La familia de León Roch, Tomo 2

Part 6

Chapter 63,840 wordsPublic domain

--Tus blasfemias me horrorizan--añadió León no pudiendo resistir más.--¿Puede darse sacramento más quebrantado, lazo más roto? Entre tú y yo, María, hay una sima sin fondo y sin horizontes, un vacío inmenso y aterrador, en el cual, por mucho que mires, no verás una sola idea, un solo sentimiento que nos una. Separémonos para siempre; no pongamos frente á frente estos dos mundos distintos, que no pueden acercarse y chocar sin que broten rayos y tempestades. Si hay algo irreconciliable, somos tú y yo. Sí: también yo soy fanático; tú me has enseñado á serlo con ardor y hasta con saña. Vámonos cada cual á nuestra playa, y dejemos que corra eternamente en medio este mar de olvido. Para calma de tu conciencia y de la mía, hagámoslo mar de perdón. Perdonémonos mutuamente, y adiós.»

María, oyendo estas palabras, observaba que sus sentimientos de ira y despecho eran sustituídos por otros nuevos, tranquilos, y por cierta idealidad contemplativa que se iba metiendo en su espíritu perturbado. Miraba á su esposo y le hallaba ¿á qué negarlo? más digno que nunca de ser compañero amante de una mujer como ella. Veía su rostro expresivo, su barba negra, que le daba melancolía, y un no sé qué de personaje heróico y legendario; sus ojos de fuego, su frente donde se reposaba un reflejo de la luz solar, como señalando el lugar que encerraba una gran inteligencia. Esta muda observación de la belleza varonil actuó directamente sobre su corazón, haciéndole latir con fuerza. Acordóse de sus primeros y únicos amores, de las felicidades y legítimos goces de su luna de miel; sobre estos recuerdos volvió insistente como una manía la idea de que aquel hombre era muy interesante, muy simpático, muy... ¿por qué no decirlo? muy bueno, y de nuevo le miró, no se cansaba de mirarle... ¡De otra! ¡para otra! Esta era la idea que echaba fuego en el montón de leña; ésta la satánica idea que volcaba su corazón, derramando toda la piedad de él como los tesoros contenidos en un vaso. Por esta idea la frialdad se trocaba en fuego, el desdén en ansias cariñosas... Ardientemente enamorada, de celos más que de amor, María sintió una aflicción horrible cuando se vió despedida con bonitas palabras, pero despedida al fin. Ella podía aceptar la despedida, sí, y marcharse para siempre; podría quizás olvidar, consentir que su marido no la amase... ¡pero eso de amar á otra... ser de otra!...

«¡No, mil veces no!» exclamó la dama terminando en alto su meditación.

Diciéndolo se humedecieron sus ojos. Quiso luchar con su llanto, y secándose prontamente los ojos, habló así á su marido:

«Una noche me preguntaste...

--Sí: te pregunté...

--Y yo te respondí que Dios me mandaba que no te amase... Es verdad que me lo mandaba Dios. Yo lo sentía aquí, en mi corazón... Pero, ya ves, no debe tomarse al pie de la letra todo lo que se dice. Tú debiste preguntar otra vez.

--¡Te había hecho la pregunta tantas veces!... ¡y de tan distintos modos!...

--Bien: ahora te pregunto yo á tí.»

Se acercó á él y le puso ambas manos sobre los hombros.

«Te pregunto si me quieres todavía.»

La mentira era refractaria al espíritu de León. Consultó primero á su conciencia; pensó que una falsedad galante y generosa le honraría; mas luego sintió que se rebelaban contra él las mentiras galantes. Antes de que acabase de discernir aquel obscuro asunto, la verdad brotó de sus labios diciendo:

«No... Mi Dios, el mío, María, el mío, me manda responderte que no.»

Desplomóse la señora sobre su asiento. Parecía rugir cuando le dijo:

«¡Tu Dios es un bandido!

--No tienes derecho sino á mi respeto.

--¿Amas á otra?--preguntó María mordiendo la punta de su pañuelo y tirando de él.--Dímelo con lealtad... reconozco tu lealtad... confiésamelo y te dejo en paz para siempre.

