La familia de León Roch, Tomo 2
Part 11
--Yo ví--repitió la enferma llevándose las manos á los ojos.--Me pareció que una mujer salía por aquella puerta.
--Duérmete otra vez y no veas ni oigas lo que no existe.
--¿Está el Padre Paoletti?
--¿Cómo ha de estar, hija? Son las doce de la noche. Vendrá mañana.
--¡Oh! Yo quiero que él me explique esto. Él solo me lo puede explicar.»
Después, la dama se durmió, recogidas y puestas blandamente sobre el pecho las manos, con lo cual dicho está que dejó libres los cabellos de su esposo. Este, imposibilitado ya de conciliar el sueño por las batallas de su ánimo, y porque creía sentir aún bullicio de persona viva en la habitación inmediata, levantóse del sofá con toda precaución y silencio, y andando de puntillas salió de la alcoba, Al llegar al aposento próximo, un ruido singular y que con ningún otro puede confundirse, le indicó la precipitada fuga de una falda de seda. Siguió tras ella, pasando de sala en sala; pero la falda huía, como alimaña que se siente cazada y busca en la obscuridad su vivienda. Por último, en la sala llamada _Incroyable_ ó _Increíble_ (de que se hablará luego), la fugitiva, cansada de correr, dió con su cuerpo en un sillón. Allí no había lámpara ni bujías; pero por un ancho tragaluz entraba la claridad del farol encendido toda la noche en el ángulo de uno de los grandes corredores del palacio. Alumbrada tan poco y un sí es no es románticamente, la sala _Increíble_, si no tenía claridad bastante para que en ella se pudiera leer, ó mirar las estampas, ó hacer un detenido estudio de las porcelanas allí colocadas, teníala para que se conocieran las personas y aun se recrearan los rostros, si la ocasión lo exigía, en su contemplación muda.
Pepa Fúcar, pues no era otra la que allí fué como alma en pena, se inclinó sobre sí en el sillón, juntando la frente á las manos cruzadas y casi tocando con éstas á las rodillas. Entre gemidos pronunció estas palabras:
«Ya sé lo que vas á decirme, ya sé... no digas nada.
--Por Dios... tu imprudencia...--murmuró León de pie ante ella.
--No, no volveré más; no lo haré más... Ya sé que no tengo derecho á nada... que mi destino es dolor y abandono... siempre abandonada... Ya sé que no puedo quejarme, que no puedo pedir explicaciones, ni pedir nada, y que hasta el pensamiento amante me está prohibido.»
León se sentó junto á ella. La dama no cesaba en aquel angustioso movimiento de su cabeza y sus manos cruzadas, inclinándose acompasadamente en dirección de las rodillas. Irguiéndose luego como quien se envalentona consigo mismo y domina su corazón pisoteándolo (también hirió el suelo alternativamente con ambos pies), secó sus lágrimas con las manos temblorosas, por no tener serenidad bastante para hacerlo con el pañuelo (y aun se puede asegurar que había perdido el pañuelo), dijo así:
«Estoy de más aquí... Tengo todos los sentimientos, pero me faltan todos los derechos... Soy una mujer sin honor. La esposa podría abofetearme y sería aplaudida... Adiós.»
León le señalaba la salida sin decirle nada. Ella le miró con honda ternura. Rápidamente extendió hacia la cabeza del caballero su mano, á la cual la pasión daba energía formidable, hizo presa en los cabellos, tiró, trajo hacia sí la cabeza, obligando al cuerpo á una violenta inclinación, la puso sobre sus rodillas, enredó por un instante en el cabello sus diez dedos... machacó encima...
«También yo...--dijo, hablando como se habla cuando no se puede hablar.--También yo... despeino.»
León se incorporó, vacilando entre la severidad y el perdón.
«Márchate,--le dijo.
--Sí, adiós...--replicó ella alejándose.--No quiero deshonrarte más... Iré despacio. Mi pecho está oprimido. El llorar y el correr me ahogan... No me acompañes...»
Abrió sigilosamente con llave falsa la puerta del museo pompeyano, la cual estaba en el ángulo de la sala _Increíble_, y desapareció en un recinto obscuro. León salió poco después por donde había entrado, regresando, como buen soldado, á su puesto de combate.
X
Latet anguis.
