La familia de León Roch, Tomo 1

Part 8

Chapter 84,003 wordsPublic domain

«¿Sermón del Padre Barrios?...--interrumpió María demostrando admiración.--Si le hemos mandado retirar porque está asmático y no se le puede oir... ¡Qué abuso! San Prudencio va tomando fama de ser el refugio de los malos predicadores, y allí van los descreídos á reirse de la tartamudez del capellán y del acento italiano del Padre Paoletti. Todo consiste en que hay personas que parece que dirigen las funciones y no dirigen nada. Pero no faltará quien ponga orden en aquella casa. No, no sueltes el periódico: lee los espectáculos, ¿Qué ópera nos dan mañana?

--La misma--dijo León arrojando de sí el papel, y deteniendo por el brazo á su mujer que se levantaba.--Aguarda, tengo que hablarte.

--Y de cosas serias, según parece--manifestó sonriéndose María.--¿Estás enojado? ¡Ah! ya sé... me vas á reñir. Sí, sí--añadió arrojándose en un sofá próximo á la butaca en que estaba sentado él.--Me riñes porque he gastado mucho dinero este mes.

--No.

--Reconozco que he sido algo pródiga; pero con la economía de otro mes te indemnizaré... Sí, queridito: he gastado más de la cuenta. ¿A ver?... Los tres vestidos, diez y siete mil; el triduo, cuatro mil; la novena que me correspondió, diez mil... La tapicería nueva de mi alcoba... de eso has tenido tú la culpa por burlarte de los angelitos blancos jugando con espigas azules... Además, tengo que poner los regalos á los actores, por no haber querido cobrar nada en la función de Beneficiencia... tres relojes, dos petacas, dos alfileres... Además... Mañana sacaré la cuenta.

--No es eso, te digo que no es eso. Puedes gastarme todo lo que quieras, puedes arruinarme, instituyendo herederos de mi fortuna á modistas, curas y cómicos. De otra cosa más grave que tus gastos quiero hablarte, María: quiero preguntarte si no es tiempo ya de que cese la aridez y la tristeza de este matrimonio nuestro; si no es tiempo ya de que reconozcas que tu atención excesiva á los asuntos de iglesia es como una especie de infidelidad, y que para dar tanto á las devociones, forzosamente has de quitar algo á nuestra casa y á mí.

--Ya te he dicho--repuso María seriamente,--que de mis devociones buenas ó malas daré cuenta á Dios, no á tí, que no las entiendes. Haz por entenderlas, ten fe y hablaremos.

--¡Ten fe!... De eso sí que no entiendes tú. Yo no la tengo, no puedo tenerla según tu idea. Además, tu conducta y tu modo especial de cumplir los deberes religiosos, me la arrancarían, si la tuviese como tú deseas. Te lo diré de una vez. No veo en tus actos ni en tu febril afán por las cosas santas ninguno de los preciosos atributos de la esposa cristiana. Mi casa me parece una fonda, y mi mujer un sueño hermoso, una imagen tan seductora como fría. Te juro que ni esto es matrimonio, ni eres tú mi mujer, ni yo soy tu marido.

--¿Y quién es aquí el culpable sino tú?--replicó la dama con brío;--¿quién sino tú? Si no hay armonía, si no hay confianza, ¿á qué se debe sino á tu descreimiento, á tu ateísmo, á tu separación de la Santa Iglesia? Yo estoy firme en el terreno del matrimonio; tú eres el que está fuera. Te llamo, te aguardo con los brazos abiertos, y no quieres venir, menguado.»

Y los abrió; pero León no tuvo ni siquiera á idea de arrojarse en ellos.

«Y yo iría, sí, iría con el corazón lleno da gozo, si encontrara en tí á la verdadera mujer creyente para quien la piedad es la forma más pura del amor; yo iría respetando y admirando tu fe, y aun deseando participar de ella; pero así tal cual eres, no quiero, no quiero ir.

