La familia de León Roch, Tomo 2

Part 8

Chapter 83,833 wordsPublic domain

--¡Estimación, respeto!--dijo Paoletti,--¡reconocimiento de virtudes!... Eso es algo, caballero. La grande y purísima alma de María Egipciaca merece más, mucho más; pero si pudiéramos contar con que esa estimación y ese respeto crecían y se purificaban...»

Paoletti volvió á acariciar con su mano de frío marfil el puño de León, y le dijo:

«¿No podríamos intentar una reconciliación?

--Es imposible, de todo punto imposible. Hace algún tiempo hubiera sido fácil... ¡Cuántos esfuerzos hice para llegar á esa deseada reconciliación!... Usted debe saberlo.»

Mirando al suelo, el hombre diminuto hizo signos afirmativos con la cabeza.

«Usted lo sabe todo...--añadió León con sarcasmo.--El dueño de la conciencia de mi mujer, el gobernador de mi casa, el árbitro de mi matrimonio, el que ha tenido en su mano un vínculo sagrado para atarlo y desatarlo á su antojo; este hombre, á quien hoy veo por primera vez después de aquellos días en que iba á visitar al pobre Luis Gonzaga, muerto en mi casa; este hombre, que, á pesar de no tener conmigo trato alguno, ha dispuesto secretamente de mi corazón y de mi vida, como puede disponer un señor del esclavo comprado, no puede ignorar nada.

--Ese lenguaje mundano y soberbiamente filosófico me es conocido también, caballero--dijo Paoletti, tomando un tono de reprensión evangélica.--Si quiere usted que entre en ese terreno y le dé contestación cumplida, lo haré.

--No... No he venido aquí á disputar. La tenebrosa batalla en que he sido vencido después de luchar con honor, con delicadeza, con habilidad y aun con furia, ha concluído ya. Mis juicios están formados hace tiempo, y no pueden variar... La ocasión no es propia para cuestionar. Nos hallamos en presencia de un hecho terrible...

--Que María se muere.»

Refirió León á Paoletti la visita de María Egipciaca á su esposo y la escena que precedió al desmayo y enfermedad de la santa mujer. Después de una pausa, el Padre dijo severamente:

«Todo me indica que María le ama á usted, y que aquí el verdadero traidor al matrimonio, el culpable de hoy, es el mismo que lo fué ayer, el culpable de siempre; en una palabra, usted. No apruebo, sin conocerlo bien, el paso dado por mi ilustre penitente; pero ese paso, ese traspié, dado que lo sea, anuncia que aún conserva en su corazón y en su voluntad dulcísimos favores para quien no es digno de ellos.

--Usted que todo lo sabe, debe saber que mi mujer no me tiene amor. Si los que no entienden de sentimientos nobles y puros se empeñan en dar aquel nombre á lo que no lo merece, yo me apresuro á constituirme en juez de los afectos de mi pobre mujer y á declarar que no me satisfacen, que los rechazo y los pongo fuera de juego en el problema de nuestra separación ó de nuestras paces.»

Paoletti meditaba profundamente.

«Entre los dos--añadió León,--no existe ya ningún lazo moral. María y yo, estas dos personas, ella y yo, se me pintan en la imaginación como un discorde grupo representando la idea del divorcio.

--Un grupo, una obra de arte--dijo Paoletti, deslizando en medio de la nube negra de su severidad un relampaguillo de malicia.

--Una obra de arte, sí... que, como tal, no se ha creado por sí sola, sino que tiene autor. Mi mujer no me ama; creo que habría podido amarme, como yo deseaba, si las grandes imperfecciones de su carácter, en vez de disminuir sometidas á mi autoridad y á mi cariño, no hubieran aumentado, sometidas á otras corrientes y á otra autoridad. No me ama, ni yo la amo á ella tampoco. Por consiguiente, la reconciliación es imposible.

--No dirá usted--manifestó Paoletti con severidad mezclada de tolerancia,--que no le escucho con paciencia.

--¡Paciencia! Más he tenido yo.

