La familia de León Roch, Tomo 2

Part 5

Chapter 53,967 wordsPublic domain

Descolgó la señora el cuadro, y volviéndolo del derecho, lo puso sobre una silla. Entonces apareció en la sala el busto, la enérgica cabeza, la mirada profunda y leal de León Roch. Fué como la entrada súbita de alguien en la estancia solitaria. María se quedó perpleja, y toda su sangre se le corrió al corazón, agolpándose en él y dejándole heladas y casi vacías las venas; le miraba sin respirar, sin pestañear, como cuando se presencia la aparición milagrosa de quien se ha muerto, ó la encarnación estupenda de lo que se ha soñado. Y él no la miraba ceñudo, sino con expresión serena, que ponía en sus ojos la índole de su alma recta y franca... Alargó el cuello María, acercando su cara al lienzo... retrocedió después para dar tiempo á que su mano quitase un poco de polvo; y luego que esto hizo, besó la imagen de su marido, una, dos, tres veces, en distintas partes de la cara. Oyóse entonces una carcajada indistinta, un reir sofocante y zumbón. Era el reloj que respiraba más fuerte echando de sí ese murmullo que precede al toque de las horas.

¡Las tres! El reloj principiaba á ser complaciente y juicioso, y se iba curando de aquella inaguantable manía de ser temprano. Como el hotel de Roch estaba casi en las afueras, oíase el canto de los gallos anunciando el fin de aquella noche perezosa, pesada, eterna...

«Pronto amanecerá--pensó María.--En cuanto amanezca, me voy.»

Empezó á vestirse. Los trajes, los sombreros, los zapatos y demás prendas que había traído Pilar, estaban arrojados sobre las sillas. Si no presidieran en la estancia tres cuadros distintos del patriarca San José, creyérase que aquél era el gabinete de una mujer de mundo, después de una noche de festín. Examinó la penitente los colores de las finas medias de seda, y por último, segura del buen efecto, vistió sus piernas estatuarias con las azules y las sujetó con ligas del mismo color. El calzarse no era obra tan fácil. Probó zapatos, botas... ¡Oh! felizmente el pie de Pilar parecía hermano del suyo... Pero María vacilaba en la elección de forma. ¿Bota ó zapato? He aquí un problema que por su gravedad podía equipararse á éste: ¿gloria ó infierno?

El coturno fué desechado al fin después de una acaloradísima discusión interna. Venció el zapato alto, de cuero bronceado, de tacón Luis XV y hebilla de acero: una verdadera joya. Después de mirarlos mucho, María se calzó. Sus pies eran bonitos de cualquier modo, y desnudos más. Admitido el calzado como una necesidad social que no era ley en tiempo de Venus, María vió con admiración sus pies artificiales, con los cuales Dafne no hubiera podido correr, pero que no por eso eran menos lindos.

Sentó con arrogancia la planta en el suelo, examinó todo desde la rodilla, giró un poco sobre el tacón, movió la delgada punta, semejante á un dedal. El pie tiene su expresión como la cara. María lo encontró admirable, y pensó en otra cosa. ¡Corsé, peinado! dos cosas graves que no pueden hacerse á un tiempo. A veces la primera es del dominio de la fuerza; la segunda de los augustos dominios del arte. Acudió la señora á lo más urgente, y no necesitó caballos de vapor para aprisionar su hermoso seno y talle, plegando y aplastando sobre uno y otro, como fino papel de embalaje, las blancas telas de delicado lino. El peinado era cosa más difícil. Fué al tocador, sentóse, meditó un rato con los brazos alzados, como un sacerdote que reza antes de poner sus manos sobre los objetos rituales, y al fin... haciendo y deshaciendo, con la sencillez que permitía la falta absoluta de ciertos artículos de tocador, María logró remedar medianamente lo que las hábiles manos de Juana habían hecho la noche anterior. Estaba bien, sobre todo sencillo, airoso, elegante, que era lo principal. Nada de cargazón ni catafalcos...

