Chapter 8
El P. Gil, que escuchaba petrificado tal sarta de impiedades, sintió un estremecimiento de horror al oír aquella interpretación monstruosa del sentimiento de la caridad. A este estremecimiento sucedió una viva irritación. Necesitó un gran esfuerzo de voluntad para no romper en insultos contra el blasfemo.
--Todo eso está muy bien--dijo dominándose y sonriendo forzadamente;--pero usted me dispensará que le haga una pregunta. En ese pesimismo tan desconsolador que usted profesa, en la idea deplorable que usted ha formado del mundo y de los hombres, en ese mismo ateísmo brutal (¡perdón por la frase!) que tanto gusto tiene en exhibir, ¿está usted seguro de que todo depende de la razón fría y serena? ¿No habrán influido nada sus tristezas individuales, los acontecimientos desgraciados de su vida?
Los ojos felinos del hidalgo brillaron iracundos; le había herido en lo vivo.
--¡Ah, la eterna cantilena!--exclamó impetuosamente.--Cuando no se puede atacar una teoría, se escudriñan los móviles del que la sustenta. ¿Qué pretende usted probar con eso? Supongamos que el mundo es un paraíso, que todos los hombres, menos yo, son felices, y que mi pesimismo depende en un todo de mis desgracias. ¿Dejaré por eso de afirmar el mal que me ha tocado en suerte? ¿No tendré derecho yo, criatura desdichada, a calificar a Dios (caso de que lo hubiera) de perverso, puesto que pudiendo haberme hecho feliz como a los demás me hizo desgraciado? Todo el que padece sobre la tierra puede preguntar a Dios como Job: ¿Cuándo la existencia te pidió la nada?... Por lo demás--añadió adoptando un tono despreciativo, insultante,--desde que usted ha entrado por esa puerta supe a lo que venía. No quiero discutir con usted, porque me aburriré. Estoy persuadido de que la religión en que usted cree no es más que un conjunto de hipótesis inocentes como las de todas las demás religiones inventadas por la miseria y la cobardía de los hombres, que no pueden resignarse a morir buenamente como los demás seres animados, como nos lo enseña irrefutablemente la experiencia, que no pueden convencerse de que han nacido para el dolor. Y esto no lo creo por capricho, sino después de haber estudiado y meditado el asunto largamente, después de haber seguido paso a paso con cuidado la historia de las religiones más importantes. Si hubiera de elegir alguna entre ellas, no sería ciertamente el cristianismo, que es una de las más tristes e insensatas. Me sucede lo que a Goethe: la cruz me crispa los nervios. Ni Santo Tomás, ni San Agustín, ni Fenelón, ni Pascal me han convencido. Por consiguiente, ninguno de ustedes me convencerá. Usted no tiene más respetabilidad para mí que la que le preste su carácter y sus obras. De su ciencia y de la de todos sus colegas, obispos y arzobispos me río a carcajadas.
Sus ojos brillaban con fiereza, mirándole de arriba abajo; pero estos ojos se dulcificaron repentinamente al ver temblar una lágrima en los del P. Gil.
--Dispénseme usted, señor excusador--se apresuró a decir, acercándose a él,--si le he ofendido. Tengo mal carácter... me irrito con facilidad...
--Adiós, señor, adiós--respondió el P. Gil, estrechando la mano que Montesinos le tendía.--A mí no me ha ofendido... Es a Dios a quien...
--Entonces estoy contento, porque eso no importa nada...--replicó sonriendo.--Hasta la vista. Ya sabe que tiene aquí un amigo y una casa a su disposición.
V
Salió de aquella casa maldita en un estado de confusión y tristeza indescriptibles. No quiso ir a la de D.ª Eloisa, que le esperaba impacientemente. Cuando más tarde la vio, manifestole su fracaso en cortas y secas palabras.
