La familia de León Roch, Tomo 2
Part 4
Nunca había sentido la pobre santa y mártir cosa semejante, ni explicarlo sabía. Su dolor se confundía con el pasmo, con una sorpresa terrible. El sacudimiento era tan vivo, que no se le ocurría, como pareciera natural, pensar en Dios, ni llamar en su auxilio á la paciencia ó á la resignación. ¿Qué era aquello? Lo real destruyendo el artificio. El alma y el corazón de mujer recobrando su imperio por medio de un motín sedicioso de los sentimientos primarios. Era la revolución fundamental del espíritu de la mujer reivindicando sus derechos, y atropellando lo falso y artificial para alzar la bandera victoriosa de la naturaleza y de la realidad, aquello que emana de su índole castiza y por lo cual es amante, es esposa, es madre, es mujer mala ó buena, pero mujer verdadera, la eterna, la inmutable esposa de Adán, siempre igual á sí misma, ya fiel, ya traidora. Esta revolución la hace algunas veces el amor; pero no es seguro, porque el amor, en su sencillez inocente, se deja vencer por la caricia falaz de su hermano el misticismo; quien la hace siempre con éxito es el _mayor monstruo_, la terrible ira calderoniana, los celos, pasión de doble índole, perversa y seráfica, como alimaña híbrida engendrada por el amor, que es ángel, en las entrañas de la envidia, hija de todos los demonios.
Ya veremos que la súbita pasión que había estallado en el alma de María tenía más de la índole aviesa de su madre, la envidia, que del generoso natural de su padre, el amor. Por eso era un tormento horrible, sin mezcla de alivio alguno, un traqueteo sin descanso, un fuego que crecía á cada instante. Como alcázar minado que revienta y cae en pedazos, así cayó por el pronto, resquebrajándose, su mojigatería. Verificóse en ella un eclipse total de Dios. Dando un doloroso grito, se llevó las manos á la cabeza, y dijo:
«Infame... me las pagarás!»
En aquel momento entró la Marquesa de Tellería, y comprendiendo que María estaba enterada de todo, se arrojó en sus brazos. La penitente no lloraba: tenía los ojos secos y fulgurantes. La madre se decoró el rostro con una lágrima que traía preparada, como se preparan los suspirillos al entrar en una visita de duelo.
«No te sofoques, hija de mi alma. Veo que ya sabes todas esas infamias. Yo no había querido decírtelo por no turbar tu corazón angelical... Cálmate. ¿Pilar te ha contado...? Es horroroso, pero quizás remediable... Hace días que he perdido el sosiego... Vamos, un poco de resignación.»
La de San Salomó creyó oportuno tomar la palabra.
«La gravedad del delito--afirmó,--consiste en la calidad de la víctima, María. Falta grande es hacer traición á una mujer cualquiera; pero hacer traición á una santa... No sé á dónde irá á parar esta sociedad que nada respeta, y que aboliendo, aboliendo, ya se atreve á la abolición del alma. _¡Oh! c’est degoutant._ ¡Y luego extrañan los perversos que haya un puñado de hombres de bien decididos á impedir la jubilación de Dios! ¡Y se espantan de que esos hombres levanten una bandera salvadora y se lancen á pelear por la sagrada causa de la Religión, madre de todos los deberes! Si son vencidos por la perfidia, que hoy es dueña de todo, no importa; ellos volverán, ellos volverán y volverán, hasta que al fin...»
Dicho esto se levantó, y dirigiéndose á un armario de luna que en el contrario testero estaba, durante un rato se recreó en su interesantísima persona, volviendo el cuerpo á uno y otro costado para ver si caía bien su elegante manteleta, si el efecto de su sombrero era bueno. Con sus preciosas manos enguantadas tocó aquí y allí delicadamente para pulsar un pliegue, ó retirar un mechón de cabellos que avanzaba mucho. Después se volvió á sentar.
«¿Sabes ya que vive con ella?--dijo la de Tellería á su hija, confundiendo las palabras con un beso.
--¡Con ella!--gritó horrorizada María, apartando de sí la cara harto pintoresca de su madre--. ¿En dónde?
--En Carabanchel... León ha tenido la desvergüenza de alquilar una casa junto á Suertebella... Se comunican por el parque.
