La familia de León Roch, Tomo 1
Part 9
Los Tellerías eran de esos que por nada se quedan. También ellos se iban, contra todo fuero y razón de la aritmética, y dando al traste con toda ley económica. Pero obligada á estirar hasta lo imposible la primavera, la Marquesa decía que el tiempo era aún tolerable, que en el Norte llovía mucho y hacía frío. No teniendo motivos para prorrogar su viaje, sino antes bien, razones poderosas para acelerarlo, León fijó día en la primera semana de Julio. Pero la víspera de la fecha marcada, un suceso trastornó los planes de todos. Ya sabían los hijos del Marqués que su hermano Luis Gonzaga estaba enfermo. Gustavo y León sabían algo más: sabían que le devoraba un mal muy terrible, perseguidor y verdugo de la juventud contemporánea; mal que se aviene con las naturalezas débiles ó extenuadas por las pasiones y el estudio. Como según los informes de los Padres de Puyóo, la enfermedad de Luis hallábase en grado incipiente, no habían dicho nada á la Marquesa, esperando que ésta sabría la verdad por sí misma al hacer la visita acostumbrada al establecimiento durante la temporada de verano. Pero inopinadamente cayó sobre la casa como un rayo de la ira celeste, un aviso del Rector anunciando que Luis Gonzaga había entrado de súbito en un período alarmante, y que... «deseando el joven ver á su familia, saldría al siguiente día para Madrid en el tren expreso.»
Absortos y afligidos quedaron todos, y más aún cuando al otro día vieron entrar al infeliz joven, que tan claro mostraba en su persona el sello de la traidora dolencia, parecido á un espectro con sotana. Su cara ofrecía, á pesar de estar ya como agostada por el frío beso de la muerte, gran semejanza con el rostro hermoso y vivífico de María. Ya se sabe que eran gemelos y que se parecían todo lo que puede parecerse un hombre á una mujer, sólo que la joven, con su aparente lozanía, aventajó siempre en vigor y en representación física á su hermano, harto afeminado desde la infancia.
Barbilampiño y endeble, se le creería nacido para el sacerdocio y para la contemplación de las cosas espirituales. Sus ojos, que por lo verdes y expresivos eran como espejos en que se reflejaba la propia mirada de María Egipciaca, estaban rodeados ya de un cerco obscuro. Durante su niñez y juventud había vivido siempre abrasado por una fiebre constitucional, con la cual iba tirando como si fuera un estado fisiológico. Ahora, cuando la solución se aproximaba, su fiebre era un rescoldo interior que le consumía. La holgada sotana negra y floja marcaba, al sentarse y al andar, los duros ángulos del esqueleto: su voz parecía el eco de quien está hablando en algún rincón invisible y profundo, donde las corrientes de aire suspenden, entrecortan y apagan el sonido, haciéndolo oscilar como el chorrillo de una gotera.
Sentado en un sillón, á las demostraciones cariñosas de la familia respondía con escasas frases en que la intensidad del afecto compensaba el laconismo, con apretones de manos, con miradas ardientes y amorosas.
Desolada y suspirante, la Marquesa no sabía contener la expresión de su dolor, y sus quejas concluían siempre con proyectos de administrar á su hijo aires puros, aires campesinos, aires de establo, y de llevarle á beber aguas salutíferas. Lo primero que se decidió fué celebrar junta de médicos, convocando á lo más selecto. El enfermo sonreía con expresión de incredulidad, pero sin oponer resistencia á nada, porque el hábito de la obediencia, tan arraigado en él, dábale fuerzas para dejarse zarandear en su agonía.
León no le había visto nunca. Cuando entró á verle, la Marquesa le dijo: «Aquí tienes á tu hermano que no conoces...
--Le conozco,» contestó Luis Gonzaga, dejándose estrechar su mano por la de León.
Y diciéndolo, clavó en él la mirada atenta, penetrante, por tanto tiempo, que la Marquesa, alarmada de aquel largo discurso de asombro mudo, dijo así:
«Ya sabes que es muy bueno.
