La familia de León Roch, Tomo 2

Part 15

Chapter 153,927 wordsPublic domain

«Un hombre que se muere no tiene derecho á exigir fidelidad á la esposa que vive. Felizmente para mí, el Señor Todopoderoso ha querido conservar mi preciosa existencia. Mientras llega el momento de abrazar á mi esposa y á mi hija, tengo el honor de poner en conocimiento del primero de estos seres queridos que estoy resuelto á otorgarle mi perdón si se decide á poner de nuevo el cuello bajo el yugo matrimonial, atendiendo á que mi supuesto alejamiento del mundo de los vivos disculpó hasta ahora su desvarío. Pero si el susodicho sér querido se obstina en considerarme destinado á ser pasto de peces en el golfo mejicano, yo me tomo la libertad de asegurarle que estoy decidido á usar de los derechos que la ley me otorga. Mi adorada hija no puede crecer en el impuro regazo del adulterio. Seguro estoy de que la dama de quien tengo el honor de ser esposo no preferirá los halagos de un amor criminal á los dulces deberes de madre; en caso contrario yo entablaré mi querella, contando, como cuento, con los testigos necesarios para hacer la previa información que la ley exige, y reclamaré á mi hija, persuadido de que la ley la pondrá en mis paternales brazos cuando cumpla los tres años.

»Para que mi buena esposa comprenda bien cuán fuerte es mi posición de cónyuge inocente, le ruego dé una vuelta por el despacho de su señor padre, y allí, estante tercero, tabla segunda, hallará la Novísima Recopilación, de cuya interesante obra me tomo la libertad de recomendarle la ley 20, título I, libro II.

_F. Cimarra._»

«Es él--exclamó León estrujando la carta,--es su letra, es su estilo, su descaro, su miserable ironía, su falta absoluta de vergüenza y delicadeza. Reconozco la mano infame en la bofetada que recibo... ¡Dios Poderoso, si el ataque de un monstruo semejante no es razón suficiente para atropellar todas las leyes y respetos, para olvidar la dignidad y la conciencia misma; si esto no es razón para rebelarme y estallar, no quiero la vida, la desprecio.»

Arrojó al suelo la carta estrujada y Pepa le puso el pie encima, diciendo con cierta fiereza: «Así trataría yo tu persona, malvado, y tu Novísima Recopilación.»

Después se dejó caer en el sofá, exclamando entre sollozos: «¡Mi hija en poder de ese vil!... ¡Mi hija, que es mi alma toda, separada de tí y de mí!... ¡La idea de esta feroz amputación de mi vida me vuelve loca!»

León clavaba en el suelo una mirada torva, aviesa.

«Un rasgo enérgico de mi voluntad nos salvará,--dijo Pepa alzando su rostro que parecía la imagen misma de la resolución.

--Calla, espera--dijo León, apartándola lleno de ansiedad.--¿No oyes?»

Ambos quedaron mudos, conteniendo el aliento. Sentíase por la galería cercana ruido de pasos lentos, tardos, como de muchos hombres que transportan un objeto pesado. Se acercaban, pasaban con cierta solemnidad aterradora, después se perdían á lo lejos...

Pepa y León, en la actitud de rechazarse el uno al otro, atendían con temerosa quietud á lo que cerca de ellos pasaba. El vivo palpitar de ambos corazones se confundía en un solo latido. Cuando el silencio volvió á reinar en el palacio, León miró á su amiga, que tenía el rostro inclinado y los ojos llenos de lágrimas.

«¿Rezas?

--¡Oh! ¡Dios mío!--exclamó Pepa oprimiéndose el corazón.--Ella reposa en paz, yo me consumo en ardientes afanes; ella goza ahora de la dicha eterna en premio de sus virtudes, yo soy señalada como criminal y perseguida por la justicia, y veo mi pobre corazón cazado en horrible trampa de leyes... No, Señor: yo no te pedí que la mataras para darme el triunfo, yo no pedí eso... Yo no he sido mala, yo no merezco este castigo... Por momentos la aborrecí, es verdad; pero ya no. Ahora no sé si la temo, no sé si es respeto lo que me hace pensar tanto en ella y verla día y noche enfrente de mí, viva y muerta al mismo tiempo.

--¡Feliz ella!--dijo sordamente el viudo.