--Voy allá,--dijo María levantándose y tirando con mano convulsa del cordón de la campanilla.
--Sosiégate... No, no hay que tomarlo así.»
A la doncella que entró dijo María:
«Mi vestido negro.
--Sí, sí: bonita vas á ir--dijo la Marquesa sonriendo,--con tu vestidillo de merino, el único que tienes... En caso de ir, y eso lo discutiremos ahora, debes ponerte muy guapa, pero muy guapa.
--¡Oh!--exclamó la penitente con expresión de inmenso dolor.--No tengo ropa: he dado todos mis vestidos de lujo.
--¿Y quieres ir con el trajecillo de merino?... ¡Pobre tonta! ¡Qué poco conoces el corazón de los hombres!... Eso es: preséntate á tu marido hecha un mamarracho, y verás el caso que te hace... La apariencia, la forma casi, ó sin casi, gobiernan el mundo.
--Antes discutamos si debe ir,--insinuó la de San Salomó.
--Sí: quiero ir allá... quiero,--gritó María cruzando las manos y poniendo ojos de espanto.
--Nada de tragedias, nada de escenas, ¿eh?...
--Me parece peligroso que vayas. ¿Y si te expones á un desaire mayor, si te encuentras de manos á boca con Pepa ó con su niña... suponiendo que la nena esté, como dicen que está siempre, en los brazos de su papá?...
--¿De su papá?--dijo María.--¿Pues no ha muerto Federico?
--No, tonta--manifestó la de San Salomó, poniendo la cara que es de rigor cuando se coge una aguja larga y muy fina y se atraviesa de parte á parte el pecho de un pobre bicho destinado á las colecciones de Historia Natural.--No, tonta: el papá es tu marido.
--¡León!... ¡Mi marido!... ¡padre de Monina!--exclamó la de Roch, quedándose otra vez como idiota.
--La gente lo dice por ahí--indicó Milagros intentando atenuar la crueldad de la noticia.
--Y tú ¿qué crees? ¿qué crees tú, mamá? ¿será cierto?» dijo María, preguntando á las dos con febril ansiedad.
Pilar, lo mismo que la de Tellería, no eran mujeres perversas; su lamentable estado psicológico, semejante á lo que los médicos llaman caquexia ó empobrecimiento, provenía, de la depauperación moral, dolencia ocasionada por la vida que ambas traían, por el contagio constante y la inmersión en un venenoso ambiente de farsa y escándalo. Pero algo había en ellas que pugnaba contra la depravación llevada á tal extremo, y asustadas de la enormidad del cáliz que habían puesto en los labios de María, trataron de atenuar su amargura.
«No: yo creo que eso es fábula...
--No: yo creo...»
La de San Salomó, que era un poquillo más mala que su amiga, no acabó la frase. Después dijo: «La gente se funda en cierto parecido...
--¿De Monina?
--Con León... Yo verdaderamente no sé qué pensar. Sospecho que esas relaciones son muy antiguas.»
María rebotó de su asiento. No hay otras palabras para expresar aquel salto brusco de corza herida en sueños, y aquel abalanzarse á su vestido negro para ponérselo y correr á Suertebella.
«No te precipites, no seas tonta--dijo su madre deteniéndola.--Ya no es hora de ir allá. ¿No ves que anochece?
--¿Qué importa?
--No, de ninguna manera.»
La tarde caía y la estancia se llenaba de sombras. Las tres damas apenas se veían.
«Luz, luz--gritó María.--Me muero en esta obscuridad.
--Yo creo que debes ir--afirmó Milagros;--pero no esta noche, sino mañana.
--Marquesa, ¿ha meditado usted bien ese paso?--dijo la de San Salomó.--¿No será eso una humillación? ¿No será mejor el desprecio?
--¡Oh!--exclamó la solícita y amorosa madre.--Yo confío... hasta en la reconciliación.»
Su confianza no era grande; pero la suplía el deseo.
«¡Reconciliación! ¡qué loca esperanza! ¿Crees tú en la reconciliación?
--No sé, no sé--repuso María mostrando su incapacidad para responder á esta pregunta como á otra cualquiera.--Yo no quiero reconciliación, sino castigo.