Durante algunos días hizo esfuerzos para alejar de su pensamiento aquella desagradable entrevista y hasta la imagen del blasfemo. Abrumado, abatido por un recibimiento tan brutal, no imaginaba que hubiese medio alguno de combatir aquel diablo rabioso henchido de ira y de impiedad. Pero sus palabras resonaban noche y día en sus oídos, le perseguían, le dolían como crueles latigazos. Conocía algunos razonamientos de los herejes; aquellos que los libros de teología traían, y que el autor, con la autoridad de los Santos Padres, refutaba siempre victoriosamente. Sabía de la existencia de los racionalistas, pero sus noticias eran deficientes y vagas. Jamás había visto expresado de un modo tan cínico el ateísmo. No pensaba que hubiese quien estuviera verdaderamente convencido de que Dios no existía.
Disipada, no obstante, al cabo de algún tiempo la impresión, no pudo menos de pensar que se había amilanado pronto. Demasiado sabía que la oveja no se le había de entregar de buenas a primeras, que iba a encontrarse con un hombre avisado, erudito, a quien no se atraería con cuatro lugares comunes. Entonces, ¿por qué abatirse repentinamente? ¿Por qué darse por vencido sin luchar? El P. Gil se confesó, con su habitual y sincera modestia, que no estaba preparado para este combate. Debajo de las frases irónicas y cínicas del mayorazgo de Montesinos adivinaba un estudio largo de la materia, un sistema meditado y completo. Para combatir este sistema y los razonamientos que la impiedad puede alegar era menester conocerlos de antemano, discutirlos y ponderarlos previamente en la cabeza, para luego, al aparecer en la boca del incrédulo, destruirlos, hacerlos polvo. Por eso no se atrevía a intentar de nuevo aquella apetecida conversión.
Pero cuanto más difícil se le hacía, cuantos más obstáculos encontraba en el camino, más vivos eran sus deseos de lograrla. En las vidas de los santos había visto que jamás se daban por vencidos en su lucha con el pecado. Por enorme, por imposible que la empresa fuera, una y otra vez la acometían con creciente ardor, fiados únicamente en la ayuda de Dios. Debía hacer otro tanto. Si le faltaban fuerzas, Dios se las prestaría. Trabajar sin descanso hasta conseguir la vuelta del hijo pródigo, hasta destruir este foco de impiedad que podía contagiar los corazones sanos de Peñascosa, hasta remover aquella piedra de escándalo.
Quedó decidido en su pensamiento que volvería de nuevo a la carga. Pero esta vez iría mejor apercibido; conocería perfectamente todos los argumentos de los herejes y llevaría preparada la réplica. Comunicó con su maestro el rector del seminario de Lancia el proyecto de la conversión y le rogó que pidiese al prelado un permiso para leer libros prohibidos. Tardó poco en mandárselo el rector, pero en la carta que lo acompañaba no aparecía muy entusiasmado con la empresa de su discípulo. El ascético sacerdote gozaba más con perfeccionar las almas creyentes y buenas, que en atraer las que definitivamente se hallaban en las garras del pecado.
Lo primero que se le ocurrió leer al P. Gil fue cierta _Vida de Jesús_, muy popular a la sazón entre los impíos y de la cual se hablaba siempre con desprecio mezclado de terror en el seminario. La leyó con profundo dolor y tristeza. Nuestro Señor Jesucristo era considerado por el hereje que la escribiera como hombre. Le prodigaba mil irrisorias alabanzas, le manifestaba exagerada admiración, pero era para demostrar mejor su condición exclusivamente humana y deslizar el veneno de la impiedad con más fruto. El libro estaba atestado de patrañas. «El cristianismo, decía, es un fenómeno histórico, y como tal debe ser estudiado históricamente.» Esto era evidentemente absurdo, porque el cristianismo significa la redención del género humano por el Hijo de Dios; es la revelación de la verdad divina. El autor pedía que se examinasen los relatos de los Evangelios mediante los mismos principios con que se juzga cualquiera otra tradición, que no se impusieran de antemano a la crítica los resultados y se la dejase libre de hipótesis preconcebidas. Esto era otro absurdo, porque ¿cómo hemos de aplicar a la fe, a la palabra de Dios, los mismos principios que a los hechos y a las palabras de los hombres? De este modo iba respondiendo uno por uno a los argumentos del autor racionalista, y deshaciéndolos.