--Pero no nos entreguemos á nuestra melancolía. Es preciso resolver esta noche misma... Escucha, yo tengo un plan, el mejor, el único posible.

--Un plan...

--Ya lo sabrás. Antes necesito traer á mi hija. Paréceme que me han de quitármela, que ella y tú y yo corremos peligro...

--Tráela al momento.

--Son las diez. Tengo tiempo de ir y volver pronto. Ya he hablado á Lorenzo, el mejor cochero que tenemos. Está enganchada la berlina. ¿Prometes esperarme aquí?

--Te lo prometo--dijo León mirándola sin verla.--Corre en busca de Monina, tráela pronto; yo también temo...

--Hasta luego... No te muevas de aquí.»

Salió por la puerta del museo. Largo rato estuvo León sin poder coordinar sus ideas. Antes de resolver nada concreto, convenía ver la cuestión con claridad y con sus naturales formas y dimensiones, sin hacerla más difícil ni más fácil de lo que realmente era. Pero él mandaba á las ideas presentarse con lucidez y no lo podía conseguir. La disciplina de su entendimiento estaba rota. El gran cansancio físico y el caos intelectual en que se hallaba lleváronle á una especie de sopor, en el cual su mente se aletargaba dejando que desvariaran febrilmente los sentidos. La sala cuadrada le pareció circular, y el muro cilíndrico daba vueltas en torno de él, paseando, con el remolino jaquecoso de un Tío Vivo, las mil estrafalarias figuras que lo adornaban. Eran estampas grandes y chicas, platos y jarros, medallas y esculturas del tiempo del Directorio, que fué la revolución del vestido, trivial apéndice á la revolución del pensamiento. Después de cortar las cabezas, la fiebre innovadora se dedicó á reformar sombreros. La industria no quiso ser menos que la libertad, y en la cúspide del montón de cráneos alzados por el Terror, plantó el figurín.

Allí no había más que hombres embutidos en inverosímiles casacas, estrangulados por corbatas sin fin y sirviendo de pedestales á fantásticos gorros. Unos esgrimían bastones llenos de nudos ó en espiral, y estaban desgreñados como las furias y calzados como bailarines. Cadenas informes y sellos como badajos pendían algunos; de otros no se sabía cuáles eran las piernas y cuáles los faldones, ni dónde empezaba el hombre y acababa la ropa. Parecían chabacana metamorfosis de la humanidad en bandada de aves graznadoras, llevando los lentes sobre el pico y las patas con borceguíes. Las mujeres mostraban media pierna con listadas medias, y en la cabeza torres de pelo, plumas, cartón, cintas, túmulos, veletas, pagodas, flechas, escobas.

Hombres y mujeres corrían en rápido ciclón, abigarrada chusma bufona, de cuyo centro salían silbidos, ayes, befa y risa, entre la confusa masa de garrotes, piernas desnudas, narices, lentes, faldones, abanicos, sombreros. La humanidad actual encerrada en un cañón tan grande como el mundo y disparada á los aires en millones de pedazos, no habría formado sobre el cielo espantado una nube más horrible.

Vió León que del círculo se destacaba una figura y avanzaba hacia él. Al punto se sintió abrasado de un furor semejante al que despierto había sentido en la mañana de aquel día contra su hermano político, furor no contenido ahora por consideración ni respeto alguno. El odiado _increíble_ que hacia él venía era el más grotesco de aquella muchedumbre antipática, y con su infame risa parecía insultar á la razón humana, al pudor, á la virtud, á todo cuanto distingue al hombre de la bestia.

«Execrable animal--gritó ó creyó gritar León, abalanzándose á él y cogiéndole por el cuello,--¿crees que te temo?... ¿Por qué me la quitas?... ¿Dices que es tuya?... Ahora te enseñaré yo de quién es.»

Desarrollaba contra él atlética fuerza y le decía: «¿Tienes derechos? Pues yo los pisoteo... ¿Has contraído lazos? Pues yo los rompo... Mira el caso que hago yo de tus derechos y de tus lazos: el mismo que de tu vida, empleada en el mal y en el escándalo... ¿Me pides que te respete?... ¿que respete en tí la ley, el Sacramento, como los respeté en la infeliz que ya no pertenece al mundo? ¿Cómo te atreves á compararte con ella? En ella respeté la virtud seca, la piedad exaltada, la honradez, la inocencia, la debilidad, la belleza. Pero en tí, ¿qué hay sino corrupción, mentira, infamia, vicios?... No me pidas que te tenga lástima, porque la compasión no se ha hecho para los animales dañinos. No me pidas que te entregue tu hija. ¿Pues qué, un ángel se echa á los perros?... Tu hija te aborrece, tu mujer te aborrece, y yo... te acabo.»

