La familia de León Roch, Tomo 2

Part 9

Chapter 93,914 wordsPublic domain

Estaban en el salón japonés, lleno de figuras de pesadilla. Por sus paredes de laca andaban, cual mariposas paseantes, hombrecillos dorados, cigüeñas meditabundas, tarimas de retorcidos escalones, árboles que parecían manos y cabezas semejantes á obleas. Las figuras humanas no asentaban sus redondos pies en el suelo, ni los árboles tenían raíces; las casas volaban lo mismo que los pájaros. Allí no había suelo, sino una suspensión arbitraria de todos los objetos sobre un fondo obscuro y brillante como un cielo de tinta. Los expresivos rostros japoneses parecían hacer el comentario más elocuente de la escena viva, y las mariposas de oro y plata reproducían, por arbitrio de la fantasía en aquella especie de estancia soñada, la sonrisa jeroglífica de la Marquesa de Tellería. Cacharros de color de chocolate poblaban rincones y mesas; y viendo los ídolos tan graves, tan tristes, tan feos, tan hidrópicos, tan aburridos, se hubiera creído que estaban comentando en teología místico-asiática la tristeza indefinible de D. Agustín Luciano de Sudre.

Como se pasa de una página á otra en libro de estampas, así se pasaba de la habitación japonesa al gran salón árabe, donde estaba el billar y en él Leopoldo. Con su tarugo de aspirar brea puesto en la boca, á guisa de cigarro, se entretenía en hacer carambolas. Un lacayo se le acercó.

«¿Ha llamado el señorito?

--Sí--repuso el joven sin mirarle.--Tráeme cerveza.»

Ya se marchaba el lacayo, y Polito le volvió á llamar para decirle:

«¿Se servirán pronto los almuerzos?

--Dentro de un momento.»

Y siguió haciendo carambolas. El Marqués de Fúcar se retiró por un momento del salón japónico. Un _maître d’hôtel_, rubio y grave, reclutado en cualquier cafetín de París, y que se habría parecido á un _lord_ inglés si no lo impidiera su servilismo melifluo y su agitación de correveidile, se acercó á la Marquesa para pedirle órdenes.

«¡Oh! no--dijo ésta.--Tomaré muy poca cosa... ¿Hay _gateau d’ecrevisses_?... ¿No? bueno: no importa. Las pechugas ahumadas no me gustan. Mi _beefsteack_ que esté _poco hecho_.

--No olvide usted--dijo el Marqués á aquel hombre benéfico, cuyo frac negro parecía el emblema de la caridad cristiana creadora de los hospicios,--no olvide usted que yo no bebo sino _Haut Sauterne_.»

Fúcar reapareció melancólico, pero apresurado, indicando con esto que las tristezas no son incompatibles con el almorzar. Era un poco tarde, y los cuerpos necesitaban reparación. La Marquesa, D. Agustín, Polito, el Sr. de Onésimo, que llegó cuando los demás estaban en la mesa, _hicieron honor_, como se dice en la jerga gastronómica, á la cocina del de Fúcar. O por delicadeza de estómago, ó porque la aflicción de su ánimo le cortara el apetito, ello es que Milagros apenas probó de algunos platos.

«No se deje usted dominar por la pena--le decía D. Pedro.--Es preciso hacer un esfuerzo y tomar alimento. Yo tampoco tengo ganas; ¿pero de qué sirve la razón? Hago un esfuerzo y como.»

Buena prueba de los esfuerzos de D. Pedro era un _beefsteack_ que entre manos y boca tenía, el cual, pedacito tras pedacito, pasaba á su estómago, dejando en el plato la sangre bovina revuelta con manteca y limón. La Marquesa no hacía más que picar y catar, tan pronto apeteciendo como desdeñando, y el Marqués se encariñaba con las cosas picantes y afrodisíacas, obsequiándolas risueño con una mirada galante y después con las traidoras caricias de su tenedor. Las trufas, las _saucises_ trufadas, la rica lengua escarlata de Holanda y otras cosillas se ofrecían á su paladar con provocativos encantos.

«¿Y Pepa?--dijo bruscamente el Marqués de Onésimo.

--Está en Madrid,» replicó Fúcar sin alzar los ojos del plato, donde el solomillo parecía representar el Tesoro español por lo recortado y empequeñecido.