--Pues entonces, loco, mil veces loco, ¿qué quieres? ¡Ah! ¿Quieres que yo reniegue de Dios y de su Iglesia, que me haga racionalista como tú; que lea en tus perversos libros llenos de mentiras; que crea en eso de los monos, en eso de la materia, en eso de la Naturaleza-Dios, en eso de la Nada-Dios, en esas tus herejías horribles? Felizmente, he podido salvarme de caer en tales abismos. Soy piadosa, creo todo lo que debo creer y practico el culto con asiduidad, con prolijidad, porque es el medio mejor para sostener viva la fe y no dar entrada en el entendimiento á ninguna falsa doctrina. ¡Que frecuento demasiado la iglesia! ¡Que cumplo muy á menudo los preceptos más santos!... ¡Que celebro funciones espléndidas!... ¡Que oigo todos los días la palabra de Dios!... ¡Que rezo de noche y de día!... Esta es la cantinela, ¿no es verdad? Ya sé que paso por beata. Pues bien: todo tiene su razón en el mundo. ¿Crees tú que yo me abrazaría tan fuertemente á la cruz si no estuviera casada contigo, es decir, con un ateo, si no estuviera, como estoy, en peligro de ser contaminada de tu doctrina por el trato diario contigo y por el mucho amor que te tengo? No: si tú no fueras tan poco, yo no sería tanto. Si tú fueras católico sincero, aunque descuidado en tus deberes, yo no sería beata: cumpliría los preceptos esenciales y nada más. Ten presente una cosa, León: imagínate dos navegantes que cruzan en una pequeña barca un mar tempestuoso. Si los dos remaran con igual fuerza, llegarían sin dificultad á la orilla; pero he aquí que el uno suelta el remo y se tiende. ¿No es indispensable que el otro redoble sus fuerzas hasta morir? Fíjate bien, querido mío: uno solo rema y han de salvarse los dos.

--Esa figura no es de tu invención--dijo el esposo, que sabía muy bien hasta dónde alcanzaba el ingenio retórico de su mujer.--¿De quién es?

--Si es mía ó no, no te importa--replicó María, con desabrimiento y menosprecio.--Lo principal es que contiene una verdad innegable. ¿Quieres que vaya á aprender la verdad en tus monísimos libros?

--No, no pretendo eso--dijo León, lleno de pesadumbre.--Pero por torpe que yo sea, por extraviado que me supongas, ¿lo seré tanto que no merezca de tí el favor de que aceptes una idea mía, una sola, siquiera una vez, sino que siempre has de ir á buscar tus ideas fuera y lejos de mí?

--De tí acepto tu afecto, que creo sincero; tu respeto á mis creencias siempre que sea verdad; tu apoyo material; ¡pero tus ideas, tus consejos...!»

Dijo esto María con tal rigor de expresión y tal brillo de desdén en sus deslumbradores ojos gatunos, que León sintió el frío de una espada en su corazón oprimido.

«¡Nada mío!--murmuró, dejando caer sus miradas al suelo como quien desea morir.

--Nada que venga de tu razón soberbia y extraviada; nada que pueda contaminarme de tu filosofía diabólica,» añadió María, hundiendo su espada hasta la empuñadura. Después de una pausa, León, exhalando un suspiro tan grande como su paciencia, la miró pálido y alterado.

«¿Quién te ha dicho eso?--le preguntó.

--Eso no te importa--replicó María, palideciendo también, mas sin perder su valor.--Ya te he dicho que como sincera católica no me creo obligada á dar cuenta á un ateo de los secretos de mi conciencia religiosa, en lo que se refiere á mis prácticas de piedad. Sabe que te soy fiel; que ni con hecho, ni con intención, ni con pensamiento he faltado al juramento que junto al altar te hice. Basta: con esto acaba mi sinceridad de esposa; es toda la confianza que puedes esperar de mí. Aquella parte de la conciencia que pertenece á Dios, no pretendas explorarla: es un reino sagrado en el que te está prohibido entrar... No me hagas la necia pregunta «¿quién te ha dicho eso?» porque no tienes derecho á recibir contestación.

--Ni la necesito--dijo él.--No tuve jamás la idea de alarmarme porque mi mujer se acercase al confesonario una ó dos ó tres veces al año para decir sus pecados y pedir perdón de ellos conforme á su creencia; pero esto tiene su corruptela, y la corruptela de esto consiste en llevar la dirección espiritual por tortuosos caminos, con cátedra diaria, consultas asiduas y constante secreteo, sostenido de una parte por los escrúpulos de la candidez y de otra por la curiosidad imprudente de quien no tiene familia.