--Aunque uno no quiera, siempre tiene en sí algo de cristiano, caballero. Para concluir, Sr. de Roch, usted no ama á su mujer, ni ella le ama á usted; usted no quiere reconciliarse con ella; usted la respeta y la estima... ¿Qué significa esto? O mejor dicho, ¿á qué ha venido usted aquí?

--María me ha rogado que le lleve su confesor. Lejos de oponerme á esto, lo hago con gusto.

--Pues vamos,--dijo Paoletti levantándose.

--Falta lo principal--dijo León, tocando la sotana del reverendo.--Fácilmente comprenderá usted en su claro talento, que para avisarle no era menester que viniera yo mismo. He venido para decir á usted cosas que sólo yo puedo decirle. Considere ante todo que el estado moral es verdaderamente grave en la dolencia de María.

--Sí.

--Debo declarar que deseo su restablecimiento--dijo León con calmosa voz.--Pongo á Dios por testigo de esta afirmación: quiero absolutamente y sin ninguna clase de reserva que mi mujer viva.

--Comprendo muy bien su propósito. Usted desea que se salve, es decir, que no muera. Usted desea que se calme su irritación nerviosa, para lo cual conviene que no la turbe ningún pensamiento de los que motivaron su trastorno. Es preciso que las ideas optimistas y lisonjeras desembrollen esta madeja enredada por el despecho y por la pasión no satisfecha; es preciso que la dirección espiritual proceda con cierto arte mundano, fomentando las ilusiones de la penitente y quitando de sus ojos la triste realidad; es preciso que el confesor sea médico, y médico de amor, que es lo más peregrino, y que aplaque los celos y fomente esperanzas y aprisione de este modo una vida que se escapa...»

León admiraba la sagacidad del ilustre maestro de conciencias.

«Pues bien--dijo Paoletti con energía,--yo haré en este particular todo lo que sea posible. Nada puedo afirmar sin conocer de antemano el estado espiritual de mi querida hija en Dios.

--María está en Suertebella.

--Sí.

--Y es necesario que no comprenda que está allí.

--Bueno... pase--dijo Paoletti mirando al suelo y soltando las palabras por un ángulo de la boca.--Es un engaño que puede disculparse.

--María persiste en mostrarme el especial cariño tardío que siente ahora por mí.

--Tampoco veo culpa en esto. Puede admitirse, entendiendo que este cariño no está bien juzgado por usted.

--María debe arrojar de sí, mientras continúe en ese estado febril, la idea de que amo á otra mujer.

--Alto ahí--dijo el clérigo extendiendo su blanca mano, como una pantalla de marfil.--Eso no pasa, caballero. He pasado por el ojo de la aguja hilos un poco gordos; pero el camello, señor mío, no cabe, no cabe. Lo que usted propone es una impostura.

--Es caridad.

--La verdad lo prohibe.

--Lo manda la salud.

--Una exigencia física á la que no podemos dar valor excesivo. Mi ilustre amiga sabrá morir cristianamente, despreciando las menudas pasiones del mundo.

--Nuestro deber es siempre y en todo caso impedir la muerte.

--Siempre que podamos hacerlo sin comedias indignas. ¡Y á esa pobrecita mártir se la hará creer en la inocencia de su marido, cuando está albergada en la propia vivienda de su rival, de la amada de su esposo! Doy por cierto, si usted quiere, que no habrá en la casa escenas licenciosas, ni aun siquiera entrevistas; admito que no se dará el caso de que dos enamorados adúlteros se digan ternezas en una sala, mientras la infeliz esposa legítima agoniza en la inmediata. Pero aun concediendo que habrá circunspección y decoro, la horrible verdad subsiste. Yo no se la diré si ella no quiere saberla; pero si me pregunta... y preguntará, preguntará...

--¡Sí!--exclamó de súbito León, impresionado por tan graves palabras.--Esa comedia es indigna de ella y de mí. La verdad me espanta, la ficción me repugna; pero aquélla es la muerte y ésta puede ser la vida... No irá usted conmigo á Suertebella. Llevaré un clérigo cualquiera, el cura de la parroquia, el capellán de la casa.»

Se marchaba ya, y Paoletti le llamó con un _cecé_ de reconciliación.