Siguió á estas palabras un largo silencio, que rompió al fin el mismo D. Pedro, diciendo á la Marquesa: «¡Oh! amiga mía... hay que sobreponerse al dolor... Además, la situación no es desesperada... María está bien hoy... ¿Llora usted?... A ver... esta media copa de Sauterne.»

Milagros no rehusó el obsequio. Después de apurar el vino, dijo así:

«Veremos si ese tigre de mi yerno me permite esta tarde ver á mi hija.»

Deseando Fúcar hablar de asunto menos aflictivo, sacó á relucir las voces que corrían acerca de la próxima boda de Polito con una riquísima heredera cubana, cuya familia, recién venida á Madrid, metía bastante ruido con la ostentación de colosal fortuna. Desmintió la Marquesa el rumor, y Leopoldo lo confirmó indirectamente con frases en que la modestia enmascaraba á la vanidad. Los rumores eran ciertos, como lo eran el noviazgo y las pretensiones del joven, y su seguimiento cuotidiano de la chica, á caballo y á pie; mas á pesar de esta cacería ecuestre y pedestre, lo de la boda era un puro mito, sin otra realidad que la que tenía en el deseo ardentísimo de Milagros de ver á su hijo poseedor de un caudal limpio y gordo. La familia de Casa-Bojío, á pesar de tener amistad con la de Sudre, oponíase á las aspiraciones de Leopoldo; pero Milagros trabajaba en silencio con diplomacia y finura para que aquel sueño de oro fuera un hermoso despertar de plata.

Agotado el tema, retiróse Milagros del comedor. Un lacayo presentaba al Marqués y á Polito los mejores cigarros del mundo. Era aquel artículo, digámoslo en términos de comercio, el más superfino de cuantos abastecían la casa del millonario. Sus corresponsales de la Habana le mandaban para su uso lo mejor de lo mejor, en recompensa de la gracia y arte mágico con que se las componía con el Gobierno para hacer fumar al país lo peor de lo peor.

Estallaron fósforos y chuparon labios.

«Polito--dijo el Marqués,--si quieres dar un paseo, dile á Salvador que ensille á Selika.»

El benemérito jinete de caballos ajenos no se hizo de rogar y bajó al punto al picadero. D. Pedro dió un suspiro, hizo una seña al Marqués de Tellería y al Marqués de Onésimo, dos nobles subalternos, el uno de raza y el otro de administración, que observando la fisonomía del noble del dinero, parecían tributarle culto idolátrico, acatándole con sus miradas é incensándole con sus aromáticos puros. Acercáronse entrambos, D. Pedro bajó la voz, y con entristecida cara les comunicó un pensamiento, una noticia, un hecho. Así, trasegando la pena de su afligido corazón al corazón de dos amigos, el digno prócer se sentía aliviado, respiraba con más desahogo, hasta podía soltar un chascarrillo y reir con aquella carcajada congestiva que oímos por primera vez en la casa de baños.

«¡Qué vida ésta!... ¡Qué alternativas, qué inesperadas peripecias!... Luego esta pícara tendencia del corazón humano á exagerar las penas pintándoselas como irremediables...»

Onésimo se quedó estupefacto al oir el hecho referido por su insigne amigo. Creeríase que su cabeza, totalmente absorbida por las altas especulaciones bancarias y por la metafísica de hacer empréstitos, no comprendía aquel hecho vulgar. El de Tellería se llenó de alborozo oyendo palabras tristes que salían de los labios de Fúcar, y tuvo una idea propia, una idea felicísima. Acariciábala en su mente, contemplando con los ojos del cuerpo las pinturas decorativas del comedor de familia, en cuyas paredes se veía representado un verdadero diluvio de animales muertos, perdices, liebres, ciervos, cangrejos, y otro diluvio de frutas, berzas, pepinos y mariposas. El roble tallado también ofrecía medallones de cacerías, bocas tocando trompetas venatorias, perros corriendo, manojos de perdices y mil representaciones diversas del reino alimenticio, de tal modo, que el comedor, parecía el palacio de la indigestión.

VI

El clérigo miente y el gallo canta.