Lo demás verificóse como en el ensayo de la noche precedente. El vestido _princesa_ de gro negro con combinaciones de terciopelo y faya pajiza clara; el sombrero, que parecía haber salido de manos de las hadas... todo era bonito, todo lindísimo, seductor. María se contempló con asombro; se creía otra. No: no era posible que ella fuese tan guapa; allí había sortilegio; ¿cómo sortilegio? No: una católica no podía pensar esto. Lo que allí había era favor de Dios, determinación de la Providencia para ponerla en condiciones de realizar una buena obra. De Dios tenía que provenir no sólo aquella superior hermosura, sino aquel hechicero atavío. Esta superstición se pegó á su mente como un molusco á la roca, y allí se quedó adherida por succión.

«Dios permite, Dios consiente, Dios manda...» pensó, formulando con vigor aquella idea.

Y á mirarse volvía. De costado, de frente, de todos modos estaba bien. ¡Qué ágil y flexible su talle, qué gallardo su busto, qué contornos, qué aire de cabeza! ¡Qué graciosa neblina la del ligero velo de su sombrero, obscureciendo el rostro pálido, como la sombra de un ave que pasaba, y se ha detenido revoloteando para admirar tanta hermosura! ¡Qué misterioso simbolismo de pasión en aquel negro del terciopelo con golpes de seda de un pajizo lívido, y qué dulce armonía la de su rostro coronando aquella noche de tinieblas, manchada de relámpagos sulfúreos! ¡Qué ojos tan verdes, tan melancólicos, y al mismo tiempo, cómo escondían bajo la tristeza la amenaza, la venganza bajo el dolor, bajo la caricia el puñal! ¡Cómo aquellos hechizos anunciaban otros, y cómo se completaba todo allí, el color y la expresión, la vista y la ilusión, la belleza y el alma, lo humano y lo divino!... ¡Ah!... ¡Guantes! Gran contrariedad fuera que Pilar no hubiera traído guantes. María los buscó, y habiéndolos hallado, probóselos muy satisfecha.

«No llevo joyas--dijo para sí,--pero no importa.»

Y luego añadió con orgullo:

«Llevo la principal: mi virtud.»

Después de otro rato de contemplación en el espejo, añadió:

«¡Qué guapísima voy!... Si yo supiera hablar bien y decir lo que pienso... Si encontrara las frases más propias...»

Tirando de la campanilla, alborotó toda la casa. Los criados tardaron en levantarse; pero se levantaron al fin. La doncella, que entró aturdida y soñolienta en el gabinete, se quedó pasmada al ver á su ama vestida; ¡y qué bien vestida! María mandó que al punto llamaran al señor Pomares. Este digno hombre, que había vuelto á ser admitido después de la separación, se presentó con cara hinchada y dormilona, temblando y tropezando.

«Haga usted que me pongan inmediatamente el coche,» le dijo María sin mirarle.

Pomares se quedó tan estupefacto como si lo mandaran tocar á misa á las seis de la tarde.

«Pero la señora ha olvidado que ya no tiene coche.

--¡Ah! ¡es verdad! No me acordaba. Bien: tráigame usted un coche de alquiler, un landó.

--¿A esta hora?

--¿Pues no es ya de día?

--Todavía no ha amanecido.

--¿Y qué importa?... Veo que es usted muy dificultoso... No sirve usted para nada.»

Pomares se quedó como quien ve visiones. Aquel lenguaje áspero, colérico... Sin duda la señora estaba loca.

«¡No se mueve usted, hombre de Dios!--añadió María.--¿Por qué me mira usted así? Pronto, un coche, cueste lo que cueste.

--Bien, señora: iré á ver si...

--Pronto. Quiero salir en cuanto amanezca.»

Por mucho que trabajó el buen Pomares, paseando su respetabilidad de cochera en cochera, no pudo traer el landó hasta muy entrado el día. Ardiendo en impaciencia, María esperaba en su gabinete, después de tomar café puro, paseando y rezando á veces, á ratos sentada y sumida en profundas meditaciones. Cuando le anunciaron que el coche entraba en el jardín del hotel, levantóse, fué derecha á un hermoso armario que en su alcoba tenía, abriólo y sacó una gran botella de agua no muy clara. Los labios de la dama se movían, articulando sin duda oraciones piadosas, mientras su mano derramaba parte del contenido de la botella en un vaso de plata. Alzándose cuidadosamente el velo del sombrero, bebió. Era agua de Lourdes.

