La familia de León Roch, Tomo 2
Part 12
Antes de que su fiscal concluyera, prorrumpió León en una risa franca, despreciativa, con la cual parecía que su enojo se disipaba.
«Sí, ríe, ríe; no me causa sorpresa tu risa. Ya he comprendido el cinismo descarnado que se esconde bajo ese forro artificial de virtud filosófica. Tu sér moral se me ha revelado como un árbol seco al cual se quitan de pronto las flores y las hojas de trapo que le hacían pasar por árbol vivo. He aquí lo que son tus teorías morales: flores de trapo. Las naturales, las que dan fragancia y colores hermosos, no nacen en el vaso hueco, donde sólo hay fórmulas matemáticas y una ciencia estéril. ¡Y yo que te he defendido contra las acusaciones de mi familia! ¡Yo que te he creído honrado! ¡En qué error tan grande estaba!
--¿Y es cierto eso de que mientras mi mujer duerme recibo á mi querida en la sala _Increíble_?--dijo León entrando decididamente en la burla, que en aquella ocasión era la forma más adecuada del desprecio.--¿Lo has visto tú? Hay ojos calumniadores.
--Lo he visto. Anoche quise acompañar á mamá, que si tiene defectos como mujer, es cariñosa madre y no puede apartarse de estos sitios donde gime su hija idolatrada. No pudiendo verla, por tu prohibición cruel, se contenta con llorar donde ella llora, con ver de lejos la puerta por donde se entra á su alcoba. ¡Pobre madre! Anoche compartía yo su pena, mientras papá, que en las situaciones más críticas tiene debilidades indisculpables, visitaba á solas, sin más compañía que una luz y su concupiscencia, el sótano en que está lo reservado de la colección pompeyana, ese museo de arte libidinoso, donde no entran más que los hombres con un permiso especial del Marqués de Fúcar. Polito había bebido demasiado en compañía de Perico Nules, y estaba muy inquieto. Anduvo á primera hora por los pasillos en persecución de las criadas de Suertebella, hasta que, perseguido á su vez por mí, logré encerrarle. A media noche dormía como un ángel borracho. Mamá y yo hacíamos números en la sala japonesa, arreglando nuestra desquiciada hacienda; más tarde rezaba ella, y yo, después de buscar inútilmente un libro por todo el palacio, me puse á rezar también. En esta suntuosa morada, donde se reúnen tantas maravillas de la industria y donde las malas imitaciones de lo antiguo alternan con mamarrachos de invención flamante, simbolizando el arte contemporáneo, hay todo lo que la boca puede pedir, menos una biblioteca. Parece que al entrar aquí se han de traer muy despiertos los sentidos para que sea más fácil dejar la inteligencia á la puerta... Mamá se cansó de rezar; pero no tenía sueño; pensaba en nuestra María y en el modo de burlarte y de verla. No quería acostarse, y andando de puntillas discurrió por estas salas. Llegando cerca de la _Increíble_, creyó sentir voces... Me llamó, fuí, acechamos los dos, oímos. Lo que primero nos parecieron gemidos, pronto conocimos que eran besos amorosos. Eras tú; era ella. Ocultos tras el grupo de Meleagro y Atalanta que está en el corredor, la sentimos abriendo con llave la puertecilla del museo pompeyano. Después te sentimos pasar á tí por esta sala para volver á apoyar tu infame frente, coronada de los laureles de la ignominia, en el lecho de la mártir. La que estaba contigo en la _Increíble_ era Pepa, y para quitar toda duda, pudo confirmarlo mi padre, que la encontró cuando volvía solo, con su luz y su concupiscencia, del sótano reservado.
--¿Nada más?--dijo León con calma.--¿Vuestro espionaje no sabe más? Hay seres que ni respirar saben sin que de su aliento nazca la calumnia.
--¡Calumnia! buena salida... Sé que darás al hecho una interpretación favorable á tí. No te faltan argucias para defenderte.
--¡Defenderme yo! ¡Descender yo al muladar de tus groseras suposiciones, argumentar sobre un hecho que tu madre y tú han visto con el cristal manchado de su impura conciencia!... ¡jamás!
--La estratagema es hábil, pero no hace efecto. No me convence.