«Al claro talento de usted--dijo devolviendo un piropo recibido poco antes,--no se ocultará que la asistencia de otro sacerdote no agradará á la pobre mártir tanto como la nuestra. Si usted no insistiera en intervenir en lo que no le importa, yo iría de buen grado á consolar á esa desgraciada. Hay más--añadió con un arranque sentimental,--no puedo ocultar á usted que lo ansío ardientemente. ¡Es tan buena, tan santa!... No sólo la admiro, sino que la respeto, la venero como á un sér superior.

--¿Y qué le dirá usted?

--Lo que deba decirle--contestó Paoletti clavando en León sus dos ojos que parecían doscientos.--Es por demás extraño que quien declara haber roto moralmente el lazo matrimonial, se inquiete tanto por la conciencia de su esposa.

--No me inquieto por su conciencia, sino por su salud,--dijo León sintiéndose muy abatido.

--¿No dice usted que no la ama ni es amado por ella?

--Sí.

--Entonces su cuerpo y sus mortales gracias podrán pertenecer á un hombre; su purísima conciencia, no.

--Es verdad--dijo León apurando el cáliz.--Su conciencia, yo la entrego á quien la ha formado. No quiero apropiarme esa monstruosidad.

--Perdono la expresión--replicó Paoletti bajando los ojos.--Para concluir, señor mío, ¿voy ó no voy?

--¿La matará usted?

--¡Yo...!»

Y después de exhalar un suave suspiro, añadió:

«Le preguntaremos quién es su asesino.»

León sintió su alma llena de espanto. Meditó un rato. Después golpeó el suelo con el pie. A veces de un pisotón sale una idea, como una chispa brota del pedernal herido. León tuvo una idea.

«Vamos--dijo con resolución.--A la conciencia de usted dejo este delicado asunto.

--Y en prueba de esa confianza--manifestó el otro, no ocultando su gozo por ir,--prometo conciliar en lo posible la veracidad con la prudencia, y hacer los mayores esfuerzos por no turbar las últimas horas, si el Todopoderoso dispone que sean las últimas, de mi amadísima hija espiritual. Seguro estoy de que mi presencia le dará mucho consuelo.

--Vamos.

--Soy con usted al instante,--dijo el clérigo pequeñísimo corriendo, con el paso duro de sus pies de plomo, á buscar capa y sombrero. Deteniéndose en la puerta y poniendo en su cara una sonrisa cortés, añadió:

--Es muy temprano. No se ha desayunado usted. ¿Quiere tomar chocolate?

--Gracias--repuso León inclinándose,--gracias.»

Una hora después ambos se apeaban de un coche en el pórtico de Suertebella.

IV

Despedida.

Ya había concluído la misa de rogativa; ya había entrado Paoletti en la estancia donde moraba entre sombras de fiebre y duda su bendita amiga espiritual, cuando León, pasando apresurado de sala en sala, buscaba á la hija del Marqués de Fúcar. Al fin la halló en la habitación de Ramona. Deseaba decirle una cosa muy importante. Creeríase que Pepa barruntaba la enunciación de la importante cosa, porque estaba en pie con la anhelante mirada fija en la puerta, atendiendo á los pasos del que se acercaba, y así que le vió entrar retiróse á un ángulo de la pieza, indicando á su amigo con el lenguaje singular de cuatro ó cinco pasos (pues también los pasos hablan), que allí estarían mejor que en ninguna otra parte. Monina corrió al encuentro de León y se abrazó á sus piernas, echando la cabeza hacia atrás. El la tomó en brazos, y al verse arriba la nena, se empeñó en hacerle admirar la perfección artística de un cacharrillo de barro con asa y pico, obsequio reciente del cura de Polvoranca, y luego se entretuvo en la difícil operación de colgárselo de una oreja.

«Estate quieta, Mona; no seas pesada--dijo Pepa.--Ya, ya me figuro á qué has venido y lo que vas á decirme... Hija, estate quieta... Ven aquí.»

Arrancó á la chiquilla de los brazos de León para tomarla en los suyos.