--Tampoco tienes derecho á hacerme preguntas.

--Niégame el derecho y contéstalas.»

León iba á decir: «pues bien: sí.» Pero hay casos en que la verdad es como el asesinato. Decirla es encanallarse. La contestación fué:

«Pues bien: no.

--Te conozco en la cara que has mentido,--dijo María incorporándose bruscamente.

--¡En mi cara!

--Tú no eres mentiroso... yo reconozco que nunca has mentido; pero ahora acabas de revelarme que has perdido aquella buena costumbre.»

León no replicó nada. María esperó un rato, y después dijo:

«Nada tengo que hacer aquí...»

León no pronunció una palabra, ni siquiera miró á su mujer.

--Nada, nada más--añadió ella,--sino avergonzarme de haber entrado en esta casa de corrupción y escándalo.»

Humedecía con su lengua sus labios secos; pero labios y lengua estaban juntamente impregnados de un amargor en cuya comparación el acíbar es miel deliciosa. María quiso escupir algo, escupir aquel _otra_ que le parecía el zumo de una fruta cogida en los jardines del infierno. Sus labios se dejaron morder por los dientes hasta echar sangre.

«¡Qué vergüenza!--murmuró.--¡Haber descendido á tanto... arrastrarme á los pies del miserable... una mujer como yo, una mujer...!»

La rabia no la dejaba llorar, ni aun siquiera llorar de rabia.

«¡Verme despreciada!...

--Despreciada, no,--dijo el marido haciendo un movimiento generoso hacia ella.

--Despreciada como una mujer cualquiera, como una...

--Desprecio, jamás...

--Ni siquiera...

--Acaba...

--Ni siquiera... merezco una atención...

--Atención, sí,» dijo León, al parecer tan agitado como ella.

Sentía la Egipciaca una extraordinaria humillación, que arrastraba su alma á un infierno de tristeza.

«Para tí, yo... ni siquiera soy hermosa. Soy una mujer horrible; he perdido...

--No. Te juro que desde que te conozco, nunca te he visto tan hermosa como ahora.

--Y sin embargo--gritó María saltando en su asiento,--y sin embargo, no me amas...

--Tú--le dijo León en voz baja,--que has cultivado tanto la vida espiritual, debes saber que la hermosura del cuerpo y rostro no es lo que más influye en el cautiverio de las almas.

--¡Para tí soy horrible de espíritu!...»

Y al decir esto se dió un golpe en la frente, exclamando: «¡Ah!» como quien recuerda algo muy solemne, ó vuelve de un tenebroso desvarío á la luz de la razón.

«¿No he de ser horrible para tí, si soy mujer cristiana y tú un desdichado ateo materialista?... Y yo he cometido la falta, ¿qué digo falta? el crimen de apartar los ojos por un momento de mi Dios salvador y consolador para fijarlos en tí, hombre sin fe; de haberme despojado de mi sayal negro para vestirme estos asquerosos trapos de mujeres públicas con el infame objeto de agradarte... de solicitarte... ¡No, no: Dios no me lo puede perdonar!»

Y exaltada, delirante, levantóse con horror de sí misma; se llevó las manos á la cabeza, arrancándose el sombrero pieza por pieza y arrojándolo todo con furor lejos de sí. El brusco tirón dado al sombrero deshizo el peinado, frágilmente compuesto por ella misma; cayeron los rizos negros sobre su sien, sobre sus hombros; y desmelenada, con el rostro trágico, la mirada felina, marchó hacia su esposo, y en voz baja le dijo:

«Soy tan mala como tú; soy una mujer infame. He olvidado á mi Dios, he olvidado mi deber y mi dignidad por tí, miserable. Ya no merezco que me llamen santa, porque las santas...»

Se miró el pecho y el lujoso vestido, y lanzando una exclamación de horror, añadió:

«Las mujeres consagradas á Dios no se visten con este uniforme del vicio. Me avergüenzo de verme así. ¡Fuera, fuera de mi cuerpo, viles harapos!»

