La familia de León Roch, Tomo 2
Part 17
--Me ha interrumpido usted en lo mejor... iba á decir que ahora mi mujer me inspira cierto respeto, que me reconozco muy culpable y muy inferior á ella, que merezco su desprecio, y que es cosa muy natural y hasta legítima, en teoría... advierto á usted que yo también tengo teorías... pues digo que me parece natural que Pepa ame á otro hombre, tan natural como lo es que las aves hagan sus nidos en las ramas del árbol en vez de hacerlos entre las mandíbulas del zorro.
--Nunca es natural y legítimo que una mujer casada ame á un hombre que no es su marido--dijo Paoletti con solemnidad.--Lo natural y legítimo es que su señora de usted, en vez de admitir el amor de un hombre casado, contribuyendo así al martirio y á la muerte de un ángel, hubiera dedicado á Dios por entero el corazón que usted no merecía.
--El misticismo es un agua figurada que no satisface á los sedientos. Ella no ha querido aficionarse á un fantasma, sino á un hombre. Tengo motivos para presumir que le amó desde la niñez. En una de nuestras acaloradas disputas, que eran un día sí y otro no, me dijo: «Tú no eres mi marido ni lo has sido nunca; mi marido está aquí,» y se señaló la frente. Otra vez me dijo: «El casarme contigo fué una manera especial que tuve de despreciarme.» En fin, querido Padre, hoy por hoy yo siento un poquillo de respeto hacia esa desgraciada que fué mi víctima. Como mujer no me interesa. Nada dice á mi corazón, ni á mi imaginación, ni á mis sentidos. El amor casi casi le toleraría romper el lazo para contraerle con otro; pero el amor propio no puede permitirlo. Además, sépalo usted, yo aborrezco á ese hombre; creo que le aborrezco desde que estuvimos juntos en el colegio; pienso que mi antipatía y el amor de ella han ido paralelamente hasta este momento terrible en que se encuentran, se tropiezan, se traban en batalla y... yo he de vencer, yo he de vencer.
--Usted trata de hacer valer sus derechos. Esto no me incumbe. Yo no soy abogado del derecho, sino del espíritu.
--Voy al caso. Aquí se juntan la moral y el derecho, y ambos están de mi parte--afirmó el otro con energía.--Yo soy el fuerte, ellos los débiles; yo soy el ofendido, ellos los criminales; á mí me amparan la religión y la moral, Dios y su ley, la Iglesia y la opinión pública; á ellos nada ni nadie les ampara. El terreno en que me coloco es terreno firme, es el más propio para quien, como yo, quiere reconciliarse ahora con los grandes organismos que gobiernan el mundo, y ser una rueda útil de la máquina social. Seguro en mi puesto y ayudado por la justicia humana y por la que llaman divina, he pensado perseguirles en el terreno legal, apurar todos los medios, no dejarles vivir, no darles tregua ni descanso, cubrirles de deshonor, rodearles de escándalo... acusarles con el Código en una mano y las prácticas de la Iglesia en otra. Esas son mis armas; pero ha de saber usted que mis respetables tíos y mi respetable suegro han estado todo el día concertando un arreglo. ¡Ah! mi esclarecido suegro es hombre eminentemente práctico y aborrece la exageración. Me ama como se podría amar á un dolor de muelas. Por desgracia suya, ese hombre que todo lo puede en nuestra sociedad, y que trata á los españoles como á negros comprados ó á blancos vendibles, no puede nada contra mí. Las armas legales con que me ataque se volverán contra él...
--¿Y decía usted que el venerabilísimo señor D. Justo Cimarra y el Sr. D. Pedro han concertado una componenda?--preguntó Paoletti, que á pesar de su entereza dejábase vencer un poquillo por la curiosidad, sentimiento desarrollado tras de la reja de las culpas.