Cuando María Egipciaca vió que entraba en su cuarto el Padre Paoletti, lanzó un grito de alegría. Le miró con cariño, posó después los dulces ojos en León, expresándole su gratitud por aquella fineza matrimonial que rayaba en lo sublime, y alargó una mano á cada uno. Aquel movimiento tan natural en ella, y que no fué acompañado de ninguna observación, era la cifra de su vida, y aun podría ser la síntesis de este libro en lo que á la dama se refiere. Los dos le preguntaron á un tiempo que qué tal se encontraba, y con una sola respuesta satisfizo á entrambos.

«Me parece que estoy mucho mejor. Me siento con ánimos...»

León le dió una palmada en el hombro, diciéndole: «Ahora... yo me retiro.

--No, no, no--declaró con gran presteza el Padre Paoletti, que se había sentado á la izquierda de la cama.--Doña María y yo no vamos á hablar de cosas de conciencia... El médico nos ha dicho que su estado no es ni bastante grave para acudir con premura á la salvación del alma, ni bastante lisonjero para poder platicar extensamente sobre temas espirituales que, por lo mismo que son dulcísimos y preciosísimos, fatigan la atención. Departiremos un poco los tres... sí, señor, los tres... y á su debido tiempo, cuando esa cabeza esté más serena, mi ilustre hija espiritual y yo nos secretearemos un poco.»

La sonrisa con que concluyó el discursillo comunicóse á María, que la reprodujo como reproduce la mar el color del cielo. Era Paoletti, como se ve, un hombre afable, meloso, de palabra sencilla, insinuante, de apariencia modesta y seductora en una pieza, por la reunión feliz de una figura simpática y de la voz más clara, más argentina, más conmovedora que se ha oído jamás. Era su acento dulce y firme á un tiempo, formado del misterioso himeneo de dos notas que parecen antitéticas: la precisión y la vaguedad. Los resabios del decir italiano, atenuados por el largo uso de nuestra lengua, daban á ésta en su boca como un son quejumbroso que hacía resaltar más los matices vivos y el enérgico juego de consonantes del idioma español. Conocedor de su destreza para instrumento tan primoroso, se esmeraba en manejarlo, corrigiendo los pequeños defectos y concordando la idea con la palabra y la palabra con la voz de un modo perfecto. El uso de superlativos dulzones hacía un poco empalagoso su estilo.

Mientras hablaba ponía también en ejercicio la singular luz, la expresión activa de sus ojos, cuyas múltiples maneras de mirar, que podrían llamarse fases, añadían y como redondeaban el lenguaje oral. De sus ojos podía decirse que eran la prolongación de la palabra, pues llegaban á donde no podía llegar la voz. Eran á ésta lo que la música es á la poesía. Indudablemente había algo de estudio en el extraordinario empleo de estas cualidades; pero la principal causa de ellas eran un don ingénito, y la dilatada práctica de bucear en conciencias y de leer en rostros con esfuerzos de agudeza y persuasión, y el usar artificio de ojeadas y reclamos de inflexiones dulces para descubrir secretos.

«Según el parecer de ese sabio médico--dijo,--nuestra dulcísima amiga se restablecerá pronto. Ha sido esto una crisis nerviosa que va pasando, y pronto volverá la calma primera. Estamos sujetos al traidor influjo de las bruscas impresiones morales que desatan tempestades en nuestra alma, sin que nuestra razón flaquísima lo pueda evitar. El demonio, siempre vigilante; la nefanda carne, rara vez sometida por entero, se amotinan y nos acometen, cogiéndonos de sorpresa. Aquí es el desvarío de los sentidos, que no abultan, sino que desfiguran las cosas; aquí el encenderse de la fantasía, que va á donde nunca debe ir, y todo lo ve de aquel color de sangre y fuego de que ella está vestida. El espíritu sucumbe aterrado por una apariencia vana, por una apariencia vana, mi querida amiga. Después viene el reposo, casi siempre después de un gran desorden físico, y se ven las cosas claras, se ve que no había motivo para tanto, que se hizo demasiado caso de la maledicencia, quizás de la calumnia; que se vieron fantasmas, sí, fantasmas... ¡Oh! ya hablaremos de esto, mi querida amiga... Ahora procure usted reponerse pronto y llevar su alma á un estado suavísimo... Y me parece que está usted muy bien alojada en esta casita. Tuvo buena elección su señor esposo al tomar tan tranquila vivienda. A mí me gusta mucho Carabanchel... Doña María, cuando usted pueda levantarse, y su esposo la saque á paseo, porque la sacará á paseo, ¿no es verdad? verá usted qué trigos tan hermosos hay por estos campos... Luego esto es una bendición para las gallinas: no da uno un paso sin tropezar con una bandada de estos animales humildísimos. Y basta de sermón por hoy, señora mía. Empecé por el alma y acabo por las gallinas; ¿qué tal?»

