La familia de León Roch, Tomo 2

Part 10

Chapter 103,948 wordsPublic domain

La sala de Himeneo, llamada así porque en el centro de ella había un grupo representando la idea del matrimonio en un abrazo de mármol, estaba próxima á la habitación que llamaremos de María Egipciaca; pero no junto á ella. Una mesa fué traída al punto. León y el Padre Paoletti almorzaban.

«_Consommé_--dijo León, sirviendo á su comensal una buena porción de rico caldo.--Esto le conviene á usted.

--Estoy pensando, querido señor--dijo Paoletti, después que con las primeras cucharadas puso remedio á la gran debilidad que sentía,--que en toda mi vida, que no es corta ni carece de lances extraños, he visto un cuadro como el que en este momento presenciamos los dos.

--¿Cuál es el cuadro?

--Nosotros... usted y yo comiendo juntos. Ningún suceso es obra del acaso. Sabe Dios á qué plan divino obedecerá esta peregrinísima reunión nuestra. ¿Qué grandes mudanzas en los órdenes más altos no trae á veces el encuentro, al parecer fortuito, de dos personas? Reflexione usted, querido señor: á veces una meditación breve, una observación pasajera, dan al alma claridad vivísima, y entonces... No, no, gracias: no me dé usted cosas picantes ni nada de estas fruslerías de la cocina moderna... ¿Ha meditado usted?

--¿Quiere usted vino?--dijo León, poco inclinado á seguir al Padre por el campo de sus observaciones.

--No lo pruebo jamás. Deme usted agua pura, y Dios le pague su amabilidad... Cualquier tonto que juntos nos viera me criticaría á mí ó le criticaría á usted... «Miren el Padrazo haciéndose mieles con el liberal,» dirían, ó «Miren al incrédulo partiendo un confite con el clerizonte...» sin comprender que, aunque coman juntos un poco de pan y carne, la verdad no transige nunca con el error, ni el error perdona jamás á su enemiga la verdad... ¿Fresa? jamás la pruebo... porque la vergüenza del error es la verdad, por lo cual huye de ella, se esconde y se ciega con imaginaciones suyas, ó bien se tapa los oídos con el bulliciosísimo estruendo del mundo... ¿Pero no come usted?

--No tengo apetito.»

Paoletti almorzaba poco. León casi nada. Clavando en éste sus ojos llenos de expresión, el italiano le dijo con patético acento:

«Sr. D. León, la persona que conozco en todo el mundo más digna de lástima es usted... Nuestra pobre Doña María no es digna de lástima, no, sino de admiración. Muerta, entrará en la región de los bienaventurados, ornada de diversas coronas, entre ellas la del martirio; viva, será ejemplo de mujeres superiores. Es un delicado lirio que en sí reúne la hermosura, la pureza y el aroma.

--Era, sí, un delicado lirio--dijo León pálido y con nervioso temblor en su lengua, en sus ojos, en sus facciones todas,--un lirio que convidaba con su pureza y su aroma al amor cristiano, á los honestos goces de la vida...

--Pero juntóse al cardo...

--No... Vino el hipopótamo y lo tronchó con su horrible planta.»

Los ojos del Padre se multiplicaron.

«Es un tesoro de las más altas prendas.

--Era un tesoro de las más altas prendas--afirmó León haciendo un nudo en la servilleta y apretándolo fuertemente,--mezcladas con pasiones toscas, una naturaleza al mismo tiempo contemplativa y sensual.

--Vino la mano depuradora y apartó la escoria...

--Vino la helada mano, y arrojando fuera los diamantes, no dejó más que la pedrería falsa.

--¿Por qué se descuidó el joyero?

--Cuando los ladrones no entran por la puerta, sino por mina subterránea, el joyero no tiene noticia de ellos hasta que no le falta la joya. Me quitaron el amor, la generosidad, la confianza; no me dejaron más que el deber frío, la corrección moral en lo externo. Era una fuente cristalina; secaron el manantial, se estancó el agua, y cuando fuí á beber no hallé más que el sedimento impuro. Corriendo, corriendo siempre, aquella agua, que amargaba un poco, se habría dulcificado; pero no la dejaron correr, la encerraron en un charco...