Creyóse rodando por una pendiente obscura con su víctima entre las manos. Sin darse cuenta de ello durmió un rato con agitado sueño. Cuando aquel vértigo insano se calmó por completo en su mente, empezó á distinguir de un modo confuso los objetos; luego los vió salir de la sombra con más claridad. Los _increíbles_ y las _increíbles_ estaban en su sitio con su natural pergenio irrisorio, ni más feos ni más agraciados que antes. No oyó León rumor alguno. Miró su reloj: eran las once y media.

La primera idea que vino á su mente fué la de que debía salir del palacio aquella misma noche y retirarse á su casa. Pensó en María muerta, en Pepa viva, y á entrambas las veía cual si delante las tuviera. Después, como si su pensamiento evocara á esta última, la vió aparecer por la puertecilla del museo, trayendo á Monina de la mano.

XVI

Los imposibles.

«Aquí está--dijo con orgullo.--¿Ves cómo la traigo?»

Su fatigada respiración apenas le permitía articular las palabras. Soñolienta y malhumorada, la pobre niña se dejó tomar en brazos por León, é inclinó la cabeza sobre sus hombros para dormirse allí.

«¿No le cuentas nada?--dijo Pepa, acariciando sus manecitas.--Mona, alma mía, ¿no le cuentas lo que te he dicho?»

La nena cerró los ojos, murmuró algo, entregándose sin cuidado al sueño en el borde del abismo que á los pies de su descarriada madre se abría.

«Se duerme--dijo León, oprimiéndole dulcemente la cabeza para fijarla más sobre su hombro.--Hablemos en voz muy baja, ya que lo terrible de la ocasión nos obliga á vernos y á no estar callados.

--Aquí no puede ser. Se oye desde ese corredor--dijo Pepa levantándose y tomando á León de la mano.--Además, tengo que enseñarte una cosa que está en otra parte. Es un secreto. Sígueme.»

Dejóse guiar. Abrió Pepa la puerta del museo y entraron. Encendiendo una bujía, condújole por una pieza donde había cuadros viejos, y luego por una sala, y otra, y otra. Ella iba delante; León, con Monina en brazos, la seguía sin hacer observación alguna. Al fin reconoció las habitaciones.

«Aquí no penetran los curiosos, ni esa turba de majaderos que han invadido á Suertebella,» dijo Pepa.

Y pasaron á una estancia que era la misma donde Monina había estado enferma del crup. Una criada esperaba las órdenes de Pepa. Era la mujer de un mozo de Suertebella, en quien la señora tenía confianza; y como sus criados estaban en Madrid, sirvióse de aquélla para que á la niña cuidara. A ésta la acostaron pronto, y Teresa quedó junto á la camita, con encargo de avisar si alguien llegaba. Pepa llevó á su amigo á la pieza inmediata.

«Es mi alcoba--dijo la dama, cerrando la puerta.--Aquí nadie nos ve ni nos oye. Aquí está mi secreto. Siéntate... ¡Oh! ¡Dios mío, qué pálido estás! ¿Y yo?...

--Tú también,--repuso León; sentándose fatigado.

--Somos espejo el uno del otro,» afirmó ella tratando de endulzar con un grano humorístico la hiel que ambos apuraban en una misma copa.

El matemático no estaba en disposición de observar la suprema elegancia del dormitorio, cuyas riquezas podrían compararse á las que en tiempos de fe se gastaban en decorar capillas y altares; no paró mientes en los hermosos muebles de ébano incrustado de marfil, ni en el lecho negro, prodigio de ebanistería, que en sus vastas blanduras sin uso, cubiertas con extraña tela obscura y dorada, tenía un no sé qué de tálamo sepulcral; ni se fijó en las pinturas religiosas con marcos de plata, algunas semejantes á las de María Egipciaca, ni en la colgada lámpara esférica, recién encendida, y que, semejante á una luna, derramaba discreta claridad por la alcoba. Rica y misteriosa, la alcoba habría llamado la atención del buen amigo en otro momento; entonces, no.