En este momento oyóse cantar un gallo.

«Es el gallo de San Pedro,» dijo Paoletti aparte á León.

Y volviendo rápidamente los ojos á su ilustre amiga, añadió.

«Empecé hablando del alma y concluí haciéndome cargo de las aves que hay en este pueblo. En otra ocasión empezaremos por el corral y acabaremos por el cielo... Con Dios.

--¿Pero se va usted?--dijo María con verdadera aflicción.

--Me pasearé por estos contornos, iré á comer, y volveré luego.

--¡Oh! no, de ninguna manera--manifestó León.--Comerá usted aquí.

--Gracias, gracias. Señora Doña María--dijo Paoletti, inclinándose ante la enferma con mundana cortesía y riendo con familiaridad,--su marido de usted es muy amable... No lo había visto desde aquellos tristes días en que subió al cielo nuestro amadísimo Luis. He tenido mucho gusto de verle hoy.»

María miraba á su marido vacilando entre la benignidad y el enojo.

«¿Sabe usted, mi buena amiga--añadió el clérigo,--que hoy he descubierto una cosa por las vías más extraordinarias y más inesperadas?

--¿Qué?--preguntó la dama con gran curiosidad.

--Ya hablaremos de eso... no quiero incomodar.

--Dígamelo usted,--insistió María con el tono mimoso que emplean los niños cuando piden una cosa que no quieren darles.

--Pues he descubierto--prosiguió el italiano, bajando más la voz y fingiendo que no quería ser oído de León Roch,--pues he descubierto que su marido de usted es mejor de lo que parece: que todo cuanto le dijeron á usted... ya sé que fueron allá con mil cuentos la de San Salomó y Doña Milagros... es un puro error, equivocación... Me consta, ¿lo oye usted? me consta que no hay tales infidelidades...»

En los ojos de María brillaban con viva luz la ansiedad y el orgullo. Aquellas palabras, que en tal boca sonaban para ella como el mismo Evangelio, eran en su turbado espíritu cual bálsamo dulce aplicado por las propias manos de los ángeles. Se sentía saliendo de un negro abismo á la clara luz y al grato ambiente de un hermoso día. Aunque más tarde debía venir la reflexión á aquilatar el valor de tales afirmaciones, por de pronto las palabras del clérigo hicieron rápido efecto en su credulidad de penitente. Si Paoletti le dijera que en aquel momento era de noche, antes creyera en el error de sus ojos que en la verdad de la luz del día. Sin saber qué decir, ni cómo expresar su gozo, miraba al Padre y al esposo, y las manos de ambos estrechaba.

«Sí, mi querida amiga--añadió Paoletti,--no hay motivo para pensar en tales infidelidades, y este hombre...»

Volvióse á oir el canto del gallo, y el clérigo suspendió su frase cual si le faltara la voz. Recobróla al variar de asunto, y dijo:

«Con que, amiguita, á ponerse buena pronto... ¡Ah, qué función tan linda se perdió usted ayer!... Cuando vuelva usted por allá le enseñaremos las estampas que hemos recibido... Tenemos agua de Lourdes fresquecita... ¡Cuánto hemos echado de menos á nuestra Doña María! ¡Ah! se me olvidaba: ya nos comimos el chocolate... Se le dan gracias cordialísimas á nuestra protectora en nombre de todos los de la casa.

--Si no vale nada... ¡Por Dios!

--Doña Perfecta se ha enojado con nosotros porque no quisimos admitir su donativo... Angelical señora es Doña Perfecta. ¡Qué alma tan pura! ¿Pues y la pobre Doña Juana? Anoche nos mareó de lo lindo y hasta nos llamó déspotas porque hemos prohibido á la mujer del portero que le haga el café á ella y á las demás devotas madrugadoras que van á comulgar muy de mañana y quieren desayunarse en seguida. Francamente, la portería parece algunos domingos un _restaurant_.»