«No necesitas decirme nada... Lo comprendo, lo adivino--prosiguió.--Debo marcharme de aquí. Ya estaba decidida aunque tuviera que irme sin verte.

--Agradezco tu delicadeza--dijo León.--Márchate á tu casa de Madrid, y por ahora... no te acuerdes de que existo.

--Eso no será fácil... Hija, por Dios, no me sofoques--dijo Pepa, en cuya oreja continuaba la criatura su penoso trabajo.--Ponte en el suelo... Me marcharé sin preguntarte siquiera cuándo nos volveremos á ver. Tengo miedo de hacer la pregunta, y respeto tu vacilación en contestarme.»

León bajó los ojos en silencio. No conocía palabra tierna, ni frase amistosa, ni concepto de esperanza que al pasar de su mente á sus labios no llevase en sí un sentido criminal. Callar parecióle más decoroso aún que la misma protesta contra toda intención de escándalo. Ambos se quedaron mudos por largo rato, sin osar mirarse, temeroso cada cual de la fisonomía del otro, como si fuese claro espejo de su propio pensamiento.

«No me preguntes nada, no me digas nada--manifestó al cabo León.--Llena tu corazón de generosidad y vacíalo de esperanza.»

Pepa quiso hablar algo; pero tanto temblaba su voz, que prefirió decir para sí estas palabras: «Todo lo echaré de mí menos la idea triste, la idea vieja y lúgubre: que ella, rezando, rezando, se salvará; y yo, esperando, esperando, me moriré.»

León, que parecía leer los pensamientos en el contraído entrecejo de su amiga, le dijo cara á cara:

«En los trances duros se conoce la índole generosa ó egoísta de las almas.»

Pepa tembló de pies á cabeza. Después, sosteniendo su frente en un dedo, rígido como clavo de martirio, dijo mirando á sus propias rodillas, donde tocaban el piano los diminutos dedos de Ramona:

«No sé si la mía será egoísta ó generosa. Yo sé que he derramado hace poco algunas lagrimillas pidiendo á Dios que no matara á nadie por culpa mía. ¡Qué sabor tan amargo sacan á veces nuestras oraciones, y cómo se acongoja nuestro pensamiento luchando para que las flores que quiere echar de sí no se conviertan en culebras!... Yo he rezado hoy más que ningún día de mi vida; pero no estoy segura de haber rezado bien y con limpieza de corazón. Horrible batalla había dentro de mí. Creo que las palabras y las ideas que andaban por mi cerebro variaban de sentido á cada instante, y que decir _Dios_ era decir _demonio_, y decir _amor_ era decir _odio_, y decir _salvarse_ era decir _morirse_. La idea sentida y la idea pensada se combatían quitándose una á otra el vestido de su palabra propia. Yo creo que no he rezado nada, que no soy buena... ¡Me siento con tan poco de santa y tanto de mujer!... Y sin embargo, yo no seré tan mala cuando he tenido alma para pedir claramente que muriéramos las dos, y así todo quedaría bien...»

Se levantó, añadiendo:

«En fin, me voy. Ya sabes que obedecerte es el único placer de mi vida.

--Gracias,--murmuró León, tomando en brazos á la nena.

--Despídete de ese...» dijo Pepa contemplando con amor á su hija y al que la besaba.

Estrechó León en sus brazos á la chiquilla y le dió mil besos, considerando que las manifestaciones de su cariño no eran escandalosas recayendo en la inocente persona de un ángel tan bonito. Con ella en brazos dió dos ó tres paseos por la estancia, ocultando así con estas idas y venidas la emoción que sentía y que traspasaba los límites del alma para salir al rostro. Sin mirar á la buena mamá, ésta podía vanagloriarse, allá en el ángulo de la pieza, de ser bien contemplada. La pasión tiene su perspicacia nativa y un estro maravilloso para sorprender los pensamientos del sér amado, asimilárselos y alimentar el espíritu propio con aquel rico manjar extraño.