«Tu secreto... ¿qué secreto es ese?--preguntó impaciente.

--¡Mi secreto!...--declaró Pepa llena de congoja.--¡Mi secreto es huir, huir! Consiente, y de aquí saldremos los tres sin que nadie nos vea.

--¡Huir!... ¡qué loco absurdo!--exclamó él llevándose el puño á la frente.--¡Y en qué momento! Tu conciencia, la mía, nuestro amor mismo deben protestar contra esa idea. ¡Olvidas lo que ha sucedido en esta casa, por Dios! ¡Pretendes que ni siquiera haya en mí el respeto y la delicadeza que exige la muerte! ¡Quieres que apenas cerrados por estas manos aquellos ojos!... ¡Horrible corazón el mío si tal consintiera! Merecería descender á más bajo puesto que el que tienen los que ya me llaman á boca llena _el asesino de María_... Ni comprendo que puedas amarme viéndome caer tan de golpe en la bajeza de una acción fea, torpe, escandalosamente inicua.»

Cada palabra era para la infeliz una vuelta dada en el lazo que la estrangulaba. Ambos enmudecieron largo rato, sin mirarse. Repentinamente puso ella su mano sobre el hombro del matemático, le miró con aterrados ojos, y con un acento que él no había oído jamás, se dejó decir:

«Pues entonces me voy con mi marido.

--¿Qué dices?

--Que tengo que someterme á él... ¿Lo quieres más claro?... O huir contigo ó enjaularme con la fiera.»

En su interior sintió León como un salto, fenómeno producido por la repercusión violenta del alma, si así puede decirse, rebotando en su centro.

«¿Lo quieres más claro?--añadió la dama, dejándole ver muy de cerca la expresión conminatoria de sus ojos chiquitos.--Gustavo ha conferenciado esta mañana con papá para decirle las pretensiones de Federico. Es su cliente; en las hábiles manos de ese joven ha puesto el malvado la salvación de sus derechos.

--Ya comprendo por qué me amenazaba con un arma misteriosa. ¿Estabas presente cuando Gustavo habló á tu padre?

--Sí... Mi padre acababa de revelarme la resurrección de nuestro enemigo... Por carta la supo. Pilar le dió anoche la noticia de que estaba aquí. El espanto no me había dado aún respiro, cuando entró el hinchado jurisconsulto. Venía, como amigo nuestro y de Federico, deseoso de arreglar nuestras diferencias antes de entrar en pleitos... ¡Hipócrita! Sus frases oratorias me hacían efecto semejante al chirrido de una máquina sin aceite, que ataca los nervios y da dolor de cabeza... Mi padre y él estuvieron largo rato tiroteándose con palabrillas y floreos ridículos, que me indignaban. Yo hubiera puesto al abogado en medio de la calle. Ya supondrás su énfasis cargante, y la complacencia con que me atormentaba... Después de mucho hablar dijo que ya tenía hecho el escrito de querella.»

Pepa se detuvo para tomar aliento y fuerzas morales, de las cuales parecía tener inagotable depósito.

«Mi padre--prosiguió,--hizo muchos distingos y sutilezas... Yo dije que el valiente que se sintiera capaz de arrancarme á mi hija, viniera á tomarla de mis brazos. Creo que en el calor de mi ira solté á Gustavo alguna palabra impropia. Él pidió indulgencia por su intervención, afirmando que no era más que un letrado... Deseaba que nos arreglásemos, que en el juicio de conciliación hubiera avenencia, que no diéramos un escándalo. Yo quise defenderme de la fea nota que echaba sobre mí; pero el grito de mi conciencia me detuvo, me hizo equivocar las palabras, y pensando probar que no soy culpable, creo que dije y proclamé lo contrario.

--¿Y qué más habló el furibundo moralista?

--Estuvo media hora citando leyes. Habló primero del Deuteronomio; después dijo no sé qué cosa de los Germanos y de Tácito; luego citó... creo que á un señor Chindasvinto, á Don Alfonso el Sabio; y por último, creyendo que no nos había mareado bastante, citó partidas, leyes, artículos, qué sé yo. Oyéndole yo me deleitaba...

