La Fe

Chapter 19

Chapter 194,076 wordsPublic domain

A las nueve llegaron a Palencia. Se hicieron guiar a una posada modesta. Antes de retirarse cada cual a su habitación, el P. Gil quiso prevenir todo lo necesario para emprender el viaje a Astudillo al día siguiente. Mandó buscar caballos, se enteró del camino que habían de seguir, del tiempo que iban a tardar, etc. Quiso dejarlo todo listo, a pesar de que Obdulia le indicaba que no corría tanta prisa. Puesto que se trataba de un viaje corto, por la mañana era fácil arreglarlo todo. Pero el excusador no podía disimular el ansia que tenía de dejar zanjado aquel asunto.

Se levantó muy temprano, pero no se atrevió a avisar a la joven. Entretuvo su impaciencia rezando, paseando por la habitación, yendo a casa del alquilador de los caballos para cerciorarse de que los tenía dispuestos. Al fin, cerca ya de las diez, se atrevió a pasar un recado por la criada, preguntándole si estaba ya preparada a partir. La respuesta que aquélla trajo fue que la señorita aún no se había levantado, por hallarse un poco constipada, que en cuanto se levantase le avisaría para ponerse en camino.

Sin saber por qué, aquella novedad produjo en el P. Gil un gran desconsuelo; sintió profundo disgusto, presintiendo una catástrofe. Una hora después recibió otro recado de ella aconsejándole que almorzase solo y pasase después por su habitación, que para entonces ya estaría vestida y preparada. Así lo hizo, cada vez más inquieto y receloso; pero al entrar en el cuarto de la joven, encontró que estaba, en efecto, levantada, pero de ningún modo dispuesta para partir. Vestía una bata elegante y tenía los cabellos recogidos en una cofia blanca con lazos de seda encarnados. Estaba bastante pálida y tenía los ojos con señales de haber llorado.

El P. Gil se detuvo a la puerta y frunció el entrecejo.

--Entre usted, padre, y siéntese aquí en esta butaca--dijo ella desde una sillita, mirándole con dulzura.--Ya estoy bien. He pasado una noche muy mala.

--¿Ha tosido usted?--preguntó el excusador, sentándose.

--No... la he pasado toda llorando.

El clérigo la miró estupefacto.

--¿Cómo es eso, hija mía?

Obdulia se llevó el pañuelo a los ojos y no contestó. Al cabo de un largo silencio dejó caer el pañuelo, se apoderó de una mano de su confesor y la besó con efusión repetidas veces y la llenó de lágrimas, exclamando:

--¡Soy muy desgraciada!

El P. Gil quiso retirar la mano suavemente, pero la devota se la apretó con más fuerza.

--No... no me retire usted esta mano, padre... esta mano que tantas veces me ha absuelto de mis pecados, y que ahora ¡ay! no podrá absolverme ni sacarme del abismo en que he caído...

--Cálmese usted, hija--repuso el clérigo, impresionado.--¿Acaso se arrepiente usted de su decisión?... Por eso no ha caído usted en el abismo. Todo se puede arreglar sin escándalo. Tiene usted un año de noviciado, en que puede salir del convento cuando lo desee...

Obdulia volvió a taparse el rostro con las manos y dijo entre sollozos:

--No es eso... Es otra cosa peor... Yo tengo un secreto, padre; un secreto que me pesa en el corazón hace tiempo y que me ahoga...

El P. Gil quedó unos instantes suspenso, y dijo al fin:

--Si usted lo desea, iremos a la iglesia y la escucharé en confesión.