--Dulce y por extremo rica era y es aquella agua, querido señor--dijo Paoletti con expresión seráfica;--agua mística, agua suavísima, regaladísima, que es la esencia del alma misma, el amor divino. Cuando esta agua corre en el mundo, justo es que Dios se la beba y arroje el vaso.

--Es lo que me han dejado, el vaso.

--El vaso de oro, que es lo que apetece la concupiscencia del joyero sin fe. El desgraciado esclavo de la materia para nada necesita del agua riquísima. Su sed no se aplaca con amores del agua: su sed no es más que una forma de avaricia, y se sacia con la posesión del oro del vaso, con la hermosura corporal.

--Para el que no conoce el amor sino por el pecado, para el que no siente el amor, sino que solamente lo oye, recibiendo aquí (y señaló la oreja) los secretos de los que aman, la vida del corazón es un misterio incomprensible. El no ve más que deberes cumplidos ó faltas cometidas. Esto es mucho, pero no es todo. El que no ha bebido jamás, sólo concibe el gusto insípido del misticismo ó el amargor del pecado.

--El que no ha bebido jamás, y sin embargo no está sediento, puede por la preciosa facultad de asimilación, que es uno de los más hermosos dones de nuestra alma, penetrarse bien de todas las suertes del verdadero amor, desde el más noble al más impuro. El que todo lo sabe, todo lo siente... ¡Oh! usted que así nos vitupera, habría podido tener amigos en los que cree enemigos, y leales pacificadores de su matrimonio en los que cree perturbadores de él.

--Rechazo, detesto esa colaboración.

--¿Con qué derecho acusa el que por sí ha roto todos los lazos? Sólo la circunstancia de considerarse fuera de la Iglesia, quita á ciertos hombres el derecho á quejarse de los inconvenientes de un lazo que es por sí religioso. «Yo no quiero religión, dicen, yo la abomino, yo la echo de mí; no permito á la Fe que se defienda de mis ataques, ni que reclame lo suyo.»

--Lo que no quiero que reclame es lo mío, lo humano.

--Lo humano es una cómoda puertecilla para que mi hombre se escape á la infidelidad, al adulterio, dejando á la pobre mártir sola y sin amparo.

--Lo divino pone á la pobre mártir bajo el amparo de los bebedores de agua espiritual.

--¡Qué sería de ella si así no fuese!... ¡Pobre alma destinada á pudrirse al contacto de un alma corrompida!

--No de corromperla, sino de salvarla traté yo con la persuasión, con el cariño casi siempre, á veces con la autoridad, hasta con la tiranía...

--¡Lo confiesa!... ¡confiesa su despotismo!

--Este no llegó á donde podría haber llegado en manos comunes. Algunos apalean, yo solamente prohibí... Mis prohibiciones eran á cada instante violadas... Imposible persistir en ellas sin llegar á un extremo horrible.

--Y la paloma se escapaba de las garras del cernícalo,--dijo prontamente y con cierta ironía meliflua Paoletti.

--Sí: para caer en las del vampiro que me chupaba la savia de mi vida... Yo enseñaba á mi tesoro á creer en mí, y fuera le enseñaban á aborrecerme... Nunca combatí sus creencias ni me opuse á que tuviera un confesor discreto; pero sus amistades espirituales me repugnaban. Mi enemigo no era un hombre, sino un ejército que, llamándose celestial, se hacía formidable, teniendo por colaboradores á los santos y á los tísicos que se creían santos. Yo traté de luchar en las tinieblas; pero en las tinieblas me despedazaban. Un acto hipócrita como el que á muchos débiles ha salvado, me habría salvado tal vez á mí. Ella, la pobre ilusa vendida al misticismo por la promesa de goces celestiales, me traía condiciones de paz. ¡Cosa fácil, según ella! «Humilla tu incredulidad loca; ven á nuestro campo,» me decía. ¡Eso quisieran! No compraré la paz de mi casa con la impostura, ni encadenaré con fe mentirosa un corazón que se me escapa. No añadiré con mi persona una figura al escuadrón de hipócritas que forma la parte más visible de la sociedad contemporánea... Pasa el tiempo, sigue la lucha. Mi entereza exaspera á los maestros espirituales de mi mujer, ministros de la intrusión y del abuso religioso. Pero ¿qué me importa? Prefiero ser infame á sus ojos á serlo á los míos.

--El que teme miradas que no son las de Dios, no debe hablar de estas cosas.