En la tarde precursora de aquella noche, la de San Salomó (á quien no hemos visto desde que en el salón japonés presenciaba el cuadro interesante de la Marquesa de Tellería asimilándose un sorbete de piña) fué invitada por D. Pedro Fúcar á visitar la estufa, echando al paso una ojeada á los caballos ingleses, poco há traídos de un _harás_ de Londres. _El tratante en blancos_, el noble que traía su abolengo, si no de batallas contra moros, de felicísimas contratas entre fieles cristianos, conocía muy bien la poca estimación que á Pilar inspiraba; y ganoso de conquistar adeptos, no satisfecho de haber rendido á sus pies la Administración y el agio de ambos mundos, abrumó á la Marquesa con obsequios muy delicados. Además de mostrarle con especial diligencia las maravillas de Suertebella, le regaló algunas preciosidades de las que el palacio contenía, con la añadidura de flores vivas en tiestos de lujo, exóticas frutas, y para colmo de galantería le dió también reliquias y objetos piadosos que en la capilla había. Con toda su habilidad cortesana no podía ocultar el prócer pecuniario que la pena le dominaba más cada día, y distrayéndose á menudo, echaba suspiros y se quedaba mirando al suelo, cual si en el suelo, escrita en misteriosos guarismos, como el binomio sobre la tumba del gran Newton, estuviese la fórmula de un negocio que llevase á las arcas fucarinas la tierra toda que habitamos.
La de San Salomó, interpretando mal aquel desasosiego, lo atribuyó al escándalo del día, á la situación equívoca y deshonrosa en que estaba Pepa, á la singular instalación de León Roch y su mujer en Suertebella. Firme en este juicio, Pilar dió al Marqués cuando regresaban al palacio gracias mil por sus obsequios, añadiendo:
«Y tienen más valor sus finezas, Marqués, en los momentos en que se halla tan preocupado y entristecido con estas trapisondas.
--¡Y qué trapisondas!--exclamó D. Pedro, poniendo su alma toda en aquellas palabras.--No lo sabe usted bien, Pilar... Figúrese usted cómo serán ellas para conmover esta montaña.»
Puso la mano en su pecho, indicando que aquella roca cuaternaria tenía también sus escondidos manantiales de sentimiento. Serían las cinco cuando Fúcar se despidió, después de reiterar á los Tellerías el ofrecimiento de la casa. Él iba á Madrid á comer con su hija, y probablemente no volvería á Suertebella hasta el día siguiente. No obstante, si ocurriera alguna novedad, vendría á cualquier hora de la noche. Felizmente María estaba mejor y se pondría buena sin duda. Después de saludar á Gustavo, que á la sazón entró, porque no le permitían venir antes sus tareas parlamentarias y el cuidado de su bufete, tomó las de Villadiego.
Pilar quería marcharse pronto á Madrid, mas la detuvo Gustavo, muy afanoso por decirle no sabemos qué cosas; sólo se puede asegurar que la de San Salomó las oyó con grandísimo anhelo, regalándose mucho con aquel notición estupendo, de riquísimo gusto para su curiosidad y para su malicia. Ambos pasearon un rato por el jardín, y á veces Pilar prorrumpía en risas, diciendo:
«Parece una bufonada y al mismo tiempo un golpe de arriba, un castigo. Es de esos latigazos providenciales que hacen reir, mientras llora el que los recibe... Aquí no cabe lástima ni conmiseración... ¡Oh! ¡Dios mío omnipotente! ¡Qué grande eres y que diligente para acudir á todo! ¡Cómo atajas los pasos de la maldad disponiendo las cosas con arte semejante al de los que hacen las novelas, causándonos una sorpresa que da miedo y un miedo que nos obliga á pensar en tí y á decirte: «Señor, avísanos antes de darnos esos golpes!»
A esta ensalada de profanidad y misticismo siguió otra vez la risa, y después estas dos briosas palabras: «Voy allá.
--¿Tú?... ¿y á qué?
--Quiero ver esas caras--repuso Pilar con el lindo pañuelo en la boca, y se frotó la punta de la lengua, como se pulimenta el filo de la hoja después de envenenarla.--Tomaré un pretexto cualquiera.»
