La Fe

Chapter 14

Chapter 143,951 wordsPublic domain

--¡Ven acá, pilluelo! ¡Quiero llevarte delante de tu padre! ¡A ver si me dices ahora que yo te tengo mala voluntad! ¡Has de parar en un presidio! ¡Ven aquí, ven!

Y como no era factible llevarle cogido de las dos orejas, el anciano teólogo se avino, aunque con profundo dolor, a soltar una, comunicando instantáneamente a la otra su parte de presión para que no se desperdiciase nada. En esta forma, con el rostro encendido y los ojos llameando de cólera, dio la vuelta hacia el pueblo sin despedirse de su compañero, llevando medio en suspensión al chico, que lanzaba quejidos lastimeros.

El P. Gil le contempló estupefacto hasta que le perdió de vista. Permaneció todavía unos momentos inmóvil, abstraído. Y emprendió de nuevo su camino que se acercaba cada vez más a la orilla del mar, para bajar por una rampa suave a Peñascosa. La luz desaparecía por momentos. El frío aumentaba. El océano en calma había perdido su bello color azul, cambiándolo por otro gris con reflejos acerados. De vez en cuando un soplo de viento helado hacía correr por la tersa superficie de las aguas un estremecimiento que las rizaba leve y momentáneamente, como si al mar se le pusiera carne de gallina. Y este estremecimiento se comunicaba al joven presbítero y llegaba hasta el fondo de su ser. Lo que sentía en su alma no era ni dolor, ni agitación, ni congoja; era tan sólo frío, un frío mortal que le roía los huesos. Nunca se había visto tan solo y desvalido. Sus ojos iban obstinadamente fijos en el suelo. No se atrevía a levantarlos e interrogar la inmensidad como otras veces. Estaba seguro de su respuesta y la temía.

Cuando llegó a las primeras casas del arrabal de la Gusanera había cerrado ya la noche. Al pasar por delante de una de las más pobres y sucias llamó su atención el estrépito de golpes y gritos que de adentro partía. Detuvo el paso asustado y procuró averiguar qué era aquello. Por las pequeñas ventanas iluminadas no se veía más que agitarse violentamente algunas sombras. A sus oídos llegaban, entre el confuso vocerío, algunas blasfemias que le estremecían. De pronto se abre con violencia la puerta y sale precipitadamente una masa negra, disparada por unas manos que cierran de nuevo al instante. El P. Gil reconoció en aquella masa negra a un clérigo. Se aproximó solícito y vio que era el P. Norberto, con manteos y sin sombrero.

--¡D. Norberto! ¿Qué es eso? ¿Qué le pasa?

--Hola, querido. Nada, nada... no es nada--respondió sin aturdimiento.

--Sí le pasa algo... ¿Qué le han hecho a usted en esa casa?

--Nada, nada... Vámonos que se reúne gente.

--¿Se va usted a ir sin sombrero?

--Es verdad... Voy a pedirlo... Aguarda un poco.

Pero en aquel instante salió de una de las ventanas de la casa y voló por el aire el sombrero, cayendo enmedio de la carretera, esto es, cerca de los clérigos. Al mismo tiempo una voz ruda dijo, acompañándolo de varias interjecciones:

--Toma la teja, ladrón. Si vuelves por aquí, te vas sin las orejas.

El P. Norberto se apresuró a recogerla del suelo y echó a andar.

--Pero explíqueme usted...--le dijo el coadjutor juntándose a él y haciendo esfuerzos por seguirle el paso.

--Ya te lo explicaré... Ahí más abajo.

Cuando hubieron salido de la Gusanera, salvado la plaza y entrado en la calle del Cuadrante, D. Norberto acortó un poco el paso. El excusador aprovechó la ocasión para insistir en sus preguntas.

--Vamos a ver, ¿qué le ha pasado a usted?

--Pues mira, en esa casa vive una muchacha, una niña que apenas tiene quince años, a quien su madre ha prostituido, entregándola a ese chalán que llaman Pepe el Manchego.

--¿Y usted ha ido allí a ver si la sacaba de sus garras?