XVI

El deshielo.

No había andado el coche medio kilómetro cuando á María le asaltó la idea de una dificultad terrible, y era de tal naturaleza, que casi casi estuvo á punto de dar al traste con sus proyectos. Era que siendo aquel traje, como elegido para salir á la una de la tarde, impropio para una excursión tan de mañana, la señora estaba ridícula y hasta _cursi_. ¿Cómo no había caído en ello mientras se vestía? ¿cómo no eligió ropas más sencillas, más conformes, en fin, con lo que las pragmáticas del vestir ordenan para la primera hora? Gran descuido y aturdimiento fué el suyo; pero ya no tenía remedio y aunque le amargaba mucho no ser en aquel día un modelo de buen gusto, se conformó, considerando que la hermosura superior hace las leyes de la moda y nunca es esclava de ella.

Solicitada su mente por cosas más graves, pronto olvidó María lo del vestido. Lo que la inquietaba era un continuo inventar de frases y discursos. Ya sabía ella todo lo que le había de decir su marido y todo lo que debía contestarle la esposa ultrajada. Los discursos sucedían á los discursos y las frases se perfeccionaban en su cerebro, como si éste fuera el crisol heráldico de la Academia. Ya un adjetivo le parecía tibio y ponía otro más quemador; ya cambiaba una oración afirmativa por otra condicional, y así iba anticipando la expresión de su ira, poseyéndose tanto en aquel ensayo, que hablaba sola.

No se fijó en ningún accidente del camino ni en nada de lo que veía. Para ella el coche rodaba por una región vacía y obscura. No obstante, como acontece cuando en el pensamiento se embuten ideas de un orden determinado y exclusivo, María, que no observaba las cosas grandes y dignas de ser notadas, se hizo cargo de algunas insignificantes ó pequeñísimas. Así es que vió un pájaro muerto en el camino y un letrero de taberna al que faltaba una _a_; no vió pasar el coche del tranvía, y vió que el cochero de él era tuerto. Esto, que parece absurdo, era la cosa más natural del mundo.

Por fin entró en aquél para ella aborrecido poblachón, que ni es ciudad ni campo, sino un conjunto irregular de palacios y muladares. No sabiendo fijamente á dónde dirigirse, preguntó á unas mujeres, que la informaron con amabilidad. El coche siguió adelante. Ya llegaba, ya estaba cerca. El corazón de la pobre esposa se saltaba del pecho, llevándose consigo los discursos y las frases tan trabajosamente compuestas.

Al fin dejó el coche... apenas podía andar y se sentía sin fuerzas. Vió un portalón ancho que daba á un gran patio. En aquel patio había muebles, colchones liados, gran cama de hierro empaquetada. Todo anunciaba mudanza. También vió á una mujer que hablaba con alguien. María entró, acercóse á ella, y entonces advirtió llena de asombro que la mujer no hablaba con nadie. ¿Estaba loca?... María le hizo la pregunta que era indispensable para poder entrar.

--¿D. León?--dijo Facunda con semblante amable y esperando un poco á que se le pasara el asombro.--Arriba está.»

Y señalaba una puerta por donde se veía una escalera. Subió María rápidamente hasta la mitad; después tuvo que detenerse porque no tenía respiración. Arriba ya, entró en una grande y clara pieza. No había nadie.

María vió libros conocidos, muebles amigos, algún desorden, como cuando se está embalando para un viaje; pero ni un alma... ¡Ah! de repente, como pájaro que al ruido salta y aparece saliendo de una mata, apareció una niña, saliendo de detrás de la mesa. Tenía una muñeca medio rota en la mano, mucho abrigo sobre el cuerpo y una toquilla de lana blanca, puesta poco más ó menos como se la ponen las monjas. Se comía un pedazo de pan. Su cara era como la de un ángel, suponiendo que á los ángeles se les pongan húmedas las naricillas á causa del fresco de la mañana.