--Separación amistosa, convencional. Pero no hay nada positivo aún, reverendísimo señor. Todo depende del filósofo, del geólogo, del buscador de trogloditas. Gustavo me ha dicho que tienen todo dispuesto para la fuga, y lo creo... ¡Oh! confieso que puesto yo en el caso de él haría lo mismo.
--Pues por mi parte aseguro que nada de eso me importa--dijo Paoletti sobreponiéndose á la curiosidad.--Me habla usted de litigios y nada de la conciencia.
--Ahora voy á hablar de esa señora. Usted sabrá que yo tengo una hija.
--Ya...»
Sintió de nuevo el clérigo en sí el aguijoncillo de la curiosidad.
«Monina es mi hija. Pues bien, señor cura: el único sér que hay en el mundo capaz de despertar en mí un sentimiento; el único sér que me hace pensar á veces de una manera distinta de como pienso casi siempre; el único sér por quien algo sonríe dentro de la región obscura, misteriosa, que llamo alma por no poder darle otro nombre, es mi hija. No sé lo que pasa en mí. Cuando estuve á punto de perecer á bordo de aquel horrible vapor cargado de petróleo, todo el mundo huyó de mi pensamiento, no quedando más que el peligro, y en el peligro una linda cabecita rubia me bailaba delante de los ojos. Paréceme que me agarré á ella para salvarme en aquella espantosa lancha rota que á cada instante se sumergía... Se reirá usted de mis sandeces... En otros tiempos yo jugaba con ella, la hacía reir para reirme yo viendo su risa...
--Al fin, al fin--dijo el italiano con gozo,--veo la chispa pequeñísima.
--No, no me crea usted bueno por esto... Es que esa nena ó juguete rubio con ojos de ángel tiene sobre mí un atractivo singular. Se me figura que la quiero, que la querré más si la veo mucho tiempo cerca de mí. Me han dicho que estuvo á punto de morirse del _crup_. ¡Qué espanto!... ¿Qué dice usted?
--Que no hay tierra, por desolada é inculta que sea, donde no nazca una flor.
--No se trata aquí de flores. Lo que sí diré á usted es que al pasar por Nueva York ví en un escaparate un cochecillo de muñecas chiquitas, tirado por dos corderos, y lo compré para regalárselo.»
Paoletti sonrió, diciendo:
«Veo su amor propio de usted, veo la indiferencia hacia su esposa, veo el odio que tiene usted á su rival, veo el litigio y la proyectada transacción, veo el horrible ateísmo de usted, veo sus pasiones, su cínica inmoralidad, veo el amor á la niña, veo el cochecillo tirado por dos borregos que lleva usted en el bolsillo; pero no veo lo que yo tengo que hacer aquí.
--Hemos llegado al punto concreto, á la cosa urgente. Yo tengo grandísimo anhelo por saber lo que traman... ¿Está él aquí esta noche?... Me han dicho que hoy recibió aquí á sus amigos. Yo estoy persuadido de que usted lo sabe, porque mi mujer le habrá confiado algo.
--¿A mí?... Creo que soy muy antipático á la señora.
--O lo sabrá por la Condesa de Vera, que es la confidente de mi mujer, y si no me engaño, es hija espiritual de usted.
--Nada sé ni nada me han dicho--replicó el Padre.--Y aunque lo supiera...
--No tema usted que yo, en caso de fuga, me vuelva personaje trágico y tengamos en Suertebella una escena ruidosa. Yo no grito, yo no mato. Soy más filósofo que él y que todos los filósofos juntos.
--Repito que no sé nada, ni me importa saberlo.
--Es imposible que un sacerdote entre dos días seguidos en una casa sin saber todo lo que ocurre en ella.
--Yo no soy amigo de esta casa; soy enemigo.
--Y ya que no satisfaga usted mi curiosidad--dijo el intruso con desconsuelo,--¿no me podría usted facilitar...?
--¿Qué?
--El ver á mi hija.