--No, no... Usted ya no puede ser mi confesor--y levantando repentinamente la frente, pálidas las mejillas, los ojos secos y brillantes, donde se pintaba una resolución extrema, siguió:--Sé muy bien, padre, que mi vida entera está destinada a llorar... Sé también que después de esta vida me espera quizá una eternidad de tormentos. Pero la desesperación no cuenta los tormentos ni teme nada. No tiene más que un pensamiento. Todo lo demás queda aniquilado... Yo le he engañado a usted, padre. Yo no quiero ni puedo ser esposa de Jesucristo, porque sería infiel a mis juramentos. Tengo dentro del alma, allá en el rincón más oculto y sagrado, un amor al cual seré fiel toda la vida. Este amor es mi delicia y es mi tormento. Hace dos años que vivo muriendo de una muerte dulce, porque adoro mis propios sufrimientos... Hace dos años que lloro en silencio, pero mis lágrimas son dulces y las bebo con placer. Sin saberlo, padre, usted me ha estado envenenando lentamente; pero, lejos de aborrecerle, le quiero, le adoro con toda mí alma... He procurado arrancar de mi alma este amor que me consume, he golpeado mi pecho, he martirizado mis carnes... Usted bien lo sabe, padre... Después me he convencido de que era inútil, y lo he dejado florecer en mi corazón. Cúmplase la voluntad de Dios. Sé que estoy condenada, pero yo le quiero a usted... ¡Te quiero! ¡te quiero más que a mi salvación!... Llévame adonde se te antoje, pero no me separes de ti... Déjame ser tu sierva... Déjame besar el suelo que pisas...

Cayó de rodillas delante de su consejero, con el rostro entre las manos. Al través de sus dedos flacos se notaba el vivo carmín de que estaba cubierto.

El P. Gil se puso en pie vivamente, pálido como un muerto, con el espanto pintado en los ojos. Sus labios temblaron para fulminar sin duda alguna frase durísima, pero no llegó a pronunciarla. Se lanzó rápidamente a la puerta y desapareció por ella.

Salió de casa sin darse cuenta de lo que hacía. Caminó a la ventura largo rato por las calles en un estado de aturdimiento que le impedía razonar sobre lo que acababa de sucederle. Saliose al campo y dio un largo paseo. El cansancio físico produjo su acostumbrado efecto sedante y comenzó a ver con claridad su situación. Nada ganó con ello. Lo que le estaba pasando era gravísimo, una verdadera catástrofe. Sus presentimientos se habían realizado. ¿Cómo volver a Peñascosa con la muchacha? ¿Cómo dejarla allí abandonada? Todas las soluciones que acudían a su mente le parecían igualmente comprometidas. Pensó en telegrafiar al padre, pero no era posible explicar en un telegrama lo ocurrido, ni aun de palabra podía hacerlo dignamente. Además, ¡quién sabe de lo que sería capaz aquella loca si se veía acosada! Una viva irritación se iba apoderando del alma pacífica del presbítero. Hacía ya tiempo que no estimaba a la exaltada beata; ahora la aborrecía.

Cuando regresó a casa era ya noche. Se encerró en su cuarto sin preguntar por su compañera, y continuó meditando con febril impaciencia sobre el mismo tema. La solución que le pareció menos mala, después de haber tomado y desechado muchas, fue presentarse al obispo de la diócesis y confiarle todo el asunto y pedirle consejo y órdenes para salir del paso.

--Señor cura, la señorita que ha venido con usted me manda decirle que haga el favor de pasar por su habitación.

El P. Gil levantó la cabeza, y avergonzado y confuso como si tuviera que arrepentirse de algo, respondió a la huéspeda:

--¿La señorita?... ¡Ah! Bien... Allá voy en seguida.

Pero no se movió del sitio. Aquella llamada aumentó aún más su irritación. Estaba resuelto a no volver a verla mientras el prelado no interviniese en un asunto que tan gravemente podía comprometerle. Trascurrió cerca de una hora. Al cabo de ese tiempo se presentó de nuevo la patrona, toda azorada.

--La señorita tiene un ataque y está en la cama sin conocimiento. ¡Venga, venga, señor cura!

--¡Voy, voy!--exclamó asustado, corriendo en pos de ella.

En efecto, Obdulia yacía en la cama, privada de sentido y extrañamente pálida. Parecía muerta. El P. Gil sintió al verla en tal estado una punzada de remordimiento en el corazón. Se apresuró a prodigarle todos los cuidados que en el momento se le ocurrieron. Entre la patrona y él le bañaron las sienes con agua fría, le hicieron oler algunos pomos de los que ella traía en su saquito de mano. No tardó mucho en abrir los ojos. Estuvo algunos momentos con la mirada seria y fija en el sacerdote. Luego sonrió dulcemente. La huéspeda se apresuró a ofrecerse.

--¿Quiere usted que llamemos al médico, señorita?

--No, no... Esto no es nada... Hágame una tacita de tila.