Anochecía cuando Pilar entró en su berlina, mandando al cochero que fuese á Madrid y al palacio de Fúcar. Entró. D. Pedro, su hija, el Marqués de Onésimo y la Condesa de Vera se disponían á sentarse á la mesa. Fúcar invitó á Pilar; pero ella se excusó diciendo que no estaría sino el tiempo preciso para dar las buenas noticias que traía. Besó á Pepa, apretó la mano del Marqués, después se puso á hacer mimos y caricias á Monina.
«¿Qué hay?--dijo D. Pedro.
--Que María está muy bien. Ya es seguro que habrá reconciliación: así me lo ha dicho Milagros. Me alegro mucho: no me gustan los matrimonios mal avenidos... Monísima, ¿no me das un beso?
--No,--replicó decididamente Ramona, apartando su cara y defendiéndola con sus manecitas de los labios de Pilar.
--¡Oh, qué tonta, qué mala!
--No te _quielo_.»
Rechazada en aquel lado, Pilar se volvió á Pepa, y echándole una mirada de compasión, le dijo: «Adiós, querida... sabes que me asocio á tus desgracias.»
Al salir, acompañada por D. Pedro, díjole al oído algunas palabras, que hicieron en el buen millonario el efecto de un tiro, y al despedirse de él junto al coche, la dama terminó su visita con estas palabras:
«He querido prevenirle á usted para que esté con cuidado. Ahora, Marqués, resignación cristiana es lo que hace falta.»
Pepa en tanto, acometida de un estupor doloroso, no sabía qué pensar, ni á qué región de las posibilidades volver su alma llena de presentimientos y atormentada por las conjeturas. Aquel anuncio de reconciliación había penetrado en sus entrañas como una lanza. Sentáronse los cuatro á la mesa. Para Pepa los manjares eran un comistrajo nauseabundo que no podía pasar de los labios. El Marqués no comía tampoco. En medio de su pena horrible, Pepa, que había observado desde el día anterior extraña expresión de pena y contrariedad en el rostro de su padre, notó aquella noche que estaba como fuera de sí. También D. Joaquín Onésimo, poseedor de los secretos de Fúcar, estaba tétrico. ¿Qué ocurriría?
«¡Ah!--dijo Pepa para sí amparándose de una idea triste, que era feliz para ella en aquel momento.--Mi padre habrá tenido algún revés grande en los negocios; estará arruinado... nos quedaremos en la miseria.»
Esta idea, con ser de las más negras, la consoló. La causa de la tristeza paterna no afectaba á los grandes intereses de su corazón. ¿Qué le importaban todo el dinero, todos los bonos, todas las obligaciones bancarias, los empréstitos habidos y por haber? Pepa habría pasado aquella noche junto al papel fiduciario de todo el mundo, hecho una montaña y encendido por los cuatro costados, y no habría concedido á tanta riqueza perdida ni el favor de una simple mirada.
Después de comer, y habiéndose retirado los amigos, D. Pedro y ella se encontraron solos en la alcoba donde dormía Monina, á punto que aquel ángel, despojado de sus vestiduras que arrugó el juego, disponíase á entrar en el rosado paraíso de su sueño inocente. El Marqués tomó en brazos á su nieta, y estrechándola con más cariño que de costumbre, y siempre lo hacía con cariño, pronunció estas palabras:
«¡Pobre paloma de mi casa! no, no caerás en las garras del cernícalo horrible.
--¿Qué tienes, papá, qué tienes?--preguntó Pepa, uniendo su abrazo vigoroso al tierno enlace con que los brazos de Monina rodeaban el cuello de toro del Marqués de Fúcar.
--Nada, hija mía, nada... No te asustes, no pierdas tu tranquilidad y confía en mí, que yo lo arreglaré todo.
--¿Pero no me explicas...?
--Todavía no.
--¿Has tenido algún quebranto en tus negocios?
--No, pichona, no--repuso Fúcar rechazando con cierta indignación aquella conjetura que menoscababa su dignidad de arbitrista.--He ganado diez millones en el último empréstito. Desecha, pues, esa idea lúgubre.
--Entonces...
--Nada... no te aflijas. Duerme tranquila y déjame á mí que lo arregle todo.
--¿Pero te vas?--dijo Pepa con desconsuelo, viendo que D. Pedro se desataba de tan cariñosos brazos.