--Ya, ya sé--repuso Luis mirando á su hermano.--¿Y os marcháis de Madrid?
--¿Cómo quieres que nos vayamos dejándote así?--replicó María, derramando abundantes lágrimas.
--Pero tu esposo no querrá detenerse.
--Nos quedaremos--afirmó León, sentándose en el grupo que rodeaba al joven.--Ni María quiere separarse de su hermano, á quien no ha visto en tanto tiempo, ni yo quiero que se separe.
--Ni tampoco quieres tú separarte de ella--añadió la Marquesa.--Eres un modelo de maridos complacientes y bondadosos... Quizás nos vayamos todos juntos.
--Luis mejorará--dijo León,--y entonces emprenderemos nuestro viaje.»
* * * * *
No sabemos si fué aquel mismo día ó el siguiente cuando León, hallándose á solas con su suegra, presenció uno de los más fuertes accesos de tristeza que en ella había visto, y que se determinaban en suspiros, en lamentos de su desgraciada suerte y en protestas de poner las cosas en un pie conveniente de orden y economía. La excelente señora derramaba copiosas lágrimas, y estrechaba la mano de su yerno prodigándole los nombres más dulces de que se vale el cariño materno.
Atravesaba, según ella, la familia una de las más graves crisis que podrían perturbar á familia alguna. El mal de Luis Gonzaga exigía dispendios inmediatos. La ilustre dama no tenía carácter para tratar á la junta de médicos como trataba á sus acreedores de escalera abajo el Marqués, cuyos despilfarros habían llegado á un extremo escandaloso. Se sentía fatigada, consumida de aquel género de vida aparatosa y de relumbrón en que la sostenía, mal de su grado, el orgullo de su marido y de sus hijos. Se consumía en el tedio de los saraos, y devoraba en silencio las ansias del hambre disimulada y de aquel malestar continuo que hacía de su casa un infierno. ¡Oh! su educación, su clase, sus principios, sus nobles sentimientos pugnaban con la farsa; mas era débil, amaba entrañablemente, aunque sin premio, á los mismos autores de aquel malestar, y no podía desprenderse de los hábitos que se le habían impuesto. Pero estaba decidida á ser enérgica, implacable; á cortar para siempre las malas costumbres introducidas en su casa; á enfrenar al Marqués; á hablar claro, muy claro, á sus hijos; á establecer un orden riguroso, excesivamente, ferozmente riguroso; á vivir de sus recursos propios y naturales renunciando al brillo engañoso y á la competencia ridícula con fortunas saneadas y enteras. Lloraba en silencio y pedía á Dios que apartase de la casa de su hija las calamidades que pesaban sobre el hogar paterno, favor que Dios parecía resuelto á conceder desde que adjudicó á la bienaventurada joven un marido ejemplar, un marido juicioso, un marido modelo, un marido de elección, un marido canonizable, dicho sea con perdón de la Iglesia.