--¡Oh! no estamos para melodramas--dijo la de Tellería extendiendo las manos, con esa afectación de los sacerdotes que salen en las óperas vestidos siempre con una sábana blanca.--Paz, paz... María, es preciso que vayas, y que vayas vestida como la gente. ¡Uf! ese olor de la lana teñida no se puede resistir.»
Las dos Marquesas prorrumpieron en risas, mientras Pilar arrojaba lejos el traje de su amiga. María dirigió á su hábito de merino negro una mirada de indignación que quería decir: «¿Por qué no eres de seda y de corte elegante y á la moda?» Por primera vez desde que renunciara al mundo le pareció fea la sencilla hopa de su santidad, que un día antes no habría trocado por el manto de un rey.
«La cuestión de vestido es fácil de arreglar--dijo la de San Salomó.--Tú y yo tenemos el mismo cuerpo. Te traeré vestidos míos para que escojas.
--Y manteleta.
--Y sombrero.
--También sombrero; ¿á qué hora vas á ir?
--Yo iría ahora mismo.
--No: mañana al mediodía. Es preciso no olvidar las conveniencias, las horas convenientes, las ocasiones convenientes,--indicó la de Tellería.
--Voy á comer... vuelvo en seguida--dijo Pilar.--Te traeré lo mejor que tengo para que escojas. Te pondremos guapísima. Pues no faltaba más sino que Pepa Fúcar se fuera á reir de tu facha estrambótica. Dentro de hora y media estaré aquí. Hoy no tengo convidados, y mi marido come fuera con Higadillos, un par de chulos y dos diputados... Adiós, querida... Milagros, _addio_.»
Besándolas á entrambas, se retiró. En el tiempo que estuvo fuera, la Marquesa comió un poco, María nada; pero no era el Almanaque quien le había impuesto el ayuno. Pilar volvió trayendo su coche atestado de preciosidades indumentarias, vestidos riquísimos, manteletas, abrigos, y para que nada faltase, trajo también sombreros, botas de última moda y hasta medias de alta novedad. La pícara propagandista clerical se cubría con aquella estameña. Los criados y la doncella fueron subiendo todo y poniéndolo en sillas y sofás. María contemplaba con mirada atenta y turbada los diversos colores, las formas peregrinas y caprichosas ideadas por el genio francés. Parecía que miraba y no veía.
«¿Qué te parece? A ver, ¿qué vestido escoges?
--Este es bonito--dijo María fijándose con indiferencia en uno.--¿Quién te lo hizo?»
Y después estuvo contemplándolo con asombro un mediano rato. Parecía un viajero que vuelve de largo viaje y se pasma de ver las modas cambiadas.
«¡Qué cuerpo tan estrecho!--dijo.
--Este color perla te sentará bien.
--No: prefiero el negro.
--El gro negro... con combinación de faya pajizo claro. ¡Oh! admirable. Has tenido buen gusto.
--Aunque la estación no es avanzada, hace calor.
--¿Qué sombrero llevas?»
María miró los tres que había traído Pilar. Después de un detenido examen, señaló uno diciendo:
«Este de color negro y... ¿cómo se llama este otro color?... ¿crema? El colibrí también es bonito y las rosas pálidas.
--¡Ah!--exclamó Pilar con asombro,--parece que no has abandonado el mundo un solo día, y que no has dejado de vestirte... ¡Qué bien eliges!... Bueno, pues hagamos una prueba. Es preciso ver si te está bien el vestido, para si no alargar ó encoger un poco. He traído á mi doncella, y entre todas...»
María no había dado aún su consentimiento, cuando su criada, su madre, Pilar y la doncella de ésta empezaron á desnudarla de aquella horrible bata parda que parecía la sotana de un seminarista pobre. En aquel momento sintió la dama mística una ligera reacción del espíritu religioso, y dijo afligidamente:
«Dios mío, ¿qué voy á hacer?
--Tonta, mil veces tonta--manifestó la Marquesa,--déjate de escrúpulos... ¿Ni aun en este conflicto reconoces el error de tu exagerada devoción?»
María se dejó llevar ante el espejo de su tocador en la pieza inmediata; dejóse caer en la silla. El espejo estaba cubierto con un gran paño negro, y parecía un catafalco. Quitaron el paño, y nació, digámoslo así, sobre el limpio cristal inundado de claridad, la imagen hechicera de María Sudre. Fué como un lindo ejemplo de la creación del mundo.