--Sí: tengo que hacer. Me esperan en el Ministerio de Hacienda. A este pobre país desventurado no le basta con el empréstito que se ha hecho, y necesita hacer otro.
--Me dejas llena de inquietud... ¿Qué te dijo Pilar?
--¿A mí? nada--repuso el Marqués con un poco de turbación.--Nada más que lo que oíste.
--Te habló al oído.
--No... no recuerdo. ¡Ah, sí! que parece segura la reconciliación de nuestro amigo con la pobre María: no me dijo más. Yo me alegro, porque es impropio de dos personas honradas, un marido bueno y una mujer buena, desavenirse por una misa de más ó de menos, Esto es completamente tonto... Adiós, queridita.
--¡Reconciliarse!» exclamó Pepa, los ojos llenos de fuego.
El Marqués, que no la miraba en aquel momento, dió algunos pasos hacia la puerta.
«Felicitémonos de que el bueno se reconcilie con el bueno--murmuró al salir.--Pero no tengamos paz ni perdón para el malo. Que lo perdone Dios.»
Pepa iba á decir algo; pero este algo debía ser de naturaleza tan escabrosa, que no dijo nada. Quedóse largo rato sin moverse de aquel sitio. Después anduvo de una parte á otra de la pieza, llamó á su doncella, dió órdenes, las denegó luego, reprendió al aya, corrió por distintas partes de la casa sin saber á dónde iba. Cuando la niña se durmió, encerróse la madre en su habitación para meditar. Indudablemente un misterio la rodeaba y envolvía como las invisibles influencias eléctricas. Pero así como todo humano sér á quien un dolor atormenta, gusta de asimilar las no comprendidas penas de los extraños á la suya propia, la dama creía ver en la desazón moral de su padre una variante del mal agudísimo que ella sentía, ó pensaba que los males de ambos provenían de una sola causa. La grandeza de su cuita le impedía ver otra alguna; no imaginaba que criatura nacida pudiera afligirse por cosa distinta de aquella reconciliación tan temida y con tal impertinencia anunciada.
El razonamiento de que pueda ser mentira lo que muy vivamente nos hiere, no basta á desclavarnos el dardo: por el contrario, los silogismos son la peor clase de pinzas que se conoce, y cuando se meten á arrancar lo que tan sólo es una púa, parece que la centuplican. Pepa, dándose á creer que las palabras de Pilar serían falsas, se atormentaba más. La tal reconciliación la hería, como si corrieran sobre su pecho los múltiples dientes de una sierra.
Era muy tarde, y el Marqués de Fúcar no vendría en toda la noche, porque desde el Ministerio se iría á cultivar amistades de cierta clase que en la Villa tenía. Era hombre tan benéfico y tan protector del género humano, que sostenía tres casas en Madrid además de la suya.
Concebida la idea, Pepa no vaciló en ponerla en ejecución. Fué á Suertebella, entró en el palacio por la puerta del museo pompeyano, de éste pasó á la sala _Increíble_, y de allí no había más que seguir habitaciones hasta llegar á donde quería ir. Llegó, vió... En lo demás de este lance hay una parte conocida sobre la cual no es preciso insistir; pero hay otra que conocerá todo el que tenga paciencia para seguir leyendo.
XI
Excesos del apostolado.
En la mañana del miércoles León salió temprano á dar una vuelta por el jardín. Al regreso estaba solo en la sala del Himeneo, cuando entró Gustavo. Venía con semblante enmascarado de severidad, la vista alta, el ademán forense, entendiéndose por esto una singular hinchazón y tiesura debidas sin duda al hervor de todas las leyes divinas y humanas dentro del cuerpo, de modo que el individuo reventaría si no tuviera el cráter de la boca, por donde todas aquellas materias flogísticas salen en tropel mezcladas con la lava de la indignación. Su cuñado comprendió al punto que venía de malas.
«Estaba esperando con mucha impaciencia que fuera de día para hablar contigo,--dijo Gustavo con sequedad que anunciaba mucho enojo.
--Cuando se tiene tanta impaciencia--replicó León con más sequedad aún,--se enciende una luz y se habla de noche.
--¿De noche?... no: temía distraerte de ocupaciones gratas,--dijo el orador con ironía.