--No quiero convencerte á tí ni á ella...--dijo León con ímpetu fiero.--Vuestro juicio es para mí de tan poca valía, que siento no sé qué júbilo en dejaros en vuestro error estúpido. ¡Estáis tan bien así, con vuestra infernal aureola de malos pensamientos!... ¿Puedo modificar acaso la grosería de vuestras almas? ¿Puedo, por más que discuta, llevar una idea de pureza y honra á vuestra mente, devorada por la lepra de la deshonra crónica?... Sabe que tú y tus juicios y los juicios todos de tu familia degradada, que paga los beneficios con hablillas, son para mí como la lluvia que nos moja, pero no nos envilece. No se discute con la rueda del coche que pasa, y arrojando el cieno, nos mancha... Moralista de política religiosa y de sermones de partido, maquinilla de hacer moral de confitería, que amasas las leyes divinas y humanas para dar al mundo esas pastillas de virtud, según el gusto de cada uno, á mí no se me administra moral en caramelos. Desdichado discursista, mis defectos podrían servirte á tí para hacer tus honradeces, y los sentimientos malos que yo desecho y arrojo podrías recogerlos tú del suelo para hacer con ellos la gala de tu conciencia. Antes de predicar, ¿por qué no vuelves los ojos á tí mismo? Si te miras bien comprenderás que tu existencia, y tu fama y tu prestigio, desaparecerían como el humo si el Marqués de San Salomó fuera un hombre en vez de ser un muñeco.»
Lívido y cejijunto, los labios blancos, las manos trémulas, oyó Gustavo su acusación, y tartamudeando, sin saber qué decir, rompió á hablar de este modo:
«Dualista hábil, has puesto la punta en mi pecho. Pues bien, yo no lo niego: aprende de mí el mérito de la franqueza, el mérito de la confesión, de que es incapaz un ateo. Me declaro culpable. El torbellino del mundo, el engreimiento que dan la lisonja y el aplauso, me han puesto á mí mismo en contradicción con las leyes divinas y humanas que adoro y acato. Yo soy el primero que me acuso, como he sido el primero en reprobar los escándalos de mi familia, como he sido el primero en defenderte cuando te creía bueno; bien lo sabes. Pero no hagas paralelo entre tu infamia y la mía, entre tu desorden y mi desorden. Ambos hemos caído en el mal, tú por cinismo y desconocimiento absoluto del bien, yo por flaqueza de espíritu. En tí no hay más que mal, y ninguna puerta para el bien se abrirá en tu alma cerrada; en mí se han corrompido las acciones, pero queda la fe, queda la puerta del bien. Al lado de tu crimen no tienes nada, sino la sombra fea del crimen mismo. Al lado de mi crimen tengo yo un tesoro: el remordimiento. Tú no eres capaz de enmienda; yo sí. Tú no ves nada más allá; yo veo mi salvación, porque veo mi enmienda. La misma idea del pecado me da la idea del perdón. No sé mi destino individual, pero sé el del género humano, y me basta saber que hay Cielo. Tú lo ignoras todo, y el mal no te espanta porque crees que no hay Infierno.
--Sofista, barajador de palabras, ¿qué sabes tú lo que yo pienso, lo que soy? ¿Crees que estamos los hombres y las almas á merced de tu dogmatismo de apóstol intruso, y de esa oficiosidad evangélica con que repartes cédulas de vida ó muerte? Polizonte de la vida inmortal, ¿crees que ésta es una aduana donde se registran bolsillos para ver si hay tabaco, es decir, género prohibido por los que estancan el pensamiento para venderlo en paquetes á cambio de hipocresía? Hazme el favor y el honor de librarme de tu presencia, porque no respondo del respeto que debo á esta casa y al parentesco que nos une.
--¡Asesino de un ángel!--exclamó Gustavo rugiendo de ira.
--Se me acabará la paciencia para oir tus sandeces--dijo León dando tres pasos hacia él en actitud tan amenazadora, que Gustavo retrocedió en el primer momento, esperándole después en actitud nada cobarde.--Calla, ó sabrás lo que es una paciencia que se agota, un mártir á quien se acaba la entereza.»
Señalando la ventana, León extendió su brazo que, sin aparato hercúleo, era capaz de desplegar extraordinaria fuerza.
