La familia de León Roch, Tomo 2

Part 2

Chapter 23,944 wordsPublic domain

La mirada de Pepa y la de él se cruzaron como las dos espadas de un duelo: la de ella era todo enojo por aquella súbita despedida. Después León miró un momento á Monina y salió con apariencia serena. Al pasar por las espléndidas habitaciones silenciosas, se sentía extraño en ellas; pero la hermosa estancia de donde acababa de salir le parecía tan suya, que casi estuvo á punto de volver para respirar un instante más aquella atmósfera de paz y sosiego, saturada del delicioso perfume del hogar propio, que simplemente se formaba del amor de una mujer y del sueño de un niño.

Al retirarse á su cuarto, D. Pedro le dijo:

«Estoy muy inquieto por no haber recibido detalles de la muerte de Federico.»

Sin responder nada, León salió del palacio al jardín. Tanto le llamaban de atrás sus afectos, que á cada seis pasos se detenía. Había entrado en la alameda, cuando se sintió llamado por una voz, por un ce que sonaba como la vibración del aire al paso de una saeta. Se volvió: era Pepa, que hacia él iba, envuelta en un pañuelo de cachemira, descubierta la cabeza, vivo el paso, difícil la respiración. Su mano hizo presa con fuerza en la mano del matemático.

«No he podido resignarme á que te despidas así--le dijo.--Eso no está bien.

--Así debió ser...--replicó León muy turbado.--¿Y qué importa? Hubiera vuelto mañana un momento.

--¡Un momento!--exclamó la dama con elocuente dolor.--¡Qué triste es haber dado años como siglos, y verse pagada con momentos!»

León le tomó las dos manos diciéndole:

«Querida mía: es preciso que uno de los dos se someta al otro. He comprendido que si me dejara arrastrar por tí, nuestra perdición sería segura. Déjate, no arrastrar, sino conducir por mí, y nos salvaremos.

--Pues dí... Ya sé lo que vas á decirme... ¡Esperar! Cada loco con su estribillo.»

Puso una cara que demostraba profunda lástima de sí misma; y como la compasión suele anunciarse con sonrisas desgarradoras, sonrió la dama de un modo que haría llorar á las piedras, y dijo:

«¡Esperar! ¿Y si me muero antes?

--No, no te morirás,--murmuró León cogiendo entre sus dos manos la cabeza de ella, como se cogería la de un niño, y besándola.

--Está visto que soy más tonta...--balbució Pepa, que apenas podía hablar.--Harás de mí lo que quieras, bárbaro.

--¿Me obedecerás?

--Eso no se pregunta á quien durante tanto tiempo te ha obedecido con el pensamiento. Yo he soñado que tú venías á mí cuando ni siquiera te acordabas de mi persona; he soñado que me mandabas faltar á todos los deberes, y con la idea, con la inspiración de mi alma te he obedecido. Esta obediencia ha sido mi único gozo, ¡qué satisfacción tan triste! No me acuses por estas miserias de mi corazón lacerado... Es para hacerte ver que la que hubiera ido detrás de tí al crimen, no puede negarse á seguirte si la llevas al bien.

--¿A donde quiera que yo te lleve?--murmuró León, pasándose la mano por la frente.--Dime: ¿y si yo te dijera...?

--¿Qué?--preguntó ella sin aguardar á que concluyera, mejor dicho, cazando la idea con la presteza del pájaro que coge el grano en el aire antes de que caiga.

--La idea de la fuga... ¿ha pasado por tu imaginación?

--¡Oh! por mi imaginación han pasado todas las ideas.

--De modo que si yo te dijera...

--«Vamos,» partiría sin vacilar.

--¿Ahora?

--Ahora mismo. Tomaría en brazos á mi hija...»

Encendida en amante impaciencia, Pepa miraba á su casa y á su amigo. Su alma, desligada de todo lo del mundo, fluctuaba entre dos objetos queridos, dos solos. León tuvo un momento de terrible lucha interior. Después hirió el suelo con el pie, como los brujos antiguos cuando llamaban al genio tutelar.

«Pues te mando que me dejes partir solo y que me esperes,» dijo al fin con resolución que tenía algo de heroísmo.

Pepa inclinó la frente con expresión de cristiana paciencia.

«Te lo mando así, porque te quiero con el corazón; te lo mando así, porque mi egoísmo no quiere destruir un hermoso sueño.