Arrancó lazos y adornos para arrojarlos fuera. Después agarró los bordes de su vestido por el seno, y tirando con fuerza varonil, rompió todo lo que pudo. Sus manos locas abrieron después grandes jirones en la tela, deshicieron pliegues, despegaron botones; eran, aun con los guantes puestos, dos garras terribles, capaces de hacer trizas en un instante la obra delicada y sólida de doscientas manos de modista. Al fin se quitó también los guantes y la manteleta.

«¡Basta de afrenta, no más baldón! Vuelvo á mi Dios, á mi vida recogida, indiferente, donde gozaré maldiciendo mi hermosura, porque te ha gustado á tí; vuelvo á la paz de mis ocupaciones religiosas, á la meditación dulce, donde se conversa con Dios y se ve á los ángeles, y se oye su música, y hasta parece que se prueba algo de sus festines; vuelvo á mi dulce vida, que cuenta entre sus dulzuras la de olvidarte, y en su obscuridad las hermosas tinieblas de no verte á tí... He pecado, he sido indigna de los favores que el Señor se dignó concederme... ¡Perdón, perdón, Dios mío! ¡No lo volveré á hacer más!»

Cayó de rodillas, y deshecha en llanto verdadero, fácil, afluente, escondió el rostro entre las temblorosas manos. Lágrimas abundantes resbalaban por su hermosa garganta y caían sobre su seno medio descubierto. León tuvo miedo. Aquella lastimosa figura desgarrada, aquel llorar amargo, movieron profundamente su corazón. Acercóse á ella echándole los brazos, la levantó, sentóla en la silla.

«¡María, por Dios!--le dijo.--No hagas locuras. Tú misma... Serénate...»

María no despegaba de su rostro las manos. Acercó León su silla, puso la mano sobre el hombro de su mujer, trató de remediar el desorden de sus cabellos, de colocar lo mejor posible los jirones del vestido, que por la gran desgarradura mostraba desnudo el busto. De repente se sintió estrechado por un abrazo epiléptico, y sintió en su cara los labios ardientes de su mujer que le apretaban sin besarle; le apretaban como cuando se va á poner un sello en seco; y después una voz sorda, un gemido que así decía:

«Te ahogo, te ahogo si quieres á otra... ¿No soy yo guapa, no soy yo más hermosa que ninguna?... A mí sola... á mí... sola.»

Después el vigoroso abrazo cesó lentamente; cedió toda fuerza muscular y nerviosa. Apartó de sí León aquellos brazos ya flexibles, que cayeron al punto exánimes, y cayó también la pálida cabeza sobre el pecho, velada por su propia melena como la del tétrico y maravillosamente hermoso Cristo de Velázquez. Después distinguió una ligera contracción espasmódica que corría por el cuello y el seno de su mujer, haciendo temblar su epidermis, y oyó un murmullo profundo que dijo: «Muerte... pecado!»

María quedó inerte. Su marido le tocó el corazón: no latía. El pulso... tampoco... Salió afuera gritando: «¡Socorro!»

Desde que abrió la puerta se presentó gente. En la escalera y en la corraliza la curiosidad había reunido á no pocos vecinos, porque se habían sentido voces, porque la que gritaba era la esposa del Sr. Roch, y una esposa que grita es objeto de la general atención. Subieron, entraron. También llegó el Marqués de Fúcar, que fué á enterar á León de su encargo. Aturdidos todos, no sabían qué hacer.

«Que la lleven al punto á mi casa--dijo Fúcar.--¿Hay aquí cordiales fuertes? ¿Hay...? Lo primero que hace falta es una cama, un médico... Llevémosla á mi casa.

--Que venga aquí el médico,--dijo León.

--¿En dónde la acostamos?» repitió Fúcar, mirando á todos lados.

Los colchones y camas, lo mismo que los demás muebles, habían sido llevados ya.

«¿Y mi cama?--indicó Facunda.--No la tiene mejor un rey.

--¡Quite usted allá!... A ver... parece que late el corazón.

--Sí: late, late,--dijo León con esperanza.

--Esto no es nada... un síncope... Todo por una disputa... He aquí los resultados de la exageración... Pero es preciso acostarla... A ver, envolvámosla en una manta... ¡Una manta!»