--Si no se le permite hablar, ¿qué se le permite? Es un desgraciado á quien se le viene encima una montaña. ¿Ni siquiera se le consiente gemir cuando es aplastado?

--Alce las manos si puede y contenga el peñasco.

--No puede, no puede; pesa como los siglos y está formado de los huesos de cien generaciones.

--¡Pobre insecto!... Aseguro á usted que nada me inspira tanta lástima como un filósofo... Por mi parte quisiera que me expresase usted con toda franqueza los sentimientos que le inspiro...

--¿Con toda franqueza?

--Con toda franqueza, sin omitir palabra dura.

--Cuando viene el turbión y me azota y me derriba, ¿qué he de pensar de aquella fuerza enorme? ¿Puedo detenerla, puedo castigarla, puedo ni siquiera injuriarla? ¿Qué decir contra ella, ni cómo defenderme, si con ser tan formidable, no es más que aire?

--Querido señor--dijo Paoletti cruzándose las manos compungidamente sobre el pecho,--este humilde clérigo ultrajado le compadece á usted y le perdona.»

En seguida oyéronse los pasos largos y duros del clérigo, que golpeando el suelo con sus pies de plomo, dirigíase á la estancia de la enferma.

VIII

Sorbete, jamón, cigarros, pajarete.

La noticia de la mejoría, volando de aposento en aposento y llegando hasta el picadero, donde estaba Polito; hasta la estufa, donde los Marqueses de Tellería y de Onésimo examinaban las piñas exóticas, haciendo discretísimas apreciaciones sobre los progresos de la aclimatación (de lo cual debía resultar con el tiempo, según D. Joaquín, un gran aumento en la materia imponible); llegando también hasta la pajarera, donde estaba Milagros encantada con el piar de las aves pequeñas, que era un recreo muy de su gusto, esparció el júbilo por todas partes. Además de los Tellerías, mucha y diversa gente acudió á enterarse, y algunos aceptaban los aparatosos obsequios de Fúcar. Los más cumplían dejando tarjeta; las amigas íntimas quedábanse un rato para consolar á Milagros, que después de dar una vuelta por el jardín, había entrado bastante tarde y daba descanso á su fatigada persona en un sofá de la sala japonesa. Entre ídolos y jarros de color de chocolate, exhalaba sus quejas y suspiros.

«Ahora no se opondrá ese troglodita á que yo vea á mi hija... Pst.»

Un lacayo que pasaba con servicio de copas y licores, se detuvo al llamamiento.

«Tráigame usted un helado.

--¿De qué lo quiere la señora?

--De piña, si hay; si no, de plátano... Pilar ¿no tomas nada?

--¡Si acabo de tomar dulce de coco, _plum pund-ding_, Jerez y no sé qué más! Ese bendito Marqués de los adoquines quiere vengarse de mis burlas matándome de empacho. Se empeña en que me quede á comer aquí, en que pasee en sus caballos y en sus coches, en que me lleve todas las rosas... Si ya sabemos, señor tratante en blancos, que tiene usted buen cocinero, buenos caballos, un gran jardinero, y muchos muñecos del baratillo. El cocinero vale poco. Es un marmitoncillo que estaba en París en los _Trois frères provenceaux_... Francamente, me carga lo que no es decible este palacio de similor, tan semejante á una prendería... Parece una gran librea recargada de galones... Pero, querida Milagros, ¿sabe usted que estamos aquí haciendo un papel lucido? ¿Entramos en la alcoba de María? ¿Habrá reconciliación por ahora?»

Los ojos de la Marquesa se iluminaron como la luz de los faros giratorios cuando les llega el momento de crecer. Después se apagaron los ojos mientras los labios decían:

«¡Reconciliación! ¡Oh! ¡Desgraciadamente no la habrá!

--¿Y Pepa, dónde está?

--En Madrid.

--Sería una desfachatez que se presentase en Suertebella. Todavía no me explico por qué está aquí María.

--Mi pobre hija fué acometida de un violento ataque. Hallábase en un caserón sin muebles, sin camas, sin recursos. El Marqués de Fúcar la hizo trasladar aquí. ¡Cuánto le agradecemos su bondad!... Pero mi bendito yerno... No puedo contenerme: voy á decirle cuatro verdades... ¡Ah! el sorbete.»