--Me someto,» dijo Pepa envolviendo su palabra en un gemido.

Sollozó sobre el pecho de su amigo. Después añadió:

«Pero fija un término, un término... Si me muero antes...»

La idea de un morir prematuro brillaba en su mente como una luz siniestra que de ningún modo quiere apagarse.

«Fijaré un término. Te lo juro.

--Y pasado ese término... Pasado ese término...--repitió León, cuyo pecho respiraba difícilmente entre el nudo de aquella soga ferozmente apretado por los demonios.

--Supón que Dios no quiera allanarnos el camino...

--Verás como lo allanará.

--¿Y si no lo allana?

--Verás como sí lo allana.

--Pero... ¿y si no?

--Verás como sí.

--Diciéndomelo tú de ese modo, no sé por qué lo creo--afirmó Pepa, acomodando mejor su cabeza sobre el pecho de su amigo, como la acomodamos en la almohada cuando empezamos á dormir.--Ahora, si quieres que me vaya contenta á mi casa, dime que me quieres mucho.»

Su pasión tomaba un tono pueril.

«¿No lo sabes?

--Que me querías hace tiempo.

--Que debí quererte desde que jugábamos cuando éramos niños, cuando nos pintábamos la cara con moras silvestres...--añadió León estrujando la cabeza de oro.

--¡Qué tiempos!--dijo Pepa sonriendo como un bienaventurado en la gloria.--¡Si pudiéramos hablar largamente de eso y recordarlo pasando los recuerdos de memoria á memoria y las palabras de boca á boca...! ¡Si nuestra vida fuese ahora verdadera vida, y no estos momentos pasajeros, estos saltos horribles!... ¡Si pudiéramos hablar, reir, recordar, pensar cosas, decir disparates, reñir de broma, adivinarnos las ideas y los deseos!...

--Si pudiéramos eso...

--Pero no: hemos de separarnos. Separados hemos estado toda la vida, y ahora me parece que es la primera vez que te digo adiós. Tú á ese caserón; yo á mi palacio.

--Espérame con tu hija.

--¡Oh! qué triste pensamiento me ocurre!... Si tardas mucho, Monina no te va á conocer cuando vuelvas, ¡alma mía!... te tendrá miedo.

--Se acostumbrará pronto.

--Pero ¿no vuelves mañana á casa?

--¿Para qué? ¿Para que una nueva despedida nos haga más amarga nuestra separación? Si te viera otra vez, quizás me faltaría valor.

--Mandaré á la niña á tu casa mañana.

--Si, mándala.»

León tosió secamente.

«¡Hombre, por Dios!--exclamó Pepa con amante solicitud, alzándole el cuello de la levita.--Que te constipas... hace frío... déjate cuidar... así.

--Gracias, querida mía. Es verdad que tengo frío.

--Pero qué, ¿nos separamos ya?

--Sí. Ahora ó nunca.»

La dama tuvo ya en sus labios las palabras _Pues nunca_; pero no se atrevió á pronunciarlas.

«¿Me escribirás con frecuencia, chiquillo?

--Todas las semanas.

--¿Cartas largas?

--Largas y difusas como el pensamiento del que espera.

--¿A dónde te escribo?

--Ya te lo diré... Vamos hacia tu casa. No quiero que vuelvas sola. Nos separaremos allí.

--Acompáñame hasta la puerta del museo; por allí salí y por allí entraré.»

Anduvieron un rato. León la rodeaba con su brazo derecho, y con la mano izquierda le estrechaba ambas manos.

«Está obscura la noche,--dijo ella obedeciendo á esas inexplicables desviaciones del pensamiento que ocurren cuando éste actúa más fijamente en un orden de ideas determinado...

--¿Estás contenta?--le preguntó León queriendo dar al diálogo un tono ligero.

--¿Cómo he de estarlo cuando te vas? Y sin embargo, lo estoy por lo que me has dicho. No sé lo que hay en mí de júbilo y pena al mismo tiempo. Yo digo: «¡qué dicha tan inmensa!» y digo también: «¡si me muero antes!...»

--En mí sucede lo propio,» replicó León sombríamente.

Llegaron á la puertecilla del museo.

«Adiós...--murmuró ella devorándole con sus ojos.--Adiós... ¡Todo mío!

--Hasta luego--dijo León con voz imperceptible, dándole dos besos.--Este para Monina; éste para su mamá.»