En cuanto al desgraciado hombre, nunca como entonces había sentido el dominio irresistible que sobre él ejercía aquel sér pequeño y lindo, nacido de la unión de una mujer que no era la suya y de un hombre que no era él. No creía en la posibilidad de vivir contento si le quitaban de las manos aquel tesoro, ajeno sin duda, pero que se había acostumbrado á mirar como suyo y muy suyo. Con este cariño se mezclaban el cariño y la imagen de la madre, como dos luces confundidas en una sola. ¡Familia prestada que en el corazón del solitario ocupaba el desierto hueco y se apropiaba el calor reservado á la propia! El no tenía culpa de que en su cansado viaje por el páramo se le presentaran aquellas dos caras, risueña la una, enamorada la otra, ambas alegrando el triste horizonte de su vida y obligándole á marchar adelante cuando ya sin fuerzas caía sobre pedregales y espinas. En Pepa Fúcar había hallado amor, docilidad, confianza, misteriosas promesas de la paz soñada y del bien con tanto afán perseguido. Era la familia de promisión, con todos los elementos humanos de ella, pero sin la legitimidad; y el no ser un hecho, sino una esperanza, dábale mayores encantos y atractivo más grande. La pasión arrebatada de Pepa y el ardor fanático con que á todo la sobreponía, lejos de infundirle cuidado le seducían más, porque en ello veía la ofrenda absoluta del corazón, sin reserva alguna, la generosidad ilimitada con que un alma se le entregaba toda entera, sin esconder nada, sin ocultar sus mismas imperfecciones ni escatimar un solo pensamiento. Quien había sido mendigo de afectos no podía rechazar los que iban á él con superabundancia y cierto alarde bullicioso. Infundíale al mismo tiempo orgullo y piedad el ver cómo aquel admirable corazón, sin dejar de ser religioso, le pertenecía enteramente, por ley que es divina á fuerza de ser humana; y al sentirse tan bien amado, tan señor y rey en el corazón y en los pensamientos de ella, no podía menos de darse también todo completo. Cualquier afecto secundario y remoto que existiera antes de aquel mutuo resplandor en que ambos se veían, debía extinguirse, como palidecen los astros lejanos cuando sale el sol.

Pero quizás no era ocasión de pensar tales cosas. León puso la niña en brazos de su madre y le dijo:

«Ni un momento más. Adiós. Si es necesario explicar á tu padre la causa de tu traslación á Madrid, yo me atreveré á decírsela.

--Se la diré yo.»

Con precipitación y desasosiego salieron uno y otro por puertas distintas.

V

A almorzar.

El narrador no cree haber faltado á su deber por haber omitido hasta ahora que los Tellerías corrieron en tropel á Suertebella desde que llegó á su noticia el grave mal y estado de María. Ello es tan natural, que el lector debía darlo por cierto, aunque las fieles páginas del libro no lo dijeran. Lo que sí conviene apurar, por si la posteridad, siempre entrometida y buscona, tuviera interés en saberlo, es que en la mañana de aquel célebre martes (el día de la misa de rogativa, de la visita de Paoletti y de la partida de Pepa) la Marquesa de Tellería, el Marqués y Polito oyeron atónitos de boca de León Roch estas enérgicas palabras:

«No se puede ver á María.

--¿Hoy tampoco? ¡Lo oigo y no lo creo!--exclamó Milagros sin poder contener su ira.--¡Prohibir á una madre que vea á su pobre hija enferma!...

--¡Y á mí, á su padre!...»

Polito no decía nada y se azotaba los calzones con un junco que en la mano traía.

«¿Qué razón hay para esto?

--Alguna razón habrá cuando así lo dispongo,--dijo León...

--Yo quiero entrar á ver á mi hija. Yo quiero verla, asistirla.

--Yo la asisto y la velo.

--¿No nos das ninguna razón, ¡por Dios! ninguna explicación de esa horrible crueldad?» dijo el Marqués, poniéndose severo, que era lo mismo que si se pusiera cómico.

León les habló del delicadísimo estado moral de María, del gran temor que á él le inspiraban las indiscreciones de su familia si ésta entraba en la alcoba de la enferma.

«¿Está sola en este instante?

--Está con su confesor.»

