La familia de León Roch, Tomo 2
Part 16
--No, no. ¿Por qué buscar siempre los caminos torcidos? Hombre, amigo, amante, esposo, ó no sé qué, á quien legitimo con la elección de mi alma, imítame en mi osadía--dijo la dama con bravura, mostrando aquella resolución valiente que en ocasiones la hacía tan bella.--Nos queda el camino recto, el camino fácil, el único camino: la fuga. El coche nos espera, nada nos estorba, nada nos falta... Tú eres rico, yo más... todo nos favorece, todo nos precipita.
--¡Imposible... locura!--murmuró León sombríamente.
--¡Locura!... en verdad lo parece; pero no lo es... Parece un absurdo, un escándalo, un infame reto á la moral, y sin embargo, para mí que conozco el peligro y sé qué clase de enemigo tenemos, es cosa natural... ¿Crees que yo te propondría un escándalo semejante si no lo creyera necesario?... ¡Ah! tú no lo conoces, no sabes que yo, mi hija, tú, todos estamos en peligro... Temo un insulto, un duelo contigo, temo un homicidio... Los momentos son preciosos... El no respeta nada. A cada instante me parece que le veo entrar...
--¡No y no!» repitió León con energía poderosa que tenía algo de crueldad.
Pepa, que en su osadía no cesaba de estar dominada por él, no se atrevió á protestar contra la espantosa fiereza que cerraba el único camino abierto á su felicidad. Temía que su insistencia provocara imposibilidades mayores aún, y miraba á la esfinge, esperando que de ella misma partiera una solución al problema que, según ella, la tenía tan fácil. Cansada de esperar, dijo al fin:
«Pues si todo es imposible, seguiré el dictamen de mi padre, abriré mis brazos al canalla...
--¡Tú en poder de ese monstruo!--exclamó León como una cuerda tirante que estalla.--Sería preciso para tal consentir, que ni una sola gota de sangre me quedara en las venas.
--Pues si el monstruo se aplaca con el Código--dijo Pepa con sarcasmo,--le arrojaré á mi hija y me marcharé á vivir contigo.
--¿Separarte de tu hija?
--Ya ves que esto es más imposible todavía. Por todas partes á donde vuelvas los ojos no verás sino imposibles.
--Algún punto habrá--dijo León meditando,--á donde pueda mirarse sin ver la imposibilidad.
--Ese punto ¿cuál es?
--Lo sabrás á su tiempo. Antes de decírtelo, me será preciso hablar con tu padre, con tu marido mismo.
--¿Tú?
--Sí, yo... hablaré con él ó con sus tíos, personas honradas y respetables. ¿No concibes tú que esto se resuelva sin fuga y sin pleito?
--No lo concibo.
--Yo sí.
--Sabrás algún modo secreto de hacer milagros... Tendré que pleitear, pleitearemos contra él los dos, tú y yo.
--¡Los dos! Entonces perderás, y tu hija te será arrancada sin que nadie pueda remediarlo.
--Pues bien, puesto que me cierras todas las salidas, abre tú una: es tu deber.
--Mañana--dijo León lúgubremente, mirando al suelo,--te abriré la única posible.»
Pepa hizo un gesto de desesperación.
«¡Mañana!--exclamó pasando de la desesperación al decaimiento cual ascua que de fuego se trueca en ceniza.--Tus _mañanas_ son mi muerte.
--¿Insistes en la idea de la fuga?
--Insisto, porque cada minuto que estemos aquí tú, yo y mi hija es un peligro para los tres... Esta noche, fúnebre para tí, es para mí la noche decisiva. Es capaz... ¡qué sé yo!... Todo lo preveo y todo me hace temblar... ¡Me inspira tanto miedo, tanto!... Tengo por seguro que al saber que estás aquí, vendrá y te provocará... ¡un duelo con él!... También temo que me insulte, que se me ponga delante... Siempre te aborreció... temo hasta el asesinato... me veo amenazada por no sé qué horrores... veo sangre... ¡Y es tan fácil salir de este círculo de miedo!...»
León iba á contestar, cuando creyó sentir rumor de pasos y cuchicheo junto á una puerta que en la alcoba había.
«¿A dónde da esta puerta?--preguntó en voz baja.