--¿Te deleitabas?

--Sí, pensando en lo bueno que sería cogerle y arrojarle en el estanque grande de casa para que fuera á enseñar leyes á las ranas y á los peces... El muy fastidioso, empleando palabras discretas y corteses, me dió á entender que toda la razón estaba de parte de su cliente, y que á éste le sería muy fácil probar mi culpa. Cuenta con testigos.

--¡Testigos! ¿de qué? Yo dudo que puedan probar nada á pesar de su saña; pero te deshonrarán, arrastrarán tu nombre y tu dignidad por el lodo, y es fácil que pierdas á tu hija cuando ésta tenga la edad que marca la ley. Si huímos... les damos prueba plena. Entonces sí que perderás á tu hija.

--¿Pero si nos vamos lejos?

--No te acobardes ni pienses en la fuga, que es tu condenación. Mientras él pleitea, pleitea tú pidiendo á la ley que le imposibilite para ejercer la patria potestad, por pródigo, malversador de fondos, falsario, por diversos crímenes que será fácil probar si tu padre te ampara.

--Comprendo tu idea y tu ilusión; pero voy á disiparla. Aún no sabes lo mejor, es decir, lo peor.

--¿Qué?

--¿Crees que mi padre ha tomado con calor mi defensa?

--Naturalmente.

--Pues te equivocas. ¡Ay! pobre de mí, pobre amigo de mi alma. Estamos solos, sin amparo; tenemos en contra la religión, las leyes, los parientes, los buenos y los malos, el mundo todo. Cuando el celebérrimo Gustavito me habló de las ventajas legales de su cliente, yo me enfurecí; pero conteniéndome, dije que Federico no podía ejercer la patria potestad, que si él insiste en presentar su querella, yo le acusaré... de todo eso que has dicho. Mi padre oyó esto con mucha calma, y al punto le ví inclinado á no sé qué horribles pasteleos... Balbuciente, dijo varias frases que me helaron el corazón... «Mi hija será razonable...» «Es preciso que todos hagamos un sacrificio...» «Yo, si Federico conviene en algo aceptable... ya se ve... no se puede hacer todo lo que se quiere...» «Lo principal aquí es evitar el escándalo...» Esto de evitar el escándalo, que repitió más de veinte veces, me probó que mi padre no está decidido á defenderme como deseo. ¡Transacción! ¡Y con quién, Dios mío! También habló de entenderse con los tíos de Federico, dos señores muy respetables, ya les conoces: el uno es magistrado del Supremo y el otro presidente de la Audiencia... ¿Qué saldrá de aquí? ¿En qué piensas? ¿qué dices á esto?

--Que si tu padre te abandona, fuerza será que combatas sola.

--Eso es, sí, me batiré sola. Bendito sea tu consejo. Tú me das los ánimos que me quita mi padre con su dichosa repugnancia de la exageración--dijo Pepa muy reanimada.--¡Si vieras qué armas tan formidables tengo!... Para enseñártelas te he traído aquí. Vas á verlas.»

En un ángulo de la alcoba vió León, siguiendo con los ojos la señal de su amiga, un armario de ébano y marfil, no muy grande, rico y bello en materia y forma, con aspecto á la vez elegante y sólido. A este mueble se dirigió la dama, y abriéndolo mostró su interior, que era un laberinto de puertecillas, arquitos, gavetas, secretos, escondrijos. Impulsó resortes y abrió desconocidos huecos.

«Esta parte de arriba--dijo Pepa sacando del depósito un papel que puso en manos de León,--se llama el _arca de la tristeza_. ¿Conoces esto?

--Es una carta, una carta mía.

--Me la escribiste cuando yo estaba en el colegio y tú preparándote para entrar en la Escuela de Minas. Léela y reflexiona sobre lo que me decías en aquellos tiempos... «Que yo te había inspirado un amor insensato...» Ríete ahora, si puedes, de tus tonterías de colegial... ¿A que no conservas tú mis cartas de colegiala, como yo conservo las tuyas?... ¿Y esto lo conoces?

--Es un alfiler de corbata--dijo él tomándolo:--también es mío.