--La había visto ya otras dos veces, y no parecía mal dispuesta; pero no sé quién dio soplo a ese hombre, y hoy se presentó de repente y armó un alboroto.

--¡Jesús! ¡Está usted herido!--exclamó el padre Gil, viendo correr algunas gotas de sangre por las mejillas de su compañero. Al mismo tiempo le levantó un poco el sombrero y vio que tenía un fuerte golpe en la frente, de donde partía la sangre.

--¡Pero esto es una indignidad! Vamos a dar parte en seguida al juez...

--No pienses en eso, querido... Esto no vale nada... El parte lo echaría todo a perder; se daría un escándalo, y la chica, viéndose perdida, se iría de este pueblo con el chalán. Quedándose aquí, tengo esperanzas que con un poco de maña lograré quitársela a ese diablo y reducir a la misma madre... Esto no es nada--añadió limpiándose la sangre con el pañuelo.--Lo que me duele algo más es este hombro...

--Pero ¿le ha dado a usted más golpes?

--Me ha sacudido un poco la badana--respondió riendo candorosamente.--Es cuestión de árnica y reposo... Yo creo que no me viene mal. Estaba demasiado apoltronado... Desde hace algún tiempo todos los días me convidan a callos... Voy engordando demasiado, ¿no te parece?

Despidiose el P. Gil a la puerta de su casa y siguió caminando con pie más ligero hacia la suya. Parecía como si le hubiesen aliviado de la carga que le abrumaba. Sintió suavizarse la honda melancolía que le había oprimido todo el camino, y corrió por su ser una dulce inexplicable vibración de bienestar.

Después de interrogar a la naturaleza muda, después de consultar a la teología decrépita, el soplo de Jesús había pasado al fin por su alma y la había refrescado.

X

Dos meses después, el P. Gil descansaba sentado en su pobre sillón de gutapercha. El trabajo de todos aquellos días, sobre todo del último, le había rendido. Era un trabajo puramente material, donde su espíritu, atribulado por nefandos y horribles pensamientos, se complacía; buscaba un calmante para la agitación interior que le atormentaba. Tratábase de festejar la colocación de la primera piedra del nuevo templo con una gran función religiosa y profana. La erección de este templo había sido desde largos años el sueño dorado de los piadosos vecinos de Peñascosa. Siempre había tropezado con obstáculos insuperables. El dinero por una parte, por otra la corta voluntad del párroco, que oponía sorda resistencia al proyecto, le habían hecho fracasar constantemente. Pero al encargarse Gil de la parroquia tomó este asunto con calor; convocó a los vecinos más ricos de la villa y abrió una suscrición, que dio buen resultado; logró que el ayuntamiento otorgase una crecida subvención; fue a Lancia e interesó al prelado y a varios próceres, que le prometieron su concurso. En fin, después de muchas vueltas y sudores, la nueva iglesia era un hecho. La primera piedra debía de colocarse el día 24 de Enero, con asistencia del prelado, el gobernador, varias dignidades del cabildo catedral de Lancia y muchas personas notables de la provincia. Estábamos a 23. El peso de los preparativos había caído sobre los hombros del P. Gil, quien, ayudado de las personas de buena voluntad que se prestaron a ello, organizó no sólo la fiesta religiosa, sino también alguna parte de la profana, la iluminación, los fuegos y la ceremonia de la primera piedra.

En aquellos últimos días no había tenido tiempo a pensar. Había sido menos desgraciado. Pero sus fuerzas estaban agotadas con tanta menuda y enfadosa ocupación, y gozaba con voluptuosidad de un corto momento de reposo, en espera del trajín del día siguiente. Caíansele ya blandamente los párpados, cuando se abrió la puerta con violencia, haciéndole dar un brinco en la butaca. Aturdido por la sorpresa, con los ojos desmesuradamente abiertos, vio a Obdulia que penetraba como un huracán y se dirigía a él con la fisonomía alterada, mostrando en ella agitación y cólera.

--¿Sabe usted lo que pasa, padre?--le preguntó sin saludarle.

El coadjutor no respondió, interrogando sólo con la vista.