«Y si quieres seguir provocándome--añadió,--á pesar de no ser partidario del duelo, yo que no sé disparar pistolas, ni esgrimir sables, ni echar sermones, te proporcionaré un bonito espectáculo. Verás cómo un apóstol sale volando por una ventana, sin que nada lo pueda evitar.
--Abusa, bárbaro, si te atreves, de tu fuerza corporal--gritó Gustavo desafiándole con la mirada.--¡Asesino de mi hermana!
--No irritarás mi furia con esa palabra--dijo León en el último grado de la cólera.--Has de saber que tu hermana, y tú y tu madre, y tu padre y tu abuelo, sois para mí como las aves que pasan volando. No existís para mí. Elige entre salir por la puerta ó por la ventana.»
La disputa iba á concluir con una brutal refriega, quizás con la concisa violencia de aquella escena que hizo decir á Segismundo: «¡Vive Dios, que pudo ser!» cuando entró la Marquesa de Tellería dando gritos, y detrás D. Agustín muy alterado y temeroso.
«¡Qué es esto... León... Gustavo... hijos míos!--dijo Milagros, extendiendo sus amantes brazos entre los dos.
--Ese...--rugió Gustavo.
--¡León!... ¿Hasta dónde vas á llegar?... Después que nos has secuestrado brutalmente á nuestra querida hija...
--¡Secuestrarla yo!... ¿Yo?...--replicó el airado yerno con cierto desvarío.--No: ahí está... tómenla ustedes... La devuelvo... la regalo...
--¡No nos dejas entrar á verla...! Anoche no he podido pegar los ojos pensando en esa mártir,--manifestó el Marqués.
--Adentro todo el mundo--dijo León señalando la puerta por donde se iba al aposento de María.--¡Adentro!»
Sin esperar á más precipitáronse todos por aquella puerta.
En la sala inmediata á la alcoba oyóse rumor de amantes besos, dados con la precipitación y el calor que eran naturales después de la forzada ausencia.
XII
La verdad.
Pasadas las primeras manifestaciones del cariño, María habló así: «Dime, mamá, ¿lo he soñado yo, ó es cierto que oí la voz de Gustavo y la de mi marido, como si riñeran?
--Hemos tenido una cuestión--dijo el insigne joven, que aún no había perdido su palidez, ni su nerviosidad, ni el ceño de su frente, tabla del Sinaí donde se creería estaban escritos el Decálogo y la Novísima Recopilación.
--No, no: palabras, tonterías,--indicó precipitadamente Milagros, que pensaba siempre en la reconciliación.
--Convertido en un salvaje al oirse acusado--afirmó Gustavo,--tu señor marido amenaza á sus semejantes con tirarles por los balcones, como si fueran puntas de cigarro.»
Después de esto trató de reir, creyendo que con un poco de risa volvería su sistema nervioso al estado normal.
«¿Dónde disputábais?
--Ahí, en la sala del Himeneo.
--¿Qué sala es esa?
--No hagas caso, hija de mi corazón.
--Querida de mi alma--dijo el Marqués, acariciándola,--vete acostumbrando á presenciar con calma las acciones de tu marido, y á que no se te importe un ardite lo que él haga ó deje de hacer. _Es de lamentar_ que no puedas sobreponerte á ciertos sentimientos arraigados en tí, y que te empeñes en ser mártir, siempre mártir contra viento y marea.
--¿Qué dices, papá?--preguntó María con aturdimiento.
--Que yo--prosiguió D. Agustín, poniéndose la honrada mano sobre el pecho nobilísimo,--estoy decidido á desplegar toda la energía de mi carácter para evitar un escándalo que nos deshonra á todos y á tí te pone en la situación más ridícula que puede imaginarse.
--Agustín--dijo la Marquesa, sin poder disimular su ira,--harás bien en irte á dar una vuelta por el museo reservado. No haces falta aquí.»
Al decir esto tocaba á su marido con el codo para advertirle que no era llegada la ocasión de desplegar energías ni de evitar escándalos. Como mujer y madre, habíase penetrado mejor que los demás de la situación ilusoria en que León tenía á su mujer, y aplaudiéndola en el fondo del alma daba pruebas de recto sentir.
«¿Qué museo reservado es ese?--dijo María, cada vez más confusa, y apoderándose con presteza de toda idea que pudiera servir de combustible á la naciente hoguera de su sospecha.