Preocupado con esta discusión interior y ganoso de exteriorizarla, como acaece con todo lo que llena y embaraza nuestro espíritu, se aventuró a hacer otra visita al mayorazgo de Montesinos. Esta vez le recibió muy bien, con exquisita amabilidad, como si le remordiese la conciencia de su grosería pasada. Hablaron de cosas indiferentes. Montesinos tuvo ocasión de manifestarle que tenía muy buenas noticias de su carácter, que conocía las virtudes que le adornaban. El P. Gil se ruborizó con estos elogios y respondió, sonriendo tristemente, que lo que quisiera en aquel momento era tener mucho talento y mucha ciencia para convencerle de la verdad de la revelación. «¿De cuál revelación?--le había preguntado el hidalgo sonriendo también con benevolencia.--¿Cómo de cuál revelación?--Sí, ¿de cuál? porque hay varias: los cristianos, los buddhistas, los mahometanos, los judíos, todos creen su religión revelada por Dios.--Hablo de la única verdadera, de la revelación de Nuestro Señor Jesucristo.--¿Y en qué se funda usted para creer que ésa es verdadera y las otras falsas?--En que las otras están llenas de cosas monstruosas, irracionales--respondió imperiosamente el clérigo,--en que sólo la religión del Crucificado llena todas las aspiraciones de nuestro sentimiento y nuestra razón.--¡Tenga usted cuidado, señor excusador!--exclamó el mayorazgo soltando una alegre carcajada--que está usted haciendo depender la verdad revelada del aserto de la razón, que está usted proclamando la supremacía de ésta, lo cual es una proposición herética.--¿Cómo? ¿cómo?--preguntó aturdido el sacerdote.» Pero Montesinos cambió la conversación bruscamente. No se atrevió a insistir.
Le costó gran trabajo tragar aquella píldora. Estuvo una porción de días sin poder pensar apenas en otra cosa. La idea de que sin darse cuenta de ello pudiera incurrir en algún error condenado por la Iglesia le inquietaba vivamente. Indudablemente el leer libros heréticos, el pensar demasiado en los fundamentos de la religión era parecido a jugar con fuego. Mejor haría en dejar los dados quedos y a Montesinos que se lo llevase el diablo. Contra esta resolución clamaban todos los santos que vivieron en el mundo y los mandamientos divinos que ordenan amar al prójimo como a uno mismo. Por otra parte, presentía que su agitación interior no iba a cesar. Las ideas de la _Vida de Jesús_ y las que había oído a Montesinos bullían confusamente en su cerebro, y no se calmarían repentinamente por un esfuerzo de la voluntad. ¿Por qué no había de ahondar en el examen de los orígenes de la religión cristiana? ¿Por qué no había de conocer hasta en sus últimos pormenores los datos de la discusión, a fin de confundir, de pulverizar a cualquier racionalista que se le presentase, por sabio que fuera? En esto no había peligro alguno. La poca ciencia aleja de Dios: la mucha acerca.
Dedicose con ardor, con frenesí se puede decir, al estudio. Montesinos, con quien empezó a intimar, puso a su disposición la biblioteca. Leyó sin tregua, con atención profunda, los escritos más sobresalientes acerca de las investigaciones críticas sobre el cristianismo primitivo, sobre los libros del Nuevo Testamento y la historia de los dogmas. Bebió a grandes tragos el veneno de la herejía sin percibir su sabor, con la esperanza de que al agotar el vaso quedaría perfectamente tranquilo, seguro para siempre de la insensatez y maldad que encerraba todo lo que se opusiera a la Iglesia de Cristo. Mas ¡ay! no sucedió así. Al cabo de algunos meses la duda levantó su cabeza hedionda en su espíritu atribulado. Estuvo muchos días sin confesárselo, procurando engañarse a sí mismo, desviando los ojos para no verla. Llegó un momento, sin embargo, en que ya no fue posible. La infame se había ido enroscando cautelosamente a su alma, se había apoderado insensiblemente de toda ella. ¡Qué estupor! ¡Qué horrible desconsuelo!