--A una sala que se comunica con la japonesa.
--Ya ves... espían nuestros pasos, nuestras voces y... Son los testigos que se preparan para la prueba...
--Sabe Dios quién será. Supón que mi marido viene...--dijo Pepa, deslizando las palabras en el oído de su amigo como ladrón que con ladrón habla en la soledad de la estancia robada;--supón que entra aquí. Puede asesinarnos casi sin responsabilidad. La ley le ampara. Estás en la alcoba de su mujer.»
León sintió una corriente glacial por todo su cuerpo.
«Calla--murmuró al oído de la dama.--Alguien acecha; pero es cuchicheo de mujeres curiosas y de hombrecillos menguados. No tienen más arma que su lengua.
--¡Estamos aquí para que ensayen su papel los testigos!--gritó Pepa, separándose de su amante y parándose con actitud de leona frente á la puerta misteriosa.--¿Quién me escucha, quién me vigila, quién pone su oído en mi puerta con acecho cobarde?... Estoy en mi casa, estoy en mi casa, y no con palabras, sino á latigazos echaré de ella á quien no me respete.»
Después se volvió á León, diciéndole:
«¡Y todavía dudas!... Mil peligros nos rodean... Tiemblo por tu vida, tiemblo por todo.»
Detrás de la puerta había ya profundo silencio. Después se oyeron menudos pasos de mujeres alejándose.
«Oye esas pisadas de gato--dijo él.--Los cobardes no matan, pero ya nos arañarán el rostro.»
Al decir esto, ambos se asustaron porque una persona había entrado en la alcoba por la habitación de Monina. Era el Marqués de Fúcar. Venía muy alterado.
«Tengo que hablar con mi hija--dijo á León con cierta seriedad.--¡Qué sería de ella si un padre solícito no...! Después hablaré contigo, León. No, mejor será que hable antes... ¡Qué asunto tan delicado!... Vengo de... En fin... hija mía, un momento: León y yo tenemos que decirnos dos palabras. Pasemos aquí al cuarto de la nena.»
La dama se quedó en su alcoba oyendo el rumor de las voces de su padre y su amigo, pero sin entender nada. Pasado un rato, Don Pedro volvió solo al lado de Pepa. Esta miraba con afán á la puerta, esperando al que poco antes saliera por ella; pero según dijo el Marqués, ambos señores habían convenido en que el amigo no debía asistir á la conferencia entre el padre y la hija.
Retiróse León al cuarto que habitaba, no lejos de la sala _Increíble_, y pasó la noche en las crueles ansias del combate interior. Era éste primero como una disputa entre formidables enemigos. Después el combate tomó la forma pavorosa de preguntas, á las cuales era preciso contestar de algún modo.
¿Huir con ella en el momento? Esto no podía ni siquiera pensarse.
¿Dejarla expuesta á la mala voluntad y quizás á las violencias del otro? No podía ser.
Mas por el momento, las conveniencias le mandaban salir de Suertebella y retirarse á su casa, donde podría seguir discurriendo lo que debía hacer. Verdaderamente esto era lógico; pero más lógico era no desamparar á la que de él tan cordialmente se amparaba. Si había peligros para entrambos en Suertebella, érale forzoso seguir allí, desafiando los comentarios del público. La opinión de los demás sobre aquel asunto suyo había llegado á serle indiferente, y decidido á obrar conforme á su conciencia, despreciaba el juicio de la muchedumbre. Quedándose allí tenía que arrostrar la desagradable impresión de las visitas que le harían pronto sus amigos y conocidos, gente ávida de dar un pésame en las condiciones más singulares. Todo el mundo sabía lo que pasaba. Era seguro que hasta los amigos menos afectuosos irían á verle, sólo por verle allí, en el teatro de su doble desgracia y de su escándalo. Pensó primero que no debía recibir á nadie; y después pensó lo contrario. Sí: afrontaría con valor la implacable embestida de la curiosidad y de la novelería. ¿Por qué no? Aquel enjambre social, viviendo en el goce del pecado propio y en la eterna crítica del ajeno, no le inspiraba temor, sino desprecio. Además, Fúcar le había rogado que se quedara para prestar su cooperación á un benéfico plan que meditaba, y seguramente saldría bien á pesar de no ser contrata ni empréstito.