Y no sabemos tampoco si fué aquel día ó el siguiente cuando el Marqués se encerró con León en su despacho, y con acento patético y desembarazado desarrolló ante los ojos de éste el panorama desconsolador de su propia situación, dando en él toques de grandísimo efecto, agrupando sabiamente las sombras, y dibujando con energía la figura más convincente, que era la enfermedad del mejor, del más querido de sus hijos. Este infortunio acercaba la mecha á la casa de Tellería, toda desvencijada y llena de puntales, atestada de oropeles, de colorines, de bambolla inútil... Veíase el insigne cuanto desventurado señor enfrente de un problema terrible, y su decoro de hombre público y su dignidad de padre de familia estaban como reos de muerte á quienes ya se ha subido en el fatal tablado. Lo peor es que no tenía él la culpa, sino la Marquesa, autora indirecta de las _filtraciones_ (gustaba mucho de emplear este término tomado por la Hacienda al arte de la fontanería) que disminuían el caudal de su casa, mostrando el horrible cauce vacío... Él, por su parte, se reconocía también algo culpable, porque había querido sostener una posición _exageradamente decorosa_, como hombre que se debe á su nombre, á su partido, á su patria; había contado con el éxito de operaciones bien preparadas, y con las posiciones que adquirieran sus hijos. ¡Desengaño, ilusión!... Él, verdaderamente, no se reconocía impecable; él no dejaba de comprender que había sido débil, excesivamente débil ante el desenfrenado lujo implantado en su casa por la Marquesa; él no debía haber autorizado con su presencia las comilonas, los tes, los _raouts_, los saraos que llenaban de ruido, de murmuración, de equívocos y de humo su casa en determinados días de la semana; él debió resistirse, debió protestar, ¿quién lo duda? pero no protestó; fué cómplice, faltó á los sanos principios conservadores y preventivos que eran norte y fanal de su conducta. Pero estaba decidido á cortar abusos, á _reformar radicalmente la Administración_, á _hacer economías_, á _sostener el orden doméstico, base de las virtudes privadas y públicas_. Y no hablaba ciertamente á su yerno de este desagradable asunto con objeto de pedir su amparo para salir de los compromisos del día, no: esto no era compatible con el decoro del suegro, ni con sus ideas extremadas en materia de dignidad; hablábale sin otra mira ulterior que darle á conocer la abrumadora realidad, para que _usando de su prestigio cerca de la familia_, tratase de señalar á Milagros el abismo que á sus pies se abría. El pobre Marqués se sacrificaba por todos, no quería nada para sí. La enfermedad de su hijo más querido le afectaba en extremo; no tenía gusto para nada, y se sentía víctima de la fatalidad, de las pésimas condiciones de este _país ingobernable_, pobre á pesar de la _fertilidad del suelo_. ¿Cómo hacer frente á las inmensas dificultades de tal situación? ¡Ay! el mismo Marqués necesitaba con toda urgencia tomar baños alcalinos para su reúma, y no podía, no quería emprender el viaje. Su deber le retenía en Madrid al lado de su hijo enfermo; su deber le prohibía gastar en su persona lo que reclamaba la vida amenazada de Luis Gonzaga, un joven sin igual, casi un sacerdote, un santo bajado del cielo... El Marqués conocía los deberes que le imponía su situación, y estaba decidido á cumplirlos. Sí: su _hidalguía genuinamente española_ se lo ordenaba así; pero necesitaba los consejos de un amigo cariñoso y desinteresado; necesitaba que alguien le animase con palabras varoniles y le alentase con ejemplos eficaces; necesitaba de un hombre recto, juicioso, franco, enemigo de farsas, necesitaba, en fin, un apoyo moral, puramente moral...
«Repito que un apoyo moral nada más,» dijo terminando la frase con un suspiro y estrujando entre sus manos la de León.
Si éste fuera capaz de envanecerse con las alabanzas, aun siendo merecidas, se habría hinchado de satisfacción cuando Milagros, dos ó tres días después, le dijo con tono de verdad sincera:
«¡Cuán cierto es, querido hijo, que un buen corazón puede existir debajo de una cabeza vacía de ideas religiosas!»
Y cuando el Marqués le dijo:
«Yo te tenía por el hombre mejor del mundo. Es tan grande tu bondad, que me hará creer en una utopia; ya sabes que yo no creo en utopias; pero ahora... En fin, no puedo expresarte lo que siento al ver el interés que tomas por el decoro de tu familia. Bien conoces tú que en el Diluvio de las pasiones es necesario que la familia se salve. ¡Sí: la sociedad se hunde; pero sobrenadará la familia, el arca!...»
Dicho sea en honor de la verdad, León, más que la salvación de su familia política, comparada, no sin gracejo, por el Marqués con el arca de Noé, había tenido presente la enfermedad del gemelo de su esposa y la pena que ésta sentía al ver la mala disposición de sus padres para las horas aflictivas y los dispendios que tan cerca andaban.
XVII
La desbandada.