--Pues habla de una vez y con brevedad. Olvídate de que eres orador y de que vives constantemente entre mujeres que charlan demasiado.
--Siento molestarte, pero te comunico que voy á ser largo.
--En ese caso--dijo León con tétrico humorismo,--ya que predicas, comienza predicándome la paciencia.
--Tú la tienes para tus obras criminales--replicó Sudre exaltándose.--Lo que yo podría predicarte ahora es la resignación, si fueras capaz de ella.
--Resignación... ¿pues no te oigo?--dijo Roch, que había llegado á una situación de ánimo en que le era imposible, sin reventar, hacer un misterio de la antipatía que toda aquella bendita familia suya le inspiraba.
--Mucha has de necesitar, pues esa calma de escéptico, que es mortaja de tu espíritu sin vida, no te servirá para oir lo que voy á decirte... Ya sabes que soy enemigo del duelo. Es contrario á todas las leyes divinas y humanas.
--Yo tampoco lo defiendo; pero creeré que el duelo es bueno si esas leyes divinas y humanas de que me hablas son las tuyas.
--Las mías son, y al mismo tiempo las únicas. Aborrezco el duelo porque es absurdo, porque es pecado; pero...
--Pero en estas circunstancias--dijo el otro interrumpiéndole,--te decides á condenarte por tener el gusto de batirte conmigo y matarme.
--Eso no sería un gusto. Soy cristiano.
--Acaba--dijo León exaltado.--¿A qué vienes? ¿A desafiarme?... El duelo es un absurdo que se acepta; un asesinato fiado al acaso y á la destreza, que á veces se nos impone con fuerza invencible. Yo acepto ese asesinato contigo... cuando quieras, ahora, mañana, en la forma que gustes...
--No: no has comprendido mi idea--indicó Gustavo dando vueltas al tema como abogado que quiere alargar un pleito.--Decía que aunque no soy partidario del duelo, ésta sería una ocasión buena para sobreponerme á mis escrúpulos religiosos y coger una pistola ó un sable...
--Pues cógelos...
--No. Tú has hecho el mal suficiente para que un hombre como yo atropelle todos los respetos, las leyes divinas y humanas, y fíe á un arma el cumplimiento de una sentencia. Pero...
--Pero...--dijo el otro remedando la torcida argumentación de su hermano político.--Habla claro; habla y piensa derecho, como yo, y dí «te odio...»
--Mis ideas no me permiten decir «te odio,» sino «te compadezco;» no me permiten decir «te mato,» sino «te matará Dios.»
--Pues no me hables entonces con tus ideas; háblame con las ajenas, con las mías.
--Si te hablara con las tuyas me pondría en oposición con las leyes divinas y humanas. Voy á concluir. No se trata de duelo, aunque la ocasión parece reclamarlo, y aunque todas las ventajas estarían de mi parte. Primera ventaja: que tengo razón y tú no; que eres tú el criminal y yo el juez; que lógicamente soy el vencedor y tú el vencido. Segunda ventaja: que yo manejo todas las armas, porque me he ejercitado en el tiro y en la esgrima por higiene, mientras que tú, dedicado á la alta física y á la geología, no sabes manejar ninguna. De modo que en el terreno de la fuerza también me conceptúo vencedor. Sin embargo de esto, asómbrate...
--¡Me perdonas!--exclamó León reconcentrando la furia para dar paso á la ironía.--Gracias, elefante cargado de leyes divinas y humanas.
--No te perdono--dijo el letrado, dando á su hermosa voz oratoria toda la expresión patética de que era susceptible:--es que renuncio á las ventajas que tengo sobre tí, renuncio á imponerte castigo por mi mano, y te entrego al brazo justiciero de Dios, que ya está levantado sobre tí.
--Gracias--repitió León, mezclando en un acento la ironía y la furia,--gracias, alguacil de Dios. Supongo que á tu familiaridad con Dios, de quien eres apóstol, deberás el conocimiento de sus altos secretos y el saber de cosas de justicia divina.
--La intención divina se conoce por los sucesos del mundo, cuya ordenada disposición es á veces tan clara, que sólo un idiota dejaría de ver en ella un movimiento amenazador de aquel brazo terrible que antes nombré. No me tengo por profeta ni por inspirado. Para conocer tu horrible castigo me ha bastado saber alguna cosa que tú ignoras. Por eso renuncio al duelo; por eso remito tu castigo á quien lo ejecutará mejor que yo. Y así te digo: «vas á morir.»