--Pues acabo de saber que le han birlado a usted el cargo de coadjutor... Se lo han dado a D. Narciso.

--¿Nada más?--preguntó sorprendido aún el presbítero.

--¿Y le parece a usted poco?--exclamó con ímpetu.--Después de lo que usted ha trabajado en este pueblo, después de haberlo puesto todo en orden, después de haber logrado que se edificara la iglesia... Porque a usted exclusivamente se debe... todo el mundo lo sabe... ¡Quitarle lo que le pertenece y darle la plaza a un D. Narciso!... ¡Es una infamia! ¡es un asco!... ¡Qué bien han manejado la intriga esos envidiosos! ¡Ya me parecía a mí que tanto viaje a Lancia algo significaba!... Por supuesto que yo bien sé quién le ha ayudado... ¡ya lo creo que lo sé! D.ª Filomena es prima hermana del gobernador de Madrid, y por ahí viene la cosa... ¿Y qué diremos del señor obispo que, sabiendo los servicios que usted ha prestado a la religión en este pueblo, se presta a servir de juguete a una vieja verde? ¡Qué indignidad! ¿No le dije bien a tiempo que no se durmiera en las pajas?... ¡Ah, qué infamia tan grande! ¡Qué infamia! ¡Qué reteinfamia!

Hablaba atropellándose, con las mejillas encendidas, vibrando por los ojos rayos de ira, agitando las manos temblorosas, moviendo todo su esbelto cuerpo como si estuviera sujeto a una fuerte corriente eléctrica. El P. Gil la contemplaba estupefacto. Por fin, aprovechando un instante de vacilación, antes que de nuevo tomara vuelo y lanzara otra sarta de denuestos, la atajó diciendo:

--Agradezco a usted mucho, hija mía, el interés que me manifiesta en esta que usted cree injusticia que se me hace, y que no lo es. Yo no he deseado nunca ese cargo ni he hecho nada por merecerlo. La persona a quien se encomienda, si es cierto lo que usted me dice, me parece dignísima y me lleva, entre otras muchas ventajas, la de la antigüedad. Pero sobre todo, aunque en efecto se cometiera conmigo una injusticia, ¿a qué viene esa alteración? ¿A qué vienen esos insultos a personas respetables por cuya cabeza no habrá pasado la idea de hacerme daño alguno?

Obdulia se puso fuertemente colorada y dijo balbuciendo:

--Porque usted es un santo... sí... porque usted es un santo.

--¡Qué santo!--exclamo el clérigo alzando la mano con impaciencia.

--Sí; porque usted es un santo y mira todas estas cosas desde la altura en que se encuentra... Pero es una injusticia, padre; ¡es una villanía!--añadió volviendo a exaltarse.--Usted es demasiado bueno para vivir entre esta gente... y le sacrifican como un cordero... ¡Si fuera yo!... ¿Cree usted que no me apena verle a usted humillado, verle pisoteado por esos peleles que no sirven para limpiarle los zapatos?... ¿No es triste que otro recoja el premio de sus afanes?... A usted no le importará nada, padre, pero yo no podré, sin que me arda toda la sangre del cuerpo, verle a usted de excusador, de simple ayudante de ese... de ese farfantón.

Se dejó caer en una silla y comenzó a sollozar; pero levantándose súbito, prosiguió, dando patadas de rabia en el suelo, agitando frente a la puerta los puños cerrados, con una voz concentrada y áspera que daba miedo:

--¡Pillos! ¡Infames! ¡Herejes! ¿Creéis que os ha de salir bien la cuenta? Pues no os saldrá, porque hay un Dios en el cielo... y porque estoy yo además sobre la tierra, que os he de dar todavía alguna guerra... ¡Vaya si os la daré!... ¡Ya veréis de lo que es capaz una pobre mujer!... No os reiréis, no... Ya veréis cómo me arreglo para echar una gotita de hiel en vuestro plato de crema, para que no os relamáis, ¡puercos!...

Concluyó por sentirse mal. Fue necesario que el P. Gil llamase a D.ª Josefa y le mandase traer una taza de tila con gotas de azahar.