Era el Marqués de Fúcar hombre á propósito para las situaciones rápidas que exigen don de mando, energía y gran presteza en ejecutar un pensamiento salvador. Cuatro robustos brazos levantaron á María, después de abrigarla cuidadosamente con una manta, y la transportaron fuera de la casa. Parecía un cuerpo amortajado que llevaban á enterrar. León vió hacer esto y lo permitió como habría permitido otra cosa cualquiera sin darse cuenta de ello. Pasó mucho tiempo antes de comprender que aquella traslación, si por un lado era conveniente, por otro no. Cuando quiso oponerse, el triste convoy estaba ya en marcha.

Se comprenderá fácilmente el asombro de Pepa cuando en su casa vió entrar aquel cuerpo yerto... ¡Cielos divinos! ¡María Sudre! ¡Y en qué estado! Se explicaba el desmayo; pero no se explicaba fácilmente el vestido roto el pelo en desorden... La entraron en la primera habitación que se encontró á propósito, y la pusieron sobre la cama.

«Han olvidado lo principal--dijo Pepa:--aflojarle el corsé.

--Es verdad: ¡qué idiotas somos!»

Diciendo esto, D. Pedro cortó con una navaja las cuerdas del corsé. El médico entró, y cuando todos se retiraron, menos León y los Fúcares, habló de congestión cerebral... El caso era grave... Se despachó al punto un propio á Madrid llamando á uno de los primeros facultativos de la capital. El del pueblo hizo poco después mejores augurios. María volvió en sí, respirando ya con desahogo. ¡Si todo hubiera sido un síncope!... pero algo más había, porque la infeliz dama, al volver en sí, deliraba, no se hacía cargo de lugares ni personas, no se daba cuenta de cosa alguna, no conocía á nadie, ni aun á su esposo.

Después cayó en profundo sopor. Era indispensable el reposo, un reposo perfecto. El médico escribió varias recetas y ordenó un tratamiento perentorio, aplicaciones, revulsivos.

«Ahora--dijo,--dejarla en reposo absoluto. Parece que no hay peligro por el momento. No se haga en este cuarto ni en los inmediatos el más ligero ruido. Mejor está sola que con mucha compañía.»

El médico salió. Pepa, llevándose el dedo índice á la boca, ordenó silencio. León y el Marqués de Fúcar callaban, contemplando á la enferma. Pasó media hora, y Pepa dijo así:

«Sigue durmiendo, al parecer tranquila. Cuando despierte, yo me encargo de cuidarla: yo me encargo de todo.

--No--le dijo León prontamente:--te ruego que no aparezcas en este cuarto.»

Pepa inclinó la frente y salió con su padre, andando los dos de puntillas. León se sentó juntó al lecho. Aún le duraba el aturdimiento y estupor doloroso del primer instante; aún no se había hecho cargo claramente del sitio donde su mujer y él estaban. La penitente reposaba con apariencias de sosegado sueño. El desdichado esposo miró á todos lados, observó la estancia, dió un suspiro, tuvo miedo. De pronto vió que Pepa entraba con paso muy quedo por una puerta disimulada en la tapicería. León la miró con enojo.

Pero ella avanzaba, revelando en sus ojos tanto terror como curiosidad. Más pálida que la enferma, su semblante era cadavérico. Sus pasos no se sentían sobre la alfombra: eran los pasos de un fantasma. El gesto con que León la mandaba salir fuera no podía detenerla, y adelantaba hasta clavar sus ojos en el cuerpo y rostro de María, observándola como se observa la cosa más interesante y al propio tiempo más tremenda del Universo.

Tras ella entró Monina, deslizándose paso á paso como un gatito que entra y sale sin que nadie lo sienta, y juntándose á su madre y asiéndose de su falda con ademán de miedo, señalaba á la cama y decía: «_Moña meta._»

_Moña meta_, que quiere decir _muñeca muerta_.

TERCERA PARTE

I

Vuelve en sí.

