría satisfacción en unir un matrimonio disuelto... lo mismo el de usted que cualquier otro. Mi misión es predicar la concordia entre los hombres y morir por ella si es preciso. Aun sin pedírmelo tengo el deber, por mi cargo, de procurar en esta parroquia la reconciliación de los matrimonios desavenidos... Pero este caso es delicado. Aparte de la ofensa gravísima que usted ha inferido a su esposo, del escándalo que la acompañó, de los que la siguieron, todo lo cual dificulta extraordinariamente la reconciliación, aparte de eso, repito, hay otra dificultad mayor. Y es que su marido de usted está fuera de la Iglesia católica. No tengo sobre él otra influencia que la que puede dar una amistad superficial. Ninguno de los razonamientos a los cuales pudiera yo apelar como sacerdote tiene fuerza sobre su ánimo. Al contrario, dadas sus ideas, es posible que sirviesen para embravecerle más, o cuando menos de mofa...

--Sí, sí--interrumpió la dama con voz chillona, malévola,--mi marido ha sido siempre un impío, un ateo escandaloso.

--Señora, de poco sirve creer si se obra como si no se creyera--replicó severamente el excusador, a quien había herido el tono agresivo de la dama, tan contrario a la humildad de antes.

Tornó a ponerse colorada y bajó los ojos afectando de nuevo una gran contrición. El P. Gil prosiguió:

--De todos modos, como cristiano y como sacerdote, estoy dispuesto a hacer todo lo que puedan mis fuerzas por conseguir lo que usted desea. Dudo mucho del éxito de mi intervención... Sé también que me expongo a ser arrojado como usted de la casa, pero no me importa. Cumpliré mi deber, y si no conseguimos nada, me quedará al menos la satisfacción de haberlo cumplido...

Quedose pensativo unos instantes, mientras la dama mantenía sobre él una mirada intensa y ansiosa. Luego, como si hablase consigo mismo más que con ella, prosiguió:

--El dirigirme ahora a casa de D. Álvaro ofrece inconvenientes. La gente del pueblo es curiosa... Vendrían las hablillas... después el escándalo... Opino que deberíamos aguardar un rato a que concluyera de oscurecer, o mejor aún, que yo fuese por delante a tantear el asunto...

--¡No! ¡no!--exclamó la dama.--No le prevenga usted. Se negaría a recibirme. Es necesario cogerle de improviso; aprovechar el primer movimiento de su corazón, que es generoso. Luego, cuando reflexiona, se hace malo, burlón...

--Como usted quiera. Entonces, aguardaremos.

Pero en el instante de pronunciar esta palabra se hizo cargo de lo inconveniente de permanecer tanto tiempo a solas con una mujer, y dijo un poco turbado:

--Usted me permitirá que mientras tanto la deje sola unos momentos... Soy con usted en seguida.

En vez de ser con ella, mandó a su ama para que la acompañase. Sólo cuando la luz se hubo extinguido por completo subió de nuevo con el sombrero en la mano, preparado a salir. La esposa de D. Álvaro, así que le vio en esta traza, se levantó de la silla.

Había cerrado ya la noche. La gente de mar se había retirado a sus casas o a las tabernas. Por la larga, sinuosa calle del Cuadrante circulaban pocos transeúntes. El excusador y la esposa de Montesinos caminaron un rato en silencio en dirección al Campo de los Desmayos. Al aproximarse a él ambos se sentían agitados, temerosos. Tanto para calmarse un poco como para prevenirse, se detuvieron un instante, y metiéndose en el hueco de una puerta, cuchichearon con animación. El P. Gil insistía en su idea de entrar primero en la casa y explorar el ánimo de D. Álvaro: tenía miedo a un escándalo. La dama se oponía con calor, convencida hasta la evidencia de que su marido se negaría en absoluto a recibirla, y tomaría precauciones para que no pisase el suelo de su casa. Cuando más embebidos se hallaban en la discusión, del hueco de otra puerta cercana salió una sombra estrecha, elevada, y se aproximó a ellos rápidamente.