--Ahora mismo.

Cuando se quedaron solos, la beata volvió a mirarle larga y fijamente. Al cabo dijo con voz débil:

--Escuche usted, padre.

--¿Qué desea usted, hija mía?--respondió inclinando la cabeza hacia ella.

--Acérquese usted más... No puedo esforzar la voz.

El P. Gil se inclinó todavía más. Súbito, con movimiento imprevisto, la joven devota sacó los brazos desnudos de la cama y se los echó al cuello, atrajo su rostro hacia el de ella con inusitada fuerza y le dio un beso prolongado, frenético, en los labios, y después otro y otro. El sacerdote forcejeó en vano por desasirse. Aquellos brazos le apretaban como si fuesen de hierro, y una nube de besos ardorosos corría por todo su rostro, sin tregua. No se oía en la estancia más que el suave rumor que producían y el resuello de dos pechos anhelantes.

Al fin, el sacerdote, con un supremo esfuerzo, se desligó. La joven cayó pesadamente en la cama. Aquél se sintió acometido de tal susto, repugnancia y horror que, después de vacilar unos momentos, perdió el sentido y se desplomó sobre el pavimento.

Viéndole caer, la joven se levantó con presteza del lecho y acudió solícita a socorrerle. Pero al poner los pies en el suelo, su flaca naturaleza, hondamente perturbada por lo que acababa de suceder y por la vista de su confesor tendido en el suelo, le faltó también y cayó presa de un síncope.

El del P. Gil era un desmayo pasajero. Tardó pocos segundos en volver en sí. Incorporose en el suelo, y viendo a Obdulia tendida a su lado en camisa y con una parte del cuerpo descubierta, sintió un fuerte estremecimiento de vergüenza y se alzó como movido por un resorte. Y pensando con horror que podía llegar el ama en aquel momento, se apresuró a tomar a la joven entre sus brazos para trasportarla a la cama. Cuando la tenía suspendida a media vara del suelo, sintió ruido en la puerta. Volvió la cabeza aterrado, y un grito ahogado de vergüenza se escapó de su garganta. A la puerta estaban Osuna, D. Martín de las Casas y D. Peregrín Casanova.

--¡Ya cayeron los tórtolos!--gritó D. Martín con voz estentórea.

El P. Gil dejó caer de nuevo a la joven y retrocedió, mirándoles con ojos de espanto.

--¿Qué es esto?... ¿Qué es lo que pasa? ¡Mi hija!... ¡Dios mío!--clamó Osuna, apresurándose a reconocerla.

--Oiga usted, ¡sucio, canalla, desorejado!--profirió D. Peregrín, dirigiéndose al excusador.--¿Qué situación es ésta para un sacerdote? ¿No se le cae la cara de vergüenza?

D. Martín de las Casas le agarró con la mano izquierda por el brazo, y empujándole contra la pared, le vomitó con voz campanuda, blandiendo al mismo tiempo el bastón:

--¡Granujota, indecente! ¡En buen lugar has dejado a los que te sacaron del polvo! ¡Miserable gusano, debiera aplastarte y arrojarte después como una piltrafa a la calle para que te coman los perros! Debiera clavarte por las orejas a la pared y exponerte a la vergüenza pública... Por lo menos debiera romperte las costillas con este bastón, ¡y me están dando ganas de hacerlo!

No sería difícil, mejor dicho, sería casi seguro que el enérgico inválido satisficiera en esta ocasión, como en tantas otras, su apetito desordenado de contundir a sus semejantes, si no fuera porque en aquel instante se interpuso la huéspeda.

--¿Qué va usted a hacer, caballero? ¡Maltratar a un sacerdote!... En mi casa no se dará tal escándalo...

Repuesto un poco de la sorpresa el P. Gil, dijo con firmeza entonces:

--Señores, esta joven se ha desmayado al tiempo de venir en mi socorro por haberme caído. La he acompañado hasta aquí, a ruego suyo, porque desea entrar en un convento y consagrarse a Dios, a lo cual su padre se opone sin razón ni derecho y para ello la maltrata bárbaramente...