La Biblia es la palabra de Dios. Lo que Dios sugiere es la infalible verdad. En la Biblia no pueden existir narraciones falsas o contradictorias. Esto se repetía el sacerdote a cada instante, hasta en voz alta cuando se hallaba solo.
Si la Escritura no fuese de origen divino, ¿cómo se explica que Isaías pudiese profetizar que Jesús nacería de una virgen y que había de ser en Belén? ¿Cómo pudo el mismo Isaías, siglo y medio antes de Ciro, señalar a éste como libertador de los judíos? ¿Cómo pudo Daniel, bajo el imperio de Nabucodonosor, profetizar el nacimiento de Alejandro Magno y muchas particularidades de su historia?
¿A quién dirigía con violencia el P. Gil estas contundentes preguntas hallándose solo? A un heresiarca invisible que le replicaba silbando como una serpiente: «Los diferentes libros de la Biblia son obra de los hombres, como todos los demás que se atribuyen origen divino, el Corán, los Vedas, etc. Son compilaciones de escritos de diversos géneros y épocas. Los libros atribuidos a Moisés y a Samuel son compilaciones muy posteriores, en las cuales se han introducido fragmentos de diferentes épocas. Lo mismo pasa con los libros del Nuevo Testamento. Isaías no ha pensado con su hijo de virgen para nada en Jesús. El último tercio de las profecías de Isaías procede de un contemporáneo de Ciro y todo el libro de Daniel de un contemporáneo de Antioco, por lo cual muy bien pudieron profetizar lo que ya había sucedido.»
El P. Gil se tapaba los ojos, se mesaba los cabellos, horrorizado de aquella disputa sacrílega. ¡Él, un ministro del Altísimo, buscando reparos y contradicciones a las palabras del Espíritu Santo! Merecía que la tierra se abriese repentinamente y se lo tragara. Aquellos libros infames que le había prestado el hereje Montesinos tenían la culpa. Arrebatado de santa indignación contra ellos, sin reparar en que no le pertenecían, los cogió todos un día, hizo un montón con ellos en el patio, y le dio fuego. D. Miguel, que estaba muy lejos de sospechar lo que pasaba por el alma de su teniente, aplaudía desde el balcón con fuertes risotadas el auto de fe.
Quedó más tranquilo desde que no tuvo en la habitación aquellos perversos enemigos de su salvación. Dejó por completo la lectura y entregose de nuevo a los deberes del confesonario, que tenía algo abandonados. Y procediendo con sus dudas de crítica histórica como los santos antiguos procedían con las tentaciones de la carne, comenzó a mortificarse despiadadamente. Él, que hasta entonces se había mostrado débil y cobarde en esta vía de perfección, siguiola ahora con arrojo, ansioso de pagar con los dolores del cuerpo la rebelión escandalosa del espíritu. Mucho le confortó y ayudó en este trance el ejemplo de la piadosa hija de Osuna. Cada día descubría en el alma pura de su penitenta nuevos tesoros de bondad y perfección cristianas. Creía estar en presencia de una de aquellas elegidas del Señor, consagradas por la Iglesia y adoradas por los fieles de toda la cristiandad: Santa Teresa, Santa Isabel, Santa Catalina, Santa Eulalia, la beata Margarita de Alacoque. Las mismas particularidades que había leído en la historia de estas santas, observábalas ahora en su hija de confesión; la misma sed de penitencia, iguales escrúpulos y temores, la misma humildad, los mismos favores divinos.