--Buenas noches, padre, buenas noches.

Era la hija de Osuna. Había en la inflexión de su voz al pronunciar estas palabras cierta ironía, mezclada de cólera, que sorprendieron a la vez a la dama y al sacerdote. Éste levantó la cabeza y respondió fríamente:

--Buenas noches, hija.

--¿Va usted a hacer oración, o viene usted?--preguntó con el mismo retintín y sonriendo.

--Ni voy ni vengo de hacer oración, hija mía. En este momento me ocupo de asuntos de mi ministerio--replicó en tono severo el P. Gil.

Pero este tono, en vez de sosegar a la joven o amedrentarla, la encrespó al parecer.

--Usted siempre haciendo algo por Dios, padre, ¡ji! ¡ji! lo mismo en la iglesia, que a la cabecera de los moribundos... que en los huecos de las puertas, ¡ji! ¡ji!... Si usted se muere antes que yo, ya tiene usted un testigo de alguno de sus milagros para que le canonicen... Vaya, no quiero estorbar el milagro. Hasta la vista. ¡Ji! ¡Ji!

Y cuando hubo dado dos o tres pasos, sin volverse dijo:

--¡Y que aproveche!

La esposa de Montesinos levantó la cabeza y clavó en el P. Gil una mirada de estupor y curiosidad.

--¿Qué es eso?

El sacerdote, rojo de vergüenza y de indignación, alzó los hombros en señal de ignorancia y echó a andar hacia el caserón de Montesinos.

VI

Al tirar del cordel grasiento, el mismo tañido lúgubre, que tanto había impresionado al P. Gil la vez primera que puso los pies en aquella casa, produjo a ambos un estremecimiento de temor y ansiedad. No tardó en oírse la voz cascada de Ramiro.

--¿Quién es?

--Gente de paz.

--¿Quién es?--tornó a preguntar.

--Soy yo, Ramiro. Abre--respondió el sacerdote.

La puerta giró pausadamente sobre sus goznes y apareció la silueta del viejo, débilmente esclarecida por la luz de la lamparilla que ardía sobre el dintel.

--Pase usted, señor excusador--dijo sin percibir a la dama, que se había ocultado detrás de éste. Pero viéndola al fin, dio un paso atrás y, abriendo los brazos en actitud de impedir la entrada, exclamó:

--¡Ah! ¿Vuelve usted acompañada?... Pues ni por esas... ¡No entrará usted, no!

--Vamos, Ramiro--dijo con dulzura el sacerdote, poniéndole una mano sobre el hombro,--déjanos paso, que éste es un asunto delicado y que no te concierne.

--Pase usted cuando quiera, pero esa mujer no puede pasar.

--¿Por qué no puede pasar?--preguntó con entereza el sacerdote, alzando la cabeza.

--Porque aquí no entran p.... ni ladronas.

Ante aquella injuria bárbara, la dama se tapó el rostro con las manos y dejó escapar un gemido. El P. Gil se puso rojo, y cogiendo al viejo por un brazo, le sacudió con violencia.

--Sea usted más comedido, y ya que no respete la sotana que visto, guarde los miramientos que se deben a las señoras. Ante Dios y ante los hombres ésta es la esposa legítima de su amo de usted. Déjeme el paso franco, que a usted no le toca en este asunto más que oír, ver y callar.

Y dando un empellón al viejo, se volvió diciendo:

--Venga usted, señora.

Pero Ramiro, agitado, convulso, como si fuera a caer presa de un síncope, se puso a correr delante de ellos, gritando:

--¡Álvaro, Álvaro! ¡Que entra la z... en tu casa!

Dos criadas se asomaron a la escalera y contemplaron con estupor la escena. El viejo no se detuvo en el principal; siguió hasta el segundo, dando los mismos gritos. El P. Gil, que le seguía con Joaquinita, dijo a ésta al llegar al piso primero:

--Quédese por ahora aquí; yo subiré solamente.