--No, tonto--dijo María irónicamente:--mejor será que yo busque reglas y buenas ideas para mi conciencia en la dirección espiritual de tus tertulias ateas... Por cierto que ya causa enfado la ligereza con que algunos de tus amigos hablan aquí de asuntos religiosos. Te he dicho hace tiempo que nuestras reuniones me iban pareciendo una ostentación escandalosa de malos principios, y al fin llegará un día en que me resista resueltamente á presentarme en ellas. No niego que sean muy respetables algunos de los que vienen á casa; pero otros no lo son: conozco las ideas de algunos.

--¿Quién te las ha dicho?--preguntó León vivamente.

--No sé... Lo que digo es que me he cansado de ser complaciente, de disimular mi disgusto en presencia de hombres que han escrito ciertas cosas, de otros que las han dicho públicamente, de otros, en fin, que no las han dicho ni las han escrito... pero yo sé que las piensan, yo lo sé.

--Mucho sabes tú... Veo que ya se ha fulminado la sentencia contra nuestras tertulias. Detrás de esa sentencia vendrán otras.»

Y por una aberración natural del dolor que suele quebrarse en su curso sombrío, estallando é iluminándose con el brillo engañoso de un júbilo apócrifo, León rompió á reir.

«Pues sí: tus tertulias son muy cargantes--dijo María algo turbada.--Son muy perjudiciales, porque entre una frase política, otra de música, otra sobre inventos y alguna sobre historia, ello es que nuestro salón es una cátedra de ateísmo.

--Sería una cátedra de buenas costumbres si se bailara y se murmurara. En mi salón no se hablado nunca de ateísmo ni cosa que lo valga. ¡Reposa en paz, oh conciencia pura, conciencia infantil! ¡Feliz criatura, que piensas cumplir tus deberes con la práctica externa llevada hasta el desenfreno y adorando con fervor supersticioso las palabras, la forma, el objeto, la rutina, mientras tu alma sola, fría, inactiva, sin dolores ni alegrías, sin lucha y sin victoria, se adormece en sí misma en medio de ese murmullo de sermones, de toques de órgano y del roce de vestidos de seda que entran y salen!... ¡Te crees perfecta, y ni aun tienes el mérito de la vacilación contenida, de la duda sofocada, de la tentación vencida, del placer sacrificado! ¡Qué fácil y cómoda santidad la de estos tiempos!... Antes el lanzarse á la devoción significaba renuncia pronta y radical de todos los goces, abdicación completa de la personalidad, odio á las glorias vanas del mundo, desprecio de la riqueza, del lujo, de las comodidades, para quedarse en los puros huesos y espiritualizarse y poder pensar mejor en las cosas del Cielo; significaba el vivir absolutamente la vida del espíritu hasta el delirio, hasta la embriaguez, y el rico envidiaba al pobre, el sano pedía á Dios que le enfermase, y el limpio quería cubrirse de asquerosas llagas. Esto era una aberración si se quiere, mas era grande, sublime, porque la abnegación y la humildad son las virtudes que menos se desvirtúan por la exageración; esto era como un suicidio, el único suicidio disculpable, el delirio, la enfermedad del sacrificio; pero ahora...»

León dirigió á su mujer una mirada abrumadora de elocuencia y desdén.

«Pero ahora... las reglas de la beatitud exigen óbolos abundantes, eso sí; exigen asistencia metódica á los templos, ceremonias ostentosas; pero se trata á las personas según su rango: al pobre como pobre, al rico como rico, es decir, permitiéndole que lo sea, siempre que no niegue su ayuda á ciertos intereses. Sí: las devotas de hoy asisten al culto, se mortifican en cómodas sillas-reclinatorios, rezan sobre cojines y limpian con sus colas el polvo de las iglesias. No se les pide más que la mañana; y las noches son libres para bailar, ir al teatro, cubrirse de piedras y de raso, asistir á las tertulias y banquetes de los ricos, aunque sean judíos ó protestantes, ostentarse en los paseos, acicalar y perfeccionar con el arte su belleza para perder á los hombres... ¿pero qué importa? Satanás se ha vuelto tonto... ha transigido, está viejo ya, y no sabe lo que hace.

--¡Qué groseras burlas!--dijo María algo confusa.--Según tú, yo estoy en pecado mortal porque visto bien, voy al teatro... Parece que hablas de lo que no entiendes. Estos ateos son la gente más tonta del mundo.»