La puerta del museo abierta mostraba una escalera obscura. León empujó suavemente á Pepa hacia adentro y se alejó despacio. Ella volvió al umbral; él la saludó de lejos con la mano...

Poco después entraba en su casa, y medio muerto de dolor se revolcaba en el sillón de estudio como un enfermo, como un demente, no sabiendo si buscar en el llanto ó en la desesperación honda el lenitivo de su corazón destrozado. No obstante, aún no había llegado el momento de que aquel vaso de reserva, que en su ancha capacidad contenía pasiones ó ideas mil del género más turbulento, estallase atropellando todo lo que hallara delante de sí.

XII

Donde se trata de la hidalguía castellana, de las leyes morales, de todo lo que hay de más venerando, y de otras cosillas.

La crisis por que pasaba la casa de Tellería continuaba sin resolución. Era tan grande el desastre, que parecía locura pensar en ponerle remedio y sólo quedaba el recurso de disimularlo hasta donde fuera posible. Antes de llegar á una bochornosa declaración de pobreza, los histriones incorregibles apuraban todos los artificios para prolongar su reinado exterior; y si en sus soliloquios domésticos decían: «vivimos sin criados; no hay tienda que quiera abastecernos; carecemos hasta de ese pan de la vanidad que se llama coche,» públicamente era preciso hacer creer que todos estaban enfermos... El Marqués, ¡ah! sufría horriblemente de su reúma. La Marquesa, ¡oh! ¡pobrecita! se hallaba en un estado espasmódico muy alarmante... La familia toda gemía bajo el peso de una gran tribulación. No se recibía ni á los íntimos, no se daba de comer ni á los hambrientos, no se paseaba, no se iba ya ni á los estrenos ruidosos. La iglesia era lugar propicio para mostrarse con entristecido continente. ¿Qué cosa más edificante que ir á escuchar la palabra de Dios y derramar una lágrima delante de la que es consuelo de los afligidos? ¡Pobre Milagros! Los que la veían entrar y salir dando con su compunción ejemplo á los más tibios, tributaban á su pena el debido homenaje diciendo: «¡Infeliz señora, cuánto ha padecido con sus hijos!»

La tertulia de la San Salomó, refugio de la desgraciada familia, era una reunión recogida, de poco bullicio, á donde iban algunos poetas, guapísimas damas, media docena de beatos y otros que lo parecían sin serlo. Allí se hablaba mucho de Roma, se leía _L’Univers_ y se recitaban versos muy cargados de perfume religioso, y entre los vapores sofocantes de tal incienso se excomulgaba á todo el género humano. Se anunciaba con anticipación cada discurso político de Gustavo Sudre para que se preparase á aplaudir la _alabarda_ (no hay mejor vocablo) de uno y otro sexo; se fabricaban reputaciones de mancebos recién salidos de las aulas, y que ya eran, cuál un San Agustín, cuál un San Ambrosio, bien un Tertuliano ó un Orígenes, por lo que toca al talento, se entiende; en una palabra, la tertulia de San Salomó tenía ese marcadísimo carácter de _club_, que es un fenómeno muy atendible de la sociabilidad contemporánea. Las pasiones políticas han subido la escalera y rugen entre el plácido aliento de las damas. Ya se conspira más en los salones que en los cuarteles, y hasta los demagogos encuentran de mal gusto las logias. La tertulia de que hablamos era, pues, un _club_ de cierta clase, así como hay tertulias que son el Grande Oriente del doctrinarismo, y otras que lo son de la democracia.

La Marquesa era joven, bonita, alta y bien distribuída de miembros, aunque un poco ajada; graciosa, amante de los versos, sobre todo cuando tenían mucha melaza mística y palabreo largo de _cándidas tórtolas_, _palmeras de Sión_, etc.; furiosa enemiga de _toda la cursilería materialista y liberalesca_, y delirante por los discursos contra _esa basura de la civilización moderna_. Elegante y muy discreta, sabía hacer brevísimas las horas á sus fervorosos tertulios; tenía el don de salpimentar con gracia mundana y joviales conceptos el constante anatema que allí se fulminaba, y mantenía en su casa y en su mesa un delicioso confortamiento que agradaba á los patriarcas, á los poetas, á los San Agustines y á los San Ambrosios. El Marqués de San Salomó, hombre también que se hubiera dejado asar en parrillas antes que ceder ni un ápice de sus doctrinas, ¡vaya si tenía doctrinas! era el menos asiduo en las tertulias. Iba mucho al teatro, al casino ó á otros pasatiempos obscurísimos. De día recibía en su despacho á toreros, caballistas, cazadores de reclamo, derribadores de vacas, y este sport burdo y de mal gusto, junto con las barrabasadas de sus compañeros de aventuras, constituía las tres cuartas partes de su conversación y de sus ideas. Era rico, y tenía asignada á su mujercita, á más de la partida de alfileres, otra no floja para los triduos y novenas. Había en la administración de la casa una cuenta corriente con el Cielo. De la que el Marqués tenía abierta con las bailarinas, no es ocasión de hablar.