--Ahí cerca, hija mía--balbució el Marqués, comprendiendo la idea de su esposa y admitiéndola tácitamente, porque también él, si pecaba por débil, torpe y corrompido, quería bien á su hija.--Es que hace poco estuve en Suertebella...»
María les miró á todos detenida y asombradamente. Interrogaba con la morbosa estupefacción de sus ojos, mientras las palabras rebeldes se negaban á salir á sus labios.
«¿Suertebella... ahí cerca?...--murmuró.--Explicadme una cosa...
--¿Qué dices, hija mía?
--Explicadme por qué siento yo los cimientos de ese palacio aquí... dentro de mis entrañas; por qué siento sus muros...
--¿Qué dices, paloma?
--Sus muros pesando sobre mí...
--Por Dios, no delires.
--¡Qué fantasmagorías tan tontas!... _Es de lamentar_ que tu buen juicio...
--Esta casa...
--Es esta casa... ya sabes... un edificio...»
A escape, y con los brazos abiertos, entró de repente Polito, y abrazó y besó á su hermana, diciéndole:
«Mariquilla, al fin tu dichoso marido nos deja verte... ¡Secuestrador, bandido, _lazzaroni_!... Yo estaba en la cuadra divirtiéndome con una lucha entre dos perros y catorce ratas feroces, cuando me dijeron que se te podía ver. Subí corriendo... Ahí fuera está tu marido que parece una estatua, una figura más del grupo de Himeneo... Hermanita, ya estás bien, ¿no es verdad? Te levantarás pronto y saldrás de aquí.»
Milagros se rompió el codo contra el cuerpo de su hijo sin conseguir poner dique al torrente de indiscreción.
«No sé qué horrible miedo leo en vuestras caras--dijo la enferma, mirando uno por uno á todos los individuos de su familia.--Parece que al mismo tiempo se me quiere decir y se me quiere ocultar algo muy malo.
--Hija de mi alma, estás aún bastante delicada--indicó el Marqués, pasándole la mano por la frente.--Cuando te restablezcas, cuando podamos llevarte con nosotros...
--La pobre se figura lo que no es--dijo Milagros con emoción.--Mejor es que se salgan todos y nos dejen solitas á las dos.
--¡Me engañáis, me engañáis todos!» exclamó María con arrebato.
Y tomando el Crucifijo que bajo la almohada tenía, lo presentó á su familia diciendo:
«Atreveos á engañarme delante de éste.»
Todos callaron. Sólo Gustavo extendió su mano forense y deuteronómica hacia la sagrada imagen, y dijo con voz oratoria:
«Aborrezco la mentira, y creo que en ningún caso puede ser inconveniente ni peligrosa la verdad.»
Milagros le empujó como para echarle fuera. Pero él se acercó más á su hermana, le pasó la mano por las mejillas, y mirándola muy de cerca, prosiguió:
«Veo que te afanas demasiado por lo que poco vale. Tu santidad y tu virtud te ponen en una situación eminente, altísima, desde la cual podrás abrumar con tu desprecio á cuantos te ofendan. Estás mejor, y pronto te llevaremos á casa, á nuestra casa, donde te cuidaremos como nadie, te apreciaremos en lo mucho que vales, y te adoraremos como mereces tú que te adoren... Lejos de afligirte, alégrate y bendice tu libertad... ¡Pobre mártir!»
Tampoco Gustavo era perverso, pero tenía el fanatismo de lo que llamaremos _virtud pública_.
«¡Pobre mártir!»--repitió lúgubremente María, clavando sus ojos en un lugar vacío de la atmósfera, en un punto donde no había objeto ni forma alguna, sino la vaga, indeterminable proyección de un pensamiento. Después de un momento de silencio, su voz, más débil á cada sílaba, murmuró éstas:
«Yo lo soñaba. Soñaba la verdad, y el error me engañaba despierta...»
Saltando bruscamente de su lecho, gritó:
«¿Dónde está mi marido?
--Ahora vendrá, paloma--repuso la madre besándola cariñosamente.--Sosiégate; mira que puedes recaer.
--¿No fuiste tú quien me llenó el corazón de celos?--preguntó la mártir dirigiendo á su madre una mirada de ira.--¿Pues por qué quieres calmarme ahora?... Que venga mi marido, que venga el Padre Paoletti... Que se vayan los demás. Quiero estar sola con los dos.»