Tristísimo fué el pronóstico de los médicos. Sin embargo, indicaron que el desenlace funesto estaba aún lejano, con lo cual hubo esperanzas y algún sosiego en la casa. Tan consolador es el tiempo que está por venir como el que ha pasado, y las desgracias aplazadas, así como las transcurridas, se pierden en ese indeterminado horizonte detrás del cual está el ancho hemisferio del olvido. En la familia de Tellería empezó á renacer la calma, y cada individuo de ella fué recobrando poco á poco su habitual carácter. Gustavo era diputado y pasaba todo el día en el Congreso. La Marquesa, sin dar completamente tregua á la pena real que la dominaba, había recobrado aquella dulce expresión de conformidad con el mundo terrestre, mezclada siempre de cierto pietismo quejumbroso, de lo cual resultaba una especie de resignación á gozar. Las cosas fútiles la ocupaban largas horas. Una mañana encontróla León muy indecisa enfrente de una elección de sombreros de verano, traídos de la tienda. Había allí todas las variedades creadas cada mes por la inventiva francesa. Veíanse nidos de pájaro adornados de espigas y escarabajos, esportillas hendidas con golpes de musgo, platos de paja con florecillas silvestres, casquetes abollados, pleitas informes con picos de candil, cubiletes con alas de chambergo y pechugas de colibrí, solideos rodeados de gasas, en fin, todas las formas extravagantes, atrevidas ó ridículas con que la fantasía delirante de los artistas de modas emboba á las mujeres y arruína á los hombres. La Marquesa los miró todos, agraciando á cada cual con una observación picante y discreta, como mujer de refinadísimo gusto. Se puso algunos, los probó ante el espejo moviendo su cabeza para buscar mejor los efectos de línea y de color, y al fin los devolvió todos á la caja, diciendo:
«No compro nada... Todavía es posible que vayamos á Francia... Allí compraré, como otros años, todo lo que necesite, y lo introduciré... lo introduciré... Yo me sé entender con la Aduana. Sí: es posible que vayamos... ¿Pero no sabes, León...?»
Este había presenciado con su mujer y con Luis Gonzaga la inspección de sombreros, dando su parecer cuando se le pedía. La conversación pasó de la moda al contrabando. Los dos gemelos estaban mudos y tristes, mayormente Luis, que fijaba sus ojos con insistencia en la jardinería inmediata al balcón, llena de gomelos, algún rododendro y hermosas azaleas cubiertas de flores rosadas.
«¿No sabes, León?--prosiguió Milagros.--Ese mala cabeza de Leopoldo se nos marcha esta tarde. Va á Biarritz con esos chicos, con sus amigotes. No he podido contenerle... le he demostrado que quedándonos aquí todos por acompañar á Luis, él también debe quedarse. Dice que necesita los baños de mar, y no le falta razón... Aprovecha la marcha del Duque de Cerinola y del Conde del Garellano, que tienen coche-salón.»
Un criado, á quien se preguntó por Polito, dijo que el señorito Leopoldo había dicho que almorzaba fuera; que del palacio de sus amigos partiría para la estación, sin volver á la casa de sus padres. Su equipaje estaba ya hecho y las maletas cerradas.
Tan singular manera de despedirse, demostrando á las claras el cariño filial y fraternal de aquel benemérito mancebo, afligió un tanto á la Marquesa, que, en medio de sus desvaríos, no carecía de afectos ni de conciencia. Leopoldo era, según ella, un chico detestablemente educado, aunque no por culpa de su madre, un calaverilla empedernido, insensible á todo dulce afecto, y que por montar un caballo prestado, ó guiar un coche ajeno, ó viajar en el vagón del amigo, ó estrechar la mano de Higadillos, ó poner á una carta unos cuantos duros, era capaz de volver la espalda á su familia en los momentos de mayor conflicto.
El Marqués, que acababa de presentarse vistiendo elegantísimo traje claro de verano, recibió la noticia con escepticismo mundanal, que parece en ciertas bocas la fórmula más pura del buen gusto.
«Es natural--dijo,--que los muchachos se diviertan... Después viene la edad madura, los achaques, las graves preocupaciones de una posición social consagrada á la vida pública, el reúma... por ejemplo, aquí estoy yo, que á todo trance necesito un poco de carena... y no puedo menos de tomarla. El médico se ha puesto furioso cuando le dije que no podía salir este verano... «¿Cómo se entiende, señor Marqués?... Un jefe de familia no debe descuidar su salud. Le condeno á usted á baños. ¡Sentencia inapelable!» En resumen, queridos, he resuelto marcharme mañana.»