Vió Monina que aparecía en la puerta aquella señora, y se quedó mirándola de hito en hito, quieta, fija, muda. No era señora: era una muñeca grande, muy grande, vestida como las señoras. El primer sentimiento de Monina fué asombro, después miedo. Vió que la gran muñeca adelantaba lentamente, sin quitar de ella los ojos, ¡y qué ojos! Monina se iba quedando pálida y quería gritar; pero no podía. Y la enorme muñeca avanzaba hacia ella sin parecer que andaba, sino que la movían resortes debajo de la falda, y llegaba hasta ella, se inclinaba doblándose por la cintura... El terror de la pobre niña llegó á su colmo; pero no podía chillar, porque aquellos ojos la miraban de una manera que le cortaba la voz... Y la muñeca rígida y colosal alargó una mano y la puso sobre el hombro de la infeliz niña, y asiendo después el bracito de ella, apretaba, apretaba, como aprieta el hierro de las tenazas, mientras una voz indefinible que á Monina no le pareció voz humana, sino esa voz de fuelle que en el pecho de las muñecas dice _papá_ y _mamá_, le preguntaba:

«¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?»

El instinto de conservación venció al miedo, y al fin la pobre Ramona dió un chillido agudísimo y prolongado, retirando su brazo oprimido. En aquel momento salía León Roch de la estancia próxima; se quedó en el marco de la puerta como una figura en su nicho. Al contrario de Santo Tomás, veía y no creía. Pasó algún tiempo sin que volviera de su pasmo y terror, haciéndose cargo de la situación dificilísima en que estaba. Ver allí á su mujer era realmente extraordinario, pero no absurdo; lo absurdo era verla guapa, vestida á la moda con elegancia, casi con exceso de elegancia y lujo por la discrepancia entre la hora y el traje. Tal fenómeno no cabía dentro del círculo de previsiones y cálculos de León, y era, por lo tanto, un fenómeno inexplicable.

Dueño al fin de sí mismo, y resuelto á afrontar la escena que se preparaba, León, antes de decir á su mujer la primera palabra, tomó de la mano á Monina, salió á la escalera, llamó á alguien, entregó la niña, y volviendo adentro, cerró la puerta con brío, como el domador en el momento de enjaularse con sus queridas fieras, que después de todo no son otra cosa que su familia. Cuando se acercó á María, ésta se había sentado. Apenas podía tenerse en pie.

«¿No me esperabas?--murmuró temblando

--No, ciertamente.

--Te creías libre... ¡pobre hombre!... libre para correr sin camino... por un freno... digo, para correr sin freno, por un camino de infamias. No contabas con mi... con mi...»

Los discursos que traía perfectamente ordenados en su cabeza, se evaporaban palabra tras palabra. Hizo un esfuerzo de memoria para recordar una frase que creía de efecto; pero la frase se le iba, se le escapaba. Apenas pudo atrapar al vuelo una palabra, y gritó con voz ronca: «¡Presidiario!»

León se sonrió ligeramente; María dijo:

«¡Presidiario!... yo soy la policía.

--Bien--dijo León con serenidad, apoderándose al punto de aquella idea.--Convengo en que soy presidiario, en que tú eres la policía; pero no tienes cadena para atarme, que tú misma la has roto.»

María había preparado sus frases contando siempre con que su marido le diría algo que ella imaginaba; mas como León no dijo aquello, sino otras cosas, he aquí que la aturdida esposa estaba como el histrión que ha olvidado sus papeles.

«¡La cadena!--murmuró no comprendiendo en el primer momento.--¿Dices que yo la he roto?

--Sí: tú la has roto. Mi libertad ¿quién me la ha dado sino tú?

--Eres un malvado, un libertino, un ingrato--dijo la dama cayendo en las recriminaciones vulgares de todas las esposas ofendidas.--¿De qué libertad hablas? Tú no la tienes, tú eres mi esposo, y estás atado á mí por un lazo que nadie puede desatar sino Dios, porque Dios lo ató. Estos infames materialistas creen que así se juega con el matrimonio, una institución divina.

--Y también humana. Pero no disputemos, María. Concluyamos: ¿á qué has venido?

--¡Pues no pregunta el miserable que á qué he venido! A pedirte cuenta de tu conducta criminal, á sorprenderte en tu infame retiro, á avergonzarte, y, finalmente, á despreciarte.

--Podías haberme despreciado en tu casa.