Lanzó un grito agudo, llevándose la mano á la frente.
«¿Qué tienes, cielo?
--Me duele la cabeza...--murmuró cerrando los ojos.--Es un dolor que punza, quema y entra hasta el pensamiento... Esa mujer, ¿no la ves, mamá?... esa mujer me ha agujerado la cabeza con un clavo ardiendo.»
Todos se quedaron mudos y espantados.
«¡Socorro!--gritó la Egipciaca ya en completo estado de delirio.--¿No la veis que vuelve hacia mí? ¿No habrá una mano caritativa que la detenga, que la ahogue? Jesús mío, Redentor mío, defiéndeme!»
A estas palabras siguió un silencio de miedo y pena. Sólo el Marqués, imposibilitado de mandar en su garganta, lo turbó con ahogadas toses. Milagros lloraba. Besando á su hija la llamó con tiernas palabras. Pero su hija no respondía. Con los ojos fuertemente cerrados, su torvo silencio parecía el grave callar de la muerte.
Ya iban á llamar al médico, cuando éste vino. Al punto declaró muy crítico el estado de la enferma, se puso furioso, dijo que declinaba toda responsabilidad porque no se habían cumplido sus prescripciones, y amostazado y lleno de aspereza mandó despejar la alcoba. El momento de los remedios heróicos había llegado. La batalla que poco antes parecía ganada, se perdía ya si Dios no lo remediaba. Urgía desplegar toda la fuerza contra aquella traición súbita de la naturaleza, la cual, pasándose al campo de la enfermedad, dejaba á la ciencia sola, inerme y desesperada.
* * * * *
Concluída la disputa con Gustavo, León estuvo solo un mediano rato. Después sintió la necesidad de andar mucho, porque hay situaciones de espíritu que piden marcha rápida, como si un hilo de dolor estuviera devanado en nosotros y necesitáramos irlo soltando en un largo camino. Paseó por el parque durante una hora. Al volver, y cuando entraba en la sala de Himeneo, vió sobre una silla un sombrero negro de teja. Sentadito en el diván que rodeaba el grupo marmóreo, y empequeñecido por su postura de ovillo, estaba el cuerpo minúsculo del Padre Paoletti. De aquel montoncillo negro vió León salir la cara agraciada y los dos ojos que parecían doscientos, como sale el caracol de su concha estirando las antenas. ¡Cosa extraña! En el estado de ánimo de León, la presencia del buen clérigo le pareció consoladora.
«Me han dicho al entrar--manifestó Paoletti muy afligido,--que la señora Doña María se ha agravado repentinamente. Vea usted la inutilidad de nuestras piadosas mentiras. ¿Habrá llegado la hora de la verdad?
--Es posible,» dijo León, indicando al Padre la puerta para que entrara primero.
Ambos llegaron cuando Moreno empezaba á aplicar los remedios heróicos. Paoletti se retiró después á rezar en la capilla, cuyos altares se llenaron de luces. En la alcoba, el médico y el marido asistieron solos, con zozobra y compasión, al desarrollo de aquel drama, cuyos elementos, idea ó fluido, vida orgánica ó esencia misteriosa, se arremolinaban en el cerebro y en los centros nerviosos, precipitando con su tenebroso combate el desenlace que se llama muerte. Se hizo cuanto en lo humano cabía para conjurar el peligro inminente, solicitando el mal desde las extremidades para apartarlo de los centros. Pero ningún agente terapéutico lograba despertar las energías orgánicas que expulsan el mal. Este seguía su marcha invasora, como el atrevido conquistador que ha quemado sus naves. Se apeló á todos los medios, y cada uno de ellos aumentaba la desesperación.
La paciente estuvo todo el día fluctuando entre la postración y el delirio. Los entreactos de sus crisis espasmódicas anunciaban un aplanamiento más peligroso que las crisis mismas. El médico anunció con sepulcral entereza la próxima conclusión de la lucha.
«Lo que resta--dijo,--corresponde al médico del alma.»
Por la tarde, María Egipciaca pareció que despertaba, y sus facultades se mostraron claras. Estaba en posesión de sí misma, en aquel breve período de lucidez que la Naturaleza concede casi siempre á las criaturas, antes de pasar á otro mundo, para que puedan echar la última ojeada sobre el que abandonan.