A las nueve de la noche aún no habían concluido de adornar la iglesia las señoritas y los obreros que las secundaban. La velada se prolongó sabrosamente para todas aquellas almas piadosas que servían a su Amo Divino en tales pequeños menesteres con una espontánea alegría precursora de la que habrán de sentir en el cielo cuando, trasformadas en ángeles, rodeen cantando el trono del Altísimo. Aquí una cortina que tape la suciedad de la pared, allí una araña, más allá un jarrón con flores, todo discutido larga y calurosamente antes de ser colocado en su sitio. Las que más se distinguían en la obra de ornamentación eran D.ª Marciala y Marcelina, la primera por su actividad frenética, la segunda por su gusto y habilidad. Presidía los trabajos el P. Gil, como coadjutor interino, pero la mayor parte de las damas atendían ya más a las indicaciones del P. Narciso. La noticia de su triunfo había volado por todo Peñascosa, y las señoras, con su inclinación nativa a todo lo que brilla y alcanza éxito lisonjero en el mundo, comenzaban a sentir de nuevo cierta ternura por él. En los grupos que se formaban por los rincones del templo cuchicheábase dirigiéndole miradas furtivas, acogíanse todas sus palabras con mirada benévola y sumisa, se le colmaba de atenciones. Mientras tanto, D.ª Filomena, procurando ocultarse detrás de todas, gozaba en lo profundo de su corazón de aquel fausto suceso, que a ella sola se debía, acariciaba a su director con una mirada húmeda y suave donde se pintaba la ternura, el secreto y la sumisión. Obdulia se había retirado temprano, no pudiendo soportar tanta asquerosa adulación y el abandono de su amado confesor. Además Marcelina le había dirigido una pulla, y aunque había contestado con otra más sangrienta, que en esto nunca se había quedado atrás, tenía miedo a enfermar de ira.

No todo era bienandanza, sin embargo, para los futuros querubes de la corte celestial. Don Miguel, el terrible párroco, turbaba de mil modos, a cual más grosero, la paz de su corazón, ora echando una cortina al suelo bajo pretexto de que le tapaba alguna imagen, bien trasladando los jarrones de flores adonde se le antojaba, o deteniendo a los recadistas y empleándolos en otros menesteres, etc., etc. Ninguna censura o mandato episcopal podía debilitar la energía del feroz cabecilla ni hacerle doblar la cerviz. Él era el cura propio de Peñascosa y ninguna potestad de la tierra, ni la del mismo Pontífice, podía privarle de este carácter. Que le pusieran coadjutor. Bueno, él se reía del coadjutor, y si se torcía un poco, le alumbraba un par de coscorrones para que anduviera derecho. Felizmente para todos, el P. Gil era la mansedumbre personificada, y le dejaba pasar con cuanto quería, con tal que no tocase directamente a la cura de almas, y esto último no era, como ya sabemos, la especialidad de D. Miguel. Pero las damas protestaban sordamente contra su tiranía y esperaban con anhelo que D. Narciso empuñara con más brío las riendas de la parroquia.

--¡Holgazanazas! ¡Pendonas! Mejor estabais en vuestras casas espumando el puchero o recosiendo calcetas... ¡Lástima de vara de fresno! Si yo fuera marido o padre vuestro, ya os diría lo que era candonguear a todas horas por la iglesia...

Estos y otros requiebros semejantes eran los que el cura murmuraba por los rincones de la iglesia en tono bastante alto para que pudieran oírle. Y claro está, todas aquellas rosas místicas, oyéndolas, se estremecían en sus cálices y se plegaban tímidamente. Susurrábanse al oído amargas quejas, mas no osaban producirlas en voz alta. D. Miguel era muy capaz de echarlas de la iglesia a coces. No teniendo ocasión de hacerlo, el párroco aliviaba su corazón administrando un par de ellas en el trasero a cualquier monaguillo que tropezaba en su camino.