Habíase levantado la dama con ciertos ademanes de femenil fiereza; pero se sosegó volviendo á su primer asiento entre ídolos y jarrones para embaular el sorbetillo en las profundidades inconsolables de su sér afligido. Polito había vuelto al billar, donde jugaba á carambolas con su amigo Perico Nules.

«¡Eh!... _Philidor_...--gritó de improviso, mascullando el tarugo de aspirar brea.--Haga usted el favor de mandar que me traigan un poco de jamón en dulce y una copa...

--¿De Jerez?»

Vaciló, rascándose la barba rala.

«No... que me irrita... De _Chateau-Iquem_. Si yo pudiera dejar la maldita brea; pero no, no puedo dejarla, porque me ahogo... ¡Eh! un momento, _mon cher Philidor_... A éste tráigale usted también jamón en dulce ó lengua escarlata y pajarete.»

Cuando se quedaron solos, Polito se llevó los dedos á la boca, y dijo á su amigo: «_¿Smoking?_...

--¿Fumar? Pues fumemos,--dijo el otro sacando su petaca.

--Hombre, no... Mira, allí está la caja... Toda la Vuelta Abajo la tenemos en casa.»

Bastoneando con los tacos, fueron derechos á una caja de tabacos que con su incitante olor revelaba el aristocrático abolengo de los vegueros que entre sus tablas de cedro tenía.

«¡Buenos cigarros, buenos!

--Mira, chico, aquí viene bien aquello de «lo que es de España...» Hagamos provisiones.

--Hombre, es demasiado,--dijo Perico Nules, algo escandalizado de aquella incautación.

--No seamos _panolis_... Digamos como Raoul: _chascun per se_...»

Cantando á Meyerbeer, cada nota disminuía de un modo deplorable la riqueza tabaquina del Marqués de Fúcar.

«Verdaderamente, ¿qué es esto que vemos, que tocamos, que fumamos?--dijo Nules, encendiendo una cerilla.--¿Qué recinto es éste, espléndido y rico? Este salón lujoso ¿qué es? Los ricos alicatados árabes de esta sala, el caballo en que has paseado esta tarde, las piñas de la estufa; los cuadros, las flores, los tapices, los vasos, ¿qué son? Pues son el jugo, la savia, la esencia de nuestro país, de nuestra amada patria... ¿tú te enteras? y como las cosas sacadas de su centro natural por malos caminos tienen que volver á su natural centro, temprano ó tarde, bien así como los seres orgánicos se asimilan por el alimento aquello mismo que pierden por el uso de la vida, resulta que...»

Trajeron el jamón, y la presencia del lacayo obligóles á guardar silencio.

«Y como nosotros somos el país ó parte del país...--dijo Leopoldo.

--El país recobra lo que le pertenece,» añadió Nules arremetiendo al plato.

Aquel humorístico joven era el mismo que había hecho, según crónicas fidedignas, la interpretación profana y maliciosa de las pinturas y letreros de la capilla.

«La riqueza, querido Polo--dijo escanciando el pajarete,--es un círculo, ¿te enteras bien? es un círculo... sale y vuelve al punto de partida... El Estado saca á mi padre por contribución la mitad de sus rentas de Jerez; Fúcar le saca al Tesoro, en el feliz instante de un empréstito, la contribución de seis meses, y yo me bebo el vino de Fúcar y le fumo sus cigarros, con lo cual satisfago una necesidad que mi padre no pudo satisfacerme por causa de aquella maldita contribución. ¿Tú te enteras de este círculo infinito?... Todavía quedan algunos cigarros en la caja. Esos se los fumarán los criados.

--No lo consiento, _¡pietoso ciel!_--dijo Leopoldo.--No faltaba más... _in tal periglio stremo_...

--¡Oh! ¡feliz encuentro!--exclamó Nules mirando al parque por la ventana.--Ahí están las de Villa-Bojío, madre y cándidas hijas.»

Leopoldo se asomó para ver á las damas que del landó bajaban junto á la escalinata, y su corazón se movió en pecho con trabajoso palpitar, así como la pepita de una avellana medio seca que tiembla en las ramas agitadas por el temporal.

«Convidémoslas á dar un paseo en coche,--dijo Nules.

--Sí, que enganchen. _¡Attelez!_... _Philidor_...--gritó Leopoldo.--Pero vamos á recibirlas.

--Las llevaremos á dar un paseo á Leganés.

--No hay nada que ver.