No estaba enojada: prueba de ello es que con un movimiento cariñoso pasó la mano por la barba de su marido.

«¿Creerás que me has confundido con tu charla, queridito?... Pues has de saber que si me visto bien y voy al teatro, y alguna vez al baile, es porque tengo permiso para ello, es porque puedo hacerlo sin desmentir mi piedad. Quien sabe más que tú de tales cosas me ha tranquilizado sobre este punto, haciéndome ver que como mujer casada no puedo romper los lazos que me unen á la sociedad...

--Sí: esa, esa es la consigna, yo lo sé...--dijo León riendo.--Divertíos todo lo que queráis, con tal que...

--Tus reticencias son blasfemias... Calla, idiota... ¡Si te convencerás al fin de que no sabes más que sandeces!

--¿Sandeces?--dijo León sonriendo y tomando entre sus dedos la barbilla de su mujer, que era un prodigio de redondez y gracia.

--¡Cómo me voy á reir de tí, cuando al fin, con la eficacia de mis oraciones, de mi fe, de mi piedad, consiga del Señor...! ¿Te ríes? Pues no te rías. Otros ejemplos más extraños se han visto. Sé algunos casos que si te los contara te pasmarían.

--Pues no me los cuentes,--dijo León moviendo á un lado y otro la cara hechicera de su mujer, cogida siempre por la barbilla.

--Sí: hay casos que parecen increíbles, casos de hombres malvados que se han convertido... y tú no eres malvado...

--¿Todavía no he sido declarado malvado...? Descuide usted, señora, que todo se andará. Gracias por la buena opinión que allá se tiene de mí... todavía.»

María se abalanzó á él, y estrechando con vigor su cabeza, le besó en la frente.

«Tú vendrás al lado mío--le dijo,--y serás católico ferviente, como yo, y me acompañarás en mis dulcísimas prácticas religiosas...

--¿Yo?

--Sí, tú. Tú vendrás á mí. ¡Qué feliz seré entonces!... ¡Te quiero tanto!...»

¡Y qué hermosa estaba, qué hermosa! León sentía sobre sí el efecto irresistible de belleza tan acabada en rostro y figura, de aquellos ojos en que algo se veía semejante á la inmensidad turbada y resplandeciente del mar, cuando se mira el fondo para descubrir un objeto perdido. Separóse de él María, y en pie delante de un espejo, alzó las manos para soltarse el cabello. Las guedejas negras cayeron sobre sus hombros, que no podían compararse propiamente al frío mármol, sino á la más hermosa carne humana, pues también hay carne de Paros; á eso que el misticismo llama barro y ha servido al divino Artífice para tallar ciertas estatuas mortales que parece no necesitan de un alma para tener vida y hermosura.

«¡Qué linda!--exclamó Roch, hundido en su sillón como un estúpido,--¡Cada vez más linda!»

Después de culebrear en derredor del espejo, María entró en su alcoba. León puso su cabeza entre las manos y estuvo meditando largo rato. Tenía fiebre. Después se levantó airado consigo mismo ó contra alguien.

«¡Necio de mí!--exclamó con su voz más íntima.--Una esposa cristiana quería yo, no una odalisca mojigata.»

XV

Un convenio como los que la diplomacia llama «modus vivendi.»

Pasó un rato. De pronto, María lanzó un grito agudo, desgarrador. León fué corriendo á la alcoba y vió á su mujer incorporada en el lecho, con los brazos tendidos, los ojos extraviados.

«León, León--dijo con espanto.--¿Eres tú? ¿dónde estás? ¡Ah! ya te veo... Abrázame... ¡Qué horrible pesadilla!»

León procuró tranquilizarla, y no tardó la dama en sosegarse con la apreciación de la realidad, medicina de los desvaríos de la imaginación.

«¡Qué sueño!... Figúrate... soñé que te habías muerto y que desde lo más hondo de un hoyo negro me estabas mirando, mirando, y tenías una cara...! Después aquello pasó... Estabas vivo; querías á otra... Yo no quiero que quieras á otra.»

Encadenó con sus brazos el cuello de su marido. «¿Qué hora es?--preguntó.

--Tarde. Duerme otra vez, que ya no tendrás más pesadillas.