--Es que he querido ver si tenías un resto de pudor y vergüenza; si te turbabas delante de mí; si te atrevías á confesarme tu falta...

--Ya ves que me he turbado un poco--dijo León alzando los ojos.--En cuanto á faltas, si alguna he cometido, no eres tú á quien debo confesarla.

--¡Qué descarada perversidad!... Pues también he venido á otra cosa--añadió la penitente lívida de ira:--he venido con la esperanza de encontrar aquí á esa liviana mujer, para darle el nombre que merece y...»

Sus manos se engarfiaron una contra otra y apretó los párpados fuertemente.

«¿Qué mujer?

--¡Y lo pregunta el hipócrita!... ¡Oh! No la nombro, porque me parece que la boca se me mancha... ¿Te atreverías á sostener que no tienes relaciones criminales con ella?

--¿Con quién?

--Con esa,--dijo señalando con energía á Suertebella.

--María--repuso León palideciendo.--No quiero verte convertida en propagadora de hablillas miserables... Muy difícil me será dejar de respetarte; pero si quieres que no falte jamás á la consideración que debo, no toques esa cuestión, calla, déjame, márchate. Tú no necesitas ya de mi afecto, puesto que te basta con tu religión; vete á tus altares y déjame á mí solo con mi conciencia.»

María se recogió en sí, contrayendo los brazos contra el pecho cual una fiera que ataca, y vióse en sus ojos verdes como un obscurecimiento vidrioso, precursor de un brillo más grande.

«¡Ladrón, infame!--exclamó.--¿Tienes el atrevimiento de arrojarme á mí, la mujer legítima, la mujer que te posee y que no te soltará, no, no te soltará, porque Dios le ha dicho que no te suelte?... ¿Quién eres tú, miserable, para romper un Sacramento, para dar una bofetada al Padre de todas las criaturas?

--¡Romper Sacramentos yo!... ¿yo?»

Al decir esto León, se levantaba.

«¿Yo?--repitió acercándose á su mujer.--Yo no he roto el Sacramento.

--¿Pues quién?

--Tú,--afirmó él apuntando á su esposa tan enérgicamente con el dedo índice, que parecía querer sacarle los ojos.

--¡Yo!

--Tú, tú lo hiciste pedazos, cuando apremiada por mí para salvar nuestra mutua paz me dijiste: «Mi Dios me manda contestarte que no te ame.»

María quedóse un momento lela y aturdida. Su viva cólera había cedido un poco.

«Es verdad que dije eso... sí, y en verdad si querías mi amor, ¿por qué no te apresuraste á merecerlo, haciéndote cristiano católico? A pesar de tu horrible ateísmo, yo no puedo decir que no te amase... algo... ¿Por qué no eres como yo? ¿Por qué no me imitabas en mi piedad?

--Porque no podía--dijo León con sarcasmo;--porque hay algunas clases de piedad que están fuera del orden natural, que son locas, absurdas, ridículamente necias... Conste, pues, que el Sacramento lo rompiste tú, tú misma.

--Pero yo--dijo María, cogiendo al vuelo un argumento irresistible,--he sido fiel, tú no.»

León vaciló un instante.