--¡Maltratar yo a mi hija, canalla!--gritó en el colmo de la indignación el jorobado, que había conseguido trasportar a Obdulia hasta la cama y se disponía a echarle agua en la cara.--Miente usted y miente quien lo diga. Yo no sabía siquiera que deseaba entrar en un convento... ni me hubiera opuesto a ello.

El P. Gil quedó estupefacto, sin acertar a decir una palabra, porque el acento de Osuna denotaba sinceridad.

--Yo creo que lo que procede en este caso--manifestó D. Peregrín con su voz gangosa, administrativa,--es dar inmediatamente conocimiento del hecho a la autoridad civil... A mí se me presentó un padre, siendo gobernador de Tarragona...

--¡Déjenos usted de Tarragona, D. Peregrín!--interrumpió el señor de las Casas.--Aquí lo que procede es atender a esa niña... Usted, señora, haga lo que sepa para hacerle volver en sí. Usted, D. Peregrín, que conoce bien la población, vaya a buscar un médico... Y tú, don Gil el enamorado... al infierno si te parece.

--¡Decir que yo maltrato a mi hija, porque quiere hacerse monja!--seguía exclamando por lo bajo Osuna, mientras ayudaba a la huéspeda.--¡Canalla, más que canalla!

--Señor Osuna, dispénseme usted... Yo lo creía así--dijo el sacerdote.

--Bueno, bueno. Ya se arreglará esa cuestión en Peñascosa--profirió D. Martín con su energía característica.--Ahora, ¡largo de aquí!... ¡largo!

El P. Gil se dirigió a la puerta, pero cuando ya iba a trasponerla, D. Martín le gritó como si estuviese al frente de un batallón: ¡Alto!

--Amigo Osuna--dijo dirigiéndose al jorobado,--a usted le han inferido una ofensa grave y usted no queda decentemente si no da ahora mismo una bofetada al individuo que le ha ofendido (apuntando para el P. Gil).

Hubo silencio embarazoso. El semblante de Osuna expresó malestar y vacilación.

--Nada, nada--siguió el feroz inválido con su voz resonante de barba de teatro,--no es usted hombre de honor, no tiene usted pizca de vergüenza si deja sin correctivo la ofensa.

Osuna vaciló todavía un instante, echó una mirada de misericordia al inválido; pero viendo su rostro espantable, se resolvió al fin. Alzose sobre la punta de los pies y descargó una sonora bofetada en la mejilla del sacerdote.

--¡Jesús!--exclamó la huéspeda.--¡Eso es una iniquidad!

El P. Gil se puso densamente pálido: asomaron dos lágrimas a sus ojos; pero no hizo movimiento alguno para arrojarse sobre su agresor.

XIII

Gracias a la actitud resuelta de Obdulia, el asunto no fue llevado a los tribunales. Desde el primer momento se confesó autora y única responsable de la fuga: el excusador ninguna culpa había tenido en ella; sólo había cedido a acompañarla después de incesantes ruegos y valiéndose del ardid de los malos tratos en su casa. D. Peregrín Casanova, queriendo sin duda demostrar que no guardaba rencor alguno a Osuna por la escena de la iluminación, seguía opinando que debía instruirse expediente gubernativo. Hacía ya mucho tiempo que estaban reconciliados. En Peñascosa los particulares se injurian públicamente, se llaman canallas, miserables, etc., etc., y a los ocho días se les vuelve a ver juntos tomando café. Pero esto no es privativo de Peñascosa. Lo mismo sucede en Sarrió y en Nieva. De otro modo, ¿cómo sería posible la vida en estas villas insignes?

Contra el parecer de D. Peregrín se hallaban todas las personas sensatas de la población. Unos por afectos al excusador, otros por timoratos, otros porque no veían motivo para armar un escándalo, casi todos aconsejaron a Osuna que se estuviese quedo. Sin embargo, los enemigos que el excusador tenía, mejor diremos, los envidiosos, se encresparon terriblemente. No quisieron asentir a la versión de la doncella. Opinaban que era una patraña forjada por ella para salvarle; y si no lo creían, por lo menos así lo manifestaban bajando la voz y sonriendo maliciosamente. Se les cubrió de sarcasmos, lo mismo al sacerdote que a su hija de confesión, y se hicieron correr por la villa mil chuscadas más o menos ingeniosas a propósito de su viaje. Fácil es de adivinar que quien más trabajó en esta propaganda, aunque de un modo solapado, fue el P. Narciso. No le bastaba al capellán de Sarrió haber humillado a su émulo arrancándole el cargo de coadjutor, que en justicia le pertenecía. Quería a toda costa concluir con él, pulverizarle, que no se oyese más su nombre en boca de las beatas de Peñascosa.