XVII
Visitas de duelo.
Despierto estaba aún y batallando en su interior al romper el día; pero luego sintió gran fatiga, y cerrando todo durmió algunas horas, con ese sueño breve y profundo que la última madrugada suele acometer al reo en capilla, y que parece, más que sueño, una embriaguez producida por el dolor fuerte y continuo.
Hora de las diez sería cuando su criado le ayudaba á vestirse, informándole de muchas cosas interesantes. El cuerpo de la señora había sido colocado en la capilla, con beneplácito del Marqués de Fúcar, y el Padre Paoletti lo había velado la noche anterior y lo velaría todo el día y la noche siguiente, rezando de continuo. El mismo señor y el cura de Polvoranca y el de la parroquia, habían dicho misa aquella mañana en el altar de San Luis Gonzaga. El Padre Paoletti se personó luego en la estancia del viudo para hablarle de ciertas disposiciones piadosas de la difunta. De todo ello se ocupó León con solicitud, y dió nuevas órdenes al Padre para que lo restante fuera realizado con la posible magnificencia. El Marqués de Fúcar vino, y ambos hablaron larguísimo rato sin agitación, sin palabras duras, tranquilos y tristes como dos diplomáticos de naciones vencidas y desgraciadas que comentan el modo de atajar á un usurpador victorioso. «De tí depende,» dijo repetidas veces D. Pedro con atribulado semblante, y después añadió: «eres árbitro de todo.» Después de estas palabras prolongóse bastante el diálogo, siendo cada vez más triste, más apagado y terminando en acentos que oídos de fuera parecían de salmodia. La conferencia, como otras de que depende la suerte de las naciones, terminó en almuerzo. Pero aquella vez el almuerzo fué mudo y casi de fórmula, cosa que jamás pasa en política.
Por la tarde empezaron á entrar los amigos. Vió León un lúgubre desfile de levitas negras, y oyó suspirillos que eran como la representación acústica de una tarjeta. Unos con cordial sentimiento y otros con indiferencia le manifestaron que sentían mucho lo que había pasado, sin determinar qué, dando lugar á una interpretación cómica. Algunos meneaban la cabeza cual si dijeran: «¡qué mundo éste!» Otros le apretaban la mano como diciendo: «Ha perdido usted á su esposa. ¡Cuándo tendré yo igual suerte!» Doscientos guantes negros le estrujaron la mano. Aturdido y pensando poco en la frasecilla de cada uno, creía oir un susurro de ironía. Si los mil _increíbles_ que le rodeaban en efigie soltaran la palabra desde aquel laberinto lioso en que se confunden la corbata y la boca, no formarían un concierto de burlas más horrible. Muchos habían venido por amistad, otros por contemplar aquel caso inaudito, aquel escándalo de los escándalos, por ver de cerca al viudo que después de haber matado á su mujer á disgustos, hacía alarde de sus relaciones nefandas con una mujer casada, bajo el mismo techo donde había espirado poco antes la esposa inocente... Después de saludar al amigo, algunos iban á ver á la muerta en la capilla... ¡Estaba tan guapa!
El enjambre negro se fué aclarando. Al fin no quedaron más de tres amigos, luego dos, después uno. Este, que era el de más confianza, le acompañó un rato. Después León se quedó solo.
«¿Se te puede hablar?» dijo una voz desde la puerta.
León se estremeció al ver á Gustavo.
«Hablando con claridad y prontitud, sí,» contestó.
El insigne joven se acercó lentamente.
«Nosotros nos vamos de esta casa--dijo,--que es para nosotros la mansión del horror y de la tristeza. Tú, por lo que veo, aún permanecerás en ella, atado por tus intereses y por tus pasiones. Te dejamos con gusto. Mamá te suplica por mi conducto que le hagas el favor de no presentarte á ella para despedirla.
--Ya había yo renunciado á ese honor--repuso León con irónica frialdad.--Hazme el favor de transmitir esta idea á toda la familia.
--Está bien. Y complaciéndome en ser lo contrario de tí--dijo el letrado, llevándose la mano al pecho,--opongo mis principios á tu ironía filosófica, y te declaro que mamá, papá y todos nosotros te perdonamos.