«Yo también lo he sido. Ante Dios y por la memoria de mi madre y de mi padre, juro que lo he sido. Fiel, cariñoso y atento contigo por todo extremo he sido yo cuando tú, arrastrada á una santidad enfermiza por las ardientes amonestaciones de tu hermano, pusiste una muralla de hielo entre tu corazón y el mío. Me negaste hasta las palabras íntimas y dulces, que suelen suplir á los afectos cuando los afectos se han ido; me mortificaste con tus necios escrúpulos, con tus recriminaciones crueles, que tenían no sé qué semejanza con las injurias del populacho; me hiciste en mi propia casa un vacío horrible; todo me lo teñiste de un lúgubre negror frío que me oprimía el corazón, me agostaba las ideas, me inclinaba á las violencias; tuviste á gala el despojarte de las gracias, de la pulcritud, hasta del bien parecer que hace agradables á las personas, y para mortificarme más te vestías ridícula, y parecía que tu orgullo estribaba en serme repulsiva, odiosa. Toda palabra mía era para tí una blasfemia; toda disposición mía dentro de la casa, un crimen digno de la Inquisición. ¡Ah, insensata! ya que abrazaste la carrera de la santidad con tanto entusiasmo, ¿por qué no imitaste de mí la paciencia, aquella virtud evangélica con que sufrí tu soberbia vestida de humildad, tu aspereza anticristiana, tu devoción que, por lo insolente, por lo chabacana, parecía más bien la travesura de todos los demonios juntos representando una comedia de ángeles con máscaras de cartón?... ¡Y á mí que he sufrido esto, que me he visto odiado y escarnecido por tí, siendo un modelo de tolerancia, vienes á pedirme cuentas en vez de perdón!... perdón, María, que es la única palabra que hoy cuadra en tu boca. Al esposo á quien se ha dicho que no se le ama, no se le piden cuentas. Demasiado prudente he sido y soy, cuando á pesar de todo, aún no me he atrevido á declarar roto nuestro matrimonio, aún te tengo por esposa, aún me siento ligado á tí, y no pido libertad, sino paz; no pido compensación, sino descanso.

--Casi casi podrías tener alguna queja de mí--dijo María, abrumada por el apóstrofe de su marido,--si desde aquella época me hubieras guardado la fidelidad que yo á tí te he guardado. Pero no lo has hecho, no: me has sido infiel desde hace mucho tiempo.

--Falso.

--Sí: infiel, infiel--afirmó la esposa insistiendo en el argumento fuerte y de más efecto, y dando sobre aquel yunque con fiera energía.--En vez de defenderte de este cargo, me has acusado; es el procedimiento de todos los criminales marrulleros... Yo estaba ciega, ignorante de tus perfidias. Tú me engañabas miserablemente.

--Falso.

--Desde hace mucho tiempo.

--Falso.

--Al fin lo he sabido todo, he descubierto toda la verdad. Y ahora no podrás negarlo. El presente revela el pasado. Tu crimen actual descubre el crimen de ayer. Has perdido el decoro, no ocultas la antigüedad de tus relaciones, y aquí, en esta casa donde te has retirado para pecar á tus anchas, pasas todo el día jugando con esa mocosilla...»

Las miradas de León saltaron sobre su mujer, fulgurantes, terribles, como saetas disparadas del arco con invisible presteza. María llevó todo su aliento á su laringe para decir con voz ronca:

«... ¡Que es hija tuya!»

Con los labios lívidos, la mirada asesina, como la fulguran los ojos del criminal en el momento del crimen, León se acercó á su mujer, y empuñándole y sacudiéndole el brazo que encontró más cerca, gritó:

«¡Calumniadora!... ¡embustera!...»

Después soltó el brazo y mascó las demás palabras que iba á decir. El respeto obligábale á tragarse su ira. María Egipciaca, devorada interiormente por sus culebras quemadoras, no halló palabras en su mente para expresar la ira de aquel instante, porque los celos y el despecho, cuando llegan á cierto grado, no se satisfacen con voces: necesitan acción. El rencor de la dama no podía tener entonces más desahogo que un destrozo cruel, trágico, sangriento, de lo que había causado su arrebato. Hacer trizas entre sus manos á Monina era su pasión del momento, y sin vacilar lo puso en práctica, arrancándole con salvaje dureza los brazos, la cabeza... No se asuste el lector: lo que María destrozaba era la muñeca que Monina se había dejado sobre una silla. Las manos trémulas de la mujer legítima luchaban sin piedad con los miembros de cartón. Arrojando los pedazos lejos de sí, exclamó con entrecortada voz:

«Así... así debe tratar la esposa legítima á la... á la...»

Se ahogaba. León, recobrando algo de su serenidad, pudo decirle: «No te creí capaz de hacerte eco de una infame calumnia. No sé de qué sirve la santidad que ignora hasta el fundamento primero de toda doctrina. Nunca tuviste entrañas.

--¡Ay! sí las tuve--dijo María fatigada de su propia cólera;--pero me alegro de no haber llevado nunca en ellas hijos tuyos. Dios me bendijo haciéndome estéril, como ha bendecido á otras haciéndolas madres. Dios no puede consentir que los ateos tengan hijos.