--No me pida usted favores que son impropios de mi carácter. Por nada del mundo pasaría más allá de esta sala. Diríjase á los criados.
--Ninguno quiere servirme por miedo á Fúcar. Mi distinguido suegro les ha mandado que no me permitan entrar. Desde la verja hasta aquí, á un solo criado he podido sobornar. Hasta los perros me odian aquí.
--Entre usted como entran los ladrones.
--Temo que me vean.
--Entre usted como padre.
--No puedo, al menos por ahora.
--Menos puedo yo.
--Si la Condesa de Vera está aquí y usted le habla dos palabras, y le pinta con elocuencia mi deseo, tal vez... A usted no le negarán esto. Yo juro que no llevo ninguna intención mala; sólo quiero dar á mi hija tres besos bien dados...
--_Vade retro._ Desconfío de sus intenciones, que pueden ser como las pinta usted, y pueden ser perversísimas.
--Pues no insisto. Tengo la virtud de no ser pobre porfiado. Se acabó la parte urgente de nuestra entrevista. Usted dispensará mi atrevimiento.
--Dispensado.
--La cosa interesante que pensaba tratar con usted, y que podía diferirse, se enlaza con lo que acabo de decir. Supongamos que mi mujer cede ante la ley, domina su pasión y manda á paseo al geólogo... Pasado algún tiempo, fácil le será á usted, dado su predicamento entre las damas, llegar á ser director espiritual de Pepa.
--Yo no voy á donde no me llaman.
--Pepa tiene muchas amigas entre las que forman, permítaseme la frase, la familia espiritual del Padre Paoletti. La Condesa de Vera principalmente...
--Me honra con su amistad; yo la dirijo.
--Pues bien. Si usted quiere dirigirá también á Pepa. Su misma soledad la llevará al misticismo. En el pensamiento de las pobres mujeres débiles, allí donde acaban las ilusiones empiezan los altares.
--En lo que oigo puede haber una intención santa y buena. Si se trata de que yo intervenga para arreglar un matrimonio desavenido, y traer hacia Dios á dos almas que pertenecen al Demonio, la idea me parece excelente. Mas para que esto pueda ser, principie usted por abjurar sus pestilentísimos errores y ser católico sincero...
--En cuanto á eso, mi propósito es no desentonar en el convencionalismo general. Yo quiero reconciliarme con la sociedad, respetar sus altas instituciones, ser hombre de orden, no dar escándalos ni tampoco malos ejemplos á las muchedumbres ignorantes, las cuales, basta que nos vean á los de levita huir de la Iglesia, para que se crean autorizados á robar y asesinar. No pienso volver á coger un naipe en la mano, y sí trabajar mucho en los negocios hasta labrarme una fortuna por mí mismo. _Farò da me._ Estoy seguro de que saldré adelante y aun de que dejará de llamarme bandido ese Marqués de Fúcar que se cree poco menos que un Dios, y al fin no se desdeñará de entrar en tratos financieros conmigo. La generación actual tiene en alto grado el don del olvido. Es fácil rehabilitarse en una sociedad como la nuestra, compuesta de distintos elementos, todos malos, dominados por uno pésimo, que es, permítaseme lo soez de la palabra, el elemento _chulo_. No extrañe usted la crudeza de mis expresiones. _Ego sum qui sum._ Donde la mitad de los matrimonios de cierta clase son _menages à trois_; donde la Administración debería llamarse la _prevaricación pública_; donde los altos y los bajos se diferencian en la clase de ropa con que tapan la deshonestidad de sus escándalos; donde hay un pillaje que se llama política; donde la gente se arruína con las contribuciones y se enriquece con las rifas; donde la justicia es una cosa para exclusivo perjuicio de los tontos y beneficio de los discretos, y donde basta que dos ó tres llamen egregio á cualquier _quidam_ para que todo el mundo se lo crea, es fácil labrarse una toga de honradez, y ponérsela, y ser _distinguido hombre público y patricio ilustre_, y figurar retratado en las cajas de fósforos. Yo me comprometo, si pongo empeño en ello, á hacerme pasar por canonizable dentro de dos ó tres años. Pero de eso á hacerme mojigato hay mucha distancia. No se moleste usted en echar un remiendo á este matrimonio que ya está roto. Si ella, por instinto de honradez, despide á su amante y se queda sola, hágala usted beata, que esto la consolará mucho. Que mi mujer sea devota, muy santo y muy bueno. A mí me gusta la gente edificante. Déjeme usted á mí que me rehabilite en la sociedad por otro camino. Lo que yo desearía de la bondad y catolicismo de usted es que, después de dominar completamente el espíritu de Pepa, y lo dominará sin intentar reconciliarnos, la indujera á permitirme ver á mi hija. Para esto no será preciso que yo venga aquí, cosa que no deseo porque siempre me ha aburrido este Suertebella, sino que me la lleven á casa, usted por ejemplo... Vamos, que la dejen ir á comer conmigo dos veces, una vez por semana, y nada más.