«¡Dios mío, San Antonio bendito!--exclamó cruzando las manos,--¡qué flaca estoy!
--Un poco delgada; pero más hermosa, mucho más hermosa,--afirmó la madre con orgullo.
--¡Monísima, _charmante_!.., Juana, improvisa aquí un buen peinado--dijo Pilar á su doncella, habilísima peinadora.--Una cosa sencilla, un bosquejo nada más, para ver el efecto del sombrero. A ver si te luces.»
Con gran presteza empezó Juana su obra desenredando los cabellos de María. Esta, después de mirarse un rato, había bajado los ojos y parecía que oraba en silencio. Se había visto los marmóreos hombros, parte del blanco seno, y á la vista de aquellas joyas tembló de pavor, sintiendo alarmada otra vez su conciencia religiosa. Quizás habría llegado demasiado lejos la reacción, si un flechazo partido del bien templado arco de su madre no la contuviera.
«Al verte, hija mía, nos parece increíble que ese mamarracho de Pepilla Fúcar...»
Como el abatido corcel salta, herido por la espuela, así saltaron los celos de María. Sus ojos verdes brillaron con apasionado fulgor, y se contemplaron absortos y embelesados de sí mismos, como diciendo: «¡Qué bonitos nos ha hecho Dios!» Después María puso la cabeza en las dos actitudes contrarias de medio perfil, torciendo los ojos para poderse ver. ¡Qué hermosa visión! ¡Cuánto la realzaba su palidez! Se habría podido ver en ella un ángel convaleciente de mal de amores celestiales.
En un santiamén armó Juana airoso peinado, tan conforme con el rostro y la cabeza de María, que el más inspirado artista capilar no lo habría hecho mejor. Exclamación de sorpresa acogió obra tan magistral, y la misma María se contempló con admiración, pero sin sonreir. En seguida, pasando á la habitación donde estaba el espejo grande, se procedió á ponerle el gran traje princesa, operación no fácil, pero que al cabo fué terminada con general aplauso. El vestido resultó que ni pintado, el corte perfecto, el efecto sorprendente.
«¡Oh, qué bien está esta pícara!--dijo la de San Salomó con cierta envidia.--Veamos la manteleta. Escogeremos ésta de cachemir de la India con riquísimo _agremán_ y flecos. La cortó un discípulo de Worth.»
María, en pie, las obedecía ciegamente y se dejaba vestir, se devoraba con sus propias miradas, dando al cuerpo el contorno particular y gracioso que es necesario para ver los costados. La criada alzaba la luz alumbrando la esbelta figura.
«Ahora el sombrero.»
Era la gran pincelada, el supremo toque que al sublime cuadro faltaba. Pilar no quiso confiar á nadie aquella obra delicada, que era como la coronación de una reina. Ella misma levantó en alto el sombrero y se lo puso á su amiga. ¡Efecto grandioso, sin igual! ¡Inmensa victoria de la estética! María Egipciaca estaba elegantísima, hechicera; era la elegancia misma, el figurín vivo. Encarnaba en su persona el ideal del vestir bien, ese infinito del traje, que unido al infinito de la belleza, produce las maravillosas estatuas de carne y trapo ante las cuales sucumben á veces la prudencia y la dignidad, á veces la salud y el dinero de los hombres. ¡Pobre Adán, cómo te acordarás de aquel tiempo en que para ataviarse bien bastaba alargar la mano á una higuera!
«Vaya--dijo Pilar,--ya se ve el efecto. Pero mañana volveré para vestirte definitivamente. Ahí te dejo lo demás: zapatos, medias... ¡mira qué bonitas! Escoge el color azul. ¿Te vendrá mi calzado? Creo que sí. Ahí tienes botas húngaras y zapatos... Te he traído hasta guantes, porque si no me engaño, ni aun guantes tienes... Con que hasta mañana.»