Cuando llegó al segundo, tropezó con D. Álvaro que salía a punto de su habitación. Su rostro, siempre pálido, lo estaba ahora tanto que daba miedo. En cuatro palabras Ramiro le había enterado de lo que ocurría. Por la tarde, cuando por primera vez había venido la esposa infiel a la casa, no lo había hecho. D. Álvaro no pronunció una palabra. Cogió con mano convulsa por un brazo al sacerdote y le hizo entrar en su gabinete. Luego cerró con cuidado la puerta.

--¿A qué viene esa mujer?--preguntó haciendo inútiles esfuerzos por aparecer sosegado. La voz salía de su garganta débil y ronca.

--Viene a implorar su perdón.

--Se equivoca usted; viene por dinero--repuso sonriendo ya forzadamente.

El P. Gil permaneció un instante silencioso y dijo al cabo:

--No me atrevo a asegurar a usted nada. Parece que está arrepentida... Su acento es sincero y ha llorado con verdadero dolor en mi presencia.

Un relámpago de ira pasó por los ojos del hidalgo. En aquel tropel de emociones que se agitaban en su espíritu, la indignación logró vencer a todas las demás y profirió con acento despreciativo:

--Estoy perfectamente convencido de que no viene más que por cuartos... pero de todos modos, me importa un bledo su arrepentimiento y su sinceridad... Si está arrepentida, que pida a un cura la absolución. El figurarse por un instante que yo puedo perdonarla es un nuevo insulto, es una idea que sólo cabe en un alma tan miserable como la suya.

--El perdón jamás degrada. Es la virtud que más ennoblece al ser humano--manifestó el clérigo, sorprendido.

D. Álvaro le clavó una larga mirada colérica. Después alzó los hombros con desdén y dijo:

--Está bien: dejemos eso. Lo que importa es que, ya que la ha traído, se lleve usted inmediatamente a esa señora.

--Me atrevería a suplicarle que, aunque no la perdone, le permita al menos hablar con usted... Quizá tenga algunas revelaciones que hacerle.

--No soy curioso. Puede guardarse sus revelaciones o confiarlas a quien se le antoje... Por mi parte (escuche usted bien lo que voy a decirle)--al mismo tiempo le cogió con mano crispada la muñeca,--por mi parte, ni ahora ni nunca cruzaré con ella la palabra... Puede usted decírselo.

El P. Gil bajó la cabeza y permaneció silencioso mientras el mayorazgo comenzó a pasear agitadamente por la estancia con las manos en los bolsillos. De vez en cuando se dibujaba en su rostro una sonrisa sarcástica y dejaba escapar por la nariz un leve resoplido que acusaba la tensión de su espíritu, como el pito revela la tensión de la caldera de vapor.

--Ya que eso no pueda ser--manifestó al cabo de un rato con suavidad el sacerdote,--usted comprenderá, D. Álvaro, que esa señora no puede irse a dormir fuera de esta casa sin dar pábulo a las malas lenguas, sin renovar conversaciones que no deben renovarse. Por egoísmo, ya que no por caridad, debe usted consentir que su esposa duerma hoy en esta casa, pues no creo que le convenga a usted escandalizar a la población.

D. Álvaro prosiguió sus paseos agitados sin responder palabra, como si no hubiese oído la proposición del sacerdote. Al cabo de un rato se plantó delante de él y, mirándole fijamente, dijo:

--Está bien. Dígale usted que, si es su gusto, no hay inconveniente en que duerma en esta casa... aunque se necesite bien poca dignidad para aceptarlo--añadió bajando la voz y recalcando las sílabas.--Y si quiere dinero para el viaje de vuelta, Osuna se lo proporcionará.

--Le doy las gracias por esta deferencia, pero me voy muy triste--replicó sonriendo el P. Gil.--Cualquier sacrificio haría por borrar de su memoria la ofensa recibida y soldar de nuevo la cadena de su matrimonio. ¡Cuánto daría en este momento por ser un hombre elocuente!...