--Dales las gracias en mi nombre. Estoy encantado de tan cristiana conducta.
--Te perdonamos, no sólo por el triste fin...
--¿Más todavía?
--No sólo por el triste fin de mi hermana, sino por el ultraje que has hecho á sus santos despojos.»
León se mantuvo sereno y digno en su muda tristeza.
«¿Vas á protestar? ¿te atreverás á negarlo?--dijo el otro.
--No, no niego nada. Gozo dejándote en la posesión, poco envidiable, de tus bajos pensamientos.
--Pues dejemos ese horrible asunto. Nosotros convencidos, tú impenitente, cada cual en su lugar. Antes de separarnos para siempre quiero advertirte que yo no he apadrinado á Cimarra, ni le he azuzado contra tí. Llegó á mi casa, consultóme, le aconsejé, le hice el escrito. Lo demás será obra suya.
--Vive tranquilo. No se turbe tu conciencia por eso, que defendiendo sus legítimos derechos podrás llevarle por la mano al camino de la salvación.
--Tus burlas de ateo no turbarán mi conciencia, que si está lejos de ser pura, no deja de ver con claridad el bien. No sé si el arrepentimiento de Federico es sincero ó no. En buena doctrina no puede rechazarse al hombre que confiesa sus culpas y se declara resuelto á variar de conducta. El decirse arrepentido puede traer el desearlo, y el desearlo es andar una parte del camino para llegar á serlo de veras... ventaja que la perversidad de aquel hombre tiene sobre tu empedernido descreimiento, pues ni confeso ni arrepentido podrás ser jamás.
--Te suplico--dijo León,--que me evites el efecto soporífero de tus sermones, que por cierto están empapados en la heterodoxia más abominable. ¡Valiente apóstol tiene la Iglesia!... Para informarme de la despedida y del perdón de tu familia, podría haber venido Polito, que no sermonea.
--Él quería venir, pero mamá se lo ha prohibido... Le infundía temores su carácter arrebatado. Todos esperamos que entrando ahora en la vida esencialmente moralizadora del matrimonio, sentará la cabeza y se curará de los infames vicios que nos abochornan.
--¿Se casa Leopoldo?... ¡Oh! permíteme que felicite á su mujer, aunque no tengo el gusto de conocerla.
--Las diferencias que había entre mi familia y la familia de Villa-Bojío han terminado anoche, cuando la madre de la novia de Polito visitó á mamá, prodigándole los más tiernos consuelos. La de Villa-Bojío acaba de perder un niño. Ambas madres confundieron en una su pena, y quedó acordado que Leopoldo y Susana se casarán cuando pase el luto.
--Felicito á tu mamá; dale mil parabienes.
--La sátira que envuelven tus palabras es digna de quien no respeta el dolor de una desgraciada familia. Por mi parte nada he hecho en este asunto. Bien sabes tú que he llorado con lágrimas del corazón las distintas ignominias que han caído sobre mi familia por culpa de la inmoralidad de mi padre, de la mala cabeza de mamá, y de los vicios de Polito. Has sido el confidente de mi tristeza, cuando yo te creía formal y honrado. Ahora, cuando nos repelemos con invencible antipatía, sólo debo decirte que si es preciso, no llevaré un pedazo de pan á mi boca antes de que se haya devuelto hasta el último céntimo á quien no merece ser nuestro acreedor.
--Si lo dices por mí, sabe que no me acuerdo de tal cosa. Me honro y me creo suficientemente pagado con la ingratitud.
--¡Frase bonita!--indicó Gustavo con sarcasmo.--Lo que dije, dicho está... Ya no nos veremos más. Mi última palabra sea para declarar mi equivocación al anunciarte que morirías de rabia. No: no muere de rabia el que vive de cinismo... Ya, ya sé que está preparado el coche y dispuestas las maletas para esa dramática fuga, atropellando todos los respetos sociales y pisoteando las leyes. Bien, bien: eres consecuente. Buen viaje, pareja de Satanás...
--Tu penetración y el conocimiento que tienes de mis acciones me cautivan... Despidámonos, si te parece.
--Sí, yo lo deseo.