Y dándole un ruidoso beso, le dijo al oído:
«Mañana es día de prueba para tí. Voy á mandar encender el Santísimo en San Prudencio... El Señor te favorecerá, ¡pobre santa y mártir!... Entre paréntesis, querida, la función de hoy en San Lucas, como cuantas hace la Rosafría, no se libró de aquel aspecto, de aquel barniz general de _cursilería_ que llevan consigo todas las cosas de Antonia. ¡Si vieras qué cortinajes, qué pabellones!... Parecía una fiesta cívico-progresista.... En fin, si llegan á tocar el himno de Riego no me hubiera sorprendido... ¡Y qué sermón, hija! Habías de oir aquella voz de falsete... ¡Luego una pobreza de alumbrado...! En fin, no quiero entretenerme más, que es tarde... Adiós; ahora se me ocurre una cosa: debo mandar que te enciendan también la Virgen de los Dolores.
--Sí--dijo María enérgicamente,--la Virgen de los Dolores.
--Adiós, Milagros: esta noche me toca el Real. Veré si alcanzo dos actos de _Hugonotes_... Con que mañana al mediodía...
--Al mediodía. Adiós, Pilar... Y que venga también Juana. Yo traeré algo de tocador, porque ni siquiera polvos de arroz hay en esta casa.
--Adiós... adiós.»
XV
¿Cortesana?
La Marquesa rogó á su hija que se acostara, á lo cual ésta accedió de buen grado, porque se sentía muy fatigada. Quitóse con lentitud los ricos atavíos que resucitaban en ella bruscamente la elegante mujer de otros tiempos, y se retiró á su alcoba. Tiritaba de frío y había caído en gran tristeza. Después de un rato de silencio, durante el cual mirábala su madre con alarma y desasosiego, volvió la vista á las imágenes, láminas, estampas y reliquias que hacían de su alcoba un museo de devoción, y dijo así:
«Señor Crucificado, Virgen de los Desamparados, santos queridos, amparadme en este trance.»
La de Tellería, que también en las ocasiones solemnes sabía dar muestras de acendrada piedad, besó los pies de un crucifijo.
«Alcánzame mi rosario, mamá,» dijo María.
Milagros tomó el rosario que estaba colgado á los pies del crucifijo y lo dió á su hija.
«Ahora--añadió ésta,--puedes retirarte... siento sueño. Después que rece un poco me dormiré.»
La Marquesa señaló la hora fija para la expedición del día siguiente. Convinieron en ir las dos, quedándose la madre en el coche mientras la hija entraba á hablar á su marido.
«El corazón me dice que alcanzaremos algo bueno; quizás alguna reconciliación--dijo la mamá besando á la penitente.--Ahora procura dormir y no pienses mucho en santurronerías. Ya ves el resultado de tu terquedad. Francamente, niña mía, yo me pongo en el caso de un marido, de cualquier marido... No es que yo condene la devoción, la verdadera devoción. ¿Por ventura no soy yo piadosa, no soy buena católica, aunque indigna? ¿No cumplo todos los preceptos?... Eso de la santidad hay que pensarlo antes de casarse, antes de contraer ciertos deberes.
--Una cosa me ocurre--dijo María prontamente, demostrando que no pensaba en santurronerías.--Si debo llevar mañana alguna alhaja, alfiler, pulsera, pendientes, puedes traerme lo que gustes de las joyas mías que te llevaste para guardármelas.
--Bueno--replicó la madre algo contrariada.--Pero casi todas tus alhajas necesitaban compostura y las mandé al taller de Ansorena... De todos modos...
--Rafaela me ha dicho que ayer te llevaste toda la plata.
--Sí, sí: toda. Hija de mi alma, me aflige mucho que vivas sola en este caserón. Tiemblo por tí, por tu seguridad. Andan ahora ladrones...
--La plata no me hace falta... Dí, ¿no te llevaste también las cortinas de seda, mis encajes, mi escritorio de ébano y marfil, el tarjetero, los vasos de Zuloaga, las dos jarras de Sèvres, el abanico pintado por Zamacois, la acuarela de Fortuny y no sé qué más?
--¡Oh! Tienes más memoria de lo que parece...--dijo la Tellería disimulando su turbación.--Todo me lo llevé. Esas preciosidades no debían estar expuestas á un golpe de mano. ¿Sabes tú cómo está Madrid de rateros?...
--Mira, mamá--prosiguió María, dando una vuelta en su lecho:--tráeme también mi reloj, porque es preciso saber la hora, la hora fija.