Aquella noche (y todos los datos comprueban que fué la noche del día, recuérdese bien, en que el Marqués de Tellería visitó á León Roch), Milagros hablaba animadamente con un señor viejo y engomado, caballero de no sabemos qué Orden, varón inocentísimo, no obstante su jerarquía militar, pues era uno de esos generales que parecen existir para probarnos que el ejército es una institución esencialmente inofensiva.

«No intente usted consolarme, General. Estoy abrumada de pena... Usted ha dicho en versos preciosos que el corazón de una madre es tesoro inagotable de sufrimiento; pero el mío ya está hasta los bordes, el mío no puede resistir más, rebosa.

--¿Y de qué sirve la resignación cristiana, querida?--dijo aquel Marte, cuya inocencia envidiarían los querubines á quienes pintan sólo con cabeza y alas.--El Señor enviará á usted consuelos inesperados. ¿Y María, está resignada?

--¿Cómo ha de estar ese ángel? ¡Pobre hija mía! ¡La crucificarán; y no exhalará un gemido!... Dios permite siempre que los seres más virtuosos y más santos se vean sujetos á mayores pruebas. Como á mi adorado Luis, á María la quiere Dios para sí; á aquél dió padecimientos físicos, á ésta se los da morales.

--Cada día--dijo el General haciendo un movimiento de horror que daba cómica ferocidad á su cara de arcángel con bigotes blancos,--vemos que aumenta el número de los escándalos, de las miserias, de las desvergonzadas infamias... Cada día disminuye el respeto á las leyes divinas y humanas... No se ve un carácter entero, no se ve un rasgo caballeresco, no se ve más que descaro y cinismo... Juzgue usted, querida Milagros, á dónde llegará una sociedad que cada día, cada hora se aparta más de las vías religiosas... Pero no, ¡pese á tal! aún hay santos, señora, aún hay mártires. Su hija de usted, abandonada cruelmente por su marido, á causa de su misma virtud, y precisamente por su inaudita virtud, precisamente por su virtud, repitámoslo mil veces, es un ejemplar glorioso, es más, una enseña, una bandera de combate.»

Era ciertamente bandera de guerra. En el salón había varios grupos, y en todos se hablaba de lo mismo. ¡Abandonarla sólo por la misma sublimidad de su virtud!... Esto merecía la ira del cielo, esto clamaba venganza, un nuevo diluvio, la sima de Coré, Dathán y Abirón, el fuego de Sodoma, las moscas de Egipto, la espada de Atila... De todas estas calamidades, la que parece prevalecer hoy, cuando los extravíos de los hombres exigen expiación, es la de las moscas de Egipto, pues esta muchedumbre picona es lo que más se asemeja á la cruzada de chismes, anatemas de periódico y excomuniones láicas con que la gente de ciertos principios azota á la humanidad prevaricadora.

«Si la separación hubiera sido por otros móviles...--decía un poeta á un periodista,--podría tolerarse... pero ya es un hecho evidente que León...»

Siguió un cuchicheo mezclado de risillas. Dos viejas metían su hocico en el grupo para aspirar con delicia la atmósfera de maledicencia, más grata para ellas que el aroma de rosas y jazmines.

«Hace tiempo que yo lo sospechaba--dijo la de San Salomó á un diputado que ocupaba el sillón arzobispal en el coro ultramontano.--Pepa Fúcar es una descocada. En esa casa de Fúcar la moral ha sido siempre un mito. El modo de hacer millones corre parejas con el modo de querer.

--Sin duda las relaciones de León con Pepa son antiguas,--dijo el diputado, que gustaba mucho de comer en casa de San Salomó, y que solía agradecerlo aceptando con aumento las insinuaciones malignas de la Marquesa.