--Y tú, ¿no duermes?

--No tengo sueño.

--Entonces vas á velar toda la noche. ¿Qué haces? ¿Lees?

--Medito.

--¿Piensas en aquello que hablamos?

--En aquello y en tí.

--Eso, eso: piensa mucho en las verdades que te dije, y así te irás preparando sin saberlo... Me parece que oigo campanas tocando á fuego.»

Los dos escuchaban. Oíanse ladridos de perros, que en aquella zona de Madrid, donde por cada casa hay diez solares vacíos y solitarios, suelen reunirse para buscar despojos de cocina en los vertederos. Oíase asimismo el lejano chirrido de las ruedas del último tranvía, y también el ritmo metálico, tenue, seguro, invariable del reloj de León en el bolsillo de su chaleco. Todo se oía menos campanas.

«No es todavía hora de tocar á misa--dijo él.--Duérmete.

--No tengo sueño, no quiero dormir--replicó María echando atrás su cabeza.--Me parece que he de volver á verte en el fondo del hoyo, mirándome. Tú te reirás de esto. ¡Qué sandez! ¡Mirar y ver después de la muerte quien cree y afirma que con la vida se acaba todo!

--¿Te he dicho yo eso alguna vez?--manifestó León con enfado.

--No me has dicho eso; pero yo sé que eso es lo que tú piensas; yo lo sé.

--¿Por qué? ¿Por dónde lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?

--Yo lo sé; yo sé lo que tienen en el fondo de su cabeza ciertos filósofos; lo sé todo; y tú eres de esos. Yo no leo tus obras porque no las entiendo; pero quien las entiende las ha leído.»

Apartóse León de su mujer vivamente afectado. Dió algunos pasos para salir de la alcoba; pero retrocediendo bruscamente, volvió al lado de María, le tomó una mano, y con voz severa le dijo:

«María, voy á pronunciar la última palabra, la última... He tenido en este momento una idea que me parece salvadora; idea que si es aceptada y practicada por ambos, nos sacará de este infierno.»

Sobrecogida de emoción y respeto al ver la gravedad con que su esposo hablaba, María no supo decir nada.

«En dos palabras te expondré mi idea... ¡Proyecto feliz!... no sé cómo no me había ocurrido antes... Es lo siguiente: yo me comprometo á sacrificarte mis estudios y mis tertulias, te sacrifico la noble amistad de los libros y de los amigos. Mi biblioteca se tapiará como la de D. Quijote, y en nuestra casa no se volverá á oir ni siquiera un concepto sospechoso, ni una observación mundana y ligera sobre las cosas más graves del espíritu, ni se hablará de ciencias ni de historia; en una palabra, no se hablará de nada.

--¡Qué felicidad!--dijo María incorporándose para besar las manos de su marido.--¿Es cierto que me lo prometes y me cumplirás lo que me prometes?

--Te lo juro por lo más sagrado. Pero no cantes victoria antes de tiempo. Ya comprenderás que no se hacen concesiones de esta clase sino á cambio de otras. Ya te he dicho mi parte; ahora falta la tuya. Yo te sacrifico lo que llamas estúpidamente mi ateísmo, cuando es cosa muy distinta; sacrifícame tú ahora lo que llamas tu piedad, muy problemática por cierto. Para que nos entendamos, has de renunciar á las devociones diarias é interminables, á confesar todas las semanas con un mismo Padre, á poner todo tu espíritu en los accidentes teatrales del culto. Irás á misa los domingos y fiestas, y confesarás una vez al año, sin previa elección de sacerdote.

--¡Oh! es mucho, es mucho--dijo María, moviendo sobre la almohada su linda cabeza cual si á sí misma se compadeciera por la deplorable mezquindad á que sus piedades quedaban reducidas.

--¡Mucho, te parece mucho, tonta! Bueno: aumentaré mi parte. Te concedo más: te concedo que si reduces tus visitas á la iglesia, iré á ella contigo.

--¡Irás conmigo!--exclamó María saltando bruscamente en el lecho como un pez recién sacado del agua.--¿Es verdad lo que dices?... Tú me engañas.

--Iré, sí; iré... los domingos.

--¿Nada más que los domingos?

--Nada más.

--¿Y confesarás una vez siquiera cada año, como yo?