--Bueno... pero ¡calla! Ahora recuerdo que tu reloj no andaba: lo tiene el relojero.
--Pues entonces iré sin reloj... Vaya, buenas noches, mamá. Vete á dormir.
--Mañana á las diez estoy aquí para empezar la _toilette_.
--A las diez.
--Abur, paloma.
--Adiós, mamita. Pide á Dios por mí.»
María no durmió nada. Por primera vez vió realizado en parte un antiguo antojillo de beata que pensaba realizar. Había proyectado acostarse en un lecho de zarzas piconas, con lo que, desgarrándose todo el cuerpo muy á gusto del espíritu, se parecería á los penitentes cuyas vidas había leído llena de admiración. Aquella noche su lecho fué primero de espinas, después de brasas. Se quemaba en él, como San Lorenzo en sus parrillas ó San Juan en la cazuela de la Puerta Latina... No pocas veces se había quedado dormida rezando, ó recitando entre dientes letrillas de novenas y décimas josefinas. Aquella noche las oraciones, las letrillas, las décimas y los pentacrósticos revoloteaban entre sus labios como las abejas en la puerta de la colmena, y entre tanto su cerebro ardía como un condenado á quien dan tizonazos los ministros de Satán en cualquier aposento del Infierno. No pudiendo resistir aquel freir continuo, chisporroteante y doloroso que bajo su cráneo y detrás de sus ojos la atormentaba, saltó del lecho, encendió luz. «Ahora mismo,» murmuraron sus labios, mientras se vestía.
Sin calzarse corrió hacia el reloj de su gabinete. ¡Cuánto se descorazonó al ver que marcaba la una! ¡Era tan temprano! Mentalmente se hizo cargo del sitio donde estaría el sol á tal hora y del tiempo que tardaría en salir. Después se encerró en su tocador. ¡Quién puede saber lo que hacía! En el silencio de la noche y en las piezas donde no hay nadie, los relojes, con su _tic-tac_ semejante á una respiración, simulan personas. Desde las chimeneas, esos entes de bronce parece que fijan en todo su carátula de doce ojos, y que oyen y entienden con aquel mismo órgano interno que produce su palpitar rítmico, incesante. El reloj del gabinete de la Egipciaca era el único que podía enterarse de lo que hacía su ama. Ni aun el retrato de León podía saberlo, porque estaba vuelto contra la pared.
Oyó el reloj que su hermosa dueña abría y cerraba cajones, oyó el ruido placentero del agua saltando en la porcelana, después en el mármol, y resbalando sobre las ebúrneas partes de una estatua humana, para caer luego en chorros sobre sí misma, bullendo y saltando como en las fuentes mitológicas, donde tritones, ninfas y caracoles de alabastro, surtidores, jirones, encajes y polvo de agua, forman conjunto bellísimo á la vista. El pícaro, que desde mucho tiempo antes tal cosa no presenciaba, reía y reía dando unos contra otros sus doscientos ó trescientos dientes. Percibió después olor suavísimo y delicado de perfumes de tocador... porque los relojes tienen olfato, sí, huelen por aquellos dos agujeros por donde se les da cuerda... También eran desusados los ricos olores.
Volvió al gabinete María trayendo ella misma la luz con que se alumbraba. Su primera mirada fué para la numerada esfera, y junto á ésta dejó la bujía. ¡Las dos y cuarto! ¡Qué cargante es un reloj en el cual siempre es temprano! La dama estaba en ropas blanquísimas, arrebujada en ancho mantón que la preservaba del fresco y ayudaba la reacción producida por el agua fría. Algo amoratado su rostro, no por eso era menos bonito, y sus manecitas blancas se crispaban agarrando el mantón para abrigarse, como la paloma que esconde el cuello entre sus pardas alas.
La reacción del agua fría es tan rápida como fuerte. La penitente soltó el mantón, y fijando sus miradas en el lienzo vuelto contra la pared, alzó los brazos para bajarlo... ¡Estaba muy alto! Cuando se subió sobre una silla, el reloj, único testigo de aquella escena, admiró á la hermosísima mujer en la casta diafanidad de aquel atavío, y sus doce ojos se abrieron más. Cada hora era un lucero, y siguiendo en su _tic-tac_, guiñaba su aguja hacia las tres.