«Pido...--murmuró María,--que me dejen sola con mi Padre espiritual.»
El marido y el médico salieron. Ni ciencia ni afectos de la tierra hacían falta ya.
XIII
La batalla.
María fijó los ojos en Paoletti con expresión dulce. La ocasión era tan solemne, que el bendito clérigo enano, á pesar de estar muy hecho á emociones y á espectáculos tristes, se enterneció. Dominándose, se acercó al lecho, tomó la mano ardiente y blanca que se le extendía, y dijo así:
«Ya estamos solos, mi querida hija, hermana y amiga á quien profeso dulcísimo afecto; ya estamos solos con nuestras ideas espirituales y nuestro fervor. No reine aquí el miedo; reine la alegría. ¡Conciencia purísima, levántate, no temas, muestra tu esplendor, recréate en tí misma, y así, en vez de temer la hora de tu libertad, la desearás con ansia! ¡Oh triunfo, no te disimules vistiéndote de vencimiento!»
Menos ganosa que otras veces de saborear la miel regalada de aquel panal de misticismo, María Egipciaca pensaba en otra cosa. Con amarga melancolía, murmuró:
«He sido engañada.
--Engañada con piedad--replicó al punto el clérigo.--El estado penosísimo del organismo de usted exigía que se le encubriera la verdad fea. Perdóneme si también yo me presté á esa farsa, que, lo repito, era una farsa caritativa. Comprendí la necesidad de ayudar los planes benéficos de su esposo de usted...
--¡Que me ha tenido y me tiene en la casa de esa mujer!...--exclamó la enferma ahogándose.
--Esto no ha sido culpa suya. No había lugar más á propósito para prestar á usted los auxilios de la ciencia y ponerla en buenas condiciones de higiene. En esto apruebo plenamente su traslación aquí. Una vida en inmediato peligro no podía ser tratada como un saco que se lleva y se trae. Lo de menos para usted es estar aquí.
--Yo lo soñaba, y despierta lo desmentía.»
La laringe de la dama no pudo seguir sin tomar descanso. No es fácil dar idea de la inmensa tristeza de su acento débil, apagado, quejumbroso. Más que acento de mujer amante, parecía el llanto de un niño abandonado, cuando ya se cansa de llamar y pedir.
«Y mi marido y esa mujer--añadió,--se verán á todas horas en cualquier sala de este palacio, para contar entre abrazos y besos... (La laringe se resistió de nuevo. También Paoletti sentía un nudo en su garganta.)... entre abrazos y besos los instantes que me quedan de vida... como yo cuento los Padrenuestros con mi rosario.»
Siguió una pausa. El confesor se esforzaba en desatar su nudo.
«Mi buena amiga en el Señor, esa última idea es una cavilación absurda. Oiga usted de mi boca la pura verdad, la verdad que proclamo como sacerdote de Dios. Al grande espíritu de usted no puede ser nociva la verdad. Esa conciencia fuerte no se turbará por la revelación de las miserias humanas, que en nada la afectan, como no afecta el polvo de la tierra á la blancura y limpieza esplendorosísima de las nubes del cielo. Sépalo usted todo, sin quitar nada á la verdad, pero también sin añadirle nada. El Sr. D. León ama, en efecto, á esa señora; él mismo me lo ha dicho, y como no me lo ha dicho en confesión, puedo y debo declararlo á usted. Pero al mismo tiempo, debo afirmar que esa señora no vive ahora en Suertebella, porque su mismo esposo de usted le mandó salir de aquí. Así lo exigía el decoro, que es en el mundo la fórmula ceremoniosa del pudor. Su desventurado marido de usted es incapaz de toda idea moral; pero tiene, gracias á su cultura, la religión de las apariencias, y sabe ponerse á tiempo esa ropa pintada de virtud que el mundo llama caballerosidad.»
María no contestó nada. Su blanca mano, que no había tenido tiempo de adelgazarse con el mal y conservaba su pastosa finura, jugaba con el fleco de la colcha, entretejiéndolo con sus dedos gordezuelos. No lejos de aquella mano estaba la cabeza minúscula y redonda del italiano, el cual si abatía los ojos dejaba en lóbrega obscuridad su cara; pero si los volvía hacia arriba, llenábala de luces, como un torreón de fuegos artificiales.