Y Milagros llevó aparte á su yerno y le dijo:

«Verdaderamente no creí que llegaras á tal extremo. Explícate, explícame las monstruosidades que han pasado aquí... ¡Ah! Mi pobre y desventurada hija ignora sin duda que se halla en la misma casa de la querida de su esposo!... Temes que le abra los ojos, temes que la verdad salga de mis labios, como sale siempre, espontánea, natural... porque no sé fingir, porque no sé hacer comedias.

--¡Oh! No, señora: yo no temo nada--dijo León deseando cortar la disputa.--Pero usted no verá á su hija hasta que ella no se restablezca.

--¿Y qué autoridad tienes tú sobre la mujer que has despreciado?... O es que estás arrepentido de tu conducta y quieres...»

La dama cambió de tono y de semblante. Aquella trágica arruga de su hermosa frente desapareció como nubecilla disipada por el sol; brillaron sus ojos con animación juvenil, y hasta parecía que el disecado pajarillo de su elegante sombrero aleteaba entre las gasas.

«¿Hay por ventura proyectos de reconciliación?--dijo entre agrias y maduras.--Si los hay, no seré yo quien los estorbe... Como vayan precedidos de arrepentimiento...

--No hay ni puede haber proyectos de reconciliación,» dijo bruscamente el yerno á punto que entraba en la sala el Marqués de Fúcar.

Este, sobreponiéndose á su tristeza para cumplir los deberes que le imponía la condición de castellano de aquel magnífico castillo, se presentó á saludar á los Tellerías, á compadecerles por la enfermedad de la pobre María, á rogarles que dispusieran de la casa y de cuanto en ella había. Y como el caso que allí les llevaba no era cosa de un momento, el generoso Fúcar, dando á su hospitalidad un carácter grandioso y caballeresco, conforme á la resonancia europea de su nombre, invitaba á los Tellerías á permanecer allí todo el día, toda la noche y todos los días y noches siguientes, y á comer, cenar, tomar un _lunch_, un _pic-nik_ ó hispano piscolabis, á descansar, dormir, disponer de la casa entera, pues allí había mesa, despensa, bodega, servidumbre, camas para la mitad del género humano, caballos para pasear, flores en que recrear la vista, etc., etc.

«¡Oh! gracias, gracias... cuánto agradecemos...»

La mano del millonario fué estrujada por la de Tellería, que en su emoción no pudo decir nada. En las grandes ocasiones, el silencio, una mirada al cielo y un apretón de manos, son más elocuentes que cien discursos enalteciendo á los que nos hacen olvidar que vivimos en _un siglo corrompido por las ideas materialistas_. La Marquesa se esforzaba en dar á su cara la expresión que, según ella, cuadraba más á su occidental belleza, ó que mejor realzaba aquellos pálidos restos, bastante valiosos aún para lucir mucho, si el arte, la coquetería, la palabra misma, discreto artífice, los presentaba en buena y proporcionada luz. Empeñando conversación mundana con Fúcar, supo llevar á éste por las vías sentimentales con tanta gracia y donosura, que el agiotista la oía con encanto. Al mismo tiempo Tellería llevaba á León junto á la ventana para decirle con acento majestuoso:

«Las cosas han llegado á tal extremo, y tu conducta es tan ruín y vituperable en apariencia, que necesitas darme una explicación completa, aunque para ello sea preciso llevarte á un terreno...

--Al terreno del honor--dijo León con sarcasmo.--Vea usted: ese es un terreno al cual no será fácil que vayamos juntos...

--Comprendo que un padre político... No es que yo quiera agravar el escándalo con otro escándalo mayor. Confiamos aún en tu caballerosidad, en lo que todavía queda en tí de esa _hidalguía castellana_ que los españoles no podemos desechar aunque queramos... y si Dios te tocase el corazón y te reconciliaras de un modo durable con mi querida hija...

--No me reconciliaré.

--Entonces...»

Lanzó el prócer á su hijo político una mirada que, dado el carácter promiscuo, entre cómico y serio del ilustre personaje, podía calificarse en el orden de las miradas terribles.

«Entonces, yo sé lo que debo hacer.»