Mientras esto sucedía en la iglesia, una muchedumbre inmensa se agolpaba a las puertas del _Ágora_, donde su digno presidente, D. Gaspar de Silva, estaba ensayando a dos docenas de jóvenes artesanas un himno de su invención (música del director de la banda municipal) para cantar durante el banquete del teatro. Y las voces argentinas del coro salían a intervalos por las ventanas de la casa, despertando en la multitud un entusiasmo sin límites, que estallaba en aplausos y en hurras. De tal manera que al cabo de algún tiempo varios dignísimos vecinos, de oficio pescadores, pidieron a gritos que se presentase D. Gaspar a la ventana para tributarle los honores merecidos. El gran poeta no tuvo más remedio que ceder a esta exigencia de la multitud, que le recibió con palmoteo atronador y fuertes vivas. La silueta angulosa del vate se destacó en el hueco de la ventana, y pudo verse claramente que se llevó repetidas veces la mano al sitio del corazón, con lo cual el entusiasmo de la muchedumbre se convirtió en verdadero delirio.

Un viento de regocijo, de pura y fervorosa alegría soplaba por el vecindario de la noble villa. Habían deseado siempre un templo más digno y más capaz, pero no se daban cuenta cabal de la importancia que esto tenía. Sólo cuando supieron positivamente que iba a alzarse uno en la plaza, de mayores dimensiones que todos los de Sarrió, sintieron removidas hasta las últimas fibras de su patriotismo. No hubo grande ni pequeño que no repitiese con frenesí: «Cuarenta y cinco cincuenta de largo, treinta veinticinco de ancho. La iglesia mayor de Sarrió no tiene más que cuarenta por veintiocho cincuenta.» Estaban reservadas aún al corazón de los beneméritos peñascos otra porción de alegrías inefables. El pavimento del nuevo templo no sería de baldosa común, como el de Sarrió, sino de azulejos; los altares vendrían tallados de Italia, los cristales de Londres; el altar mayor sería todo de mármol. Cada uno de estos pormenores, repetidos de boca en boca, les hacía derramar lágrimas de ternura.

En la plaza y sitio que había de ocupar el nuevo templo se había levantado un cadalso para las autoridades, los próceres del pueblo y las damas. Desde este cadalso, el obispo colocaría la primera piedra, que ya pendía de unos cordones de seda, perfectamente preparada. En el teatro no cesaba el martilleo para colocar la mesa del banquete, guirnaldas y trofeos. Sobre cada uno de los pesebres, llamados palcos, colocaron dos banderas nacionales cruzadas; una guirnalda de laurel las iba enlazando todas graciosamente. Fue idea de D. Peregrín Casanova, que también había presidido un banquete en el teatro de Tarragona en los quince días que gobernó aquella provincia. Por último, en el Campo de los Desmayos estaban ya tendidos los alambres para la iluminación, si bien no pendían de ellos aún los faroles. Esto se dejaba para lo último, por miedo a la lluvia.

No había cuidado. El día 24 amaneció sereno. Unas cuantas nubecillas impertinentes, que se amontonaban del lado de tierra, fueron barridas muy pronto por la brisa del Nordeste, con gran regocijo y aplauso de todas las personas sensatas de la población. El mar se rizaba blandamente sonriendo a la privilegiada villa, y el sol asomaba majestuosamente su disco por detrás de las olas, dispuesto a dar gusto siquiera una vez en su vida a los honrados peñascos. Porque desde tiempo inmemorial se sabía que apenas se preparaba una fiesta en Peñascosa, el sol tomaba las de Villadiego y dejaba que las nubes diesen buena cuenta de ella. Cuatro docenas de cohetes de dinamita, capaces de estremecer a los muertos en sus tumbas, anunciaron su salida. La murga municipal saludó al astro del día tocando por las calles la famosa _polka de los paraguas_. Después se situó en el Campo de los Desmayos, rodeada de un enjambre de chiquillos, y ejecutó algunas piezas de ópera. El mar, batiendo suavemente en las peñas, le servía de contrabajo. Hasta que a eso de las nueve se fue hacia la plaza tocando un paso doble, y desde allí salió por la carretera de Lancia a esperar al prelado, al gobernador y a las personas que los acompañaban.