--¡Qué amarguísimo nihilismo!--dijo Paoletti, no sacando ya los superlativos de un tarro de dulce, sino de un depósito de hiel.--Muchos hombres así he visto en la sociedad española; pero usted les da quince y raya á todos.
--Tengo el mérito de decir lo que siento.
--Para concluir, caballero Cimarra: usted es tan abominable, que no hay posibilidad de satisfacer el único deseo legítimo que nace casi invisible en esa alma llena de tinieblas, aridez, podredumbre y miseria. No cuente usted conmigo para nada. Si la señora se arrepiente y arroja á su amante, y soy llamado, como es posible, á dirigir su conciencia, procuraré primero hacerla sanar de la criminal dolencia que padece, y después encaminaré su espíritu á Dios, única salvación de las pobres mujeres que han tenido la flaqueza de amar á hombres indignos. ¡Oh! ¡qué dulcísimo gozo sería para este pobre combatiente ganar á Satanás una nueva batalla! Usted no existe para mí. Y no me detenga más, que vuelvo al lado de mi queridísima muerta.
--Yo no bajo á la capilla. Tengo horror á los muertos. Perdóneme si le he molestado, Padre.
--No olvidaré rezar por usted.
--No me opongo, antes bien lo agradezco.
--Le aguardo á usted el día del arrepentimiento.
--Gracias... Yo no merezco tanto. Adiós. Mil perdones.»
Retiróse tranquilamente el clérigo chico. Sus pasos de plomo se perdieron en el silencio del corredor. Poco después salió Cimarra por el mismo sitio y bajó por la escalerilla de la tribuna sin entrar en la capilla, cuya iluminación de mortuorias hachas, saliendo por las altas vidrieras de colores, le infundía más espanto que respeto. Se paseó por el desierto parque buscando la sombra de los árboles cuando sentía pasos. A ratos se tentaba el bolsillo para ver si no había perdido el coche de muñecas tirado por dos corderos... En una de las vueltas de su nocturno paseo, vió entrar el carruaje del Marqués de Fúcar, y desde su escondite lejano le dirigió estas palabras, más bien pensadas que dichas: «¡Ah! Traficante, ¡qué ojos le echabas esta tarde en la calle de Alcalá á la real prójima que he traído de los Estados Unidos!... ¡Júpiter, ya querrías que fuese para tí!»
Cuando le vió descender de su coche en compañía de otra persona, el intruso murmuró: «Viene con mi tío... ¿Qué habrá aquí esta noche? ¡Oh! fuego de la curiosidad, ¿por qué me abrasas como si fueras el de los celos?»
XIX
Tres por dos.