A esta sazón entró el médico, diciendo:

«Mucha, mucha conversación hay aquí... Si tendré yo que venir como un maestro de escuela con una caña en la mano á mandar callar.

--Yo... punto en boca. Creo que he hablado más de la cuenta--indicó el confesor,--y me voy á dar una vuelta por ahí.»

Llevando á León al hueco de la ventana, le dijo: «¿Qué tal?

--Bien,» replicó León, admirando la habilidad histriónica del Padre.

Oyóse otra vez el canto del gallo.

«He negado á mi Dios, he faltado á la verdad--dijo Paoletti con sonrisa que parecía reprensión.--Si ese gallo sigue avisándome con su voz que parece venir del cielo, no tendré fuerzas para hacer traición á mi Maestro.

--Es caridad. Los gallos no entienden de esto.

--Ella y Dios me lo perdonarán. Como no la he engañado nunca, como de mis labios no ha oído jamás palabras que no fueran la misma verdad, me cree como al Evangelio.»

León meditó un momento sobre esta última frase, que despertaba en él añejos dolores.

El médico hizo en voz alta lisonjeros vaticinios sobre la enfermedad.

«¿Oye usted lo que afirma el facultativo?--dijo el confesor hablando aparte con el marido.--Albricias, querido caballero: ya se puede asegurar que _nos_ vive Doña María.»

Aquel plural, dicho y repetido naturalmente y sin malicia, era el más cruel sarcasmo que León escuchara de labios humanos en toda su vida. Había visto con gusto la milagrosa virtud terapéutica de los consuelos del Padre en la desgraciada María; pero aquella familiaridad del clérigo con su penitente, aunque encerrada dentro de la pudibunda esfera de las relaciones espirituales, le repugnaba en extremo. Fué aquél un momento de los más tristes para su espíritu, porque vió cara á cara la fuerza abrumadora con que había querido luchar durante los batalladores años de su matrimonio. Se entristecía y se avergonzaba. ¡Ay! El divorcio moral de que repetidas veces habló y que, según él, estaba ya consumado, no fué completo y radical hasta aquel momento. Hasta entonces quedaba la estimación, quedaba el respeto; pero ya estos tenues hilos parecían, si no rotos, tan tirantes que pronto, muy pronto, se romperían también.

Ocultando lo que en sí pasaba, se acercó á su mujer y le dijo:

«El Sr. Paoletti y yo vamos á tomar alguna cosa... Rafaela te acompañará mientras volvemos.

--¡Oh! Sí... almorzad, almorzad...--replicó María alegremente y dulcificando su mirada.--Pero no tardes: quiero verte... quiero hablarte... No olvides que tu deber es acompañarme, no separarte de mí ni un solo momento... Ahora que te cogemos á propósito, verás qué reprimendas y qué sobas te vamos á dar el Padre Paoletti y yo. Te veo ya acobardado y humillado... ¡pobre hombre!... ¡desgraciado ateo! Pero no tardes: quiero verte... Mira... esta noche pones ese sofá aquí, junto á mi cama, para que duermas á mi lado... Así dormiré yo mejor, y si sueño algún disparate, con alargar la mano y tocarte me tranquilizaré.

--Bien: haré todo lo que deseas,--dijo el esposo con la vacilación en la mente y el hielo en el corazón.

--¡Ah!--prosiguió María, reteniéndole por la manga;--dispón que me traigan hoy mismo mi rosario, el crucifijo y todos mis libros de rezo que están sobre la mesa de mi cuarto; todos, todos los libros, y el agua de Lourdes, y mis reliquias, mis adoradas reliquias.

--Rafaela irá esta tarde á Madrid y te traerá todo.

--¡Cómo se conoce que estoy en el cuarto de un ateo!--observó la enferma, tomando de súbito el tono impertinente, que no había desaparecido en ella sino ante la atroz quemadura de los celos.--No hay aquí ni un solo cuadro religioso, ni una imagen, nada que nos indique que somos cristianos... Pero ve á almorzar, ve á almorzar. El buen Padre estará en ayunas... ¡pobrecito! Dale lo mejor que haya, ¿entiendes? lo mejor. Reconoce tu gran inferioridad; humíllate, hombre. Háblale de mí, háblale de mí, y aprenderás á apreciarme mejor.»

Cuando León salía disimulando una sonrisa amarga, volvió á cantar el gallo.