--Hombre, los locos.»

IX

También yo despeino.

Los progresos en la mejoría de la pobre santa y mártir siguieron por la tarde; pero al anochecer cesaron. Sintió María dolor de cabeza, vértigos, y se amparó de ella la tristeza. Paoletti la había acompañado gran parte del día, hablando muy poco y de cosas sin substancia. León pasaba largos ratos á su lado.

«Oye--le dijo María.--No sé si es cosa de mi imaginación, algo extraviada por la fiebre, ó engaño de mis sentidos; pero ello es que siento...

--¿Qué?

--Como si por ahí, no sé por dónde, anduviera mucha gente... Creo oir como tropel de criados y ruido de platos, y hasta me parece que siento olores de comida que me repugnan.»

León quiso arrancarle aquellas ideas, mas no lo consiguió. Sólo se quedó tranquila cuando Paoletti, que era para ella la verdad misma, le dijo: «Mi buena amiga, esos ruidos y esos olores, quizá sean pura aprensión.»

Esta vez no cantó el gallo.

«Deseo rezar--dijo María.--Pero no te vayas, León, no te vayas. Supongo que viéndome enferma no te reirás interiormente de mí porque rece. Quiero que me oigas y que te estés callado oyéndome, porque esa es tu obligación. El que no cree, oye y calla... Pero no: no te separes, no...

--¡Si estoy aquí!

--Siéntate, y no mires al suelo, sino á mí. Mi Padre y yo rezaremos, y tú... ahí, ahí quieto. Cada palabra nuestra será un latigazo... pero tú quieto ahí, sin moverte, mirándome... aquí... de modo que yo te vea bien...»

Y sujetándole la mano, echábale miradas amorosas.

«No debes rezar--le dijo León.--Nuestro amigo el Sr. Paoletti rezará... pon atención y no te fatigues.

--Bueno--dijo María, tomando de debajo de la almohada una medalla que le había traído Rafaela.--Ahora, hazme el favor de besar esa medalla.»

León la besó, no una, sino muchas veces. María la besó luego, diciendo: «¡Madre mía, salva á mi ateo, y si él no quiere salvarse, sálvame á mi, y mientras viva consérvamele fiel!»

Sin quererlo, se pintó á si misma en esta breve plegaria. La síntesis de su pensamiento era: «que yo me salve, aunque para salvarme tenga que hacer pedazos la ley fundamental del matrimonio, y que mientras yo abandono lo humano para aspirar con ferviente anhelo á lo divino, mi marido, este hombre que la Iglesia me dió para mi regalo, me quiera mucho, muchísimo, guardándose muy bien de mirar á otra.» En una palabra: para ella, como poseedora de la verdad, grandes libertades; para él, como esclavo del error, todos los deberes.

La habitación se obscurecía lentamente, llenándose de tristeza fúnebre, en la cual no tenía poca parte el rezo cadencioso del diminuto clérigo. ¡Cosa por demás extraña! Aquella voz tan armoniosa y dulce en la conversación corriente, tornábase un tanto áspera en la plañidera rutina de los Paternoster y Avemarías. Rafaela trajo luz á punto que se acababa el rezo, y con esto, y con la transición del sonsonete al tono agradable del diálogo, se creería pasar de una región sepulcral á una esfera de vida. Paoletti, después de charlar jovialmente con su ilustre hija espiritual, se despidió hasta el siguiente día. Cuando León, atento á las conveniencias, le acompañaba hasta la sala del Himeneo, el clérigo le dijo con acritud: «Quiera Dios, asegurándole la salud, que me sea permitido pronto mostrarle la pura verdad. Esta comedia comienza á dejar de ser caritativa.»

León vió al sacerdote bajar con precaución la escalinata y meterse en el coche; y cuando éste rodaba por la fina arena del parque, se internó de nuevo en el palacio, diciendo para si: «¡La verdad! ¡la verdad! ¡Que la sepa y que viva! ese es mi deseo.»