--¡Morir yo!--exclamó León, que, aun despreciando á su acusador, no podía oirle sin cierto espanto.
--Si, tú. Morirás de rabia.
--Lo creo, sí--dijo León, trayendo á su mente en espantosa serie á todos los individuos de su familia política.--Se muere también de un empacho de parientes; y cuando el hombre que persigue con todas las fuerzas de su alma la familia ideal y sus puros y honrados goces, no encuentra más que un potro donde diversos sayones le dan martirio, es fácil que reviente y se acabe; que si hay hierbas venenosas, también hay familias mortíferas.
--Morirás de empacho--repuso Gustavo con crueldad.--Lo sé, lo he visto, lo tengo escrito en mi bufete en papel sellado, y cada letra de aquéllas es una gota de la mortal ponzoña que ha de destruirte.
--No te entiendo--dijo León, tocado al fin de curiosidad.--¿Y qué? ¿algún pleito? ¿Si creerás tú que á mí se me mata con un pleito? ¡Pobres juristas! Pasáis la vida envenenando al género humano con mil enredos, y creéis que yo morderé hoy el cebo de vuestros sofismas... No quiero saber qué intriga es la que estás urdiendo contra mí.
--Yo no urdo intrigas... aquí no hay intriga... no hay más que justicia, y aun de esa justicia no soy yo impulsor, sino instrumento. En otras circunstancias nada habría intentado contra tí; yo te creía honrado; pero después de tu comportamiento con mi pobre hermana, agravado con hechos deshonrosos, que hace poco he conocido...
--¿Cuándo?--preguntó León, y su pregunta estallaba como el trueno.
--¿No lo sabes?
--No. ¿Qué hechos deshonrosos son esos?
--¡Y lo pregunta el hipócrita!... ¡Aquí!
--¿Aquí... qué?
--Disimulas; pero tu semblante lívido declara tu culpa, y ante la conciencia sublevada, hasta el cartón de tu máscara escéptica palidece. Hace poco te has revelado á mí en toda la desnudez repugnante de tu sér moral, cuya depravación raya en lo absurdo.
--Explícate, ó te...»
Las manos de León se oprimían como queriendo ahogar algo.
«Pues qué, ¿son un misterio para nadie tus relaciones criminales con la dueña de esta casa, faltando así al amor de la mujer más santa, más pura, más angelical que Dios ha puesto en el mundo? Con todo, tu conducta hasta aquí, con ser tan contraria á todas las leyes divinas y humanas, no había llegado á la impudencia. Si eras criminal, no habías descendido á ese último escalón de la perversidad en que el hombre se confunde con el demonio.
--Muéstrame ese escalón bajo en que me confundo con tus amigos,--dijo León dando otra vez á su furor el tono de humorismo, de ese humorismo que amarga, embriaga y al mismo tiempo hace reir, como el ajenjo.
--¿A qué quieres que te diga lo que sabes? Pero hay malvados que gustan de que se les ponga un espejo delante de su conciencia para recrearse en la fealdad de ella, como los sapos que se miran en los charcos.
--Basta ya de viles rodeos y figuras hipócritas. Habla claro, refiere, explica, dí las cosas con sus nombres, abogado, orador de Parlamento, ergotista sin fin, enredador de leyes divinas con miserias humanas.
--Pues bien: oye lo que has hecho. Después de traer á mi pobre hermana al deplorable estado en que se halla, cualquier hombre, por malo que se le suponga, respetaría, si no la inocencia, al menos la enfermedad. En todo moribundo hay algo de ángel. Tú ni esto has respetado, y mientras la santa víctima reposa en su lecho, tranquilizada quizás por tus mentiras y creyéndote menos malo de lo que eres, tú recibes en la sala _Increíble_ á tu querida. A la una engañas, á la otra enamoras; á la una matas lentamente, á la otra das las caricias robadas al matrimonio. Comprendo estos dos crímenes, León: comprendo el uno, comprendo el otro; lo que no comprendo, porque excede á la ruindad humana, es que los dos se cometan bajo el mismo techo. Son demasiadas infamias para una sola ocasión y un solo sitio.»