--Por lo que se sabe ahora y por ciertos datos que yo tenía--indicó Pilar saludando con una mirada de reconvención á Gustavo, que á la sazón entraba,--puede asegurarse firmemente que son muy antiguas.»

Después siguió hablando al oído de aquel digno hombre, que á pesar de estar resuelto á no asombrarse de nada malo, no pudo ocultar su pasmo y perplejidad.

«¡Hija de León!» murmuró.

No lejos de allí, el de Tellería expresaba una idea nueva, enteramente nueva; una idea que salía de su boca entre alambicadas frases, que eran como los cuidados de que la rodeaba el cariño paternal. Esta idea era que todos somos iguales, que no hay nadie que sobresalga, que el mundo es horriblemente uniforme; que él (el Marqués) iba perdiendo la fe en _la tradicional y proverbial caballerosidad del pueblo español_...

«Se ve palpablemente la ruína y acabamiento de la sociedad--declaró el General;--y aún hay ilusos que no quieren creerlo, lo cual no empece que sea cierto... Observen ustedes un hecho, un hecho inconcuso...»

Todos miraron al General, esperando la declaración de aquel hecho que podría parecer una batalla, según la expresión de valor negativo con que el ilustre caballero lo anunciaba.

«Observen ustedes este hecho. Siempre que hay un escándalo, un ruidoso escándalo, véase quién lo ha producido. ¿Quién lo ha producido? Pues un hombre sin religión, uno de esos homúnculos enfatuados y soberbios que insultan con su desprecio á la moral cristiana, y á quienes vemos por ahí haciendo gala de una fortaleza imprudente, _alzar la fronte e minacciar le stelle_.»

Un silencio solemne, señal del asentimiento más solemne aún de los circunstantes, acogió estas palabras. Entre el diputado arzobispal y un periodista trabóse ligera disputa sobre si León Roch era un criminal de ligereza ó criminal de perversión.

«Desengáñese usted--dijo el diputado:--la corrupción es general; pero si los que tienen fe están en situación de enmienda probable, y, por consiguiente, en la posibilidad de salvarse, los racionalistas caminan á su completa ruína. Ellos han derribado el templo como Sansón, y como Sansón perecerán entre los escombros.»

La San Salomó y Gustavo hablaban en voz baja donde los demás no podían oirles.

«Es preciso, es indispensable--afirmaba ella,--decirle la verdad á María.

--¿La verdad?... No nos fiemos de apariencias. Yo no he formado aún juicio sobre la conducta de León. Mientras yo no le vea y le hable, nada diré á mi hermana.

--Pues se le dirá.

--Pues no se le dirá.»

Mostraba Pilar un empeño maligno, una impaciencia de mujer quisquillosa, de esas que creen carecer del aire respirable todo el tiempo que tardan en clavar su aguijón en el pecho de la amiga.

«Aseguro que se le dirá,--añadió mostrando las ventanillas de la nariz muy dilatadas, la mirada viva, demudado el color.

«En asuntos de mi familia, mi familia decidirá.

--¡Oh! también he decidido yo en asuntos de tu familia,--dijo Pilar dando al _tu familia_ una entonación impertinente.

--No ha sido con mi aprobación,» repuso Gustavo, que contenía en su pecho la ira.

Palideció: su frente, su ceño, su seriedad hosca anunciaban tormentas pasadas. Tiempo vendrá de conocerlas.

«Me anuncia este padre de la patria--dijo Pilar alzando la voz,--que no pronunciará mañana el discurso contra la totalidad del artículo veintidós.»

Sonó un rumor de descontento.

«El presidente le cambiará el turno.

--¡Y yo que tengo las papeletas en casa!

--¿Cuándo será?

--Este triste asunto de su hermana--dijo la de San Salomó mirando á Gustavo con expresión de afectada pena,--le ha trastornado el cerebro.»

Gustavo se acercó al grupo en que estaba su madre.

«Serénate, hijo--le dijo ésta con acento cariñoso.--Todos padecemos tanto como tú; pero no nos falta paciencia.

--Pues á mí me falta.»

Siguió la conversación sobre este tema, sin más de notable que haber afirmado el Marqués su creencia firmísima de que todos somos lo mismo. Después clareóse considerablemente el grupo: Pilar atrajo mucha gente leyendo en voz alta un artículo de Luis Veuillot. Gustavo y su madre pasaron al gabinete inmediato.