Solo y sin calma estaba León Roch junto al lecho. Fijos los ojos en su mujer, observaba cuanto en la mudable fisonomía de ésta pudiera ser síntoma del mal, anuncio de mejoría ó señal de recrudescencia. A ratos desviaba de la enferma su atención para traerla sobre sí mismo, mirando la situación penosísima en que le habían puesto sucesos y personas. ¿Cómo no pudo evitarlo? ¿Cómo no tuvo previsión para impedir llegase por tan diabólicos caminos aquella conjunción de los dos círculos de su vida, cada cual sirviendo de órbita al giro de contrapuestos sentimientos? Al formular estas preguntas parecióle que un reir burlón estallaba en el fondo de su alma, repitiendo en caricatura aquellos propósitos suyos, contemporáneos de su noviazgo y casamiento. Los que hayan conocido al hijo del señor Pepe Roch en los días correspondientes al principio de esta verídica historia, recordarán que tenía planes magníficos, entre ellos el de dar al propio pensamiento la misión de informar la vida, haciéndose dueño absoluto de ésta y sometiéndola á la tiranía de la idea. Pero los hombres que sueñan con esta victoria grandiosa no cuentan con la fuerza de lo que podríamos llamar el _hado social_, un poder enorme y avasallador, compuesto de las creencias propias y ajenas, de las durísimas terquedades colectivas ó personales, de los errores, de la virtud misma, de mil cosas que al propio tiempo exigen vituperio y respeto, y finalmente, de las leyes y costumbres, con cuya arrogante estabilidad no es lícito ni posible las más de las veces emprender una lucha á brazo partido. León se compadecía y á ratos se reía de sí mismo, diciendo: «Es verdaderamente absurdo que la piedra se empeñe en dar movimiento á la honda.»

Pensando éstas y otras cosas no cesaba de atender solícito á la enfermedad de su mujer. María Egipciaca había vuelto de su estado comático varias veces durante el día; pero su mente seguía turbada; á nadie conocía, ni acertaba á formular una frase con sentido. Quejándose de un dolor inmenso sin poder determinar en qué sitio ó entraña de su cuerpo sentía, quiso lanzarse del lecho. Fué preciso emplear bastante fuerza para impedirlo. Por la noche su inquietud cesó, aunque no la fiebre. En su sueño decía no pocas palabras claras y precisas, indicando cierta coherencia en las visiones, y, por último, oprimió las manos contra su pecho y dijo en un grito: «¡No, á ese no, á ese no: es mío!»

Después abrió los ojos, y revolviéndolos, miró á las paredes, al techo, á la cama, á los muebles, cual si á todas aquellas partes pidiese noticias del lugar donde se encontraba. Su hermosa mirada sin extravío revelaba ya un pensamiento sereno, que volvía, no sin cansancio, al carril de la cordura. Vió á un hombre junto al lecho, solo con ella, atento, vigilante, y al conocerle, los ojos de la enferma expresaron un sentimiento dulce.

«¿Tú?» murmuró sonriendo.

León se acercó, inclinándose hacia ella. Cuando metía su mano entre las sábanas para buscar la de ella y tomarle el pulso, María se apoderó del brazo de su marido, y estrujándolo sobre su seno, dijo con un gemido:

«¡Ay! ¡qué gusto saber que era sueño lo que ví! Te habían pinchado en unos... así como grandes tenedores, y te iban á meter en un horno lleno de fuego. Yo me moría de pena... sentí una opresión... grité...»

El espíritu de la infeliz esposa, después de agitarse en horrendos desvaríos sin determinación y de ser arrastrado en torbellino de visiones, que por tener todos los colores y las formas todas, casi no tenían ni forma ni color, cayó en unas profundidades pavorosas, donde no había nada, á no ser la idea pura de lo cóncavo, de lo obscuro, y el asombro de tanta hondura y obscuridad. Pero al sentirse en el término de aquel bajar rápido y creciente como el de la piedra lanzada al abismo, vió con claridad pasmosa. Aquello era el Infierno. Bien se comprenderá que la mística dama vería la _cità dolente_ y sus horribles habitantes tales y como los había imaginado en la vida real, guiándose por descripciones escritas y por minuciosas estampas. Pero como quiera que nuestras apreciaciones de lo sobrenatural se apoyan siempre en ideas corrientes y revisten forma semejante á las que vemos aquí con nuestros propios ojos carnales, á María Egipciaca se le representaban las zahurdas infernales como inmensos túneles de ferrocarril, ó bien como el recinto de una fábrica de gas, llena de humo y pestilencia, ó también cual negro taller de fundición y forja, donde mil máquinas gruñían entre resoplido de fuelles, machaquería de martillos y polvareda de ascuas y carbón. Los demonios, sin perder su histórica traza de hombrezuelos con pezuña y rabillo de innobles bestias, tenían no poca semejanza con maquinistas de ferrocarril ó poceros de alcantarilla, con los infelices jornaleros de minas hulleras, con los cíclopes de Sheffield ó Birmingham y aun con otros industriales de menor importancia, aunque no de mayor limpieza. Todos estaban empapados en pringoso sudor, semejante á la infecta grasa de las máquinas.