--Eso...--murmuró León.

--¿Vas á decir que no?

--Eso no... ¡Oh! tú pides demasiado de una vez. Mi sacrificio es inmenso, mientras el tuyo es insignificante. Te desprendes de lo superfluo, quedándote con lo justo y razonable; te arrancas las feas tocas de mojigata para mostrarte con toda la belleza de mujer cristiana. Esto no es sacrificio: el mío sí que es grande, doloroso, pues poniendo á tus pies mis estudios y mis amigos, te pongo delante lo mejor de mi vida para que lo pisotees.

--Pero no es bastante, no--dijo María con abandono.--¿Qué te importa dejar de leer, si piensas, piensas, y pensarás siempre lo mismo? Me acompañarás á la iglesia por fórmula; entrará tu cuerpo, y tu alma se quedaré en la puerta; y cuando veas alzada la Hostia sagrada en las manos del sacerdote, soltarás dentro de tí una carcajada diabólica, si no es que estás pensando en los insectillos que ves en el microscopio, y que son, según tú, la causa del sentir y el pensar en nuestra divina alma.

--No me hacen efecto tus burlas... Conozco el origen de esos juicios ridículos. Yo te prometo una asistencia respetuosa y una atención sincera... ¡Ah! me olvidaba de otra particularidad. También has de sacrificarme... bien lo merezco... la residencia en Madrid. Nos iremos á vivir á otra parte. Elige tú.

--Mucho pides... ¡qué abuso!--exclamó la dama con entonación de un niño mimoso.--¿Y qué me das tú? Una farsa de catolicismo, una máscara de fe puesta sobre tu cara de incrédulo. No, León, no puedo aceptar.

--No hay salvación para mí,» exclamó León golpeando su cabeza con ambas manos.

Transcurrido un instante de agitación muda, miró fríamente á su mujer, y con solemne acento le dijo:

«María, nuestra separación es inevitable. Yo no puedo vivir así. Dentro de unos días todo se arreglará definitivamente. Tú te quedarás en esta casa ó irás á vivir con tus padres, según quieras; yo me marcharé al extranjero para no volver jamás, jamás.»

Se levantó. La dama piadosa á la moda le tomó las manos, y estrechándolas contra su seno, rompió á llorar.

«¡Separarnos!--murmuró sollozando.--Tú estás tonto... ¡Ingrato!»

María Egipciaca sentía por su marido un afecto semejante al que él sentía por ella. Podría existir un abismo, un divorcio absoluto entre sus almas; pero ¡separarse!... ¡dejar de ser marido y mujer!...

«Mi resolución es irrevocable,--afirmó con entereza León.

--Acepto, acepto todo lo que quieras.»

Y más tarde, después de algunas horas de sueño, volvió á oirse el grito de espanto y la explicación de la pesadilla.

«¡Qué horrible visión! Ahora me he visto á mí misma muerta, y mirándote desde el fondo del hoyo negro y profundo... Estabas abrazando á otra, besando á otra... ¿Pero es ya de día? Ahora sí que suenan campanas.»

En efecto: oíanse chillonas y discordes las esquilas colgadas en las torres de esa multitud de barracas enyesadas que en Madrid llevan el nombre de iglesias, dando testimonio así de la religiosidad de este pueblo.

«Llaman á las primeras misas--pensó María.--Me muero de sueño... ¡á dormir!... Dan las ocho y siguen tocando, siguen llamándome... No, no puedo ir; he dado mi palabra... ¡Jesús, las nueve! Perdón, perdón, campanitas de mi alma: no puedo ir hasta el domingo.»

XVI

De Crematística.

Vinieron los días de la dispersión de las gentes. Hostigado por el calor, Madrid era un hormigueo de impaciencias buscando dinero. El oro subía como cuando hay guerra, y menudeaban en la Bolsa las pequeñas operaciones, lo mismo que si hubiera aumento de negocios. No pocas familias apretaban el dogal atado á su cuello por las dilapidaciones del pasado invierno; y otras, no teniendo ni siquiera dogal, se consolaban encareciendo las ventajas y encantos del verano de Madrid, que supera, con sus paseos y embelesadoras noches, al verano triste y eremítico de los pueblos circunvecinos. Veranear en Pinto ó Getafe es como invernar en el Escudo ó en Pajares.