Pareciole la ocasión de perlas para ello. Por eso se dirigió espontáneamente a Osuna, preguntándole si no pensaba acudir a los tribunales. Cuando supo que esto no podía ser porque Obdulia asumía toda la responsabilidad y declaraba haber engañado a su confesor, experimentó profundo pesar. Tanto era su anhelo de exterminar al P. Gil, que aunque hacía ya muchísimo tiempo que sus relaciones con aquélla eran tirantes, y aun puede decirse de abierta hostilidad, se aventuró a tantearla. Tres o cuatro días después de haber regresado a Peñascosa la vio una mañana en la iglesia. Le mandó recado por un monaguillo que deseaba hablar con ella y la esperaba en la sacristía. Fue allá la joven, aunque de malísima gana. El coadjutor se hizo de miel; la trató con extremado cariño; manejó con brío el incensario, sabiendo hasta qué punto era vivo y delicado su amor propio. Cuando creyó tenerla blanda, le hizo presente con grandes perífrasis que él, como párroco coadjutor, tenía el deber de velar por la honra de todas sus feligresas; que la de ella andaba en boca de la gente hacía unos días, y que esto le pesaba en el alma por el particular cariño que la profesaba. Le pesaba tanto más, cuanto estaba seguro de que no había dado motivo alguno para ello. Conocía su carácter generoso, su espíritu noble; por eso estaba convencido de que en esta ocasión, como en tantas otras, se sacrificaba por los demás. Ahora bien, este sacrificio no era admisible; podía considerarse como un pecado. La honra no nos pertenece; es un depósito que Dios nos confía y que tenemos la obligación de defender. Por otra parte, la deshonra no era solamente para ella, sino también para su anciano padre. El pobre se veía a causa de este sacrificio motejado y murmurado en la villa. Aún más: aunque se diera por bueno tal rasgo de generosidad, tanto ella como él, que eran miembros de la Iglesia, tenían el deber de denunciar a la autoridad eclesiástica a cualquier sacerdote que se extralimitase en el ejercicio de su ministerio, para que recibiese el condigno y fraternal castigo que los cánones previenen. Esto redundaba en bien de la fe. Ella, tan excelente cristiana, no había de permitir que se burlase la justicia de Dios. Comprendía perfectamente que le sería doloroso declarar contra su confesor; pero era un sacrificio mayor que el que estaba llevando a cabo, y que Dios le agradecería seguramente. Además, debía tener en cuenta que al denunciar a su confesor no le causaba daño alguno; al contrario, el castigo en la Iglesia se considera como un bien, como una justa expiación que, cuando va acompañada del arrepentimiento, redime del pecado y nos libra de las penas del infierno.

El pobre D. Narciso ignoraba, a pesar de haberla tratado tanto tiempo, con quién se las había. Antes de que hubiera pronunciado palabra, ya sabía Obdulia qué iba a decirle y en qué forma poco más o menos; le conocía como si pasara la vida dentro de su cerebro. Aquella habilidad frailuna hecha de lugares comunes se estrellaba contra la viva imaginación, el ingenio sutil y la perspicacia de la joven beata. Respondiole en el mismo tono persuasivo, untuoso, que el clérigo había adoptado. De nada podía acusar al P. Gil, que era un santo, un ser excepcional cuya ilustración servía de faro en la parroquia desde que por dicha había llegado a ella, y cuya modestia, abnegación y piedad podían servir de ejemplo y estímulo a sus compañeros. Pero aunque hubiera motivo para acusarle, se abstendría muy bien de hacerlo, sabiendo que el escándalo aprovecharía principalmente a los enemigos de la religión. La falta de una mujer cuando es soltera redunda sólo en perjuicio de ella. La de un sacerdote, en desprestigio de la clase y en menoscabo por lo tanto de la religión católica. Otras varias consideraciones añadió, y entre ellas más de una frase aguda de doble intención que supo a cuerno quemado al nuevo coadjutor.