Porque Obdulia, llena de vergüenza, como si se acusara de un pecado grave, temblando de emoción, le había confesado que de vez en cuando experimentaba desmayos hallándose en oración, caía al suelo repentinamente, y en los breves momentos en que permanecía sin sentido, veía unas veces a Jesús entre nubes rodeado de ángeles, escuchaba una música divina, embriagadora; otras veces notaba que un ángel grande, fuerte, hermoso, con dos alas inmensas y trasparentes, se acercaba a ella y le ponía con dulzura la mano en la cabeza, diciéndole: «Persevera;» otras, las más, percibía solamente una gran claridad, que la bañaba toda de placer, sin ver a nadie; pero se sentía acompañada como si todos los santos y santas del cielo vagasen invisibles a su alrededor. Al principio, como confesor prudente, mostró no dar importancia a aquellas visiones: podría muy bien estar equivocada; el diablo finge muchas veces tales escenas para engañar a las almas incautas, deslizando en ellas el veneno de la vanidad y la soberbia. Obdulia persistía, sin embargo: los síncopes eran cada vez más frecuentes y prolongados, las visiones más intensas; aseguraba con mal reprimido fuego que veía a Jesús, que veía al ángel. El P. Gil dudaba siempre, o fingía dudar, haciendo un gesto desdeñoso cada vez que la joven relataba con labios temblorosos aquellos favores del cielo. Sólo había un signo seguro para reconocer si venían directamente de Dios; cuando el alma se perfecciona con ellos a tal punto que un levísimo pecado venial le causa tanto dolor y tantas lágrimas como el más nefando y mortal. Ahora bien, en ella todavía existían las rebeliones de la carne, todavía apuntaba el amor propio. No podía juzgar divinos aquellos deslumbramientos. Obdulia experimentaba un gran desconsuelo ante esta actitud severa y reservada.
Pero poco a poco el sello que el sacerdote pedía para reconocer el origen celestial de sus visiones fue apareciendo. El espíritu de la joven se acendró de todas las impurezas. Su devoción a las prácticas religiosas, sobre todo al sagrado pan eucarístico, era cada día mayor. Se deshacía, se derretía en amor divino, rompiendo muchas veces en exclamaciones de entusiasmo, en frases incoherentes, como si estuviera loca. Y con esto, su humildad y sumisión tan perfectas, que bastaba una mirada de su confesor para confundirla, para hacerle temblar y pedir perdón por los actos más inocentes. A la postre no tuvo más remedio aquél que inclinarse ante la voluntad de Dios y confesar su presencia. Lo hizo con gran placer. Después de sus sacrílegas dudas, estaba ansioso de ver los testimonios de la omnipotencia y de la bondad infinitas; quería anegarse en el océano de lo inexplicable, de lo sobrenatural, para escapar a la crítica minuciosa y perversa que todo lo marchita. Considerose feliz, libre de ella, teniendo a su lado tan claro ejemplo del poder milagroso de Dios. Creyó que así le advertía para que no volviese a caer en la tentación, que le enviaba un faro para esclarecer las tinieblas de su espíritu. Recordaba siempre lo que le había pasado al P. Gracián, a quien Santa Teresa tanto ayudó en el camino de la virtud con el ejemplo de su conciencia inmaculada. Y en el fondo de su corazón nació un gran respeto a par que una inmensa gratitud hacia aquella piadosa mujer, que le libertaba de las garras del demonio. Escuchó con atención el prolijo relato de sus visiones, y armado de santa emulación emprendió de nuevo con más ardor, si no con más fe, el camino de las mortificaciones, que había abandonado mientras gimió en la servidumbre de la duda.
Obdulia, que durante los últimos meses le había visto con pena distraído, sintió gran alegría al hallarle de nuevo atento, solícito, escuchándole horas enteras desahogar las menudas preocupaciones de su espíritu sin impacientarse. Era un retorno feliz a la dulce confianza, a las pláticas místicas, a las familiaridades de antes. Y como suele acontecer en casos semejantes, se apretó más el lazo entre ellos; esto es, la confianza y el afecto fueron mayores. Al cabo de poco tiempo consultaba con su penitenta, no sólo los asuntos piadosos, sino también los domésticos; era su consejera espiritual y temporal. La joven devota penetraba todos sus pensamientos, a veces antes de formularse con precisión en su cerebro.