En el salón de tapices, llamado así porque contenía en sus paredes hermosa colección de aquellas obras de arte, cuyas gastadas tintas y pálidas figuras parecían representar una procesión de tísicos, había placentera tertulia. León no quiso asomar por allí y volvió al lado de su mujer. Nada ocurrió en la primera noche digno de ser referido, sino que el médico, no seguro aún del buen resultado, recomendó con más energía el reposo, y puso veto á los rezos y ejercicios místicos. Serían las diez cuando María, después de dormir un poco con fácil sueño, se mostró inquieta, inclinada á hablar más de la cuenta. León, obedeciendo á su mandato, había colocado un sofá junto á la cama, y en él trataba de descansar también. Pero María le hacía mil preguntas, hablándole de sí misma, de él y de los demás. Entonces oyó León repeticiones de las impertinentes homilías caseras que tanto le mortificaban en épocas anteriores: se oyó llamar ateo, empedernido materialista, enemigo de Dios, hombre lleno de orgullo y de pecado, si bien estas duras acusaciones eran suavizadas en el orden material por la hermosa mano de María acariciando la barba del heterodoxo, dándole golpecitos á ratos, ó cogiendo entre sus finos dedos la piel del cuello con tanta fuerza á veces, que se oía la voz del marido:

«¡Oh! Que me haces daño.

--Más mereces tú... Pero mucho te será perdonado si cumples tus deberes conmigo.»

A esto sucedía larga pausa en que los dos parecían dormitar, y de pronto María despertaba sobresaltada y decía:

--Vamos á ver, marido, ¿cuál de nosotros dos vale más?

--Evidentemente tú, eso no puede dudarse.

--Ayúdame á hacer memoria... ¿Es cierto que yo te dije que no te quería y que tú me dijiste también lo mismo?»

León se quedó perplejo, sin saber qué contestar.

«No recuerdo nada,--respondió al fin.

--¿Que no recuerdas?... ¿Lo habré soñado yo?

--Es que no recuerdo. Me he consagrado á cultivar el olvido.

--Pero te alejas de mí.

--Si no me muevo.

--Acércate más... aquí. ¡Qué pálido te has puesto!... ¡qué ojeras tienes, querido!... Acércate más. Que tu cabecita esté cerca de mí.»

Después de esta insinuación cariñosa, se volvió á dormir, asiendo fuertemente por los cabellos cortos y rizados la hermosa cabeza de su esposo, como pintan al verdugo cogiendo la cabeza del ajusticiado para mostrarla al público. La luz de velar enfermos, tenue, misteriosa, encerrada dentro de un cilindro de porcelana, á la cual daba transparencias de ópalo y madreperla, trazando además en el techo un gran círculo de claridad movediza, alumbraba lo bastante para ver los bultos y la indecisa silueta de los rostros. Todo lo obscurecía aquella luz semejante á la que debe existir en el Limbo, convidando al sosiego y á un medio sueño parecido al estupor. León no velaba ni dormía: el cansancio le impedía lo primero, y la atormentadora idea no le dejaba llegar al reposo cuando caía lentamente en él. Ya muy avanzada la noche creyó sentir ligero rumor en el cuarto; miró con asombro; no era posible que nadie entrara allí á tal hora. Quedóse helado de espanto cuando vió una sombra ó fantasma que avanzaba con paso lento. Parecía un capricho óptico de la misteriosa luz encerrada en el vaso cilíndrico. Felizmente, León no podía creer en aparecidos. Quiso moverse para expulsar al intruso, á quien al punto reconoció como persona humana, pero no pudo. Estaba muy bien agarrado por los cabellos, y el más ligero movimiento habría despertado á su mujer, que dormía con sueño tranquilo. Extendió el brazo para decirle algo con el brazo, ya que no podía decirlo de otra manera; pero el fantasma no hacía caso; se acercaba más, se inclinaba hacia el lecho con cierta curiosidad parecida al pavor. León sintió el extraño envolvimiento, por decirlo así, de una mirada dolorosa. Su corazón latía y forcejeaba en el pecho, como un loco furioso dentro de su camisa de fuerza. Estaba indignado... ¡No poder hablar, no poder moverse para conjurar aquel peligro! Luego observó que el fantasma, y seguiremos dándole este nombre pueril, movía la cabeza, como quien reconviene ó interroga. Después se alejó sin cautela, precipitadamente, haciendo más ruido que al entrar, y dejando tras de sí un quejido como ráfaga de viento que pasa. María se despertó sobresaltada.

«¡León, León! Yo he visto...

--¿Qué?... No delires.

--Yo he visto... sí, he oído... como el ruido de una falda de seda... corriendo.

--Sosiégate... Aquí no ha entrado nadie.