Era una gran cavidad formada del cruzamiento de infinitos túneles, galerías de hierro, y por todo ello corría un hálito sofocante de hulla, azufre, gas de alumbrado y tufo de petróleo, que eran los olores más aborrecidos de nuestra simpática heroína. En aquel centro había un barullo, un estrépito, un vértigo del cual la dama no habría podido dar adecuada definición sino diciendo que era como si mil trenes á gran velocidad convergieran en un punto y en él chocaran, haciéndose pedazos y desparramándose después coches y máquinas en todas direcciones para volver á reunirse. Las locomotoras eran en la mente de la delirante lo principal de la maquinaria del Infierno. Las veía pasar y correr volando con patas y alas de hierro untado de aceite hediondo, dando gruñidos y resoplidos, revolviendo sus rojas pupilas, expeliendo humo negro y aliento de vapor y chispas. Siendo del mismo tamaño de las que se ven en el mundo, allí parecían como un enjambre infinito de inmensas moscas, que zumbaban en un recinto infinitamente ancho y vaporoso.

En los primeros meses de su matrimonio, María había hecho con León un viaje por Alemania. Entre otras cosas notables visitaron la ya célebre fábrica metalúrgica de Krupp en Essen. Esta visita, que impresionó mucho á la dama, no se borró jamás de su memoria, y en aquella hora de alucinación la imagen del colosal establecimiento tenía gran parte en la construcción fantástica del horrible presidio eterno á donde es llevado el hombre por sus culpas. Otros talleres que había visto en Barcelona y en Francia prestaban algún elemento para rematar el horrible cuadro. Veía que algunos precitos eran puestos en el torno mecánico y torneados como cañones, ó bien pasados por laminadores, de donde salían como tiras de papel. Llevados luego á los hornos de luz blanca, tornaban á su forma primera. Los propagadores de ciertas ideas muy bellacas eran sujetos entre cadenas, y puesta la cabeza sobre un yunque, el martillo-pilón de cincuenta toneladas les machacaba los sesos. Era de ver cómo los diablillos menores, ó sea la granujería del Infierno, se entretenían en abrir agujeros con un berbiquí en el cráneo de algunos infelices, para introducirles con embudillo y cuchara metal derretido, producto de un gran guisote de libros puestos al fuego en barrigudo perol, lleno de ideas heréticas. A otros, que habían hablado mal de cosas sagradas, les estiraban la lengua unas diablas muy feas, y juntándolas todas, es decir, centenares ó millares de lenguas, las ponían al torno para torcerlas y hacer una soga, que luego colgaban de la bóveda, de tal suerte que los discursistas parecían manojos de chorizos puestos al humo. En otros se ejercía un peregrino tormento que casi parecía incomprensible en nuestro mundo terrenal, á pesar de que está lleno de telares, y es que tejían unos con otros á los condenados, enlazando piernas con brazos y brazos con cabezas, para formar una cuerda ó ristra, la cual se entretejía con otra hasta formar una gran tela de dolor y lamentos. Sometían esta tela á una especie de torno, donde la estiraban hasta que su tamaño crecía desde kilómetros á leguas, y crujían los huesos, como si por sobre un infinito montón de nueces corriesen infinitos caballos, y se desgarraban las carnes entre alaridos. Arrojado después todo al fuego, volvían los individuos á su forma primera, y de su forma prístina á la repetición del mismo entretenido tormento.