--Padre, hoy está usted de mal humor; es porque no ha podido decir misa en el altar de la Concepción como otras veces.--Tiene usted ojeras; bien se ve que se ha pasado toda la noche rezando.--Ya sé por qué dijo la misa el domingo más tarde: esperaba que llegase doña Eloisa.--Ese alzacuello le aprieta a usted mucho. Está usted incómodo. ¿Quiere que yo se lo arregle?...
Sus vidas se iban compenetrando insensiblemente. No sólo tenían un rato de plática casi todos los días en el confesonario, sino que por la tarde se veían en la iglesia, al rosario, y por la noche también a menudo en casa de D.ª Eloisa. Además, de vez en cuando, para algún motivo piadoso, como una novena, una reunión de la cofradía, etc., la joven iba a la rectoral a consultarle, aunque le costase siempre un esfuerzo, porque tenía gran miedo a D. Miguel. Se le había metido en la cabeza que éste la miraba de mal ojo, que la despreciaba. Y acaso no le faltase razón para suponerlo.
Esta confianza llegó a pecar de excesiva en algunas ocasiones. Al menos así lo pensó el P. Gil. Obdulia se autorizaba de vez en cuando algunas familiaridades que le chocaban, y en ocasiones llegaron a turbar momentáneamente la limpidez de su conciencia. Un día le habló de sus apuros económicos. El padre le daba poco dinero para los gastos de la casa, y como tenía el vicio de la caridad, de dar limosnas a troche y moche, había contraído deudas, que la mortificaban; sobre todo había una tendera a quien debía veinte duros, que la molestaba a todas horas y le amenazaba con decírselo a su papá. ¿No podría él facilitarle por poco tiempo esta cantidad? El clérigo tampoco los tenía, pero se los pidió a su madrina y se los entregó ruborizado. Ella los aceptó sin vergüenza alguna, como la cosa más natural. Otro día le llevó a la iglesia el paquete de cartas del novio que había tenido para que las leyese. Más adelante le pidió el escapulario que traía al cuello, y tanto le instó y tales pretextos adujo, que concluyó por obtenerlo. Al día siguiente le confesó, sonriendo, que no había sido para ponérselo a una amiga que acababa de morir, sino para traerlo ella sobre el pecho. Estas cosas herían e inquietaban vagamente al joven sacerdote. Las bromitas que la beata se permitía de palabra también rebasaban algunas veces los límites convenientes. Un día le dijo repentinamente:
--¿Sabe usted lo que estoy pensando, padre? Que el ángel que viene muchas veces a ponerme la mano sobre la cabeza tiene los ojos muy parecidos a los de usted.
Y soltó la carcajada al decirlo. El clérigo rió también ruborizándose. Luego quedó serio y de mal humor.
Un suceso extraño, que escandalizó a la villa, vino de un modo indirecto a estrechar aún más su relación y a inquietar al P. Gil. Cierta noche se despertó despavorido con el ruido de una detonación dentro de casa. Levantose de un salto y acudió corriendo a la habitación de D. Miguel, donde se figuró que había sonado. Al llegar a ella quedó petrificado de terror ante la escena que apareció a su vista. Un hombre se revolcaba en medio de la habitación en un charco de sangre, mientras D. Miguel, de pie sobre la cama, agitaba triunfante una pistola gritando con sonrisa feroz:--¡Ya cayó uno! ¡Ya cayó uno!--La mortecina luz de una bujía tirada en el suelo alumbraba aquella fatídica escena.
El caso había sido que, hallándose el párroco en la cama, un hombre había penetrado en su dormitorio, le había despertado y le intimó para que le entregase el dinero. D. Miguel sin inmutarse echó mano al chaleco, sacó la llave y la arrojó al medio de la habitación. Luego, mientras el ladrón la recogía, sacó una de las pistolas que tenía debajo del colchón y le descerrajó un tiro dejándole tendido. La bala le había penetrado por los riñones. El excusador, dominando su espanto, se apresuró a prestarle los auxilios espirituales. Sólo tardó tres horas en expirar.