«¿Es cierto que papá ha estado hoy á ver á León?

--Es cierto.

--Me temo que su viaje á Carabanchel llevaría otro objeto. Será una nueva ignominia...

--¿Qué hablas ahí de ignominia, tonto, quijote?

--Sí--dijo Gustavo, revelando en los ojos su ira:--me temo que papá haya ido á postrarse á los pies de nuestro enemigo para pedirle...

--¡Qué absurdo, hijo!... Nosotros, nosotros solicitar de ese...

--No me llamaría la atención. Estoy acostumbrado á ver cosas muy horrendas. No extrañe usted, mamá, que las vea en todas partes. Yo visitaré á León, yo le hablaré. ¡Quién sabe si no es tan culpable como le suponen!... Si realmente ha abandonado á mi hermana para vivir con otra mujer, nuestras relaciones con él deben concluir. Será un extraño para nosotros. ¡Qué cosa tan infame, tan infernal, haber recibido ciertos favores de tal hombre, y no poder arrojarle á la cara...!

--¡Por Dios, no te pongas así!... Vas á llamar la atención--dijo la Marquesa alarmada de la altivez de su hijo.--Estás ridículo.

--¡Ridículo!--exclamó Gustavo con acento de amargura.--No me importa. Después de todo, yo soy aquí el único que conoce el envilecimiento en que vivimos.

--¡Gustavo!

--Lo digo por mí, sólo por mí. Esta casa, lo mismo que la mía, ha llegado también á causarme horror. El susurro constante de la moral hablada me ha ensordecido, impidiéndome oir el grito de la verdad, que tanto menos se dice cuanto más se siente. No estoy nada satisfecho de mi papel en el mundo, ni del estado de mi casa, ni de la conducta de mi familia, ni del giro mundano y cínico de mis amistades. No estoy satisfecho de nada, y ambiciono un destierro voluntario que me ponga á distancia de todos los que llamo míos.

--¿Quieres añadir nuevos disgustos á los que ya sufre tu pobre madre?--dijo ella con visibles muestras de enternecimiento.--¡Emigrar tú, renunciar á tu porvenir...! ¡No esperar siquiera á ser ministro...! Ya sabes... otros...

--¡Es un delirio esto de emigrar! Yo no puedo salir de aquí. Mi ambición y mi vergüenza son una misma cosa, y estoy pegado á ellas como el caracol á su covacha. ¡Aquí siempre! Siempre pegado á mi familia, á mi partido, á mi clase, á mi moral.»

Dió á este último vocablo amargo acento de ironía.

«Seguiré viendo lo que veo y oyendo lo que oigo... ¡Ah! tengo que anunciar á usted una nueva calamidad. Polito ha sido abofeteado públicamente esta tarde en una casa que no quiero nombrar, á consecuencia de una disputa por deudas de juego. Hubo golpes, botellazos, gritos de mujeres borrachas, intervención de la policía...

--¿Pero han hecho daño á mi hijo?--exclamó la de Tellería con maternales ansias.

--No: una contusión ligera; pero se ha enterado toda la calle de... tampoco quiero nombrar la calle. ¡Ay!--añadió dando un gran suspiro.--Vivimos en la época de las tristezas y en el verdadero día de la ira celeste. Pero desde hoy quiero tomar la dirección de los asuntos de casa. Veremos si yo la saco de este conflicto, salvando el honor aparente, ese honor que no es una virtud, sino un letrero. Por de pronto, censuro que papá haya visitado á León con las miras que sospecho.

--Sospechas necedades.

--¡Oh, no!... Milagro será que me equivoque. Sabré la verdad, porque pienso ver á León.

--¿Tú?

--Sí, yo; deseo saber por él mismo su culpa. Le tengo por un extraviado, mas no por un perverso. Yo le hablaré el lenguaje de la franqueza para que él me conteste del mismo modo. Si es un miserable, él mismo me lo ha de decir... Entre tanto, que no sepa María las hablillas que corren.

--¡Oh, no! Es preciso decírselo. ¡Pobre hija de mi alma! No quiero yo que ignore las lindezas de su cara mitad. Figúrate que una persona indiscreta se lo cuenta, exagerándolo ó desfigurándolo.

--No se dirá nada á mi hermana.