La estupefacción de la Marquesa parecía despecho y enojo. ¡Todos libres y ella esclava, amarrada al nefando potro del veraneo en Madrid, á ese potro no tan ignominioso por lo molesto como por lo _cursi_!
«Nuestro querido Luis--añadió D. Agustín acariciando la barba de su hijo,--mejora de día en día. No hay cuidado por él. Le conviene el reposo. Un verano en Madrid, al lado de su madre... Con cuánto gusto os acompañaría; pero estoy fatal. Varios amigos me han comprometido á tomar con ellos el tren de mañana.»
Al decir esto se había quedado solo con León, porque Milagros con sus dos mellizos pasó al comedor.
«Yo no hago aquí falta--prosiguió el Marqués, paseando en compañía de su hijo por la hermosa sala adornada de los mil preciosos cachivaches de exportación francesa en tapicería, cerámica y mueblaje que han venido á llenar en las casas aristocráticas el vacío de las verdaderas obras de arte, arrancadas de su esfera natural por las quiebras y llevadas á los museos por el _dilettantismo_ del Estado,--yo no hago falta aquí. Ya debes suponer que no me voy tranquilo. Por cierto que me enfada la ligereza de mis hijos, huyendo á la desbandada de la casa paterna, cuando la pobre Milagros necesita de su compañía para sobrellevar la enfermedad de Luis... porque Luis está grave, no nos hagamos ilusiones. Yo creo que tirará; puede ser que rebase este otoño; pero el invierno... de todos modos, los chicos han hecho mal, muy mal. Leopoldo se va esta tarde y Gustavo mañana. No lo hubiera creído en Gustavo; pero ya se ve... está enamorado, perdidamente enamorado. La Marquesa de San Salomó parte mañana para Arcachón, París y el Havre. Gustavo sale también para el extranjero, y ya sabemos que las cartas se le han de dirigir sucesivamente á Arcachón, París y el Havre. Bonito viaje, ¿no es verdad? La Marquesa de San Salomó es linda y elegante; mi hijo tiene grandes atractivos... pero ¡quién sabe si será verdad lo que dicen! yo no lo creo. No hay duda que la oratoria ardiente de Gustavo, sus defensas briosas del catolicismo, hicieron estragos en las tertulias elegantes. Desde muy temprano era de ver la tribuna llena de preciosas cabezas, adornadas de los más lindos sombreros, y allí se oía un murmullo delicioso de disputas y alabanzas. Porque eso sí: tenéis que confesar que la mujer es entre nosotros salvaguardia de las _venerandas creencias de nuestros padres_. ¿Queréis hacer la transformación de las conciencias, señores ateos? pues empezad por suprimir esa _encantadora mitad del linaje humano_... La verdad es que Gustavo habla maravillosamente: sus palabras de fuego conmueven la Cámara y alborotan las tribunas. Luego ha escogido un tema tan simpático, tan elocuente de por sí, un tema que habla al sentimiento, al alma, á la fe, á lo que hay de más sagrado, de más divino en nuestra alma, y que se conforma admirablemente con la _hidalguía castellana_. El Marqués de Fúcar me dijo guiñando el ojo: «Tellería, este chico sabe el camino...» Yo también lo digo: Gustavo sabe á dónde va... y por dónde se va. Reúne tantas buenas cualidades, que es, como me decía en la tribuna del Senado D. Cayetano Polentinos, «un verdadero archivo de esperanzas.» Talento, buena figura, ese ardor parlamentario... No obstante, me hubiera gustado ver en él un poco más de apego á la familia... ¡Que emigre yo, tan necesitado de reposo y salud... pero Gustavo...! Comprendo la atracción invencible de una mujer como la San Salomó... Ya, ya vamos. (Se había presentado un lacayo, diciendo que el almuerzo se enfriaba.) ¿Tienes ganas de almorzar, León? A tí también te sentaría levantar el vuelo.»