--Sí... Se te perdió en casa un día que fuiste á comer... ya eras novio de esa pobrecita... pero yo tenía esperanza de que no te casaras con ella... Encontré esta prenda en la alfombra y la guardé... ¿Y estas flores las conoces?

--Son las camelias que te dí un día en San José.

--Sí... á la noche siguiente fuiste á verme á mi palco, y por primera vez te sorprendí mirando con mucho interés á...

--¡Pobres flores!... No pensé volverlas á ver ni que me hablaran como me hablan ahora removiendo en mí todas las ideas y todas las pasiones de mi vida. ¿Sabes que no están tan secas como parece debieran estar después de tanto tiempo?

--Están embalsamadas con los infinitos besos que las he dado en todas las épocas de mi vida... Pero no nos entretengamos. Dame eso acá.»

Recogió y puso cada objeto en su sitio con maneras tan respetuosas cual si fuesen las más preciosas reliquias.

«Dormid aquí el sueño triste, queridos compañeros--dijo después.--Ahora que has visto _el arca de la tristeza_, voy á mostrarte _el arca de los horrores_.»

Sacó de recóndita gaveta un paquete de papeles, atado en cruz con cinta roja, como expediente de oficina. León lo tomó, comprendiendo lo que era, y ambos se sentaron para examinarlo.

«Ahí tienes--dijo Pepa, contagiada de horror á la vista de aquel legajo de ignominia,--diversos testimonios del martirio á que he vivido sujeta como esposa de un perdido: ahí tienes viles secretos que él me confiaba en momentos de apuro, cuando necesitaba de mi bolsa. Cada hoja de esas es recuerdo de una deshonra que yo oculté cuidadosa, prueba de delitos que logré frustrar, ó de los que quedaron ocultos entre la hojarasca de la Administración pública. Examina eso y verás que tengo medios bastantes para declarar á Federico incapaz, no sólo de ejercer la patria potestad, sino también de vivir en el seno de una sociedad medianamente digna.»

León examinó el paquete con curiosidad muy viva, pasando rápidamente por algunas partes, deteniéndose en otras. Vió cartas con firmas conocidas, contratos secretos, minutas, cuentas, papeles con sello de oficinas públicas, hojas que evidentemente habían sido sustraídas de algún expediente famoso, una orden judicial que sin duda tenía la firma del juez arrancada por sorpresa... Después de verlo todo, devolvió á Pepa el expediente de los horrores, diciendo:

«Quema todo eso.

--Pues qué--preguntó la dama con estupor, abriendo las manos para tomar el paquete, pero sin atreverse á tomarlo,--¿no me sirve?

--No.

--¿Que no sirve?... ¿no podré...?

--Poder sí... pero...

--Entonces...

--En estas circunstancias terribles es preciso decirlo todo claramente. Uno á otro nos debemos la verdad, aunque ésta perjudique á un sér querido.

--No te entiendo.

--Quema eso, porque no te sirve de nada. Es un arma de doble filo que te herirá á tí misma cuando quieras usarla. Perdóname la franqueza de mis palabras. Con esto podrás acusar á Federico victoriosamente. Por poca justicia que haya en un país, esto basta á meter á un hombre en presidio... Pero si lo haces, el infame debería ir á su destino muy bien acompañado.

--Debería ir...

--Dígolo así porque en España las personas de cierta talla no entran jamás en la cárcel aunque lo merezcan... Pero tu expediente horrible podrá fácilmente cubrir de ignominia...

--¿A otras personas?

--Sí: á una que tú quieres mucho y á quien no puedes desear daño... Pepa, por Dios, quema eso.»

La dama se llevó la mano á los ojos, como queriendo poner un estorbo á sus lágrimas... Sacando nuevamente singular fuerza de aquel depósito inagotable que en su alma tenía, cogió el paquete, lo guardó en _el arca de los horrores_, y cerró ésta, diciendo: «Lo quemaré más adelante.»

De pie frente á León, dijo en voz baja:

«De modo que es imposible incapacitar legalmente á mi marido...

--Imposible.

--¿Es imposible oponer un acto legal á su querella?

--¡Imposible! Ahora comprenderás perfectamente la vacilación de tu padre, su flaqueza acomodaticia; la cual no es sino el miedo..., miedo de entrar en pleitos con su enemigo, con el que un tiempo ha sido su cómplice. Todo es imposible, querida.