VII

Fuegos parabólicos.

Luego que Fúcar entendió que pisaba los pavimentos de Suertebella la venerable planta del Padre Paoletti, se apresuró á ofrecerle palacio, mesa, servidumbre, coches, capilla, obras de arte. Creeríase que D. Pedro era poseedor de toda la creación, según la facundia y liberalidad con que todo lo brindaba para goce y dicha de la humanidad menesterosa. Y arqueándose cuanto lo consentía su crasa majestad, manifestaba con reverencias y cortesías cuán inferiores son las riquezas y esplendores del mundo á la humildad de un simple religioso, sin otra gala que su sotana, ni más palacio que su celda.

Paoletti, que era entendidísimo en artes bellas y aun en las suntuarias, elogió mucho la riqueza de Suertebella, dando así propicia coyuntura al Marqués para que gustara su satisfacción predilecta, que era enseñar el palacio, sala tras sala, sirviendo él de _cicerone_... Largo rato duró la excursión, que á marear bastaría la más sólida cabeza, por la heterogénea reunión de cosas bonitas que contenían aquellos pintorreados muros. Paoletti lo admiraba todo con comedimiento, demostrando ser hombre muy conocedor de museos y colecciones. El Marqués de Fúcar, que parecía la gacetilla de un periódico, según prodigaba sus elogios á las obras medianas ó malas, solía apuntar el precio de algunos objetos, bien cuadritos tomados á Goupil, bien porcelanas adquiridas en el martillo de la calle _Drouot_, y que eran hábiles imitaciones.

«Y aquí me tiene usted aburrido, completamente aburrido entre tantas obras de mérito--decía encarándose con Paoletti y cruzando las manos en actitud ascética.--Soy esclavo del bienestar, mi querido Padre. Parece que no, y ésta es la esclavitud más odiosa. ¡Cuánto envidio á los que viven tranquilos, con esa libertad, con esa independencia que da la pobreza, sin los afanes del trabajo, sin conocer otro banquete que el que cabe dentro de una escudilla, ni más palacio que cualquier celda, choza ó agujero...

--¡Oh! querido señor mío--manifestó el italiano riendo y llevándose la mano á la boca para ocultar urbanamente un bostezo,--pues no hay nada más fácil que realizar ese deseo... ¡Ser pobre! Cuando oigo á los mendigos expresar deseos de ser millonarios, me río y suspiro; pero cuando oigo á los ricos hablar de la cabañita y de un palmo de tierra en que descansar los huesos, les digo lo que me permito decir á usted en este momento: ¿por qué no se va el señor Marqués á las ermitas de Córdoba? ¿por qué no cambia á Suertebella por una celda de cartujo?...»

Y concluyó la observación como la había empezado, con francas risas. Otra vez bostezó, haciendo pantalla de su blanca mano para cubrir la boca.

«Eso... dicho así--repuso Fúcar riendo también,--parece fácil; pero... ¿y las cadenas sociales... y el yugo de la patria, que no quiere desprenderse de sus hijos más útiles?... Ahora caigo... ¡qué descuido el mío! Es muy tarde y usted no ha almorzado.

--¡Oh! no importa... deje usted.

--¿Cómo que no importa? Puede ser que aún esté ese bendito cuerpo...

--Con el triste chocolate nada más. Pero es un cuerpo de misionero y sabe resistir.

--León, León--dijo D. Pedro llamando á su amigo, que en aquel momento pasaba por la pieza inmediata.--Voy á mandar que os sirvan el almuerzo en la sala de Himeneo. No querrás alejarte mucho de tu mujer... Y usted, Sr. Paoletti, no gustará del bullicio del comedor. Ahora están almorzando todos los que han venido últimamente... ¡Bautista, _Philidor_!»

Dando voces á los criados españoles y al maestresala francés, el Marqués hacía correr á sus fieles servidores de un aposento á otro. La multiplicidad y premura de los servicios eran causa de que se sintieran crujir los finos pisos de madera, y de que se oyera por todas partes el tin-tilín de botellas y copas transportadas en enormes bandejas, y el claqueteo de los platos, rumor tan grato al cortesano hambriento. Olores de guisotes y frituras recorrían los largos pasillos y las grandiosas salas, como corre el incienso por los templos de capilla en capilla.