--Vaya, adiós, D. Narciso, y dispénseme si no he podido comprender bien su caritativa intención. Soy una ruin mujer y no entiendo de teologías.

El P. Narciso quedó sonriendo como el conejo. Viendo cerrada esta vía, entró resueltamente por otra no menos tortuosa. Lo mismo D. Joaquín el capellán y mayordomo de la señora de Barrado que el P. Melchor, enemigos natos del joven excusador, vomitaban veneno contra él, como es lógico. Pero había otros cuantos clérigos en Peñascosa que se habían mostrado siempre imparciales. A éstos procuró atraérselos pintándoles el lance desde otro punto de vista, asegurando que tenía motivos secretos para saberlo. El viaje había sido un verdadero rapto frustrado. La muchacha se sacrificaba. Hacía ya tiempo que él, D. Narciso, tenía sospechas de lo que iba a pasar. El excusador había concebido una pasión sacrílega. La escapatoria estaba concertada desde hacía tres meses, etc., etc. Les llenó la cabeza de viento. La posición que ocupaba como párroco, de hecho si no de derecho, facilitó mucho esta atracción. Quedó convenido entre la mayoría, casi la totalidad de los capellanes de la villa, que el excusador era un chicuelo sin peso ni formalidad, que había desprestigiado a la clase sacerdotal y que Dios sabe dónde pararía si el prelado no tomaba cartas en el asunto.

Desde entonces no perdonaron medio todos ellos de demostrarle su desprecio. No hay nada que plazca tanto a la naturaleza humana como despreciar. Empezaron a saludarle fríamente, luego a volver la cabeza, después a no contestarle. Cuando entraba en la sacristía, si había allí otros sacerdotes, notaba que se apartaban de él y formaban grupo aparte. Si iba a revestirse para decir misa, se encontraba la mayor parte de los días con el armario de las vestiduras cerrado: había que esperar a que D. Narciso llegase para pedirle la llave. Se prescindía de él en las funciones cuando era posible: no le convidaban a los _gaudeamus_ que celebraban. Finalmente, le vejaban de todas las formas y maneras que se les ofrecía. Y no dejaban de ser bastantes.

El P. Gil quedó más sorprendido que enojado de aquel desprecio. Viendo que sus compañeros prescindían de él, prescindió de ellos sin gran pesar. Sólo hablaba con el P. Norberto y con D. Miguel. El viejo párroco, a quien se había privado de la jefatura de hecho, mantenía, no obstante, con tesón su derecho, inventaba mil trazas de demostrarlo al vecindario. Entre él y D. Narciso había una enemiga profunda, feroz. Pero éste le tenía miedo. El antiguo cabecilla de las huestes carlistas era capaz, si se le irritaba un poco, de apalearle en la misma iglesia. Don Miguel triunfaba por el terror. El P. Narciso afectaba despreciarle, pero siempre a sus espaldas. Delante le trataba con extremada consideración, y sufría con paciencia las rociadas que de vez en cuando le soltaba. Y cuando se le ocurría al coadjutor, predicando a los feligreses en el ofertorio de la misa, decir: «Nosotros los párrocos tenemos el deber, etc.,» D. Miguel, desde su rincón donde oía la misa, profería en voz bastante alta para que le oyeran los que estaban a su alrededor: «¡Párroco yo! ¡párroco yo!»

Saliendo un día juntos de la iglesia, el P. Gil, que acababa de recibir un fuerte desaire de sus compañeros, se lo dijo, sin lamentarse, como si le diera cualquiera noticia.

--No hagas caso de ellos--le replicó el viejo caudillo, poniéndole la mano rugosa y seca como un haz de sarmientos sobre el hombro.--Son todos unos maricas. Viven pegados a las enaguas de las beatas, como los gatos... Mira: yo, cuando salgo de decir misa, como ahora, y llego a casa, nunca dejo de soltarles media docena de... Pero tú, si estás agraviado, puedes llegar sin inconveniente a la docena.

Una carcajada brutal, semejante a un rugido, sacudió su pecho vigoroso al pronunciar estas palabras. Sus ojos brillaron con franca, cordial alegría. El excusador se puso rojo como una cereza y guardó silencio. No volvió a tener más confidencias con él sobre este punto.