--Y yo lo suplico. Adiós.»
Poco después, mirando por entre las persianas, vió salir á la que había sido su familia. El Marqués, caduco y abatido, casi era llevado en brazos por un fornido poeta bíblico. La Marquesa, realmente traspasada de dolor, inspiraba lástima. Polito, con el cuello forrado en complejas bufandas, daba un brazo á la que había de ser su mujer, y con el otro agasajaba á una perra. La de San Salomó y la de Villa-Bojío conducían como en volandas á Milagros hasta el carruaje. Crujieron látigos, piafaron los caballos, y uno, dos, tres, cuatro coches rodaron por el parque llevándose aquella distinguida porción de la humanidad, que necesitaba de una pena reciente para ser respetable.
XVIII
El cónyuge inocente.
Al anochecer salió León de su cuarto para pasar al que fué de su mujer. Había allí varios objetos que le correspondía recoger. El palacio estaba ya desierto; oíase el eco de los pasos; la escasa luz multiplicaba las sombras. Creyó ver una figura que viniendo del pórtico entraba en la galería principal, andando despacio y con cautela como los ladrones, poniendo oído á los rumores, reconociendo el terreno. La sospecha primero, el odio que le siguió instantáneo como el tiro á la aplicación de la mecha, detuvieron á León, impeliéndole á esconderse para observar aquella figura sin ser visto. Ocultóse detrás de una luenga cortina, y en efecto, le vió pasar. Era él. Se lo revelaba, más que la vista, un instinto singular que emanaba del aborrecimiento, como por arte contrario ciertas delicadas adivinaciones nacen del rescoldo nobilísimo del amor.
Pasó con su andar de gato, parsimonioso y explorador. Entró en una galería alfombrada, llamada _de la Risa_, por contener riquísima colección de caricaturas políticas, tomadas de periódicos de todas las naciones y extendidas por los muros en grandes cuadros cronológicos, que eran la historia del siglo escrita en carcajadas. En los ángulos había cuatro biombos del siglo XVIII, adornados con los dibujos que no habían cabido en las paredes. León se deslizó detrás del que tenía más cerca y observó al intruso. Este se sentó en un gran diván que en el centro había.
Para explicar satisfactoriamente la presencia de un tercer personaje en la _Galería de la Risa_, es necesario referir que al entrar en Suertebella, el hombre intruso habló con un criado de escalera abajo en cuya discreción confiaba.
«Hazme el favor--le dijo,--de ir á la capilla y decir al Padre Paoletti que he venido aquí para hablar con él de lo que él sabe; que le espero arriba en la _Galería de la Risa_. Enséñale el camino: no tiene más que subir la escalerilla de la tribuna, atravesar el cuarto de los cuadros viejos y el corredor chico.»
León sintió el duro pisar de unos pies de plomo aproximándose. Después vió que la puerta del corredor pequeño se abría dando paso al clérigo pequeñísimo. Pudo reconocerle muy bien, porque la _Galería de la Risa_ tenía grandes vidrieras para el pórtico, aquella noche, como siempre, profusamente iluminado. Adelantóse el intruso hasta recibir á Paoletti, y sentados ambos, el clérigo dijo:
«Sus respetables tíos me anunciaron anoche que usted quería hablarme; pero no creí que sería esta noche ni en esta casa, sino más adelante y en mi celda.
--Pensaba hablar á usted de una cosa, más adelante y en su celda--repuso el otro.--Ya comprenderá que al venir aquí esta noche no quiero hablarle de esa cosa, sino de otra. Es decir, que son dos cosas, querido señor Paoletti, una muy interesante y otra muy urgente.
--Pues vamos á la urgente y dejemos para luego la interesante.
--Vamos á la urgente. Le supongo á usted conocedor de los secretos de esta casa: no hablo de secretos de confesión.
--No conozco ninguno,--dijo con sequedad el italiano.
--Sin duda no merezco su confianza. ¿Pues qué? ¿No sabe usted que mi mujer...? He oído que los adúlteros tratan de ponerse en salvo.
--Caballero--dijo Paoletti con severidad,--yo no entiendo una palabra de lo que usted quiere saber de mí, ni me meto en donde no me llaman, ni me importa cosa alguna que los criminales se pongan en salvo ó no. Estoy velando el cuerpo de una dulcísima hija y amiga de quien he tenido el honor de ser director espiritual.