Al día siguiente León despedía en la estación del Norte al Marqués y á Gustavo, que iban en el mismo tren, pero en coche distinto, en compañía distinta, aunque ambos con billete de favor, debido á la amistad de los consejeros de Administración.
«No he podido prescindir de este viaje--le dijo Gustavo, tomándole del brazo y llevándole á dar un paseo por la parte del andén donde había menos gente. Si algo ocurriese en casa, me pones inmediatamente un parte telegráfico... ¿Ves? ahí está ya esa mujer: me lo figuré desde que ví á papá preparando su viaje: ¿la ves?
--¿Quién?
--La Paca... la _Paquira_... esa.»
Entre la compacta muchedumbre sobre la cual parecían sobrenadar cantidad de sombrerillos empenachados de rústicas flores contrahechas, de plumajes sutiles y de velos verdosos y azules como jirones de nubes que empañaban las caras, León vió una muchacha de gracioso rostro y elegante figura, que disputaba con el vigilante por dos asientos de berlina.
«Allá está papá con dos de sus amigos que salen también... Y yo pregunto: ¿á dónde conduce esta absurda ligereza de un hombre que debía considerar su edad, sus deberes, el estado de nuestra casa, su posición social?... El afán de ser siempre joven mata á la sociedad presente... Si tú no sales, acompaña á mamá y á Luis todo lo que puedas. Mamá está muy afectada: esta desgracia ha sido para ella como un aviso del Cielo, como una advertencia para que deje de ver en la vida una sucesión perpetua de goces. ¿Será provechosa la lección? Me temo que no. Su corazón es bueno; pero su carácter está lleno de debilidad. Me indigna el ver cómo la enternece el pillete de Leopoldo para sacarle dinero. Mamá es así: todo el que pide para divertirse la encuentra propicia... Pero el tren se va... Papá no ha entrado en el departamento donde va la Paca; pero está en el inmediato con sus amigos. Al menos, que evite el escándalo... Yo me entro en este salón. Nos hemos reunido varios amigos del Marqués de San Salomó, que ha tenido la bondad de invitarme. Adiós: que me escribas, que me pongas un parte si ocurre algo. Arcachón, Hotel Brisset... Más tarde en París, _poste restante_.»
XVIII
El asceta.
Observó León que Luis Gonzaga estaba en la casa paterna fuera de su centro. Aquella figura rígida y macilenta, enfundada en negro sayal con faja del mismo color que amenguaba su mezquina cintura, la cabeza descubierta, el semblante inclinado, la vista clavada en el suelo, la tez glutinosa, el cuello flaco y vacilante, cual si no pudiera resistir el peso de la cabeza; las manos largas, amarillas, transparentes como haces filamentosos y sin más fuerza que la necesaria para cruzarse orando, discurría como una sombra maldecida por las salas revestidas del abigarrado papel ó de las chillonas tapicerías. Era una mancha obscura y triste caída sobre el mueblaje de colorines y oro, sobre los exóticos objetos de estilo japonés, cuyas aisladas figuras de pesadilla parecían armonizar con la persona del escuálido colegial.
Se le veía errante, agitado como un pájaro prisionero que busca salida, y cuando sus ojos recorrían la varia colección de muebles y objetos bonitos, era para escoger la silla más incómoda y sentarse en ella. Buscaba los rincones obscuros para nido de sus meditaciones. A veces los criados, al arreglar una pieza, encontraban aquel negro cuerpo fajado, y ante él detenían el plumero, pronunciando glacial fórmula de respeto. Entonces Luis huía de allí para buscar otra choza en aquella Tebaida de papel pintado y estampas profanas, de seda y cretona, de damasco y palo-santo. El pobre anacoreta moribundo, al correr de un rincón á otro espoleado por su febril misticismo, tropezaba con un piano, con un biombo chinesco, con un velador que sostenía redoma de peces, con un blando sofá vestido de hilo gris, ó con una desnuda Venus de bronce. Él no comprendía que se vistiese á los muebles y se desnudase á las estatuas.