No tardaron en llegar en seis coches que con el estrépito de sus ruedas estremecieron de júbilo la villa. Una nube de cohetes estalló en el aire. Los viajeros fueron acogidos en la plaza con inmensa gritería. Todo peñasco en uso de sus extremidades abdominales salió del domicilio en aquella sazón, para regocijar la vista con el espectáculo de la bella comitiva. El obispo era un hombre alto, gordo, con el pelo blanco y la faz redonda, de luna llena, adornada de gafas. El gobernador un hombrecillo enteco, pálido, de ojos hundidos. Vestía de gran uniforme y cruzaba su pecho la banda de Isabel la Católica. Igualmente las personas que los acompañaban lucían cruces, uniformes y condecoraciones. Detrás de ellos marchaba el piquete de carabineros. Al ver desfilar aquel lúcido y esplendoroso cortejo, la fantasía, siempre propensa a la exaltación, de los patriotas peñascos, se arrebató de un modo inexplicable. El orgullo de haber nacido en aquel pueblo privilegiado les embriagó como nunca. Por un instante creyeron estar en la capital de un gran imperio, que los ojos de todo el mundo civilizado estaban fijos en Peñascosa. Irresistible debía de ser esta embriaguez cuando a persona tan grave y calificada como D. Juan Casanova se le subió a la cabeza hasta hacerle caminar delante de la comitiva con el sombrero en la mano, gesticulando y hablando solo como un loco. «¡Cuándo habíamos de pensar--exclamaba agitando el sombrero!--¡Cuándo habíamos de pensar que se reunieran en nuestra villa tantas notabilidades, tantas personas eminentes del clero, de la administración y de la milicia! ¡Alegraos, vecinos de Peñascosa! ¡Alegraos! Para nosotros comienza la era de la justicia. Esta pobre villa, tan postergada ¡ya sabéis por quien!... esta pobre villa, tan postergada, levanta al fin la cabeza y dirá al mundo entero lo que vale... eso es... lo que vale. Si hemos sido esclavos hasta ahora de otro pueblo que no vale lo que el nuestro, ya hemos roto nuestras cadenas. ¡Salid a los balcones, bellas peñascas! ¡Salid a los balcones y arrojad flores sobre nuestros ilustres huéspedes! ¡Salid! ¡Salid!»

D. Juan Casanova había ganado mucho en emoción, en calor, durante esta tirada. La voz salía temblorosa, ronca. Pero la imparcialidad nos obliga a confesar que había perdido algo de su majestad característica. Por lo menos aquellos movimientos descompasados de hombros y cabeza eran inexcusables en un hombre tan elevado física y moralmente. Los chicos que iban a la par le miraban con asombro, y las bellas peñascas, evocadas por él, si no arrojaban flores, sonreían desde los balcones al verle tan descompuesto, mostrando unas hileras de dientes como nunca veréis en Sarrió, yo os lo juro.

Después de tomar un refrigerio en las Consistoriales y descansar un poco, la comitiva se restituyó a la plaza, donde se efectuó con una solemnidad capaz de hacer derramar lágrimas al ateo más empedernido el acto de colocar la primera piedra de la nueva casa de Dios. Uno de los que más bullían y mangoneaban por allí era D. José María el boticario, el antiguo suscritor de _El Motín_ y corifeo de los masones, dando claro testimonio de que para Dios no hay imposibles, y que nadie puede decir que está por completo dejado de su mano. Después el gobernador dirigió desde el tablado la palabra al pueblo, y aunque su discurso no llegó a más de tres o cuatro metros de distancia, el pueblo comprendió en seguida con admirable instinto que rebosaba de elocuencia y se entusiasmó de un modo frenético. Centenares de boinas de todos colores surcaron el aire en prueba del efecto mágico que entre ellas había producido la oración de la primera autoridad civil de la provincia. Los cohetes y la murga municipal secundaron esta gloriosa manifestación de las boinas. Una muchedumbre inmensa de blusas azules y pantalones rayados se agitó conmovida, embargada por los más nobles sentimientos religiosos y humanitarios.