Por la noche á la hora concertada con Fúcar, León se dirigió al gabinete de Pepa. Estaban allí D. Pedro, su hija y otra persona. Monina, que poco antes enredara junto á su madre, había sido condenada al destierro de la cama, ostracismo casi siempre acompañado de lágrimas, del cual no se libran los pequeños cuando los grandes tienen algo grave que tratar. Sepultado en un sillón estaba el imponente Marqués, la carnosa barba sobre el pecho, los labios salientes, como algo que sobra en la cara, juntas las cejas entre un dédalo de arrugas, las cuales parecían compendiar en cifra todas las batallas dadas dentro de aquella cabeza contra la exageración. La tercera persona que allí estaba era un anciano de cabellos blancos, muy seco de rostro y no menos corto de vista, á juzgar por la convexidad de los cristales de sus gafas de oro, montadas sobre una nariz semejante, por su majestad y atrevida curvatura, á las que se ven en las peluconas. Tenía la seriedad de un hombre de estudio confundida con el patriarcalismo algo candoroso de un buen abuelo. Todos vestían de negro. A Pepa se le salía á los ojos el luto del corazón.
«Aquí está,--dijo el padre á la hija, acariciándola en las manos.
--Ya la veo--replicó la dama mirándole,--y ahora me dirá lo que mi padre me ha anunciado y no he querido creer.
--Hija adorada--añadió Fúcar,--se trata aquí del honor, del deber, de las conveniencias sociales, de la moral absoluta y de la moral consuetudinaria... Considera... No se puede hacer todo lo que se quiere.
--Ya lo veo, ya lo veo...--murmuró Pepa, mirando con atónitos ojos el tapete de la mesa que delante estaba.
--Por mucho que me cueste declararlo--dijo León, considerando que debía ser breve,--yo declaro que me creo en el deber ineludible de separarme de la mujer que amo y de renunciar á todo proyecto de unirme á ella.»
Nadie contestó á estas palabras. Pepa, dejando caer la cabeza sobre el hombro de su padre, había cerrado los ojos. Tomándole una mano, que ella le abandonó sin movimiento alguno, León pronunció estas palabras:
«Por la grandeza de las ocasiones se mide la grandeza de las almas.»
Después de una pausa, D. Pedro, comiéndose la mitad de algunas palabras y contrayendo mucho la boca, habló así:
--Y yo declaro que hemos llegado á esta solución salvadora y pacífica, gracias al convenio que celebramos el Sr. Cimarra y yo, por el cual convenio mi digno amigo responde de que su sobrino renunciará á la querella...»
D. Pedro se atascó. D. Justo vino en su ayuda, diciendo:
«A la querella y á los derechos que la ley le otorga.
--Eso es. Renuncia á usar el arma fuerte que la ley pone en su mano, con tal que desaparezca el que por la moral, por la ley, por la religión, está demás en este horrible encuentro de tres personas allí donde no debe haber más que dos... Querido amigo--añadió volviendo hacia León su mirada conciliadora,--tú renunciando á ese imposible jurídico y moral, que la costumbre y el desenfado de la gente corrompida de nuestros días convierte en posible, has evitado un escándalo vergonzoso... Yo te lo agradezco de todo corazón, y...»
D. Pedro volvió á mirar á D. Justo, como suplicándole que siguiera.
«Las circunstancias del hecho en cuestión--dijo éste, inclinándose y poniendo en ejercicio su dedo índice, que era en él acentuación y complemento de su palabra,--son raras. Por mi parte, veo con gusto que no siga adelante la querella. Yo fuí el primero en aconsejar á mi sobrino que renunciase á ella, previa ausencia definitiva del señor (el dedo del magistrado marcó á León). Pero como las circunstancias de este hecho son raras, no me cansaré de repetirlo, como el escasísimo valer moral de mi sobrino parece que justifica la rebelión que deseamos evitar (el dedo nombró á Pepa con su insinuación muda), también he sido el primero en aconsejarle una concesión, reclamada por el señor (León vió el dedo cerca de sí), y que entraña cierto espíritu de justicia prudencial, lo reconozco. En vista de todo lo expuesto, creí prudente concertar con mi digno amigo (el dedo, fluctuando en el centro del grupo como una brújula del pensamiento, señaló al Marqués) los términos de estas paces honrosas. Empeñando mi palabra honrada, me comprometo, en nombre de mi sobrino, á admitir la condición exigida por el señor (León), y de su cumplimiento respondo.»