--Lo sé... Pero usted es muy apreciado en todas partes. D. Pedro le aprecia también, mi mujer es muy religiosa, y cuando está afligida gusta que le hablen de la Virgen del Carmen y de los santos. Pudo suceder que usted hubiera sido llamado á consolarla esta mañana, esta tarde... qué sé yo... podría suceder que usted supiera lo que yo ignoro; y dándonos á las conjeturas, podría suceder también que usted quisiera revelármelo y sacarme de la incertidumbre en que estoy.
--Ni yo sé nada, ni, sabiéndolo, podría rebajarme á hacer el papel de intrigante y chismoso que usted exige de mí--dijo Paoletti mostrando no poco enfado.--Usted no me conoce. Sus dignísimos tíos han olvidado decir á usted qué clase de hombre soy. Mi oficio es consolar á los afligidos, corregir á los malos. No me mezclo en intereses mundanos. El que me busca no me encontrará en parte alguna si no es en el confesonario. Con Dios, caballero.»
Levantóse para marcharse. El intruso le detuvo pillándole el hábito.
«¡Oh! aún me queda mucho que exponer--dijo.--No me juzgue usted tan á la ligera. Y si yo confesara, y si yo...»
El clérigo se volvió á sentar.
«No, no se trata aquí de confesonario. Si á él fuera, sería yo un hipócrita. Mal cuadraría la farsa en mis labios, que gustan de decir la verdad, aunque esta verdad salga de ellos metiendo ruido y amenazando como del cañón la bala. Déjeme usted que le diga algo de mí propio, para que mejor comprenda mi pretensión urgente.»
Dijo que reconocía su escaso mérito, que el mundo moral era para él como un palacio cuyas puertas estaban cerradas... Y por su parte, no se encontraba con ganas de mortificarse para poner sitio al susodicho palacio ni para escalar sus muros. Tenía la suerte ó la desventura (que esto le era difícil decirlo) de no creer en Dios ni en cosa alguna más allá de esta execrable cazuela de barro en que estamos metidos, y con tan cómoda manera de pensar disfrutaba de una tranquilidad sombría que, teniendo su espíritu en perpetuo letargo, le permitía recibir con indiferencia sabrosa los juicios buenos ó malos del mundo... Alarmado y lleno de miedo el clérigo al oir tan horrible profesión de fe, quiso de nuevo marcharse diciendo que él era confesor de gentes, pero no domesticador de fieras, con lo que el otro se sonrió, y deteniendo al Padre le habló así:
«Aún me falta decir algo que tal vez agradará á usted... Me siento fatigado. He sido rico y pobre, poderoso y humilde; he visto cuanto hay que ver y gozado cuanto hay que gozar. En negocio de mujeres sólo diré que en general las desprecio. No creo en la virtud de ninguna. Si me pregunta usted mi opinión sobre los hombres, le diré como el poeta escéptico: _plus je connais les hommes, plus j’aime les chiens_.
--Aconsejo--indicó Paoletti con ironía,--que se vaya usted á vivir en una sociedad de perros, ó que funde una colonia canina, donde se encontrará más á sus anchas. Estoy esperando á ver si brota alguna chispa de luz de la torpísima negrura de su alma, y nada veo.
--Voy á tocar el punto delicado. Ya sabe usted lo de mi mujer. Cuando yo pasaba por muerto, mi mujer amó á otro hombre. Yo creo que le amaba desde hace mucho tiempo, porque eso no se improvisa. Pepa me aborreció desde que me casé con ella. Verdad que yo hice todo lo posible para que me aborreciera. La traté mal, quise envilecerla, la comprometí mil veces con mis atrocidades pecuniarias; con sus ahorros sostuve el lujo de otras mujeres; mi lenguaje con ella no fué nunca delicado, como no lo fueron mis acciones. La consideraba como un buen arrimo y nada más.
--Basta--exclamó con horror el Padre apartándole de sí, como se aparta un objeto inmundo.--Si eso es confesión de culpas, lo oiré; pero si es asqueroso alarde de cinismo, no puedo, no tengo estómago...