El venerable magistrado, que daba á las pausas oportunas gran importancia para la claridad del discurso, hizo una muy breve, y después siguió así:
«La condición exigida por el señor y aceptada por la parte, que es forzoso llamar inocente, ateniéndonos á la ley, es que la señora vivirá con su padre y su hija en Suertebella, y que mi sobrino no traspasará por ninguna causa ni pretexto la verja de esta finca, realizándose así una separación que, no por ser amistosa, deja de ser absoluta.
--Y todo ha concluído de un modo satisfactorio--dijo Fúcar, desarrugando el ceño y acariciando con sus gruesos dedos los cabellos de su hija, que no decía palabra ni abría los ojos.--El tiempo, el tiempo, nuestro querido médico que todo lo cura... ¿No crees lo mismo, León?
--Por mi parte--replicó éste,--no espero del tiempo lo que éste no podrá darme tal vez. Detesto el olvido, que es la muerte del corazón. Tales como son hoy mis sentimientos los conservaré mientras viva; pero lejos, donde no puedan perturbar, ni ser ejemplo de una irregularidad que he condenado siempre y que condeno también ahora. He perseguido con afán un ideal hermoso, la familia cristiana, centro de toda paz, fundamento de la virtud, escala de la perfección moral, crisol donde cuanto tenemos, en uno y otro orden, se purifica. Ella nos educa, nos obliga á ser mejores de lo que somos, nos quita las asperezas de nuestro carácter, nos da la más provechosa de las lecciones, poniendo en nuestras manos á los hombres futuros, para que desde la cuna les llevemos á la edad de la razón. Pues bien: todo esto ha sido y continúa siendo para mí un sueño. Dos mujeres se han cruzado conmigo en el camino de la vida. Dióme la primera la religión, y la religión, mal interpretada, me la quitó. La segunda dióme ella misma su corazón, y yo lo tomé; pero las leyes me la piden y no puedo menos de entregarla. Tan infructuosas como con aquélla serán mis tentativas para labrar con ésta la hermosa realidad que deseo. La sociedad ha dado esta mujer á otro hombre, y si me la apropio me condeno y la condeno á vivir en perpetuo deshonor, iguales ambos á la multitud corrompida que abomino; nos condenamos á transmitir nuestro deshonor á seres inocentes, que no tienen culpa de las equivocaciones cometidas antes de su nacimiento, y que entrarían en el mundo con la vergüenza del que no tiene nombre.»
Besando la mano que Pepa abandonaba entre las suyas, prosiguió así:
«La presencia de dos personas que se escandalizan de mis palabras no me impide manifestar lo que siento ahora. Para mí esta mujer me pertenece, la considero mía por ley del corazón. Yo, que soy subversivo, adoro en mí esta ley del corazón; pero cuando quiero llevar mi anarquía desde la mente á la realidad, tiemblo y me desespero. Quédese en la mente esta rebelión osada y no salga de ella. Quien no puede transformar el mundo y desarraigar sus errores, respételos. Quien no sabe dónde está el límite entre la ley y la iniquidad, aténgase á la ley con paciencia de esclavo. Quien sintiendo en su alma los gritos y el tumulto de una rebelión que parece legítima, no sabe, sin embargo, poner una organización mejor en el sitio de la organización que destruye, calle y sufra en silencio.
--Todos somos esclavos de las leyes que rigen en nuestro tiempo,--dijo el magistrado con entonación severa.